Che Guevara

Jon Lee Anderson · Capítulo 99 de 197

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Che Guevara

Capítulo II

 

Al evaluar los grupos rebeldes rivales en el Escambray, el Che comprendió que debía

actuar con rapidez para imponer su autoridad y organizar un frente de combate

efectivo. Su primera misión era atacar los destacamentos militares locales e

interrumpir el tránsito en Las Villas como parte de la estrategia rebelde para sabotear

la «farsa» electoral prevista para el 3 de noviembre, apenas dos semanas más

adelante.

En verdad, los escasos candidatos constituían en conjunto un ejemplo de la

política que ha perdido contacto con la realidad. Los opositores del candidato

batistiano, el primer ministro Andrés Rivero Agüero, eran Carlos Márquez Sterling al

frente de una facción que se había separado del Partido Ortodoxo y Ramón Grau San

Martín, el desacreditado expresidente que encabezaba un ala de los auténticos. No era

casual que la ciudadanía demostrara poco entusiasmo, y se preveía una concurrencia

mínima a las urnas.

En cambio, los rebeldes se fortalecían constantemente. Para un sector creciente de

la opinión pública, la clave del futuro político de Cuba estaba en manos de los

«barbudos» —el apelativo popular de los guerrilleros barbados y pelilargos—, no de

los elegantes políticos habaneros. Fidel quería aprovechar las elecciones para lanzar

una ofensiva por toda la isla y así capitalizar su popularidad creciente, y esta vez

tenía la certeza de que la opinión pública estaría con él. Por ello, además de prohibir

la circulación del tránsito, decretó que los consumidores debían boicotear la lotería,

dejar de comprar diarios y de asistir a fiestas o ceremonias de cualquier tipo. Los

ciudadanos debían limitar sus compras al mínimo esencial con el fin de reducir la

recaudación fiscal. Y por si alguien dudaba de su oposición a las elecciones, Fidel

amenazó a todos los candidatos con la prisión o la muerte.

Para asegurar el acatamiento de sus decretos, Fidel envió nuevas columnas al

llano de Oriente y Camagüey, y dio a Juan Almeida la orden de empezar a rodear la

ciudad de Santiago. Asimismo soltó las riendas de los grupos de acción urbana, los

que en septiembre realizaron una serie de acciones espectaculares, entre ellas la

destrucción de dos emisoras de radio del gobierno y el incendio de Rancho Boyeros,

el aeropuerto más importante del país.

Por su parte, el gobierno respondía con la represión política desenfrenada. La

opinión pública estaba indignada y asqueada por una serie de asesinatos brutales de

civiles por la policía; entre las víctimas había dos jóvenes hermanas de La Habana.

La tortura de los sospechosos detenidos por el Buró de Represión a las Actividades

Comunistas (BRAC), el organismo financiado por la CIA, se hizo pública hasta el

punto de motivar una protesta del inspector general del propio servicio de inteligencia

norteamericano. En septiembre, una de las columnas del Che en Camagüey cayó en

una emboscada. Dieciocho rebeldes murieron en la acción y los once supervivientes

que cayeron prisioneros, incluyendo los heridos, fueron ejecutados sumariamente.

La revolución en Cuba también atraía participantes lejanos. Al prolongarse el

bloqueo impuesto por el Departamento de Estado sobre la venta de armas al régimen,

Batista había buscado proveedores en otras latitudes. Cuando se informó de la venta

de quince aviones británicos Sea Fury, los intermediarios de Fidel pidieron al primer

ministro Harold Macmillan que la bloqueara, pero éste los desairó. En represalia,

Fidel decretó la confiscación de las propiedades británicas en la isla y llamó al boicot

de los bienes de ese origen.

En un ensayo general de su enfrentamiento futuro, Fidel y Washington iniciaron

una guerra dialéctica. La Casa Blanca rechazó la petición rebelde de retirar la misión

militar norteamericana de la isla, y el Departamento de Estado, en una muestra de

hostilidad, insinuó que tomaría «medidas» cuando los rebeldes apresaron por poco

tiempo a dos empleados de la petrolera Texaco en una emboscada. A fines de octubre,

Batista retiró la guardia militar de la mina de níquel norteamericana en Nicaro.

