Cuestión de justicia
4. La vieja y áspera cruz
4
LA VIEJA Y ÁSPERA CRUZ
En febrero de 1989, Eva Ansley y yo abrimos nuestro nuevo centro legal sin ánimo de lucro en Tuscaloosa, dedicado a proporcionar asistencia legal
de calidad y gratuita a hombres y mujeres condenados en el corredor de la
muerte de Alabama. Nunca creímos que fuera a ser fácil, pero resultó ser aún más duro de lo que esperábamos.
En los primeros meses que estuvimos en funcionamiento, nuestro
primer director dimitió, la Escuela de Derecho de la Universidad de
Alabama donde habíamos instalado nuestro despacho nos retiró su apoyo y
su promesa de espacio de oficina, y descubrimos lo difícil que era encontrar
abogados dispuestos a venir a Alabama para dedicarse a tiempo completo a
trabajo relacionado con la pena capital por menos de 25.000 dólares al año.
Los obstáculos se multiplicaron con rapidez. Nos negaron la
financiación de la asamblea legislativa del estado, y la necesitábamos para
recibir una cantidad equivalente de fondos federales. Tras unas cuantas reuniones descorazonadoras con nuestro consejo, había quedado claro que
el estado no nos apoyaba en nuestro proyecto. Los dirigentes del colegio estatal deseaban que tuviéramos éxito —algunos porque creían que era
inaceptable que los prisioneros condenados no pudieran tener asistencia
legal, otros porque querían que las ejecuciones se llevaran a cabo a un ritmo
más rápido y tenían la impresión de que la ausencia de asistencia legal las
ralentizaba—, pero ahora nos dábamos cuenta de que tendríamos que
hacerlo todo por nuestra cuenta y recaudar el dinero nosotros mismos. Eva
y yo nos reagrupamos y decidimos empezar de nuevo en Montgomery, la
capital del estado. El proyecto acabaría recibiendo el nombre de Iniciativa
por la Igualdad de la Justicia (EJI, Equal Justice Initiative).
Encontré un pequeño edificio cerca del centro de Montgomery, y el verano de 1989 firmamos el contrato de alquiler. El edificio era un buen comienzo: una casa estilo neogriego de dos plantas construida en 1882, cerca del barrio histórico conocido como «Old Alabama Town» (ciudad
vieja de Alabama). La casa estaba pintada de amarillo y tenía un porche encantador que la hacía acogedora; era un contraste agradable con las
intimidantes salas de juicios, las salas de espera institucionales y las paredes de prisión que marcaban gran parte de las vidas de los familiares de nuestros clientes. La oficina era fría en invierno, resultaba casi imposible mantener a las ardillas fuera del desván y no había electricidad suficiente para que la fotocopiadora y la máquina de café funcionasen a la vez sin que
saltaran los plomos. Pero desde el principio la sentimos como un hogar y un
lugar de trabajo, y considerando la cantidad de horas que pasábamos allí, siempre era un poco de ambas cosas.
Eva se encargó de las tareas administrativas de nuestro nuevo
proyecto, que representaban un desafío teniendo en cuenta que los fondos
federales venían acompañados de todo tipo de informes complicados y
requisitos de contabilidad. Eva era intrépida e inteligente, y consiguió organizarlo todo para que pudieran llegarnos unos cuantos dólares.
Contratamos a una recepcionista e intentamos averiguar cómo sobrevivir.
Yo había trabajado en la recaudación de fondos para el Comité de Defensa
de Prisioneros Sureños casi en cuanto entré allí, así que tenía un poco de experiencia pidiendo dinero para apoyar nuestro trabajo. Estaba seguro de
que habría alguna forma de recaudar para la nueva oficina de Alabama
dinero suficiente para cumplir los requisitos federales mínimos. Tan solo necesitábamos cierto tiempo; algo que, al final, no conseguiríamos en
absoluto.
Nos esperaba una oleada de fechas de ejecuciones. Entre la aprobación
de la nueva ley de pena de muerte de Alabama, en 1975, y el final de 1988,
solo se habían realizado tres ejecuciones. Pero en 1989, impulsado por un
cambio en el tratamiento del Tribunal Supremo de las apelaciones de pena
de muerte y por el vaivén de los vientos políticos, la oficina del fiscal
general empezó a perseguir enérgicamente la ejecución de los prisioneros condenados. A finales de 1989, el número de personas ejecutadas por el estado de Alabama se duplicaría.
Meses antes de abrir nuestro bufete, empecé a visitar el corredor de la
muerte de Alabama cada mes, viajando desde Atlanta para ver a un puñado
de clientes nuevos; entre ellos estaba Walter McMillian. Todos agradecían
la ayuda, pero según se acercaba la primavera de 1989, todos hacían la misma petición al final de nuestras reuniones: ayuda a Michael Lindsey. La
ejecución de Lindsey estaba programada para mayo de 1989. Más tarde me
pedirían que ayudara a Horace Dunkins, cuya ejecución tenía fecha de julio
de 1989. Expliqué detalladamente nuestras limitaciones de tiempo y
recursos, diciéndoles lo atareados que estábamos solo para intentar abrir y
poner en marcha nuestro bufete. Aunque decían que lo entendían, estaba claro que les angustiaba conseguir apoyo legal mientras otros hombres
tenían casi encima sus ejecuciones.
Tanto Lindsey como Dunkins tenían abogados voluntarios que habían
contactado conmigo porque estaban sobrecargados. El abogado de Lindsey,
David Bagwell, era un respetado abogado civil de Mobile; había trabajado
en el caso de Wayne Ritter, a quien habían ejecutado el año anterior.
Aquella experiencia había dejado a Bagwell desilusionado y furioso.
Escribió una carta mordaz, que se publicó en el periódico de la asociación
del colegio estatal, en la que juró «no volver a aceptar ningún caso de pena
de muerte, aun al precio de ser expulsado del colegio por rechazarlo» y exhortaba a que los demás abogados civiles rechazaran los casos de pena capital. Las quejas públicas de Bagwell hicieron que a los tribunales les resultara difícil asignar otros abogados civiles a las apelaciones en la última
etapa de los casos de pena capital, y no porque estuvieran especialmente inclinados a ello. Pero también tuvo otro efecto sobre nosotros. Los
prisioneros se enteraron del contenido de aquella carta y la comentaron, sobre todo una frase estremecedora enterrada en la jeremiada de Bagwell:
«Normalmente estoy a favor de la pena de muerte porque a los perros
rabiosos hay que sacrificarlos». Los prisioneros empezaron a desconfiar aún
más de los abogados, incluso de los que afirmaban que los ayudarían.
Después de que nuestros clientes nos lo implorasen, decidimos hacer lo que pudiéramos por Michael Lindsey, cuya fecha de ejecución se
acercaba a toda velocidad. Intentamos construir nuestros argumentos sobre
un giro interesante de aquel caso: el jurado no había decidido en absoluto
que Michael Lindsey debiera ser ejecutado.
