Cuestión de justicia
15. Destrozado
15
DESTROZADO
La salud mental de Walter empezó a deteriorarse rápidamente. Los instantes
de confusión se fueron haciendo más y más largos. Empezó a olvidar lo que
había hecho pocas horas antes. Los detalles de su negocio se le escapaban, y
las tareas de gestión se fueron complicando de una forma que no podía comprender, lo que lo deprimía. En cierta ocasión revisamos juntos sus registros y vimos que había estado vendiendo cosas por una fracción de su
valor y perdiendo un montón de dinero.
Un equipo de filmación irlandés vino a Alabama para realizar un
pequeño documental sobre la pena de muerte, en el que presentarían el caso
de Walter y los de otros dos reclusos del corredor de la muerte del estado.
James «Bo» Cochran había sido puesto en libertad tras pasar casi veinte años en el corredor de la muerte de Alabama;1 le habían concedido un nuevo juicio después de que los tribunales federales revocaran su condena a
causa de la existencia de prejuicios raciales durante la selección del jurado.
En el nuevo juicio, un jurado de varias razas lo declaró no culpable de asesinato, y quedó en libertad. El tercer hombre que aparecía en el
documental, Robert Tarver, sostenía enérgicamente que era inocente. El
fiscal admitió más tarde que el jurado había sido seleccionado
indebidamente, discriminando a los miembros por su raza, pero el tribunal
se negó a revisar la demanda porque el abogado defensor no había objetado
apropiadamente, y Tarver fue ejecutado.
Realizamos un preestreno del documental en nuestras oficinas, e invité
a Walter y a Bo para que hablaran ante el público. Cerca de unas setenta y
cinco personas de la comunidad se reunieron en la sala de conferencias de
la EJI, donde proyectamos la película. Walter lo pasó mal. Se mostró aún
más lacónico de lo habitual y me miraba nerviosamente cada vez que
alguien le hacía una pregunta. Le dije que no tendría que hacer más presentaciones. Su hermana me contó que había empezado a vagar sin
rumbo por las tardes y se perdía. Empezó a beber en exceso, algo que no
había hecho jamás. Me dijo que siempre estaba nervioso y el alcohol lo tranquilizaba. Entonces, un día, se desmayó. Me localizaron en
Montgomery después de haberlo ingresado en un hospital de Mobile. Acudí
sin tardanza y hablé con el médico, que me explicó que Walter padecía demencia avanzada, probablemente de origen traumático, y necesitaría
atención constante. El médico añadió también que era muy probable que la
demencia progresara y que Walter quedara incapacitado.
Nos reunimos con la familia de Walter en nuestras oficinas y
acordamos que debería mudarse a Huntsville, a casa de un pariente que podría cuidarlo adecuadamente. El plan funcionó un tiempo, pero Walter
empezó a alterarse allí, y además no tenía dinero, por lo que regresó a Monroeville; su hermana Katie Lee se encargó de atenderlo. Estuvo mucho
mejor en Monroeville durante una temporada, pero luego su estado empezó
a deteriorarse de nuevo.
Pronto fue necesario ingresar a Walter en algún sitio que proporcionase
cuidados a los ancianos y a los enfermos. La mayoría de las residencias no
lo aceptaría, pues había sido declarado culpable de un delito. Aunque
explicamos que la condena había sido injusta y que más tarde se demostró
que era inocente, no conseguimos que ninguna lo admitiera. La EJI tenía ahora en su plantilla a una asistente social, Maria Morrison, quien empezó a
trabajar con Walter y su familia para encontrarle un alojamiento adecuado.
Fue un proceso extremadamente frustrante y enloquecedor. Maria dio
finalmente con una residencia en Montgomery que aceptó alojar a Walter por un breve periodo, no más de noventa días. Lo ingresamos allí mientras
pensábamos qué hacer a continuación.
Todo el asunto me entristecía profundamente. Nuestra carga de trabajo
crecía demasiado deprisa. Acababa de presentar el caso de Joe Sullivan ante
el Tribunal Supremo de Estados Unidos y aguardaba el veredicto con
nerviosismo. El Tribunal Supremo de Alabama había fijado las fechas de ejecución de varios prisioneros en el corredor de la muerte que habían llegado al final del proceso de apelación. Durante años habíamos estado
temiendo que aquello pudiera ocurrir, cuando cierto número de condenados agotara sus apelaciones. Más de doce personas se hallaban expuestas a
recibir una fecha de ejecución, y sabíamos que sería extremadamente difícil
bloquear las ejecuciones debido al clima jurídico que en aquella época reinaba en Alabama, a lo que había que añadir el límite de revisiones de los
tribunales federales en casos de pena capital. Me reuní con el personal y tomamos la difícil decisión de representar a todas las personas que tenían
fecha de ejecución programada y carecían de asistencia legal.
Pocas semanas después me encontré profundamente angustiado. Me
preocupaban las fechas de ejecuciones, fijadas en Alabama cada dos meses.
Me preocupaba lo que podría hacer el Tribunal Supremo de Estados Unidos
con todos los niños condenados a morir en prisión, ahora que debían
considerar el tema. Me preocupaba nuestra financiación y tener suficiente personal y recursos para cubrir las exigencias de nuestro creciente archivo
de casos. Me preocupaban algunos clientes que estaban en apuros. Cuando
fui a la residencia de Montgomery a ver a Walter, una semana después de
que lo ingresaran, tuve la sensación de que había pasado el día entero preocupándome.
Walter estaba en una sala común con ancianos medicados en
abundancia, mirando la televisión. Me rechinó verlo allí sentado, con una bata de hospital, en medio de todas aquellas personas tan afectadas y enfermas. Me detuve antes de entrar en la sala y lo observé; él no me había
visto aún. Recostado en la silla reclinable, con la cabeza apoyada en una mano, parecía somnoliento e infeliz. Miraba más o menos en dirección a la
televisión, pero no parecía estar pendiente del programa. No estaba
afeitado, y tenía algunos restos de comida pegados a la barbilla. En sus ojos
había una tristeza que nunca le había visto antes. Al mirarlo sentí que se me
encogía el corazón; una parte de mí quería marcharse. Una enfermera me vio fuera de la sala y me preguntó si había ido a ver a alguien. Le dije que sí
y me sonrió con amabilidad.
