Che Guevara

Jon Lee Anderson · Capítulo 86 de 197

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Che Guevara

Capítulo V

 

El Che y sus hombres se pusieron en marcha hacia Peladero, adonde se dirigía la

columna de Fidel. Por el camino confiscó la mula del comerciante Juan Balansa que,

si bien no se había mostrado hostil con los rebeldes, era sospechoso de simpatizar con

Batista y ser amigo de los grandes terratenientes. A esto, que para el Che era

suficiente, se sumaba otro incentivo: «Juan Balansa tenía un mulo de mucha fama en

la zona como animal resistente y útil y, como impuesto de guerra, se lo quitamos». La

hubieran sacrificado para comérsela, pero la mula demostró ser ágil y segura, y el

Che la perdonó porque se había «ganado el derecho de vivir». Luego se la apropió

como su cabalgadura personal hasta que, más adelante, la «recuperó» el oficial que ya

se convertía en su pesadilla, el capitán Ángel Sánchez Mosquera.

Había llegado el momento en que los rebeldes debían imponer su autoridad sobre

los serranos y establecer una apariencia de ley y orden en la región. Por toda la Sierra

Maestra rondaban hombres armados y reinaba una suerte de anarquía en la que

desertores, grupos de forajidos que se hacían pasar por rebeldes y estos mismos

cometían abusos, aprovechando sus armas y la ausencia de autoridad gubernamental

para robar, violar y asesinar. La rigidez del nuevo código de conducta de los rebeldes

causaba encono, sobre todo en la columna del Che, donde reinaba la tensión

provocada por el celo de la flamante «comisión disciplinaria». En aquel momento, las

tensiones alcanzaron un clímax sangriento.

Días después de la llegada de su columna a Peladero, el Che visitó el campamento

vecino de Fidel. Estaban conversando cuando los interrumpió Ramiro Valdés. Era

urgente; había sucedido algo terrible. «A Lalo Sardiñas, al castigar impulsivamente a

un compañero indisciplinado y pretender darle con la pistola en la cabeza —escribió

el Che—, se le había escapado un tiro, matándolo en el acto. Había un principio de

motín en la tropa».

De vuelta en el campamento, se halló ante un motín en toda regla: muchos

exigían un juicio sumario y la ejecución de Lalo. El Che empezó a tomar declaración

a los hombres: algunos decían que Lalo había cometido un asesinato premeditado,

otros que había sido un accidente. Llegó Fidel y se celebró un juicio para determinar

la suerte de Lalo. Éste era un oficial, un buen combatiente que había demostrado su

valentía; tanto el Che como Fidel querían perdonarle la vida. Pero debían consultar a

los combatientes, y por sus declaraciones era evidente que la mayoría deseaba la pena

de muerte. Intervino el Che: «Trataba de explicar que la muerte del compañero debía

ser achacada a las condiciones de la lucha —relató tiempo después—, a la misma

situación de guerra, y que, en definitiva, el dictador Batista era el culpable. Pero mis

palabras sonaban muy poco convincentes ante ese auditorio hostil».

A continuación tomó la palabra Fidel, quien según el Che habló largamente en

defensa de Lalo. «En definitiva, el acto repudiable fue cometido en defensa del

concepto de la disciplina y que había que considerar siempre esto». Muchos hombres se inclinaron ante lo que el Che llamó el «enorme poder de persuasión» de Fidel, pero

muchos otros se mantuvieron firmes. Finalmente se decidió resolver la cuestión

mediante el voto: fusilar o degradar a Lalo. Se respetaría la decisión mayoritaria. El

Che anotó los votos en un cuaderno. De los 146 combatientes, 70 votaron por la

muerte, 76 por la degradación.

Perdonaron la vida de Lalo. Lo despojaron de su grado y le ordenaron

rehabilitarse combatiendo como soldado raso. Pero el asunto no terminó ahí. Al día

siguiente, un grupo importante de combatientes, disgustados por la decisión,

arrojaron sus armas al suelo y exigieron autorización para marcharse. Como hecho

curioso, entre ellos se hallaban el presidente y varios miembros de la comisión

disciplinaria formada por el Che. Como era su costumbre, al relatar el incidente el

Che no dejó de señalar que varios de los renunciantes se convirtieron luego en

traidores a la Revolución. «Aquellos hombres que no respetaron la mayoría y que

demostraron su inconformidad abandonando la lucha, después se pusieron al servicio

del enemigo y vinieron como traidores a luchar en nuestro suelo».

