Cuestión de justicia

Bryan Stevenson · Capítulo 5 de 22

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Cuestión de justicia

3. Juicios y tribulaciones

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JUICIOS Y TRIBULACIONES

Tras meses de frustración, fracasos y creciente humillación pública, el sheriff Thomas Tate, Simon Benson, investigador del ABI al cargo, y Larry Ikner, investigador del fiscal del distrito, decidieron detener a Walter McMillian basándose principalmente en el testimonio de Ralph Myers.

Todavía no habían investigado demasiado a McMillian, así que decidieron

detenerlo con alguna excusa mientras preparaban el caso. Myers adujo que

McMillian lo aterrorizaba; uno de los agentes le sugirió que McMillian podría haberlo agredido sexualmente, y la idea era tan provocadora y

escandalosa que Myers se dio cuenta de su utilidad de inmediato y

reconoció, lúgubre, que era cierto. En Alabama estaban prohibidas las

relaciones sexuales no reproductivas, por lo que los agentes planearon

detener a McMillian bajo la acusación de sodomía.

El 7 de junio de 1987, el sheriff Tate, al frente de un ejército de más de una docena de agentes, se apostó en la carretera rural por la que sabían que

Walter regresaría a casa desde el trabajo. Los agentes detuvieron su

camioneta a punta de pistola, lo obligaron a bajar del vehículo y lo rodearon. Tate le dijo que estaba detenido. Cuando Walter, desesperado, le

preguntó al sheriff qué había hecho, este le contestó que se le acusaba de sodomía. Confundido por el término, Walter replicó que no sabía qué

significaba esa palabra. Cuando el sheriff le explicó la acusación a las claras, a Walter le pareció tan increíble que no pudo evitar echarse a reír ante la idea. Esto irritó a Tate, que descargó un torrente de insultos racistas

y de amenazas. Walter se pasaría años repitiendo que durante su detención

no escuchó otra cosa que negrata una y otra vez. «Negrata esto», «negrata lo otro», seguido de insultos y amenazas de linchamiento.

—Vamos a enseñaros a todos los negratas a no andar detrás de las chicas blancas. Debería cogerte y colgarte como hicimos con aquel negrata

de Mobile1 —le dijo Tate a Walter, presuntamente.

El sheriff se refería al linchamiento de un joven afroamericano llamado

Michael Donald en Mobile, a unos noventa y cinco kilómetros al sur. Una

tarde, Donald volvía a casa andando desde la tienda, horas después de que

se declarase juicio nulo en el caso de un negro acusado de disparar a un policía blanco. Muchos blancos se escandalizaron por el resultado y

culparon de la anulación del juicio a que se había permitido que hubiera afroamericanos en el jurado. Tras quemar una cruz en los jardines de los juzgados, un grupo de blancos furiosos, miembros del Ku Klux Klan,

salieron en busca de una víctima. Encontraron a Donald de camino a su casa y cayeron sobre él. Tras darle una paliza brutal lo colgaron de un árbol

cercano, donde se encontró su cuerpo sin vida varias horas después.

La policía local hizo caso omiso de las pruebas evidentes de que se

trataba de un crimen racista y trabajó con la hipótesis de que Donald debía

de estar implicado en el tráfico de drogas, cosa que su madre negó

categóricamente. Indignados por la falta de interés de las fuerzas de

seguridad locales, la comunidad negra y los activistas pro derechos civiles

convencieron al Departamento de Justicia de que tomara cartas en el asunto.

Dos años después, tres hombres blancos fueron detenidos y por fin se

hicieron públicos los detalles del linchamiento.

Habían pasado más de tres años desde las detenciones, pero cuando

Tate y los demás agentes empezaron a lanzar amenazas de linchamiento,

Walter sintió terror. También estaba desconcertado. Decían que lo detenían

por violar a otro hombre, pero le hacían preguntas sobre el asesinato de Ronda Morrison. Walter negó enérgicamente ambas acusaciones. Cuando a

los agentes les quedó claro que Walter nos les iba a ayudar a montar un caso

contra él, lo encerraron y continuaron investigando.

Ted Pearson, fiscal del distrito del condado de Monroe, debió de sentirse muy decepcionado cuando conoció las pruebas que sus investigadores

presentaban contra Walter McMillian. El relato del delito que había hecho

Ralph Myers era bastante inverosímil; su tendencia a adornar la historia para darle un toque espectacular complicaba innecesariamente hasta las

declaraciones más sencillas.

Esta es la versión de Myers del asesinato de Ronda Morrison: el día

del asesinato, Myers estaba echando gasolina cuando Walter McMillian lo

vio en la estación de servicio y, a punta de pistola, lo obligó a montar en su

camioneta y a conducir hasta Monroeville. Myers no conocía a Walter de antes. Una vez en la camioneta, Walter le dijo a Myers que necesitaba que

condujese porque se había lesionado un brazo. Myers protestó, pero no tuvo

alternativa. Walter le ordenó que lo llevase hasta la tintorería Jackson, en el

centro de Monroeville y le indicó que esperase en la camioneta mientras entraba solo. Tras esperar un rato largo, Myers condujo hasta un

ultramarinos del final de la calle para comprar cigarrillos. Volvió unos diez

minutos más tarde. Tras otra larga espera, vio por fin a McMillian salir del

establecimiento y volver a la camioneta. Al subirse, McMillian admitió

haber matado a la empleada. Entonces Myers volvió a llevarlo a la estación

de servicio, donde recuperó su vehículo. Antes de dejarlo ir, Walter lo amenazó con matarlo si le contaba a alguien lo que había visto o hecho.

