Che Guevara
Apéndice
Pág. 108: En su libro Mi amigo el Che, publicado en 1968, Rojo relata la vida de
Guevara y su amistad con él. Tal vez porque lo escribió con prisa para aprovechar la
tan publicitada muerte del Che, el libro está repleto de errores.
Aparentemente, Rojo quiso describir una relación más estrecha de la que
realmente existió, pero no es el único que trató de hallar un lugar entre las candilejas
de la horda póstuma de amigos y conocidos. Lo cierto es que se conocieron, fueron
amigos y por eso ciertos aspectos del libro de Rojo poseen valor histórico.
Rojo dice que, desde La Paz en adelante, viajó con Calica y Ernesto durante la
mayor parte del trayecto. No es verdad. Se reunieron en Lima, Guayaquil, Costa
Rica, Guatemala y México, pero viajaron siempre por separado. Más adelante
visitaría al Che en Cuba varias veces.
Pág. 127: «Nota al margen» apareció en la edición de Notas de viaje publicadas años
después por su viuda, Aleida March, aunque el Che le había dejado instrucciones
precisas de quemar este y otros escritos juveniles en caso de su muerte.
Afortunadamente, ella lo desobedeció. Cree que la persona enigmática descrita aquí
puede ser un ser ficticio compuesto de varias personas que conoció durante su viaje, o
bien un recurso literario empleado para evocar la escena de autorrevelación.
Alberto Granado no recuerda a nadie que coincida con esta descripción; aún le
desconcierta que su amigo Fúser tuviera esos pensamientos mucho antes de revelar su
aceptación del marxismo a sus amigos y familiares.
Pág. 148: De la corriente de Operación Éxito surgieron varios hombres cuyas
trayectorias tendrán mucho que ver con la de Ernesto Guevara. Uno de ellos fue
Daniel James. Como director y principal corresponsal en Latinoamérica del
semanario anticomunista New Leader, James participó en la campaña periodística
norteamericana contra Arbenz. A mediados de 1954 escribió el libro Red Design for
the Americas en el que abogaba por el derrocamiento del gobierno de Arbenz. Según
los autores del libro más fiable sobre el golpe, Bitter Fruit: The Untold Story of the
American Coup in Guatemala, los vehementes argumentos de James de que los
comunistas controlaban el país resultaron «tan convincentes» que la CIA compró
cientos de ejemplares para distribuirlos entre los periodistas norteamericanos y otros
«formadores de opinión».
En 1968, James obtuvo los derechos exclusivos para publicar los documentos de
la guerrilla boliviana del Che capturados por la CIA, incluso el diario de Guevara. Un
año después publicó una biografía sumamente mordaz de Guevara.
Pág. 209: Según Aleida March, existen sólo dos ejemplares del diario del Che en la
sierra de 1957-1959: el suyo y el de Fidel. Cuando el autor estaba en Cuba, se estaba
«purgando» el diario de los nombres de funcionarios en activo que merecieron
observaciones críticas u hostiles del Che, con la idea de publicarlo más adelante.
Pág. 230: El Che estudió un documento traído por los visitantes que esbozaba el
programa ideológico del Movimiento 26 de Julio y que le causó una impresión
moderadamente buena. En él, escribió, se planteaba «una serie de decretos
revolucionarios bastante avanzados, aunque algunos tan líricos como el anuncio de
que no se establecerán las relaciones diplomáticas con las dictaduras
[latino]americanas».
Probablemente se refería a la edición más reciente de Revolución, el nuevo
órgano clandestino del movimiento dirigido por Carlos Franqui, un ex comunista que
trabajaba de periodista en La Habana y manejaba la propaganda clandestina del
Movimiento 26 de Julio. En Revolución de febrero de 1957 aparecía un artículo
titulado «La necesidad de la revolución», extracto de un borrador de panfleto llamado
Nuestra razón. Franqui había encargado el borrador a Mario Llerena, un analista
político, para que fuera el «Manifiesto-Programa» del Movimiento 26 de Julio.
El artículo describía la «Revolución» en los siguientes términos: «Un proceso
histórico continuo… La Revolución lucha por la transformación completa de la vida
cubana, por profundas modificaciones en el sistema de propiedad y por un cambio en
las instituciones… De acuerdo con sus objetivos y como consecuencia de la realidad
histórica, geográfica y sociológica de Cuba, la Revolución es democrática,
nacionalista y socialista».
Sin embargo, cuando apareció Nuestra razón unos meses después, Fidel se
distanció de ella, sin duda para evitar cualquier pronunciamiento ideológico que
pudiera enemistarlo con adherentes potenciales al 26 de Julio.
Pág. 284: En la carta a Daniel (publicada en el Diario de la revolución cubana de
Carlos Franqui), el Che escribió: «Debido a mi formación ideológica, soy de los que
creen que la solución de los problemas del mundo se encuentra detrás de la llamada
cortina de hierro, y considero a este Movimiento como uno más de los que se inspiran
en el deseo de la burguesía de liberarse de las cadenas económicas del imperialismo.
