Cuestión de justicia
Dedicatoria
En memoria de Alice Golden Stevenson,
mi madre
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El amor es el motivo, pero la justicia es el instrumento.
REINHOLD NIEBUHR
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INTRODUCCIÓN
EN UN LUGAR MÁS ALTO
No estaba preparado para reunirme con un condenado a muerte. En 1983,
yo tenía veintitrés años y era un alumno de la Escuela de Derecho de Harvard que trabajaba en prácticas en Georgia, voluntarioso, inexperto y preocupado por haber mordido quizá más de lo que podía tragar. Nunca
había visto por dentro una prisión de máxima seguridad ni, desde luego, había estado en un corredor de la muerte. Cuando supe que visitaría a solas
a ese prisionero, sin que me acompañase ningún abogado, intenté que no se
me notara el pánico.
En Georgia, el corredor de la muerte está en una prisión en las afueras
de Jackson, una remota ciudad rural del estado. Fui en coche por mi cuenta,
en dirección sur por la I-75 desde Atlanta, con el pulso acelerándoseme conforme me acercaba. La verdad es que no sabía nada sobre la pena
capital, y ni siquiera había estudiado aún procedimiento penal. Carecía de
una idea básica sobre el complicado proceso de apelación en los casos de
pena de muerte, un proceso que con el tiempo acabaría conociendo como la
palma de mi mano. Cuando acepté este trabajo en prácticas, no pensé
demasiado en el detalle de que tendría que tratar realmente con presos condenados. Para ser sincero, ni siquiera sabía si quería ser abogado. Según
iba dejando atrás kilómetros de carreteras rurales, estaba cada vez más convencido de que aquel hombre iba a sentirse muy decepcionado cuando
me viera.
Estudié filosofía en la universidad, pero hasta el último año no caí en
la cuenta de que nadie me iba a pagar por filosofar cuando me licenciase.
Mi búsqueda frenética de un «plan de posgrado» me llevó a la Escuela de
Derecho, principalmente porque otros programas de posgrado exigían para
inscribirse que uno tuviera algún conocimiento sobre el área de estudio
elegida; en cambio, las escuelas de Derecho no pedían que uno supiera nada, al parecer. En Harvard podía estudiar Derecho mientras me sacaba un
título de posgrado en políticas públicas en la Kennedy School of
Government, un área que me atraía. No estaba muy seguro de lo que quería
hacer en el futuro, pero sabía que sería algo relacionado con la vida de los
pobres, la historia de desigualdad racial en Estados Unidos y la lucha por
ser equitativos y justos unos con otros. Tendría algo que ver con las cosas
que me había encontrado en la vida y sobre las que había estado pensando
hasta el momento, pero aún no era capaz de unirlo todo de forma que se abriese claramente ante mí una trayectoria profesional.
Poco después de dar comienzo a mis clases en Harvard empecé a
preguntarme si no habría tomado una decisión incorrecta. Provenía de una
pequeña universidad de Pensilvania y me sentía afortunado por haber sido
admitido, pero al acabar mi primer año estaba desilusionado. En aquella época, la Escuela de Derecho de Harvard era un lugar bastante intimidante,
especialmente para alguien de veintiún años. Muchos profesores empleaban
el método socrático —interrogatorios directos, repetitivos y buscando la confrontación—, que tenía el efecto colateral de humillar a los estudiantes
poco preparados. Los cursos parecían esotéricos y desconectados de las
cuestiones de raza y pobreza que me habían motivado a plantearme estudiar
Derecho.
La mayoría de los estudiantes ya tenían títulos avanzados o habían
trabajado como asistentes en bufetes de prestigio. Yo no poseía ninguna de
esas credenciales. Me sentía inmensamente menos experimentado y
sofisticado que mis compañeros de estudios. Cuando, un mes después de
que comenzaran las clases, los bufetes aparecieron por el campus
universitario y empezaron a entrevistar a los estudiantes, mis compañeros se
pusieron trajes caros y se inscribieron en busca de espaldarazos que los impulsaran hacia Nueva York, Los Ángeles, San Francisco o Washington
D.C. Me resultaba un absoluto misterio para qué exactamente estábamos
tan ocupados preparándonos. Ni siquiera había conocido a ningún abogado
antes de empezar a estudiar Derecho.