En resumen: un afroamericano planea un robo con asesinato en el

centro de Monroeville en pleno día, para en una estación de servicio y elige

al azar a un hombre blanco para que se convierta en su cómplice al llevarlo

a la escena del crimen porque tiene lesionado un brazo, pese a que ha podido conducir hasta la gasolinera donde se encuentra con Myers y luego

de vuelta a casa, tras dejarlo de nuevo en la estación de servicio.

Los agentes de la ley sabían que la historia de Myers iba a ser muy difícil de demostrar, así que detuvieron a Walter por sodomía, lo que sirvió

para escandalizar a la comunidad y demonizarlo todavía más. Y también le

dio a la policía la oportunidad de llevar la camioneta de Walter a la cárcel

para que la viese Bill Hooks, un informante de la prisión.

Bill Hooks era un joven negro con reputación de soplón. Llevaba

varios días en la cárcel del condado por robo con allanamiento cuando detuvieron a McMillian, y le prometieron dejarlo en libertad y

recompensarlo económicamente si lograba conectar la camioneta de

McMillian con el asesinato de Morrison. A Hooks no le costó lo más

mínimo contarles a los investigadores que había pasado en coche por delante de la tintorería Jackson cerca de la hora del crimen y que había visto

una camioneta salir a toda velocidad con dos hombres en su interior. En la

cárcel, Hooks identificó la camioneta de Walter como la que había visto frente al establecimiento de limpieza seis meses antes.

Aquel segundo testigo les daba a los agentes de la ley lo que

necesitaban para acusar a Walter McMillian de asesinato en primer grado por matar a tiros a Ronda Morrison.

Cuando se anunciaron los cargos, la comunidad respiró aliviada y se alegró

de que por fin se hubiera acusado a alguien. El sheriff Tate, el fiscal del distrito y otros agentes de la ley que habían sido blanco de todas las críticas

eran ahora aclamados. La falta de detenciones había perturbado la vida de

Monroeville, pero al fin las cosas podían volver a su curso.

A quienes conocían a Walter les costaba creer que pudiera ser

responsable de aquel espectacular asesinato. No tenía historial de delitos ni

de violencia, y casi todos quienes lo conocían opinaban que el robo no casaba con un hombre que trabajaba tanto como él.

Los vecinos negros de la localidad le decían al sheriff Tate que había

detenido a un inocente. Tate no había investigado todavía al propio

McMillian, ni su vida, ni sus antecedentes, ni siquiera dónde se encontraba

el día del asesinato. Sabía que había tenido una aventura con Karen Kelly, y

había oído las sospechas y los rumores de que la independencia de Walter

tenía que ser señal de que traficaba con drogas. Con las ganas que tenía de

detener a alguien, aquello le pareció suficiente para aceptar las acusaciones

de Myers. Lo que ocurrió, sin embargo, fue que el día del asesinato se había

organizado una fritura de pescado en casa de Walter. Sus familiares pasaron

el día a la puerta de la casa vendiendo pescado a los viandantes. Evelyn Smith, la hermana de Walter, era pastora en una iglesia de la zona, y su familia y ella organizaban de vez en cuando ventas callejeras de comida para recaudar fondos. Como la casa de Walter estaba más cerca de la calle

principal, solían hacer las ventas en su jardín. Durante toda la mañana del asesinato de Ronda Morrison hubo en la casa al menos doce feligreses con

Walter y su familia.

Walter no tenía que trabajar de leñador aquel día, así que había

decidido cambiar la transmisión a la camioneta y llamó a Jimmy Hunter, un

amigo suyo que era mecánico, para que lo ayudase. Hacia las nueve y

media de la mañana, los dos habían desmontado la camioneta por completo

y le habían quitado la transmisión. A las once habían llegado los parientes y

se habían puesto a freír el pescado y los demás platos para venderlos.

Algunos de los feligreses no llegaron hasta más tarde.

—Hermana, habríamos llegado hace rato, pero en Monroeville el

tráfico estaba totalmente atascado. Había coches de policía y bomberos, parecía que había pasado algo malo en la tintorería —dijo uno de los feligreses, según recuerda Evelyn Smith.

En el informe policial se decía que el asesinato de Morrison se había

producido hacia las diez y cuarto, a unos dieciocho kilómetros de la casa de

McMillian, al mismo tiempo que una docena de feligreses se encontraban

en su casa vendiendo comida mientras Walter y Jimmy trabajaban en la

camioneta. A mediodía llegó Ernest Welch, un hombre blanco al que los vecinos negros llamaban «el de los muebles» porque trabajaba en una

tienda de muebles local, para cobrar a la madre de Walter una compra que

había hecho a crédito. Welch les contó a todos los que estaban allí reunidos

que habían asesinado a su vecina en la tintorería Jackson aquella mañana y

estuvo hablando un rato con ellos sobre la terrible noticia.

Sumando a los feligreses, a la familia de Walter y a la gente que

pasaba constantemente por la casa para comprar bocadillos, había docenas

de personas que podían confirmar que Walter no podía haber cometido el asesinato. En ese grupo estaba incluido un agente de policía que se pasó a

comprar un bocadillo y anotó en su registro policial que había comprado comida en la casa de McMillian y que allí estaban presentes Walter y un montón de miembros de la iglesia.

Basándose en su conocimiento de primera mano de dónde se

encontraba Walter a la hora del asesinato de Morrison, sus familiares, los feligreses, los pastores negros y todos los demás le rogaron al sheriff Tate

que liberase a McMillian, pero este se negó. Había invertido demasiado tiempo en aquella detención para admitir un nuevo fracaso Tras debatirlo, el

fiscal del distrito, el sheriff y el investigador del ABI decidieron seguir adelante con la acusación contra McMillian.

Sin embargo, la coartada de Walter no era el único problema al que se

enfrentaban. Ralph Myers empezó a tener dudas sobre su testimonio contra

McMillian. También se enfrentaba a una acusación en el asesinato de

Morrison. Le habían prometido que no le caería la pena de muerte y que le

darían un trato de favor a cambio de su testimonio, pero empezaba a darse

cuenta de que admitir haber participado en un asesinato que había

horrorizado a la opinión pública y con el que en realidad no tenía nada que

ver no era precisamente lo más inteligente.

