Cuestión de justicia
6. Condenado sin remedio
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CONDENADO SIN REMEDIO
—Solo es un chiquillo.
Era tarde y había contestado yo el teléfono fuera de horas porque no
había nadie más en todo el edificio; aquello empezaba a convertirse en una
mala costumbre. Al otro lado de la línea, una implorante mujer mayor me
estaba describiendo sentidamente la situación de su nieto, al que acababan
de encarcelar por asesinato.
—Ya ha pasado dos noches en la cárcel y no puedo ir a verlo. Vivo en
Virginia y estoy mal de salud. Por favor, dígame que hará algo.
Dudé antes de responderle. La pena de muerte para menores solo se
admite en un puñado de países... y Estados Unidos es uno de ellos. Muchos
de mis clientes de Alabama se encontraban en el corredor de la muerte acusados de delitos cometidos cuando tenían dieciséis o diecisiete años.
Multitud de estados había cambiado las leyes para poder juzgar a menores
como adultos, y cada vez me llegaban clientes más jóvenes. En Alabama había más menores sentenciados a muerte per cápita que en ningún otro estado... o país del mundo. 1 Para gestionar la creciente demanda de nuestros servicios, había tomado la decisión de aceptar casos nuevos solo si el cliente se enfrentaba a la ejecución o estaba condenado oficialmente al corredor de la muerte.
Esta mujer me había dicho que su nieto solo tenía catorce años.
Aunque el Tribunal Supremo había ratificado la pena de muerte para
delincuentes juveniles en una sentencia de 1989, 2 un año antes, la había prohibido en el caso de los menores de quince años. Fueran los que fuesen
los peligros a los que se enfrentaba aquel crío, no lo iban a enviar al
corredor de la muerte. El nieto de aquella señora podría enfrentarse a la cadena perpetua sin condicional, pero dada la cantidad abrumadora de casos
de pena capital acumulada en nuestra lista, no podía justificar aceptar aquel.
Mientras pensaba cómo responder a la súplica de aquella mujer,
empezó a hablar rápido, en un susurro:
—Ayúdanos, Señor, por favor. Guía a este hombre y protégenos de
todas las decisiones que no dependen de nosotros. Ayúdame a encontrar las
palabras, Señor. Dime qué decir, Señor...
No quería interrumpir sus oraciones, así que esperé hasta que hubo
terminado.
—Señora, no puedo aceptar el caso, pero mañana me acercaré a la
cárcel y visitaré a su nieto. Veré lo que puedo hacer. Lo más seguro es que
no podamos representarlo, pero voy a averiguar qué pasa y tal vez pueda ayudarla a encontrar un abogado que pueda encargarse.
—¡Se lo agradezco mucho, señor Stevenson!
Estaba exhausto y ya me sentía abrumado por los casos que tenía. Y
los casos con delincuentes juveniles nos cobraban un peaje emocional
especialmente duro a todos los que trabajábamos en ellos. Pero tenía que ir
a un juzgado que quedaba cerca del condado donde estaba retenido el chico,
así que no me suponía un esfuerzo excesivo pasarme por allí a verlo.
A la mañana siguiente conduje algo más de una hora hasta aquel
condado. Cuando llegué a los juzgados revisé el archivo del caso que tenía
la secretaria y descubrí un largo informe del incidente. Al ser yo un abogado que investigaba el caso en representación de la familia, la
secretaria me permitió leer el archivo, pero no me dejó hacer una copia ni
sacarlo del despacho; de modo que me senté en una incómoda silla de metal
en un rincón abarrotado de la sala para leer la declaración, que en líneas generales venía a confirmar todo lo que me había dicho la abuela.
Charlie tenía catorce años, pesaba menos de cuarenta y cinco kilos y
medía poco más de metro y medio. No tenía historial previo de delincuencia
juvenil, ni tampoco detenciones anteriores, ni mal comportamiento en el colegio, ni había pasado antes por los tribunales. Era buen estudiante y había obtenido varios certificados de asistencia a las clases. Su madre
afirmaba que era un «muy buen chico» que siempre hacía lo que le mandaban. Sin embargo, y según su propio testimonio, Charlie había
disparado a un hombre llamado George y lo había matado.