La enfermera me acompañó a la sala. Me acerqué a Walter y le puse
una mano en el hombro. Se agitó un poco y levantó la mirada, y entonces
me dirigió una gran sonrisa.
—¡Eh, mira quién está aquí! —Sonaba animado, y de repente volvió a parecer el de siempre. Se echó a reír y se levantó. Le di un abrazo y me sentí aliviado; sabía que de un tiempo a esta parte no había reconocido a algunos de sus familiares.
—¿Cómo estás? —le pregunté mientras se inclinaba un poco hacia mí.
—Bueno, ya sabes, me las arreglo. —Echamos a andar hacia su
habitación, donde podríamos hablar con más privacidad.
—¿Te encuentras mejor?
No era una pregunta sensata, pero me había puesto nervioso verlo en
aquellas condiciones. Había perdido peso y no se había atado a la espalda la
bata de hospital, algo de lo que parecía no haberse dado cuenta. Lo detuve.
—Espera, deja que te ayude.
Le até los cordones de la bata y seguimos hacia su habitación. Se
movía lentamente y con cuidado, deslizando las zapatillas por el suelo como si hubiera olvidado cómo levantar los pies. Cuando habíamos
recorrido unos pocos metros del pasillo, me cogió el brazo y se apoyó en mí
mientras seguíamos caminando lentamente.
—Le digo a la gente que tengo muchos coches, muchos coches. —
Habló con energía, mostrando mucha más emoción de la que le había visto
últimamente—. De todos los colores, formas y tamaños. Un tío dijo: «Tus
coches no andan». Y le dije que sí andaban. —Me miró—. Tienes que
hablarle a ese tío de mis coches, ¿vale?
Asentí y pensé en su campo de chatarra.
—Tienes montones de coches...
—¡Lo sé! —dijo interrumpiéndome, y se echó a reír—. Mira, se lo
digo a la gente, pero no me creen. Se lo digo. —Seguía sonriendo y riendo
entre dientes, pero parecía confundido y fuera de sus cabales—. La gente cree que no sé de qué estoy hablando, pero sé exactamente de qué estoy hablando —dijo con voz desafiante.
Llegamos a su habitación y se sentó en la cama mientras yo acercaba
una silla. Se quedó quieto y en silencio, y de repente pareció muy
preocupado.
—Bueno, parece que estoy de vuelta —dijo con un gran suspiro—. Me
han vuelto a meter en el corredor.
Sonaba apesadumbrado.
—Lo intenté, lo intenté, lo intenté, pero simplemente no me dejaban en
paz. —Me miró a los ojos—. Nunca entenderé por qué quieren hacerle a alguien lo que me están haciendo a mí. ¿Por qué es así la gente? Me meto
en mis asuntos. No hago daño a nadie. Intento hacer las cosas bien, pero no
importa lo que haga, viene gente y me mete de nuevo en el corredor de la
muerte... por nada. Nada. No le he hecho nada a nadie. Nada, nada, nada.
Empezaba a alterarse, así que le puse la mano en un brazo.
—Oye, está bien —dije tan amablemente como pude—. No es tan
malo como parece. Creo...
—Me vas a sacar, ¿verdad? ¿Volverás a sacarme del corredor?
—Walter, no estamos en el corredor. Has estado enfermo y te hemos
traído aquí para que te pongas bien. Esto es un hospital.
—Me han pillado otra vez y tienes que ayudarme.
Empezaba a asustarse y yo no sabía muy bien qué hacer. De repente se
echó a llorar.
—Por favor, sácame de aquí. Por favor. Me van a ejecutar sin motivo,
y no quiero morir en la silla eléctrica.
Lloraba con una intensidad que me asustó. Fui a la cama, me senté a su
lado y lo rodeé con un brazo.
—Está bien, está bien. Walter, todo irá bien. Todo irá bien.
Estaba temblando, así que me levanté para que pudiera acostarse. Dejó
de llorar en cuanto su cabeza tocó la almohada. Empecé a hablarle con voz
suave, diciéndole que intentaría organizar las cosas para que pudiera
quedarse en casa, y que necesitábamos encontrar ayuda, y que el problema
era que por su seguridad no convenía que se quedara solo. Vi que se le cerraban los párpados mientras le hablaba, y al cabo de unos momentos se
había quedado profundamente dormido. Había pasado con él menos de
veinte minutos. Lo tapé con las mantas y lo miré dormir.
De vuelta al vestíbulo, le pregunté a una de las enfermeras cómo había
estado.
—Es realmente agradable —me dijo—. Nos encanta tenerlo aquí. Es
amable con el personal, muy educado y cortés. A veces se altera y empieza
a hablar de la prisión y el corredor de la muerte. No sabíamos de qué estaba
hablando, pero una de las chicas lo buscó en internet y descubrimos qué le había pasado. Alguien dijo que una persona como él no debería estar aquí,
pero les dije que nuestro trabajo es ayudar a cualquiera que necesite ayuda.
—El estado admitió que no había hecho nada malo. Es inocente.
La enfermera me miró con dulzura.
—Lo sé, señor Stevenson. Pero mucha gente aquí piensa que una vez
vas a prisión, te corresponda ir o no, te conviertes en alguien peligroso, y no
quieren tener nada que ver contigo.
—Es una vergüenza —fue lo único que pude responder.
Dejé la residencia conmocionado y afligido. Justo cuando salía, sonó mi teléfono móvil. El Tribunal Supremo de Alabama había programado la
fecha de otra ejecución de un preso en el corredor de la muerte. En aquella
época, uno de los mejores abogados de la EJI actuaba como director adjunto
de la organización. Randy Susskind había trabajado en prácticas con
nosotros cuando estudiaba en la Universidad de Georgetown, y en cuanto acabó en la Escuela de Derecho se unió a nuestro personal como abogado.
