Cuestión de justicia

Bryan Stevenson · Capítulo 15 de 22

Páginas del PDF

Cuestión de justicia

13. Recuperación

13

RECUPERACIÓN

En los días y semanas posteriores a la liberación de Walter ocurrieron cosas

completamente inesperadas. The New York Times sacó en portada la exoneración y la bienvenida a su hogar. Nos inundaron las solicitudes de los

medios, y Walter y yo concedimos entrevistas televisivas a la prensa local,

nacional e incluso internacional, que querían hacerse eco de la historia. A

pesar de mi reticencia general a la intervención de los medios en los casos

pendientes, creí que, si la gente del condado de Monroe oía suficientes noticias sobre que Walter había sido puesto en libertad porque era inocente,

se resistiría menos a aceptarlo cuando volviese a casa.

Walter no era la primera persona que abandonaba el corredor de la

muerte después de que se demostrase su inocencia. Varias docenas de

inocentes erróneamente condenados a muerte habían sido puestos en

libertad antes que él. El Centro de Información sobre la Pena de Muerte anunció que Walter era el exonerado número quince en la época moderna.

Pero pocos de los casos más antiguos habían atraído tanta atención

mediática. La liberación de Clarence Brantley en 1990, en Texas, consiguió

cierta cobertura; su caso había aparecido en 60 Minutes. Randall Dale Adams inspiró un documental cautivador realizado por Errol Morris y

titulado The Thin Blue Line («La delgada línea azul») que recibió varios premios. La película tuvo un papel en la exoneración de Adams, que fue liberado del corredor de la muerte de Texas poco después del estreno. Pero

nunca había sucedido algo semejante a la cobertura de la exoneración de Walter.

En 1992, el año anterior a su liberación, fueron ejecutadas treinta y ocho personas en Estados Unidos. Aquella fue la cifra más alta de

ejecuciones en un solo año desde 1976, momento en que dio comienzo la

era moderna de la pena de muerte. En 1999, la cifra ascendió a noventa y ocho. La liberación de Walter coincidió con el aumento del interés de los medios en la pena capital, interés despertado por el incremento en el ritmo

de las ejecuciones. Su historia contradecía la retórica de justicia y fiabilidad ofrecida por los políticos y los agentes de la ley que deseaban que

aumentara el número de ejecuciones. El caso de Walter complicaba aquel debate de manera muy elocuente.

Walter y yo acudimos a conferencias jurídicas y hablamos sobre su

experiencia y sobre la pena de muerte. El Comité Jurídico del Senado de Estados Unidos programó audiencias sobre la inocencia y la pena de muerte

pocos meses después de su liberación, y ambos declaramos en ellas. Por esas mismas fechas se publicó el libro de Pete Earley Circumstantial Evidence («Pruebas circunstanciales»), que incluía un relato detallado del caso. Walter disfrutó de los viajes y la atención recibida, a pesar de que no

le gustaba demasiado hablar en público. A veces, los políticos hacían

comentarios provocadores —cosas como que la exoneración demostraba

que el sistema funcionaba— que me molestaban y me enfurecían. Mis

propios discursos a veces adquirían un tono agresivo. Pero Walter

permanecía tranquilo, animado y entusiasta, lo que lo hacía muy eficaz: presenciar cómo narraba su historia con buen humor, inteligencia y

sinceridad aumentaba el horror que sentía el público ante el hecho de que el

estado hubiera decidido ejecutar a aquel hombre en nombre de todos

nosotros. Sus palabras resultaban convincentes. Pasamos bastante tiempo

juntos y, a veces, Walter me confesaba que seguía preocupado por los casos

de los hombres que había dejado atrás en el corredor de la muerte. Los consideraba sus amigos. Pese a la moderación de sus discursos, Walter se

había convertido en un ferviente opositor a la pena capital, un tema que admitió que nunca se había parado a considerar hasta que su propia

experiencia lo enfrentó a ello.