Siempre he visto en Fidel a un auténtico dirigente de la burguesía izquierdista,
aunque esta imagen es realzada por cualidades personales de un brillo extraordinario
que lo elevan por encima de su clase. Inicié la lucha con ese espíritu: honestamente
sin esperanzas de ir más allá de la liberación del país; plenamente dispuesto a partir
cuando las condiciones de lucha posteriores giraran la acción del Movimiento hacia la derecha (hacia lo que representan todos ustedes). Pero nunca conté con un cambio
drástico en sus ideas fundamentales para aceptar el Pacto de Miami. Parecía
imposible y más adelante descubrí que lo era… Afortunadamente, la carta de Fidel
llegó en el ínterin… y explicó cómo sucedió lo que podemos llamar una traición».
En cuanto al problema de las provisiones, dijo, ni él ni Fidel recibían las
necesarias con suficiente rapidez, de manera que tomaría sus propias medidas. Si su
principal proveedor era un «personaje turbio», se creía perfectamente capaz de tratar
con él sin correr riesgos. Subrayó que él no comprometía sus valores, como sí lo
hicieron los que aceptaron el Pacto de Miami, donde «lo único que sucedió es que se
ofreció un culo en lo que fue probablemente el acto de “sodomía” más detestable de
la historia cubana. Mi nombre en la historia (que pienso ganarme por medio de mi
conducta) no puede estar vinculado con ese crimen y por la presente dejo constancia
de ello… Si esta carta le duele porque la considera injusta o porque se considera
inocente del crimen y quiere decírmelo, bárbaro. Y si le duele tanto que corta las
relaciones con esta parte de la revolución, tanto peor».
Cuatro días después, Daniel le respondió con una elocuente refutación; dijo que
escribía para dejar «constancia de su integridad revolucionaria». En cuanto a no dar a
conocer la carta, como pedía el Che, Daniel dijo que la había dado a leer al resto del
Directorio; por consiguiente, la respuesta era de todos ellos. «No me interesa en lo
más mínimo dónde me sitúa usted, ni siquiera trataré de hacerle cambiar su opinión
personal sobre nosotros… Éste no es el momento de discutir “dónde se encuentra la
salvación del mundo”… Nuestras diferencias fundamentales son que nos interesa
llevar a los pueblos oprimidos de “nuestra América” gobiernos que respondan a sus
anhelos de Libertad y Progreso… Queremos una América fuerte, dueña de su destino,
una América que pueda mostrarse orgullosa frente a Estados Unidos, Rusia, China o
cualquier otra potencia que trate de socavar su independencia política y económica.
Por otra parte, los de su formación ideológica piensan que la solución de nuestros
males consiste en liberarnos de la nociva dominación “yanqui” por medio de una no
menos nociva dominación “soviética”».
Pág. 306: Al divulgar los detalles de la disputa entre la sierra y el llano en un artículo
publicado poco antes de su partida de Cuba, el Che rompió el silencio sobre un
asunto declarado oficialmente tabú desde el triunfo de la Revolución. Optó por pasar
por alto el desacuerdo de Faustino Pérez con las decisiones de la cumbre de mayo y
dejar la impresión de que esa brecha estaba definitivamente cerrada.
Debe recordarse que cuando el Che escribió su artículo, Faustino estaba en su
mismo «bando», era un miembro destacado de la dirección revolucionaria y sus
antiguas diferencias habían perdido importancia, hasta el punto de que no era
conveniente detenerse públicamente en ellas.
En su carrera posterior, además de las virtudes enumeradas por el Che, Faustino Pérez demostró que era un superviviente consumado. El antiguo opositor del
caudillismo de Fidel se convirtió en uno de los grandes visires del fidelismo; el
antiguo anticomunista ingresó en el Comité Central del Partido Comunista cubano
inaugurado oficialmente por Fidel en 1965 y fue un miembro destacado del aparato
hasta su muerte en 1993.
Pág. 316: En su carta, Fidel advirtió a Raúl: «Debemos considerar la posibilidad de
que elementos de la dictadura, explotando este incidente, estén preparando un plan de
agresión física contra ciudadanos norteamericanos; dada la situación sin salida de
Batista, esto pondría en nuestra contra a la opinión pública internacional, que
reaccionaría indignada a la noticia, por ejemplo, de que varios de esos
norteamericanos fueron asesinados por los rebeldes. Es esencial declarar
categóricamente que no utilizamos el sistema de rehenes, por mucho que se justifique
nuestra indignación contra las actitudes políticas de cualquier gobierno… Debes tener
en cuenta que en asuntos que pueden tener consecuencias gravosas para el
Movimiento, no puedes actuar por tu propia iniciativa o ir más allá de ciertos límites
sin consulta alguna. Además, eso daría la falsa impresión de anarquía total en los
círculos internos de nuestro ejército» (Franqui, Diario de la revolución cubana).