Cuando las fuerzas de Raúl fueron a tomar la mina, la armada de Estados Unidos

envió un buque de transporte apoyado por un portaaviones para evacuar a los

cincuenta y cinco civiles norteamericanos. El Departamento de Estado emitió una

amenaza velada de represalias si se volvían a retener personas de nacionalidad

estadounidense como rehenes.

Fidel respondió inmediatamente con otra amenaza: si el Departamento de Estado

cometía el error de «conducir a su país a un acto de agresión contra nuestra soberanía,

tenga la seguridad de que sabremos defenderla honrosamente».

Mientras tanto, a partir del fracaso de la ofensiva militar, crecían los rumores de

descontento dentro de las fuerzas armadas. Para acentuar esta tendencia, Fidel no

perdía oportunidad para proclamar elogios a los hombres de las fuerzas armadas

cubanas a la vez que los instaba a abandonar «la tiranía» para servir a «la Patria»

representada por él. Los oficiales y soldados que optaran por ésta serían bien

recibidos en el «Territorio Libre» de los rebeldes siempre que trajeran sus armas;

seguirían recibiendo sus salarios y tendrían alojamiento y comida gratuitos hasta el

final de la guerra. Instó nuevamente al general Cantillo a encabezar una sublevación

militar contra Batista, pero el jefe del ejército se negó a responder; el juego del gato y

el ratón continuaría hasta el final. Al mismo tiempo, un agente de Fidel trataba de

convencer a ciertos oficiales disidentes de que desertaran para conformar su propia

columna rebelde. Semejante acción sería un golpe propagandístico espectacular y

aceleraría la desintegración de las fuerzas armadas.

Mientras Fidel elaboraba planes y maniobras, visitantes y mensajeros iban y

venían incesantemente de la Sierra Maestra. Algunos, como el dirigente del PSP

Carlos Rafael Rodríguez, se quedaron como huéspedes permanentes. Entre todo el

ajetreo, la vida de Fidel había adquirido cierta comodidad: Gracias a un cocinero

traído especialmente de un restaurante del llano, Fidel comía bien e incluso

engordaba. Tenía un jeep y un generador eléctrico propios. Tenía tiempo para leer y

para escuchar música clásica en su tocadiscos. Se comunicaba por teléfono con el exterior cada vez que lo deseaba. Y tenía a Celia, su cancerbero, a su lado.

En cuanto al futuro, Fidel se mostraba confiado, pero no satisfecho. El Ejército

Rebelde de Oriente contaba con más de ochocientos hombres. Gracias a los

pertrechos capturados durante la ofensiva estival y los constantes vuelos de

abastecimiento desde el exterior, no había escasez de armas ni municiones. Además,

había encontrado la manera de llenar sus arcas para la guerra. Había establecido un

impuesto de quince centavos sobre cada bolsa de doscientas cincuenta libras de

azúcar cosechado, y los ingenios azucareros de Oriente, incluidos los de propiedad

norteamericana, pagaban sin chistar. Incluso poseía una modesta fuerza aérea rebelde

bajo el mando de Pedro Luis Díaz Lanz.

En esa época anunció el proyecto largamente planificado de reforma agraria,

llamado «Ley 1 de la Sierra Maestra». El decreto prometía repartir las tierras fiscales

y de Batista entre los campesinos sin tierra, respetar la propiedad de lotes que no

superaran las sesenta hectáreas e indemnizar a los dueños de grandes propiedades

«ociosas» si les eran confiscadas. Más importante aún, al menos en relación con los

futuros sucesos internacionales, Fidel avanzaba sigilosamente hacia una alianza

pública con el Partido Comunista. A fines de octubre anunció la constitución de un

nuevo frente sindical, el Frente Obrero Nacional de Unidad (FONU) que incluía al

PSP.

Fiel a su costumbre, Fidel maniobraba en varios niveles. Mientras apaciguaba a

sus aliados anticomunistas con una ley de reforma agraria moderada, consolidaba una

alianza eficiente con los comunistas que iba mucho más allá del acuerdo de unidad

sindical. El Che, Raúl y Camilo ya sentaban las bases en la práctica.

