Cuestión de justicia
10. Circunstancias atenuantes
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CIRCUNSTANCIAS ATENUANTES
Las prisiones estadounidenses se han convertido en almacenes de enfermos
mentales. La encarcelación masiva ha estado alimentada en gran medida
por una política sobre drogas errónea y unas condenas excesivas, pero
internar a cientos de miles de personas pobres y mentalmente enfermas ha
contribuido de forma decisiva a situarnos en nuestros niveles récord de encarcelamiento. Ha creado problemas sin precedentes.
La primera vez que traté con Avery Jenkins fue por teléfono. Me llamó
él, pero se mostró bastante incoherente. No podía explicar por qué lo habían
condenado y ni siquiera describir claramente lo que quería que hiciera. Se
quejó de las condiciones de su encierro hasta que un pensamiento aleatorio
le hizo cambiar de tema bruscamente. También me escribió, pero sus cartas
eran tan difíciles de entender como las llamadas telefónicas, por lo que decidí hablar con él en persona para ver si sacaba algo en claro sobre cómo
lo podría ayudar.
Durante más de un siglo, la atención institucional a los estadounidenses que
sufrían enfermedades mentales graves alternó entre las prisiones y los
hospitales preparados para encargarse de personas mentalmente enfermas.
A finales del siglo XIX, alarmados ante el trato inhumano que recibían los
prisioneros que sufrían enfermedades mentales, Dorothea Dix y el
reverendo Louis Dwight dirigieron una campaña para sacar a estos
enfermos de la prisión, y tuvieron éxito. El número de personas
encarceladas con problemas psiquiátricos graves descendió de forma
espectacular, al tiempo que surgieron instalaciones públicas y privadas
dedicadas a la salud mental para atender a los perturbados. No tardó en haber hospitales psiquiátricos estatales por todas partes.
A mediados del siglo XX, los abusos en las instituciones psiquiátricas atrajeron mucha atención, y el confinamiento involuntario de enfermos se convirtió en un problema relevante. Familias, profesores y juzgados
enviaban a millares de personas a los psiquiátricos a causa de
excentricidades que no se debían tanto a alguna enfermedad mental aguda
como a la resistencia a las normas sociales, culturales o sexuales.
Homosexuales que se oponían a las normas de género o participaban en
citas interraciales se veían de repente ingresados en contra de su voluntad.
La introducción de medicamentos antipsicóticos como la torazina resultó
muy prometedora para muchas personas que sufrían algunos trastornos
mentales graves, pero en muchas instituciones psiquiátricas se abusaba de la
farmacología, lo que daba como resultado efectos secundarios y abusos
terribles. En algunas instalaciones, los protocolos de tratamiento agresivos y
violentos dieron pie a historias terroríficas que alimentaron una nueva campaña, esta vez para sacar a la gente de las instituciones de salud mental.
En las décadas de 1960 y 1970 se promulgaron leyes que hacían
mucho más difícil llevar a cabo un internamiento involuntario.1 Sacar a los enfermos de los psiquiátricos se convirtió en el objetivo de muchos estados.
Los defensores de la salud mental y los abogados tuvieron éxito en una serie de casos en el Tribunal Supremo, obligando a los estados a transferir a
los residentes de los psiquiátricos a programas comunitarios. Las sentencias
judiciales dieron a las personas con discapacidades en su desarrollo la capacidad de rechazar el tratamiento e instituyeron derechos de los
discapacitados mentales que hicieron que el internamiento forzado se
convirtiera en algo mucho menos habitual. Hacia la década de 1990, en algunos estados había una tasa de desinstitucionalización de más del 95 por
ciento, lo que significaba que de cada cien pacientes que habían estado ingresados en hospitales estatales antes de los programas de
desinstitucionalización, menos de cinco seguían ingresados cuando se
realizó el estudio en los noventa. En 1955 había una plaza psiquiátrica por
cada trescientos estadounidenses; cincuenta años después, había solo una por cada tres mil.
Aunque se trataba de reformas desesperadamente necesarias, la desinstitucionalización chocaba con el despliegue de las políticas de
encarcelamiento masivo —ampliación de las actividades consideradas
delito y sentencias más duras—, lo que tuvo un efecto desastroso. El
«mundo libre» se convirtió en un lugar peligroso para los
desinstitucionalizados pobres que sufrían discapacidad mental. Para muchas
personas discapacitadas con bajos ingresos, la imposibilidad de recibir
tratamiento o medicación necesaria aumentó espectacularmente la
posibilidad de tener un encuentro con la policía que acabase en penas de cárcel o prisión. Las cárceles y las prisiones se convirtieron en la estrategia
del estado para tratar con una crisis sanitaria creada por el uso y la dependencia de las drogas. Una oleada de enfermos mentales inundó las
prisiones a causa de delitos menores y crímenes relacionados con drogas o,
simplemente, comportamientos que sus comunidades no estaban dispuestas
a tolerar.
