Che Guevara
Capítulo V
El Che y sus hombres se pusieron en marcha hacia Peladero, adonde se dirigía la
columna de Fidel. Por el camino confiscó la mula del comerciante Juan Balansa que,
si bien no se había mostrado hostil con los rebeldes, era sospechoso de simpatizar con
Batista y ser amigo de los grandes terratenientes. A esto, que para el Che era
suficiente, se sumaba otro incentivo: «Juan Balansa tenía un mulo de mucha fama en
la zona como animal resistente y útil y, como impuesto de guerra, se lo quitamos». La
hubieran sacrificado para comérsela, pero la mula demostró ser ágil y segura, y el
Che la perdonó porque se había «ganado el derecho de vivir». Luego se la apropió
como su cabalgadura personal hasta que, más adelante, la «recuperó» el oficial que ya
se convertía en su pesadilla, el capitán Ángel Sánchez Mosquera.
Había llegado el momento en que los rebeldes debían imponer su autoridad sobre
los serranos y establecer una apariencia de ley y orden en la región. Por toda la Sierra
Maestra rondaban hombres armados y reinaba una suerte de anarquía en la que
desertores, grupos de forajidos que se hacían pasar por rebeldes y estos mismos
cometían abusos, aprovechando sus armas y la ausencia de autoridad gubernamental
para robar, violar y asesinar. La rigidez del nuevo código de conducta de los rebeldes
causaba encono, sobre todo en la columna del Che, donde reinaba la tensión
provocada por el celo de la flamante «comisión disciplinaria». En aquel momento, las
tensiones alcanzaron un clímax sangriento.
Días después de la llegada de su columna a Peladero, el Che visitó el campamento
vecino de Fidel. Estaban conversando cuando los interrumpió Ramiro Valdés. Era
urgente; había sucedido algo terrible. «A Lalo Sardiñas, al castigar impulsivamente a
un compañero indisciplinado y pretender darle con la pistola en la cabeza —escribió
el Che—, se le había escapado un tiro, matándolo en el acto. Había un principio de
motín en la tropa».
De vuelta en el campamento, se halló ante un motín en toda regla: muchos
exigían un juicio sumario y la ejecución de Lalo. El Che empezó a tomar declaración
a los hombres: algunos decían que Lalo había cometido un asesinato premeditado,
otros que había sido un accidente. Llegó Fidel y se celebró un juicio para determinar
la suerte de Lalo. Éste era un oficial, un buen combatiente que había demostrado su
valentía; tanto el Che como Fidel querían perdonarle la vida. Pero debían consultar a
los combatientes, y por sus declaraciones era evidente que la mayoría deseaba la pena
de muerte. Intervino el Che: «Trataba de explicar que la muerte del compañero debía
ser achacada a las condiciones de la lucha —relató tiempo después—, a la misma
situación de guerra, y que, en definitiva, el dictador Batista era el culpable. Pero mis
palabras sonaban muy poco convincentes ante ese auditorio hostil».
A continuación tomó la palabra Fidel, quien según el Che habló largamente en
defensa de Lalo. «En definitiva, el acto repudiable fue cometido en defensa del
concepto de la disciplina y que había que considerar siempre esto». Muchos hombres se inclinaron ante lo que el Che llamó el «enorme poder de persuasión» de Fidel, pero
muchos otros se mantuvieron firmes. Finalmente se decidió resolver la cuestión
mediante el voto: fusilar o degradar a Lalo. Se respetaría la decisión mayoritaria. El
Che anotó los votos en un cuaderno. De los 146 combatientes, 70 votaron por la
muerte, 76 por la degradación.
Perdonaron la vida de Lalo. Lo despojaron de su grado y le ordenaron
rehabilitarse combatiendo como soldado raso. Pero el asunto no terminó ahí. Al día
siguiente, un grupo importante de combatientes, disgustados por la decisión,
arrojaron sus armas al suelo y exigieron autorización para marcharse. Como hecho
curioso, entre ellos se hallaban el presidente y varios miembros de la comisión
disciplinaria formada por el Che. Como era su costumbre, al relatar el incidente el
Che no dejó de señalar que varios de los renunciantes se convirtieron luego en
traidores a la Revolución. «Aquellos hombres que no respetaron la mayoría y que
demostraron su inconformidad abandonando la lucha, después se pusieron al servicio
del enemigo y vinieron como traidores a luchar en nuestro suelo».
