Cuestión de justicia

Bryan Stevenson · Capítulo 3 de 22

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Cuestión de justicia

1. Ruiseñores

1

RUISEÑORES

La recepcionista provisional era una elegante mujer afroamericana con un

caro traje oscuro, una excepción bien vestida respecto al personal habitual

del Comité de Defensa de Prisioneros Sureños (SPDC) de Atlanta, adonde

volví después de graduarme para trabajar a tiempo completo. En su primer

día, me presenté ante ella con mi uniforme habitual —vaqueros y calzado

deportivo— y me ofrecí a responder cualquier pregunta que tuviera para ayudarla a aclimatarse. Me miró con frialdad y se me quitó de encima tras

recordarme que ella era, de hecho, una secretaria legal con experiencia. A la

mañana siguiente, cuando llegué al trabajo con otro conjunto de vaqueros y

deportivas, pareció sobresaltada, como si algún extraño vagabundo se

hubiera metido por error en la oficina. Tardó solo un instante en recobrar la

compostura, y a continuación me llamó y me confesó que en una semana se

marcharía para trabajar «en un bufete de verdad». Le deseé suerte. Una hora

más tarde llamó a mi despacho y me dijo que «Robert E. Lee»* estaba al teléfono. Sonreí, complacido por haberla juzgado mal; estaba claro que sí tenía sentido del humor.

—Eso ha tenido gracia.

—No bromeo, eso es lo que me ha dicho —replicó; parecía aburrida,

no alegre—. Línea dos.

Descolgué el teléfono.

—Hola, soy Bryan Stevenson. ¿En qué puedo ayudarlo?

—Bryan, soy Robert E. Lee Key. ¿Por qué diablos quiere representar a

alguien como Walter McMillian? ¿Es que no sabe que se lo considera uno

de los principales traficantes de drogas de todo el sur de Alabama? He recibido su solicitud de audiencia, pero le aseguro que no quiere tener nada

que ver con este caso.

—¿Señor?

—Soy el juez Key, y usted no quiere tener nada que ver con el caso

McMillian. Nadie entiende realmente hasta qué punto es realmente

depravada esta situación, ni siquiera yo, pero sé que es un asunto feo. Esos

tipos podrían ser incluso de la mafia sureña.

El tono de sermón y las asombrosas frases procedentes de un juez al

que nunca había visto me dejaron totalmente confuso. ¿«Mafia sureña»? Me

había reunido con Walter McMillian dos semanas antes, después de pasar un día en el corredor de la muerte para empezar a trabajar en cinco casos de

pena capital. Aún no había revisado las transcripciones del juicio, pero recordaba que el apellido del juez era Key. Nadie me había mencionado la

parte «Robert E. Lee». Me esforcé por imaginarme algo llamado «mafia

sureña» que pudiera encajar con Walter McMillian.

—¿«Mafia sureña»?

—Sí, y a saber qué más. Mire, hijo, sencillamente no voy a asignar a

un abogado de fuera del estado que no es miembro del Colegio de Alabama

a un caso de pena capital, así que puede ahorrar tiempo y retirarse.

—Soy miembro del Colegio de Alabama.

Yo vivía en Atlanta, Georgia, pero un año antes me habían admitido en

el Colegio de Alabama después de trabajar en varios casos en el estado relacionados con las condiciones penitenciarias.

—Bueno, ahora estoy en Mobile y no en Monroeville. Si tiene lugar

una audiencia sobre su petición, tendrá que venir de Atlanta a Mobile. No

voy a darle facilidades.

—Lo entiendo, señor. Puedo ir a Mobile si hace falta.

—Bueno, tampoco voy a asignarlo porque no creo que McMillian sea

un indigente. Se cree que tiene dinero escondido por todas partes en el condado de Monroe.

—Juez, no estoy buscando una asignación. Le he dicho al señor

McMillian que...

El tono de marcado interrumpió mi primera frase asertiva en toda la

conversación. Pasé varios minutos creyendo que la línea se había cortado por accidente antes de darme cuenta de que el juez simplemente me había

colgado.