En la actualidad, más del 50 por ciento de los reclusos en cárceles y
prisiones en Estados Unidos ha sido diagnosticado con alguna enfermedad
mental,2 una tasa casi cinco veces superior a la de la población adulta en general. Cerca de uno de cada cinco prisioneros tiene algún problema
mental grave.3 De hecho, la cantidad de enfermos mentales graves en prisión es más de tres veces superior a la de los ingresados en hospitales; en
algunos estados, dicha cifra es diez veces superior. 4 Y la prisión es un lugar horrible para alguien que sufre una enfermedad mental o un trastorno
neurológico que los guardias no están preparados para entender.
Por ejemplo, cuando aún estaba trabajando en Atlanta, nuestro bufete
demandó a la famosa prisión de Angola, en Luisiana, por negarse a
modificar una normativa que exigía que los prisioneros en celdas aisladas
pasaran las manos entre los barrotes para que los esposaran antes de que los
guardias entrasen para trasladarlos. Los prisioneros con trastornos de
epilepsia y ataques necesitaban a veces asistencia mientras se
convulsionaban en la celda y, como no podían pasar las manos entre los barrotes, los guardias los gaseaban o usaban extintores para someterlos.
Semejantes intervenciones agravaban los problemas de salud de los
prisioneros y a veces provocaban su muerte.
Las prisiones más saturadas no tienen la capacidad de proporcionar cuidados y tratamiento a los enfermos mentales. La ausencia de tratamiento
se une a las innumerables reglas que hacen imposible la vida en prisión para
muchos discapacitados. Otros prisioneros intentan aprovecharse o
reaccionan con violencia ante los comportamientos sintomáticos de los
enfermos mentales. El frustrado personal de la prisión los somete con
frecuencia a castigos abusivos, confinamiento en solitario o las formas de
reclusión más extremas disponibles. A muchos jueces, fiscales y abogados
defensores no se les da nada bien reconocer las necesidades especiales de
los mentalmente discapacitados, lo que tiene como resultado declaraciones
de culpabilidad incorrectas, sentencias a prisión más largas y una mayor tasa de reincidencia.
En cierta ocasión representé a George Daniel, un hombre con problemas
psiquiátricos que estaba en el corredor de la muerte de Alabama. En
Houston (Texas), George había sufrido daños cerebrales en un accidente de
automóvil que lo dejó inconsciente bien entrada la noche. Cuando despertó
se encontró en un coche volcado a un lado de la carretera. Se marchó a casa
y no fue a que lo viera un médico. Más tarde, su novia le dijo a la familia
que al principio solo parecía un poco descentrado. Después empezó a sufrir
alucinaciones y a mostrar un comportamiento cada vez más extraño y
errático. Dejó de dormir con regularidad, se quejaba de que oía voces y en
dos ocasiones salió corriendo de casa desnudo porque creía que lo atacaban
las avispas. Una semana después del accidente ya no era capaz de
expresarse con coherencia. Justo antes de que llamaran a su madre, que vivía en Montgomery, para que ayudara a convencerlo de que fuera a un hospital, George montó en un autobús Greyhound en mitad de la noche.
Viajó hasta donde le alcanzó el dinero que tenía en el bolsillo.
Desorientado e incapaz de comunicarse, lo echaron del autobús en
Hurtsboro (Alabama) cuando empezó a incomodar a los pasajeros hablando
solo en voz muy alta y haciendo gestos violentos hacia objetos que
imaginaba que volaban a su alrededor. El autobús había pasado por
Montgomery, donde George tenía familia, pero se quedó en él hasta que lo
echaron, sin dinero, vestido con unos vaqueros y una camiseta y descalzo en mitad de enero. Vagabundeó por Hurtsboro y en un momento dado se
detuvo ante una casa. Llamó a la puerta y, cuando el dueño abrió, George
entró sin que lo invitasen y dio vueltas por la casa hasta que llegó a la mesa
de la cocina, donde se sentó. El dueño, asustado, llamó a su hijo, que llegó
y echó a George por las malas. George fue a otra casa, en la que vivía una
anciana, e hizo lo mismo. La mujer llamó a la policía. El agente que acudió
tenía reputación de agresivo y lo sacó a la fuerza. George empezó a
resistirse mientras el agente lo empujaba hacia el coche de policía, y los dos
hombres forcejearon y cayeron al suelo. El agente sacó su arma y los dos
peleaban por hacerse con ella cuando se disparó; la bala acertó en el vientre
del agente, que murió a consecuencia del disparo.
George fue detenido y acusado de asesinato. Mientras estaba en la
cárcel del condado de Russell cayó en una psicosis aguda. Los agentes dijeron en el informe que se negaba a abandonar la celda. En ocasiones se
comía sus propias heces. Su madre lo visitó, pero él no la reconoció. No podía pronunciar frases completas. La principal preocupación de los dos abogados que le asignaron para que lo representaran en el juicio por
asesinato era que solo uno de ellos recibiría los mil dólares con que Alabama dotaba para tareas fuera del tribunal a los abogados de oficio.