En el Segundo Frente de Raúl ya funcionaba una alianza político-militar entre el

PSP y el 26 de Julio. El Congreso Campesino organizado por Pepe Ramírez se reunió

en septiembre bajo la presidencia de Raúl. Asimismo, a su llegada a Las Villas,

Camilo puso en marcha su plan de convocar una Conferencia Nacional de

Trabajadores Azucareros. Aunque se reunió en diciembre, apenas en la víspera del

triunfo rebelde, la iniciativa de Camilo, así como las que el Che estaba a punto de

poner en marcha, fue uno de los primeros pasos hacia la fusión eventual del 26 de

Julio y el PSP que culminaría con la creación de un nuevo Partido Comunista cubano

presidido por Fidel.

El Che había marchado a través de Oriente y Camagüey sin dejar de pensar en la

reforma agraria, pero las necesidades de la supervivencia le habían impedido hacer

demasiado al respecto. Una semana después de la partida, había instado a los

trabajadores de una gran finca privada en el Camagüey oriental a conformar un

sindicato de agricultores arroceros y éstos habían respondido con entusiasmo. «Un

tipo con conciencia social puede hacer maravillas en esta zona y hay bastante monte

para esconderse —le escribió a Fidel—. Una guerrilla armada de 30 hombres puede

hacer maravillas en la zona y revolucionarla».

Tres semanas más tarde, al encontrarse en una gran finca arrocera propiedad de un socio de Batista, se detuvo a conversar con el administrador norteamericano.

Comentó luego en su diario: «Hablé con el administrador explicándole la esencia de

nuestra concepción económica y la protección a la industria arrocera para que se lo

transmitiera a su patrón». Joel Iglesias recordó el encuentro con mayor detalle.

«Cuando salimos de allí me preguntó: “¿Qué tú crees de éste?” Le respondí que a

mí no me gustaban estos tipos. Él me dijo: “A mí tampoco, a la larga tendremos que

combatir contra ellos”, y agregó: “Yo moriría con una sonrisa en los labios, en el pico

de una loma, detrás de una piedra, combatiendo contra esta gente.”»

Pero antes de combatir a los yanquis el Che tuvo que enfrentarse a otra clase de

enemigo. A partir del 16 de octubre, cuando penetró en el Escambray propiamente

dicho, se halló sumergido en un mar de intrigas. El Segundo Frente, el ala del

Directorio dirigida por Gutiérrez Menoyo, no sólo se había mostrado hostil con el

comandante Víctor Bordón del 26 de Julio sino que estaba enemistado con el grupo

armado oficial del Directorio Revolucionario dirigido por Faure Chomón. Y había

disidencias en el seno del propio 26 de Julio.

Una delegación representativa de la junta directiva del 26 de Julio en Las Villas

vino a presentar sus quejas sobre Bordón, quien según ellos se mostraba «agresivo» y

actuaba por cuenta propia. El Che convocó un consejo que tendría lugar días después

en el campamento general del Directorio. Entretanto, trató de convencer al 26 de

Julio local sobre la necesidad de un acuerdo de unidad y propuso una estrategia de

insurrecciones urbanas y ataques guerrilleros conjuntos en las ciudades de Las Villas

durante las elecciones. «No encontré mucho entusiasmo en la idea», escribió luego en

su diario.

Acababa de instalar un campamento provisional en un paraje llamado Los

Gavilanes cuando fue a verlo un oficial del Segundo Frente de Gutiérrez Menoyo. A

pesar del ethos anticomunista del frente y su fama de dedicarse al bandidismo, el Che

quería saber si se podía formar alguna clase de coalición antibatistiana. A mediados

de octubre, se dirigió con sus hombres hacia el campamento de uno de los más

destacados señores de la guerra del Segundo Frente, el comandante Jesús Carreras.

Cuando llegaron al campamento al cabo de dos días de marcha, hallaron que Carreras

se había ausentado, no sin dejar un mensaje amenazador. Según relató el Che en su

diario, el mensaje decía que «ninguna tropa podía pasar por este territorio, que la

primera vez sería advertida pero a la segunda expulsada o exterminada».

Al regresar Carreras, el Che vio que «ya llevaba en el cuerpo media botella de

alcohol, que era aproximadamente la mitad de su cuota diaria». Le dijo

enérgicamente que «no podía admitir» el uso del término «conminar». El comandante

del frente se echó atrás, dijo que la amenaza estaba destinada a los combatientes del

Directorio que le robaban cosas. Al partir, el Che pensaba que había manejado la

situación de manera diplomática, pero también sabía que Carreras era «un enemigo».