Pág. 326: A fines de 1958, el Che ya había reclutado o conocía a la mayoría de sus
futuros camaradas de guerrilla. Eliseo Reyes, luego llamado «Rolando», Carlos
Coello, alias «Tuma», Orlando «Olo» Pantoja («Antonio») y Manuel Fernández
Osorio, alias «Miguel», estuvieron con él en la marcha a Las Villas, lo mismo que su
escolta Harry Villegas, «Pombo», y Leonardo Tamayo, «Urbano», en la Escuadra
Suicida del Vaquerito. El tercer cubano superviviente de Bolivia, Dariel «Benigno»
Alarcón Ramírez, y Antonio «Pinares» Sánchez estaban en la columna invasora de
Camilo. José María «Papi» Martínez y Octavio de la Concepción Pedraja, «el Moro»,
estaban con Raúl en Oriente. Juan Vitalio Acuña, llamado «Joaquín» en Bolivia,
estaba en la Sierra Maestra, donde Fidel lo había designado comandante. Tres futuros
combatientes se unirían a la fuerza del Che en Escambray: Alberto «Pachungo»
Fernández Montes de Oca, Gustavo «Alejandro» Machín de Hoed y Jesús «Rubio»
Suárez Gayol.
Pág. 505: El programa de guerrillas para América Latina tuvo el apoyo de Fidel desde
el comienzo. La agencia secreta conocida como «Departamento de Liberación» de
Manuel «Barbarroja» Piñeiro fue creada como un viceministerio técnico dentro del
flamante Ministerio del Interior de Ramiro Valdés. Dice Piñeiro: «Yo era responsable
de las organizaciones de inteligencia y de la Dirección Nacional de Liberación Nacional, que se ocupaba de América Latina y África». En ese sentido, dice, tuvo
«una relación activa e intensa con el Che» y participó en muchos cónclaves de
madrugada con revolucionarios de todas partes del mundo. Se dice que Valdés se
concentraba en el «contraespionaje» dirigido contra Estados Unidos, pero también
tuvo «alguna participación» en la puesta en marcha de los proyectos guerrilleros.
Evidentemente, el papel de Raúl era menos directo; según una pauta establecida
desde el comienzo por Fidel, se le permitía escoger a los cuadros militares para sus
operaciones. Pero el verdadero supervisor era el Che. «Desde el primer día, el Che
estuvo a cargo del movimiento de liberación armado apoyado por Cuba», dijo una
fuente del gobierno cubano con acceso a los archivos secretos correspondientes.
Pág. 577: En noviembre de 1962, Leonov reveló una vez más su don de cruzarse con
personalidades históricas en vísperas de sucesos trascendentales al conocer a Lee
Harvey Oswald. Éste se había presentado en la embajada soviética en Ciudad de
México para hablar con un funcionario. Al ver que estaba armado y nervioso, decidió
que era un «psicópata peligroso» y llamó rápidamente al personal de la embajada
para que lo sacaran del lugar. Leonov dice que se quedó atónito cuando poco después
lo reconoció como el hombre detenido en Dallas y acusado de asesinar al presidente
de Estados Unidos. En una conversación sobre las diversas teorías en torno del
asesinato de Kennedy, Leonov descartó la idea de que Oswald trabajara para el KGB:
recordó esa conducta «psicótica» que había presenciado y añadió que en teoría, si es
que la agencia soviética hubiera querido matar a Kennedy, jamás hubiera usado a un
sujeto tan desequilibrado y difícil de controlar.
En 1993 el autor mantuvo tres conversaciones con Leonov en Moscú, en las que
éste habló de distintos aspectos de su vida, su carrera en la inteligencia y sus
relaciones con el Che Guevara y otras personalidades. Durante una sesión habló con
pasión sobre la causa revolucionaria guatemalteca y el asesinato de varios «amigos»
comunistas suyos por los escuadrones de la muerte. No entró en detalles sobre esa
relación salvo para decir que había apoyado su causa. En su libro El oro de Moscú,
publicado en 1995, el bien informado periodista argentino Isidoro Gilbert, ex
corresponsal de la TASS, dice que Leonov ayudó activamente a la causa
revolucionaria guatemalteca y sugiere que lo hizo en el marco de un proyecto
clandestino el KGB que contaba con la aprobación del gobierno. Manuel Piñeiro dijo
elípticamente al autor que Leonov «siempre se mostraba solidario con los
combatientes revolucionarios latinoamericanos y la Revolución Cubana».
A juzgar por un memorándum que el jefe del KGB, Alexander Shelepin, envió a
Jrushov el 29 de julio de 1961, y que salió a la luz recientemente, los soviéticos no
veían con malos ojos las guerras de guerrillas en los países donde el partido
comunista local estaba proscrito y a veces les prestaban su apoyo.