Lindsey recibió del jurado una sentencia de cadena perpetua sin
posibilidad de libertad condicional, pero el juez la había «anulado» y había
impuesto por su cuenta la pena capital. Las sentencias de muerte a
consecuencia de una «anulación por el juez» eran una anomalía incluso en
1989. En casi todos los estados, los jurados eran quienes tomaban la
decisión de imponer la pena capital o la cadena perpetua sin posibilidad de
libertad condicional. Si el jurado imponía o rechazaba la pena capital, aquella era la sentencia definitiva. Solo Florida y Alabama permitían que un
juez pasara por encima de la decisión del jurado, y Florida impuso más tarde algunas restricciones en tal práctica que la limitó en gran medida. Pero
seguía siendo la ley en Alabama, donde los jueces usaban ese poder casi exclusivamente para convertir cadenas perpetuas en ejecuciones, aunque
también estaban autorizados para cambiar una sentencia de muerte por el encarcelamiento de por vida si así lo decidían. Desde 1976, los jueces de Alabama han anulado 111 veredictos del jurado en casos de pena capital. En
el 91 por ciento de esos casos, reemplazaron cadenas perpetuas por
sentencia de muerte.1
Esta práctica se ha complicado aún más por la naturaleza
crecientemente competitiva de las elecciones a juez en dicho estado.
Alabama elige a sus jueces en elecciones partidistas terriblemente
disputadas,2 siendo uno de los escasos seis estados que lo hacen así (treinta y dos estados tienen algún tipo de proceso no partidista en las elecciones judiciales). Las elecciones atraen donativos de campaña de intereses
económicos que buscan evitar reformas o de abogados litigantes que desean
proteger veredictos civiles de amplio calado, pero dado que la mayoría de
los votantes no tiene grandes conocimientos en esas áreas, las campañas se
centran inevitablemente en el crimen y el castigo. Los jueces compiten por
ser los más duros contra el crimen. A la gente que financia esas elecciones
le importan en general muy poco las pequeñas diferencias que los
candidatos tengan en cuanto al crimen, pero el castigo consigue votos. Las anulaciones de veredictos son una herramienta política increíblemente
potente. 3 Ningún juez desea hacer frente a ataques en los que se recalquen los detalles más truculentos de un caso de asesinato en que el magistrado no
llegó a imponer la pena más severa posible. Desde ese punto de vista, no es
de extrañar que las anulaciones por parte de los jueces se incrementen en los años en que hay elecciones. 4
Escribimos una carta al gobernador de Alabama, Guy Hunt,
solicitándole que detuviera la ejecución de Lindsey sobre la base de que el
jurado, facultado para dictar la sentencia, había decidido en contra de condenarlo a muerte. El gobernador Hunt se apresuró a rechazar nuestra petición de clemencia, declarando que no «actuaría en contra del deseo de
la comunidad, expresado por el jurado, de que el señor Lindsey fuera
ejecutado» incluso teniendo en cuenta que recalcamos que los
representantes de la comunidad —el jurado— habían decidido justo lo
contrario; estaba claro que su decisión había sido respetar la vida de Lindsey. No importaba. Por peculiar que sea esta práctica, el Tribunal Supremo de Estados Unidos confirmó la anulación por parte del juez en un
caso anterior, en Florida, lo que nos dejaba sin base constitucional para evitar la ejecución de Lindsey.5 Fue electrocutado el 26 de mayo de 1989.
Tras el caso de Lindsey, tuvimos que afrontar de inmediato la fecha de
la ejecución de Horace Dunkins. De nuevo intentamos ayudar de cualquier
forma que pudiéramos, a pesar de que el tiempo transcurría con rapidez y
había muy pocas esperanzas. El señor Dunkins padecía incapacidad
intelectual, y el juez que lo juzgó descubrió que sufría «retraso mental»
basándose en su historial escolar y en pruebas realizadas con anterioridad.
Pocos meses antes de que se fijara la fecha de la ejecución, el Tribunal Supremo ratificó la práctica de ejecutar a los «retrasados mentales». Trece
años después, en Atkins v. Virginia, el Tribunal admitió que ejecutar a personas con discapacidades intelectuales era un castigo cruel e inusitado, y
prohibió tal práctica como anticonstitucional.6 Para muchos condenados y discapacitados como Horace Dunkins, la prohibición llegó demasiado tarde.
La familia de Dunkins nos telefoneó a menudo, intentando descubrir qué se podía hacer en los pocos días que faltaban para la ejecución, pero las
opciones eran muy escasas. Cuando quedó claro que no había forma de
detener la ejecución, la familia dirigió su atención hacia lo que ocurriría con
el cadáver del señor Dunkins tras su muerte. Por motivos religiosos
parecían especialmente preocupados por evitar que el estado realizase la autopsia al cadáver de su hijo. Llegó la fecha de ejecución y Horace Dunkins murió durante una ejecución chapucera que tuvo eco en los
noticiarios de alcance nacional. Los agentes de la prisión habían colocado
incorrectamente los electrodos en la silla, de modo que el cuerpo de
Dunkins solo recibió una descarga eléctrica parcial cuando activaron la corriente. Después de varios minutos de agonía desconectaron la silla, pero
Dunkins seguía vivo, inconsciente pero respirando. Los agentes esperaron varios minutos «para que el cuerpo se enfriase» antes de darse cuenta de que los electrodos estaban mal colocados. Hicieron algunos cambios y
volvieron a electrocutar a Dunkins, y esa vez la cosa funcionó. Lo mataron.
Tras aquella cruel ejecución, el estado llevó a cabo la autopsia en contra de
los insistentes deseos de la familia. 7
Tras la ejecución, recibí una llamada del consternado padre del señor
Dunkins. Me dijo: «Podían arrebatarle la vida, a pesar de que no había recibido un juicio justo y que no merecía aquello, pero no tenían derecho a
tratar así su cuerpo y su alma. Queremos demandarlos». Proporcionamos
algo de ayuda al abogado de oficio encargado del caso y se presentó la demanda, aunque sin muchas esperanzas. Se realizaron unas cuantas
declaraciones pero no se le concedió reparación alguna. La demanda civil
no detuvo al estado de Alabama, que siguió sacando adelante
implacablemente más fechas de ejecuciones.
A consecuencia de esas dos ejecuciones, reubicamos nuestro nuevo bufete
en Montgomery. Los hombres del corredor de la muerte estaban más
revueltos y nerviosos que nunca. Cuando en julio se comunicó a Herbert Richardson que su ejecución había sido fijada para el 18 de agosto, me llamó desde el corredor.
—Señor Stevenson, soy Herbert Richardson, y acaban de decirme que el estado planea ejecutarme el 18 de agosto. Necesito su ayuda. No puede
decirme que no. Sé que está ayudando a algunos de los chicos y ha abierto
un bufete, así que ayúdeme, por favor.
—Siento de verdad saber lo de su fecha de ejecución —le respondí—.
Ha sido un verano muy duro. ¿Qué dice su abogado de oficio?
Yo aún estaba elaborando la mejor forma de dirigirme a los
condenados y hablar con ellos sobre la manera de responder a la noticia de
una fecha de ejecución. Quería decir algo reconfortante como «no se
preocupe», pero, por supuesto, aquella habría sido una petición bastante cuestionable; recibir la noticia de que se ha programado la ejecución es preocupante más allá de lo imaginable. «Lo siento» tampoco parecía muy
apropiado, pero solía ser lo mejor que se me ocurría.
—No tengo abogado de oficio, señor Stevenson. No tengo ningún
abogado. El que tuve me dijo hace un año que no podía hacer nada más por
mí. Necesito su ayuda.