[56]

Continuó la marcha hasta el campamento general del Directorio en Los Arroyos, donde se reunió con sus dirigentes Faure Chomón y Rolando Cubela. Ambos

acogieron la idea de colaborar con el Movimiento 26 de Julio, pero rechazaron

cualquier posibilidad de reunirse con el Segundo Frente o los comunistas y

declararon que no estaban dispuestos a ceder su independencia en un pacto de unidad

con el Che. Como alternativa, el Che propuso una serie de medidas de «partición del

territorio y zona de influencia donde fuerzas de otras organizaciones pueden operar

libremente». Dejando de lado las sutilezas, propuso una acción conjunta sobre el

pueblo y la guarnición de Güinía de Miranda, al pie del Escambray, «lo que aceptaron

en principio pero sin entusiasmo».

Poca cosa, pero al menos era un paso adelante. Al mismo tiempo, lidiaba con el

Movimiento 26 de Julio, cuyo nuevo coordinador en Las Villas, Enrique Oltuski,

alias «Sierra», debía ir a verlo.

Oltuski llegó al campamento del Che en una noche oscura cuando los guerrilleros

estaban reunidos en torno a una hoguera. Se acercó y trató de distinguir las caras.

«Tenía en mente la imagen del Che que había visto publicada en los diarios. Ninguna

de estas caras era esa cara. Pero había un hombre de contextura mediana que llevaba

una boina negra y el pelo muy largo. La barba no era muy espesa. Llevaba una capa

negra y la camisa abierta. Las llamas de la fogata y el bigote con puntas que

enmarcaban la boca le daban un aspecto chino. Pensé en Gengis Kan».

En su primera reunión no congeniaron. Oltuski, un habanero hijo de inmigrantes

polacos, había estudiado ingeniería, pero abandonado la carrera para dedicarse a la

revolución. Era uno de los organizadores de la Resistencia Cívica y miembro del

Directorio Nacional del 26 de Julio. También era anticomunista.

Apenas se conocieron tuvieron su primer choque provocado por la propuesta del

Che de asaltar bancos en Las Villas para conseguir fondos. Oltuski y sus camaradas

del llano se opusieron con energía. El Che escribió con desdén en su diario: «Cuando

le dije que nos dieran el informe de los bancos que hay en los pueblos, para atacarlos

y llevarles el dinero, se tiraron al suelo angustiados. Se opusieron con el silencio a la

distribución gratuita de la tierra y demostraron su subordinación al gran capital, sobre

todo Sierra [Oltuski]».

En sus memorias, Oltuski reconstruyó lo que recordaba de su discusión sobre la

reforma agraria como sigue:

Guevara: Cuando hayamos ampliado y consolidado nuestro territorio llevaremos a cabo una reforma agraria.

Repartiremos la tierra entre los que la trabajan. ¿Qué piensa de la reforma agraria?

Oltuski: Es indispensable. [Los ojos del Che se iluminaron.] Sin la reforma agraria, el progreso económico no

es posible.

Guevara: Ni el progreso social.

Oltuski: Ni el progreso social, claro. Yo escribí una tesis agraria para el Movimiento.

Guevara: ¿De veras? ¿Qué dice?

Oltuski: Que las tierras ociosas deben ser entregadas a los campesinos y que se debe presionar a los grandes

terratenientes para que les permitan comprar la tierra con su propio dinero. Entonces se vendería la tierra a los campesinos al costo, con plazos de pago y créditos para la producción.

Guevara: ¡Ésa es una tesis reaccionaria! [El Che hierve de indignación.] ¿Cómo vamos a cobrarles a los que

trabajan la tierra? Ustedes los del llano son todos iguales.

Oltuski [Me enfurecí ]: ¿Y qué cree que debemos hacer, carajo? ¿Entregárselas sin más? ¿Para que la destruyan como en México? El hombre debe sentir que lo que posee le ha costado un esfuerzo.

Guevara: ¡Pero carajo, escuche lo que está diciendo! [Al gritar se le hinchaban las venas del cuello.]

Oltuski: Además, hay que disimular las cosas. No crea que los norteamericanos se van a quedar sentados

mientras hacemos las cosas abiertamente. Es necesario ser más discretos.