Empezaron a discutir5 y uno presentó una demanda civil contra el otro por la cuestión de quién recibiría el dinero. Entretanto, el juez envió a George al
hospital Bryce, en Tuscaloosa, para que evaluaran su competencia. Ed
Seger, el médico que lo examinó, llegó misteriosamente a la conclusión de
que no estaba mentalmente enfermo, que solo estaba escurriendo el bulto y
fingía los síntomas.
Basándose en aquella evaluación, el juez permitió que tuviera lugar el
juicio por asesinato. Los abogados de George siguieron peleándose, no
presentaron defensa alguna y no llamaron a ningún testigo. El estado llamó
al doctor Seger, quien convenció al jurado de que no había nada mal en el
cerebro de George a pesar de que este escupía continuamente en un vaso y
se pasó el juicio cloqueando sonoramente. Sus familiares estaban
angustiados. George había estado trabajando en la tienda de muebles de la
cadena Pier 1, en Houston, antes del accidente de automóvil. Abandonó la
ciudad sin recoger el cheque, que estaba a su disposición desde dos días antes de que se marchara. A su madre, una mujer pobre que conocía el valor
del dinero para alguien como George, aquello le pareció una prueba de trastorno mental más clara que cualquier otra cosa que se le ocurriera, y autorizó a los abogados a recoger el cheque no reclamado con la esperanza
de que pudieran presentarlo en el juicio para confirmar el confuso estado mental de su hijo. Los abogados, que aún seguían discutiendo por el dinero,
cobraron el cheque a modo de honorarios en vez de usarlo como prueba.
George fue declarado culpable y condenado a muerte.6 En la época en que la EJI se hizo cargo del caso llevaba ya varios años en el corredor de la
muerte, acercándose inexorablemente al momento de la ejecución. Cuando
lo conocí, los médicos de la prisión lo estaban medicando con drogas
psicotrópicas en abundancia, que al menos servían para estabilizar su
comportamiento. Estaba tan absolutamente claro que George era un
enfermo mental que no fue una sorpresa descubrir que el hombre que lo había examinado en el hospital Bryce era un impostor sin formación
médica. El «doctor Ed Seger» había falsificado sus credenciales. Nunca se
había licenciado en la universidad, pero engañó a los responsables de la prisión y les hizo creer que era un médico experto especializado en
psiquiatría. Había representado aquel papel en el hospital durante nada menos que ocho años, realizando evaluaciones de competencia a personas
acusadas de delitos, antes de que se descubriese el fraude.
Representé a George en el proceso en el tribunal federal. Allí, el estado
admitió que Seger era un impostor, pero no aceptó que George tenía
derecho a ser juzgado de nuevo. Al cabo del tiempo obtuvimos una
sentencia favorable de un juez federal que revocó el veredicto y la
sentencia. 7 Debido a su enfermedad mental y a su falta de competencia, George no volvió a ser juzgado ni acusado. Desde entonces ha estado en una institución psiquiátrica. Probablemente hay cientos de personas
encarceladas tras una evaluación de «doctor Seger» cuya condena nunca ha
sido revisada.
Muchos de mis clientes en el corredor de la muerte han tenido enfermedades mentales graves, pero no siempre ha estado claro que su
historial psiquiátrico fuera anterior a su estancia en prisión, ya que los síntomas de sus trastornos podían ser episódicos y a menudo inducidos por
el estrés. Pero las cartas de Avery Jenkins, escritas con una letra tan pequeña que necesitaba una lupa para poder leerlas, me convencieron de que estaba enfermo desde hacía mucho tiempo.
Estudié su caso y empecé a juntar las piezas de su historia. Resultó que
había sido declarado culpable del perturbador y brutal asesinato de un anciano. Las múltiples puñaladas que recibió la víctima ya sugerían en gran
medida la existencia de una enfermedad mental, pero en las actas y los archivos del tribunal no aparecía ninguna referencia a que Jenkins sufriera
algún trastorno. Pensé que descubriría más cosas viéndolo en persona.
Cuando llegué al aparcamiento de la prisión, me fijé en una camioneta
que parecía un altar dedicado al Viejo Sur: estaba completamente cubierto
de pegatinas inquietantes, banderas confederadas y otras imágenes que
alarmaban. Por todo el Sur se ven placas de matrícula con la bandera confederada, pero algunas de las pegatinas era la primera vez que me las encontraba. Había muchas sobre armas y la identidad sureña. En una se leía: «Si hubiera sabido que las cosas iban a ser así, habría recogido mi propio algodón». A pesar de haber crecido rodeado de imaginería de la Confederación y haber trabajado en el Sur Profundo durante muchos años,
aquellos símbolos me alteraron bastante.