Aún no teníamos ordenadores ni libros de leyes, y tampoco tenía más
abogados en el personal. Había contratado a un compañero de clase que tuve en la Escuela de Derecho de Harvard, que aceptó unirse a nosotros y
mudarse a Alabama desde Boston, donde vivía. Me emocionaba tener por
fin algo de ayuda. Pero mi amigo había pasado unos días en Montgomery
cuando tuve que salir de la ciudad en un viaje para recaudar fondos, y cuando volví, se había marchado. Me dejó una nota explicándome que no se
había dado cuenta de lo duro que le resultaría vivir en Alabama. No había
estado allí ni siquiera una semana.
Intentar detener una ejecución significaría trabajar sin descanso
dieciocho horas al día durante un mes, intentando desesperadamente
conseguir una orden de suspensión de algún tribunal. Solo podría lograrse
con un esfuerzo supremo, e incluso así sería sumamente improbable que
tuviéramos éxito en paralizar la ejecución. No pude pensar en nada con lo
que rellenar el silencio, y Richardson continuó:
—Señor Stevenson, me quedan treinta días. Por favor, diga que me
ayudará.
No supe qué otra cosa hacer salvo ser sincero.
—Señor Richardson, lo siento muchísimo, pero aún no tengo ni libros, ni personal, ni ordenadores ni nada de lo que necesitamos para ocuparnos
de nuevos casos. Ni siquiera tengo otros abogados contratados. Estoy
intentando organizar las cosas...
—Pero yo tengo una fecha de ejecución. Tiene que representarme. ¿De
qué sirven todas esas otras cosas si no va a ayudar a gente como yo? —
Pude oír cómo se le alteraba la respiración—. Me van a matar.
—Entiendo lo que dice, y voy a intentar pensar de qué forma ayudarlo.
Es solo que estamos tan sobrecargados...
No supe qué más decir, y cayó sobre nosotros un largo silencio. Podía
oír su pesada respiración al otro lado del teléfono, y podía imaginar lo frustrado que se sentía. Me preparé para encajar algún comentario airado o
amargado, mentalizándome para absorber su comprensible rabia, pero el
teléfono quedó súbitamente en silencio. Había colgado.
Aquella llamada me dejó alterado el resto del día, y no pude dormir
por la noche. Mis inútiles objeciones burocráticas ante la desesperación y la
respuesta silenciosa de Richardson me acosaban.
Para mi alivio, me llamó al día siguiente.
—Señor Stevenson, lo siento pero debe representarme. No necesito
que me diga que puede detener la ejecución, no necesito que me diga que
puede conseguir una suspensión. Pero me quedan veintinueve días, y no
creo que pueda soportarlo si pierdo totalmente la esperanza. Tan solo
dígame que hará algo y déjeme conservar alguna esperanza.
Me fue imposible decirle que no, así que contesté que sí.
—No estoy seguro de que podamos hacer nada para parar esto
teniendo en cuenta cómo están las cosas —le dije con pesimismo—. Pero lo
intentaremos.
—Si puede hacer algo, lo que sea... Bueno, le estaré muy agradecido.
Herbert Richardson era un veterano de la guerra de Vietnam cuyas
experiencias de pesadilla en condiciones brutales lo habían traumatizado y
marcado. Se alistó en el ejército en 1964, a los dieciocho años, en un momento en que Estados Unidos se encontraba intensamente implicado en
combate. Lo asignaron al Grupo de Aviación número 11, Primera División de Caballería, y lo enviaron al campamento Radcliff en An Khe, en
Vietnam. El campamento estaba cerca de Pleiku, una zona donde tuvieron
lugar combates extraordinariamente duros a mediados de la década de 1960.
Herbert participó en misiones peligrosas en las que vio a sus amigos morir o
ser gravemente heridos. En una de ellas mataron a todos los miembros de su
pelotón en una emboscada, y él quedó herido de gravedad. Recuperó el
conocimiento cubierto de la sangre de sus compañeros, desorientado e
incapaz de moverse. No pasó mucho tiempo antes de que se derrumbara por
completo. Tras sufrir intensos dolores de cabeza intentó suicidarse. A pesar
de que sus superiores intentaron muchas veces enviarlo a que le hicieran una evaluación psiquiátrica, siguió en combate siete meses antes de que sus
«estallidos de llanto» y su «retraimiento incomunicativo» resultaran en una
baja honorable en diciembre de 1966. Como era de esperar, su trauma lo siguió a casa, en Brooklyn (Nueva York), donde sufrió pesadillas y dolores
de cabeza incapacitantes, y a veces salía corriendo de casa gritando «¡Que
vienen!». Se casó y tuvo hijos, pero el trastorno de estrés postraumático siguió minándole la capacidad de controlar su comportamiento. Acabó en
un hospital para veteranos en Nueva York, donde se fue recuperando
lentamente y con dificultad de los intensos dolores de cabeza asociados a sus heridas de guerra.
Herbert se convirtió en uno de los miles de veteranos de combate que
acabaron en la cárcel tras completar el servicio militar. Uno de los
problemas posbélicos menos estudiados del país es la gran frecuencia con
que los veteranos de combate regresan traumatizados y acaban en prisión tras volver a sus comunidades. A mediados de la década de 1980, casi un 20
por ciento de las personas encarceladas en Estados Unidos habían prestado
servicio en el ejército. Aunque el porcentaje disminuyó en los años noventa,
conforme la sombra de la guerra de Vietnam empezó a retirarse, ha
empezado a crecer de nuevo como resultado de los conflictos militares en
Irak y Afganistán.
Los cuidados que recibió Herbert en el hospital de veteranos de la
ciudad de Nueva York le permitieron recuperarse lentamente. Al cabo de un
tiempo conoció allí a una enfermera, una mujer de Dothan (Alabama) cuya
sensible atención le hizo sentirse cómodo y esperanzado por primera vez, quizá, en toda su vida. Cuando esa enfermera estaba cerca, se sentía vivo y
creía que las cosas acabarían bien. Le había salvado la vida. Cuando ella regresó a Alabama, Herbert la siguió.
Intentó salir con ella, e incluso le dijo que quería que se casaran. Al principio, ella se resistió porque sabía que Herbert aún sufría los efectos de
la época que había estado en combate, pero acabó cediendo. Tuvieron una
relación íntima breve, y Herbert nunca había sido tan feliz. Se volvió intensamente protector respecto a su novia. Pero ella empezó a ver aquella
atención desesperada e implacable como algo más cercano a la necesidad obsesiva que al amor. Intentó cortar la relación. Después de varios meses de
intentar sin éxito distanciarse de Herbert, finalmente le insistió en que se alejase.
En vez de ello, Herbert se mudó aún más cerca de la casa de ella en
Dothan, lo que aumentó su preocupación. La cosa llegó al extremo de que
ella se negó a permitirle que la viera, le hablase o se acercase de cualquier
modo. Herbert estaba convencido de que simplemente estaba confusa y que
acabaría volviendo con él. Su obsesión lo tenía engañado; su lógica y su razonamiento se corrompieron y se volvieron irracionales y cada vez más peligrosos.