Unos días antes de que se hicieran públicos los cargos de asesinato en

primer grado contra McMillian, Myers hizo llamar a los investigadores

policiales y les dijo que sus acusaciones contra McMillian no eran ciertas.

Llegados a aquel punto, Tate y sus investigadores no tenían el más mínimo

interés en la retractación de Myers. Es más, decidieron presionarlo para que

se sacase de la manga nuevos detalles incriminatorios. Cuando Myers alegó

que no tenía ninguno porque, bueno, era todo mentira, los investigadores se

negaron a aceptarlo. No está claro quién decidió meter a Myers y a

McMillian en el corredor de la muerte antes del juicio para crear más presión, pero fue una maniobra casi sin precedentes que resultó muy

efectiva.

Antes del juicio, es ilegal someter a los detenidos como Walter y

Myers a ningún confinamiento que constituya un castigo en sí mismo. Los

detenidos en espera de juicio suelen alojarse en cárceles locales donde disfrutan de más privilegios y de más libertad que los delincuentes

convictos que irán a prisión. Meter a alguien que no ha sido juzgado en una

prisión reservada para criminales condenados es algo que no se hace casi nunca. Y lo mismo ocurre con el corredor de la muerte. Incluso los demás

reclusos del corredor estaban asombrados. El corredor de la muerte es el tipo de reclusión punitiva más restrictivo que se permite. Los prisioneros

están encerrados en solitario en celdas pequeñas veintitrés horas al día. Los reclusos condenados no tienen apenas oportunidades de ejercitarse ni de recibir visitas, y la proximidad de la silla eléctrica resulta perturbadora.

Fue el sheriff Tate quien llevó personalmente a Walter a la

penitenciaría de Holman, situada en Atmore (Alabama), a solo un corto

trayecto en coche. Antes del viaje volvió a amenazar a Walter con insultos

raciales y planes terroríficos. No está claro cómo convenció Tate al director

de Holman para que admitiese en el corredor de la muerte a dos detenidos

en espera de juicio, aunque en la prisión tenía contactos de la época en que

había sido agente de libertad condicional. El traslado de Myers y McMillian

de la cárcel del condado al corredor de la muerte se realizó el 1 de agosto de

1987, a menos de un mes de la fecha fijada para la ejecución de Wayne Ritter.

Cuando Walter McMillian llegó al corredor de la muerte de Alabama —

solo diez años después de la reinstauración de la pena de muerte moderna

—, lo estaba esperando una comunidad entera de hombres condenados. La

mayoría de los cientos de prisioneros que se encontraban en el corredor de

la muerte condenados a la ejecución en Alabama desde la recuperación de

la pena capital en 1975 eran de raza negra, aunque, para sorpresa de Walter,

el 40 por ciento eran blancos. Todos eran pobres y todos le preguntaban qué

hacía allí.

Los prisioneros condenados de los corredores de la muerte de Alabama

estaban alojados en edificios de hormigón sin ventanas, verdaderamente

calurosos e incómodos. A cada recluso le correspondía una celda de metro y

medio por dos metros y medio con una puerta de metal, una silla urinario y

un camastro de acero. En agosto, las temperaturas superaban los 38 ºC

durante días y a veces semanas seguidas. Los presos cazaban ratas, arañas

venenosas y serpientes que encontraban en la prisión para pasar el rato y por seguridad. Aislados en aquel lugar remoto, la mayoría tenía pocas

visitas y aún menos privilegios.

La existencia en Holman giraba en torno a la silla eléctrica de Alabama. Era una gran silla de madera fabricada en la década de 1930 que

los reclusos habían pintado de amarillo antes de colocarle las correas de cuero y los electrodos. La llamaban Yellow Mama («Mami Amarilla»). En

Holman se reiniciaron las ejecuciones pocos años antes de la llegada de Walter. No hacía mucho que John Evans y Arthur Jones habían sido

ajusticiados allí. Russ Canan, un abogado de Atlanta perteneciente al

Comité de Defensa de Prisioneros Sureños, se había ofrecido voluntario

para representar a Evans. Este había grabado lo que acabaría por convertirse

en un especial para horario infantil en el que les contaba la historia de su

vida a un grupo de escolares y les advertía que no cometieran los mismos

errores que él.

Los tribunales rechazaron bloquear la ejecución de Evans una

apelación tras otra, y finalmente, Canan acudió a la prisión a presenciar la

ejecución a petición del propio Evans. Fue peor de lo que Russ hubiera imaginado jamás. Tras la muerte de su cliente, escribió una declaración jurada que tendría un notable eco, en la que describía con detalle aquel proceso espeluznante:

La primera descarga de electricidad de 1.900 voltios recorrió el cuerpo del señor Evans a las 20.30. Del electrodo sujeto a la pierna izquierda brotaron chispas y llamas. Su cuerpo se convulsionó contra las cinchas que lo sujetaban a la silla eléctrica y sus puños quedaron contraídos permanentemente. Al parecer, el electrodo había saltado de la correa que lo sujetaba.

De la capucha que le cubría la cara al señor Evans salieron chispas y una gran voluta de humo grisáceo. La sala de testigos comenzó a llenarse de un hedor a carne y ropa quemadas sofocante.

Los médicos examinaron al señor Evans y declararon que no estaba muerto.

Volvieron a sujetarle el electrodo de la pierna izquierda. A las 20.30 [ sic] se le administró una segunda descarga eléctrica de treinta segundos de duración. El olor a carne quemada era nauseabundo. De la pierna y la cabeza brotó más humo. Los médicos volvieron a examinarlo y comunicaron que todavía le latía el corazón y que seguía vivo.