El verano siguiente a mi primer año lo pasé trabajando en un proyecto legal para menores en Filadelfia y dando clases de matemáticas avanzadas
por la noche, con el fin de prepararme para mi próximo año en la Kennedy
School. En septiembre, después de empezar en el programa de políticas
públicas,
seguía
sintiéndome
desconectado.
El
currículo
era
extremadamente cuantitativo, enfocado en descubrir cómo maximizar
beneficios y minimizar costes sin preocuparse demasiado por lo que se
conseguía con tales beneficios y el efecto de esos costes. Aunque resultaban
intelectualmente estimulantes, la teoría de decisiones, la econometría y otras materias por el estilo me dejaban una sensación de desorientación.
Pero entonces, de repente, todo se centró.
Me enteré de que la Escuela de Derecho ofrecía un curso intensivo
poco corriente, de un mes, sobre litigios relacionados con temas de raza y
pobreza, a cargo de Betsy Bartholet, una profesora de Derecho que había trabajado como abogada para el Fondo de Defensa Legal de la NAACP. A
diferencia de la mayoría de los cursos, este sacaba a los estudiantes de la universidad; exigía que pasaran dicho mes con una organización realizando
trabajos de justicia social. Me apresuré a inscribirme, y en diciembre de 1983 me encontraba en un avión de camino a Atlanta (Georgia), donde
habían programado que pasara algunas semanas trabajando con el Comité
de Defensa de Prisioneros Sureños (Southern Prisoners Defense Committee,
SPDC).
No me pude permitir el precio de un vuelo directo a Atlanta, por lo que
tuve que hacer transbordo en Charlotte (Carolina del Norte), y allí fue donde conocí a Steve Bright, el director del SPDC, que regresaba a Atlanta
tras las Navidades. Steve era un hombre de treinta y tantos años, y mostraba
una pasión y una seguridad que estaban en el extremo opuesto a mi
ambivalencia. Se había criado en una granja de Kentucky y acabó en
Washington D.C. tras finalizar la carrera de Derecho. Era un destacado abogado litigante en el servicio de defensores de oficio en el Distrito de Columbia, y acababan de reclutarlo para que se hiciera cargo del SPDC, asociación cuyo fin era prestar asistencia jurídica a condenados a la pena capital en el corredor de la muerte de Georgia. No mostraba en lo más mínimo la desconexión entre lo que hacía y lo que creía que yo había visto
en muchos de mis profesores de Derecho. Cuando nos encontramos, me estrechó en un caluroso abrazo y empezamos a charlar. Y no paramos hasta
que llegamos a Atlanta.
—Bryan —dijo en un momento dado durante el corto vuelo—, la pena
capital significa «los que no tienen capital reciben la pena». No podemos ayudar a los ocupantes del corredor de la muerte sin la contribución de gente como tú.
Su fe en que yo tenía algo que ofrecer me sorprendió. Fue desglosando
sencilla pero convincentemente las cuestiones relacionadas con la pena de
muerte, y yo no dejé escapar una palabra, completamente cautivado por su
dedicación y su carisma.
—Únicamente confío en que no esperes nada demasiado lujoso
mientras estás aquí —dijo.
—Oh, no —le aseguré—. Agradezco la oportunidad de trabajar
contigo.
—Bueno, «oportunidad» no es la primera palabra en la que piensa la
gente cuando se plantea la posibilidad de trabajar con nosotros. Llevamos
una vida sencilla y el horario es bastante cargado.
—Eso no es problema.
—Bueno, en realidad podríamos describirlo como una vida menos que
sencilla. Pobre, más bien; quizá incluso se pueda decir que vivimos a duras
penas, luchando por aguantar, sobreviviendo gracias a la amabilidad de
desconocidos, subsistiendo día a día y sin seguridad en cuanto al futuro.
Le dirigí una mirada de preocupación y se echó a reír.
—Es broma... Más o menos.
Cambió de tema, pero estaba claro que su corazón y su mente estaban
alineados con la situación de los condenados y los que soportaban un trato
injusto en cárceles y prisiones. Era profundamente reconfortante conocer a
alguien cuyo trabajo animaba su vida con tanta intensidad.
Cuando llegué aquel invierno, solo había unos pocos abogados
trabajando en el SPDC. La mayoría eran antiguos abogados penales de
Washington que habían acudido a Georgia en respuesta a una crisis
creciente: los prisioneros del corredor de la muerte no podían procurarse un
letrado. Aquellos abogados, hombres y mujeres, blancos y negros, rondaban
la treintena y se encontraban cómodos entre sí de una forma que reflejaba una misión común, una esperanza común y una tensión común en cuanto a
los desafíos que afrontaban.
