Cuestión de justicia
Epílogo
Walter falleció el 11 de septiembre de 2013.
Siguió siendo amable y encantador hasta el último instante, a pesar del
creciente estado de confusión causado por el progreso de su demencia.
Vivía con su hermana Katie, pero en los dos últimos años de su vida no podía disfrutar del aire libre ni moverse demasiado sin ayuda. Una mañana
se cayó y se rompió la cadera. Los médicos decidieron que no era
conveniente someterlo a una operación, de modo que lo mandaron a casa con pocas esperanzas de que se recuperase. La asistente social del hospital
me dijo que habían organizado las cosas para que recibiera cuidados
paliativos en su hogar, lo que era triste pero mucho mejor que lo que Walter
temía cuando estaba en el corredor de la muerte de Alabama. Cuando
volvió a casa desde el hospital, perdió mucho peso y empezó a responder
cada vez menos a la presencia de visitas. Poco tiempo después, murió una
noche, mientras dormía plácidamente.
El funeral de Walter tuvo lugar en la iglesia Limestone Faulk A. M. E.
Zion, cerca de Monroeville, una lluviosa mañana de sábado. Aquel fue el mismo púlpito en que veinte años antes me había dirigido a la congregación
hablándoles de arrojar y atrapar piedras. Resultaba extraño estar de vuelta
allí. Docenas de personas llenaban la iglesia, y docenas más aguardaban en
el exterior. Contemplé a la gente, en su mayoría negros pobres de
procedencia rural, unida por el sufrimiento y la congoja que llenaba aquel
triste espacio. Un funeral más, con un sentimiento trágico incrementado por
el dolor injustificado y los tormentos innecesarios que lo habían precedido.
Era una sensación que tuve a menudo cuando trabajaba en el caso de
Walter, la de que, si el sufrimiento de aquellas vidas angustiadas y el dolor
de toda la gente oprimida en los lugares amenazadores del condado de
Monroe se pudiera condensar en algún receptáculo cuidadosamente
construido, podría alimentar algo extraordinario y funcionar como una
especie de combustible asombroso capaz de poner en marcha acciones que antes se habrían considerado irrealizables. Y quién sabía lo que podría surgir de ello: ¿una ruptura justa o una transformación redentora? Quizá las
dos cosas.
Cerca del féretro, la familia había instalado una pantalla de televisión
donde mostraron docenas de fotografía de Walter antes del servicio
religioso. Casi todas las fotos se habían tomado el día que lo liberaron de la
prisión. En algunas de ellas aparecíamos juntos Walter y yo, y me
impresionó ver lo felices que parecíamos. Me senté en la iglesia y
contemplé las fotos sin poder acabar de creer cuánto tiempo había pasado.
Cuando Walter estaba en el corredor de la muerte, me habló una vez de
lo muy enfermo que se había sentido durante la ejecución de un hombre de
su grupo de celdas.
—¡Cuando activaron la silla eléctrica nos llegó el olor a carne
quemada! Todos golpeábamos los barrotes para protestar e intentar
sentirnos un poco mejor, pero me puse realmente mal. Cuanto más
golpeaba, menos podía soportar todo aquello.
»¿Piensa alguna vez en la muerte? —me preguntó; era una pregunta
inesperada en alguien como Walter—. Yo nunca había pensado antes, pero
ahora no dejo de darle vueltas —prosiguió. Parecía atormentado—. En este
lugar es algo completamente distinto. Los chicos del corredor hablan de lo
que van a hacer antes de su ejecución, de cómo van a actuar. Antes pensaba
que era un disparate hablar de algo así, pero supongo que también estoy empezando a hacerlo.
La conversación me estaba haciendo sentir incómodo.
—Creo que deberías pensar en la vida, en lo que vas a hacer cuando
salgas de aquí.
—Oh, eso lo hago también. Muchísimo. Lo que pasa es que es muy
duro ver cómo se llevan a la gente para matarla. Morir según un calendario
de un tribunal o de una prisión no es correcto. Se supone que la gente debería morir según el plan de Dios.