Llegados a ese punto, pedí al comisario de la prisión, que tenía una línea de comunicación abierta con el gobernador George Wallace, que le transmitiese mi petición de clemencia porque el señor Evans estaba siendo sometido a un castigo cruel y aberrante. La petición fue denegada.

A las 20.40, el cuerpo del señor Evans fue atravesado por una tercera descarga eléctrica de treinta segundos de duración. A las 20.44, los médicos declararon su muerte. La ejecución de John Evans duró catorce minutos. 2

Walter McMillian no sabía nada de todo aquello al entrar en Holman, pero había una ejecución programada que se aproximaba a toda velocidad,

por lo que, a su llegada, los prisioneros condenados estaban hablando sin cesar de la silla eléctrica. Prácticamente, de lo único que oyó hablar durante

las primeras tres semanas que pasó en el corredor de la muerte de Alabama

fue de la horrible ejecución de John Evans.

La espiral surrealista de las semanas anteriores había dejado a Walter

en un estado de devastación. Había vivido toda su vida en libertad, sin restricciones de ningún tipo, y ahora se encontraba confinado y amenazado

de formas tan horribles que jamás las habría podido imaginar. La terrible ira

de los agentes que lo detuvieron y las burlas y las amenazas racistas de los

policías uniformados que no lo conocían eran espantosas. En las personas

que habían realizado y tramitado su detención, e incluso en otros reclusos

de la cárcel, vio un desprecio que no había experimentado nunca. Siempre

había sido una persona apreciada que se llevaba bien con todo el mundo.

Creía de verdad que las acusaciones contra él se habían debido a un

malentendido enorme y que una vez que los agentes hablasen con su familia

y confirmasen su coartada lo soltarían en un par de días. Cuando los días se

hicieron semanas, Walter empezó a sumirse en una profunda desesperación.

Su familia le aseguraba que la policía lo soltaría pronto, pero aquel día no

llegaba.

Su cuerpo reaccionó a lo terrible de la situación. Walter, que era

fumador de toda la vida, intentaba calmar los nervios fumando, pero resultó

que en Holman le daba náuseas y lo dejó de inmediato. Pasó días sin que la

comida le supiera a nada. No lograba orientarse ni calmarse. Todas las mañanas, al despertar, se sentía normal un momento y luego lo invadía el

terror al recordar dónde se encontraba. Los guardias de la prisión le habían

afeitado el pelo y todo el vello facial, y no se reconocía al mirarse al espejo.

Las cárceles del condado en las que había estado antes del traslado

eran horribles, pero aquella celda pequeña y calurosa del corredor de la muerte de Holman era mucho peor. Estaba acostumbrado a trabajar al aire

libre, entre árboles, con el aroma limpio de los pinos en la brisa fresca.

Ahora se encontraba con la vista clavada en aquellas paredes deprimentes del corredor de la muerte. Se instalaron en él un miedo y una angustia como

nunca había conocido.

Los prisioneros del corredor de la muerte le daban consejos

continuamente, pero no tenía forma de saber a quién creer. El juez le había

asignado un abogado para que lo representase, un hombre blanco en quien

Walter no confiaba. Su familia recaudó dinero para contratar a J. L.

Chestnut y Bruce Boynton, de Selma, los únicos abogados criminalistas

negros de la región. Chestnut era duro de pelar y tenía mucha experiencia

en el trabajo por los derechos civiles en la comunidad negra. La madre de

Boynton, Amelia Boynton Robinson, era una activista legendaria, y el

propio Boynton también tenía sólidas credenciales como activista en la

lucha por los derechos civiles.

Pese a su experiencia colectiva, Chestnut y Boynton no lograron

convencer a los agentes locales de que liberasen a Walter ni tampoco evitar

su traslado a Holman. En realidad, el haber contratado a abogados foráneos

parecía haber provocado todavía más a los agentes del condado de Monroe.

Durante el viaje a Holman, Tate se mostró furioso porque McMillian

hubiese recurrido a ayuda externa. Se burló de él por haber pensado que le

serviría de algo. Aunque el dinero para contratar a Chestnut y Boynton lo

recaudaron sus familiares a través de donaciones en la iglesia y mediante créditos avalados con sus escasas posesiones, las fuerzas de la ley lo interpretaron como una muestra de que Walter tenía dinero escondido y

llevaba una doble vida, la confirmación de que no era el negro inocente que

fingía ser.

Walter intentó adaptarse a Holman, pero las cosas empeoraron. La

proximidad de la ejecución programada hacía que los residentes del

corredor estuvieran inquietos e irascibles. Otros prisioneros le habían

aconsejado que pasase a la acción y presentase una queja ante el gobierno

federal, ya que no había base legal para su reclusión en el corredor de la muerte. Cuando Walter, que apenas sabía leer ni escribir, no consiguió presentar los diversos alegatos, recursos, mociones y demandas, los

prisioneros que lo habían aconsejado lo culparon de sus propias desgracias.

«Lucha por lo tuyo. No te fíes de tu abogado. No pueden meterte en el corredor de la muerte sin estar condenado.» Walter lo oía continuamente, pero no lograba imaginar cómo podía presentar por su cuenta un alegato ante un tribunal.

—Había días que no podía ni respirar —recordaría más tarde—. Nunca

en mi vida había experimentado una cosa así. Estaba rodeado de un montón

de asesinos y, sin embargo, a veces parecía que eran los únicos que

intentaban ayudarme. Recé, leí la Biblia y mentiría si dijera que no tenía miedo, que no me sentía aterrorizado casi a diario.