Tras años de prohibiciones y aplazamientos, en el Sur Profundo
estaban comenzando de nuevo las ejecuciones, y la mayoría de la gente amontonada en el corredor de la muerte no tenía abogados ni derecho a asistencia legal. Crecía el temor de que empezaran a matar a la gente sin que un letrado competente revisara sus casos. Todos los días recibíamos llamadas desesperadas de personas que carecían de asistencia legal pero cuyas fechas de ejecución estaban marcadas en el calendario y se acercaban
con rapidez. Nunca había oído voces tan desesperadas.
Cuando empecé mi periodo de prácticas, todos fueron extremadamente
amables conmigo y me sentí como en casa de inmediato. El SPDC tenía su
sede en el centro de Atlanta, en el Edificio Healey, un bloque de dieciséis
plantas estilo gothic revival construido a principios del siglo XX y en franca decadencia que no paraba de perder inquilinos. Yo trabajaba en un
abarrotado círculo de mesas junto a dos abogados encargándome de labores
administrativas, contestando el teléfono e investigando detalles legales para
el personal. Apenas había empezado a habituarme a la rutina cuando Steve
me pidió que fuera al corredor de la muerte para entrevistarme con un condenado que nadie había tenido tiempo de visitar. Me explicó que aquel
hombre llevaba más de dos años en el corredor y aún no tenían un abogado
que se encargase del caso; mi tarea era transmitirle un mensaje sencillo:
«No te van a matar el año que viene».
Conduje atravesando tierras de cultivo y bosques de la Georgia rural,
ensayando lo que diría cuando me encontrase con él. Practiqué una y otra
vez mi presentación.
«Hola, me llamo Bryan. Soy un estudiante y estoy con...» No. «Soy un
estudiante de Derecho con...» No. «Me llamo Bryan Stevenson. Soy un
asistente del Comité de Defensa de Prisioneros Sureños y me han indicado
que le informe de que no será ejecutado próximamente.» «No pueden ejecutarlo próximamente.» «No corre el riesgo de que lo ejecuten pronto.»
No.
Seguí practicando mi presentación hasta que me detuve junto a la
intimidante valla de alambre de espino y la torre de guardia blanca de la prisión de Jackson: el Centro de Clasificación y Diagnóstico de Georgia. En
el despacho la llamábamos simplemente «Jackson», por lo que ver el
nombre auténtico de la instalación en un cartel me resultó discordante; sonaba clínico, incluso terapéutico. Aparqué, fui a la entrada de la prisión y
entré en el edificio principal, con sus oscuros pasillos y sus vestíbulos enrejados, donde barras de metal bloqueaban todos los puntos de acceso. El
interior eliminaba cualquier duda que hubiera sobre si aquel era un lugar duro.
Recorrí un pasillo con forma de túnel hasta la zona de visitas de
abogados; cada paso resonaba ominosamente en el impecable suelo de
baldosas. Cuando le dije al guardia que era un auxiliar jurídico enviado para
entrevistarse con un condenado a muerte, me dirigió una mirada
desconfiada. Yo llevaba puesto mi único traje, y ambos podíamos ver que
había tenido mejores días. La mirada del guardia pareció detenerse largo tiempo en mi carné de conducir antes de volver la cabeza hacia mí.
—No es de por aquí —dijo.
Era más una afirmación que una pregunta.
—No, señor. Bueno, estoy trabajando en Atlanta.
Tras llamar al despacho del director para comprobar si mi visita
constaba en la agenda, acabó por admitirme y me dirigió con brusquedad a
la pequeña sala donde tendría lugar la entrevista.
—No se pierda; no prometemos buscarlo —me advirtió.
La sala de visitas tenía unos seis metros de lado y varios taburetes atornillados al suelo. Todo lo que había en la habitación era de metal y estaba asegurado. Frente a los taburetes, una malla metálica se extendía desde un pequeño mostrador hasta el techo, a cuatro metros de altura. La sala era una jaula vacía hasta que entré en ella. En las visitas familiares, los presos y los visitantes se situaban a cada lado de la pared interior de malla,
y hablaban de un lado al otro del alambre. Las visitas de abogados, en
cambio, eran «visitas de contacto»: ambos estaríamos en el mismo lado de la sala para permitirnos mayor privacidad. La sala era pequeña y, aunque sabía que no podía ser real, sentía que empequeñecía más a cada momento.