Según pasajes publicados en Inside the Kremlin’s Cold War: From Stalin to Khrushchev, de Zubok y Pleshakov, el memorándum de Shelepin proponía una serie
de acciones clandestinas alrededor del mundo para distraer a Estados Unidos del
enfrentamiento en Berlín. «Shelepin abogaba por medidas “para activar por los
medios accesibles al KGB insurrecciones armadas contra gobiernos reaccionarios
prooccidentales”. Las acciones subversivas comenzaron en Nicaragua, donde el KGB
planificó un motín armado por medio de un “frente interno de resistencia” coordinado
con los cubanos de Castro y el Frente Revolucionario Sandino. Shelepin propuso
utilizar “fondos del KGB además de los otros 10 000 dólares norteamericanos para
comprar armas”. El plan incluía la instigación de una insurrección armada en El
Salvador y una rebelión en Guatemala, donde las fuerzas guerrilleras recibirían
15 000 dólares para comprar armas». (Jrushov autorizó el plan y el Comité Central
Soviético lo aprobó el 1 de agosto de 1961.)
Pág. 578: Poco después de la visita del Che a Moscú, Rudolf Shlyapnikov viajó a
Cuba para ocupar un puesto en la embajada soviética como oficial a cargo del millar
de «voluntarios» del Komsomol soviético en Cuba. En febrero de 1968 fue expulsado
de Cuba juntamente con otros agentes soviéticos acusados de conspirar con el
recalcitrante Aníbal Escalante y otros «viejos comunistas» descontentos para socavar
la autoridad revolucionaria de Fidel. Escalante fue condenado a quince años de
prisión. Desde su puesto en la embajada en La Habana, Oleg Darushenkov ascendió
rápidamente en la jerarquía partidaria hasta convertirse en jefe del departamento
Cuba del Comité Central. Durante la década de 1980 fue embajador en México.
Después de la caída del comunismo en la Unión Soviética, renunció y se instaló en
México con un puesto de ejecutivo en la gran empresa Televisa. (El último puesto
diplomático de Shlyapnikov, de cónsul soviético en Veracruz, México, coincidió con
el de Darushenkov como embajador.)
Se considera que estos hombres representaban la línea soviética antiguevarista.
Aleida March, la viuda del Che, cree que Oleg Darushenkov era un «agente
infiltrado» y aún hoy se enfurece al recordar que después de su muerte, cuando fue a
la casa a presentar sus condolencias, le dijo a boca de jarro: «¿Por qué fue a Bolivia si
era extranjero?» Ofendida, Aleida recordó el precedente del general dominicano
Máximo Gómez, que había combatido en la guerra de independencia cubana contra
España. Por último, le increpó, cómo se atrevía a hacer semejante pregunta en «esta
casa», la del Che.
Borrego, que conoció bien a Darushenkov, coincide con el juicio de Aleida: lo
describe como un sujeto inteligente, capaz y sumamente ambicioso a la vez que
«perverso», que hablaba mal de las personas y hacía comentarios malignos en una
forma tal que sugerían una doble intención.
Pág. 586: Según Aleida March, entre los presentes en la habitación estaba Jonas
Savimbi, joven dirigente de la resistencia angoleña. Más adelante, fundaría la
guerrilla UNITA con ayuda china. Cuando Cuba dio su apoyo a la guerrilla del
MPLA, Savimbi buscó apoyo en Occidente. Pero en la batalla multilateral contra los
portugueses que logró la independencia del país en 1974, se impuso el MPLA, que
conquistó el poder e instauró un régimen marxista. Savimbi continuó haciéndole la
guerra con apoyo militar sudafricano y de la CIA. En la década de 1980, el UNITA
tenía lujosas oficinas en Washington, y el presidente Ronald Reagan calificó a su jefe
de «combatiente por la libertad» contra el comunismo en la mejor tradición
occidental. En 1992, Savimbi participó en un alto el fuego bajo mediación
internacional y se presentó luego a las elecciones nacionales, en las que perdió. A
continuación reanudó la guerra, en la que murieron cientos de miles de angoleños y
buena parte del país quedó destruido. Finalmente, en febrero de 2002, Savimbi fue
rodeado y murió en combate con las tropas del gobierno. Fue el principio del fin de la
sangrienta guerra civil angoleña. A las pocas semanas de su muerte, UNITA y el
gobierno del MPLA firmaron un alto el fuego, y en agosto de 2002, con la decisión
de UNITA de convertirse en un partido político, el ejército guerrillero de Savimbi se
desmovilizó, poniendo fin al conflicto. Desde entonces, Angola ha estado
oficialmente en paz.