Herbert no carecía de inteligencia, de hecho era bastante listo y tenía
una aptitud especial para la electrónica y la mecánica. Y tenía un gran corazón. Pero aún seguía recuperándose del trauma de la guerra y de otros
traumas graves anteriores a su experiencia militar. Su madre había muerto
cuando él tenía solo tres años, y antes de decidir alistarse tuvo problemas
con las drogas y el alcohol. Los horrores de la guerra habían añadido un nuevo nivel de angustia a su ya dañada psique.
Se le ocurrió una idea para recuperar a su novia. Decidió que, si se sentía amenazada, acudiría a él en busca de protección. Tramó un plan trágicamente insensato: construiría una pequeña bomba y la dejaría en el porche frontal de la casa de ella. Haría estallar la bomba y entonces correría
en su ayuda para salvarla y vivirían felices por siempre jamás. Era el tipo de
uso imprudente de explosivos que no habría sido sensato en una zona de combate; mucho menos aún en un barrio negro pobre de Dothan, en
Alabama. Una mañana, Herbert terminó de montar la bomba y la dejó en el porche de su antigua novia. La sobrina de la mujer y otra chiquilla salieron
y vieron aquel curioso paquete.
La sobrina, una niña de diez años, sintió curiosidad por aquella extraña
bolsa con un reloj adosado y cogió el paquete. Agitó el reloj para ver si hacía tictac, y la sacudida provocó una explosión violenta que la mató de inmediato; su amiga, de doce años, quedó traumatizada. Herbert las conocía
a las dos. En aquella comunidad, los niños siempre andaban dando vueltas
por las calles en busca de algo en lo que entretenerse. Herbert adoraba a los
niños y los dejaba jugar en su patio, les daba dinero para que le hicieran recados y hablaba con ellos. Había cogido la costumbre de preparar cereales
y cosas de comer para los que se acercasen. Las dos niñas habían ido a su
casa a desayunar.
Herbert estaba observando desde la casa al otro lado de la calle, y se
quedó anonadado. Había planeado ir corriendo en ayuda de su novia cuando
la bomba estallase para recalcar su disposición a protegerla y a mantenerla
segura. Cuando la niña cogió el paquete y este explotó, Herbert cruzó corriendo la calle y se encontró en medio de un círculo de vecinos
lamentándose.
La policía no tardó en llevar a cabo la detención. Encontraron tubos y
otros materiales para fabricar bombas en el coche y en el patio delantero de
Herbert. Como las víctimas eran negras y pobres, no se trataba del tipo de
caso que normalmente se persiguiera como un crimen capital, pero Herbert
no era de allí. Era un forastero, un tipo del norte, lo que sumado a la naturaleza del crimen hizo que los agentes de la ley lo considerasen
particularmente despreciable. Poner una bomba en Dothan, aunque fuera en
un barrio pobre de la ciudad, era un tipo de amenaza diferente a la violencia
doméstica «típica». El fiscal alegó que Herbert no era solo irresponsable y
trágicamente insensato; era malvado. El estado solicitó la pena de muerte.
Tras rechazar a todos los candidatos a jurado negros en un condado en el
que había un 28 por ciento de población negra, el fiscal, en su alegato final,
le dijo al jurado de blancos que la condena era adecuada porque Herbert estaba «asociado con musulmanes negros de la ciudad de Nueva York» y no
merecía clemencia alguna.
La ley de pena capital de Alabama exige que para que un asesinato pueda ser condenado a dicha pena, debe existir premeditación; sin embargo,
estaba claro que Herbert no tenía ninguna intención de matar a la niña. El
estado decidió invocar una teoría sin precedentes, la «premeditación
transferida», para que el crimen pudiera recibir como condena la pena de muerte. Pero Herbert no tenía la intención de matar a absolutamente nadie.
La defensa le aconsejó negar toda culpabilidad, aunque al final alegó que se
trataba de un homicidio por imprudencia y no de un asesinato, por lo que
podría ser condenado a cadena perpetua pero no a pena de muerte.
Durante el juicio, el abogado de oficio no presentó ninguna prueba
relativa a los antecedentes de Herbert, su servicio militar, su trauma a consecuencia de la guerra o la obsesión con su novia; nada. En aquella época, la ley de Alabama limitaba a mil dólares la cantidad asignada a los
abogados de oficio para preparar el caso fuera del tribunal, por lo que el abogado apenas le dedicó tiempo. El juicio duró poco más de un día, y el
juez se apresuró a condenar a muerte a Herbert.
Tras la sentencia, el abogado que le asignaron, que más tarde fue
expulsado del colegio por su mala actuación en otros casos, le dijo a Herbert que no veía ningún motivo para apelar la condena porque el juicio
había sido tan justo como cabía esperar. Herbert le recordó que había sido
condenado a muerte. Quería apelar por escasas que fueran las perspectivas,
pero el abogado no presentó recurso.
Herbert quedó confinado al corredor de la muerte durante once años,
hasta que le llegó el momento de enfrentarse a «Mami Amarilla». Un
abogado de oficio había impugnado el factor de premeditación en una
apelación desesperada, pero no tuvo éxito. La ejecución de Herbert se
programó para el 18 de agosto, día para el que solo faltaban tres semanas.
Tras mi conversación telefónica con Herbert, presenté un aluvión de
peticiones de suspensión en varios tribunales. Sabía que tenía pocas
posibilidades de interrumpir la ejecución. A finales de la década de 1980, el
Tribunal Supremo de Estados Unidos empezaba a irritarse ante las
apelaciones a las condenas a muerte. El Tribunal había justificado la
reautorización de la pena capital a mediados de los setenta bajo la promesa
de que los procedimientos estarían sujetos a un escrutinio atento y al
cumplimiento meticuloso de la ley, pero a continuación empezó a apartarse de los procedimientos de revisión existentes. Las sentencias del Tribunal se
habían vuelto cada vez más hostiles hacia los prisioneros en el corredor de
la muerte y menos comprometidas con el concepto de que «la muerte es diferente» y se necesitaba una revisión más cuidadosa.
El Tribunal decidió rechazar las solicitudes de revisión de habeas
corpus a nivel federal si no se habían presentado previamente en los tribunales estatales. A continuación, se prohibió a los tribunales federales tener en cuenta nuevas pruebas a menos que se hubieran presentado primero
en tribunales estatales.8 El Tribunal Supremo empezó a insistir en que los jueces federales respetasen más las sentencias estatales, que tendían a ser más indulgentes con los errores y defectos en los procesos de pena capital.
En la década de 1980, el Tribunal Supremo rechazó un recurso de
anticonstitucionalidad contra la imposición de la pena de muerte a los menores de edad, mantuvo la pena de muerte para discapacitados que
sufrían «retraso mental» y, en un dictamen ampliamente repudiado, decidió
que las extremas disparidades raciales que se podían encontrar en la
mayoría de las jurisdicciones con pena capital no representaban una
violación de derechos constitucionales. 9
Al final de aquella década, algunos jueces habían empezado a criticar
abiertamente la revisión de los casos de pena de muerte. El presidente del
Tribunal Supremo William Rehnquist exigió restricciones en las
apelaciones en dichos casos y en los esfuerzos incesantes por parte de los
abogados para detener las ejecuciones. «Sigamos adelante con ello»,
declaró en un acto de la asociación del colegio de abogados en 1988. 10 La nueva prioridad en la jurisprudencia de la pena capital no era ser justos sino
despachar las cosas.
