Che Guevara

Jon Lee Anderson · Capítulo 137 de 197

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Che Guevara

24. Estos tiempos atómicos

I

 

La mañana del 24 de febrero de 1961, el Che salió de su casa en la calle Dieciocho de

Miramar. Su coche giró a la derecha por la Séptima avenida. Generalmente seguía

otra ruta: giraba a la izquierda por su calle residencial, seguía hasta el bulevar

arbolado de la Quinta avenida, donde giraba a la derecha, y después de pasar frente a

la sede de la Seguridad del Estado entraba en el túnel bajo el río Almendares, luego

bordeaba el mar por el malecón hasta llegar a La Habana Vieja, donde estaba el

Banco Nacional.

Pero ese día enfiló hacia la Plaza de la Revolución. Fidel había ampliado su

departamento del INRA hasta convertirlo en un ministerio, y el Che cumplía su

primera jornada como ministro de Industrias. El cambio imprevisto de ruta

probablemente salvó su vida.

Momentos después de salir, se produjo un tiroteo en la acera frente a su casa; los

escoltas del Che empezaron a disparar a ciegas. En la casa, Aleida tomó al bebé y se

resguardó en el hueco de la escalera de la planta alta, donde se les unió, aterrada, la

nueva integrante del hogar de los Guevara: Sofía Gato, una camagüeyana de

veinticinco años, la niñera de Aleidita, quien por entonces tenía tres meses.

Más adelante Sofía pudo reconstruir en parte los sucesos. Cuatro o cinco

«barbudos» armados, ocultos detrás de unos setos que había cerca de la esquina de la

Dieciocho con la Quinta, abrieron fuego de armas automáticas contra un vecino, un

oficial llamado Salinas, que pasaba en su coche. Convencidos de que el blanco era la

casa del Che, la guarnición de escoltas que vigilaba a la familia abrió fuego a su vez.

Momentos después, Salinas estaba muerto en su coche y uno de los asaltantes se

retorcía sobre la acera.

El gobierno rápidamente evitó la difusión del hecho, pero mucha gente ya estaba

enterada. La versión extraoficial del Che y el gobierno fue que él no había sido el

blanco del atentado. Según Oscarito Fernández Mell, otro morador de la casa en la

calle Dieciocho, Salinas era efectivamente el blanco del asalto, provocado por un

«asunto pasional». Como en tantos otros sucesos en Cuba, un manto de silencio

oficial cayó sobre el incidente que aún hoy sigue sumido en el misterio.

Con todo, la idea de que el tiroteo de la calle Dieciocho fue un atentado frustrado

contra la vida del Che resulta verosímil a la luz de lo que sucedía en Cuba por

aquellos días. En todo el país, ex«barbudos» como los que habían disparado contra el

coche de Salinas tomaban las armas contra la revolución, contra el comunismo. La

mayoría de los anticomunistas atribuían el «sometimiento» del país a la Unión

Soviética sobre todo al Che, el tábano «rojo» que aguijoneaba a Fidel.

Para entonces se había frustrado por lo menos un atentado contra la vida del Che.

Una noche de principios de 1960, cuando Alexeiev y el Che conversaban en la

oficina del Banco Nacional —eran tiempos anteriores a la visita de Mikoyán, y sus

encuentros aún eran clandestinos—, éste dijo: «Ven, Alejandro, voy a mostrarte desde dónde van a tirar contra mí los contrarrevolucionarios», y señaló la ventana de un

edificio al otro lado de la callejuela. El agente soviético se asustó, pero el Che se

apresuró a tranquilizarlo: los servicios de inteligencia cubanos vigilaban el lugar y

estaban a punto de ocuparlo.

Fuera cual fuese la verdadera causa del tiroteo en la calle Dieciocho, a partir de

entonces el Che tomó mayores precauciones. Todos los visitantes al Ministerio de

Industrias eran registrados por los guardias. El Che llevaba una caja de cigarros llena

de granadas de mano en el asiento del coche y modificaba diariamente la ruta para

llegar a su oficina.

Los norteamericanos habían perdido prácticamente todas sus fuentes de

información in situ. Los últimos diplomáticos habían abandonado la embajada el 20

de enero, pocos días después de prohibir los viajes de sus ciudadanos a la isla. El

mismo mes, los gobiernos de Perú y Paraguay rompieron relaciones y retiraron a sus

diplomáticos; durante los meses siguientes, otros vecinos anticastristas seguirían su

ejemplo. Los exiliados cubanos ya sumaban casi cien mil; casi todos residían en

Miami, y el gobierno norteamericano se había visto obligado a destinar fondos

federales para conseguirles vivienda y trabajo. Uno de ellos era Pardo Llada, el

molesto compañero de viaje del Che en su primera gira internacional, a quien habían

indicado la conveniencia de partir a raíz de ciertos comentarios indiscretos sobre la

infiltración comunista en el gobierno. Humberto Sorí-Marín no tuvo tanta suerte.

Detenido por las tropas y acusado de realizar actividades contrarrevolucionarias

auspiciadas por la CIA, el exministro de Agricultura fue a parar al paredón. Más allá

del costo humano, las purgas y el éxodo masivo ayudaban al propósito de Fidel de

«drenar la ciénaga», al expulsar de la escena a los quintacolumnistas y

contrarrevolucionarios en potencia.

Mientras aquéllos partían, empezaban a llegar técnicos soviéticos, profesores de

ruso, economistas y asesores militares. Mongolia, Albania, Hungría, China y Vietnam

del Norte abrieron embajadas. Se sucedían las delegaciones comerciales y culturales

del bloque oriental. El 17 de enero, Fidel anunció que un millar de jóvenes cubanos

irían a la Unión Soviética por cuenta del gobierno para estudiar las «granjas

colectivas». La transformación había sido tan brusca y drástica que incluso los

obreros cubanos se asombraban de las diferencias entre los «americanos» y sus

reemplazantes «rusos».