Ya estaba cerca de los treinta años y a punto de empezar mi cuarto año en el SPDC cuando me reuní con Walter McMillian. Su caso era uno de los

muchos en los que me encontraba trabajando frenéticamente tras tener

noticias de la crisis creciente en Alabama. El estado tenía casi un centenar

de personas en el corredor de la muerte y la población de reclusos que crecía a mayor velocidad en todo el país, pero, a la vez, carecía de un sistema público de abogados defensores, lo que significaba que una gran cantidad de reclusos en el corredor de la muerte no tenían ninguna clase de

representación legal. Mi amiga Eva Ansley estaba a cargo de un proyecto

carcelario en Alabama que seguía la pista a los casos y reunía a abogados

con los condenados. En 1988 descubrimos una oportunidad de conseguir

financiación federal para crear un centro legal que pudiera representar a personas que estuvieran en el corredor de la muerte. El plan era emplear esa

financiación para poner en marcha una organización sin ánimo de lucro.

Esperábamos abrir en Tuscaloosa y empezar a trabajar al año siguiente. Yo

ya había trabajado en muchos casos de pena capital en varios estados del Sur, consiguiendo a veces una suspensión de la ejecución apenas minutos antes de que se designara una fecha para la silla eléctrica. Pero no creía estar listo para hacerme cargo de las responsabilidades que conllevaba

dirigir un bufete sin ánimo de lucro. Planeaba ayudar a poner en marcha la

organización, encontrar a un director y después regresar a Atlanta.

Cuando visité el corredor de la muerte pocas semanas antes de la

llamada de Robert E. Lee Key, me había reunido con cinco condenados

desesperados: Willie Tabb, Vernon Madison, Jesse Morrison, Harry Nicks y

Walter McMillian. Fue un día duro y emocionalmente agotador, y los casos

y los clientes se habían mezclado en mi cabeza en el largo viaje de vuelta a

Atlanta. Pero recordaba a Walter. Era al menos quince años mayor que yo,

no especialmente instruido, y provenía de una pequeña comunidad rural. Lo

más memorable de él era su insistencia en que lo habían condenado

injustamente.

—Señor Bryan, sé que puede que le dé igual, pero para mí es

importante que sepa que soy inocente y no hice lo que dicen que hice, de

ninguna manera —me dijo en la sala de reunión. Hablaba controladamente,

pero su voz estaba teñida de emoción. Asentí. Había aprendido a aceptar lo que los clientes me dijeran hasta que los hechos indicasen otra cosa.

—Claro, lo entiendo. Cuando revise el acta, me haré una idea más

clara de las pruebas que tienen y podremos hablar de ello.

—Pero... Mire, estoy seguro de que no soy el primer ocupante del

corredor de la muerte que le dice que es inocente, pero de verdad necesito

que me crea. ¡Me han arruinado la vida! Esta mentira que me echan encima

es más de lo que puedo soportar, y si no consigo ayuda de alguien que me

crea...

Empezó a temblarle el labio y apretó los puños para contener el llanto.

Permanecí sentado en silencio mientras él recobraba la compostura.

—Lo siento, sé que hará todo lo que pueda para ayudarme —dijo con

voz más tranquila. Sentí el impulso de consolarlo; su dolor parecía sincero.

Pero no podía hacer gran cosa, y después de varias horas seguidas hablando

con tanta gente apenas podía reunir energía suficiente para asegurarle que lo

estudiaría todo cuidadosamente.

Tenía varias transcripciones amontonadas en mi pequeño despacho de

Atlanta, listas para llevarlas a Tuscaloosa cuando abriéramos el bufete. Con

los curiosos comentarios del juez Robert E. Lee Key dándome vueltas en la

cabeza, rebusqué en el montón de actas hasta que encontré las

transcripciones del juicio de Walter McMillian. Solo había cuatro tomos, lo

que significaba que el proceso había sido breve. Las dramáticas

advertencias del juez hacían que la emotiva reivindicación de inocencia de

McMillian fuese demasiado intrigante para dejarlo para más tarde. Empecé

a leer.