Algunos meses después de conseguir su libertad, yo seguía preocupado

por el regreso de Walter al condado de Monroe. La gran fiesta celebrada justo tras su liberación había llevado hasta su casa a cientos de personas que

compartían su alegría, pero yo sabía que no todo el mundo se sentía feliz en

aquella comunidad. No le hablé a Walter de las amenazas de bomba y de

muerte hasta que estuvo en la calle, y entonces le dije que debía tener cuidado. Pasó en Montgomery la primera semana fuera de la prisión.

Después fue a Florida a vivir con su hermana un par de meses. Seguíamos

hablando casi a diario. Había aceptado el hecho de que Minnie quería seguir

adelante sin él, y en general parecía feliz y lleno de esperanza. Pero eso no

quería decir que no sufriera los efectos del tiempo pasado en prisión.

Empezó a hablarme cada vez más a menudo de lo insoportable que había

sido vivir en el corredor de la muerte bajo la amenaza constante de la ejecución. Reconoció dudas y temores de los que no me había hablado

cuando estaba encarcelado. Mientras estuvo en el corredor vio cómo seis hombres lo abandonaron con destino a su ejecución. Cuando aquellas tenían

lugar, las afrontaba igual que el resto de los reclusos: con protestas simbólicas y momentos privados de angustia. Pero me dijo que hasta que salió de la prisión no se había dado cuenta de lo mucho que aquella experiencia lo había aterrorizado. El hecho de que lo afectase ahora que era

libre lo desconcertaba.

—¿Por qué sigo pensando en ello?

A veces se quejaba de sufrir pesadillas. Un amigo o un pariente podían

hacer un comentario indicando que aprobaban la pena capital —

simplemente, no en el caso de Walter—, y él se echaba a temblar.

Todo lo que podía decirle era que las cosas mejorarían.

Al cabo de unos meses, Walter deseaba regresar al lugar donde había

pasado toda su vida. Aquello me ponía nervioso, pero él siguió adelante e

instaló una caravana en un terreno que poseía en el condado de Monroe, donde viviría a partir de entonces. Volvió a trabajar como leñador mientras

organizábamos la presentación de una demanda civil contra todos los

implicados en el juicio improcedente y la condena.

La mayoría de las personas que salen de prisión después de que se

demuestre su inocencia no recibe ni dinero ni asistencia ni asesoramiento por parte del estado que los encarceló injustamente; nada. En el momento

de la liberación de Walter, solo diez estados y el Distrito de Columbia tenían leyes que autorizaban el pago de indemnizaciones a las personas

encarceladas sin razón. Desde entonces, la cifra ha crecido, pero incluso en la actualidad casi la mitad de los estados (veintidós) sigue sin ofrecer una

indemnización. Muchos de los estados que autorizan una compensación

económica limitan drásticamente la cantidad. Sin importar el número de

años que una persona inocente haya pasado injustamente en prisión, New Hampshire impone un límite a la indemnización de 20.000 dólares;

Wisconsin, de 25.000; Oklahoma e Illinois limitan la cantidad total que un

inocente puede recibir a 200.000 dólares, incluso si esa persona ha pasado

décadas en prisión. Otros estados tienen límites que superan el millón de dólares, y otros no ponen límite en absoluto, pero algunos imponen unos requisitos

prácticamente

inalcanzables

para

poder

acceder

a

indemnizaciones. En algunas jurisdicciones, si la persona carece del apoyo

del fiscal que llevó el juicio donde se la condenó injustamente, se le niega la

indemnización.

En la época de la liberación de Walter, Alabama no estaba entre el

puñado de estados que concedían ayudas a los inocentes liberados de

prisión. El gobierno de Alabama podía aprobar una orden especial

otorgando una compensación a una persona condenada erróneamente, pero

era algo que casi nunca ocurría. Una autoridad local presentó una propuesta

para indemnizar a Walter, lo que hizo que la prensa se apresurase a publicar

que Walter andaba detrás de nueve millones de dólares. La propuesta, de la

que Walter no sabía nada, no llegó a ninguna parte. Pero la cobertura mediática sobre el posible pago de nueve millones enfureció a los

habitantes de Monroeville que aún ponían en duda su inocencia y enardeció

a algunos de los amigos y parientes de Walter; unos pocos empezaron a exigirle agresivamente ayuda económica. Hubo una mujer que incluso llegó

a presentar una falsa demanda de paternidad en la que alegaba que Walter

era el padre de su hijo; el niño había nacido menos de ocho meses después

de que Walter fuera puesto en libertad. Las pruebas de ADN confirmaron

que el niño no era suyo.