Randy demostró ser un litigante fabuloso y un gestor de proyectos
extremadamente eficaz. Le telefoneé y hablamos sobre qué podríamos
hacer para bloquear la ejecución, aunque los dos sabíamos que iba a ser muy difícil obtener una suspensión en aquella etapa. Le conté la visita a Walter y lo mucho que me había dolido verlo así. Permanecimos un rato en
silencio al teléfono, algo que ocurría a menudo cuando conversábamos.
El incremento del ritmo de ejecuciones en Alabama iba en contra de la
tendencia en el país. La cobertura mediática sobre los inocentes condenados
por error había tenido efecto en el índice de condenas a muerte en Estados
Unidos, que empezó a decaer en 1999. Pero los ataques terroristas en la ciudad de Nueva York el 11 de septiembre de 2001 y las amenazas de
terrorismo y los conflictos a nivel mundial parecieron interrumpir los
avances dirigidos a la eliminación de la pena capital. Sin embargo, unos pocos años después, los índices de ejecuciones y de condenas a muerte volvieron a decrecer. 2 En el año 2010, la cifra de ejecuciones anuales fue de menos de la mitad que las realizadas en 1999. 3 Varios estados estaban
debatiendo la posibilidad de acabar con la pena de muerte. Nueva Jersey, Nueva York, Illinois, Nuevo México, Connecticut y Maryland retiraron la pena capital. 4 Incluso en Texas, donde tuvo lugar casi el 40 por ciento de las cerca de 1.400 ejecuciones de la época moderna en Estados Unidos, la tasa
de condenas a muerte había descendido espectacularmente, y por fin se
había reducido el ritmo de ejecuciones.5 La tasa de condenas a muerte en Alabama también había disminuido desde finales de la década de 1990,
pero seguía siendo la más alta del país. 6 A finales de 2009, Alabama tenía la
tasa de ejecuciones per cápita más alta de todo Estados Unidos.
Cada par de meses, alguien se enfrentaba a su ejecución, y teníamos
que esforzarnos para mantenernos a la altura. Jimmy Callahan, Danny
Bradley, Max Payne, Jack Trawick y Willie McNair fueron ejecutados en
2009. Habíamos intentado bloquear esas ejecuciones, en la mayoría de los
casos cuestionando la manera en que se llevaban a cabo. En 2004 presenté
argumentos ante el Tribunal Supremo de Estados Unidos en un caso que
planteaba dudas sobre la constitucionalidad de determinados métodos. La
mayoría de los estados había abandonado las ejecuciones mediante
electrocución, cámara de gas y pelotón de fusilamiento, y se había inclinado
a favor de la inyección letal. Se la consideraba un método más aséptico y
apacible, y se había convertido en el sistema más común de ejecución
oficial en prácticamente todos los estados que mantenían la pena de muerte.
Pero estaban surgiendo dudas sobre su carácter indoloro y su eficacia.
En el caso que presenté ante el Tribunal, pusimos en tela de juicio la
constitucionalidad del protocolo de ejecución por inyección letal en
Alabama. David Nelson tenía las venas en muy malas condiciones. Pasaba
de los sesenta años y había sido adicto a las drogas, lo que hacía muy difícil
encontrarle las venas con facilidad. El personal de la prisión no sería capaz
de insertarle una intravenosa en el brazo para llevar a cabo la ejecución sin
que hubiera complicaciones médicas. El juramento hipocrático impide
participar en las ejecuciones a los doctores y al personal médico, por lo que
los funcionarios de Alabama planeaban que miembros del personal de
prisiones sin la formación necesaria usaran un bisturí y realizasen una incisión de cinco centímetros en el brazo o en la ingle del señor Nelson para
encontrar una vena en la que poder inyectar los productos tóxicos que lo matarían. Alegamos que sin el uso de anestesia, tal procedimiento sería innecesariamente doloroso y cruel.
El estado de Alabama alegó que las normas de procedimiento
impedían que el señor Nelson pudiera recurrir la constitucionalidad del protocolo. El Tribunal Supremo intervino. El problema legal era si los prisioneros condenados podían presentar demandas sobre derechos civiles
para recusar el uso de métodos de ejecución que pudieran ser
anticonstitucionales. La juez Sandra Day O’Connor se mostró
especialmente activa durante la presentación oral, haciéndome numerosas
preguntas sobre lo adecuado de que el personal de prisiones llevase a cabo
procedimientos médicos. El Tribunal falló unánimemente a nuestro favor y
dictaminó que un prisionero condenado podía recusar métodos de ejecución
anticonstitucionales presentando una demanda sobre derechos civiles.7
David Nelson murió por causas naturales un año después de que
consiguiéramos su descargo.
Tras la litigación del caso de Nelson, surgieron cuestiones sobre la
combinación de fármacos que usaba la mayoría de los estados para llevar a
cabo las ejecuciones por inyección letal. Muchos estados empleaban
productos cuyo uso se había prohibido en la práctica de la eutanasia de animales porque provocaban una muerte dolorosa.8 Eran productos que no podían obtenerse con facilidad en Estados Unidos, por lo que los estados habían empezado a importarlos de fabricantes europeos. Cuando circuló la
noticia de que esos fármacos se estaban empleando en Estados Unidos para
ejecutar a personas, los fabricantes europeos interrumpieron el suministro.9
Los fármacos empezaron a escasear, lo que hizo que las autoridades
carcelarias estatales intentaran obtenerlos ilegalmente incumpliendo las
normativas de la FDA que regulaban la venta y el transporte interestatal de
drogas. Este tráfico surrealista de fármacos para llevar a cabo ejecuciones
tuvo una consecuencia esperpéntica: la realización de redadas antidroga en
las penitenciarías.10 Pero más adelante, el Tribunal Supremo de Estados Unidos sostuvo en Baze v. Rees que los protocolos de ejecución y la combinación de fármacos no eran inherentemente anticonstitucionales. 11
Las ejecuciones se reanudaron.