Guevara: Así que usted es de los que cree que podemos hacer una revolución a espaldas de los

norteamericanos. ¡Qué comemierda es usted! La revolución se debe llevar a cabo en una lucha de vida o muerte contra el imperialismo desde el primer momento. Una verdadera revolución no se puede disimular.

El 22 de octubre, cuando las diferencias entre el Che y sus colegas del 26 de Julio

local aún no estaban resueltas, surgió un nuevo problema con el Segundo Frente al

recibir la visita del comandante Peña, «famoso en la región por robar el ganado de los

campesinos». El Che escribió en su diario: «Empezó muy amable pero luego mostró

su hilacha. Nos despedimos cordialmente, pero como enemigos declarados».

Peña había advertido al Che que no debía atacar Güinía de Miranda, que estaba

dentro de su territorio. «Naturalmente, no le prestamos atención», escribió el Che,

pero antes de proceder con el ataque debía conseguir calzado para sus hombres,

cuyos borceguíes se caían a pedazos después de la larga marcha. Se enfureció al

enterarse de que el Segundo Frente había «dispuesto» de un cargamento de cuarenta

pares de zapatos enviados por el Movimiento 26 de Julio. Era el colmo. Entre las

fuerzas del Che y el Segundo Frente «se avecinaba la tormenta».

En medio de la crisis llegó «Diego», jefe de acción de Las Villas, quien traía

cinco mil pesos y una carta atrasada de Fidel, ambas cosas enviadas por Oltuski. Para

la ofensiva inminente, Diego recibió la orden de «quemar las juntas electorales de

dos-tres ciudades importantes del llano y comunicar a Camilo la orden de atacar

Caibarién, Remedios, Yaguajay y Zulueta [pueblos del norte de Las Villas]». El Che

aún debía elaborar su plan de ataque. Todo dependía de la eventual colaboración de

las demás fuerzas rebeldes.

Por fin, el 25 de octubre, el jefe guerrillero local del 26 de Julio, Víctor Bordón,

fue a ver al Che, quien lo castigó inmediatamente. El Che lo halló culpable, entre

otras cosas, de excederse en su autoridad y de mentir sobre una supuesta reunión con

Fidel que no se había producido. Lo degradó a capitán y ordenó a sus algo más de

doscientos hombres que se pusieran bajo su mando; los que no estuvieran de acuerdo

debían abandonar las montañas.

Esa misma noche, los dirigentes del Directorio comunicaron que «no estaban en

disposición» de participar en el ataque. El Che, que ya lo había sospechado,

respondió que procedería sin ellos. La noche siguiente, marcharon a Güinía de

Miranda y abrieron fuego sobre el cuartel con un bazuca. El primer disparo erró el

blanco y los soldados respondieron al fuego. Se generalizó el tiroteo y el bazuca

disparó tres veces más sin dar en el blanco. Cayeron algunos rebeldes. Desesperado,

el Che tomó el arma y su primer disparo hizo blanco. Los catorce soldados se

rindieron inmediatamente.

A pesar de la capitulación, el Che estaba disgustado con el desenlace: «Se

capturaron poquísimas balas y 8 fusiles, con pérdidas para nosotros [debido a] la

cantidad de parque gastado y las granadas utilizadas». Además, entre los rebeldes hubo dos muertos y siete heridos. Cuando amaneció, ya estaban a salvo en las

montañas, pero antes de regresar a su base, el Che dejó como sarcástico «obsequio»

en las cercanías del campamento del Directorio un jeep que había capturado, recuerdo

de la batalla en la que no habían querido participar.

Con o sin la ayuda de las demás facciones, el Che decidió seguir atacando al

ejército. La noche siguiente marchó para atacar el cuartel de Jíquima, defendido por

cincuenta soldados. Esta vez fue más cauto: suspendió el ataque poco antes del

amanecer porque Fonso, el servidor del bazuca, le dijo que no había posición para

disparar. El 30 de octubre, de vuelta en la sierra, lo visitaron los jefes de acción del 26

de Julio de Sancti Spíritus, Cabaiguán, Fomento y Placetas; todos respaldaron su plan

de atacar esos pueblos durante los días siguientes. «Estuvieron de acuerdo también en

el asalto a los bancos y prometieron su ayuda», escribió.