Si los norteamericanos eran ricos y prepotentes y hablaban un español horrible,

estos recién llegados lucían y actuaban como campesinos toscos y mal vestidos. Las

mujeres eran gordas, vestían largas faldas campesinas y pañuelos en la cabeza; los

hombres, trajes mal cortados de tela barata. Sudaban profusamente en el calor

tropical, pero no usaban desodorante y para los remilgados cubanos, los rusos olían

mal. No hablaban español, andaban siempre juntos y los transportaban a sus nuevos

enclaves residenciales en camiones, como ganado. Contemplaban maravillados la

ciudad moderna, con los llamativos productos norteamericanos que aún se exhibían en las vidrieras —televisores, frigoríficos, climatizadores— y las lujosas viviendas

diseñadas por arquitectos, con piscinas y jardines muy bien cuidados. Abrían los ojos

de par en par al paso de los inmensos automóviles norteamericanos, con sus

relucientes cromados y carrocerías.

Para muchos observadores, los soviéticos no tenían el aspecto de representantes

de la tan elogiada «superpotencia» socialista. Consciente del escepticismo popular, el

Che lo tuvo en cuenta cuando apareció en televisión el 6 de enero para hablar sobre

su viaje reciente a la Unión Soviética. Tras una serie de elogios líricos de las naciones

que había visitado, en especial Corea del Norte y China, se refirió al asunto que

preocupaba a todos: el evidente atraso de los soviéticos en materias que muchos

cubanos daban por sentado. Sobre la visita a la Unión Soviética, dijo:

 

Nosotros allí teníamos que plantear algunos problemas que nos daban algo de vergüenza realmente.

Porque, por ejemplo, planteábamos el problema de que el pueblo cubano necesitaba materias primas para

hacer desodorantes, y en esos países no entendían eso, porque son países que desarrollan toda su

producción para el bienestar general del pueblo, y que tienen todavía que superar atrasos enormes…; no se

pueden ocupar de esas cosas… Nosotros también tenemos que ocuparnos ya de cosas más importantes.

 

Dadas las circunstancias, el Che trataba de dirigirse a su audiencia en términos

diplomáticos. Les decía a los remilgados habaneros que los comprendía, pero los

tiempos habían cambiado, las prioridades nacionales eran otras y, como los rusos,

tendrían que aprender a prescindir de los desodorantes. Reconocía además que los

soviéticos, a pesar de sus progresos tecnológicos, eran efectivamente un pueblo

rústico en más de un sentido.

La influencia del bloque soviético también se hizo más visible en la economía. En

lugar de favorecer las granjas colectivas desorganizadas que sucedieron a las

primeras expropiaciones de tierras, el gobierno empezó a reemplazarlas por las

llamadas «granjas del pueblo» que seguían el modelo soviético.[70] En el ministerio

del Che, asesores checos y soviéticos trabajaban con los economistas sudamericanos

de la primera generación. El Che organizó un grupo de estudios marxistas en el que

participaban él mismo, Orlando Borrego y otros asesores; a cargo del curso estaba el

hispano-soviético Anastasio Mansilla, un especialista en economía política.

Junto con casi todas las demás influencias norteamericanas —por ejemplo, se

prohibió a Papá Noel—, se desalentó el aprendizaje del inglés; el segundo idioma a

aprender en la «nueva» Cuba era el ruso. El Che empezó a tomar clases de ruso dos

veces por semana con Yuri Pevtsov, un filólogo enviado por la Universidad

Lermontov para ser su intérprete y preceptor personal. A falta de un manual ruso-

español, utilizaron un libro de primeras letras ruso-francés.

A pesar de los chistes populares que circulaban acerca de los «bolos», cierto

«estilo» soviético empezó a infiltrarse inexorablemente en la vida cubana, al

principio de manera superficial. El gobierno encabezaba la transformación de los

símbolos. Ya existía una agencia de planificación central, el JUCEPLAN, imitación

del GOSPLAN soviético. Calles, teatros, fábricas recibían nuevos nombres de héroes y mártires, tanto nacionales como extranjeros, como Camilo Cienfuegos y Patrice

Lumumba. El viejo Cine Chaplin de la Primera avenida ahora se llamaba Carlos

Marx y en poco tiempo se fundarían las guarderías Héroes de Vietnam y Rosa

Luxemburgo.

Desde la revolución era costumbre bautizar a los bebés Fidel y Ernesto, por el

Che. Ahora los cubanos empezaban a bautizar a sus hijos con nombres como Alexéi y

Natasha. La hija menor del Che adquirió un apodo ruso: Aliusha.

En Washington, los analistas de los servicios de inteligencia atribuían el viraje

espectacular de la isla hacia el bloque soviético en gran medida a los esfuerzos del

Che Guevara. En una evaluación secreta de su reciente misión al bloque chino-

soviético, fechada el 23 de marzo, la Oficina de Inteligencia e Investigación del

Departamento de Estado reconoció sus logros indudables.

«Cuando finalizó la visita, Cuba tenía acuerdos comerciales financieross, además

de vínculos culturales, con todos los países del bloque, relaciones diplomáticas con

todos menos Alemania Oriental y acuerdos de asistencia científica y técnica con

todos menos Albania».

No se sabía si Guevara había negociado una mayor ayuda militar, pero el informe

lo consideraba sumamente probable. «Se puede suponer que el asunto fue materia de

discusión y que se acordó un nuevo envío de armas. Según un informe, en el

comienzo de su gira Guevara pidió misiles a Jrushov y el premier soviético se negó,

pero prometió enviarle armas automáticas de la Segunda Guerra Mundial».