La consecuencia para los reclusos del corredor de la muerte de Alabama y el personal de la EJI fueron diecisiete ejecuciones en treinta meses. Esto sucedió al mismo tiempo que representábamos a menores
condenados a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional en todo el país. En aquellos meses volé a Dakota del Sur, Iowa, Michigan, Misuri, Arkansas, Virginia, Wisconsin y California para presentar casos en
nombre de niños condenados. Los tribunales, los procedimientos y los
participantes eran siempre distintos, y viajar tanto resultaba agotador. Aún
seguíamos litigando activamente en nombre de niños condenados en
Misisipi, Georgia, Carolina del Norte, Florida y Luisiana: estados sureños en los que ya habíamos litigado antes. Y, por supuesto, nuestro portafolio de
Alabama nunca había sido más exigente ni había estado más saturado. En
un periodo de dos semanas estuve en California, visitando a Antonio Nuñez
en una prisión perdida en mitad del estado antes de argumentar su caso en el
tribunal de apelaciones correspondiente, mientras que al mismo tiempo
intentaba conseguir descargos para Trina Garnett en Pensilvania e Ian
Manuel en Florida. En la prisión de Florida visité a Ian y a Joe Sullivan, y
los dos lo estaban pasando mal. La dirección de la prisión no permitía que
Joe usara regularmente su silla de ruedas, con lo que se había caído numerosas veces y se había herido. Ian seguía en aislamiento. El estado clínico de Trina había empeorado.
Cada vez me costaba más trabajo ocuparme de todo. Al mismo tiempo,
se agotó el plazo de permanencia en la residencia de Montgomery que le habían concedido a Walter, por lo que tuvimos que organizar
apresuradamente su traslado a casa, donde su hermana haría lo que pudiera
para cuidar de él. La situación era preocupante para Walter, para su familia
y para todos nosotros.
Cuando se fijó la fecha de la ejecución de Jimmy Dill en Alabama, el
personal de la EJI al completo estaba al límite de sus fuerzas. La fecha de la
ejecución no podía haber llegado en peor momento. No habíamos trabajado
antes en el caso del señor Dill, lo que significaba que nos tendríamos que
poner al corriente a toda velocidad en los treinta días que quedaban hasta la
ejecución. Se trataba de un crimen poco corriente. El señor Dill había sido
acusado de disparar a alguien tras una discusión durante una venta de
drogas. La persona que recibió el disparo no murió. Al señor Dill lo detuvieron y lo acusaron de agresión con agravantes. Pasó nueve meses en
la cárcel a la espera del juicio; mientras tanto, la víctima fue dada de alta
del hospital y se estaba recuperando perfectamente. Pero después de pasar
varios meses cuidándolo en casa, la esposa del hombre herido lo abandonó,
al parecer, lo que hizo que se pusiera gravemente enfermo. Cuando murió,
los fiscales del estado cambiaron los cargos contra el señor Dill de agresión
a asesinato.
Jimmy Dill padecía discapacidad intelectual y en su infancia había
sufrido malos tratos y abusos sexuales. También había sido adicto a las drogas hasta el momento de su detención. El abogado de oficio que le asignaron no hizo gran cosa para preparar el juicio. Prácticamente no se llevó a cabo ninguna investigación sobre la ausencia de cuidados médicos
recibidos por la víctima, ausencia que constituía la verdadera causa de su muerte. El estado ofreció un trato: veinte años si el señor Dill se declaraba
culpable. Pero a este nunca se le comunicó correctamente, de modo que fue
a juicio, se le declaró culpable y fue condenado a muerte. El tribunal de apelación confirmó el veredicto y la sentencia; Jimmy no pudo encontrar un
abogado de oficio que se encargase de las apelaciones tras la condena, por
lo que la mayoría de sus reclamaciones legales quedaron bloqueadas
procesalmente porque se había saltado las fechas límite para presentarlas.
Cuando estudiamos por primera vez el caso del señor Dill, varias
semanas antes de la fecha fijada para la ejecución, ningún tribunal había revisado los detalles cruciales sobre la fiabilidad del veredicto y la sentencia. Para que el veredicto pueda ser asesinato es necesario que exista
la intención de matar, y se podía alegar convincentemente que en este caso
no había tal intención y que la muerte de la víctima había sido causada por
la carencia de atención médica. La mayoría de las víctimas de disparos no
mueren a consecuencia de ello nueve meses después, y resultaba
sorprendente que el estado persiguiera la pena de muerte en este caso.
Además, el Tribunal Supremo de Estados Unidos había prohibido ya la
ejecución de personas con retraso mental, por lo que el señor Dill debería
haber quedado protegido de la pena de muerte a causa de su discapacidad intelectual. Pero nadie había investigado ni presentado pruebas que
apoyasen ese argumento.
Por añadidura, a los problemas del señor Dill se sumaba una gran
dificultad para hablar. Tenía un defecto del habla que le hacía tartamudear
terriblemente, y empeoraba aún más cuando se emocionaba o se ponía
nervioso. Como nunca había tenido un abogado que lo hubiera visto o
hablado con él, el señor Dill consideró nuestra intervención algo parecido a
un milagro. A partir del momento en que nos hicimos cargo del caso,
mandé a los miembros más jóvenes del bufete que se reunieran con él
periódicamente. Por su parte, él me telefoneaba a menudo.
Intentamos frenéticamente conseguir del tribunal una suspensión
basándonos en los nuevos datos que habíamos descubierto, pero no sirvió
de nada. Los tribunales se resisten con uñas y dientes a revisar alegaciones
una vez que el recluso ha completado el proceso de apelación por primera
vez. Incluso fue rechazado el alegato de retraso mental porque ningún
tribunal concedería una audiencia en una fase tan tardía del proceso. A pesar de que sabía que teníamos todas las posibilidades en contra, las graves
discapacidades del señor Dill me concedían la pequeña esperanza de que quizá un juez se preocupase por su caso y nos permitiera al menos presentar
pruebas adicionales. Pero todos los tribunales nos decían: «Demasiado
tarde».