Después de varios días de escaramuzas, el Che se dedicó a reorganizar su tropa

para los ataques previstos para el 3 de noviembre, día de las elecciones, concertados

con los grupos de acción urbanos. Sin embargo, en la víspera de la batalla lo visitó

muy asustado el jefe de acción de Sancti Spíritus. Dijo que el coordinador de la

ciudad se había enterado del plan de asaltar el banco y no sólo se negaba a ayudarles

sino que amenazaba con tomar medidas si lo llevaban a cabo. Poco después, el Che

recibió una carta amenazante de Sierra-Oltuski, coordinador del 26 de Julio en Las

Villas, quien le ordenaba anular el ataque. El Che replicó inmediatamente con una

carta enérgica.

Dices que ni el mismo Fidel hizo eso cuando no tenía qué comer. Es verdad; pero cuando no tenía qué comer,

tampoco tenía fuerzas para hacer un acto de esa naturaleza…

Según quien me trae la carta, las direcciones de los pueblos amenazan con renunciar. Estoy de acuerdo con

que lo hagan. Más aún, lo exijo ahora, pues no se puede permitir un boicot deliberado a una medida tan beneficiosa para los intereses de la Revolución como es ésa.

Me veo en la triste necesidad de recordarte que he sido nombrado comandante en jefe, precisamente para dar

una unidad de mando al Movimiento y hacer las cosas mejor… Renuncie o no renuncie, yo barreré, con la autoridad de que estoy investido, con toda la gente floja de los pueblos aledaños a la Sierra. No pensé que vendría a ser boicoteado por mis propios compañeros. Ahora me doy cuenta que el viejo antagonismo que creíamos superado, resurge con la palabra «llano» y los jefes divorciados de la masa del pueblo opinan sobre las reacciones de éste. Te podría preguntar: ¿por qué ningún guajiro ha encontrado mal nuestra tesis de que la tierra es para quien la trabaja, y sí los terratenientes? Y si eso no tiene relación con que la masa combatiente esté de acuerdo con el asalto a los bancos cuando ninguno tiene un centavo en ellos. ¿No te pusiste nunca a pensar en las raíces económicas de ese respeto a la más arbitraria de las instituciones financieras? Los que hacen su dinero prestando el dinero ajeno y especulando con él, no tienen derecho a consideraciones especiales. La suma miserable que ofrecen es lo que ganan en un día de explotación, mientras este sufrido pueblo se desangra en la Sierra y el Llano, y sufre diariamente la traición de sus falsos conductores.

Me adviertes con la responsabilidad total de la destrucción de la organización. Acepto esa responsabilidad

revolucionariamente y estoy dispuesto a rendir cuentas de mi conducta ante cualquier tribunal revolucionario, en el momento que lo disponga la Dirección Nacional del Movimiento. Daré cuenta del último centavo que se confiera a los combatientes de la Sierra, o que éstos lograran por cualquier medio. Pero pediré cuenta de cada uno

de los 50 000 pesos que anuncias…[57]

Me pides un recibo con mi firma, cosa que no acostumbramos a hacer entre compañeros… Mi palabra vale

más que todas las firmas del mundo.

Acabo con un saludo revolucionario y te espero junto con Diego.[58]

Una vez más, el llano estropeaba los planes del Che. El día que supuestamente

debían librar juntos la guerra contra el régimen, sus camaradas de las ciudades no hacían nada salvo atacarlo a él.

 

Resuelto a pesar de todo a llevar a cabo alguna acción, el Che ordenó un ataque a

Cabaiguán por tres lados, que nuevamente debía comenzar con un disparo de bazuca.

Pero alrededor de las cuatro de la madrugada el capitán Ángel Frías avisó de que no

se podía atacar «porque había muchos guardias». El Che, furioso, escribió en su

diario: «La indecisión de este capitán nos ha costado mucho prestigio, pues todo el

mundo sabía que atacaríamos Cabaiguán y nos retiramos sin tirar un tiro».

A la mañana siguiente, de vuelta en el Escambray, el Che ordenó atacar Jíquima

esa misma noche, pero Ángel Frías anuló el plan «por falta de posición» de tiro. Con

todo, estas frustraciones se vieron compensadas por las buenas noticias que llegaban

de otras partes de la provincia.