George era el novio de la madre de Charlie. Esta describía aquella relación
como un «error». George llegaba a menudo borracho a casa y se ponía
violento. En tres ocasiones a lo largo de los dieciocho meses previos a la noche del asesinato, George le pegó a la madre de Charlie palizas tan despiadadas que necesitó atención médica. Sin embargo, no dejó a George
ni le dijo que se marchara, aunque les comentó a varias personas que sabía
que debería hacerlo.
La noche del asesinato, George había llegado a casa muy borracho.
Charlie y su madre estaban jugando a las cartas cuando entró en casa gritando: «¡Eh! ¿Dónde estáis?». La madre de Charlie siguió su voz hasta la
cocina, y allí le dijo que Charlie y ella estaban en casa, jugando a las cartas.
Los dos adultos habían discutido aquella misma tarde porque ella le había
rogado que no saliera, temiendo que volviera a casa borracho. En aquel momento lo miró enfadada, al verlo allí plantado y apestando a alcohol. Él
le devolvió la mirada de desprecio y asco y, como un relámpago, le pegó un
fuerte puñetazo en la cara. La mujer no esperaba que le pegase tan rápido ni
con tanta violencia, ya que hasta entonces nunca había hecho una cosa semejante. Cayó al suelo por la fuerza del golpe.
Charlie estaba detrás de su madre y vio cómo se golpeaba la cabeza en
la encimera de metal al caer. George reparó en Charlie, le echó una mirada
fría y se dirigió al dormitorio, rozándolo al pasar a su lado; Charlie oyó cómo se derrumbaba con estrépito en la cama. La madre del niño estaba tirada en el suelo, inconsciente y sangrando mucho. Este se arrodilló junto a
ella e intentó detener la hemorragia. La mujer tenía sangre en la cara, pero
venía de un corte muy feo que se había hecho en la nuca. Charlie intentó
reanimarla, desesperado. Empezó a llorar, preguntándole inútilmente a su madre qué hacer. Se levantó y le puso papel de cocina en la nuca, pero no
consiguió detener la hemorragia. Buscó frenéticamente el paño de cocina
pensando que sería más útil y lo encontró cubriendo una olla en la cocina.
La madre había preparado alubias para cenar. Habían comido juntos antes
de ponerse a jugar al pinacle, su juego favorito.
Charlie cambió el papel de cocina por el paño y el pánico volvió a
invadirlo al ver cuánta sangre había. Le suplicaba bajito a su madre que se
despertase, cuando le dio la impresión de que había dejado de respirar.
Pensó en llamar a una ambulancia, pero el teléfono estaba en el dormitorio,
con George. El hombre no le había pegado nunca, pero lo tenía aterrorizado
de todas formas. Cuando Charlie era más pequeño, si se asustaba mucho y
le entraba ansiedad, a veces se ponía a temblar y después casi siempre le sangraba la nariz.
Sentado en el suelo de la cocina, rodeado de la sangre de su madre, Charlie notó que empezaban los temblores, y unos instantes después
comenzó a gotearle sangre de la nariz, muy despacio. Su madre siempre salía corriendo a buscar algo para parar la hemorragia, pero ahora estaba allí
tirada en el suelo. Charlie se limpió la sangre de la nariz y se centró en que
tenía que hacer algo. Dejó de temblar. Su madre llevaba casi quince
minutos sin moverse. La casa estaba tranquila. El único sonido que se oía
era la pesada respiración de George en la otra habitación. No tardaría en oírlo roncar.
Charlie le acariciaba despacio el pelo a su madre, deseando
desesperadamente que abriese los ojos. El paño estaba ya empapado de la
sangre que le brotaba de la cabeza y se extendía por los pantalones del niño.