A pesar de haber vivido siempre en el condado de Monroe, Walter

McMillian nunca había oído hablar de la escritora Harper Lee ni de Matar a

un ruiseñor. Monroeville (Alabama) se enorgullecía sin complejos de su hija natal desde que su premiado libro se había convertido en un

superventas en la década de 1960. Lee regresó al condado de Monroe pero

se aisló y era raro verla en público. Su aislamiento no fue un inconveniente

para que el condado se esforzase sin cesar en comercializar su clásico literario y en promocionarse utilizando la fama de la novela. La realización

de la adaptación al cine llevó a Gregory Peck a la ciudad para filmar las famosas escenas del juicio; su interpretación le granjeó un Óscar. Más tarde,

los políticos locales convirtieron el viejo juzgado en un «Museo del

Ruiseñor». Un grupo de parroquianos formaron el grupo «Los ruiseñores de

Monroeville» para representar una versión teatral de la historia. La

producción fue tan popular que se organizaron giras nacionales e

internacionales para ofrecer una presentación auténtica de la historia ficticia

a públicos de todas partes.

La historia de Lee fue ganando apreciación sentimental, pero las duras

situaciones planteadas por el libro no hicieron mella. La historia de un negro inocente valerosamente defendido por un abogado blanco en la

década de 1930 fascinó a millones de lectores, a pesar de la exploración incómoda de las falsas acusaciones de violación a una mujer blanca. Atticus

Finch y su hermosa hija Scout, los atractivos personajes de Lee, cautivaron

a los lectores a la vez que los hacían afrontar algunas de las realidades relativas al racismo y la justicia en el Sur. Una generación de futuros abogados creció con la esperanza de convertirse en el valiente Atticus, quien en un momento dado se pone en peligro para proteger al indefenso sospechoso negro de una horda furiosa de blancos que intentan lincharlo.

En la actualidad, docenas de organizaciones legales entregan premios

con el nombre del abogado ficticio para celebrar el modelo de abogacía descrito en la novela de Lee. Sin embargo, a menudo se pasa por alto que

Atticus no tiene éxito en la defensa del negro acusado falsamente. Tom Robinson, el reo, es declarado culpable. Más tarde muere cuando, presa de

la desesperación, intenta escapar de la cárcel. Sus perseguidores le disparan

y recibe diecisiete tiros en la espalda, una muerte ignominiosa pero no ilícita.

Walter McMillian, al igual que Tom Robinson, creció en uno de los

barrios negros pobres de las afueras de Monroeville, donde trabajó en el campo con su familia antes de ser lo bastante mayor para ir a la escuela.

Los hijos de los aparceros del sur de Alabama se encuentran con el arado, la

siembra y la recolección en cuanto tienen edad para ser útiles en el campo.

En la década de 1950, las oportunidades educativas para los niños negros eran limitadas, pero la madre de Walter hizo que fuera a la destartalada

«escuela para negros» durante un par de años. Cuando Walter cumplió los

ocho o nueve años, empezó a resultar demasiado útil para recoger algodón y

las improbables ventajas de ir a la escuela dejaron de importar. A los once

años, Walter se daba tanta maña con el arado como cualquiera de sus

hermanos mayores.

Pero los tiempos estaban cambiando, para bien o para mal. El condado

de Monroe había sido constituido por dueños de plantaciones en el siglo XIX, quienes lo habían dedicado a cultivar algodón. Está situado en la llanura costera del sureste de Alabama, y la tierra rica y fértil de la zona atrajo a colonos blancos de las Carolinas, que acumularon plantaciones muy

productivas y una gran población de esclavos. Tras la guerra de Secesión,

durante décadas, la enorme población afroamericana trabajaba en los

campos del «Cinturón Negro» como aparceros y arrendatarios de granjas,

dependiendo de los propietarios blancos para sobrevivir. En la década de 1940, miles de afroamericanos abandonaron la zona formando parte de la Gran Emigración y se dirigieron principalmente al Medio Oeste y a la Costa

Oeste en busca de trabajo. Los que se quedaron siguieron trabajando en el

campo, pero el éxodo de afroamericanos combinado con otros factores hizo

que la agricultura tradicional perdiera importancia como base económica de

la región.