Pág. 590: Ésos no eran los únicos problemas de Fidel con los chinos. A fines de 1964,
durante la ausencia del Che (cuando la cosecha de arroz se redujo drásticamente
debido a la incompetencia revolucionaria y se presentó un problema grave de
desabastecimiento) China aumentó sus exportaciones de arroz a la isla a petición de
Fidel, pero a cambio de un trueque por azúcar muy ventajoso para Pekín. El hecho de
haber tenido que firmar el acuerdo en la embajada sin duda mortificó a Fidel y le
dolió durante mucho tiempo. El desaire, sumado a la injuriosa campaña de
propaganda china en La Habana, provocó un aumento de la tensión. En un discurso
en marzo de 1965, advirtió implícitamente a la embajada china que debía abandonar
el «proselitismo», pero los panfletos continuaron circulando, y en septiembre de ese
año visitó al embajador para exigir explicaciones. No las hubo, pero en diciembre los
chinos suspendieron los envíos de arroz a Cuba. En febrero de 1966, Fidel divulgó el
asunto y denunció la «insolencia» de los chinos. Un mes después, fustigó
enérgicamente al gobierno comunista chino, al que calificó de «monárquico», e
insinuó que su líder —Mao— era senil. Los dos países conservaron sus embajadas,
pero las relaciones se redujeron prácticamente a cero y no mejoraron en la década de
los setenta, cuando Cuba se alineó totalmente con los soviéticos. El asunto es tratado
en detalle por Maurice Halperin en The Taming of Fidel Castro.
Pág. 596: Además de los poemas grabados, el Che le dejó un poema escrito por él.
Aleida dice que jamás lo divulgará: «Es mío. El mundo podrá leerlo después de que
yo muera». Siempre ha ocultado los detalles de su vida con el Che con un celo casi
obsesivo. Aliusha, su hija mayor, dice que fue el temor de perderla, cuando se
preparaba para seguir las huellas de su padre al presentarse para tareas
internacionalistas como médico en Nicaragua, lo que hizo que su madre se sincerara
un poco. Aleida le leyó una carta de amor del Che que guardaba bajo llave en un
escritorio especial de la casa. Y cuando estaba en Nicaragua, le envió una copia de
los poemas grabados.
Además de la carta «pública» de despedida a sus hijos, el Che les envió postales
desde África y una grabación en las que les expresó su amor de padre. «El Che era
machista, como la mayoría de los latinos», dice Aleida con un afectuoso tono de
reprensión. En la carta a Camilo y Ernesto dijo que a fines de siglo —si estaba vivo y
si «aún existía» el imperialismo— lo combatirían juntos o si no, se irían «juntos a la
Luna en una nave espacial». En otra carta a las niñas les pidió que cuidaran a sus
hermanos, en especial a Camilo, a quien debían inculcar que no debía decir
palabrotas.
A mediados del 2006, Aleida estaba revisando sus memorias, y se supone que la
versión publicada incluirá algunas de las cartas y los poemas que el Che le dejó,
incluyendo, quizás, el último.
Pág. 605: La duda es un cuento corto, sin fecha, que trata de una meditación del Che
sobre la creencia de los congoleños en el dawa, o brujería. El otro, La piedra,
tampoco está fechado, pero al parecer fue escrito después de que Osmany Cienfuegos
le comunicara la noticia de que Celia madre estaba agonizando. El relato es un
reflexión muy sentida en donde el Che explora sus sentimientos hacia su madre, y
también sobre la idea de la muerte. Así comienza: «Me lo dijo como se deben decir
estas cosas a un hombre fuerte, a un responsable, y lo agradecí. No me mintió
preocupación o dolor y traté de no mostrar ni uno ni el otro. ¡Fue tan simple!
Además, había que esperar la confirmación para estar oficialmente triste. Me
pregunté si podía llorar un poquito. No, no debía ser, porque el jefe es impersonal; no
es que se le niegue al derecho a sentir, simplemente, no debe mostrar que siente lo de
él; lo de sus soldados, tal vez».
El resto del relato gira en torno a las pequeñas cosas imprescindibles que el Che
llevaba consigo siempre: la pipa para fumar tabaco, la fosforera, sus libretas de
apuntes y sus plumas, el vaporizador para el asma. El título tiene que ver con una
piedrecita que pertenecía a un llavero que le había regalado su madre. La piedra se
había despegado del llavero, y el Che la llevaba ahora, suelta, en el bolsillo.
Habla además de un pañuelo de gasa que le había regalado Aleida antes de partir, y escribe: «… Me lo dio ella por si me herían en el brazo, sería un cabestrillo
amoroso. La dificultad estaba en usarlo si me partían el carapacho. En realidad había
una solución fácil, que me lo pusiera en la cabeza para aguantarme la quijada y me
iría con él a la tumba. Leal hasta la muerte. Si quedaba tendido en el monte o me
recogían los otros no habría pañuelito de gasa; me descompondría entre las hierbas o
me exhibirían y tal vez saldría en el Life con una mirada agónica y desesperada fija
en el instante del supremo miedo. Porque se tiene miedo, a que negarlo».