Empecé a preocuparme por mi falta de preparación. La duración de la visita
era de una hora, pero no sabía ni siquiera cómo llenar quince minutos. Me
senté en uno de los taburetes y esperé. Pasados quince minutos de ansiedad
creciente, escuché por fin un tintineo de cadenas al otro lado de la puerta.
El hombre que entró parecía incluso más nervioso que yo. Me miró,
con el rostro crispado en una mueca de preocupación, y se apresuró a apartar la mirada cuando se la devolví. No pasó de la puerta de la sala, como si en realidad no quisiera entrar en ella. Era un joven afroamericano
pulcramente acicalado, de pelo corto y complexión media, vestido con un
limpio traje blanco de presidiario. De inmediato me resultó familiar, como
cualquiera con quien hubiera crecido, amigos de la escuela, gente con la que había practicado deportes o tocado música, alguien con quien me
pararía a hablar del tiempo por la calle. El guardia le quitó lentamente las
cadenas, retirándole las esposas y los grilletes de los tobillos, y después me
miró y me dijo que teníamos una hora. Pareció darse cuenta de que tanto el
prisionero como yo estábamos nerviosos y disfrutar con nuestra
incomodidad; me sonrió antes de volverse y abandonar la sala. La puerta de
metal resonó ruidosamente al cerrarse tras él y el eco reverberó en la pequeña estancia.
El condenado no se acercó, y yo no sabía qué otra cosa hacer, de modo
que fui hasta él y le tendí la mano. Me la estrechó cautelosamente. Nos sentamos y él habló el primero.
—Yo soy Henry —dijo.
—Lo siento mucho —fueron las primeras palabras que balbuceé. A
pesar de todos mis preparativos y frases ensayadas, no pude evitar
disculparme repetidamente—. Lo siento mucho, de verdad… esto… bueno,
realmente no sé... Yo solo soy un estudiante de Derecho, aún no soy
abogado... Siento mucho no poder decirle gran cosa, pero es que no sé demasiado.
El hombre me miró con preocupación.
—¿Va todo bien con mi caso?
—Oh, sí, señor. Los abogados del SPDC me han enviado para que le diga que aún no le han asignado uno... Quiero decir, no tenemos un abogado
para usted todavía, pero no corre ningún peligro de que lo ejecuten el próximo año... Estamos buscándole un abogado, un abogado de verdad, y
esperamos que pueda venir a visitarlo en los próximos meses. Yo soy solo
un estudiante de Derecho. Me encantaría ayudarlo, quiero decir, si hay algo
que pueda hacer por usted.
El hombre interrumpió mi cháchara cogiéndome rápidamente las
manos.
—¿No me van a ejecutar el año que viene?
—No, señor. Dicen que al menos pasará un año antes de que se decida
una fecha. —Aquellas palabras no me parecieron muy reconfortantes, pero
Henry me apretó las manos con más fuerza.
—¡Gracias, tío! De verdad, ¡muchas gracias! Es una noticia estupenda.
—Irguió los hombros y me miró; sus ojos reflejaban un intenso alivio—.
Usted es la primera persona que he visto en dos años en el corredor de la
muerte que no fuera otro prisionero o uno de los guardias. Me alegro mucho
de que esté aquí, y me alegro de recibir esta noticia. —Exhaló sonoramente
y pareció relajarse—. He estado hablando con mi mujer por teléfono, pero
no he querido que viniera o que trajera a los críos porque tenía miedo de que aparecieran y yo tuviera una fecha de ejecución. Simplemente no quería
que estuvieran aquí de esa forma. Ahora les diré que pueden venir a verme.
¡Gracias!
Me asombró que estuviera tan feliz. Me relajé también y empezamos a
charlar. Resultó que teníamos exactamente la misma edad. Henry me
preguntó cosas sobre mí, y yo le pregunté por su vida. Al cabo de una hora
ambos estábamos inmersos en la conversación. Hablamos de todo. Me
habló de su familia y me contó su juicio. Me preguntó por la mía y por la
Escuela de Derecho. Hablamos de música, de la prisión, de lo que es
importante en la vida y lo que no. Yo estaba completamente absorto en la
conversación. A veces nos reímos, y hubo momentos en los que se puso profundamente emotivo y triste. Seguimos hablando y hablando, y solo al
escuchar un fuerte golpe en la puerta me di cuenta de que había sobrepasado con mucho el tiempo asignado para la visita legal. Miré mi reloj. Había estado allí tres horas.