Por más que el Che se empeñe en atribuir motivaciones traicioneras a los
renunciantes, el incidente es revelador no tanto de la moral revolucionaria como de la
dureza de su personalidad en aquella época. La marcha del Che a través de la Sierra
Maestra estaba sembrada de cadáveres de chivatos, desertores y delincuentes,
hombres cuyas muertes había ordenado y en ocasiones ejecutado él mismo. El código
disciplinario impuesto hacia dentro y hacia fuera de la familia creciente de
guerrilleros había generado un clima propicio para los abusos como el de Lalo. El
líder da el ejemplo y, a su manera tosca, los subordinados del Che no hacían más que
emular su conducta.
Después del motín, Fidel transfirió a varios hombres a la columna del Che para
reemplazar a los renunciantes. En reemplazo de Lalo envió a Camilo Cienfuegos. El
exjugador de béisbol, apuesto, rubio y extrovertido, fue designado capitán del pelotón
de vanguardia. Resultó ser una decisión acertada, porque la personalidad
despreocupada de Camilo sirvió para compensar la rigidez del Che. Había entre los
dos un gran respeto mutuo y el Che le dispensaba a Camilo un grado de confianza
que no le permitía a nadie más; sus conversaciones estaban sembradas de bromas
procaces, regaños y pullas amistosas.
Llegó el momento de reanudar la marcha, y Fidel dio nuevas órdenes.
«Inmediatamente teníamos que ponernos en camino para liquidar el intento de unos
bandoleros, que, amparados en el nombre de nuestra Revolución, estaban cometiendo
sus fechorías en los escenarios primeros de nuestra lucha y en la zona cercana a
Caracas y el Lomón. La primera tarea de Camilo en nuestra columna fue marchar a
paso rápido para tomar prisioneros a todos estos elementos y poder juzgarlos
posteriormente».
Mientras Camilo perseguía a los «bandidos», el Che volvió a la zona donde había
instalado su propio cuartel general: el valle de El Hombrito. Desde la emboscada de agosto, el ejército no había regresado al lugar, y el Che había echado los cimientos de
una base permanente. Dejó a un guajiro llamado Aristidio al frente de un
campamento para nuevos voluntarios en el valle e incluso construyó un horno para
pan. Pero a pesar de la calma momentánea, la posible incursión del ejército aterraba a
los campesinos. Sánchez Mosquera había establecido su base en Minas de Bueycito y
se pensaba que el ataque se produciría en cualquier momento. Evidentemente,
Aristidio no era inmune al miedo generalizado porque durante la ausencia del Che
había vendido su revólver y cometido el desatino de advertir a varias personas que
pensaba tomar contacto con el ejército antes de que éste atacara. Todo esto llegó a
oídos del Che, quien tomó medidas inmediatamente. «Aquéllos eran momentos
difíciles para la Revolución —recordaría después—, y en uso de las atribuciones que
como jefe de una zona tenía, tras de una investigación sumarísima, ajusticiamos al
campesino Aristidio».
El adolescente Enrique Acevedo estaba presente cuando trajeron a Aristidio: «Por
nuestro lado pasa un prisionero descalzo, lo llevan amarrado. Es Aristidio. Nada
queda de su facha de cacique. Más tarde se siente un disparo. Cuando llegamos al
lugar ya le están echando tierra. Al amanecer, luego de una jornada agotadora, se nos
explica que Aristidio fue ejecutado por mal empleo del dinero y los medios de la
guerrilla…»
Pero más adelante, el Che relató la suerte del campesino casi con remordimiento.
«Este Aristidio fue uno de los casos típicos de campesinos que se unieron a la
Revolución sin una clara conciencia de lo que significaba… Hoy nos preguntamos si
era realmente tan culpable como para merecer la muerte y si no se podía haber
salvado una vida para la etapa de la construcción revolucionaria. La guerra es difícil y
dura y durante los momentos en que el enemigo arrecia su acometividad no se puede
permitir ni el asomo de una traición. Meses antes, por una debilidad mucho más
grande de la guerrilla, o meses después, por una fortaleza relativamente mucho
mayor, quizá hubiera salvado su vida».
Después de ajusticiar a Aristidio, el Che se desplazó hacia el cerro Caracas en
otra misión punitiva, para ayudar a Camilo a cazar a una banda armada dirigida por el
Chino Chang, un bandido cubano de origen chino. Aunque tenía una suerte de alianza
con los rebeldes, Chang había robado y matado campesinos en la zona. Camilo ya
había detenido a varios acusados, que serían juzgados por un tribunal revolucionario
porque por primera vez los rebeldes contaban con un abogado de verdad para aplicar
su sistema judicial: Humberto Sorí Marín, un prominente abogado y miembro del 26
de Julio en La Habana.
Apenas detuvieron al Chino Chang comenzaron los juicios. El tribunal absolvió a
la mayoría de los acusados, pero condenó a muerte a Chang y a un campesino que
había violado a una joven. Como siempre, el Che observó cuidadosamente sus
últimos momentos para ver si demostraban coraje o cobardía frente a la muerte.