Siempre me había interesado la época posterior a la Reconstrucción en
la historia de Estados Unidos. Mi abuela era hija de personas que habían sido esclavas. Había nacido en Virginia en la década de 1880, después de
que las tropas confederadas se hubieran retirado y comenzase un reino de
violencia y terror diseñado para negar a los afroamericanos cualquier
derecho político o social. Su padre le contaba historias sobre cómo los negros recién emancipados volvían a ser esencialmente esclavizados por
antiguos oficiales y soldados de la Confederación, que usaban violencia, intimidación, linchamientos y peonajes para mantener subordinados y
marginados a los afroamericanos. Los padres de mi abuela sufrían una
profunda amargura debido a que las promesas de libertad e igualdad que se
hicieron después de la esclavitud llegaron a su fin cuando los sureños blancos del Partido Demócrata reclamaron el poder político usando la
violencia.
Grupos terroristas como el Ku Klux Klan se enmascaraban con
símbolos del Sur Confederado para intimidar y victimizar a miles de
negros. Nada alteraba más los asentamientos negros rurales que los rumores
de actividad del Klan en las cercanías. Durante cien años, cualquier señal de
progreso negro en el Sur podía desencadenar una reacción blanca que
inevitablemente invocaba los símbolos de la Confederación y hablaba de
resistencia. El Confederate Memorial Day (el día en que se conmemoraba la
Confederación) se declaró fiesta estatal en Alabama con el cambio de
siglo, 8 poco después de que los blancos reescribieran la Constitución del estado para garantizar la supremacía blanca. (La fiesta se sigue celebrando
en la actualidad.) Cuando los veteranos negros volvieron al Sur después de
la Segunda Guerra Mundial, los políticos sureños formaron un bloque
«sudócrata» para preservar la segregación racial y la dominación blanca,9
por miedo a que el haber prestado servicio militar animase a los veteranos
negros a poner en tela de juicio la segregación. En las décadas de 1950 y
1960, el activismo por los derechos civiles y las nuevas leyes federales inspiraron la misma resistencia al progreso racial y se produjo de nuevo un
repunte del uso de la imaginería confederada. De hecho, fue en la década de
1950, después de que se declarase anticonstitucional la segregación en las
escuelas públicas en Brown contra la Junta de Educación, cuando muchos
estados del Sur colgaron banderas confederadas en los edificios del
gobierno estatal. 10 Los monumentos a la Confederación, las obras conmemorativas y la imaginería sudista proliferaron por todo el Sur durante
la lucha por los derechos civiles. En esta época se añadió el cumpleaños de
Jefferson Davis, presidente de la Confederación, al calendario de festivos en
Alabama. Incluso hoy, bancos, oficinas del gobierno e instituciones
estatales cierran en su honor.
En cierta ocasión, en la audiencia previa a un juicio, argumenté en
contra de la exclusión de los afroamericanos de la lista de candidatos a jurado. En aquella comunidad rural sureña, la población era negra en un 27
por ciento, pero los afroamericanos solo ocupaban un 10 por ciento de la
lista. Tras presentar los datos y exponer mis argumentos sobre la anticonstitucionalidad de la exclusión de afroamericanos, el juez protestó ruidosamente.
—Voy a aprobar su petición, señor Stevenson, pero le seré sincero:
estoy bastante harto de que la gente esté hablando siempre de los derechos
de las minorías. Afroamericanos, mexicanos americanos, asiáticos
americanos, americanos nativos... ¿Cuándo va a venir alguien a mi tribunal
a proteger los derechos de los americanos confederados?
El juez me pilló con la guardia baja, desde luego. Estuve a punto de preguntarle si haber nacido en el Sur o si vivir en Alabama me convertía en
un americano confederado, pero me lo pensé mejor.
Me detuve en la explanada de la prisión para echar un vistazo a la
camioneta más de cerca. No pude evitar rodearla y leer las pegatinas
provocadoras. Después me encaminé a la entrada delantera de la prisión intentando volver a centrarme, pero no pude permanecer indiferente ante lo
que percibí como símbolos de opresión racial. Había estado a menudo en aquella prisión, lo bastante para reconocer a la mayoría de los guardias, pero cuando entré me recibió uno al que no había visto nunca antes. Era un
blanco de mi estatura, alrededor de un metro ochenta, y musculoso. Parecía
andar por los cuarenta y pocos años y llevaba un corte de pelo militar. Me
miró fríamente con ojos de color gris azulado. Caminé hacia la puerta que
daba al vestíbulo de la sala de visitas, donde esperaba el cacheo rutinario antes de entrar en la zona de visitas propiamente dicha. El guardia se plantó
delante de mí y me impidió seguir.
—¿Qué está haciendo? —masculló.
—Una visita legal —respondí—. Se programó hace pocos días, esta
semana. En la oficina del director tienen la documentación. —Sonreí y
hablé con toda la cortesía que pude para distender la situación.