En la década de 1950, las pequeñas plantaciones de algodón eran cada

vez menos lucrativas, pese al bajo coste de la mano de obra que

proporcionaban aparceros y arrendatarios. El estado de Alabama acordó

ayudar a los propietarios de tierras blancos a realizar la transición a la plantación de madera y productos del bosque ofreciendo incentivos fiscales

extraordinarios a las fábricas de papel y pulpa. El estado tiene dieciséis fábricas de papel, y trece de ellas se pusieron en funcionamiento en aquel

periodo. 1 Por todo el Cinturón Negro se fueron dedicando más y más hectáreas a la plantación de pinos para alimentar a las papeleras y para otros

usos industriales. Los afroamericanos quedaron excluidos en gran medida

de esta industria, y se encontraron ante nuevos desafíos económicos casi al

mismo tiempo que empezaban a conseguir derechos civiles básicos. La

brutal época de los aparceros y las leyes de Jim Crow estaba llegando a su fin, pero lo que la siguió fue un desempleo pertinaz y un aumento de la pobreza. Los condados de aquella región siguieron estando entre los más pobres de Estados Unidos.

Walter era lo bastante inteligente para advertir por dónde iban las

cosas. Puso en marcha su propio negocio de pulpa de madera, que

evolucionó con la industria maderera en la década de 1970. Con astucia —y

audacia— pidió dinero prestado para comprar su propia sierra mecánica, un

tractor y un camión de transporte. En los ochenta había levantado un

negocio sólido que no daba demasiado dinero pero le permitía un grado de

independencia satisfactorio. Si hubiera trabajado en la serrería o en la fábrica o hubiese tenido cualquier otro trabajo no especializado —como los

de la mayoría de los negros pobres en el sur de Alabama—, habría tenido

que trabajar para empresarios blancos y soportar toda la tensión racial que

ello conllevaba en la Alabama de los setenta y los ochenta. Walter no podía

escapar de la realidad del racismo, pero tener negocio propio en un sector

de la economía en crecimiento le proporcionaba una libertad de la que carecían muchos afroamericanos.

Esa independencia le granjeó a Walter cierto respeto y admiración,

pero también atrajo desconfianza y desprecio, especialmente fuera de la comunidad negra de Monroeville. Para algunos de los blancos de la ciudad,

la libertad de Walter sobrepasaba bastante la que los afroamericanos poco

instruidos podían conseguir por medios legítimos. Aun así, Walter era

amable, respetuoso, generoso y complaciente, lo que hacía que lo

apreciaran aquellos que tenían negocios con él, fueran blancos o negros.

Walter no carecía de defectos. Tenía bastante fama de mujeriego.

Aunque se había casado joven y tenía tres hijos con su esposa Minnie, se

sabía que mantenía relaciones con otras mujeres. El trabajo de leñador es agotador y peligroso. Al tener pocas comodidades en su vida, el afecto de

las mujeres era algo a lo que Walter no podía resistirse con facilidad. Había

algo en su ruda apariencia —pelo largo y espeso, barba descuidada—

combinado con su naturaleza generosa y amable que atraía a algunas

mujeres.

Walter se crió sabiendo hasta qué extremo estaba prohibido que un negro tuviera relaciones íntimas con una blanca, pero en la década de 1980

ya se permitía imaginar que esas cosas podrían estar cambiando. Quizá si

no hubiera tenido el éxito suficiente para vivir de su propio negocio habría

recordado qué líneas raciales no se debían cruzar nunca. Tal como estaban

las cosas, Walter no dio importancia al principio a los flirteos de Karen Kelly, una joven blanca que había conocido en la Casa de los Gofres, donde

solía desayunar. Era atractiva, pero él no la tomó demasiado en serio.

Cuando las insinuaciones se volvieron más explícitas, Walter vaciló, y

después se convenció a sí mismo de que nadie se enteraría.

A las pocas semanas quedó claro que su relación con Karen traería

problemas. La joven tenía veinticinco años, dieciocho menos que Walter, y

estaba casada. En cuanto corrió la voz de que eran «amigos», pareció que a

Karen le enorgullecía y excitaba su intimidad con Walter. Cuando su marido

lo descubrió, las cosas se pusieron feas enseguida. Hacía bastante tiempo que Karen y su marido, Joe, no eran felices y planeaban divorciarse, pero su

escandalosa relación con un negro ofendió a su esposo y a toda la familia de

este. Joe inició los trámites legales para quedarse con la custodia de sus hijos y se dedicó a desacreditar públicamente a su esposa sacando a la luz

su infidelidad y su relación con un negro.