A veces, Walter expresaba su frustración ante el hecho de que la gente

no le creyera cuando decía que no había recibido nada. Insistimos en

nuestros esfuerzos para conseguir una indemnización a través de una

demanda, pero había obstáculos. Nuestra demanda civil se tropezaba con

leyes que otorgaban a la policía, los fiscales y los jueces inmunidad especial contra responsabilidades civiles en temas de justicia penal. Aunque

Chapman y los agentes del estado conectados con el caso se mostraban más

que dispuestos a admitir la inocencia de Walter, no lo estaban a aceptar ninguna responsabilidad por el juicio y la condena a muerte, pese a la injusticia que representaban. El sheriff Tate, la persona más implicada en las actividades contra Walter previas al juicio y cuyas amenazas racistas y tácticas intimidatorias parecían las principales candidatas para una demanda

civil, aceptó oficialmente la inocencia de Walter tras su liberación, pero empezó a decir a la gente que seguía creyéndolo culpable.

Rob McDuff, un antiguo amigo mío de Jackson (Misisipi), aceptó

unirse a nuestro equipo en la demanda civil. Rob es un hombre blanco cuyo

encanto y modales sureños refuerzan su sobresaliente habilidad litigadora en los tribunales de Alabama. Poco tiempo antes me había pedido que lo ayudase en un caso de derechos civiles en Alabama relacionado con

conducta impropia por parte de las fuerzas de la ley. El caso trataba sobre

una redada policial en un club nocturno del condado de Chambers, durante

la cual los residentes negros habían sido detenidos ilegalmente, maltratados

y agredidos por los agentes locales, que se negaban a aceptar

responsabilidad alguna por su mala conducta. Acabamos llevando el caso

ante el Tribunal Supremo de Estados Unidos y al final conseguimos un

veredicto favorable.

El caso civil de Walter también llegaría ante el Tribunal Supremo.

Demandamos al menos a una docena de agentes y organizaciones locales y

estatales. Como era de esperar, todos los demandados alegaron inmunidad

por su conducta, a pesar de que había dado como resultado la condena injusta de Walter. La inmunidad ante demandas civiles que se otorga a fiscales y jueces es incluso mayor que la que protege a los agentes de la ley,

de modo que aunque estaba claro que Ted Pearson, el fiscal que llevó el juicio contra Walter, había ocultado ilegalmente pruebas y ello había tenido

como consecuencia la condena injusta de este, era poco probable que

tuviéramos éxito en la demanda civil presentada contra él. Dado que era la

persona con mayor responsabilidad en la acusación y la condena de Walter,

nos resultaba difícil reconciliar su inmunidad con su culpabilidad en todo el

asunto, pero no podíamos hacer gran cosa. Los tribunales estatales y federales habían exonerado persistentemente a los fiscales de su

responsabilidad por malas conductas escandalosas que habían llevado a

personas inocentes al corredor de la muerte.