Pág. 624: En notas inéditas fechadas el 21 de noviembre de 1965 en su diario,
partes del cual el autor pudo conocer en Cuba, Pombo escribió sobre algunos
problemas omitidos por el Che en su crónica.
«Después de tomar la decisión de retirarnos de ese lugar y volver al país vecino
de Tanzania, empezaron a aparecer discrepancias entre Tatú y otros altos dirigentes
del partido designado para colaborar con él en el ejercicio de un deber tan difícil
(Tembo, Siki, Uta, Karim).
»La raíz fundamental de las divergencias antes mencionadas está en la actitud de
los compañeros hacia la realidad en la que nos encontramos, su escasa comprensión
de la actitud asumida por Tatú [Che] frente a la situación sobre el terreno debido a
que no confiaban en él como dirigente nacional de nuestra revolución y como
dirigente de nuestro destacamento designado para combatir en esas tierras lejanas.
»Pensaban que Tatú era caprichoso en su decisión de permanecer ahí y que no
había podido apreciar el hecho de que no existían las condiciones subjetivas para
llevar a cabo la revolución; que aunque la insurrección triunfara, la revolución
[congoleña] no tenía dirigentes para llevarla adelante porque eran todos
seudorrevolucionarios, sin principios e incluso se podría decir que tenían poca moral.
»Pero la realidad es que Tatú era consciente de eso, era consciente de la
imposibilidad de llevar a cabo una revolución social; nos lo había dicho a todos salvo
a Siki [Fernández Mell] y a Tembo [Aragonés] que no estaban presentes porque
estaban en la base, donde no fue enviada». (Pombo se refiere al “Mensaje a los
combatientes”, del 12 de agosto.)
»Yo dije personalmente que su posición de sacrificio se debía a su convicción de
que el retiro de los cubanos debía ser una decisión que debía venir del gobierno
cubano… [y] que nunca debíamos [suplicar o] clamar para que nos autorizaran a
retirarnos…»
Pág. 629: Cuando se fue con el Che al Congo, Pombo dejó a su mujer, con quien se
había casado tres años antes y a su hijito Harry. La esposa de Pombo, Cristina
Campuzano, había sido secretaria del Che en los inicios de la «industrialización» y
era amiga tanto de Hilda Gadea como de Aleida. En esa época, las familias de los
hombres del Che estaban muy unidas: Tuma fue el padrino de la boda de Pombo y Cristina.
Eran tiempos «durísimos» para las mujeres, dice Cristina, porque veían muy poco
a sus esposos. «En Cuba estaban con el Che a cualquier hora, y después se fueron al
Congo y después a Bolivia». Es lógico que las familias formaran un grupo muy
estrecho. Cuando los esposos se fueron con el Che, se las «retiró» de la luz pública
por razones de seguridad. Varias familias llevaban una vida semicomunitaria en un
complejo de apartamentos en Miramar. En determinado momento, Cristina, como
Aleida, debía reunirse con Pombo en Europa y se le dio una «leyenda» para estudiar.
En ese momento Pombo estaba oculto en la embajada cubana en París.
Cuando Pombo se fue a Bolivia, le dijeron a Cristina —nuevamente, como a
Aleida— que podría ir allá «cuando las condiciones fueran adecuadas». Sin embargo,
no había realizado instrucción militar; Pombo decía que su hijo Harry era demasiado
pequeño para dejarlo y que no debían venir hasta que el «terreno estuviera
asegurado».
Papi tenía esposa y un hijo pequeño. Tuma no tenía hijos, pero cuando volvió a
Cuba desde Praga, dejó embarazada a su esposa; no llegaría a conocer a su hijo,
nacido después de su partida a Bolivia.
Pág. 633: No existe un informe oficial detallado sobre los movimientos, las reuniones
y el paradero del Che entre su partida del Congo y su reaparición en Cuba. El autor
basó esta parte del libro en las fuentes más fiables a su alcance: su viuda Aleida
March; el general Harry Villegas, alias «Pombo»; Manuel «Barbarroja» Piñeiro; el
agente de inteligencia y diplomático cubano Juan Carretero, alias «Ariel»; y Oscar de
Cárdenas, el segundo de Ulises Estrada en el departamento africano de la inteligencia
cubana en la época en que el Che partió del Congo. Todos coinciden en que el Che
fue de Tanzania a Praga y de allí a La Habana.
Sin embargo, hay otras versiones. Mario Monje, ex secretario del Partido
Comunista Boliviano, dijo al autor que se enteró, por fuentes que se negó a
identificar, de que el Che fue de Tanzania a la República Democrática Alemana,
donde vivió «bajo la protección de los servicios de inteligencia alemanes».
Otra fuente cubana bien informada indicó que posiblemente el Che pasó «algún
tiempo» en la República Democrática Alemana durante su permanencia en la
clandestinidad, pero que esto sucedió después de su regreso secreto a Cuba, en viaje a
Bolivia en el otoño de 1967. La fuente agregó que Aleida «tal vez» lo visitó allá. Si
es verdad, hasta ahora ni Aleida ni el gobierno cubano están dispuestos a reconocerlo.