A Ralph Myers no le iba mucho mejor. También lo habían acusado del

asesinato de Ronda Morrison, y su negativa a continuar cooperando con la

justicia le supuso asimismo el traslado al corredor de la muerte. Lo pusieron

en otra planta para evitar que tuviera contacto con McMillian. Estaba claro

que cualquier ventaja que Myers hubiera creído poder conseguir al decir que sabía algo del asesinato de Morrison había desaparecido para siempre.

Estaba deprimido y se hundía cada vez más en una profunda crisis

emocional. A raíz de las quemaduras que había sufrido siendo niño había desarrollado fobia al fuego, al calor, a los espacios pequeños. Cuanto más

comentaban los demás prisioneros la ejecución de Evans y la inminente

ejecución de Wayne Ritter, más se alteraba él.

La noche de la ejecución de Ritter, Myers estaba en plena crisis,

sollozando en su celda. Existe una tradición en el corredor de la muerte de

Alabama según la cual, a la hora de una ejecución, los prisioneros

condenados golpean las puertas de las celdas con las tazas en señal de protesta. A medianoche, cuando todos los demás prisioneros estaban

aporreando las puertas, Myers se hizo un ovillo en un rincón de su celda,

hiperventilando y encogiéndose con cada golpe que oía. Cuando la peste a

carne quemada que muchos en el corredor decían que se llegaba a oler durante las ejecuciones se coló en su celda, Myers se desmoronó. Llamó a

Tate a la mañana siguiente y le dijo que diría lo que fuera con tal de salir del corredor de la muerte.

Al principio, Tate había justificado la reclusión de Myers y McMillian

en el corredor de la muerte por motivos de seguridad, pero el día siguiente

de la ejecución de Ritter fue a recoger a Myers de inmediato para

devolverlo a la cárcel del condado. Al parecer no habló con nadie sobre la decisión de sacar a Myers del corredor de la muerte. Por regla general, el

Departamento de Prisiones de Alabama no podía meter y sacar a la gente

del corredor de la muerte sin una orden de un tribunal o un procedimiento

judicial. Y, desde luego, los directores de las prisiones no podían hacerlo por su cuenta. Sin embargo, en el caso de Walter McMillian nada se estaba

haciendo de la forma habitual.

Una vez fuera del corredor de la muerte y de vuelta en el condado de

Monroe, Myers se reafirmó en sus acusaciones iniciales contra McMillian.

Recuperado Myers como testigo principal y con Bill Hooks dispuesto a

decir que había visto la camioneta de Walter en la escena del crimen, el fiscal del distrito creyó que podía actuar contra él. La fecha de inicio del juicio se fijó para febrero de 1988.

Hacía doce años que Ted Pearson ostentaba el cargo de fiscal del

distrito. Pertenecía a una familia que llevaba generaciones en Alabama.

Conocía bien las costumbres locales, los valores y las tradiciones y sabía sacarles partido en el tribunal. Se estaba haciendo mayor y tenía planes de

retirarse pronto, pero no soportaba que su oficina hubiera recibido críticas

por no haber sabido resolver el asesinato de Morrison con más rapidez.

Pearson estaba decidido a dejar el cargo con una victoria y, seguramente, vio el caso de Walter McMillian como uno de los más importantes de su carrera.

En 1987, los cuarenta fiscales de distrito elegidos en Alabama eran

blancos, 3 aunque en el estado hay dieciséis condados de mayoría negra.

Cuando los afroamericanos comenzaron a ejercer el derecho al voto en la

década de 1970, algunos fiscales y jueces empezaron a preocuparse cada

vez más por la posible influencia de los factores raciales en la demografía

de algunos condados en sus posibilidades de ser reelegidos. Los

legisladores habían alineado los condados para mantener las mayorías

blancas en los circuitos judiciales que incluían un condado de mayoría negra. Pese a todo, Pearson tenía que tener más presentes las

preocupaciones de los vecinos negros que al principio de su carrera, aunque

esta actitud no se tradujese en ningún cambio relevante durante su ejercicio.

Al igual que a Tate, muchos vecinos negros le habían contado a Pearson que creían en la inocencia de Walter McMillian. Sin embargo,

Pearson confiaba en obtener un veredicto de culpabilidad, pese a los

testimonios sospechosos de Ralph Myers y Bill Hooks y a las sólidas dudas

de la comunidad negra. La única preocupación real que podría haber tenido

era un caso reciente del Tribunal Supremo que amenazaba una característica

de larga tradición en los juicios criminales de mayor relieve público del Sur:

el jurado íntegramente blanco.

Cuando un caso de delito grave iba a juicio en un condado como el de Monroe, con una población negra del 40 por ciento, no era raro que los fiscales excluyesen a todos los afroamericanos del servicio como jurados.

De hecho, veinte años después de la revolución de los derechos civiles, el

jurado continuaba siendo una institución que apenas se había visto afectada

por las exigencias legales de la integración racial y la diversidad. Ya en la

década de 1880, el Tribunal Supremo dictaminó en el caso Strauder v.

Virginia Occidental que era anticonstitucional excluir a personas negras del servicio como jurado, pero los jurados siguieron siendo exclusivamente

blancos durante décadas. En 1945, el Tribunal Supremo ratificó una ley del

estado de Texas que limitaba el número de jurados negros exactamente a uno por caso. 4 En los estados del Sur Profundo, los censos de jurados se sacaban de los censos de votantes, que excluían a los afroamericanos. Tras

la aprobación de la ley de derecho de voto, los actuarios y los jueces seguían manteniendo los censos de jurados esencialmente blancos mediante

varias tácticas diseñadas para saltarse la ley. Las comisiones locales de jurados utilizaban requisitos obligatorios como que los jurados fuesen

«inteligentes y rectos» para excluir a los afroamericanos y las mujeres. 5

En la década de 1970, el Tribunal Supremo dictaminó que la baja

representación de las minorías raciales y de las mujeres en las listas de

jurados era anticonstitucional,6 lo cual supuso que, en algunas comunidades al menos, a los negros se los llamara a los juzgados para su posible selección como jurados (aunque no se los eligiera). Hay que tener en cuenta

que el Supremo había dejado claro en repetidas ocasiones que la

Constitución no exige que las minorías raciales y las mujeres presten servicio como jurados, tan solo prohíbe la exclusión en base a género o raza.