En 2011, el Tribunal Supremo de Estados Unidos reforzó una vez más

las protecciones que escudaban a los fiscales de las consecuencias de sus actos. En Luisiana, un mes antes de la fecha programada para la ejecución

de un recluso llamado John Thompson, se descubrió un informe del

laboratorio de criminalística que contradecía el caso del estado, un robo con

homicidio que había tenido lugar catorce años antes. El tribunal del estado

anuló el veredicto de culpabilidad y la condena a muerte. Una vez absuelto

de todos los cargos y puesto en libertad, Thompson presentó una demanda

civil, y un jurado de Nueva Orleans le concedió una indemnización de 14

millones. El jurado descubrió que Harry Connick Sr., el fiscal de distrito, había ocultado ilegalmente pruebas de la inocencia de Thompson y había permitido que pasara catorce años en prisión por un delito que no había cometido. Connick apeló la sentencia, y el Tribunal Supremo de Estados Unidos revocó el veredicto de indemnización en una votación muy

dividida: cinco votos contra cuatro. A resultas de la ley de inmunidad, el Tribunal sostuvo que un fiscal no podía ser considerado responsable de conducta impropia en un caso penal, incluso si ocultaba a propósito e ilegalmente pruebas de la inocencia del acusado. La sentencia fue

ampliamente criticada por letrados y observadores del Tribunal, y la juez Ruth Bader Ginsburg redactó un contundente texto en el que mostraba su disconformidad, pero Thompson no recibió ni un centavo.

En el caso de Walter nos tropezamos con obstáculos parecidos. Tras un

año de declaraciones, audiencias y litigios previos a juicio, acabamos

llegando a un acuerdo según el cual la mayoría de los acusados abonaría a

Walter unos cuantos cientos de miles de dólares. La demanda contra el condado de Monroe por la conducta impropia del sheriff Tate no pudo cerrarse con un acuerdo, por lo que apelamos ante el Tribunal Supremo. Los

agentes de la ley no suelen tener recursos personales para pagar

indemnizaciones a las víctimas de conducta impropia, por lo que la ciudad,

el condado o la agencia que los emplea acostumbran a ser los destinatarios

de cualquier demanda civil que persiga una indemnización. Por eso habíamos pretendido que el condado de Monroe se responsabilizara de la conducta del sheriff. El condado tomó una postura peculiar: alegó que, aunque la jurisdicción del sheriff está limitada al propio condado, aunque es elegido por los habitantes del condado y aunque es el condado el que le paga el sueldo, no es un empleado del condado, sino del estado de

Alabama.

Los gobernadores del estado están blindados contra la posibilidad de

tener que indemnizar por las conductas impropias de sus empleados, a

menos que estos trabajen para una agencia que pueda ser objeto de

demandas. Si Tate era un funcionario del estado, el condado de Monroe no

sería responsable de su conducta, y tampoco cabía la posibilidad de recibir

indemnización por parte del estado de Alabama. Por desgracia, el Tribunal

Supremo dictaminó que los sheriff de condado de Alabama eran

funcionarios del estado, de nuevo en una ajustada decisión de cinco contra

cuatro, lo que limitaba nuestra capacidad de recibir indemnización por

daños del culpable de mala conducta más notorio en el caso de Walter. Al

final logramos llegar a un acuerdo entre todas las partes implicadas, pero me decepcionó no haber podido conseguir más. Y lo que fue más insultante:

Tate fue reelegido sheriff y sigue en el cargo en la actualidad; lleva ocupándolo durante más de veinticinco años ininterrumpidos.

Aunque no conseguimos tanto dinero como habríamos querido, la cantidad

permitió que Walter pusiera de nuevo en marcha su negocio maderero.

Adoraba volver a los bosques y cortar árboles. Me contó que trabajar al aire

libre de la mañana a la noche le hacía sentirse normal de nuevo. Entonces,

una tarde, ocurrió algo trágico. Estaba cortando un árbol cuando una rama

se desplazó y lo golpeó, rompiéndole el cuello. Se trataba de una herida grave que lo dejó en muy malas condiciones durante semanas. No tenía

mucha asistencia a su disposición, de modo que se vino a vivir conmigo en

Montgomery durante varios meses, hasta que se recuperó. Con el tiempo

recobró la capacidad de movimiento, aunque la lesión acabó con su capacidad de cortar árboles y realizar trabajos difíciles al aire libre. Me maravilló su disposición a seguir adelante.

—Ya se me ocurrirá algo que pueda hacer cuando vuelva a estar en pie

—me dijo.