Charlie pensaba que su madre podía estar muriéndose o que tal vez ya habría muerto. Tenía que llamar a una ambulancia. Se levantó, invadido por
la ansiedad, y se dirigió al dormitorio con cautela. Vio a George dormido en
la cama y sintió un arranque de odio hacia aquel hombre. Nunca le había
caído bien, y nunca había entendido por qué su madre lo había dejado vivir
con ellos. A George tampoco le caía bien Charlie; casi nunca era amable con el crío. Incluso aunque no estuviera borracho, parecía que estaba
siempre enfadado. La madre del niño le había dicho que George podía ser
muy dulce, pero él nunca había visto tal cosa. Sabía que su primera mujer y
su hijo habían muerto en un accidente de tráfico y ese era el motivo que,
según su madre, justificaba que bebiese tanto. En los dieciocho meses que
estuvo con ellos, Charlie había vivido con la sensación de que no había habido más que violencia, discusiones acaloradas, empujones y empellones,
amenazas y caos. Su madre había dejado de sonreír como antes y se había
vuelto nerviosa y asustadiza; y ahora, pensó, estaba muerta en el suelo de la
cocina.
Charlie se acercó a la cómoda que estaba pegada a la pared del fondo
del dormitorio para coger el teléfono. Un año antes había tenido que llamar
a emergencias, cuando George le había pegado a su madre, pero había sido
ella misma quien le había dicho que llamase y le había explicado qué decir.
Cuando llegó al teléfono, no levantó el auricular, sin saber bien por qué.
Nunca lograría explicar el motivo por el que en lugar de llamar abrió el cajón de la cómoda, metió la mano debajo de las camisetas blancas
dobladas que su madre había lavado y buscó a tientas la pistola que sabía
que George tenía allí escondida. La había encontrado una vez que George le
había dicho que podía ponerse una camiseta de la Universidad de Auburn
que le habían regalado. A él le quedaba pequeña y a Charlie, grande, pero le
había agradecido que se la diese; había sido uno de los pocos gestos amables que George había tenido con él. En esta ocasión no retiró la mano
como había hecho en la anterior. Cogió la pistola. Nunca había disparado un
arma, pero sabía que podría hacerlo.
Para entonces, George roncaba rítmicamente.
Charlie se acercó a la cama con los brazos estirados, apuntando con la
pistola a la cabeza de George. Ya estaba encima de él cuando cesaron los
ronquidos. Un terrible silencio llenó la habitación. Y entonces Charlie apretó el gatillo.
El sonido del disparo fue mucho más fuerte de lo que había supuesto
Charlie. La sacudida del retroceso de la pistola obligó al niño a dar un paso
atrás; estuvo a punto de perder el equilibrio y caer. Miró a George y cerró
los ojos con todas sus fuerzas: era horrible. Sintió que volvía a ponerse a temblar y fue entonces cuando oyó a su madre gemir en la cocina. No podía
creer que estuviera viva. Se lanzó hacia el teléfono y llamó al 911. Luego se
sentó junto a su madre hasta que llegó la policía.
Tras enterarme de todo aquello, estaba seguro de que no juzgarían a Charlie como adulto. Seguí leyendo el archivo y las notas de la primera
comparecencia ante el tribunal. El fiscal no había cuestionado la versión de
Charlie y su madre. Fue entonces, al seguir leyendo, cuando descubrí que
George era agente de la policía local. El fiscal había hecho un largo alegato
sobre la gran persona que había sido George y lo mucho que su muerte había afectado a toda la comunidad. «George era un agente de la ley que sirvió con honor», había afirmado. «Es una gran pérdida para el condado y
una tragedia que este joven haya podido matar de una forma tan despiadada
a una buena persona.» Insistió en que se juzgase a Charlie como adulto y
anunció que tenía la intención de conseguir la máxima pena que permitiese
la ley. El juez coincidió en que se trataba de asesinato en primer grado y aceptó la petición de que se lo juzgase como adulto. A Charlie se lo llevaron de inmediato a la cárcel del condado para adultos.