El día de la ejecución, me encontré de nuevo hablando con un hombre
al que en breve iban a atar con correas y matarlo. Había pedido al señor Dill
que me llamase a lo largo del día porque estábamos esperando el resultado
de nuestra última petición de suspensión al Tribunal Supremo. Al principio
del día sonaba nervioso, pero no dejaba de insistir en que las cosas irían bien y me dijo que no estaba dispuesto a perder la esperanza. Intentó expresar su agradecimiento por lo que habíamos hecho en las semanas
anteriores a la ejecución. Me dio las gracias por mandar a miembros del personal a visitarlo con frecuencia. Habíamos localizado a algunos
parientes suyos con los que recuperó el contacto. Le dijimos que creíamos
que lo habían declarado culpable y condenado injustamente. A pesar de que
aún no habíamos convencido a ningún tribunal para que suspendiese la
ejecución, nuestra labor parecía haberlo ayudado a afrontarla. Pero entonces nos llegó la noticia de que el Tribunal Supremo había denegado nuestra última solicitud de suspensión y ya no había nada más que hacer. Antes de
una hora lo ejecutarían, y tenía que comunicarle la negativa del Tribunal.
Me sentí abrumado.
Hablamos por teléfono poco antes de que se lo llevasen a la cámara de
ejecución. Fue duro escucharle. Tartamudeaba más de lo habitual y le
costaba mucho trabajo sacar las palabras. La inminencia de la ejecución lo
había alterado, pero intentaba valerosamente expresar su gratitud por
nuestros esfuerzos. Permanecí sentado un largo rato sosteniendo el auricular
mientras él luchaba por hablar. Era desolador. En un momento dado recordé
un detalle que había olvidado por completo hasta entonces.
Cuando era pequeño, mi madre me llevaba a la iglesia. Una vez, a los
diez años, estaba fuera con mis amigos; uno de ellos había llevado a un pariente al servicio religioso. El visitante era un niño tímido y delgaducho
de más o menos mi estatura que se mantenía todo el tiempo junto a su primo, nervioso. No dijo nada mientras los demás charlábamos. Le pregunté
de dónde era, y cuando intentó contestarme empezó a tartamudear
horriblemente. Tenía un grave defecto del habla y no conseguía que su boca
colaborase con sus intenciones. Ni siquiera podía decir el nombre de la ciudad donde vivía. Nunca había visto a nadie tartamudear así; creí que estaba bromeando o tomándonos el pelo, así que me reí. Mi amigo me miró
con preocupación, pero eso no me detuvo. De repente vi por el rabillo del
ojo que mi madre me estaba observando con una expresión que nunca le había visto antes; era una mezcla de horror, furia y vergüenza concentrada
totalmente en mí. Dejé de reírme al instante. Nunca había sentido otra cosa
que cariño por parte de mi madre, así que me puse muy nervioso cuando me
llamó.
Cuando llegué a su lado, estaba muy enfadada conmigo.
—¿Qué estás haciendo?
—¿Cómo? Yo no...
—No se te ocurra jamás reírte de nadie porque no puede hablar bien.
¡No se te ocurra hacerlo jamás!
—Lo siento. —Me sentía desolado por que mi madre me estuviera abroncando así—. Mamá, no quería hacer nada malo.
—Deberías tener más cuidado, Bryan.
—Lo siento. Creía que...
—No me interesa. No hay excusa y me siento muy decepcionada.
Ahora vas a ir con ese chico y le vas a decir que lo sientes.
—Sí, señora.
—Y luego quiero que le des un abrazo.
—¿Eh?
—Y luego le vas a decir que lo quieres.
La miré y descubrí horrorizado que hablaba absolutamente en serio. Yo
había mostrado el mayor arrepentimiento, pero aquello era demasiado.
—Mamá, no puedo decirle a ese chico que lo quiero. La gente...
Volvió a mirarme de esa manera. Hundido, me giré y regresé con el
grupo de amigos. Era evidente que no se habían perdido la bronca de mi madre, me daba cuenta porque no me quitaban ojo de encima. Fui hasta el
chiquillo que no podía hablar.
—Mira, tío, lo siento.
Lamentaba de verdad haberme reído de él, y aún más la situación en la
que me había metido. Miré a mi madre, que seguía observándome. Me
incliné hacia el chiquillo y le di un torpe abrazo. Creo que se asustó cuando
lo agarré de aquella manera, pero cuando se dio cuenta de que estaba intentando abrazarlo se relajó y me devolvió el abrazo.
Mis amigos me miraron con extrañeza cuando volví a hablar.
—Eh... también, eh... ¡te quiero!
Intenté decirlo tan insinceramente como pude, sonriendo a medias
mientras pronunciaba las palabras. Aún seguía abrazando al chico, así que
no pudo ver la expresión falsa de mi cara. Al sonreír como si fuera una broma me sentí menos raro, pero entonces el chiquillo me abrazó con más
fuerza y me susurró al oído. Habló impecablemente, sin tartamudeos ni
vacilaciones.
—Yo a ti también —dijo, con tanta ternura y emoción que, de repente,
creí que me iba a echar a llorar.
Estaba en mi despacho hablando con Jimmy Dill la noche de su ejecución y advertí que estaba pensando en algo que había sucedido casi cuarenta años
antes. También me percaté de que estaba llorando. Las lágrimas resbalaban
por mis mejillas, como fugitivas que habían escapado cuando no estaba
prestando atención. El señor Dill seguía esforzándose por vocalizar,
tratando desesperadamente de darme las gracias por intentar salvarle la vida. Cuanto más se acercaba el momento de la ejecución, más le costaba
hablar. Los guardias hacían ruido detrás de él, y me daba cuenta de que le
molestaba no poder expresarse correctamente, pero no quería interrumpirlo.
Así que seguí allí sentado mientras las lágrimas corrían por mi cara.