Sus acciones combinadas con los ataques de Camilo en el norte prácticamente

habían paralizado el tráfico en Las Villas el día de los comicios, y se había registrado

una abstención electoral altísima. En todo el país se habían logrado resultados

similares, y en Oriente los rebeldes acentuaron la parálisis mediante una serie de

ataques. A nivel nacional, la estrategia rebelde obtuvo un éxito tremendo, ya que

menos del treinta por ciento de los votantes habilitados acudieron a las urnas. Tal

como estaba previsto, Rivero Agüero ganó las elecciones mediante el fraude a gran

escala realizado con apoyo de las fuerzas armadas; debía asumir el cargo en menos de

cuatro meses. Los rebeldes resolvieron que esa ceremonia no se llevaría a cabo.

El Che pasó algunos días en la sierra para vigilar las obras en Caballete de Casas,

una base permanente de retaguardia que debía defenderse a toda costa de un ataque

enemigo. Supervisó la construcción de trincheras y fortificaciones, así como de

depósitos para municiones y alimentos de reserva. Las obras avanzaban a buen paso,

ya se habían levantado varias casas de adobe, pero con el fin de acelerarlas el Che

organizó a sus casi doscientos hombres en cuadrillas de trabajo. Creó una escuela

para reclutas según el modelo de Minas del Frío, que llamó «Ñico López» en honor

de su camarada fallecido, y nuevamente designó a Pablo Ribalta comisario político.

Pocos días después llegó el personal de comunicaciones para instalar su sistema de

radio en el frente, cortesía del PSP. Asimismo llegó la multicopista prometida y a

mediados de noviembre empezó a publicar el periódico El Miliciano. En poco tiempo

habría una central eléctrica, un hospital, una fábrica de tabaco, talleres de talabartería

y metalúrgicos y una fábrica de armas.

En esa época llegaron al Escambray varias personas que establecerían vínculos

estrechos con el Che. El 26 de Julio de Santa Clara envió a un estudiante de

contabilidad de Holguín, un joven inteligente y serio llamado Orlando Borrego, que

quería alistarse. Con el tiempo se harían amigos íntimos, pero en su primer encuentro

el Che se mostró autoritario.

«No me simpatizó demasiado —recuerda Borrego—, porque fue muy crudo, muy frío, un poquito tratando despectivamente a los estudiantes». Borrego era uno de siete

hermanos criados en una finca pobre en Holguín, Oriente. Su padre era un capataz

rural convertido en taxista y su madre una maestra rural. El dinero siempre era

escaso, y a los catorce años Orlando había empezado a trabajar para ayudar a la

familia mientras asistía a la escuela nocturna. Ahora abandonaba todo para unirse a

los rebeldes, y así lo recibían. Orlando «Olo» Pantoja, un guardaespaldas del Che,

intercedió por él y sugirió que Borrego se hiciera cargo de las cuentas. El Che

accedió a tenerlo a su lado como tesorero, pero antes lo envió a realizar instrucción

militar en Caballete de Casas.

Durante el entrenamiento, Borrego se hizo amigo de un guerrillero del 26 de

Julio, un joven alegre y vivaz de veintidós años llamado Jesús Suárez Gayol a quien

apodaban «el Rubio» por su cabellera. Este exdirigente estudiantil en Camagüey

había abandonado la carrera de arquitectura para participar en una expedición del 26

de Julio que desembarcó en Pinar del Río. Inteligente y divertido, Suárez Gayol había

conservado esos rasgos durante la guerra. En su última hazaña, de la que aún se

recuperaba, había asaltado una emisora de radio en Pinar del Río, en pleno día, con

un cartucho de dinamita en una mano y una pistola en la otra. Al encender la mecha,

de alguna manera se prendió fuego. En calzoncillos, y con graves quemaduras en las

piernas, salió a la calle en el momento que estallaba el edificio, y chocó con un

agente de policía. Afortunadamente, éste huyó despavorido. Suárez Gayol corrió por

la calle, pistola en mano, y se introdujo en la casa de una anciana. Ésta, que resultó

ser simpatizante de los rebeldes, lo ocultó y curó sus heridas hasta que pudieron

sacarlo de ahí y transportarlo al Escambray. La amistad entre Suárez Gayol y Borrego

continuaría después de la guerra y ambos serían discípulos y hombres de confianza

del Che.