—Está bien, está bien. Pero primero tenemos que registrarlo.
Era difícil hacer caso omiso de su actitud claramente hostil, pero hice
lo que pude.
—De acuerdo. ¿Quiere que me quite los zapatos? —Los guardias más duros a veces hacían que me descalzase antes de entrar.
—Debe ir a aquel cuarto de aseo y quitarse toda la ropa si quiere entrar
en mi prisión.
Me quedé estupefacto, pero contesté con toda la cortesía de la que fui
capaz:
—Oh, no, señor. Creo que se ha confundido. Soy un abogado. Los
abogados no tienen que ser registrados al desnudo en las visitas legales.
En lugar de tranquilizarse, mis palabras parecieron enfurecerlo más.
—Mire, no sé quién se cree que es, pero no va a entrar en mi prisión
sin cumplir el protocolo de seguridad. Puede entrar en ese cuarto de aseo y
desnudarse, o volver por donde ha venido.
A veces, de tarde en tarde, había tenido algún problema con los
guardias para entrar en una prisión, principalmente en pequeñas cárceles de
condado o en lugares donde nunca había estado, pero esto era
extremadamente poco común.
—He estado muchas veces en esta prisión y nunca me han pedido que
me someta a un registro al desnudo. No creo que sea el protocolo —dije con
más firmeza.
—Bueno, no sé ni me importa lo que hacen otros, pero este es el
protocolo que aplico yo.
Pensé en buscar a algún responsable de la prisión pero me di cuenta de
que podría ser difícil encontrar uno, y en cualquier caso era muy
improbable que un director le dijera a un guardia que estaba equivocado delante de mí. Había conducido durante dos horas para realizar aquella visita, y las siguientes tres semanas tenía la agenda muy apretada; no podría
volver pronto a aquella prisión si no entraba ya. Fui al cuarto de aseo y me
quité la ropa. El guardia entró y realizó un registro innecesariamente agresivo antes de mascullar que todo estaba en orden. Me puse el traje y salí.
—Ahora me gustaría entrar en la zona de visitas. —Intenté recuperar
algo de mi dignidad hablando de manera más enérgica.
—Bueno, tiene que ir atrás y firmar en el libro.
Lo dijo con tono tranquilo, pero estaba claro que intentaba provocarme. Había un registro que la prisión empleaba para las visitas familiares, pero no se utilizaba en las legales. Yo ya había firmado en el registro de abogados; no tenía sentido que pusiera mi nombre en otro libro.
—Los abogados no tienen que firmar en...
—Si quiere entrar en mi prisión, debe firmar en el libro. —Ahora
parecía sonreír burlonamente. Me esforcé en mantener la compostura.
Me di la vuelta, fui hasta el libro y escribí mi nombre. Regresé a la zona de visitas y esperé. La puerta de cristal estaba cerrada con un candado
que había que abrir antes de que pudiera entrar en la zona donde me reuniría con mi cliente. El guardia sacó por fin las llaves para abrir la puerta. Yo permanecí quieto y en silencio con la esperanza de entrar sin más
historias. Cuando abrió la puerta di un paso, pero me cogió por un brazo para detenerme. Me habló bajando la voz.
—Oye, tío, ¿has visto una camioneta en el aparcamiento de visitas con
un montón de pegatinas, banderas y un soporte para armas?
—Sí, he visto la camioneta —respondí con cautela.
Endureció su expresión antes de hablar.
—Quiero que sepas que es mía.
Me soltó el brazo y me dejó pasar. Me sentía furioso contra el guardia,
pero aún me irritaba más mi propia impotencia. La puerta posterior de la sala de visita se abrió, distrayéndome de mis pensamientos, y entró el señor
Jenkins acompañado por otro guardia.
Jenkins era un afroamericano bajito con el pelo cortado casi al rape.
Me estrechó la mano con las dos suyas y sonrió ampliamente mientras se
sentaba. Parecía inusualmente contento de verme.
—Señor Jenkins, me llamo Bryan Stevenson. Soy el abogado con el
que habló...
—¿Me ha traído un batido de chocolate? —dijo con rapidez.
—Disculpe, ¿cómo ha dicho?
Siguió sonriendo.
—¿Me ha traído un batido de chocolate? Quiero un batido de
chocolate.
El viaje, la camioneta confederada, el acoso del guardia, y ahora me pedían un batido. Aquel día se estaba volviendo muy raro. No oculté mi impaciencia.
—No, señor Jenkins, no le he traído un batido de chocolate. Soy
abogado. Estoy aquí para ayudarlo con su caso e intentar que consiga un nuevo juicio. ¿De acuerdo? Para eso estoy aquí. Ahora tengo que hacerle unas preguntas e intentar entender qué es lo que ocurre.