Por más que el Che se empeñe en atribuir motivaciones traicioneras a los

renunciantes, el incidente es revelador no tanto de la moral revolucionaria como de la

dureza de su personalidad en aquella época. La marcha del Che a través de la Sierra

Maestra estaba sembrada de cadáveres de chivatos, desertores y delincuentes,

hombres cuyas muertes había ordenado y en ocasiones ejecutado él mismo. El código

disciplinario impuesto hacia dentro y hacia fuera de la familia creciente de

guerrilleros había generado un clima propicio para los abusos como el de Lalo. El

líder da el ejemplo y, a su manera tosca, los subordinados del Che no hacían más que

emular su conducta.

Después del motín, Fidel transfirió a varios hombres a la columna del Che para

reemplazar a los renunciantes. En reemplazo de Lalo envió a Camilo Cienfuegos. El

exjugador de béisbol, apuesto, rubio y extrovertido, fue designado capitán del pelotón

de vanguardia. Resultó ser una decisión acertada, porque la personalidad

despreocupada de Camilo sirvió para compensar la rigidez del Che. Había entre los

dos un gran respeto mutuo y el Che le dispensaba a Camilo un grado de confianza

que no le permitía a nadie más; sus conversaciones estaban sembradas de bromas

procaces, regaños y pullas amistosas.

Llegó el momento de reanudar la marcha, y Fidel dio nuevas órdenes.

«Inmediatamente teníamos que ponernos en camino para liquidar el intento de unos

bandoleros, que, amparados en el nombre de nuestra Revolución, estaban cometiendo

sus fechorías en los escenarios primeros de nuestra lucha y en la zona cercana a

Caracas y el Lomón. La primera tarea de Camilo en nuestra columna fue marchar a

paso rápido para tomar prisioneros a todos estos elementos y poder juzgarlos

posteriormente».

Mientras Camilo perseguía a los «bandidos», el Che volvió a la zona donde había

instalado su propio cuartel general: el valle de El Hombrito. Desde la emboscada de agosto, el ejército no había regresado al lugar, y el Che había echado los cimientos de

una base permanente. Dejó a un guajiro llamado Aristidio al frente de un

campamento para nuevos voluntarios en el valle e incluso construyó un horno para

pan. Pero a pesar de la calma momentánea, la posible incursión del ejército aterraba a

los campesinos. Sánchez Mosquera había establecido su base en Minas de Bueycito y

se pensaba que el ataque se produciría en cualquier momento. Evidentemente,

Aristidio no era inmune al miedo generalizado porque durante la ausencia del Che

había vendido su revólver y cometido el desatino de advertir a varias personas que

pensaba tomar contacto con el ejército antes de que éste atacara. Todo esto llegó a

oídos del Che, quien tomó medidas inmediatamente. «Aquéllos eran momentos

difíciles para la Revolución —recordaría después—, y en uso de las atribuciones que

como jefe de una zona tenía, tras de una investigación sumarísima, ajusticiamos al

campesino Aristidio».

El adolescente Enrique Acevedo estaba presente cuando trajeron a Aristidio: «Por

nuestro lado pasa un prisionero descalzo, lo llevan amarrado. Es Aristidio. Nada

queda de su facha de cacique. Más tarde se siente un disparo. Cuando llegamos al

lugar ya le están echando tierra. Al amanecer, luego de una jornada agotadora, se nos

explica que Aristidio fue ejecutado por mal empleo del dinero y los medios de la

guerrilla…»

Pero más adelante, el Che relató la suerte del campesino casi con remordimiento.

«Este Aristidio fue uno de los casos típicos de campesinos que se unieron a la

Revolución sin una clara conciencia de lo que significaba… Hoy nos preguntamos si

era realmente tan culpable como para merecer la muerte y si no se podía haber

salvado una vida para la etapa de la construcción revolucionaria. La guerra es difícil y

dura y durante los momentos en que el enemigo arrecia su acometividad no se puede

permitir ni el asomo de una traición. Meses antes, por una debilidad mucho más

grande de la guerrilla, o meses después, por una fortaleza relativamente mucho

mayor, quizá hubiera salvado su vida».

Después de ajusticiar a Aristidio, el Che se desplazó hacia el cerro Caracas en

otra misión punitiva, para ayudar a Camilo a cazar a una banda armada dirigida por el

Chino Chang, un bandido cubano de origen chino. Aunque tenía una suerte de alianza

con los rebeldes, Chang había robado y matado campesinos en la zona. Camilo ya

había detenido a varios acusados, que serían juzgados por un tribunal revolucionario

porque por primera vez los rebeldes contaban con un abogado de verdad para aplicar

su sistema judicial: Humberto Sorí Marín, un prominente abogado y miembro del 26

de Julio en La Habana.

Apenas detuvieron al Chino Chang comenzaron los juicios. El tribunal absolvió a

la mayoría de los acusados, pero condenó a muerte a Chang y a un campesino que

había violado a una joven. Como siempre, el Che observó cuidadosamente sus

últimos momentos para ver si demostraban coraje o cobardía frente a la muerte.