A principios de noviembre llegó al campamento en Escambray un joven abogado

perteneciente a una familia patricia de La Habana. Miguel Ángel Duque de Estrada

había ingresado al 26 de Julio para luchar por la justicia social. Aunque no era

marxista, admiraba al Che, se había interesado por los informes de su marcha a través

de Cuba y pedido que lo enviaran al Escambray. El Che necesitaba a un hombre

preparado para aplicar el código legal guerrillero en territorio rebelde, y el joven

abogado era justamente la persona indicada; lo designó «auditor revolucionario», es

decir, juez.

«Había elaborado una estrategia política clara —dijo Duque de Estrada—. Me

dijo que a los prisioneros se los debía conservar con vida, que no debía haber

pelotones. Eso cambiaría más adelante, pero por el momento no quería ejecuciones

que arredraran a los hombres deseosos de rendirse a sus fuerzas». Como Borrego y

Suárez Gayol, Duque de Estrada sería uno de los cuadros selectos del Che después de

la guerra.

En realidad, mientras proseguía con la guerra, el Che ya anticipaba el futuro. Así

como había reunido muchos cuadros guerrilleros para las luchas revolucionarias futuras, ahora conformaba un cuerpo de ayudantes y asesores para la inminente

batalla de la posguerra: la revolución política y económica necesaria para construir el

socialismo en Cuba y liberarla de la dependencia impuesta por Estados Unidos a

través del monocultivo de «Su Majestad el Azúcar».

La ideología política no era el criterio esencial del Che para seleccionar a los

candidatos; creía que un hombre de ideas progresistas llegaría gradualmente a creer

en el socialismo. Aparentemente tuvo razón. Al igual que la mayoría de sus

protegidos en la guerrilla, los profesionales como Borrego, Duque de Estrada y

Suárez Gayol no eran marxistas, pero acabaron por adoptar formalmente la ideología

del Che.

La verdad es que antes de llegar al Escambray el Che ya hacía planes para

desempeñar un papel de primer orden en la transformación revolucionaria de la

economía cubana durante la posguerra. Si esto fue producto de un acuerdo elaborado

con Fidel y el PSP es una cuestión que los cubanos se han abstenido deliberadamente

de aclarar, pero ciertos hechos contundentes sugieren que así fue. El Che había

empezado a estudiar economía política en México. A instancias de Fidel, había

ayudado a poner en marcha el proceso de reforma agraria en la Sierra Maestra, había

sido un participante clave en las dificultosas negociaciones con el PSP y ahora estaba

investido de autoridad para llevar a cabo la reforma agraria en Las Villas.

Pero no era el protagonista absoluto de los sucesos. Al poner en práctica sus

proyectos presentes y futuros, el Che requería la plena colaboración del PSP: además

de los comunistas que se le habían unido en el Escambray, ya tenía a su disposición

un pequeño grupo de militantes influyentes en La Habana. Uno era Alfredo

Menéndez, de treinta y siete años, un especialista del Instituto Cubano de

Estabilización del Azúcar, la cámara de la industria azucarera con sede en la capital.

Menéndez era un comunista veterano que durante años había aprovechado su puesto

estratégico para proporcionar información económica confidencial al Buró Político

del PSP, y ahora enviaba esa misma información al Che.

Con ayuda de su colega Juan Barroto y dos militantes del 26 de Julio en el

Instituto, Menéndez enviaba al Che información sobre la industria azucarera y otros

sectores de la economía. Los esfuerzos de estos hombres se verían debidamente

recompensados; aunque ninguno de ellos lo conocería durante la guerra, pocos días

después de su entrada en La Habana el Che mandó llamar a sus cuatro «topos» para

que lo ayudaran a crear el motor del futuro gobierno revolucionario, el Instituto

Nacional de Reforma Agraria.

Ahora bien, aunque dependía de la colaboración del PSP, el Che quería evitar la

imagen de ser un agente del partido. Ovidio Díaz Rodríguez, el dirigente de la

Juventud Socialista que ayudaba a coordinar la ejecución de los planes de reforma

agraria en Las Villas, asistió a una reunión en la que un hombre del partido le entregó

un obsequio al Che. «Era una latica de mate argentino y delante de todos le

manifestó: “Mire, comandante, éste es un regalo de la Dirección del Partido.” Lo aceptó sin decir nada, pero después me expresó: “Dile al Partido que no me mande

compañeros tan indiscretos.”»