Vi que la sonrisa se desvanecía de su rostro con rapidez. Empecé a
hacerle preguntas y él me respondió en cada ocasión con una sola palabra, a
veces limitándose a gruñir un sí o un no. Me di cuenta de que aún estaba
pensando en el batido. El rato que pasé con el guardia me había hecho olvidar lo desquiciado que podía estar este hombre. Interrumpí el
interrogatorio y me incliné hacia delante.
—Señor Jenkins, lo siento de verdad. No me di cuenta de que usted
quería que le trajera un batido de chocolate. Si lo hubiera sabido, puede estar seguro de que lo habría intentado. Le prometo que la próxima vez que
venga, si me dejan que le traiga un batido de chocolate, se lo traeré. ¿De acuerdo?
Al decirle aquello recuperó la sonrisa y su humor mejoró muchísimo.
Los registros de la prisión indicaban que a menudo sufría episodios
psicóticos en los que gritaba durante horas. Durante nuestra reunión se mostró amable y tranquilo casi todo el tiempo, pero estaba claramente
enfermo. No podía entender por qué las actas del juicio no hacían ninguna
referencia a trastornos psiquiátricos, pero tras el caso de George Daniel estaba curado de espanto. Cuando regresé al bufete empezamos a investigar
en profundidad los antecedentes del señor Jenkins. Lo que encontramos fue
descorazonador. Su padre había sido asesinado antes de que naciera, y su madre había muerto de sobredosis cuando él tenía un año. Desde que
cumplió los dos había estado en acogida. El tiempo que pasó en ella fue horrible; antes de cumplir los ocho años había estado en diecinueve hogares
de acogida diferentes. Empezó a mostrar señales de discapacidad intelectual
a edad temprana. Tenía deficiencias cognitivas que insinuaban la existencia
de algún daño cerebral, y problemas de comportamiento que sugerían
esquizofrenia y otras enfermedades mentales graves.
Cuando tenía diez años, Avery vivía con unos padres de acogida abusivos cuyas estrictas normas lo mantenían en una agitación constante.
No era capaz de cumplir todas las exigencias que le habían impuesto, por lo
que a menudo lo encerraban en un armario, no le daban de comer y recibía
palizas y otros castigos físicos. Como su comportamiento no mejoraba, su
madre de acogida decidió librarse de él. Lo llevó al bosque, lo ató a un árbol y lo abandonó allí. Unos cazadores lo encontraron tres días más tarde,
físicamente muy deteriorado. Cuando se recuperó de los graves problemas
médicos que le había causado el abandono, se lo enviaron de vuelta a las autoridades, que volvieron a meterlo en un hogar de acogida. A los trece años había empezado a abusar de las drogas y el alcohol. A los quince, sufría ataques y episodios psicóticos. A los diecisiete declararon que era imposible atenderlo y se convirtió en un sin techo. Estuvo entrando y saliendo de la cárcel hasta que cumplió los veinte años, cuando en medio de
un episodio psicótico se metió en la casa de unos desconocidos pensando que lo atacaban unos demonios. En la casa apuñaló brutalmente a un
hombre hasta matarlo, pensando que era un demonio. Sus abogados no
realizaron ninguna investigación sobre la historia del señor Jenkins antes del juicio, y fue rápidamente declarado culpable de asesinato y condenado a
muerte.
La prisión no me permitió que le llevara un batido al señor Jenkins.
Intenté explicárselo, pero al principio de cada visita me volvía a preguntar
si le había llevado uno. Le contestaba que seguiría intentándolo; tenía que
hacerlo solo para conseguir que se concentrase en cualquier otra cosa. Al cabo de unos meses nos programaron por fin una visita al tribunal para presentar las pruebas que demostraban sus graves problemas psiquiátricos,
pruebas que deberían haber sido presentadas durante el juicio. Alegábamos
que sus abogados no habían proporcionado una asistencia eficaz al no sacar
a la luz el historial de Avery ni presentar su discapacidad como un detalle
relevante a la hora de declarar su culpabilidad y dictar sentencia.
Cuando acudí al tribunal donde tendría lugar la audiencia, a unas tres
horas por carretera de la prisión, fui a ver a Avery a su celda en el sótano
del juzgado. Después de llevar a cabo el protocolo habitual sobre el batido,
intenté que comprendiese lo que iba a pasar en el tribunal. Me preocupaba
que se alterase cuando viera a algunos de los testigos, gente con la que había tratado cuando estaba en hogares de acogida. Las declaraciones de los
expertos también serían muy directas a la hora de describir sus
discapacidades y su enfermedad. Quería que comprendiese por qué
hacíamos aquello. Él se mostró tranquilo y agradable, como siempre.
Cuando fui a la planta superior para dirigirme a la sala del tribunal vi
al guardia que me lo había hecho pasar tan mal la primera vez que visité a
Avery. No había vuelto a verlo desde aquel desagradable encuentro. Había
preguntado por él a otro de mis clientes, y me contó que tenía mala reputación y que normalmente hacía el turno de noche. Casi todo el mundo
intentaba apartarse de su camino. Debía de ser el guardia asignado a la tarea
de llevar a Avery a la audiencia, lo que hizo que me preocupara por el trato
que habría recibido durante el viaje; pero él parecía estar igual que siempre.
