Cuestión de justicia

Bryan Stevenson · Capítulo 19 de 22

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Cuestión de justicia

Epílogo

Walter falleció el 11 de septiembre de 2013.

Siguió siendo amable y encantador hasta el último instante, a pesar del

creciente estado de confusión causado por el progreso de su demencia.

Vivía con su hermana Katie, pero en los dos últimos años de su vida no podía disfrutar del aire libre ni moverse demasiado sin ayuda. Una mañana

se cayó y se rompió la cadera. Los médicos decidieron que no era

conveniente someterlo a una operación, de modo que lo mandaron a casa con pocas esperanzas de que se recuperase. La asistente social del hospital

me dijo que habían organizado las cosas para que recibiera cuidados

paliativos en su hogar, lo que era triste pero mucho mejor que lo que Walter

temía cuando estaba en el corredor de la muerte de Alabama. Cuando

volvió a casa desde el hospital, perdió mucho peso y empezó a responder

cada vez menos a la presencia de visitas. Poco tiempo después, murió una

noche, mientras dormía plácidamente.

El funeral de Walter tuvo lugar en la iglesia Limestone Faulk A. M. E.

Zion, cerca de Monroeville, una lluviosa mañana de sábado. Aquel fue el mismo púlpito en que veinte años antes me había dirigido a la congregación

hablándoles de arrojar y atrapar piedras. Resultaba extraño estar de vuelta

allí. Docenas de personas llenaban la iglesia, y docenas más aguardaban en

el exterior. Contemplé a la gente, en su mayoría negros pobres de

procedencia rural, unida por el sufrimiento y la congoja que llenaba aquel

triste espacio. Un funeral más, con un sentimiento trágico incrementado por

el dolor injustificado y los tormentos innecesarios que lo habían precedido.

Era una sensación que tuve a menudo cuando trabajaba en el caso de

Walter, la de que, si el sufrimiento de aquellas vidas angustiadas y el dolor

de toda la gente oprimida en los lugares amenazadores del condado de

Monroe se pudiera condensar en algún receptáculo cuidadosamente

construido, podría alimentar algo extraordinario y funcionar como una

especie de combustible asombroso capaz de poner en marcha acciones que antes se habrían considerado irrealizables. Y quién sabía lo que podría surgir de ello: ¿una ruptura justa o una transformación redentora? Quizá las

dos cosas.

Cerca del féretro, la familia había instalado una pantalla de televisión

donde mostraron docenas de fotografía de Walter antes del servicio

religioso. Casi todas las fotos se habían tomado el día que lo liberaron de la

prisión. En algunas de ellas aparecíamos juntos Walter y yo, y me

impresionó ver lo felices que parecíamos. Me senté en la iglesia y

contemplé las fotos sin poder acabar de creer cuánto tiempo había pasado.

Cuando Walter estaba en el corredor de la muerte, me habló una vez de

lo muy enfermo que se había sentido durante la ejecución de un hombre de

su grupo de celdas.

—¡Cuando activaron la silla eléctrica nos llegó el olor a carne

quemada! Todos golpeábamos los barrotes para protestar e intentar

sentirnos un poco mejor, pero me puse realmente mal. Cuanto más

golpeaba, menos podía soportar todo aquello.

»¿Piensa alguna vez en la muerte? —me preguntó; era una pregunta

inesperada en alguien como Walter—. Yo nunca había pensado antes, pero

ahora no dejo de darle vueltas —prosiguió. Parecía atormentado—. En este

lugar es algo completamente distinto. Los chicos del corredor hablan de lo

que van a hacer antes de su ejecución, de cómo van a actuar. Antes pensaba

que era un disparate hablar de algo así, pero supongo que también estoy empezando a hacerlo.

La conversación me estaba haciendo sentir incómodo.

—Creo que deberías pensar en la vida, en lo que vas a hacer cuando

salgas de aquí.

—Oh, eso lo hago también. Muchísimo. Lo que pasa es que es muy

duro ver cómo se llevan a la gente para matarla. Morir según un calendario

de un tribunal o de una prisión no es correcto. Se supone que la gente debería morir según el plan de Dios.