Cuanto más intentaba hablar, más quería llorar yo. Las largas pausas
me proporcionaban demasiado tiempo para pensar. Jimmy no habría sido
condenado nunca por asesinato si tan solo hubiera tenido dinero para un abogado decente. Nunca lo habrían condenado a muerte si alguien hubiera
investigado su pasado. Todo era trágico. Su lucha por formar las palabras y
su determinación a expresar su agradecimiento lo hizo aún más humano
ante mis ojos, y la idea de su ejecución inminente se me antojaba
insoportable. «¿Cómo es posible que no lo vean?» El Tribunal Supremo
había prohibido las ejecuciones de personas con discapacidades
intelectuales, pero estados como Alabama se negaban a evaluar
honradamente la capacidad de los condenados. Se supone que debemos
condenar a la gente con justicia después de haber considerado por completo
sus circunstancias vitales, pero, en vez de eso, explotamos la incapacidad de
los pobres para acceder a la asistencia jurídica que necesitan para poder matarlos con menos resistencia.
Mientras estaba al teléfono con el señor Dill, pensé en todos los apuros
y las terribles situaciones que había soportado, y en la manera en que lo había destrozado su discapacidad. Nada lo excusaba de haber disparado a alguien, pero matarlo por ello no tenía sentido. Empecé a enfurecerme. ¿Por
qué tenemos que matar a personas destrozadas? ¿Qué es lo que falla en nosotros para pensar que algo así puede ser correcto?
Intenté que el señor Dill no me oyera llorar. Intenté que no se diera cuenta de que me estaba rompiendo el corazón. Finalmente, consiguió
pronunciar las palabras.
—Señor Bryan, solo quiero darle las gracias por luchar por mí. Le doy las gracias por preocuparse de mí, y los quiero a todos por intentar salvarme.
Cuando colgué el teléfono aquella noche tenía la cara húmeda y el
corazón destrozado. La ausencia de compasión que había presenciado a
diario había terminado por dejarme agotado. Pasé la mirada por mi
despacho abarrotado, las pilas de informes y documentos, cada una de ellas
llena de historias trágicas, y de repente no quise estar rodeado de toda aquella angustia y toda aquella miseria. Allí sentado, pensé que era un idiota por haber intentado arreglar situaciones que estaban tan
irremisiblemente estropeadas. «Es hora de parar. No puedo seguir haciendo
esto.»
Por primera vez me di cuenta de que mi vida estaba llena de piezas
destrozadas. Trabajaba para un sistema de justicia destrozado. A mis
clientes los habían destrozado las enfermedades mentales, la pobreza y el racismo. Estaban hechos pedazos por culpa de la enfermedad, las drogas y
el alcohol, el orgullo, el miedo y la ira. Pensé en Joe Sullivan y en Trina, en
Antonio, en Ian y en docenas de niños destrozados con los que
trabajábamos, que luchaban por sobrevivir en prisión. Pensé en las personas
destrozadas por la guerra como Herbert Richardson; o por la pobreza, como
Marsha Colbey; o por la discapacidad, como Avery Jenkins. Y en su estado
destrozado habían sido juzgados y condenados por gente cuyo compromiso
con la justicia había quedado destrozado por el cinismo, la desesperanza y
los prejuicios.
Miré mi ordenador y el calendario de la pared. Volví a recorrer el
despacho con la vista y observé las pilas de carpetas. Vi la lista de nuestro
personal, que ya llegaba casi a los cuarenta miembros. Y, antes de darme cuenta, estaba hablando conmigo mismo en voz alta:
—Me puedo marchar. ¿Por qué estoy haciendo esto?
Tardé un rato en caer en la cuenta, pero allí sentado, mientras mataban
a Jimmy Dill en la prisión de Holman, entendí algo. Después de más de veinticinco años de trabajo, comprendí que no hacía lo que hacía porque me
lo exigieran o porque fuera necesario o importante. No lo hacía porque no
tuviera otra opción.
Lo hacía porque yo también estaba destrozado.
Los años que había pasado luchando contra la desigualdad, el abuso de
poder, la pobreza, la opresión y la injusticia me habían mostrado por fin algo sobre mí. Estar cerca del sufrimiento, la muerte, las ejecuciones y los
castigos crueles no solo resaltaba el estado quebrantado de otros; en un momento de angustia y desesperación también había expuesto el mío
propio. Uno no puede luchar con eficacia contra los abusos de poder, la pobreza, la desigualdad, la enfermedad, la opresión y la injusticia y salir indemne.
A todos nos ha destrozado algo. Todos hemos hecho daño a alguien y a
todos nos han hecho daño. Todos compartimos la condición de personas
destrozadas, aunque los destrozos concretos no sean equivalentes. Deseaba
desesperadamente que tuvieran compasión con Jimmy Dill y habría hecho
cualquier cosa para que obtuviera justicia, pero no podía fingir que su lucha
estaba desconectada de la mía. Las maneras en que me han hecho daño —y
he hecho daño a otros— son diferentes de las que soportó Jimmy Dill y de
las que él infligió a otros. Pero nos conectaba la destrucción compartida.
Paul Farmer, el famoso médico que ha pasado su vida intentando curar
a los más pobres y enfermos del mundo, me citó una vez algo que dijo el
escritor Thomas Merton: somos cuerpos de huesos rotos. Supongo que
siempre supe, pero nunca me paré a considerarlo en profundidad, que estar
rotos es lo que nos hace humanos. Todos tenemos nuestros motivos. A
veces nos rompen las decisiones que tomamos; a veces nos hacen pedazos
cosas que nunca habríamos elegido. Pero nuestro estado fracturado es
también la fuente de nuestra común humanidad, el fundamento de nuestra
búsqueda compartida de comodidad, significado y sanación. Nuestra
vulnerabilidad y nuestra imperfección compartidas alimentan y sostienen
nuestra capacidad de compasión.