Para muchos afroamericanos, el uso de recusaciones perentorias y

discrecionales para seleccionar un jurado de doce miembros continuó

siendo un grave obstáculo para poder prestar servicio como jurados. A

mediados de la década de 1960, el Supremo afirmó que el uso de

recusaciones perentorias para discriminar por motivos raciales era

anticonstitucional.7 Sin embargo, los propios jueces crearon unas normas probatorias tan estrictas para demostrar la existencia de prejuicio racial que

en veinte años nadie había logrado desafiar con éxito las recusaciones perentorias. La práctica de recusar a todos o a casi todos los potenciales

jurados afroamericanos apenas cambió tras la sentencia del Supremo.8

Así las cosas, los acusados como Walter McMillian se encontraban con

frecuencia ante jurados exclusivamente blancos, incluso en condados con

una población negra del 40 o el 50 por ciento, sobre todo en los casos de

pena capital. Entonces, en 1986, el Tribunal Supremo dictaminó en el caso

de Batson v. Kentucky que se podía cuestionar de forma más directa a los fiscales sobre el uso discriminatorio de la recusación perentoria, lo que trajo

esperanzas para los acusados de color... y obligó a los fiscales a buscar maneras más creativas de excluir a los jurados negros.

Con el paso de los meses, Walter iba enterándose de esta parte de esta

historia. En el corredor de la muerte, todo el mundo quería aconsejarlo y todos tenían historias que contar. La novedad de tener con ellos a un acusado en espera de juicio por un delito capital parecía animar a los demás

prisioneros a dar la lata a Walter a diario. Este intentaba escuchar con educación, pero ya había decidido dejar la abogacía para los abogados. Eso

no significaba que no le preocupase mucho lo que oía contar a sus

compañeros del corredor, sobre todo en lo referente a la raza y al tipo de jurado que le tocaría.

En el corredor de la muerte, a casi todo el mundo lo había juzgado un

jurado exclusivamente o casi exclusivamente blanco. Jesse Morrison, uno

de los prisioneros, le contó a Walter que, en el condado de Barbour, su fiscal había utilizado veintiuna de las veintidós recusaciones de que

disponía para excluir a todos los negros que había en la lista de posibles jurados. Vernon Madison, de Mobile, le contó que el fiscal había recusado a

los diez negros cualificados para el servicio de jurado de su caso. Willie Tabb, del condado de Lamar; Willie Williams, del condado de Houston;

Claude Raines, del condado de Jefferson; Gregory Acres, del condado de Montgomery, y Neil Owens, del condado de Russell, se encontraban entre

los muchos hombres negros del corredor de la muerte que habían sido

juzgados por jurados exclusivamente blancos después de que los fiscales de

sus casos hubieran recusado todos los posibles jurados afroamericanos. A

Earl McGahee lo había juzgado un jurado exclusivamente blanco en el

condado de Dallas, aunque la población negra del condado es del 60 por ciento. En el caso de Albert Jefferson, el fiscal había organizado la lista de

posibles jurados convocados ante el tribunal en cuatro grupos de unas

veinticinco personas cada uno y los había identificado como «fuertes»,

«medios», «débiles» y «negros». En este último grupo se encontraban los veintiséis afroamericanos de la lista, y los fiscales los excluyeron a todos.

Joe Duncan, Grady Bankhead y Colon Guthrie estaban entre los prisioneros

blancos condenados que contaban una historia parecida.

El fiscal del distrito, Ted Pearson, tenía motivos para inquietarse por la

nueva sentencia del juicio Batson. Sabía que unos veteranos abogados especialistas en derechos civiles como Chestnut y Boynton no dudarían en

aducir discriminación racial en la selección del jurado, aunque no le

preocupaba demasiado que el juez Robert E. Lee Key se tomase aquellas objeciones excesivamente en serio. Sin embargo, la extraordinaria

publicidad que rodeaba al caso del asesinato de Morrison le dio otra idea.

En los casos de mayor relieve público es bastante común que los

abogados de la defensa presenten una moción para solicitar un cambio de

jurisdicción, es decir, trasladar el caso del condado en el que se había cometido el delito a otro distinto en el que hubiera habido menos publicidad

previa al juicio y la opinión pública estuviera menos predispuesta a

condenar. Estas mociones no se conceden casi nunca, pero, de vez en

cuando, un tribunal de apelaciones decidía que el ambiente en un condado

había sido tan perjudicial que el juicio debería haberse trasladado. En

Alabama, solicitar el cambio de jurisdicción era, en esencia, un acto inútil.

Los tribunales de Alabama nunca anulaban una condena porque el juez de

primera instancia hubiera negado el cambio de jurisdicción.

Cuando el tribunal fijó para octubre de 1987 la audiencia de las

peticiones previas al juicio del caso de Walter, Chestnut y Boynton se presentaron sin la menor esperanza de que se aprobase ninguna de sus

mociones. Se habían centrado más en prepararse para el juicio, que debía comenzar en febrero de 1988. La audiencia de las peticiones previas al proceso era una formalidad.

Chestnut y Boynton presentaron la moción de cambio de jurisdicción.

Pearson se puso en pie y dijo que, a causa de la extraordinaria cobertura del

asesinato de Morrison que se había producido antes del juicio, estaba de acuerdo en que el cambio de jurisdicción era necesario. El juez Key asintió

comprensivamente. Chestnut, que tenía experiencia en los tribunales de

Alabama, estaba seguro de que iba a pasar algo malo. También estaba

seguro de que el juez y el fiscal del distrito ya habían tramado algo.