El guardia entró y estaba enfadado.
—Debía haber acabado hace mucho rato. Tiene que marcharse —me
gruñó.
Empezó a atar a Henry; le colocó las manos a la espalda y se las
esposó. A continuación le ató con brusquedad los tobillos. Estaba tan
furioso que apretó demasiado los grilletes. Vi que Henry hacía una mueca
de dolor.
—Creo que esas esposas están demasiado apretadas. ¿Las puede
aflojar un poco, por favor? —dije.
—Acabo de decirle que tiene que marcharse. No me diga cómo debo
hacer mi trabajo.
Henry me sonrió.
—Está bien, Bryan —dijo—. No se preocupe. Simplemente vuelva a
verme, ¿de acuerdo?
Vi que hacía una mueca de dolor con cada clic de las cadenas cuando
el guardia se las enganchaba a la cintura y las apretaba. Debí de parecer bastante consternado. Henry siguió diciendo «No se preocupe, Bryan, no se
preocupe. Vuelva a verme, ¿vale?».
Mientras el guardia lo empujaba hacia la puerta, Henry se giró y me
miró.
—Lo siento de verdad. Lo sien... —empecé a balbucear.
—No se preocupe, Bryan —me interrumpió—. Simplemente vuelva.
Lo miré y me esforcé por decir algo apropiado, algo reconfortante,
algo que expresase lo agradecido que estaba por la paciencia que había tenido conmigo. Pero no se me ocurrió nada. Henry me miró y sonrió. El
guardia lo empujaba sin miramientos hacia la puerta. No me gustó cómo lo
estaban tratando, pero Henry siguió sonriendo hasta que, justo antes de que
el guardia pudiera sacarlo del todo de la sala, plantó firmemente los pies para resistir el empujón. Parecía tan tranquilo. Entonces hizo algo
completamente inesperado. Vi cómo cerraba los ojos e inclinaba la cabeza
hacia atrás. Me quedé desconcertado, pero entonces abrió la boca y comprendí. Empezó a cantar. Tenía una imponente voz de barítono, fuerte y
clara. Me sobresalté, y el guardia también, que dejó de empujar.
I’m pressing on, the upward way
New heights I’m gaining, every day
Still praying as, I’m onward bound
Lord, plant my feet on Higher Ground.*
Era un viejo himno que cantaban con frecuencia en la iglesia de donde
me crié. Hacía años que no lo oía. Henry cantaba lentamente, con gran sinceridad y convicción. Pasó un momento antes de que el guardia se
recuperase de la sorpresa y siguiera empujándolo hacia la puerta. Como tenía los tobillos esposados y las manos sujetas a la espalda, Henry estuvo a
punto de tropezar cuando el guardia lo impulsó hacia delante. Se tambaleó
para mantener el equilibrio, pero siguió cantando. Lo oí mientras se alejaba
por el pasillo:
Lord lift me up, and let me stand
By faith on Heaven’s tableland
A higher plane, that I have found
Lord, plant my feet on Higher Ground.**
Me senté, completamente aturdido. La voz de Henry estaba llena de
anhelo. Valoré su canción como un regalo precioso. Yo había entrado en la
prisión cargado de ansiedad y miedo a que no estuviera dispuesto a tolerar
mi ineptitud. No esperaba que fuera a ser compasivo o generoso. No tenía
derecho a esperar nada de un condenado en el corredor de la muerte. Y, sin
embargo, él me había ofrecido una muestra asombrosa de su humanidad. En
ese momento, Henry cambió algo en mi comprensión del potencial del ser
humano, de su capacidad de redención y esperanza.
Terminé mi periodo de prácticas comprometido a ayudar a los
prisioneros del corredor de la muerte que había conocido aquel mes. La cercanía a los condenados y los encarcelados hizo que el tema de la
humanidad de cada persona, incluido yo mismo, fuera más urgente y
significativo. Regresé a la Escuela de Derecho con un intenso deseo de comprender las leyes y las doctrinas que aprobaban la pena de muerte y los
castigos extremos. Acumulé cursos sobre ley constitucional, litigación, procedimientos de apelación, tribunales federales y soluciones colaterales.
