Che Guevara

Jon Lee Anderson · Capítulo 8 de 197

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Che Guevara

Capítulo VI

 

En Buenos Aires, Guevara Lynch alquiló un chalet para su familia en el terreno de

una gran quinta colonial, propiedad de su hermana María Luisa y su esposo, situada a

una distancia cómoda de su astillero en apuros en el suburbio residencial de San

Isidro.

Poco después, en diciembre, Celia dio a luz a una niña a quien bautizaron con el

nombre de la madre. Durante el tiempo que Guevara Lynch se ocupó del astillero, la

vida familiar se centró en excursiones al club náutico San Isidro, cerca del lugar

donde los ríos Paraná y Uruguay se unen para formar el delta del Plata.

Guevara Lynch halló el astillero al borde de la quiebra, presuntamente por culpa

de la falta de criterio comercial de su primo segundo y socio Germán Frers. Hombre

rico, independiente y campeón de regatas, Frers se dedicaba al astillero por amor.

Entusiasmado con la creación de obras de arte náuticas, invertía en artesanía fina y

material importado, con el resultado de que el costo de la embarcación solía superar

el precio de venta convenido. La herencia de Guevara Lynch se evaporaba. Para

colmo, poco después de su regreso, un incendio devoró el astillero con sus botes,

madera y pintura.

Si el astillero hubiese estado asegurado, el incendio habría podido parecer un

suceso fortuito. Pero Frers había descuidado el pago del seguro, y Guevara Lynch

perdió su herencia de la noche a la mañana. Lo único que le quedaba de su inversión

era el Kid. Para compensarlo en parte, Frers le dejó el Ala, un yate a motor de doce

metros de eslora.

No todo estaba perdido. El Ala tenía algún valor y aún poseían la plantación en

Misiones, que Guevara Lynch había dejado en manos de un administrador amigo de

la familia. Esperaban recibir una renta anual de la cosecha. Entretanto, tenían la renta

del establecimiento cordobés de Celia. Además, tenían familiares y amigos de sobra

de modo que nunca pasarían hambre.

A principios de 1930, Guevara Lynch no parecía excesivamente preocupado por

el futuro. Durante algunos meses llevó una vida rumbosa: pasaba los fines de semana

navegando con amigos en el Ala y haciendo picnics en las numerosas islas del delta

río arriba. La familia pasaba los días calurosos del verano argentino (noviembre a

marzo) en la playa del club náutico San Isidro o visitaba las estancias de primos y

parientes políticos adinerados.

Sucedió que un día de mayo de 1930, Celia llevó a su hijo de dos años a nadar en

el club náutico, pero faltaba poco para el invierno y soplaba un viento frío. Esa noche

el niño tuvo un ataque de tos. El médico diagnosticó una bronquitis asmática y recetó

los medicamentos habituales, pero el ataque, lejos de disminuir, duró varios días. La

familia comprendió que el joven Ernesto había contraído un asma crónica, que lo

afectaría durante el resto de su vida y alteraría irrevocablemente la de sus padres.

Poco después volvieron los ataques, agravados. El resuello asfixiante de Ernesto provocaba la angustia de sus padres. Desesperados, consultaron a muchos médicos y

aplicaron vanamente todos los tratamientos conocidos. El clima hogareño se

deterioró. Guevara Lynch recriminaba a Celia por su imprudencia y la culpaba por

haber provocado la enfermedad de su hijo.

En realidad, no era del todo justo con ella. Celia era sumamente alérgica y sufría

ataques de asma. Probablemente había transmitido esa propensión congénita a

Ernesto. Más adelante algunos de sus hermanos y hermanas también contrajeron

alergias y asma, aunque ninguno en grado tan virulento. Probablemente la exposición

al frío y el agua sólo habían activado los síntomas que ya estaban latentes en él.

Sea cual fuere la causa, el asma de Ernesto hacía imposible el regreso al clima

húmedo de Puerto Caraguataí. Incluso San Isidro, tan próximo al Río de la Plata, era

demasiado húmedo para su hijo. En 1931, los Guevara se mudaron nuevamente, esta

vez a un apartamento alquilado en un quinto piso cerca del Parque de Palermo en

Buenos Aires. Eran vecinos de Ana Isabel, la madre de Guevara Lynch, y su hermana

soltera Beatriz, quien vivía con ella. Las dos mujeres se deshacían en muestras de

cariño hacia el niño enfermizo, quien a su vez las prefería a los demás parientes.

En mayo de 1932, Celia dio a luz a su tercer hijo, un varón. Lo llamaron Roberto,

como su abuelo paterno de California. La pequeña Celia, de un año y medio, daba sus

primeros pasos, y Ernesto, de cuatro, aprendía a pedalear en su bicicleta en los

bosques de Palermo.

Pero el traslado no le curó el asma. Para Guevara Lynch, la enfermedad de su hijo

era una suerte de maldición: «El asma de Ernesto comenzaba a coartar nuestras

decisiones. Cada día imponía nuevas restricciones a nuestra libertad de movimientos

y cada día quedábamos más a merced de esa maldita enfermedad».

Cuando los médicos recomendaron un clima seco para estabilizar el asma de

Ernesto, los Guevara se trasladaron a las sierras de la provincia de Córdoba. Durante

varios meses viajaron ida y vuelta entre Córdoba y Buenos Aires, alojándose en

hoteles y casas de alquiler, conforme los ataques de Ernesto disminuían y luego se

agravaban sin una pauta aparente. Imposibilitado de ocuparse de sus asuntos o poner

en marcha una empresa nueva, Guevara Lynch sentía aumentar la frustración. Se

sentía «inestable, como en el aire y sin poder concretar nada».

El médico les recomendó que se instalaran en Córdoba durante por lo menos

cuatro meses con el fin de asegurar la recuperación de Ernesto. Un amigo de la

familia les aconsejó que probaran en Alta Gracia, un pueblo de aguas termales en las

estribaciones de la Sierra Chica cordobesa cuyo clima bueno y seco atraía a pacientes

de tuberculosis y otros males respiratorios. Siguieron el consejo. La familia se

trasladó a Alta Gracia para una corta estancia: no imaginaban que sería su hogar

durante los once años siguientes.