—Se aprueba la moción de la defensa de cambiar la jurisdicción —

dictaminó el juez.

Cuando este sugirió que el traslado fuese a un condado vecino para

que los testigos no tuvieran que desplazarse lejos, Chestnut conservó las esperanzas. Casi todos los condados vecinos tenían un porcentaje

importante de población afroamericana: el condado de Wilcox era negro en

el 72 por ciento; Conecuh, en el 46; el condado de Clarke era negro en el 45

por ciento; Butler, en un 42; Escambia, en un 32. El único que no se ajustaba a ese patrón era el próspero condado de Baldwin, situado al sur, con sus hermosas playas bañadas por el golfo de México y solo un 9 por

ciento de población afroamericana.

El juez no tardó demasiado en decidir adónde debía trasladarse el caso:

—Iremos al condado de Baldwin.

Chestnut y Boynton protestaron de inmediato, pero el juez les recordó

que la moción la habían presentado ellos. Cuando quisieron retirarla, el juez

dijo que no podía permitir que se realizase el juicio en una comunidad donde tanta gente tenía opiniones formadas sobre el acusado. El caso se juzgaría en Bay Minette, sede del condado de Baldwin.

El cambio de jurisdicción era desastroso para Walter. Chestnut y Boynton sabían que habría muy pocos jurados negros, si es que había

alguno. También comprendían que, aunque los miembros del jurado del

condado de Baldwin estarían menos conectados personalmente con Ronda

Morrison y su familia, la zona era extremadamente conservadora y los

tiempos de las políticas raciales de Jim Crow estaban aún más vivos en ella.

Teniendo en cuenta lo que otros prisioneros del corredor de la muerte

contaban sobre los jurados exclusivamente blancos, Walter también estaba

preocupado por el cambio de jurisdicción. Sin embargo, seguía conservando

la fe en el hecho de que nadie podría escuchar las pruebas y creer que había

cometido el crimen. Era incapaz de creer que ningún jurado, fuese blanco o

negro, pudiera condenarlo basándose en la patraña sin sentido que había contado Ralph Myers, y mucho menos teniendo una coartada incuestionable

con casi una docena de testigos.

El juicio de febrero se pospuso. Ralph Myers se echó atrás una vez

más. Tras unos meses en la cárcel del condado, lejos del corredor de la muerte, volvió a darse cuenta de que no quería implicarse en un asesinato

que no había cometido. Esperó hasta la mañana en que debía iniciarse el juicio para decir a los investigadores que no podía testificar porque lo que

querían que dijera no era la verdad. Intentó negociar para conseguir un trato

más favorable, pero decidido a no aceptar ningún castigo por un asesinato

que no había cometido.

La negativa a cooperar de Myers lo llevó de vuelta al corredor de la muerte. Ya en Holman no tardó demasiado en empezar a mostrar de nuevo

una profunda angustia emocional y psicológica. Al cabo de un par de

semanas, el personal de la prisión estaba tan preocupado por él que lo enviaron al hospital estatal para enfermos mentales. El centro médico

penitenciario Taylor Hardin, situado en Tuscaloosa, era el encargado de todos los diagnósticos y las evaluaciones para los tribunales en los que se

trabajaba con personas acusadas de delitos a las que se podría declarar incompetentes para ser juzgadas a causa de su salud mental. Era blanco habitual de las críticas de los abogados de la defensa porque casi nunca encontraban problemas mentales graves que evitasen el juicio a los

acusados.

El tiempo que pasó Myers en Taylor Hardin no hizo gran cosa para aliviar su sufrimiento. Tenía la esperanza de que lo llevasen a la cárcel del

condado tras su estancia de treinta días en el hospital, pero lo devolvieron al

corredor de la muerte. Cuando se dio cuenta de que no podía escapar a la

situación que él mismo había creado, dijo a los investigadores que estaba listo para testificar contra McMillian.

Se fijó la nueva fecha del juicio para agosto de 1988. Walter llevaba

más de un año en el corredor de la muerte. Por mucho que intentaba

adaptarse, era incapaz de aceptar la pesadilla en que se había convertido su

vida. Aunque estaba nervioso, se había convencido de que regresaría a casa

en febrero, que era la primera fecha para la que estaba previsto el juicio.

Sus abogados parecían contentos de que Myers tuviese tantas dudas, y

dijeron a Walter que era buena señal que el juicio se retrasase porque Myers

se negaba a testificar. Lo malo era que significaba seis meses más en el corredor de la muerte para Walter, y no lograba encontrar en ello nada que

lo animase. Cuando por fin lo trasladaron a la cárcel del condado de Baldwin, en Bay Minette, para el juicio de agosto, Walter se marchó del corredor de la muerte con la confianza de que no regresaría jamás. Se había

hecho amigo de varios reclusos y lo sorprendieron los sentimientos

contrapuestos que le produjo despedirse de ellos sabiendo lo que pronto tendrían que afrontar. Sin embargo, cuando lo llamaron de la oficina de traslados no se demoró en recoger sus cosas y subirse al furgón para marcharse.

Una semana más tarde, Walter volvía a sentarse en el furgón con grilletes

pellizcándole los tobillos y cadenas bien apretadas alrededor de la cintura.

Notaba que se le empezaban a hinchar los pies porque el metal que se le clavaba en la piel le cortaba la circulación. Las esposas también le

quedaban demasiado apretadas y empezaba a enfadarse, cosa rara en él.

—¿Por qué me habéis apretado tanto estas cadenas?

Los dos alguaciles del condado de Baldwin que lo habían recogido una

semana antes no se habían mostrado muy amables en el trayecto desde el

corredor de la muerte hasta los juzgados. Ahora que había sido condenado a

la pena capital se mostraban claramente hostiles. Uno pareció reírse en respuesta a la pregunta de Walter.