Dos semanas después de mi primera charla con Herbert Richardson estaba
intentando frenéticamente conseguir una suspensión de la ejecución. A
pesar de que el proceso estaba demasiado avanzado, tuve la esperanza de que pudiéramos conseguir la suspensión cuando vi algunos de los detalles
más relevantes del caso de Herbert. Aunque no cabía duda de su
culpabilidad, había razones convincentes por las que aquel caso no debería haber sido un caso de pena capital; por encima de todo, estaba el detalle de
la ausencia de intención de matar. E incluso si se dejaba de lado esa parte,
había pruebas contundentes de que no debía imponerse la pena de muerte
debido al trauma de Herbert, su servicio militar y su infancia difícil. En el
juicio no se presentó ninguno de estos factores atenuantes, y deberían haber
aparecido. Solo se puede imponer con justicia la pena de muerte después de
considerar cuidadosamente todas las razones por las que tal sentencia
podría no ser apropiada, y esto no ocurrió en el caso de Herbert. Yo estaba
cada vez más convencido de que se enfrentaba a la ejecución porque había
sido un blanco fácil. Fue desatendido y condenado con ligereza por un sistema que no prestaba atención a los requisitos legales precisos de la pena
capital. Me preocupaba profundamente el hecho de que, si hubiera recibido
en su debido momento la asistencia adecuada, Herbert no estaría en el corredor de la muerte esperando su ejecución en menos de dos semanas.
Solicité la suspensión en varios tribunales basándome en la ineficacia
de su abogado, los prejuicios raciales durante el juicio, los comentarios incendiarios del fiscal y la ausencia de presentación de atenuantes. Todos respondieron: «Demasiado tarde». Conseguimos a toda prisa una audiencia
en el tribunal de Dothan, donde intenté presentar pruebas de que la bomba
que había fabricado Herbert estaba diseñada para estallar a una hora
determinada. Encontré a un experto que testificó que la bomba era un
dispositivo con temporizador y no estaba preparada para que explotase al tocarla. Sabía que lo más probable era que el tribunal dictaminase que esas
pruebas deberían haber sido presentadas durante el juicio o antes, pero tenía
la esperanza de poder convencer al juez.
Herbert estaba conmigo en la sala del tribunal, y ambos reconocimos
de inmediato la expresión de desinterés en el rostro del magistrado. Aquello
aumentó la preocupación de Herbert, que empezó a hablarme en susurros y
a rogarme que hiciera que el experto que llevé a testificar dijera cosas sobre
sus intenciones que en realidad estaban fuera de su campo de
conocimientos. Empezó a airarse e hizo comentarios en voz más alta que pudo escuchar el juez. Entretanto, este siguió insistiendo en que no se
trataba de nuevas pruebas y que deberían haber sido presentadas durante el juicio, por lo que no constituían una base para suspender la ejecución.
Solicité un breve receso para intentar tranquilizar a Herbert.
—¡El experto no está diciendo lo que necesito que diga! —Jadeaba
asustado. Se agarró la cabeza y me dijo que le dolía mucho—. ¡No
pretendía matar a nadie y tiene que explicarlo! —gritó. Intenté consolarlo.
—Señor Richardson, hemos hablado de esto. El experto no tiene
permitido hablar de su estado mental. Ha declarado que la bomba estaba diseñada para detonar por temporizador, pero la verdad es que no puede explicar sus motivaciones; el tribunal no lo permitirá, y realmente no puede
hablar de ello.
—Ni siquiera están prestando atención a lo que dice —me replicó con
tristeza, frotándose las sienes.
—Lo sé. Pero recuerde que esto es solo el primer paso. No esperamos
mucho de este juez, pero esto nos servirá en la apelación. Sé que esto le resulta frustrante.
Me miró con preocupación y luego dejó escapar un suspiro resignado.
Se sentó con aire sombrío el resto de la audiencia sujetándose la cabeza, lo
que me resultó más descorazonador que cuando se mostró discutidor y
preocupado.
Como aún no había contratado a más abogados, no tenía ningún
asistente para que se sentara conmigo y me ayudara a manejar los
documentos o prestase atención al acusado durante la audiencia. Al acabar,
esposaron a Herbert y lo mandaron de vuelta al corredor de la muerte enfadado, decepcionado y descontento. Yo no me sentía mucho mejor
mientras recogía mis cosas y salía del juzgado. Habría estado bien poder repasar lo sucedido con alguien y evaluar si lo que habíamos presentado podía sentar base para una suspensión. No tenía esperanzas de que aquel juez local nos la concediese, pero quizá un tribunal de apelación
reconociera que aquello no fue un asesinato intencionado y suspendiese la
condena. Estaban ocurriendo tantas cosas que no podía evaluar con
objetividad si habíamos presentado pruebas suficientes para cambiar la
imagen del caso. Principalmente me sentía mal por haberme despedido
dejando a Herbert en aquel estado.
De camino a la salida vi un grupo de mujeres y niños negros sentados juntos al fondo de la sala. Seis o siete me estaban mirando fijamente. La audiencia había tenido lugar a última hora de la tarde, cuando no había ningún otro proceso programado. Sentí curiosidad sobre quiénes serían
aquellas personas, pero lo cierto es que estaba demasiado cansado para interesarme. Sonreí y dirigí un cansado gesto de saludo a las tres mujeres
que parecían más concentradas en mí, lo que tomaron como una invitación
a acercárseme cuando estaba a punto de salir por la puerta.
La mujer que me habló parecía nerviosa y ligeramente temerosa.
Habló con titubeos:
—Soy la madre de Rena Mae, la madre de la víctima. Dijeron que nos
ayudarían, pero nunca lo hicieron. MaryLynn no oye bien, no ha vuelto a
oír bien desde la bomba, y su hermana tiene problemas de nervios. Yo también. Esperábamos que nos pudiera ayudar. —La expresión estupefacta
de mi cara la animó a seguir—. Sé que está ocupado. Es solo que podría venirnos bien la ayuda.
Me di cuenta de que mientras hablaba me había tendido la mano
cautelosamente. Se la estreché.
—Siento mucho que no hayan recibido la ayuda que les prometieron,
pero en este momento represento a Herbert Richardson —dije con tanta
amabilidad como pude.
—Lo sabemos. Sé que ahora mismo no puede hacer nada, pero cuando
todo esto termine, ¿podría ayudarnos? Dijeron que nos darían algún dinero
para gastos médicos y ayuda para el problema de oído de mi hija.
Una joven se había acercado discretamente a la mujer mientras
hablaba, y la abrazó. Aunque probablemente habría entrado ya en la
veintena, desde cualquier otro punto de vista se comportaba como una niña
pequeña. Apoyó la cabeza en su madre como habría hecho una criatura
mucho más joven y me miró con tristeza. Otra mujer se acercó y habló con
un tono en cierto modo desafiante.
—Soy su tía —dijo—. No creo en matar a la gente.
No estaba seguro de qué intentaba decirme exactamente, pero la miré y
respondí:
—Sí. Yo tampoco creo en matar a la gente.
Pareció relajarse un poco.
—Todo este duelo es agotador. No podemos ponernos de parte del
hombre al que intenta ayudar, pero no queremos lamentarnos también por
él. No debería haber más muertes en este asunto.
