Che Guevara

Jon Lee Anderson · Capítulo 109 de 197

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Che Guevara

Capítulo IV

 

A primera vista, el Che y Raúl habían quedado excluidos de los mejores cargos. Éste

era gobernador militar de Oriente, aquél tenía el título insignificante de «comandante

de La Cabaña». Pero los títulos oficiales eran engañosos. Mientras Fidel se dedicaba

a crearle una fachada moderada a la revolución —rechazando con indignación

cualquier acusación de «influencia comunista»— con la esperanza de evitar un

enfrentamiento prematuro con Estados Unidos, Raúl y el Che se dedicaban en secreto

a cimentar los vínculos con el PSP y consolidar la base de poder del líder en las

fuerzas armadas.

El Che mantenía un ritmo de actividad febril. El 13 de enero inauguró la

Academia Militar-Cultural en La Cabaña para «elevar el nivel cultural del ejército».

Además de enseñar las primeras letras, la academia debía inculcar «conciencia

política» en la tropa. Se dictaban cursos de educación cívica, historia, geografía y

economía cubanas, «las características económicas y sociales de las repúblicas

latinoamericanas» y actualidad política. También trataba de reformar a los soldados.

Prohibió las peleas de gallos, que se habían hecho populares entre la tropa. En su

lugar organizó clases de ajedrez, un equipo ecuestre, certámenes deportivos y dispuso

que se realizaran exposiciones de arte, conciertos y representaciones teatrales. Todas

las noches se proyectaban películas en los diversos cines de la fortaleza. Fundó el

periódico del regimiento La Cabaña Libre y poco después colaboró con el

lanzamiento de Verde Olivo, un periódico para las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

En medio de tanta actividad, el Che discretamente designó a hombres del PSP

para supervisar la escuela. Armando Acosta, su comisario en el Escambray, ya se

encontraba cerca, comandando la pequeña fortaleza de La Punta al otro lado del

puerto de La Cabaña, y poco después el Che lo designó administrador de la academia.

A fines de enero, el Che ya poseía otro título —jefe del Departamento de

Entrenamiento de las Fuerzas Armadas Revolucionarias—, pero éste tampoco

indicaba la verdadera gama de sus actividades. Por orden de Fidel, se reunía

secretamente con Raúl —quien viajaba constantemente entre La Habana y su puesto

en Santiago—, Camilo, Ramiro Valdés y Víctor Pina del PSP para crear un nuevo

aparato de seguridad e inteligencia del Estado. El organismo resultante, llamado

Seguridad del Estado o G-2, quedó en las manos capaces de Ramiro Valdés, el

lugarteniente del Che durante la guerra. Osvaldo Sánchez, miembro del Buró Político

y jefe del Comité Militar del PSP, fue designado segundo jefe del organismo.

Mientras tanto, los exiliados cubanos regresaban de todos los países del

hemisferio. El gobierno envió un avión a Buenos Aires para traer a todos los

exiliados que residían allí e invitaron a la familia Guevara. Los padres del Che, su

hermana Celia con su esposo Luis Argañaraz y Juan Martín, un adolescente de

catorce años, aceptaron la invitación. (Roberto y Ana María no pudieron hacerlo

debido a sus obligaciones laborales y familiares; pasarían otros dos años y medio antes de que pudieran reunirse con su famoso hermano.) Cuando llegaron a La

Habana, el 9 de enero, un muy emocionado Guevara Lynch besó la pista del

aeropuerto capitalino de Rancho Boyeros. «Inmediatamente nos rodearon unos

cuantos soldados barbudos, con sus uniformes bastante sucios y armados con fusiles

o ametralladoras —escribió—. Vinieron los saludos de rigor y, apresurados, nos

dirigimos al interior del aeropuerto, en donde nos esperaba Ernesto. Tengo entendido

que quisieron darle una sorpresa y sólo supo de nuestra llegada minutos antes. Mi

mujer corrió a sus brazos y no pudo contener el llanto. Un montón de fotógrafos y

cámaras de televisión registraron la escena. Poco después abrazaba a mi hijo. Hacía

seis años que no lo veía».

En una de las fotografías tomadas aquel día, el Che aparece con uniforme de

combate y boina, con su barba rala, flanqueado por sus padres en medio de una

multitud de curiosos. A sus espaldas asoma el cañón de una metralleta. Es

verdaderamente memorable la expresión de orgullo intenso y apasionado en las caras

de Celia y el Che. A un lado, como un curioso más, vestido de traje, su padre esboza

una sonrisa perpleja.

