Che Guevara

Jon Lee Anderson · Capítulo 135 de 197

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Che Guevara

Capítulo IX

 

El 11 de octubre, el Che convocó a su oficina al hombre más rico de Cuba, el

magnate azucarero Julio Lobo. Como dueño de enormes extensiones de tierras

productivas —recientemente expropiadas— y trece ingenios, Lobo era una potencia a

tener en cuenta.

Este hombre culto, célebre por su valiosa colección de tesoros artísticos y objetos

napoleónicos, era en gran medida un enigma, ya que se había negado a abandonar la

isla o sumar su voz al coro de protestas anticastristas. Había llegado el momento de

ponerlo a prueba. En pocos días, Fidel expropiaría los ingenios, y el Che quería

convencer a Lobo de que permaneciera en Cuba con todos sus conocimientos.

Alfredo Menéndez, administrador de los ingenios estatales desde el INRA, conoció

de antemano la oferta que le harían a Lobo: un sueldo de dos mil dólares y el derecho

de conservar una de sus mansiones, a su elección. «Porque realmente nosotros no

queríamos que se fuera —dijo Menéndez—. Ése era el objetivo del Che, todo ese

talento».

La mera idea de ofrecer semejante sueldo a un hombre cuya fortuna era del orden

de varios cientos de millones de dólares podía parecer absurda, pero acaso reflejaba

la consagración singular del Che a su ideal, hasta el punto de creer que otros —

incluso Julio Lobo— podían compartirla. Acosado por la fuga de técnicos y

administradores experimentados, había tratado de convencer al personal capacitado, a

hombres como Napoleón Padilla, de que permanecieran en la isla con la promesa de

respetar sus sueldos de la época capitalista. Para los criterios de la «nueva Cuba», el

sueldo que ofrecía a Lobo era verdaderamente alto; él mismo había rechazado por

principio el sueldo de mil dólares que le correspondía como presidente del Banco

Nacional y conservado sólo el de comandante, de doscientos cincuenta dólares.

Le dijo a Lobo que había llegado el momento de tomar una decisión: la

revolución era comunista y él, como capitalista, no podía conservar su situación

presente; podía quedarse y adherirse a ella o bien debía partir. Lobo señaló con

valentía que Jrushov creía en la «coexistencia pacífica» entre los sistemas políticos y

económicos rivales en el mundo, pero el Che respondió que semejante propuesta «era

posible entre países, pero no dentro de una nación».

A continuación, el Che expuso su ofrecimiento de que Lobo administrara la

industria azucarera cubana. Perdería sus propiedades, pero podría conservar los

ingresos de uno de sus ingenios. Lobo dijo que necesitaba tiempo para pensarlo y el

Che accedió. Pero el empresario, que ya había tomado su decisión, volvió a su casa y

dos días después voló a Miami. De allí se fue a España, donde pasó el resto de su

vida en el exilio. Al día siguiente, el gobierno nacionalizó los bancos y todas las

grandes empresas comerciales, industriales y de transporte. Se apoderó de los

ingenios y las mansiones de Lobo; con el tiempo, la colección de objetos

napoleónicos se convirtió en un museo estatal.

Una nueva ley de reforma urbana prohibió la propiedad de más de una vivienda y

expropió las propiedades alquiladas; sus moradores pasaron a ser inquilinos del

Estado. El 19 de octubre, Washington respondió a la última oleada de expropiaciones

—que afectaba a muchas empresas norteamericanas— con un embargo comercial y la

prohibición de las exportaciones a la isla salvo las de alimentos y medicamentos. En

octubre, Fidel nacionalizó 166 empresas norteamericanas, en lo que constituyó el

certificado de defunción de los intereses comerciales de Estados Unidos en Cuba.

Fidel podía jactarse de que tenía tanto los efectivos como las armas necesarios

para rechazar una invasión. Washington era consciente de que no hablaba en balde.

El 28 de octubre, el gobierno norteamericano acusó formalmente a Cuba ante la OEA

de haber recibido «importantes» cargamentos de armas soviéticas desde el verano

anterior. Al día siguiente, Washington convocó a Philip Bonsal para «consultas

prolongadas»; jamás volvería a la isla. En esas horas, el Che viajaba a Moscú vía

Praga.