«Primero fueron ajusticiados el campesino violador y el Chino Chang, ambos serenos, fueron atados en los palos del monte y el primero, el violador, murió sin que

lo vendaran, de cara a los fusiles, dando vivas a la Revolución. El Chino afrontó con

toda serenidad la muerte pero pidió auxilios religiosos del padre Sardiñas, que en ese

momento estaba lejos del campamento,[41] no se le pudo complacer y pidió entonces

Chang que se dejara constancia de que había solicitado un sacerdote, como si ese

testimonio público le sirviera como atenuante en otra vida».

Los rebeldes decidieron aleccionar a tres jóvenes de la pandilla de Chang

mediante una ejecución fingida. Los muchachos fueron sentenciados a muerte y

obligados a presenciar la ejecución de Chang y el violador mientras aguardaban la

suya. Relata el Che: «Luego se realizó el fusilamiento simbólico de tres de los

muchachos que estaban más unidos a las tropelías del Chino Chang, pero a los que

Fidel consideró que debía dárseles una oportunidad; los tres fueron vendados y

sujetos al rigor de un simulacro de fusilamiento; cuando después de los disparos al

aire se encontraron los tres con que estaban vivos; uno de ellos me dio la más extraña

espontánea demostración de júbilo y reconocimiento en forma de un sonoro beso,

como si estuviera frente a su padre». Según el Che, la decisión de perdonarles la vida

resultó acertada; los tres permanecieron en el Ejército Rebelde, uno de ellos en la

columna del Che, y se rehabilitaron al convertirse en «buenos combatientes de la

revolución».

El periodista Andrew St. George, que había reaparecido, presenció las

ejecuciones —tanto las verdaderas como las simuladas— y tomó fotografías del

drama a medida que se desarrollaba. Éstas y su artículo aparecieron en la revista

norteamericana Look. Aparentemente también envió informes al servicio de

inteligencia norteamericano. (Varias fuentes coinciden en que el verdadero motivo de

los viajes periodísticos de St. George era reunir información sobre Fidel y el

movimiento rebelde para el gobierno norteamericano.)

Durante los días siguientes cayeron otros transgresores. Uno de ellos era Dionisio

Oliva, un campesino que había cumplido un papel clave para desenmascarar a

Eutimio Guerra. Posteriormente, él y su cuñado habían robado provisiones destinadas

a los rebeldes y se habían convertido en cuatreros. Dionisio había expropiado casas

privadas donde mantenía a dos amantes. Con ellos cayeron varios hombres más,

incluido un joven llamado Echevarría. Tenía a varios hermanos en la guerrilla; uno de

ellos había desembarcado del Granma. En cambio, este joven había optado por unirse

a una pandilla de bandoleros. Con todo, su caso fue «conmovedor», según el Che.

Echevarría suplicó que lo dejaran morir en combate (no quería deshonrar a su familia

al morir frente a un pelotón de fusilamiento revolucionario), pero el tribunal confirmó

la sentencia. Antes de que lo fusilaran, escribió el Che, Echevarría envió una carta a

su madre, «explicándole la justicia de la sanción que en él se ejecutaba y

recomendándole ser fiel a la revolución».

El último de los ejecutados fue nada menos que «el Maestro», el acompañante

timorato del Che cuando, atormentado por el asma, fue a Santiago a conocer a los nuevos voluntarios. Posteriormente el Maestro había abandonado la guerrilla con el

pretexto de una enfermedad y se había «dedicado a una vida de inmoralidades». Se

había hecho pasar por el «doctor» Che para tratar de violar a una campesina que

acudió a él como paciente.

Después de la victoria revolucionaria, Fidel habló de esas ejecuciones con Carlos

Franqui, periodista del 26 de Julio. Mintió en cuanto al número de ejecuciones que

autorizó durante la guerra, pero se explayó sobre el caso del Maestro. «Llevamos

muy poca gente delante de los pelotones de fusilamiento, realmente muy poca. En

toda la guerra no fusilamos a más de diez tipos, en veinticinco meses». En cuanto al

Maestro: «Era un orangután: tenía una barba enorme. También era un payaso nato y

llevaba cargas como si fuera Hércules, pero era mal soldado… ¡Le gustaba ser

médico más que maestro! Qué estupidez, hacerse pasar por el Che en esa zona donde

habíamos estado mucho tiempo, donde todos nos conocían… Y ahora, con la nueva

barba, el Maestro se hacía pasar por el Che: “Tráiganme mujeres. ¡Las voy a

examinar a todas!” ¿Alguna vez escuchaste algo más indignante? Lo fusilamos».