Antes de que comenzara el servicio religioso, pensé en todo el tiempo
que había pasado con Walter después de que saliera de prisión. Entonces el
coro empezó a cantar; luego el pastor pronunció un sermón vehemente.
Dijo que las mentiras y la intolerancia habían arrancado a Walter del lado de su familia en la flor de su vida. Cuando hablé yo, dije a la congregación
que Walter había llegado a ser como un hermano para mí, que había tenido
el valor de confiar su vida en las manos de alguien tan joven como era yo.
Expliqué que todos le debíamos algo, porque lo habían amenazado y
aterrorizado, lo habían acusado y condenado injustamente, pero nunca se rindió. Sobrevivió a la humillación del juicio y a las acusaciones.
Sobrevivió al veredicto de culpabilidad, al corredor de la muerte y a la condena injusta de todo un estado. Y aunque no sobrevivió sin heridas ni
traumas, salió con su dignidad intacta. Le dije a la gente que Walter se había
sobrepuesto a todo lo que le habían hecho el miedo, la ignorancia y el fanatismo. Se había mantenido firme ante la injusticia, y era posible que su
exoneración nos hubiera dejado un poco más seguros, un poco más
protegidos de los abusos de poder y las falsas acusaciones que casi lo habían matado. Dije a sus amigos y a su familia que la fuerza, la resistencia
y la perseverancia de Walter eran una victoria que valía la pena celebrar, un
logro que debía ser recordado.
Sentí la necesidad de explicarle a la gente lo que Walter me había
enseñado. Me había hecho comprender por qué debíamos reformar un
sistema de justicia penal que sigue tratando mejor a las personas si son ricas
y culpables que si son pobres e inocentes. Hace falta cambiar un sistema que niega a los pobres la asistencia legal que necesitan, que hace que la riqueza y el estatus social sean más importantes que la culpabilidad. El caso
de Walter me enseñó que el miedo y la ira son una amenaza para la justicia
y pueden infectar una comunidad, un estado o un país y volvernos ciegos,
irracionales y peligrosos. Reflexioné sobre la manera en que la
encarcelación masiva había salpicado el paisaje nacional con monumentos
penitenciarios a la irresponsabilidad y al castigo excesivo, y había
devastado a las comunidades con nuestra desesperada disposición a
condenar y apartar a un lado a nuestros miembros más vulnerables. Dije a
los reunidos que el caso de Walter me había enseñado que la pena de muerte
no tiene nada que ver con la cuestión de si alguien merece morir por los crímenes que ha cometido. La auténtica cuestión sobre la pena capital en este país es: ¿tenemos derecho a matar?
Por último, lo más importante: dije a los que estaban reunidos en la iglesia que Walter me había enseñado que la compasión es justa cuando nace de la esperanza y se entrega libremente. La compasión es más fuerte,
liberadora y transformadora cuando está dirigida hacia los que no la
merecen. La gente que no se la ha ganado, que ni siquiera la ha buscado,
son los receptores más significativos de nuestra compasión. Walter perdonó
sinceramente a las personas que lo habían juzgado y considerado indigno de
compasión. Y, al final, fue la simple compasión por los demás lo que le permitió recuperar una vida digna de ser vivida, una vida en la que
redescubrió el amor y la libertad que desean todos los seres humanos, una
vida que se sobrepuso a la muerte y a la condena hasta que le llegó el momento de morir según el plan de Dios.
No me quedé mucho tiempo después del servicio religioso. Salí de la
iglesia, contemplé la carretera y reflexioné sobre el hecho de que nadie fue
acusado del asesinato de Ronda Morrison después de la liberación de
Walter. Pensé en el dolor que aquello debía de estar causando aún a sus padres.
Mucha gente se me acercó solicitando ayuda jurídica para problemas
de todas clases. Yo no había llevado tarjetas de visita, así que le apunté mi
número de teléfono a cualquiera que lo necesitara y les dije que llamaran a
mi despacho. Era poco probable que fuésemos capaces de hacer gran cosa
en la mayoría de aquellos casos, pero la esperanza de que quizá pudiéramos
hizo que el viaje de vuelta a casa no fuese tan triste.
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