Por su parte, Walter siempre se había mantenido lejos de los juzgados

y no había tenido problemas con la ley. Unos años antes se había visto envuelto en una pelea de bar, y como resultado había sido declarado

culpable de una falta y había pasado una noche en la cárcel. Fue la primera

y única vez que había tenido problemas. Desde entonces no había vuelto a

tener contacto con el sistema de justicia penal.

Cuando Walter recibió una citación del esposo de Karen Kelly para

declarar en una audiencia en la que los Kelly lucharían por la custodia de

sus hijos, supo que aquello le iba a causar problemas graves. Incapaz de consultar con su esposa Minnie, que siempre había tenido mejor cabeza

para ese tipo de cosas, fue al juzgado hecho un manojo de nervios. El abogado del marido de Kelly llamó a Walter al estrado. Walter había

decidido admitir que era un «amigo» de Karen. El abogado de esta objetó a

las preguntas directas que el abogado de Joe le hizo a Walter sobre la

naturaleza de su amistad, evitándole tener que dar detalles, pero cuando abandonó la sala sintió que era objeto de una ira y una animosidad

palpables. Walter solo quería olvidarse de todo el asunto, pero corrió la voz

rápidamente y su reputación se resintió. Ya no era el leñador que trabajaba

sin descanso, al que los blancos conocían casi exclusivamente por lo que podía hacer con una sierra en un pinar; ahora representaba algo mucho más

preocupante.

El miedo al sexo y al matrimonio interracial tiene raíces profundas en Estados Unidos. La confluencia de la raza y el sexo fue una fuerza poderosa

para desmantelar la Reconstrucción después de la guerra de Secesión,

sostuvo a las leyes de Jim Crow durante un siglo y alimentó las políticas de

segregación racial en el siglo XX. Tras la época de la esclavitud, la creación

de un sistema de jerarquía y segregación racial se diseñó principalmente para prevenir relaciones íntimas como las de Walter y Karen; relaciones que, de hecho, estaban legalmente prohibidas por «leyes antimestizaje [ anti-miscegenation]» (la palabra miscegenation [traducida generalmente como mestizaje] empezó a usarse en la década de 1860, cuando los defensores de la esclavitud acuñaron el término para fomentar el miedo al sexo y al matrimonio interracial, y a la mezcla de razas que podría producirse si se abolía la esclavitud). Durante más de un siglo, los agentes de la ley en muchas comunidades sureñas consideraban que era absolutamente parte de

su deber investigar y castigar a los negros que tuvieran relaciones íntimas

con mujeres blancas.

Aunque el gobierno federal había prometido igualdad racial para los

esclavos liberados durante el breve periodo conocido como Reconstrucción,

los supremacistas blancos y la subordinación racial regresaron con rapidez

en cuanto las tropas federales abandonaron Alabama en la década de 1870.

A los afroamericanos se les retiró el derecho a voto, y se promulgó una serie de leyes racialmente restrictivas para imponer la jerarquía racial. Las

leyes de «integridad racial» fueron parte de un plan para reproducir la jerarquía racial de la esclavitud y restablecer la subordinación de los afroamericanos. Tras criminalizar el sexo y el matrimonio interracial, los

estados del Sur usarían las leyes para justificar la esterilización forzosa de mujeres pobres y pertenecientes a minorías. La prohibición del sexo entre

mujeres blancas y hombres negros se convirtió en una gran preocupación en

el Sur.

En la década de 1880, pocos años antes de que el linchamiento se

convirtiera en la respuesta habitual a las relaciones interraciales y un siglo

antes de que Walter y Karen Kelly empezaran a verse, Tony Pace, un

afroamericano, y Mary Cox, una mujer blanca, se enamoraron en Alabama.