Algunos meses más tarde regresó al condado de Monroe y empezó a

recoger recambios de automóviles para revenderlos. El terreno en que había

instalado la caravana donde vivía era de su propiedad y, siguiendo los consejos de algunos amigos, se convenció de que podría ganar dinero en el

negocio de la chatarrería, recogiendo vehículos abandonados y piezas de recambio sueltas y revendiéndolos. El trabajo era menos exigente

físicamente que el de leñador, y le permitía seguir al aire libre. No tardó mucho en tener su terreno lleno de vehículos averiados y piezas de chatarra.

En 1998 nos pidieron a Walter y a mí que asistiéramos a una

conferencia nacional que se celebraba en Chicago, donde se iban a reunir antiguos reclusos exonerados del corredor de la muerte. A finales de la década de 1990, la evolución de las pruebas de ADN había ayudado a sacar

a la luz docenas de condenas erróneas. En muchos estados, la cifra de exoneraciones superaba la de ejecuciones. El problema era tan grave en Illinois que, en el año 2003, el gobernador George Ryan, del Partido

Republicano, conmutó las sentencias de muerte de 167 personas encerradas

en el corredor basándose en la poca fiabilidad de las condenas. La

preocupación por los inocentes y la pena capital fue en aumento, y el apoyo

de esta empezó a decaer en las encuestas. Los abolicionistas empezaron a

tener esperanzas de que se reformara en profundidad la pena de muerte, e

incluso de que se pudiera alcanzar una moratoria. Nuestra estancia en

Chicago en compañía de otros antiguos reclusos exonerados del corredor de

la muerte fue muy estimulante para Walter, que parecía más motivado que

nunca a hablar de su experiencia.

Por la misma época empecé a trabajar como profesor en la Escuela de

Derecho de la Universidad de Nueva York. Solía viajar a Nueva York a dar

clase y luego volaba de vuelta a Montgomery para dirigir la EJI. Le pedí a

Walter que viniera cada año a Nueva York para hablar con los estudiantes, e

impresionaba cada vez que entraba en el aula. Era un superviviente de un

sistema de justicia penal que había demostrado, en su caso, lo cruel y brutalmente injusto que podía llegar a ser. Su personalidad, su presencia y

su testimonio decían algo extraordinario sobre la humanidad de las personas

afectadas directamente por el mal trato sistemático. Su perspectiva de

primera mano de la situación que padecían los inocentes condenados

injustamente tenía una trascendencia especial para los estudiantes, que a menudo parecían abrumados por lo que contaba. Normalmente era lacónico

y respondía con concisión a las preguntas, pero causaba un efecto inmenso

en los estudiantes. Podía reír y bromear y decirles que no se sentía furioso

ni amargado, que simplemente agradecía estar en libertad. Hablaba de cómo

su fe lo había ayudado a sobrevivir los cientos de noches que pasó en el corredor de la muerte.

Un año, Walter se perdió en el viaje a Nueva York y me telefoneó para

decirme que no podría acudir. Parecía confuso y no podía dar una

explicación coherente de lo que había ocurrido en el aeropuerto. Cuando volví a casa, fui a verlo y me lo encontré como siempre, tan solo un poco

decaído. Me dijo que el negocio de la chatarrería no iba demasiado bien.

Cuando me habló de su situación económica, quedó claro que estaba

gastando el dinero de la indemnización más deprisa de lo que era prudente.

Estaba comprando equipo para facilitar la recogida de automóviles, pero no

conseguía los ingresos necesarios para compensar los gastos. Tras un par de

horas de charla nerviosa, se relajó un poco y pareció volver a ser el alegre

Walter que conocía. Quedamos en que viajaríamos juntos en el futuro.