«Primero fueron ajusticiados el campesino violador y el Chino Chang, ambos serenos, fueron atados en los palos del monte y el primero, el violador, murió sin que
lo vendaran, de cara a los fusiles, dando vivas a la Revolución. El Chino afrontó con
toda serenidad la muerte pero pidió auxilios religiosos del padre Sardiñas, que en ese
momento estaba lejos del campamento,[41] no se le pudo complacer y pidió entonces
Chang que se dejara constancia de que había solicitado un sacerdote, como si ese
testimonio público le sirviera como atenuante en otra vida».
Los rebeldes decidieron aleccionar a tres jóvenes de la pandilla de Chang
mediante una ejecución fingida. Los muchachos fueron sentenciados a muerte y
obligados a presenciar la ejecución de Chang y el violador mientras aguardaban la
suya. Relata el Che: «Luego se realizó el fusilamiento simbólico de tres de los
muchachos que estaban más unidos a las tropelías del Chino Chang, pero a los que
Fidel consideró que debía dárseles una oportunidad; los tres fueron vendados y
sujetos al rigor de un simulacro de fusilamiento; cuando después de los disparos al
aire se encontraron los tres con que estaban vivos; uno de ellos me dio la más extraña
espontánea demostración de júbilo y reconocimiento en forma de un sonoro beso,
como si estuviera frente a su padre». Según el Che, la decisión de perdonarles la vida
resultó acertada; los tres permanecieron en el Ejército Rebelde, uno de ellos en la
columna del Che, y se rehabilitaron al convertirse en «buenos combatientes de la
revolución».
El periodista Andrew St. George, que había reaparecido, presenció las
ejecuciones —tanto las verdaderas como las simuladas— y tomó fotografías del
drama a medida que se desarrollaba. Éstas y su artículo aparecieron en la revista
norteamericana Look. Aparentemente también envió informes al servicio de
inteligencia norteamericano. (Varias fuentes coinciden en que el verdadero motivo de
los viajes periodísticos de St. George era reunir información sobre Fidel y el
movimiento rebelde para el gobierno norteamericano.)
Durante los días siguientes cayeron otros transgresores. Uno de ellos era Dionisio
Oliva, un campesino que había cumplido un papel clave para desenmascarar a
Eutimio Guerra. Posteriormente, él y su cuñado habían robado provisiones destinadas
a los rebeldes y se habían convertido en cuatreros. Dionisio había expropiado casas
privadas donde mantenía a dos amantes. Con ellos cayeron varios hombres más,
incluido un joven llamado Echevarría. Tenía a varios hermanos en la guerrilla; uno de
ellos había desembarcado del Granma. En cambio, este joven había optado por unirse
a una pandilla de bandoleros. Con todo, su caso fue «conmovedor», según el Che.
Echevarría suplicó que lo dejaran morir en combate (no quería deshonrar a su familia
al morir frente a un pelotón de fusilamiento revolucionario), pero el tribunal confirmó
la sentencia. Antes de que lo fusilaran, escribió el Che, Echevarría envió una carta a
su madre, «explicándole la justicia de la sanción que en él se ejecutaba y
recomendándole ser fiel a la revolución».
El último de los ejecutados fue nada menos que «el Maestro», el acompañante
timorato del Che cuando, atormentado por el asma, fue a Santiago a conocer a los nuevos voluntarios. Posteriormente el Maestro había abandonado la guerrilla con el
pretexto de una enfermedad y se había «dedicado a una vida de inmoralidades». Se
había hecho pasar por el «doctor» Che para tratar de violar a una campesina que
acudió a él como paciente.
Después de la victoria revolucionaria, Fidel habló de esas ejecuciones con Carlos
Franqui, periodista del 26 de Julio. Mintió en cuanto al número de ejecuciones que
autorizó durante la guerra, pero se explayó sobre el caso del Maestro. «Llevamos
muy poca gente delante de los pelotones de fusilamiento, realmente muy poca. En
toda la guerra no fusilamos a más de diez tipos, en veinticinco meses». En cuanto al
Maestro: «Era un orangután: tenía una barba enorme. También era un payaso nato y
llevaba cargas como si fuera Hércules, pero era mal soldado… ¡Le gustaba ser
médico más que maestro! Qué estupidez, hacerse pasar por el Che en esa zona donde
habíamos estado mucho tiempo, donde todos nos conocían… Y ahora, con la nueva
barba, el Maestro se hacía pasar por el Che: “Tráiganme mujeres. ¡Las voy a
examinar a todas!” ¿Alguna vez escuchaste algo más indignante? Lo fusilamos».