Los detuvieron y condenaron, y ambos fueron sentenciados a dos años de

cárcel por violar las leyes de integridad racial del estado. John Tompkins,

abogado y miembro de una minúscula minoría de profesionales blancos que

consideraban que las leyes de integridad racial eran anticonstitucionales, accedió a representar a Tony y a Mary en las apelaciones. El Tribunal Supremo de Alabama revisó el caso en 1882. Empleando una retórica que

se citaría con frecuencia en las siguientes décadas, el más alto tribunal de

Alabama ratificó las sentencias con un lenguaje que destilaba desprecio ante la idea de amor interracial:

La maligna tendencia del delito [de adulterio o fornicación] es mayor cuando se comete entre personas de dos razas [...]. Su resultado es la amalgama de ambas, lo que produce una población mestiza y una civilización degenerada. Prevenir esta situación es el imperativo de una política sensata que vela por los intereses más elevados de la sociedad y el estado. 2

El Tribunal Supremo de Estados Unidos revisó la sentencia del

tribunal de Alabama. Usando un lenguaje de «separados pero iguales» que

anticipaba la famosa sentencia del Tribunal en el caso Plessy v. Ferguson veinte años más tarde, el Tribunal confirmó por unanimidad las

restricciones sobre el sexo y el matrimonio interracial en Alabama, y

ratificó las penas de cárcel impuestas a Tony Pace y Mary Cox. Tras la sentencia del Tribunal, otros estados promulgaron leyes de integridad racial

que ilegalizaron que los afroamericanos, y en algunos casos los americanos

nativos y los asiáticos americanos, pudieran casarse o tener relaciones sexuales con mujeres blancas. Aunque tales restricciones se aplicaron

enérgicamente sobre todo en el Sur, también fueron habituales en el Medio

Oeste y en el Oeste. El estado de Idaho prohibió el matrimonio y el sexo interracial entre blancos y negros en 1921, pese a que la población del estado era en un 99,8 por ciento no negra. 3

El Tribunal Supremo de Estados Unidos no anuló hasta 1967 las leyes

antimestizaje, en el caso Loving v. Virginia,4 pero incluso tras aquel hito en la jurisprudencia persistieron las restricciones en el matrimonio interracial.

La Constitución del estado de Alabama aún prohibía dicha práctica en

1986, cuando Walter conoció a Karen Kelly. La Sección 102 de la

Constitución del estado dice:

La asamblea legislativa nunca aprobará una ley que autorice o legalice los matrimonios entre un blanco y un negro o un descendiente de un negro. 5

Nadie esperaba que un hombre relativamente exitoso e independiente

como Walter siguiera todas las reglas. De tarde en tarde bebía demasiado, se

metía en una pelea o incluso tenía una relación extramarital; no eran indiscreciones lo bastante significativas para destruir su reputación e

interponerse en el camino de un negro honrado y diligente en el que se podía confiar que hiciera un buen trabajo. Pero una relación interracial, especialmente con una mujer blanca casada, era demasiado para muchos

blancos. En el Sur, delitos como el homicidio o la agresión pueden hacer que el perpetrador acabe en la cárcel, pero el sexo interracial era una transgresión de una categoría peligrosamente única al que correspondía un

castigo extremo. Cientos de negros han sido linchados incluso por

alegaciones sin base de que hubieran participado en una relación así.

Walter ignoraba la historia jurídica, pero como todos los negros de

Alabama conocía por instinto el peligro de las relaciones interraciales. Tan

solo en el condado de Monroe, desde su incorporación al estado, habían linchado a cerca de una docena de personas. 6 En los condados vecinos habían linchado a varias docenas más, y el auténtico poder de tales

linchamientos excedía a su número. Se trataba de actos de terror más que

ninguna otra cosa, con el fin de inspirar miedo a que cualquier encuentro con un blanco, cualquier traspié social interracial, cualquier desliz

involuntario, cualquier mirada o comentario inapropiados, pudiera

desencadenar una respuesta terrible y letal.

En su infancia, Walter había oído hablar a sus padres y familiares sobre los linchamientos. Cuando tenía doce años, encontraron colgado de un árbol en Vredenburgh (Alabama) el cadáver de Russell Charley, un

negro del condado de Monroe. Se creía que el linchamiento de Charley, a

quien conocía la familia de Walter, había ocurrido a causa de una relación

interracial. Walter recordaba el terror que invadió a la comunidad negra del

condado de Monroe cuando el cuerpo sin vida de Charley apareció cosido a

balazos y colgado de un árbol.