Tenemos una elección. Podemos asumir nuestra humanidad, lo que
significa aceptar nuestra naturaleza fracturada y la compasión, que es
nuestra mejor esperanza de sanar. O podemos negar nuestro quebranto,
abjurar de la compasión y, como consecuencia, negar nuestra propia
humanidad.
Pensé en los guardias que estaban atando a Jimmy Dill a la camilla a aquella misma hora. Pensé en la gente que celebraría su muerte y la vería
como una especie de victoria. Me di cuenta de que también eran personas
destrozadas, aunque nunca lo admitiesen. Éramos muchos los que nos
habíamos convertido en personas llenas de miedo e ira. Nos habíamos
vuelto tan timoratos y vengativos que habíamos expulsado a los niños,
descartado a los discapacitados y aprobado el encarcelamiento de los
enfermos y los débiles, no porque fueran una amenaza para la seguridad pública o estuvieran más allá de cualquier posibilidad de rehabilitación, sino porque creíamos que nos haría parecer más duros, menos destrozados.
Pensé en las víctimas de delitos violentos y en los supervivientes del asesinato de un ser querido, y en cómo los habíamos presionado para que
reciclaran su dolor y su angustia y se lo devolvieran a los delincuentes a los
que juzgábamos. Pensé en las numerosas formas en que habíamos
legalizado la venganza y los castigos crueles, en cómo habíamos permitido
nuestra victimización para justificar la victimización de otros. Habíamos cedido al cruel instinto de aplastar a aquellos entre nosotros cuya fragilidad
era más visible.
Pero limitarse a castigar a los destrozados —apartándonos de ellos o
escondiéndolos para no verlos— solo garantiza que seguirán estando
destrozados, y nosotros también. No existe plenitud fuera de nuestra común
humanidad.
Mantuve con frecuencia conversaciones difíciles con clientes que
sufrían y se desesperaban por su situación; por las cosas que habían hecho,
o les habían hecho, que les habían llevado a aquellos momentos dolorosos.
Cuando las cosas se ponían realmente mal y empezaban a cuestionarse el valor de su vida, les recordaba que todos somos más que lo peor que hemos
hecho. Les explicaba que, si alguien decía una mentira, esa persona no era
únicamente un mentiroso. Si alguien cogía algo que no le pertenecía, esa persona no era únicamente un ladrón. Incluso si alguien mataba a alguien,
esa persona no era únicamente un asesino. Aquella tarde me dije a mí mismo lo que llevaba años diciéndoles a mis clientes: soy algo más que una
persona destrozada. La comprensión de la fragilidad dota de fuerza, e
incluso de poder, porque asumir nuestro estado fracturado crea la necesidad
de compasión, la aspiración a ella y, tal vez, la necesidad de mostrarla.
Cuando uno experimenta compasión, aprende cosas que habrían sido
difíciles de aprender de otra manera. Uno empieza a reconocer la
humanidad que habita en el interior de cada persona.
De repente me sentí más fuerte. Empecé a pensar en lo que podría
suceder si todos asumíamos nuestra fragilidad, si nos hacíamos dueños de
nuestras debilidades, nuestras carencias, nuestros prejuicios, nuestros
miedos. Si lo hacíamos, quizá no querríamos matar a las personas
destrozadas que habían matado a otras. Quizá nos esforzaríamos más en
buscar soluciones para cuidar de los discapacitados, los que habían sufrido
malos tratos, los abandonados y los traumatizados. Tenía la idea de que, si
admitíamos nuestra fragilidad, no nos podríamos seguir enorgulleciendo de
las encarcelaciones en masa, de las ejecuciones de seres humanos, de la demostración de una indiferencia deliberada hacia los más vulnerables.
Cuando estudiaba en la universidad, trabajaba como músico en la
iglesia de una parroquia negra en un barrio pobre del oeste de Filadelfia. En
un momento dado, durante el servicio religioso, tocaba el órgano antes de
que el coro empezase a cantar. El pastor se ponía de pie, abría los brazos y
decía: «Quiero oír felicidad y alegría, que los huesos que se han roto se regocijen». Nunca entendí del todo esas palabras hasta la noche en que ejecutaron a Jimmy Dill.
Tuve el honor de conocer a Rosa Parks la primera vez que viví en
Montgomery. Ella a veces iba allí desde Detroit, donde vivía, para visitar a
algunas buenas amigas. Johnnie Carr era una de ellas. La señora Carr se había hecho amiga mía y descubrí rápidamente que era una fuerza de la naturaleza: carismática, enérgica e inspiradora. Había sido en muchos
aspectos la verdadera artífice del boicot de los autobuses de Montgomery.
Había organizado a la gente y el transporte, cargó con buena parte de la tarea de convertirlo en la primera gran acción de éxito del moderno
movimiento por los derechos civiles y fue la sucesora del doctor Martin Luther King en la presidencia de la Asociación de Mejora de Montgomery.
Cuando la conocí, ya estaba bien entrada en los setenta.
—Bryan, te voy a llamar de vez en cuando y te voy a pedir que hagas esto o aquello, y cuando te diga que hagas algo, tú contestarás «sí, señora».
¿Entendido?
Reí entre dientes y contesté:
—Sí, señora.
A veces me telefoneaba para ver cómo estaba, y de vez en cuando me
invitaba cuando la señora Parks venía a la ciudad.
—Bryan, Rosa Parks va a venir y nos vamos a reunir en casa de
Virginia Durr para charlar. ¿Quieres venir a escucharnos?
Cuando la señora Carr me llamaba, o bien quería que fuese a algún
sitio para «hablar», o bien a algún otro para «escuchar». Siempre que la señora Parks venía a la ciudad, me invitaba a escuchar.
—Oh, sí, señora. Estaré encantado de ir a escuchar —le respondía
siempre, indicando que entendía lo que tenía que hacer cuando llegara.
La señora Parks y la señora Carr se reunían en casa de Virginia Durr.