La pequeña cárcel del condado se encontraba enfrente del juzgado,
que, como en muchas otras comunidades sureñas, era la piedra angular de la
plaza que ocupaba el centro de la ciudad. Salí y crucé la calle para ir a visitar a aquel joven en la cárcel. Quedó claro que allí no recibían muchas
visitas de abogados de fuera de la ciudad. El ayudante que estaba de servicio me dirigió una mirada desconfiada antes de guiarme hasta una
salita de reuniones; allí esperé a Charlie. Desde el momento en que había
terminado de leer el archivo, no había podido dejar de pensar en lo trágico
de aquel caso; mis sombrías cavilaciones no se vieron interrumpidas hasta
que hicieron entrar a empujones a un chiquillo en la sala de visitas. Parecía
demasiado bajo, demasiado delgado y demasiado asustado para tener
catorce años. Miré al carcelero, que parecía compartir mi sorpresa ante lo
pequeño y aterrorizado que se lo veía. Le pedí que le quitase las esposas. A
veces, en las cárceles como aquella, los guardias se resisten a quitar las esposas a los clientes alegando que no es seguro ni está permitido quitar las
esposas a un sospechoso durante una visita legal. Tienen miedo de que, si la
persona se altera o se pone violenta, sea más difícil reducirla al no llevar esposas.
Aquel guarda no dudó en quitarle las esposas al niño antes de salir de
la sala.
Estábamos sentados ante una mesa de madera que mediría un metro veinte por uno ochenta. Charlie estaba a un lado y yo al otro. Habían pasado
tres días desde su detención.
—Charlie, me llamo Bryan. Me ha llamado tu abuela y me ha pedido
que venga a verte. Soy abogado y ayudo a personas que se han metido en
líos o a las que se les ha acusado de un delito. Me gustaría ayudarte.
El chico evitaba el contacto visual. Era un niño minúsculo, pero tenía
unos ojos enormes y preciosos. Llevaba el pelo muy corto, lo habitual en los niños pequeños porque no requería muchos cuidados, y eso lo hacía parecer más joven de lo que era. Creí ver que tenía tatuajes o símbolos en el
cuello, pero al fijarme mejor me di cuenta de que eran hematomas.
—Charlie, ¿estás bien?
Tenía la vista clavada a mi izquierda, miraba la pared como si hubiera
algo allí. Aquella mirada perdida era tan alarmante que me volví para ver si
había algo, pero solo vi una pared desnuda. La mirada ausente, la tristeza en
la cara y la total falta de comunicación —características que compartía con
muchos otros adolescentes con los que he trabajado— fueron lo único que
me hizo creer que tenía catorce años. Me quedé allí sentado mucho rato, con la esperanza de que me diese algún tipo de respuesta, pero el silencio
reinaba en la habitación. Miró a la pared y bajó la vista a sus muñecas.
Cerró la mano derecha alrededor de la muñeca izquierda, donde habían
estado las esposas, y se frotó la zona que le había pellizcado el metal.
—Charlie, quiero asegurarme de que estés bien. Solo quiero que me
contestes a unas preguntas, ¿vale? —Sabía que me oía porque cada vez que
le hablaba levantaba la cabeza y volvía a clavar la vista en el mismo punto
de la pared.
—Charlie, si yo fuera tú estaría muy preocupado y asustado ahora
mismo, pero también querría que alguien me ayudase. Yo quiero ayudar,
¿vale? —Esperé su respuesta, pero no llegó ninguna.
—Charlie, ¿puedes hablar? ¿Estás bien? —Miraba a la pared cuando le
hablaba y a sus muñecas cuando terminaba, pero no soltaba prenda—. No
tenemos que hablar de George. No tenemos que hablar de lo que pasó,
podemos charlar de lo que te apetezca. ¿Quieres hablar de alguna cosa?
Después de cada pregunta hacía pausas cada vez más largas, esperando contra toda esperanza que dijese algo, pero siguió callado.
—¿Quieres que hablemos de tu madre? Se va a curar. Lo he
comprobado, aunque de momento no puede visitarte, pero se va a poner
bien. Está preocupada por ti.
Pensé que hablarle de su madre despertaría algún destello en su
mirada, pero cuando no ocurrió me preocupé todavía más por él.
Me di cuenta de que en el lado de la mesa que ocupaba Charlie había
dos sillas, y caí en que se suponía que los abogados tenían que sentarse en
aquel lado y los clientes en el que yo había elegido, donde había solo una
silla. Me había sentado en el lado que no era.