Y ahora a Walter le parecía que todo el mundo en el condado estaba

hablando de su relación con Karen Kelly. Le preocupaba de una manera que

pocas veces había experimentado.

Pocas semanas después, un acto aún más inconcebible conmocionó

Monroeville. Al final de la mañana del día 1 de noviembre de 1986, Ronda

Morrison, la hermosa hija de una respetada familia local, apareció muerta

en el suelo de Monroe Cleaners, la tintorería donde trabajaba aquella

estudiante de dieciocho años. Le habían disparado tres tiros en la espalda.

En Monroeville no eran frecuentes los asesinatos. No existían

precedentes para lo que parecía ser un robo-asesinato en un negocio del centro de la ciudad. La muerte de la joven Ronda era un crimen que

superaba a cualquier cosa que aquella comunidad hubiera experimentado.

Era una joven popular, hija única, y sin mácula desde cualquier punto de vista, el tipo de muchacha a la que toda la comunidad blanca consideraba

una hija. Al principio, la policía creía que ningún miembro de la

comunidad, negro o blanco, podía haber hecho algo tan horrible.

El día que se encontró el cadáver de Ronda Morrison, dos hombres de

ascendencia latina habían estado en Monroeville buscando trabajo, y se

convirtieron en los primeros sospechosos. La policía les siguió la pista hasta

Florida y determinó que no podían haber cometido el asesinato. Las

sospechas se dirigieron al antiguo propietario de la tintorería, un anciano blanco llamado Miles Jackson, pero no había ningún indicio que apuntase

hacia él. Se interrogó al dueño actual del negocio, Rick Blair, pero fue considerado un sospechoso poco probable. Al cabo de unas semanas, la

policía había agotado todas sus pistas.

La gente del condado de Monroe empezó a murmurar sobre la

incompetencia policial. Cuando algunos meses después aún no se había

producido ninguna detención, los susurros aumentaron de volumen, y el

periódico y las emisoras de radio locales criticaron públicamente a la policía, al sheriff y al fiscal. Tom Tate había sido elegido nuevo sheriff del condado pocos días después del asesinato, y la gente empezó a preguntarse

si estaba a la altura del trabajo. El ABI (Alabama Bureau of Investigation)

acudió a investigar el crimen, pero no tuvo más éxito que la policía local.

La gente de Monroeville empezó a ponerse nerviosa. Los comercios

ofrecieron recompensas de miles de dólares por cualquier información que

llevase a un arresto. Las ventas de armas, que siempre habían sido altas, se

incrementaron.

Entretanto, Walter tenía sus propios problemas. Llevaba semanas intentando

terminar su relación con Karen Kelly. El juicio por la custodia de los hijos y

el escándalo público habían pasado factura a la mujer; había empezado a tomar drogas y parecía que se estaba desmoronando. Empezó a juntarse con

Ralph Myers, un blanco con la cara desfigurada y una larga lista de

antecedentes delictivos que parecía encarnar a la perfección su caída en desgracia. Ralph no era el tipo de acompañante habitual de Karen, pero esta

había emprendido un declive tal que nada de lo que hacía tenía sentido para

sus amigos y su familia. Aquella relación hizo que Karen tocase fondo y pasara del escándalo y el consumo de drogas a la comisión de delitos graves. Ella y Ralph se implicaron en tráfico de drogas y se los relacionó

con el asesinato de Vickie Lynn Pittman, una joven del vecino condado de

Escambia.

La policía había tenido éxito en la investigación del asesinato de

Pittman, y llegó rápidamente a la conclusión de que Ralph Myers estaba involucrado. Cuando lo interrogaron, descubrieron a un hombre tan

psicológicamente complejo como físicamente desfigurado. Era emocional y

frágil, y ansiaba recibir atención; su única defensa eficaz era su habilidad para manipular y confundir. Ralph creía que todo lo que decía tenía que ser

épico, sorprendente y elaborado. Cuando era un niño, viviendo en una casa

de acogida, había sufrido terribles quemaduras en un incendio. Las llamas

marcaron y desfiguraron tanto su cara y su cuello que hicieron falta varias

operaciones para que recuperase las funciones básicas. Se acostumbró a que

los desconocidos se le quedaran mirando las cicatrices con expresión de angustia. Era un paria trágico que vivía en los márgenes, pero intentaba compensarlo fingiendo saber cosas sobre todo tipo de misterios.