(Hay un indicio de su presencia en la República Democrática Alemana,
proporcionado por el Che en el momento de su captura. El primero de sus dos diarios
bolivianos, iniciado en noviembre de 1966, está fabricado en la Alemania Oriental.)
Su viuda Aleida March dijo al autor que se reunió con el Che clandestinamente en
tres ocasiones. La primera fue en enero-febrero de 1966 en Tanzania; la segunda, en Praga antes de su regreso a Cuba a mediados de 1966; se excusó de dar detalles sobre
la tercera.
A este mosaico complejo de cronologías se suma la crónica de los biógrafos
«oficiales» del Che en Cuba, el ex agente del Ministerio del Interior Froilán González
y su esposa Adys Cupull, a quienes el ministerio facilitó los pasaportes falsos
presuntamente utilizados por el Che en sus viajes a partir de su desaparición pública
en abril de 1965.
Según ellos, el Che partió de Tanzania el 28 de diciembre de 1965 hacia un país
no revelado de Europa Oriental donde permaneció hasta el 14 de julio de 1966; de allí
viajó a Praga. Entre el 19 y el 20 de julio viajó de Praga a Viena, Ginebra, Zurich,
Moscú y La Habana.
Pero Ariel, el segundo de Manuel Piñeiro, dijo al autor: «Los distintos pasaportes
en poder de la inteligencia cubana con sellos de distintos países no significan nada.
Se le hubieran preparado varias leyendas [identidades e itinerarios clandestinos] y los
sellos los hubiéramos colocado aquí en Cuba».
Cuando el Che partió de Tanzania a Praga, Ariel difundía «desinformación» sobre
él para confundir y despistar a los servicios de inteligencia occidentales.
Manuel Piñeiro confirmó que el Che no permaneció en Praga. En determinado
momento viajó a París para poner a prueba su «leyenda» del momento.
Pág. 639: Según las fuentes cubanas del autor, Régis Debray y Tania integraban la red
de inteligencia manejada por Manuel «Barbarroja» Piñeiro. Los encargados de
Debray eran Ulises Estrada y Juan Carretero («Ariel»), quienes ponían en ejecución
los proyectos guerrilleros de Cuba. Estas fuentes dicen que Debray empezó a
participar en el proyecto cuando llegó a La Habana en 1961 como estudiante de
posgrado de filosofía. Su «tapadera» de periodista francés para el viaje a Bolivia era
legítima y útil, porque escribía notas sobre América Latina para el editor Maspero.
Pero también era correo clandestino de «Barbarroja». Se dice que los cubanos lo
consideraban más útil como propagandista y correo clandestino que como teórico y
aliado en el nivel de mando.
Pág. 652: En estas notas inéditas, el Che atenuó sus críticas de Lenin al señalar que
sus errores no lo convertían en «enemigo», y que escribía sus observaciones «en el
espíritu de la crítica marxista revolucionaria» con el fin de «modernizar el marxismo»
y rectificar sus «caminos equivocados» para ayudar a los países subdesarrollados que
«luchaban por la libertad». Al anticiparse a los ataques de los que sería objeto por
parte de otros socialistas si se publicaba su trabajo, señaló: «Algunos dirán que estos
escritos son contrarrevolucionarios o reformistas». Por eso, subrayó, debía elaborar
bien sus argumentos y basarlos en fundamentos irrefutables.
Algunas observaciones anotadas en el margen del manual soviético son tan
irreverentes como su observación sobre Lenin. Un pasaje sostenía: «El socialismo no
siempre es alcanzado por medio de la violencia, como lo demuestran los Estados
socialistas de Europa Oriental donde el cambio se produjo por medios pacíficos». El
Che dejó constancia de su incredulidad con esta nota al margen: «¿Qué hacía el
ejército soviético, se rascaba las bolas?»
En La Habana, el 14 de junio de 2006, con ocasión del 78.º cumpleaños del Che,
se publicó finalmente un libro, Apuntes críticos a la economía política, que incluía
extractos de sus notas inéditas.
Pág. 655: Con respecto a la expedición boliviana, una fuente cubana dijo: «El Che no
estaba al mando de la situación en la que fue insertado. Era el “Departamento de las
Américas” [nombre elegido para el “Departamento de la Liberación” de Piñeiro
cuando fue reestructurado] el que estudiaba las condiciones para la revolución en
otros países y hacía las recomendaciones a Fidel».
Parece que la gente de Piñeiro se extralimitó al asegurarle a Fidel que las
condiciones eran adecuadas para que el Che fuera a Bolivia. En privado, muchos
íntimos del Che en Cuba aún echan la culpa a Piñeiro y sus hombres por «joder las
cosas» en Bolivia. Pocos insinúan que hubiera traición; más bien la incompetencia y
la «guapería» —la soberbia— provocaron la cadena de errores múltiples que
caracterizó la operación boliviana.