Los Guevara, huéspedes de la revolución, ocuparon una suite del Havana Hilton,

unos pisos más abajo de la de Fidel. Como sede de facto del gobierno, en el lujoso

vestíbulo del hotel reinaba un alboroto de guerrilleros desaliñados con sus armas,

periodistas inquisitivos, buscadores de prebendas y turistas norteamericanos de aire

desconcertado cuyas vacaciones se habían visto interrumpidas por la revolución.

Cuando por fin estuvieron a solas con su hijo, Guevara Lynch sacó varias botellas de

vino argentino de la marca preferida de Ernesto.

«Se le iluminaron los ojos al ver aquellas botellas… Su vista trajo seguramente a

su memoria gratos recuerdos de otros tiempos felices, cuando toda la familia vivía

junta en Buenos Aires». Mientras brindaban, Guevara Lynch observó a su hijo y

creyó ver «… en su aspecto físico, en su expresión, en su alegría… aquel mismo

muchacho que partió de Buenos Aires en una fría tarde de julio hacía más de seis

años».

Esta descripción es en buena medida una expresión de sus ilusiones. Su hijo

Ernesto se había convertido en «el Che», el hombre que quería ser. Y aunque

«Ernesto» estaba encantado de ver a su familia, en verdad su llegada no podía ser

menos oportuna. Mientras ellos se instalaban en el Hilton, tuvo que volver deprisa a

La Cabaña, donde lo aguardaban los juicios revolucionarios que él mismo presidía.

Durante el mes de enero una de las tareas de los revolucionarios fue la de apresar

a presuntos criminales de guerra y conducirlos a La Cabaña. En general no eran los

principales esbirros del antiguo régimen, pues éstos habían logrado escapar (antes de

que los rebeldes tomaran la ciudad y detuvieran la salida de aviones y barcos al

exterior) o permanecían encerrados en las embajadas. Casi todos eran agentes,

chivatos y torturadores policiales. Con todo, el Che, fiscal supremo, realizaba la tarea

con singular dedicación; todas las noches resonaban las descargas de los pelotones de fusilamiento entre los antiguos muros de la fortaleza.

«Había más de un millar de prisioneros de guerra —dijo Miguel Ángel Duque de

Estrada, designado por el Che titular de la Comisión de Depuración—.

Constantemente llegaban más, y muchos no tenían expediente. De algunos ni siquiera

conocíamos los nombres. Pero teníamos una tarea que cumplir, que era sanear el

ejército vencido. El Che siempre había tenido claro la necesidad de sanear el ejército

e imponer justicia a los criminales de guerra convictos».

Los juicios comenzaban a las ocho o nueve de la noche y generalmente se llegaba

a un veredicto a las dos o tres de la mañana. Duque de Estrada, encargado de reunir

pruebas, tomar declaraciones e instruir los juicios, ocupaba el estrado junto al Che, el

fiscal supremo, quien tomaba la decisión final sobre la suerte de aquellos hombres.

«El Che consultaba conmigo —dijo Duque—, pero estaba al mando y como

comandante militar tenía la última palabra. Estuvimos de acuerdo en casi el cien por

ciento de las decisiones. En unos cien días llevamos a cabo unas cincuenta y cinco

ejecuciones por fusilamiento, y recibimos muchas críticas por eso, pero dábamos a

cada caso la debida y justa consideración y nunca tomábamos decisiones a la ligera».

A Orlando Borrego, un contable de veintiún años, el Che le encomendó —además

de su nuevo puesto como administrador financiero de La Cabaña— la presidencia de

un tribunal.

«Era difícil porque nosotros no teníamos una formación, digamos, jurídica —

recordó Borrego—. Ahí lo que primaba era el sentido de la moral, uno de la moral

revolucionaria y otro de la justicia, de que no se fuera a cometer ninguna injusticia.

En eso el Che era sumamente cuidadoso… Por golpear a un preso y eso, no se

fusilaba a nadie, pero ya cuando había torturas muy fuertes y asesinatos y muertes, ya

ahí sí eran condenados a muerte… Ahí se analizaba todo el expediente, se veían todos

los testigos, venían los familiares del muerto o del torturado, o venía el torturado, y

en el tribunal revelaba todas las torturas que había recibido, mostraba su cuerpo».