La señora Durr también tenía una personalidad desbordante. Su marido,
Clifford Durr, era un abogado que había representado al doctor King en la
época en que estuvo en Montgomery. La señora Durr seguía decidida a
enfrentarse a las injusticias ya bien entrada en los noventa. A menudo me
pedía que la acompañase a algún sitio o me invitaba a cenar. La EJI empezó
a alquilar su casa para alojar a los estudiantes de Derecho y a nuestro personal en verano, cuando ella estaba fuera.
Siempre que fui a casa de la señora Durr para escuchar a aquellas tres
mujeres formidables, Rosa Parks se mostró muy amable y generosa
conmigo. Años más tarde llegué a encontrármela de vez en cuando en actos
en otros estados, y acabé pasando algún tiempo con ella. Pero en general me
limitaba a disfrutar escuchando cómo charlaba con la señora Carr y la señora Durr. Hablaban y hablaban y hablaban. Reían, contaban historias y
eran la demostración viviente de lo que se podía conseguir cuando la gente
se alzaba (o se sentaba, en el caso de la señora Parks). Siempre se mostraban muy animadas cuando estaban juntas. Incluso después de todo lo
que ya habían hecho, se concentraban siempre en lo que aún planeaban
hacer por los derechos civiles.
La primera vez que vi a la señora Parks estaba sentado en el porche delantero de la señora Durr, en Old Cloverdale, un barrio residencial de Montgomery, y estuve oyendo hablar a las tres mujeres durante dos horas.
Por último, después de observarme todo aquel tiempo, la señora Parks se volvió hacia mí y me dijo amablemente:
—Bueno, Bryan, dime quién eres y a qué te dedicas.
Miré a la señora Carr a la espera de permiso para hablar, y ella sonrió y
asintió. Entonces le solté mi discurso de ventas a la señora Parks.
—Sí, señora. Bueno, tengo un proyecto legal llamado Equal Justice
Initiative e intentamos ayudar a personas en el corredor de la muerte. De hecho, intentamos acabar con la pena capital. Intentamos hacer algo sobre
las condiciones carcelarias y las penas excesivas. Pretendemos liberar a la
gente que ha sido condenada injustamente. Queremos acabar con las
sentencias injustas en los casos criminales y con los prejuicios raciales en la
justicia penal. Intentamos ayudar a los pobres y hacer algo con la defensa
de los indigentes y el hecho de que muchas personas no consiguen la ayuda
jurídica que necesitan. Intentamos ayudar a los enfermos mentales.
Intentamos impedir que sigan metiendo a niños en las prisiones para
adultos. Intentamos hacer algo con la pobreza y la desesperación que
dominan las comunidades pobres. Queremos ver más diversidad en puestos
con capacidad decisoria en el sistema penal. Intentamos educar a la gente
sobre la historia racial y la necesidad de justicia racial. Intentamos enfrentarnos a los abusos de poder por parte de la policía y los fiscales...
Me di cuenta de que me estaba alargando demasiado y me interrumpí
bruscamente. Las tres mujeres me estaban observando. La señora Parks se
recostó en su asiento, sonriendo.
—Oh, querido... Todo eso te va a dejar cansado, cansado, cansado.
Todos nos echamos a reír. Bajé la mirada, un poco avergonzado.
Entonces la señora Carr se inclinó hacia delante, me tocó la cara con un dedo y me habló exactamente igual que como solía hablarme mi abuela:
—Por eso tienes que ser valiente, valiente, valiente.
Las tres mujeres asintieron en silencio, mostrando su acuerdo, y
durante un instante hicieron que me sintiera como un príncipe.
Miré el reloj. Eran las 18.30. El señor Dill debía de estar muerto ya. Me sentía muy cansado, y era hora de acabar con todas esas tonterías sobre abandonar. Era el momento de mostrar valor. Me volví hacia el ordenador y
me encontré un correo electrónico; se trataba de una invitación a hablar ante
los estudiantes de un distrito pobre sobre mantener la esperanza. La
profesora me dijo que me había oído en una conferencia y quería que fuese
un modelo para los estudiantes y los inspirase para hacer grandes cosas.
Sentado en mi despacho, secándome las lágrimas y meditando sobre mi
fragilidad, la idea parecía risible. Pero entonces pensé en esos chicos y en
los desafíos abrumadores e injustos que muchos niños tenían que superar en
todo el país, y empecé a escribir un mensaje diciéndole que sería un honor
acudir.
De vuelta a casa encendí la radio del coche en busca de noticias de la
ejecución del señor Dill. Di con una emisora religiosa local, pero en su noticiario no hubo mención alguna de la ejecución. Dejé la radio ahí; al cabo de un rato, una predicadora empezó a pronunciar un sermón. Empezó
citando lo que parecía un pasaje bíblico.
Por tres veces le rogué al Señor que lo apartara de mí. Cada vez me respondió: «Mi gracia es suficiente. Mi poder se hace perfecto en tu debilidad». Así que ahora me congratulo en mostrar mis debilidades, para que el poder de Cristo pueda obrar a través de mí. Puesto que sé que todo es por el bien de Cristo, estoy satisfecho con mis debilidades y al sufrir insultos, dificultades, persecuciones y desgracias. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.
Apagué la radio y, mientras avanzaba lentamente de camino a casa,
comprendí que incluso mientras estábamos atrapados en una telaraña de
dolor y fragilidad, también lo estábamos en una de sanación y compasión.
Pensé en el chiquillo que me abrazó fuera de la iglesia creando
reconciliación y amor. En aquel momento yo no merecía ninguna de ambas
cosas, pero así es como funciona la compasión. El poder de la simple compasión es que pertenece a quienes no la merecen. Es más potente
cuando menos se la espera; lo bastante fuerte para romper el ciclo de victimarios y víctimas, de venganza y sufrimiento. Tiene el poder de curar
los daños psíquicos y las heridas que llevan a la agresión y a la violencia, al
abuso de poder y a la encarcelación masiva.
Conduje hasta casa, destrozado y sufriendo por Jimmy Dill. Pero sabía que volvería al día siguiente. Había más trabajo que hacer.
OceanofPDF.com