—No sé qué puedo hacer para ayudarlas, pero quiero hacerlo. Por
favor, pónganse en contacto conmigo a partir del 18 de agosto y veré qué
puedo averiguar.
La tía de MaryLynn me preguntó entonces si su hijo podía escribirme,
pues estaba en la cárcel y necesitaba un abogado. Suspiró con alivio cuando
le di mi tarjeta. Cuando salimos del juzgado nos despedimos solemnemente.
—Rezaremos por usted —me dijo la tía mientras se marchaban.
De camino a mi coche me planteé la posibilidad de pedirles que le
dijeran algo al fiscal y a los abogados del estado sobre que no querían que
el señor Richardson fuera ejecutado, aunque estaba claro que el estado no
estaba actuando a beneficio de aquellas víctimas. La sala había estado llena
de abogados estatales y otros agentes que habían observado la audiencia, pero hacía rato que se habían marchado del juzgado sin dirigir ni una palabra a las almas atormentadas sentadas al fondo. Me acosaba la trágica
ironía de que aquellas mujeres tuvieran la impresión de que yo era su mejor
esperanza de obtener ayuda.
Para cuando estuve de vuelta en Montgomery, el juez había denegado
la suspensión de la ejecución. Dictaminó que las pruebas aportadas habían
llegado «a destiempo», lo que significaba que ni las iba a tener en cuenta. A
menos de una semana de la ejecución, los días siguientes se convirtieron en
una frenética presentación de recursos. Finalmente, la víspera de la
ejecución, presenté una solicitud de revisión y una moción de suspensión en
el Tribunal Supremo de Estados Unidos. Incluso en los casos de pena de muerte, el Tribunal concede revisiones solo en un pequeño porcentaje de las
solicitudes presentadas. Raramente se concede un recurso de avocación, la
solicitud de revisión de la sentencia dictada por un tribunal inferior, pero siempre supe que el Tribunal Supremo era la mejor posibilidad que
teníamos de conseguir la suspensión. Incluso si un tribunal de orden inferior
concede la suspensión, el estado puede apelar, de modo que es casi siempre el Tribunal Supremo el que toma la decisión final sobre si la sentencia se
llevará a cabo o no.
La ejecución estaba programada para las 00.01 del 18 de agosto. Yo
había terminado por fin de redactar el recurso y lo envié por fax la noche
del 16 de agosto, y pasé la mañana siguiente en mi despacho de
Montgomery aguardando con ansiedad la decisión del Tribunal. Intenté
distraerme leyendo los expedientes de otros casos, entre ellos el de Walter
McMillian. No esperaba noticias del Tribunal antes de la tarde, pero eso no
evitó que pasara toda la mañana echando ojeadas al teléfono. Cada vez que
sonaba se me aceleraba el pulso. Eva y nuestra recepcionista, Doris, sabían
que estaba esperando con nerviosismo la llamada. Habíamos presentado
una extensa petición de clemencia ante el gobernador, acompañada de
declaraciones juradas de miembros de la familia y fotografías a color, pero
no esperaba que la respondiesen. La petición detallaba el servicio militar de
Herbert y explicaba que los veteranos que sufrían estrés postraumático eran
dignos de compasión.
No tenía muchas esperanzas. El jurado había sentenciado a Michael
Lindsey a cadena perpetua, y en vez de eso lo habían ejecutado; Horace Dunkins era discapacitado intelectual, y el gobernador no lo había
perdonado tampoco. Era probable que Herbert despertase aún menos
simpatías.
Hablé con él regularmente a lo largo del día para decirle que
seguíamos sin tener noticias. No podía confiar en que los encargados de la
prisión le comunicaran que el Tribunal había dictado su veredicto, así que le
pedí que me llamase cada dos horas. Fueran cuales fuesen las noticias, quería que las oyera de alguien que se preocupaba por él.
Herbert había conocido a una mujer de Mobile con la que mantuvo
correspondencia a lo largo de los años. Habían decidido casarse una semana
antes de la ejecución. Herbert no tenía dinero ni nada que ofrecerle si lo ejecutaban, pero era un veterano del ejército, por lo que sus deudos tenían
derecho a recibir una bandera estadounidense a su muerte. Designó a su nueva esposa como la persona a la que deberían ofrendarle la bandera. En
los días previos a la ejecución dio la impresión de que Herbert estaba más
preocupado por aquello que por la cercanía de la silla eléctrica. No dejaba de pedirme que revisara con la administración el modo en que se entregaría
la bandera, y me instaba a que obtuviera un compromiso por escrito.
La familia de su nueva esposa había aceptado pasar con él las últimas
horas anteriores a la ejecución. La prisión permitía que los familiares permaneciesen hasta las 22.00, momento en que empezarían a preparar al condenado. Yo aún seguía en mi despacho esperando recibir noticias del Tribunal Supremo. Cuando el reloj marcó las 17.00 sin que hubiera
novedades, empecé a permitirme una leve esperanza. Si al Tribunal no le importaba nada de lo que habíamos presentado, imaginaba que habrían
dado un veredicto más temprano. Así que cuanto más tiempo pasaba, más
me animaba. A las 18.00 estaba paseando arriba y abajo por el despacho repasando nerviosamente las posibilidades, qué podría estar debatiendo el Tribunal tan cerca de la hora de la ejecución. Eva y nuestra nueva
investigadora, Brenda Lewis, esperaban conmigo. Finalmente, poco antes
de las 19.00, sonó el teléfono. Era el actuario del Tribunal.
—Señor Stevenson, le llamo para comunicarle que el Tribunal acaba
de disponer sobre el caso número 89-5395;11 la moción para suspender la ejecución y la petición de recurso de avocación han sido denegadas.
Enseguida le enviaremos el dictamen por fax a su oficina.
Y ahí terminó la conversación. Cuando colgué, lo único que pude
pensar era para qué necesitaba una copia del dictamen. ¿A quién se creía el
actuario que se la iba a enseñar? Herbert estaría muerto en cuestión de horas. No habría más apelaciones ni más papeles que archivar. No sé muy
bien por qué me concentré en esos detalles en particular. Quizá pensar en la
burocracia absurda del dictamen del Tribunal era menos abrumador que
pensar en lo que significaba. Había prometido a Herbert que lo acompañaría
durante la ejecución, y me llevó algunos minutos darme cuenta de que tenía
que moverme deprisa para llegar a la prisión a tiempo.
Salté a mi coche y conduje hasta Atmore. Mientras circulaba por la
interestatal de camino a la prisión, me di cuenta de que los largos rayos del
sol se retiraban pero el calor del verano de Alabama persistía. Cuando llegué era completamente de noche. Fuera de la entrada de la prisión había
docenas de hombres armados sentados en la parte trasera de camionetas
paradas en fila a lo largo de la carretera que llevaba a la zona de aparcamiento. Eran agentes estatales, policías locales, ayudantes del sheriff y lo que parecía parte de una unidad de la Guardia Nacional. No sé por qué
el estado creía que necesitaba una milicia para vigilar la entrada de la prisión la noche de una ejecución. Era surrealista ver a todos aquellos hombres armados reunidos cerca de la medianoche para asegurarse de que
se arrebataba una vida sin que hubiera incidentes. Me fascinaba que alguien
creyese que podría haber alguna resistencia armada violenta ante la
ejecución programada de un indigente negro.
