Che Guevara
27. La historia de un fracaso
I
«Un buen día aparecí en Dar es Salam —escribió el Che—. Nadie me conoció; ni el
mismo embajador [Pablo Ribalta], viejo compañero de lucha… pudo identificarme a
mi llegada».
El 19 de abril, el Che aún disfrazado, llegó a Dar es Salam por una ruta indirecta
que lo llevó previamente a Moscú y El Cairo. Lo acompañaban su emisario
guerrillero itinerante Papi Tamayo y Víctor Dreke, un oficial cubano —negro, como
correspondía— que había sido designado comandante «oficial» de la brigada
internacionalista.
El Che conservaba su anonimato, pero estaba lleno de esperanzas al regresar al
continente que alguna vez había soñado visitar al cabo de un viaje de diez años por el
mundo: «África por las aventuras, y después se acabó el mundo», había escrito a su
madre diez años antes. Paradójicamente, desde entonces había conocido más mundo
de lo que jamás hubiese imaginado, pero generalmente dentro de las restricciones
impuestas por sus funciones de ministro y su imagen de personalidad internacional.
En aquel momeno se abría un capítulo nuevo, viajaba de incógnito y había
recuperado la libertad para ser él mismo, aunque no dejaba de pensar con nostalgia en
la vida y los seres queridos que había dejado atrás. Más adelante escribiría en
Pasajes: «Dejaba atrás casi once años de trabajo para la Revolución Cubana al lado
de Fidel, un hogar feliz, hasta donde puede llamarse hogar la vivienda de un
revolucionario consagrado a su tarea, y un montón de hijos que apenas sabían de mi
cariño. Se reiniciaba el ciclo».
Había iniciado un primer ciclo al separarse de su familia y sus raíces en Argentina
para formarse como revolucionario; éste había culminado con el abandono de Hilda y
su hija recién nacida para consumar la transformación en el «Che». Era mucho más lo
que abandonaba al poner fin a su ciclo cubano: su esposa Aleida, sus hijos, su
ciudadanía cubana con el grado de comandante y el puesto de ministro, además de los
amigos y camaradas, las vivencias compartidas durante una década intensa.