Realicé trabajos extra para ampliar mi entendimiento sobre el modo en que
la teoría constitucional daba forma a los procesos criminales. Me sumergí a
fondo en la ley y la sociología de la raza, la pobreza y el poder. La Escuela
de Derecho me había parecido antes abstracta y desconectada de la realidad,
pero, tras conocer a los desesperados y a los privados de libertad, todo se
volvió relevante y de la máxima importancia. Incluso mis estudios en la escuela Kennedy adquirieron una nueva relevancia. Desarrollar las
capacidades para cuantificar y deconstruir la discriminación y la
desigualdad de las que había sido testigo se convirtió en una tarea urgente y
llena de significado.
El breve periodo que pasé en el corredor de la muerte reveló que
faltaba algo en la forma en que tratamos a la gente en nuestro sistema judicial, que quizá juzgamos a algunas personas de manera injusta. Cuanto
más reflexionaba sobre aquella experiencia, más me daba cuenta de que
toda mi vida había estado luchando con la cuestión de cómo y por qué se
juzga injustamente a la gente.
Me crié en un lugar pobre, rural y con segregación racial en la costa oriental
de la península Delmarva, en Delaware, donde la historia racial de este país
proyecta una larga sombra. Las comunidades costeras que se extienden
desde Virginia y el este de Maryland hasta el sur de Delaware son sudistas
sin complejos. Mucha gente de la región insiste en mantener una jerarquía
racial que requiere símbolos, indicadores y un refuerzo constante, en parte
por la cercanía de la zona al norte. Por toda la región se muestran orgullosamente banderas confederadas, una señal audaz y desafiante de su
paisaje cultural, social y político.
En este territorio, los afroamericanos viven en guetos segregados
racialmente, aislados por las vías del ferrocarril, dentro de pequeñas
ciudades o en «sectores de color». Crecí en una localidad donde algunos vivían en chozas minúsculas; las familias sin fontanería debían usar retretes
exteriores. Compartíamos nuestra zona de juegos con pollos y cerdos.
Las personas negras que me rodeaban eran fuertes y decididas, pero estaban marginadas y excluidas. El autobús de la factoría avícola venía a diario para recoger a los adultos y llevarlos a la fábrica, donde día tras día
desplumaban, despiezaban y procesaban miles de pollos. Mi padre dejó la
zona cuando era adolescente porque no había institutos donde pudieran
estudiar los jóvenes negros. Regresó con mi madre y encontró trabajo en una factoría de alimentación; los fines de semana hacía labores domésticas
en chalés de playa y alojamientos de alquiler. Mi madre tenía un trabajo civil en la base de la Fuerza Aérea. Parecía que todos estábamos envueltos
en un traje indeseado de diferencia racial que nos constreñía, nos confinaba
y nos restringía.
Mis padres trabajaban sin descanso, pero nunca parecían prosperar. A
mi abuelo lo mataron cuando yo era adolescente, pero no pareció importarle
a nadie fuera de la familia.
Los padres de mi abuela habían sido esclavos en el condado de
Caroline, en Virginia. Ella nació en la década de 1880, y sus padres en la de
1840. Su padre le hablaba todo el tiempo sobre lo que era haber crecido en
la esclavitud, y sobre cómo había aprendido a leer y a escribir pero lo había
mantenido en secreto. Ocultó lo que sabía hasta el día de la emancipación.
Aquel legado de esclavitud había modelado a mi abuela y a la forma en que
crió a sus nueve hijos. Influenció la forma en que me hablaba, la forma en
que me decía constantemente que «fuera discreto».
Cuando la visitaba, me abrazaba tan fuerte que apenas podía respirar.
Al cabo de un rato me preguntaba: «Bryan, ¿quieres que siga
abrazándote?». Si le decía que sí, me dejaba; si le decía que no, me estrechaba de nuevo. Solía decirle que no porque me encantaba que me
envolviera en aquellos brazos formidables. Nunca se cansaba de atraerme hacia ella.
—La mayoría de las cosas importantes no se pueden entender a
distancia, Bryan. Tienes que acercarte —me decía siempre.
La distancia que experimenté en mi primer año en la Escuela de
Derecho hizo que me sintiera perdido. La cercanía a los condenados, a la gente juzgada injustamente, me guió de vuelta a algo que sentía como el hogar.
El objeto de este libro es acercarse al encarcelamiento en masa y el castigo extremo en Estados Unidos. Trata sobre la facilidad con que condenamos a
la gente en este país y la injusticia que creamos cuando permitimos que el
miedo, la ira y el alejamiento den forma a la manera en que tratamos a los
más vulnerables. También versa sobre un periodo dramático de nuestra
historia reciente, un periodo que marcó indeleblemente las vidas de
millones de estadounidenses —de todas las razas, edades y sexos— y la psique del país en su conjunto.