Cada noche el Che revisaba los casos con sus jueces, pero al explicar su función

en los juicios a ciertos periodistas hostiles de la televisión cubana, dijo que jamás

asistía a los juicios ni recibía a los acusados. Al contrario, examinaba sus casos

exclusivamente sobre la base de las pruebas para emitir dictámenes fríos e

imparciales. Según Borrego, el Che escogía a jueces y fiscales con gran cuidado; por

ejemplo, a los rebeldes que habían padecido torturas no se les permitía juzgar a sus

antiguos verdugos. «Había que elaborar con mucho cuidado la estrategia del juicio,

porque a veces había fiscales que eran un poco de extrema izquierda… y había que

moderar a algunos fiscales que siempre pedían la pena de muerte».

Con respecto a las ejecuciones en sí, el Che evidentemente había superado sus

reservas sobre el voluntario norteamericano Herman Marks, a quien había despedido

en Camagüey, porque reapareció en La Cabaña y participó activamente en los

pelotones de fusilamiento.[62]

Durante los meses siguientes, varios cientos de personas fueron juzgadas y fusiladas en todo el país. La mayoría fue sentenciada en las condiciones que describe

Borrego: en procesos sumarios pero legítimos, con abogados defensores, testigos,

fiscales y público. En escala menor, hubo algunas ejecuciones arbitrarias. La más

tristemente célebre de éstas sucedió poco después de la toma de Santiago, cuando

Raúl Castro presidió el juicio sumarísimo y la ejecución de más de setenta soldados

capturados. Hizo abrir una fosa con una excavadora, alineó a los condenados frente a

ella y los hizo fusilar con ametralladoras. La acción cimentó la reputación de Raúl

como hombre despiadado y afecto a la violencia, que los años no han atenuado.

Pero en verdad, había escasa oposición pública declarada a la oleada de

ajusticiamientos revolucionarios de la época. Por el contrario, los matones de Batista

habían cometido crímenes atroces, en la opinión pública imperaba un espíritu de

linchamiento, y los medios se complacían en relatar los juicios y fusilamientos de los

condenados a la vez que recordaban los detalles más sórdidos de sus crímenes. Entre

las crónicas sobre los sobornos y la corrupción de la era batistiana, los diarios

cubanos publicaban morbosas revelaciones y fotografías horrendas de las atrocidades

cometidas por los «esbirros» del dictador. Bohemia llegaba a extremos obscenos en

su entusiasmo, con entrevistas sarcásticas a los sospechosos que aguardaban su

juicio; asistía a las ejecuciones con sus cámaras y publicaba las fotografías con

epígrafes moralizadores.

En su edición del 8 de febrero publicó una entrevista con un expropagandista

radiofónico de la dictadura bajo el título «Atrapan a una rata de la tiranía». El

siguiente texto apareció debajo de la fotografía:

Ésta es la efigie de uno de los esbirros más infames de la dictadura, Otto Meruelo, la sola mención de cuyo

nombre mancha la atmósfera nacional, uno de los voceros más repugnantes del batistato… La integridad física de Meruelo —que nunca poseyó integridad moral— está intacta. ¿Qué hará la Revolución «al respecto»? La pregunta está en boca de todos los cubanos.

Meruelo fue condenado a treinta años de prisión. La misma edición de Bohemia

relata bajo el título «Los hermanos malditos» el juicio de dos pistoleros del Tigre

Rolando Masferrer, los hermanos Nicolardes Rojas, autores de varios asesinatos en

Manzanillo. El autor transcribe el pasaje culminante del juicio:

El fiscal, doctor Fernando Aragoneses Cruz: «¿Merecen los hermanos Nicolardes la libertad?»

«¡Noooo!», fue el grito atronador de la gran multitud.

«¿Merecen la prisión con la esperanza de que algún día puedan ser útiles a la sociedad?»

«¡Noooo!»

«¿Deben ser fusilados, como castigo ejemplar para todas las generaciones futuras?»

«¡Siiií!»

El fiscal… contempló la multitud enfurecida. Y frente a su opinión unánime, se expresó serenamente, mientras

dirigía una mirada que era en parte de cólera y en parte de lástima a aquellos condenados por el Pueblo.

«Ésta es, damas y caballeros, la petición de la ciudadanía, a quien represento en esta sesión».

Los hermanos Nicolardes fueron sacados inmediatamente de la sala y fusilados.

La crónica de Bohemia parece una descripción bastante precisa de la atmósfera

reinante en los tribunales revolucionarios de Cuba. Según Orlando Borrego, con

frecuencia sentía una gran presión de los civiles presentes para mostrarse severo en

sus veredictos. «Se consideraba que se estaba siendo demasiado benigno… A veces

uno pedía diez años y la gente quería que fueran veinte». La tarea de Borrego era doblemente penosa debido a las críticas crecientes del extranjero: legisladores

norteamericanos calificaban los juicios de baños de sangre. Indignado por las

acusaciones, a fines de enero Fidel resolvió que el mayor Sosa Blanca y otros

oficiales de alta graduación acusados de varios asesinatos y torturas fueran juzgados

en el estadio deportivo de La Habana en presencia de gran cantidad de público. Pero

el gambito resultó contraproducente ya que los periodistas extranjeros se sintieron

asqueados por los abucheos y los clamores de sangre de las multitudes histéricas.

