Che Guevara

Jon Lee Anderson · Capítulo 172 de 197

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Che Guevara

Capítulo IV

 

Antes de la marcha de Aleida, el Che se había dejado convencer por Ariel de que era

más conveniente ir a Praga antes de viajar a Sudamérica. Allá estaría a salvo para

esperar hasta que Cuba determinara su nuevo destino.[*]

Antes de su partida de Tanzania en marzo, Fernández Mell fue a verlo. Había

logrado reunir a los cubanos perdidos, rescatar a los combatientes congoleños

abandonados junto al lago y atar los últimos cabos sueltos de la operación cubana en

Kigoma. El Che dio a leer a su amigo los pasajes de sus memorias del Congo donde

lo criticaba y le dijo: «¿Ves cómo te cago?» Fernández Mell replicó que cualquier

crítica afectaría directamente al Che, ya que él se había limitado a obedecer sus

órdenes.

La experiencia del Congo los había distanciado. Aunque conservaban su amistad,

ya no compartían las mismas ideas. «Oscarito» había meditado profundamente sobre

la concepción guevarista de la «guerra de guerrillas continental» y empezaba a dudar

de las bondades de esta estrategia, al menos en el caso de África. Y pensaba que el

Che, en su obstinación por imponerla, se había engañado a sí mismo.

En el Congo, «el Che nos había dicho cosas que estoy convencido él mismo sabía

que no eran realistas —dijo Fernández Mell—, aunque no era la clase de hombre que

dice lo que no siente… Pero en realidad el Che estaba convencido del triunfo [en el

Congo]… Tenía metido en la cabeza que había encontrado el camino para liberar al

pueblo y que tendría éxito, y lo presentaba como la verdad absoluta. Por eso no podía

aceptar que su intento en el Congo refutaba una estrategia que había elaborado en

todos los detalles».

Fernández Mell sabía que el Che probablemente iría a Sudamérica y en definitiva

—como siempre había previsto— a su patria argentina. Antes del Congo, ambos

daban por sentado que iría con él, pero en ese momento no hablaron del asunto. Mell

no le preguntó qué planes tenía ni se ofreció para acompañarlo. Ese silencio era

elocuente: dos amigos seguían caminos distintos. Días después, Fernández Mell

volvió a La Habana con el manuscrito de Pasajes de la guerra revolucionaria que el

Che enviaba a Fidel. Jamás volvería a verlo.