La mayoría de los supervivientes coinciden en que uno de los «errores» fue la
decisión de retirar a «Renán» o «Iván» —el agente Renán Montero— de La Paz
cuando la existencia del grupo salió prematuramente a la luz en marzo de 1967. Así,
la pequeña célula urbana de Loyola Guzmán, Humberto Vázquez Viaña, Rodolfo
Saldaña y otros perdió su único medio de comunicación tanto con La Habana como
con los guerrilleros en el terreno. En efecto, hacia el verano de 1967, la operación
guerrillera del Che en Bolivia estaba fragmentada en cuatro grupos sin comunicación
entre ellos: el grupo del Che, aislado y en fuga, sin contacto con La Habana ni la
ciudad; el grupo de Joaquín, separado de la columna del Che y del exterior; el grupo
urbano, que no tenía la menor idea de lo que sucedía en ninguna parte; por último, la
misma Cuba, donde el aparato de seguridad no podía hacer otra cosa que seguir los
sucesos por medio de los informes de prensa.
¿Por qué retiraron a Renán en ese momento crucial? El autor ha dicho en otra
obra que Piñeiro lo hizo, según él, para renovar sus documentos y verificar su
fachada. Pero Loyola Guzmán, que se reunió varias veces con Renán en 1967, tuvo la
impresión en su último encuentro de que estaba «muy asustado». Ariel dice que
Renán estaba «muy enfermo». Preparaban a un reemplazante, pero los sucesos en
Bolivia desbarataron ese plan: cuando el otro agente estuvo listo para partir, ya era
tarde. Sin embargo, Loyola tiene algunas dudas. Envió dos cartas a La Habana por medio de mensajeros, en las que insistió en la necesidad de reemplazar urgentemente
a Renán. Por el diario publicado del Che supo que las cartas habían llegado a destino
porque en agosto él escribió que había recibido un mensaje cifrado de La Habana que
en lo esencial reproducía esas cartas y avisaba que el reemplazante estaba en camino.
«¿Cómo es posible que recibieran mi carta y la retransmitieran al Che, pero no
tomaran medidas?»
A finales de agosto, Loyola Guzmán y sus compañeros en la ciudad resolvieron
que ella fuera a La Habana a explicar el dilema. Antes de hacerlo, recibió un mensaje
de que el partido estaba reevaluando su posición y estaba dispuesto a reunirse con
ella en Cochabamba. Antes de partir, tuvo la impresión de que la vigilaban. Se lo dijo
a Humberto Vázquez Viaña, quien hizo una prueba para saber si era cierto. Durante
todo un día viajó por la ciudad, de autobús en autobús, seguida por Humberto a una
distancia discreta. Al final del día pudo confirmarlo. La seguían.
La detuvieron unos días después.
En cuanto a las acusaciones contra él y sus agentes, Piñeiro sostiene con
vehemencia que su preocupación mayor era la supervivencia y el triunfo final del
Che, y que cualquier insinuación de lo contrario es «repugnante».
Pág. 681: Entre sus amigos y compañeros en Cuba se reconoce off the record que la
operación boliviana del Che fue una catástrofe del principio al fin. Dicen que el Che
nunca tuvo el apoyo de los campesinos, que los guerrilleros cubanos y bolivianos
nunca tuvieron buenas relaciones y que el Che, mayor y más débil que en la sierra,
era reticente a tomar medidas contra los elementos flojos en sus filas. Según un
funcionario cubano: «Al final, esta humanidad le costó caro, porque un hombre
inferior hubiera realizado algunas ejecuciones, pero el Che no lo hizo; no quería
asustar a la gente; quería que la gente se uniera a él y sabía que, al fin y al cabo, era
extranjero».
Por su parte, Manuel Piñeiro defiende las operaciones del Che en el Congo y
Bolivia, las llama «hazañas heroicas» y en cuanto a si sus últimas batallas fueron
derrotas, cita la frase de Fidel: «Yo siempre digo que el triunfo o la derrota no
determinan si una política es correcta».
Pág. 686: En su relato del encuentro, el autor utilizó pasajes de las notas de Selich
sobre su conversación con el Che. El siguiente pasaje no estaba incluido:
SELICH: ¿Cuál cree usted es la razón de su fracaso? Yo creo que fue la falta de apoyo de los
campesinos.
CHE: Puede haber algo de cierto, pero la verdad es que se debe a la organización eficaz del partido
político de Barrientos, es decir, sus corregidores y alcaldes políticos que se encargaron de avisar al ejército
sobre nuestros movimientos.
Las notas de Selich terminan abruptamente con una pregunta sin respuesta que le hizo
a Guevara: «¿Por qué no pudo reclutar más elementos nacionales [bolivianos] como
los campesinos de la zona?»