Cuando fui por primera vez al corredor de la muerte en diciembre de
1983, Estados Unidos se encontraba en las etapas iniciales de una
transformación radical que nos convertiría en un país que castigaba con una
dureza sin precedentes, y que resultó en unos encarcelamientos masivos que
no tenían paralelo en la historia. En la actualidad tenemos la mayor tasa de
encarcelamientos del mundo. La población reclusa se ha incrementado
desde las 300.000 personas a principios de la década de 1970 hasta los 2,3
millones de la actualidad. Hay cerca de seis millones de personas en
libertad condicional y libertad vigilada. Se prevé que una de cada quince personas nacidas en Estados Unidos en 2001 irá a la cárcel,1 y que uno de
cada tres varones negros nacidos en este siglo acabará en prisión.2
Hemos fusilado, ahorcado, gaseado, electrocutado y puesto la
inyección letal a cientos de personas en ejecuciones aprobadas legalmente.
Miles más esperan su turno en el corredor de la muerte. Algunos estados no
tienen una edad mínima para juzgar a los jóvenes como adultos; 3 hemos enviado a un cuarto de millón de muchachos a cárceles de adultos para que
cumplan largas penas, y algunos ni siquiera han cumplido doce años.
Durante años hemos sido el único país del mundo que condena a niños a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional; cerca de tres mil menores han sido sentenciados a morir en prisión.
Cientos de miles de delincuentes no violentos se han visto obligados a
permanecer décadas en la cárcel. Hemos creado leyes que hacen que pasar
un cheque sin fondos o cometer un hurto o un delito menor contra la propiedad se convierta en un delito que puede acabar en cadena perpetua.
Hemos declarado una costosa guerra contra gente que tiene un problema de
consumo de drogas. En la actualidad hay más de medio millón de personas en prisiones estatales o federales por delitos de drogas; en 1980 apenas eran
41.000. 4
En muchos estados se ha abolido la libertad condicional. Hemos
inventado consignas como «a los tres fallos, expulsado», en referencia a las
leyes sobre tres casos de reincidencia, para mostrar nuestra dureza. Hemos
renunciado a la rehabilitación, la educación y los servicios a los presidiarios
porque proporcionar asistencia a estos parece ser demasiado amable y
compasivo. Hemos institucionalizado políticas que reducen a las personas a
sus peores actos y las etiquetan permanentemente como «criminal»,
«asesino», «violador», «ladrón», «traficante», «agresor sexual» o
«delincuente», identidades que las marcan para siempre, sin que importen las circunstancias de sus delitos ni los cambios a mejor que puedan lograr
en su vida.
Las consecuencias colaterales de las encarcelaciones masivas han sido
igualmente profundas. Prohibimos que las mujeres pobres, e
inevitablemente sus hijos, reciban vales de comida y alojamiento
subvencionado si tienen antecedentes por drogas. 5 Hemos creado un nuevo sistema de castas que empuja a millones de personas a vivir sin techo, las
impide vivir con sus familias y en sus comunidades y hace prácticamente
imposible que consigan trabajo. Algunos estados retiran permanentemente
el derecho a voto a quienes tengan alguna condena; 6 en consecuencia, la pérdida del derecho a voto entre los varones afroamericanos ha alcanzado
en algunos estados del Sur unos niveles que no se habían visto desde la ley
de derecho de voto de 1965.7
También hemos cometido errores terribles. Veintenas de inocentes han
sido exonerados después de haber sido condenados a muerte y estar a punto
de haber sido ejecutados. 8 Centenares más han sido puestos en libertad después de que se demostrara su inocencia en crímenes no capitales gracias
a pruebas de ADN. 9 La presunción de culpabilidad, la pobreza, los prejuicios raciales y toda una serie de dinámicas sociales, estructurales y políticas han creado un sistema marcado por los errores; un sistema en el que miles de inocentes sufren en prisión. 10
Por último, gastamos un montón de dinero. El gasto de los gobiernos federales y estatales en prisiones ha aumentado desde los 6.900 millones en
1980 hasta los casi 80.000 millones de la actualidad. 11 Los constructores de prisiones privadas y las empresas de servicio de prisiones han gastado millones de dólares en convencer a los gobiernos locales y estatales para que creen nuevos delitos, impongan sentencias más duras y mantengan a
más gente entre rejas, todo con vistas a incrementar sus beneficios. El lucro
privado ha corrompido iniciativas para mejorar la seguridad pública, reducir
los costes de la encarcelación masiva y, lo más significativo, promover la
rehabilitación de los prisioneros. Los gobiernos estatales se han visto obligados a desviar fondos de los servicios públicos, la educación, la sanidad y el bienestar para pagar por las cárceles, y como resultado tienen
que afrontar ahora crisis económicas sin precedentes. La privatización de la
sanidad, el comercio y otros servicios en las prisiones ha convertido la encarcelación masiva en una máquina de hacer dinero para unos pocos y en
una pesadilla carísima para todos los demás.