Walter no era el único que estaba sufriendo agobios financieros. Cuando en

1994 ocupó el Congreso una mayoría conservadora, la ayuda jurídica a los

prisioneros en el corredor de la muerte se convirtió en una diana política, y

no tardó en eliminarse la financiación federal. La mayoría de los centros de

recursos para la asistencia en casos de pena capital se vio obligada a echar

el cierre. Nuestro trabajo nunca había recibido asistencia estatal, y sin los

dólares federales nos enfrentamos a serios problemas económicos. Nos

apretamos el cinturón y conseguimos apoyos privados suficientes para

proseguir con nuestra labor. A mi hinchado portafolio de litigación se

sumaron las responsabilidades docentes y de captación de fondos, pero de algún modo nos las arreglamos para seguir adelante. Teníamos al personal

desbordado, pero yo estaba muy satisfecho de los abogados y profesionales

con talento que trabajaban con nosotros. Proporcionábamos asistencia a

clientes en el corredor de la muerte, impugnábamos penas excesivas,

ayudábamos a prisioneros con discapacidad y a niños encarcelados en el sistema penal de adultos, y buscábamos formas de exponer prejuicios

raciales, discriminaciones contra los pobres y abusos de poder. Era

abrumador, pero satisfactorio.

Un día recibí una llamada sorprendente del embajador de Suecia en

Estados Unidos: me dijo que la EJI había sido seleccionada para recibir el

Premio Internacional Olof Palme a los Derechos Humanos. Me invitaron a

ir a Estocolmo a recogerlo. Cuando cursé mi posgrado estudié el enfoque progresista de Suecia hacia la rehabilitación de delincuentes, y me había maravillado durante mucho tiempo lo centrado que parecía estar su sistema

en la recuperación. Los castigos eran humanos, y los legisladores se

tomaban muy en serio la rehabilitación de los delincuentes, por lo que me

emocionó el premio y la posibilidad del viaje. Que concediesen un galardón

bautizado en homenaje a un primer ministro muy querido, que había sido trágicamente asesinado por un perturbado, a alguien que representaba a

personas en el corredor de la muerte decía mucho sobre sus valores. El viaje

a Estocolmo estaba previsto para enero. Un mes o dos antes enviaron a un

equipo de televisión para entrevistarme y hablar con algunos de mis

clientes. Les organicé una entrevista con Walter.

—Puedo ir ahí cuando te entrevisten —le dije.

—No; no hace falta. No tengo que viajar, así que me parece bien

hablar con ellos. No pierdas tiempo conduciendo hasta aquí.

—¿Quieres venir a Suecia? —le pregunté medio en broma.

—No sé exactamente dónde está eso, pero si hace falta tomar un vuelo

largo, entonces no me interesa mucho. Creo que prefiero quedarme con los

pies en el suelo a partir de ahora.

Reímos y me pareció que estaba bien. Pero entonces se quedó callado

y me hizo una última pregunta antes de colgar.

—¿Podrías pasarte por aquí cuando vuelvas? Estoy bien; es solo que me apetece pasar un rato juntos.

Era una petición tan poco común en Walter que me apresuré a aceptar.

—Claro, será estupendo. Podemos ir a pescar —bromeé. Nunca había

pescado en mi vida, y a Walter le parecía algo tan escandaloso que nunca

dejó de insistir en el tema. Cuando viajábamos juntos, yo nunca pedía pescado para comer, y él estaba seguro de que no comía pescado porque nunca había atrapado un pez. Intenté seguir su lógica y le hice alguna promesa, pero la excursión de pesca nunca llegó a hacerse realidad.

El equipo de televisión sueco estaba entusiasmado ante el reto de

encontrar la caravana de Walter en los bosques del sur de Alabama. Les dije

cómo llegar. Siempre había estado con Walter cuando hablaba con la

prensa, pero tuve la sensación de que en este caso no habría problemas.

—No suelta discursos. Normalmente es muy directo y lacónico —les

dije a los entrevistadores—. Es estupendo, pero debéis hacerle buenas

preguntas. Y probablemente será mejor que habléis con él en el exterior.

Prefiere estar al aire libre.

Asintieron comprensivamente, pero parecieron algo desconcertados

por mi nerviosismo. Telefoneé a Walter antes de marcharme a Suecia y me

dijo que la entrevista había ido bien, lo que me reconfortó.