Antes de que comenzara el servicio religioso, pensé en todo el tiempo

que había pasado con Walter después de que saliera de prisión. Entonces el

coro empezó a cantar; luego el pastor pronunció un sermón vehemente.

Dijo que las mentiras y la intolerancia habían arrancado a Walter del lado de su familia en la flor de su vida. Cuando hablé yo, dije a la congregación

que Walter había llegado a ser como un hermano para mí, que había tenido

el valor de confiar su vida en las manos de alguien tan joven como era yo.

Expliqué que todos le debíamos algo, porque lo habían amenazado y

aterrorizado, lo habían acusado y condenado injustamente, pero nunca se rindió. Sobrevivió a la humillación del juicio y a las acusaciones.

Sobrevivió al veredicto de culpabilidad, al corredor de la muerte y a la condena injusta de todo un estado. Y aunque no sobrevivió sin heridas ni

traumas, salió con su dignidad intacta. Le dije a la gente que Walter se había

sobrepuesto a todo lo que le habían hecho el miedo, la ignorancia y el fanatismo. Se había mantenido firme ante la injusticia, y era posible que su

exoneración nos hubiera dejado un poco más seguros, un poco más

protegidos de los abusos de poder y las falsas acusaciones que casi lo habían matado. Dije a sus amigos y a su familia que la fuerza, la resistencia

y la perseverancia de Walter eran una victoria que valía la pena celebrar, un

logro que debía ser recordado.

Sentí la necesidad de explicarle a la gente lo que Walter me había

enseñado. Me había hecho comprender por qué debíamos reformar un

sistema de justicia penal que sigue tratando mejor a las personas si son ricas

y culpables que si son pobres e inocentes. Hace falta cambiar un sistema que niega a los pobres la asistencia legal que necesitan, que hace que la riqueza y el estatus social sean más importantes que la culpabilidad. El caso

de Walter me enseñó que el miedo y la ira son una amenaza para la justicia

y pueden infectar una comunidad, un estado o un país y volvernos ciegos,

irracionales y peligrosos. Reflexioné sobre la manera en que la

encarcelación masiva había salpicado el paisaje nacional con monumentos

penitenciarios a la irresponsabilidad y al castigo excesivo, y había

devastado a las comunidades con nuestra desesperada disposición a

condenar y apartar a un lado a nuestros miembros más vulnerables. Dije a

los reunidos que el caso de Walter me había enseñado que la pena de muerte

no tiene nada que ver con la cuestión de si alguien merece morir por los crímenes que ha cometido. La auténtica cuestión sobre la pena capital en este país es: ¿tenemos derecho a matar?

Por último, lo más importante: dije a los que estaban reunidos en la iglesia que Walter me había enseñado que la compasión es justa cuando nace de la esperanza y se entrega libremente. La compasión es más fuerte,

liberadora y transformadora cuando está dirigida hacia los que no la

merecen. La gente que no se la ha ganado, que ni siquiera la ha buscado,

son los receptores más significativos de nuestra compasión. Walter perdonó

sinceramente a las personas que lo habían juzgado y considerado indigno de

compasión. Y, al final, fue la simple compasión por los demás lo que le permitió recuperar una vida digna de ser vivida, una vida en la que

redescubrió el amor y la libertad que desean todos los seres humanos, una

vida que se sobrepuso a la muerte y a la condena hasta que le llegó el momento de morir según el plan de Dios.

No me quedé mucho tiempo después del servicio religioso. Salí de la

iglesia, contemplé la carretera y reflexioné sobre el hecho de que nadie fue

acusado del asesinato de Ronda Morrison después de la liberación de

Walter. Pensé en el dolor que aquello debía de estar causando aún a sus padres.

Mucha gente se me acercó solicitando ayuda jurídica para problemas

de todas clases. Yo no había llevado tarjetas de visita, así que le apunté mi

número de teléfono a cualquiera que lo necesitara y les dije que llamaran a

mi despacho. Era poco probable que fuésemos capaces de hacer gran cosa

en la mayoría de aquellos casos, pero la esperanza de que quizá pudiéramos

hizo que el viaje de vuelta a casa no fuese tan triste.

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