Herbert Matthews, que simpatizaba con la revolución, trató de analizar los juicios

desde el «punto de vista cubano» en un editorial que el jefe de la página de opinión

del New York Times se negó a publicar.

El Che siguió adelante sin dejarse arredrar. Advirtió a sus jueces que debían

evaluar escrupulosamente las pruebas de cada caso a fin de no dar argumentos a los

enemigos de Cuba, pero que la consolidación de la revolución exigía que continuaran

los juicios. No se cansaba de repetir a sus camaradas cubanos que el guatemalteco

Arbenz había caído por no purgar a sus fuerzas armadas de elementos desleales, error

que había permitido a la CIA infiltrarse en ellas y derrocar el régimen. Cuba no podía

darse el lujo de repetir el error.

Las memorias de Guevara Lynch soslayan el papel destacado que cumplió el Che

en los tribunales, pero en cambio aluden al golpe que sufrió al ver a su hijo

transformado en un hombre tan severo. Según su relato, una noche decidió visitarlo

en La Cabaña. El Che no se encontraba allí, de manera que decidió esperarlo. Poco

después vio que un jeep se detenía frente a la entrada y un hombre bajaba de un salto.

Era el Che. «Enfrentándose con un muchachón armado que estaba de guardia, le sacó

el fusil y con voz seca y firme lo mandó arrestar. Yo veía la desesperación en la cara

del muchacho y le pregunté [al Che] por qué lo arrestaba. Me contestó: “Viejo, aquí

nadie puede dormir en la guardia, porque dormirse significa poner en peligro toda la

guarnición.”»

Hasta ese momento, escribió Guevara Lynch, había pensado que su hijo todavía

era «aquel muchacho que se despidió de nosotros en el año 1953 en Buenos Aires».

Entonces comprendió su error y empezó a verlo bajo una nueva luz.

Otro día, Guevara Lynch le preguntó qué pensaba hacer con «su medicina». El

Che contestó sonriendo que, ya que tenían el mismo nombre, podía colgar una chapa

de médico «y comenzar a matar gente sin ningún peligro». El Che rió de su propio

chiste, pero el padre insistió hasta recibir una respuesta seria: «De mi medicina puedo

decirte que hace rato que la he abandonado. Ahora soy un combatiente que está

trabajando en el apuntalamiento de un gobierno. ¿Qué va a ser de mí? Yo mismo no

sé en qué tierra dejaré los huesos».

Desconcertado, Guevara Lynch no comprendió el significado de esa observación

sino mucho después. «Me costaba reconocer en él al Ernesto de mi casa, al Ernesto

cotidiano. Parecía flotar sobre su figura una tremenda responsabilidad… Ernesto, a su

llegada a La Habana, ya conocía el fin de su destino. Tenía conciencia de su personalidad y se estaba transformando en un hombre cuya fe en el triunfo de sus

ideales llegaba al misticismo».

Los viejos amigos y conocidos del Che se mostraban tan perplejos como su padre.

Al principio estaban emocionados por sus hazañas en la guerra de guerrillas, pero el

entusiasmo se convirtió en horror cuando llegaron las noticias sobre su papel en las

ejecuciones sumarias. No comprendían cómo su amigo se había transformado en un

ser implacable.

Tatiana Quiroga y Jimmy Roca, el primo de Chichina que había compartido un

cuarto con el Che en Miami, se habían casado y vivían en Los Ángeles. A principios

de enero le enviaron un telegrama para felicitarlo por la victoria de la revolución.

«Mandé un telegrama a La Cabaña y me costó cinco dólares —dijo Tatiana—. Lo

recuerdo porque para un estudiante era mucho dinero, pero gasté los cinco dólares

para felicitarlo. Entonces vinieron las muertes en La Cabaña, y le digo que nunca me

había sentido tan mal como por haber gastado cinco dólares en ese telegrama. Me

quería morir».

El doctor David Mitrani, su antiguo colega en el Hospital General de México,

sintió el mismo asco, y se lo dijo al visitar La Habana dieciocho meses después por

invitación del Che. La respuesta de éste fue tan franca como decepcionante: «Mira,

en este problema si no matas primero te matan a ti».