Cuando me gradué en la Escuela de Derecho, volví al Sur Profundo para representar a los pobres, los encarcelados y los condenados. En los últimos
treinta años he estado cerca de personas que han sido condenadas
injustamente y enviadas al corredor de la muerte; gente como Walter
McMillian. En este libro descubrirán la historia del caso de Walter, que me
mostró la perturbadora indiferencia de nuestro sistema hacia los veredictos
imprecisos o poco fiables, nuestra comodidad ante los prejuicios y nuestra
tolerancia hacia los procesos judiciales y las condenas injustas. La
experiencia de Walter me enseñó que, cuando nuestro sistema ejerce el
poder de condenar irresponsablemente, traumatiza y victimiza no solo al acusado sino también a su familia, su comunidad e incluso las víctimas del
crimen. Pero aquel caso me enseñó algo más: que hay luz en medio de esta
oscuridad.
La historia de Walter es una de las muchas que relataré en los
siguientes capítulos. He prestado asistencia legal a niños desatendidos y víctimas de abusos que han sido juzgados como adultos y sufrido más
abusos y malos tratos después de que los internasen en instalaciones para adultos. He representado a mujeres, cuyas cifras en prisión han aumentado
un 640 por ciento en los últimos treinta años, y he visto cómo nuestra histeria ante la adicción a las drogas y nuestra hostilidad hacia los pobres
han provocado que nos apresuremos a criminalizar y juzgar a mujeres
pobres cuando un embarazo ha acabado mal. He representado a personas
con problemas psiquiátricos cuya enfermedad ha hecho que acabaran en la
cárcel durante décadas. He estado cerca de víctimas de delitos violentos y
de sus familias, y he sido testigo de que incluso muchos de los custodios del
encarcelamiento masivo —el personal de las prisiones— han perdido salud
y se han ido volviendo más violentos y furiosos y menos justos y
compasivos.
También he representado a personas que han cometido delitos terribles
pero que a pesar de todo luchan por recuperarse y redimirse. He
descubierto, en lo más profundo de muchos condenados y encarcelados,
restos fragmentados de esperanza y humanidad, semillas de renovación que
han adquirido una vida asombrosa cuando han recibido algún cuidado
gracias a intervenciones de lo más simples.
La cercanía me ha enseñado algunas verdades básicas y
aleccionadoras, incluida esta lección vital: cada uno de nosotros es algo más
que lo peor que hayamos hecho. Mi trabajo con los pobres y los prisioneros
me ha convencido de que lo opuesto a la pobreza no es la riqueza; lo opuesto a la pobreza es la justicia. Por último, he llegado a la convicción de
que el auténtico alcance de nuestro compromiso con la justicia, el carácter
de nuestra sociedad, nuestro compromiso con el gobierno de la ley, la justicia y la igualdad no puede medirse por la forma en que tratamos a los
ricos, los poderosos, los privilegiados y los respetados. El auténtico alcance
de nuestro carácter es la forma en que tratamos a los pobres, los
desfavorecidos, los acusados, los prisioneros y los condenados.
Todos somos culpables cuando permitimos que se maltrate a otras
personas. La ausencia de compasión puede corromper la decencia de una
comunidad, un estado, una nación. El miedo y la ira nos pueden hacer vengativos, abusivos e injustos, hasta que todos acabamos sufriendo la
ausencia de compasión y nos condenamos a nosotros mismos tanto como
victimizamos a otros. Cuanto más aumentan las encarcelaciones masivas y los niveles de castigo extremos, más necesario me parece darnos cuenta de
que todos necesitamos compasión, todos necesitamos justicia y, quizá,
todos necesitamos cierta cantidad de indulgencia inmerecida.
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