Entré en la prisión y vi a una mujer blanca de cierta edad, la celadora
que gestionaba el área de visitas. Yo me había convertido en un habitual del
corredor de la muerte, pues me reunía con mis nuevos clientes al menos una
vez al mes, de modo que me veía a menudo pero nunca se había mostrado
especialmente amistosa. Aquella noche, cuando llegué, se me acercó con
una calidez y una familiaridad poco corrientes. Por un momento pensé que
iba a abrazarme.
En el vestíbulo había hombres con traje y corbata que me observaron
con suspicacia cuando entré en la sala de visitas poco después de las nueve.
El área de visitas de Holman es una gran sala circular rodeada de cristal, de
modo que los agentes pueden observar desde cualquier punto. Hay una
docena de mesas pequeñas con sillas para las familias que acuden los días
de visita, programados normalmente dos o tres veces al mes. En la semana
de una ejecución programada, solo el prisionero que espera la ejecución puede recibir visitas familiares.
Cuando entré en la sala, a la familia le quedaba menos de una hora con
Herbert. Estaba más tranquilo de lo que le había visto nunca. Me sonrió cuando me acerqué y me dio un abrazo.
—Eh, todos, este es mi abogado. —Lo dijo con un orgullo que me
sorprendió y me conmovió.
—Hola a todos —dije.
Herbert todavía tenía su brazo por encima de mis hombros, y yo quería
decir algo reconfortante pero no se me ocurrió nada antes de que él volviese
a hablar:
—Les he dicho a los de la prisión que quiero que repartan mis cosas exactamente como he pedido, o mi abogado os demandará hasta que todos
tengáis que trabajar para él. —Soltó una risilla, y los demás se echaron a reír.
Conocí a la mujer de Herbert y a toda su familia y pasé los siguientes
cuarenta y cinco minutos con un ojo puesto en el reloj, sabiendo que a las
22.00 los guardias se lo llevarían y nunca volveríamos a verlo con vida.
Herbert trató de mantener distendido el ambiente. Le contó a su familia cómo me había convencido para ocuparme de su caso, y se jactó de que yo
solo representaba a gente lista y encantadora.
—Es demasiado joven para haberme podido representar en el juicio,
pero si hubiera estado allí, yo no estaría ahora en el corredor —dijo sonriendo, pero yo empezaba a sentirme afectado.
Me impresionaba de verdad lo mucho que se estaba esforzando para
que los que lo rodeaban se sintieran mejor ante la perspectiva de su muerte.
Nunca lo había visto tan lleno de vitalidad y garbo. Su familia y yo sonreíamos y reíamos, pero todos sentíamos la tensión del momento. Su
mujer se fue poniendo cada vez más llorosa según pasaban los minutos.
Poco antes de las 22.00, el comisario del Departamento de Prisiones de Alabama, el director de la prisión y varios hombres trajeados hicieron una
señal a la celadora, que entró tímidamente en la sala.
—Es la hora, gente —dijo ella con tono de disculpa—. Tenemos que
acabar la visita. Despídanse.
Miré a los ocupantes del vestíbulo; estaba claro que habían esperado
que la celadora hiciera algo más enérgico y eficaz. Querían que las cosas marchasen según el programa y estaban claramente listos para pasar a la siguiente fase y preparar la ejecución. Uno de los agentes del estado se acercó a ella cuando salió de la sala y se tocó el reloj de pulsera. En la sala, la mujer de Herbert empezó a sollozar. Le rodeó el cuello con los brazos y
se negó a soltarlo. Al cabo de un par de minutos, el llanto se convirtió en un
gemido afligido y desesperado.
Los funcionarios del vestíbulo se empezaron a impacientar y le
hicieron señales a la celadora, que volvió a entrar en la sala.
—Lo siento —dijo con toda la firmeza que pudo reunir—, pero tienen que marcharse ya.
Me miró, y aparté la mirada. La mujer de Herbert empezó a sollozar
otra vez. Su hermana y otros familiares se echaron a llorar también. La mujer de Herbert lo abrazó con más fuerza. Nunca me había parado a
pensar en lo difícil que sería ese momento. Era surrealista de una forma que
no había imaginado. En un instante, una oleada de tristeza y tragedia se había llevado a todos por delante, y empecé a preocuparme de que a aquella
familia le fuera imposible dejar a Herbert.
Para entonces, los funcionarios estaban furiosos. Miré por la ventana y
vi que el director llamaba por radio solicitando más agentes. Alguien indicó
a la celadora que volviera a la sala y sacase a la familia. Les oí decir que no
saliera sin llevárselos con ella. La celadora parecía nerviosa. A pesar del uniforme que llevaba, siempre me había parecido un poco fuera de lugar en
la prisión, y en aquel momento se la veía especialmente incómoda. Una vez
me comentó que su nieto quería ser abogado y ella tenía la esperanza de que
lo consiguiera. Su vista recorrió nerviosamente la sala y al final se me acercó. Tenía lágrimas en los ojos y me miró con desesperación.
—Por favor. Por favor. Ayúdeme a sacar a esta gente de aquí, por
favor.
Me inquietó la posibilidad de que las cosas se pusieran feas, pero no se
me ocurría qué hacer. Parecía imposiblemente duro que esperasen que la gente se limitara a salir tan tranquila abandonando a un ser querido para que
lo ejecutaran. Quería evitar que las cosas se descontrolasen, pero me sentía
impotente.
A esas alturas, la mujer de Herbert había empezado a decir a gritos «no
te voy a abandonar».
Herbert había realizado una extraña solicitud la semana anterior a la
ejecución. Dijo que si lo ejecutaban tal como estaba programado, quería que
me encargase de que la prisión hiciera sonar el himno La vieja y áspera
cruz mientras lo llevaban a la silla eléctrica. Me había dado un poco de vergüenza transmitir la petición cuando hablé con los encargados, pero para
mi total sorpresa, aceptaron.
Recuerdo que cuando era un niño siempre cantaban este himno en la
iglesia en los momentos sombríos, en los domingos de comunión y en
Viernes Santo. Era triste como pocos de los que he oído. No sé exactamente
por qué, pero empecé a tararearlo cuando vi que entraban más agentes de
uniforme en el vestíbulo anterior a la sala de visitas. Parecía algo que podía
ayudar, pero ¿ayudar a qué?
Al cabo de unos momentos, la familia se me unió. Me acerqué a la
mujer de Herbert, que aún lo abrazaba con fuerza y sollozaba quedamente.
—Tenemos que dejarlo ir —le susurré.
Herbert vio que los agentes empezaban a formar en el vestíbulo; se
apartó de ella lentamente y me pidió que la sacara de allí.
La mujer de Herbert se agarró a mí y lloró histéricamente mientras la
llevaba fuera de la sala de visitas, con toda la familia siguiéndonos pesarosa. Todo aquello me rompía el corazón y quería llorar, pero seguí tarareando el himno.
En la prisión habían organizado las cosas para que volviese a la
antesala de la ejecución al cabo de una hora para acompañar a Herbert.