En los tres días siguientes presentamos las pruebas relacionadas con
los antecedentes de Avery. Los expertos que describieron sus
discapacidades hicieron un gran trabajo. No mostraron parcialidad ni
prejuicios; simplemente se mostraron convincentes a la hora de detallar cómo el daño cerebral, la esquizofrenia y el trastorno bipolar podían
contribuir para crear una discapacidad mental grave. Explicaron que la
psicosis y otros problemas psiquiátricos graves que asolaban al señor
Jenkins podían dar como resultado un comportamiento peligroso, pero tal comportamiento era la manifestación de una grave enfermedad, no un
reflejo de su carácter. También expusimos la manera en que el sistema de
acogida había fracasado en el caso de Avery. Varios de los padres de acogida con los que le habían colocado fueron posteriormente declarados culpables de abusos sexuales y mala gestión criminal de los niños en
acogida. Explicamos que Avery había pasado de una situación infeliz a otra,
hasta que se convirtió en un sin techo adicto a las drogas.
Algunos de sus padres de acogida admitieron haberse sentido
frustrados con él porque no estaban preparados para tratar con sus graves problemas psiquiátricos. Argumenté ante el juez que no haber tenido en cuenta los problemas mentales de Avery en el juicio había sido tan cruel como decirle a alguien que hubiera perdido las piernas: «Debes subir esas
escaleras sin ayuda y, si no lo haces, es que simplemente eres un vago», o decirle a un ciego: «Debes cruzar esta autopista llena de tráfico sin ayuda,
de lo contrario eres un cobarde».
Nos adaptamos a las discapacidades físicas de cientos de maneras, o al
menos las comprendemos. Nos enfadamos cuando la gente no se da cuenta
de la necesidad de una asistencia considerada y compasiva cuando se trata
de discapacitados físicos, pero como las enfermedades mentales no son
visibles de la misma forma, tendemos a desestimar las necesidades de
quienes las padecen y nos apresuramos a calificar sus defectos como
fracasos. Por supuesto, el asesinato brutal de alguien exige que el estado detenga al responsable y proteja a la sociedad. Pero descartar
completamente la discapacidad de alguien resultaría en una evaluación
injusta de su grado de culpabilidad y de la sentencia que se debe imponer.
Volví a casa con muy buenas sensaciones sobre la audiencia, pero lo
cierto era que una audiencia tras la condena ante el estado obtiene muy raras veces un veredicto favorable como resultado. Si se conseguía una rebaja de la sentencia, lo más probable es que ocurriera en la fase de apelaciones. No esperaba ningún veredicto milagroso. Un mes después de
la audiencia, antes de que nos comunicaran el veredicto, decidí ir a la prisión a ver a Avery. No habíamos tenido mucho tiempo para hablar
después de la audiencia y quería asegurarme de que estaba bien. Aunque se
había pasado el tiempo sentado plácidamente durante la mayor parte de la
audiencia, algunos de sus antiguos padres de acogida habían acudido ante el
tribunal y me di cuenta de que eso le ponía nervioso. Imaginé que una visita
le sería de ayuda.
Cuando me detuve en el aparcamiento, volví a ver la camioneta
repugnante, con sus banderas, sus pegatinas y su amenazador soporte para
armas. Temí volver a encontrarme con aquel guardia. Y, cómo no, después
de presentarme en la secretaría, al dirigirme hacia la sala de visitas vi que se me acercaba. Me preparé para el encuentro. Y entonces ocurrió algo
sorprendente.
—Hola, señor Stevenson. ¿Cómo está? —preguntó el guardia. Sonaba
entusiasta y sincero. Yo no me fiaba.
—Bien, estoy bien. ¿Y usted? —Me miraba de una forma diferente a la vez anterior; no era agresiva, y parecía que estaba sinceramente
interesado en relacionarse. Decidí seguirle la corriente—. Mire, iré al cuarto
de aseo para prepararme para el registro.
—Oh, no se preocupe por eso, señor Stevenson —se apresuró a
responder—. Sé que no hay problema con usted.
Todo en su tono y en su comportamiento era diferente.
—Oh, bien. Se lo agradezco. Iré a firmar el libro, entonces.
—Señor Stevenson, no es necesario. Vi que venía y firmé en el libro
por usted. Ya me he encargado de todo.
Me di cuenta de que parecía realmente nervioso. El cambio en su
actitud me desconcertaba. Le di las gracias y fui hasta la entrada de la sala
de visitas; el guardia me siguió. Desenganchó el candado para que pudiera
pasar. Cuando pasé a su lado para cruzar la puerta, me puso una mano en el
hombro.
—Eh, hum, querría decirle algo.