Estocolmo era una ciudad hermosa a pesar de la nieve constante y las

temperaturas gélidas. Di algunas conferencias y asistí a unas cuantas cenas.

Fue un viaje corto, pero la gente era encantadora y se mostró

particularmente amable conmigo. Me sorprendió lo gratificante que fue

para mí el entusiasmo que mostraban por nuestro trabajo, y casi todas las

personas que conocí ofrecieron apoyo y ánimos. Un par de años antes me

habían invitado a Brasil para hablar sobre el castigo y el trato injusto que

recibían los desfavorecidos. Pasé mucho tiempo en comunidades locales,

principalmente en las favelas de los alrededores de São Paulo, donde conocí a centenares de personas pobres y desesperadas profundamente interesadas

en hablar. Pasé horas charlando con gente de todo tipo, de madres en apuros

a niños pobres que esnifaban pegamento para evadirse del hambre y de la

brutalidad policial. Las conversaciones interculturales con aquellas

personas, que compartían buena parte de la misma historia y los mismos

problemas que mis clientes en Estados Unidos, me afectó profundamente.

En Suecia, la gente que conocí estaba igualmente interesada y se mostró muy receptiva, a pesar de que no habían sufrido grandes necesidades ni compartían la lucha contra un sistema penal ultrajante. Aquel país parecía

motivado para crear vínculos partiendo de una fuente común de enorme

compasión.

Los organizadores me pidieron que hablase en un instituto en las

afueras de Estocolmo. El Kungsholmens Gymnasium está en una zona de la

ciudad extraordinariamente hermosa, una isla rodeada por edificios del

siglo XVII. Como americano con muy poca experiencia fuera de Estados

Unidos, quedé deslumbrado por la edad de los edificios y maravillado ante

su arquitectura ornamentada. El propio instituto tenía casi cien años de antigüedad. Me acompañaron por él hasta llegar a una escalera estrecha y

sinuosa con pasamanos artesanales que llevaba a un enorme auditorio, lleno

hasta los topes de cientos de estudiantes de secundaria que esperaban mi presentación. El techo abovedado de aquella sala inmensa estaba cubierto de delicadas pinturas realizadas a mano y frases en latín escritas con letras

decorativas. Por las paredes y el techo danzaban ángeles flotantes y

querubines que tocaban trompetas. Un gran palco también lleno de

estudiantes parecía ascender con elegancia hasta unirse con las pinturas.

A pesar de la antigüedad de la sala, la acústica era perfecta, y aquel espacio mostraba un equilibrio y una precisión que parecían casi mágicos.

Mientras me presentaban, observé a los cientos de adolescentes

escandinavos sentados en la sala. Me impresionó lo entusiastas que

parecían. Hablé durante cuarenta y cinco minutos ante aquel grupo de

jóvenes extrañamente silencioso y atento. Sabía que el inglés no era su lengua materna y tuve verdaderas dudas sobre hasta qué punto seguían mis

palabras, pero cuando acabé, rompieron en un enérgico aplauso. Aquella

respuesta me sobresaltó, a decir verdad. Eran muy jóvenes, pero estaban muy interesados en las cuitas de mis clientes condenados a miles de

kilómetros de allí. El director del instituto subió al estrado, me dio las gracias y sugirió a los estudiantes que mostraran su agradecimiento con una

canción. El instituto tiene un programa de música y un coro estudiantil de

fama internacional. El director pidió a los miembros del coro que se

pusieran en pie en cualquier lugar del auditorio donde estuviesen y cantasen algo breve. Unos cincuenta muchachos se levantaron entre risas y se

miraron unos a otros.