Aunque había trabajado en varios casos de pena capital con clientes que tenían fecha de ejecución, nunca había estado presente en una. En los casos
en que había trabajado con condenados mientras estuve en Georgia, siempre
habíamos conseguido suspensiones. Estaba cada vez más nervioso ante la
idea de ser testigo de la electrocución de un hombre, quemado hasta morir
delante de mí. Me había concentrado tanto en conseguir la suspensión, y luego en qué le diría a Herbert cuando llegase a la prisión, que no me había
parado a pensar en que tendría que presenciar cómo lo ejecutaban. No
quería estar allí, pero tampoco quería abandonarlo. La idea de dejarlo a solas en una habitación rodeado de gente que lo quería muerto me hizo darme cuenta de que no podía dar marcha atrás. De repente la sala pareció
extraordinariamente calurosa, como si no quedase aire. La celadora se me
acercó después de que acompañase fuera a la familia y me susurró un
«gracias» al oído. Me irritó que me considerara un cómplice y no supe qué
contestar.
Cuando quedaban menos de treinta minutos, me llevaron a la celda
adjunta a la cámara de ejecuciones, muy en el interior de la prisión, donde
Herbert aguardaba hasta que llegase el momento de sentarlo en la silla eléctrica. Le habían afeitado el vello para facilitar una ejecución «limpia».
El estado no había hecho nada para modificar la silla eléctrica desde la desastrosa ejecución de Evans. Pensé en la chapuza que hicieron con
Horace Dunkins un mes antes12 y me puse más nervioso aún. Había intentado informarme sobre lo que debería suceder y tenía cierta idea
equivocada de que podría intervenir si hacían algo de forma incorrecta.
Cuando me vio, Herbert parecía mucho más alterado que en la sala de
visitas. Parecía tembloroso, y estaba claro que disgustado. Debió de ser humillante que lo afeitaran para prepararlo para la ejecución. Se le veía preocupado, y cuando entré en la celda me cogió las manos y me preguntó
si podíamos rezar, y eso hicimos. Cuando acabamos, su rostro adquirió una
expresión distante. Se volvió hacia mí.
—Oye, gracias. Sé que esto tampoco es fácil para ti, pero te agradezco
que estés a mi lado.
Le sonreí y le di un abrazo. Su cara se crispó en un gesto de
insoportable tristeza.
—Ha sido un día muy extraño, Bryan; realmente extraño. La mayoría
de la gente que se siente bien no se pone a pensar todo el día sobre que ese
será el último que estén con vida, con la seguridad de que los matarán. Es
diferente a cuando estaba en Vietnam... Mucho más raro. —Señaló hacia los
agentes que se arremolinaban con nerviosismo—. También es raro para
ellos. Durante todo el día, la gente ha estado preguntándome: «¿Cómo te puedo ayudar?». Cuando me desperté esta mañana, venían todo el rato:
«¿Quieres que te traigamos el desayuno?». A mediodía vinieron: «¿Quieres
algo de comer?». Y todo el día: «¿Te podemos ayudar en algo?». Esta tarde:
«¿Qué quieres para la cena? ¿Te podemos ayudar? ¿Necesitas sellos para las cartas? ¿Quieres agua? ¿Quieres café? ¿Quieres llamar por teléfono? ¿Te
podemos ayudar?». —Suspiró y apartó la mirada—. Ha sido tan raro,
Bryan. En las últimas catorce horas me ha preguntado más gente si me puede ayudar que en todos los años anteriores. —Me miró con una
expresión confundida.
Le di un último abrazo, largo, pero estaba pensando en lo que había
dicho. Pensé en toda la información sobre su infancia que el tribunal no había revisado. Pensé en el trauma y los problemas que lo habían seguido a
casa desde Vietnam. No podía evitar preguntarme dónde estaba toda esa
gente cuando los necesitó realmente. ¿Dónde estaban todas aquellas
personas solícitas cuando Herbert tenía tres años y murió su madre? ¿Dónde
estaban cuando tenía siete e intentaba recuperarse de los abusos físicos?
¿Dónde estaban cuando era un joven que luchaba contra las drogas y el alcohol? ¿Dónde estaban cuando volvió de Vietnam traumatizado y
discapacitado?
Vi el aparato de casete que habían dejado en el pasillo y que un agente
traía una cinta. Las notas tristes de La vieja y áspera cruz empezaron a sonar mientras se llevaban a Herbert de mi lado.
Hubo algo vergonzoso en lo relativo a la ejecución de Herbert que no pude
quitarme de encima. Todos los que vi en la prisión parecían rodeados de una
nube de pesar y remordimientos. Los funcionarios se habían mentalizado
para llevar a cabo la ejecución con decisión y aplomo, pero incluso ellos mostraron una incomodidad extrema y cierta vergüenza. Quizá eran
imaginaciones mías, pero parecía como si todos se dieran cuenta de que aquello estaba mal. Una cosa es pensar en la pena capital en abstracto, pero
los detalles concretos de matar a alguien que no representa una amenaza son algo por entero diferente.
En el viaje de regreso a casa no pude dejar de pensar. Pensé en
Herbert, en cómo deseaba desesperadamente la bandera de Estados Unidos
que se había ganado en su servicio en Vietnam. Pensé en su familia y en la
familia de la víctima, y en la tragedia que sufrieron a consecuencia del crimen. Pensé en la celadora, en los agentes del Departamento de Prisiones,
en los hombres a los que pagaban para que afeitasen el cuerpo de Herbert
para poder matarlo de forma más eficiente. Pensé en los agentes que lo ataron a la silla. Seguí pensando que nadie podía creer sinceramente que aquello fuera algo bueno, o incluso algo necesario.
Al día siguiente salieron en los periódicos artículos sobre la ejecución.
Algunos funcionarios del estado expresaron su satisfacción y emoción
porque la ejecución se hubiera llevado a cabo, pero yo sabía que ninguno de
ellos había tenido que mancharse las manos con los detalles de la muerte de
Herbert. En los debates sobre la pena capital, he empezado a argumentar que jamás pensaríamos que es humano pagar a alguien para que viole a un
condenado por violación o asalte y abuse a alguien culpable de asalto y abusos. Y sin embargo nos sentimos cómodos matando a alguien que haya
matado, en parte porque creemos que lo podemos hacer de una forma que
no afecta a nuestra propia humanidad de la misma manera en que la
afectaría violar o abusar de alguien. No pude dejar de pensar que no dedicamos mucho tiempo a analizar los detalles de lo que implica matar a
alguien.
Al día siguiente volví a mi despacho con energías renovadas. Cogí los
archivos de mis otros casos y actualicé los planes para ayudar a cada cliente, ampliando al máximo las posibilidades de evitar la ejecución. Con
el tiempo me di cuenta de que mi nueva determinación no cambió
demasiado las cosas; en realidad, solo estaba intentando reconciliarme con
la realidad de la muerte de Herbert. Aun así, aquello me reconfortó. Me sentí más decidido a contratar personal y obtener recursos para enfrentarme
a los crecientes desafíos de proporcionar asistencia legal a los condenados.
Hablé con Eva sobre unas cuantas personas que habían mostrado interés por
unirse a nuestro personal. Existía una posibilidad de obtener nuevo apoyo
financiero por parte de una fundación, y aquella tarde recibimos por fin el
material de oficina que habíamos pedido. Al final de aquel día, estaba convencido de que las cosas iban a mejorar, aunque sentía de nuevo el peso
que representaba todo aquello.
OceanofPDF.com