Yo no estaba seguro de adónde pretendía llegar.
—Ya sabe que llevé al viejo Avery a la audiencia del tribunal y estuve
allí con ustedes los tres días. Y yo, eh, bueno, quería que supiera que estuve
escuchando. —Me quitó la mano del hombro y miró más allá de donde yo
estaba, como observando algo que tuviera detrás—. Yo... eh, bueno, aprecio
lo que está haciendo, ¿sabe? De verdad. Me resultó un poco difícil
permanecer en esa sala y escuchar todo lo que estaban diciendo. Me crié en
el sistema de acogida, ¿sabe? Yo también me crié en el sistema de acogida.
—Su expresión se suavizó—. Nunca pensé que nadie lo hubiera pasado tan
mal como yo. Me llevaban de un lado a otro como si no me quisieran en
ninguna parte. Me trataron bastante mal. Pero al escuchar lo que usted estaba contando sobre Avery me di cuenta de que otros lo habían pasado igual de mal. Creo que incluso peor. Quiero decir, estar en aquella sala me
trajo un montón de recuerdos.
Se metió la mano en el bolsillo, sacó un pañuelo y se secó con él el sudor que le humedecía la frente. Me fijé por primera vez en que tenía una
bandera confederada tatuada en el brazo.
—Verá, creo que lo que quiero decir es que pienso que está haciendo algo bueno. Mientras crecía estaba tan enfadado que en muchas ocasiones
quise hacerle daño a alguien, solo de lo enfadado que estaba. Luego cumplí
los dieciocho, me alisté en el ejército y desde entonces todo ha ido bien.
Pero estar en aquella sala me trajo recuerdos, y creo que me he dado cuenta
de que aún estoy un poco enfadado. —Sonreí. Él continuó—: Ese doctor
que llevó dijo que parte del daño que les hacen a los críos en los hogares de
acogida es permanente; eso me preocupó. ¿Cree que es cierto?
—Oh, yo creo que siempre podemos mejorar —respondí—. Las cosas
malas que nos suceden no nos definen. Es solo que es importante a veces
que la gente comprenda de dónde venimos.
Los dos estábamos hablando en voz baja. Otro guardia pasó cerca y
nos miró. Yo seguí:
—De verdad le agradezco que me haya dicho lo que acaba de decir.
Significa mucho para mí, en serio. A veces olvido que todos necesitamos en
algún momento que se tengan en cuenta nuestras circunstancias atenuantes.
Me miró y sonrió.
—Usted no dejaba de hablar de circunstancias atenuantes en aquel
tribunal. Me dije: «¿Qué diablos le pasa? ¿Por qué sigue diciendo
“circunstancias atenuantes” de esa forma?». Cuando llegué a casa, lo
busqué. Al principio no estaba seguro de qué quería decir, pero ahora sí.
Me eché a reír.
—A veces me dejo llevar en el tribunal, y tampoco yo estoy muy
seguro de saber qué estoy diciendo.
—Bueno, creo que lo ha hecho bien, muy bien.
Me miró a los ojos y me tendió la mano. Nos las estrechamos y volví a
dirigirme hacia la puerta. Estaba a punto de cruzarla cuando volvió a sujetarme por el brazo.
—Oh, espere, tengo que decirle otra cosa. Escuche: he hecho algo que
probablemente no debería haber hecho, pero quiero que lo sepa. En el viaje
de vuelta, después del último día de la audiencia... Bueno, ya sabe cómo es
Avery. El caso es que quiero que sepa que en el camino de vuelta salí un
momento de la autopista. Y, bueno, lo llevé a un Wendy y le compré un batido de chocolate.
Lo miré con incredulidad, y él soltó una risilla. Entonces me dejó entrar en la sala y cerró la puerta. Yo me había quedado tan estupefacto por
lo que me acababa de decir que no oí al otro guardia cuando entró con Avery. Cuando me di cuenta de que ya estaba allí, me volví y lo saludé. Él
no dijo nada, y me preocupé un poco.
—¿Está bien?
—Sí, señor, estoy bien. ¿Está usted bien? —preguntó.
—Sí, Avery, estoy realmente bien. —Esperé a que diera comienzo a
nuestro ritual. Como no decía nada, decidí representar mi parte—. Mire, he
intentado traerle un batido de chocolate, pero...
Avery me interrumpió.
—Oh, ya me tomé el batido. Ya estoy bien.
Cuando empecé a comentar la audiencia, sonrió. Hablamos durante
una hora antes de que tuviera que marcharme a ver a otro cliente. Avery nunca volvió a pedirme un batido de chocolate. Tuvo lugar un nuevo juicio,
que ganamos, y finalmente lo sacaron del corredor de la muerte y lo
trasladaron a unas instalaciones donde pudo recibir tratamiento psiquiátrico.
Nunca volví a encontrarme al guardia; alguien me dijo que dejó el trabajo
no mucho después de que lo viese por última vez.
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