Al cabo de unos instantes de indecisión, un muchacho de diecisiete

años con el pelo rubio rojizo se subió al asiento y dijo algo en sueco a sus

compañeros del coro. Los estudiantes se echaron a reír, pero pronto se serenaron. Mientras permanecían quietos y en completo silencio, el primer

muchacho canturreó una nota con una hermosa voz de tenor. Su entonación

era perfecta. Entonces movió los brazos lentamente y aquellos

extraordinarios jóvenes empezaron a cantar. Sus voces levantaron ecos en las paredes y el techo de aquella antigua sala y se unieron en una gloriosa

armonía como nunca había escuchado antes. Tras haber guiado a sus

compañeros en el inicio del canto, aquel joven se bajó del asiento y se unió

a ellos en la interpretación de la desgarradora melodía con inmenso cuidado

y precisión. Yo no podía entender una palabra de la canción en sueco, pero

sonaba angelical. La disonancia y la tensión armónica se fueron

transformando lentamente en notas cálidas; el sonido resultaba

trascendente. El canto se elevó gloriosamente con cada verso.

Desde el estrado, por encima de los cantantes y con el director del

instituto a mi lado, levanté la mirada hacia el techo y contemplé aquella imponente obra artística. Mi madre había muerto unos meses antes de aquel

viaje. Durante casi toda su vida había sido músico en la iglesia y había trabajado con docenas de coros infantiles. Cuando miré hacia arriba y vi los

dibujos de ángeles en el techo abovedado pensé en ella. Me di cuenta rápidamente de que jamás recobraría la compostura contemplando aquello,

así que volví a mirar a los estudiantes y me obligué a sonreír. Cuando acabaron la canción, el resto de sus compañeros vitoreó y aplaudió con energía. Me uní a los aplausos e intenté mantener la serenidad. Cuando bajé

del estrado, los estudiantes se acercaron a agradecerme la charla, hacerme

preguntas y sacar fotos. Yo estaba absolutamente encantado.

Fue un día largo y agotador, pero hermoso. Cuando regresé al hotel

agradecí el interludio de dos horas antes de mi siguiente compromiso. No sé

qué me empujó a encender la televisión, pero llevaba cuatro días lejos de casa y no había visto ningún noticiario desde entonces. Un programa de

noticias local resonó en la habitación. Los desconocidos presentadores de la televisión sueca estaban hablando, y de repente escuché mi nombre. Era la

entrevista que había grabado el equipo de televisión que me visitó; las imágenes conocidas ocuparon la pantalla. Me contemplé mientras entraba

con el periodista en la iglesia del doctor Martin Luther King Jr. de la avenida Dexter, en Montgomery, y después al andar por la calle hacia el monumento a los derechos civiles. La escena cambió entonces a Walter, con

su mono de trabajo, de pie entre una pila de coches averiados, en

Monroeville.

Walter dejó en el suelo con delicadeza a un gatito que había estado

sosteniendo en brazos al empezar a responder las preguntas del periodista.

Me había contado una vez que montones de gatos se habían refugiado en su

campo de chatarra abandonada. Dijo cosas que le había oído decir antes docenas de veces. Entonces vi cómo cambiaba su expresión y empezaba a

hablar con más animación y entusiasmo que en cualquier otra ocasión en que lo hube escuchado.

Se mostró emocional, algo poco corriente en él.

—¡Me metieron seis años en el corredor de la muerte! Me amenazaron

durante seis años. Me torturaron con la promesa de la ejecución durante seis

años. Perdí mi trabajo. Perdí a mi esposa. Perdí mi reputación. Perdí mi...

Perdí mi dignidad.

Hablaba en voz alta y apasionadamente, y parecía estar a punto de

echarse a llorar.

—Lo perdí todo —continuó. Consiguió tranquilizarse e intentó sonreír,

sin éxito. Miró con seriedad a la cámara—. Es duro; es duro, tío. Es duro.

Lo observé con preocupación mientras se agachaba y empezaba a

sollozar con violencia. La cámara no dejó de enfocarlo mientras lloraba.

Luego la escena cambió y salí yo diciendo algo abstracto y filosófico, y se

acabó. Yo estaba estupefacto. Quería telefonear a Walter, pero no tenía ni idea de cómo hacer la llamada desde Suecia. Sabía que había llegado el momento de regresar a Alabama.

OceanofPDF.com