—Las cadenas son las mismas que cuando te recogimos, solo que

ahora te parecen más apretadas porque te hemos pillado.

—Tenéis que aflojármelas, tíos, no puedo hacer el camino así.

—No lo vamos a hacer, así que quítatelo de la cabeza.

De pronto, Walter reconoció aquella cara. Al final del juicio, al

declararlo culpable el jurado, su familia y varias de las personas negras que

habían asistido al juicio se quedaron atónitos. El sheriff Tate afirmó que Johnny, el hijo de veinticuatro años de Walter, había dicho: «Alguien va a

pagar por lo que le han hecho a mi padre». Tate ordenó a los alguaciles que

lo detuvieran y se produjo un altercado. Walter vio a los agentes forcejear

con su hijo hasta reducirlo en el suelo y ponerle unas esposas. Cuanto más

miraba a los alguaciles que lo conducían de vuelta al corredor de la muerte,

más convencido estaba de que uno de ellos era el que había placado a su hijo.

El furgón empezó a moverse. No le dijeron a Walter a dónde se dirigía,

pero en cuanto cogieron la carretera se hizo evidente que lo llevaban de vuelta al corredor de la muerte. El día de su detención estaba disgustado y

consternado pero estaba seguro de que lo soltarían pronto. Se sintió

frustrado al ver que los días se convertían en semanas en la cárcel del condado. Lo invadieron la depresión y el terror cuando lo llevaron al corredor de la muerte antes del juicio sin haber sido condenado por ningún

delito, y las semanas se convirtieron en meses. Pero cuando el jurado casi

exclusivamente blanco lo declaró culpable, después de quince meses

esperando para reivindicar su inocencia, se quedó en estado de shock, paralizado. Ahora se notaba volviendo a la vida... pero lo único que sentía

era una ira ardiente. Los alguaciles lo llevaban de vuelta al corredor de la

muerte mientras charlaban sobre una feria de armamento a la que pensaban

ir. Walter se dio cuenta de que había sido un estúpido al darle a todo el mundo el beneficio de la duda. Sabía que Tate era un salvaje y un mal bicho, pero había dado por hecho que los demás no hacían más que lo que

les mandaban. Ahora sentía algo que solo podía describirse como furia.

—¡Os voy a demandar a todos! —Sabía que estaba gritando y que no iba a servir de nada—. ¡Os voy a demandar a todos! —repitió. Los agentes

no le hicieron caso—. Aflojadme las cadenas, aflojadme las cadenas.

No recordaba la última vez que había perdido el control, pero sintió

que se desmoronaba. Luchó por guardar silencio y lo consiguió. Los

recuerdos del juicio le volvían a la mente. Había sido corto, metódico, clínico. La selección del jurado duró solo unas horas. Pearson utilizó las recusaciones perentorias para excluir a los pocos afroamericanos que habían

sido convocados para servir como jurados, excepto a uno. Sus abogados

habían protestado, pero el juez desestimó sus quejas sumariamente. El

estado puso a Myers en el estrado para que contase su absurda historia, según la cual Walter lo había obligado a llevarlo a la tintorería Jackson porque tenía el brazo lesionado. En aquella nueva versión, Myers entraba en

el local y veía a Walter de pie junto al cadáver de Ronda Morrison. Cosa

rara, también afirmó que había una tercera persona implicada en el

asesinato, un misterioso hombre blanco con el pelo entrecano que, a todas

luces, era el que mandaba allí y que le dijo a Walter que también matase a

Myers, pero Walter no había podido porque no le quedaban balas. La

declaración le pareció a Walter tan absurda que era incapaz de creer que nadie pudiera tomársela en serio. ¿Por qué no se reía nadie?

El contrainterrogatorio de Chestnut a Myers dejó claro que el testigo

mentía. Una vez hubo terminado, Walter estaba seguro de que el estado se

limitaría a anunciar que habían cometido un error, pero en lugar de eso, el

fiscal llamó a Myers otra vez para que repitiera las acusaciones, como si la

lógica y las contradicciones de su testimonio fueran completamente

irrelevantes, como si al repetir aquellas mentiras ante el silencioso tribunal

fuese a convertirlas en verdad.

Bill Hooks testificó que había visto la camioneta de Walter salir de la

tintorería a la hora del asesinato y que la reconoció porque tenía la suspensión modificada para que quedase más baja. Walter se apresuró a

susurrar a sus abogados que no le había bajado la suspensión a la camioneta

hasta meses después del asesinato de Morrison. Los abogados no le dieron

mucha importancia a aquel dato, cosa que resultó bastante frustrante para

Walter. Entonces, otro hombre blanco del que Walter no había oído hablar en su vida, un tal Joe Hightower, subió al estrado y dijo que también había

visto la camioneta en la tintorería.

Había una docena de personas dispuestas a hablar de la fritura de

pescado y a asegurar que Walter estaba en casa cuando asesinaron a Ronda

Morrison. Sus abogados solo llamaron a tres. Todo el mundo parecía tener

mucha prisa por acabar con aquello, y Walter era incapaz de entender por

qué. Entonces el estado llamó a otro hombre blanco, Ernest Welch, que dijo

que era «el de los muebles», que había ido a cobrar a casa de McMillian el

día que se había organizado la fritura de pescado, pero que no había sido el

mismo día del asesinato de Ronda Morrison. Dijo que recordaba mejor que

nadie la fecha del asesinato porque era su sobrina. Dijo que estaba tan afectado que había ido a cobrar a la casa de McMillian un día distinto.

Los abogados hicieron su alegato final, el jurado se retiró, y en menos

de tres horas se volvió a llenar la sala del tribunal. Sin expresión alguna, uno por uno, los jurados declararon culpable a Walter McMillian.

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