Tras negar al principio cualquier implicación directa en el asesinato de

Pittman, Myers reconoció que podía haber tenido un papel accidental, pero

se apresuró a culpar del crimen en sí a algunos personajes locales más interesantes. Primero acusó a un negro de mala reputación llamado Isaac Dailey, pero la policía no tardó en descubrir que Dailey había pasado en una

celda la noche del asesinato. Myers confesó entonces que se había

inventado la historia porque el auténtico asesino era nada menos que el sheriff electo de un condado cercano.

Por indignante que fuera la acusación, pareció que unos agentes del

ABI se la tomaron en serio. Le hicieron más preguntas, pero cuanto más hablaba Myers, menos creíble parecía su historia. Los agentes empezaron a

sospechar que Myers era el único asesino y estaba intentando

desesperadamente implicar a otros para minimizar su parte de culpabilidad.

Aunque la muerte de Vickie Pittman era toda una noticia, no se podía

comparar con el misterio perenne que rodeaba la muerte de Ronda

Morrison. Vickie procedía de una familia blanca pobre, algunos de cuyos miembros estaban en la cárcel. No estaba ni de lejos en la misma categoría

de Ronda. El asesinato de Morrison siguió siendo el centro de la atención

de todo el mundo durante meses.

Ralph Myers era un ignorante, pero sabía que lo que preocupaba a los

agentes de la ley era el asunto de Morrison. Cuando sus acusaciones contra

el sheriff parecieron llegar a punto muerto, volvió a cambiar su historia y les dijo a los investigadores que había estado implicado en el asesinato de

Vickie Pittman junto a Karen Kelly y su novio negro, Walter McMillian.

Pero eso no fue todo. También le dijo a la policía que McMillian era responsable de la muerte de Ronda Morrison. Aquello captó toda la

atención de las fuerzas de la ley.

No tardó en quedar claro que Walter McMillian nunca había tenido

relación con Ralph Myers, y mucho menos había cometido dos asesinatos

junto a este. Sin embargo, para demostrar que los dos estaban confabulados,

un agente del ABI pidió a Myers que se reuniera con McMillian en una tienda mientras unos agentes vigilaban el encuentro. Habían pasado varios

meses desde la muerte de Ronda Morrison.

Cuando Myers entró en la tienda, no fue capaz de identificar a Walter

McMillian entre los varios negros que estaban allí (tuvo que pedir al dueño

de la tienda que le dijera quién era McMillian). Entonces le entregó una nota supuestamente escrita por Karen Kelly. Según los testigos, Walter

pareció desconcertado ante Myers, un hombre al que nunca había visto, y

ante la nota en sí. Walter tiró el papel y siguió con lo que estaba haciendo.

Apenas prestó atención a aquel encuentro tan extraño.

Los agentes del ABI no hallaron nada que sugiriese que existía

relación entre Myers y McMillian, y sí numerosas pruebas de que no se conocían. Aun así, persistieron en la teoría de McMillian. El tiempo pasaba

—en aquel momento ya habían transcurrido siete meses— y la comunidad

estaba furiosa y asustada. Las críticas se acumulaban. Necesitaban

desesperadamente detener a alguien.

Tom Tate, el sheriff del condado de Monroe, no tenía mucha

experiencia como agente de la ley. Según su propia descripción, era «muy

de aquí» y se enorgullecía de no haberse alejado nunca demasiado de

Monroeville. Ahora, tras cuatro meses como sheriff, se las veía con un asesinato aparentemente irresoluble y una gran presión ciudadana. En el momento en que Myers le habló a la policía de la relación entre McMillian

y Karen Kelly, es probable que Tate conociera ya bastante bien el famoso

asunto interracial, pues el juicio por la custodia de los hijos de Kelly había

dado lugar a muchos cotilleos. No existían pruebas contra McMillian, pero

era un afroamericano que había tenido una relación adúltera con una mujer

blanca, lo que significaba que era temerario y posiblemente peligroso, a pesar de no tener antecedentes penales y sí una buena reputación. Quizá aquello bastara como prueba.

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