Bajé la voz y le hablé con más suavidad:
—Charlie, tienes que hablar conmigo. No puedo ayudarte si no me
hablas. ¿Podrías decir aunque solo sea tu nombre? ¿O lo que sea, por favor?
Siguió mirando a la pared. Esperé, y luego me puse en pie y rodeé la
mesa. Charlie no me miró, sino que volvió a centrar la mirada en sus muñecas. Me senté en la silla que había al lado de la suya, me incliné hacia
él y dije con voz queda:
—Charlie, siento mucho que estés tan alterado, pero habla conmigo,
por favor. No puedo ayudarte si no me hablas.
Se echó hacia atrás en la silla por primera vez, casi pegando la cabeza
a la pared que teníamos detrás. Yo acerqué mi silla a la suya y también me
eché hacia atrás en la mía. Nos quedamos sentados en silencio un buen rato
y entonces empecé a decir tonterías, porque no se me ocurría qué más hacer.
—Bueno, como no quieres contarme lo que piensas, voy a tener que
empezar a decirte yo a ti lo que se me ocurra. Estoy seguro de que te crees
que sabes en qué estoy pensando —dije animadamente—, pero la verdad es
que es imposible que te lo imagines. Seguro que crees que estoy pensando
en la ley, o el juez o la policía, o por qué no me quiere hablar este joven.
Pero en realidad estoy pensando en comida. Así es, Charlie —seguí
bromeando—: estoy pensando en pollo frito con berzas cocinadas con pavo
y galletas de boniato... ¿Has probado las galletas de boniato?
Nada.
—Seguro que no has probado nunca una galleta de boniato, qué pena.
Y nada. Seguí intentándolo.
—Estoy pensando en comprarme un coche nuevo porque el que tengo
es viejísimo. —Esperé. Nada—. Charlie, tú tenías que decir «¿Cómo es de
viejo, Bryan?», y yo te respondería «Mi coche es tan viejo que...».
No sonrió ni respondió, siguió mirando a aquel punto de la pared con
el rostro congelado en una expresión de tristeza.
—¿Qué coche crees que debería comprarme? —Seguí soltando toda
clase de cavilaciones ridículas que no le sacaron nada a Charlie, que seguía
sentado hacia atrás y con el cuerpo un poco en tensión, o eso me parecía.
Me di cuenta de que nuestros hombros se tocaban.
Al cabo de un rato volví a intentarlo.
—Venga, Charlie, ¿qué pasa? Tienes que hablar conmigo, hijo.
Empecé a apoyarme en él en plan juguetón, hasta que se inclinó un
poco hacia delante y al final noté que también se apoyaba en mí. Me arriesgué a rodearlo con un brazo y al momento se puso a temblar. Los temblores se intensificaron hasta que por fin se reclinó contra mí totalmente
y se puso a llorar. Apoyé la cabeza en la suya y le dije:
—No pasa nada, está bien.
Sollozaba cuando por fin habló. No tardé mucho en darme cuenta de
que no me hablaba de lo que había pasado con George ni con su madre, sino
de lo que le había ocurrido en la cárcel.
—La primera noche, tres hombres me hicieron daño. Me tocaron y me
obligaron a hacer cosas. —Le corrían las lágrimas por la cara. La voz le salía aguda y cargada de angustia—. Volvieron a la noche siguiente y me hicieron mucho daño.
Se iba poniendo más histérico con cada palabra que decía. Entonces
me miró a la cara por primera vez.
—Anoche había tantos... No sé ni cuántos eran, pero me hicieron daño.
Lloraba tanto que no pudo terminar la frase. Se me aferró a la cazadora
con una fuerza de la que no lo habría imaginado capaz.
Lo abracé y le dije, con toda la suavidad de que fui capaz:
—Todo irá bien, todo irá bien.
Nunca he abrazado a nadie que me estrechase con tanta fuerza como aquel niño, ni que llorase tanto y tanto tiempo. Parecía que no se le iban a
acabar nunca las lágrimas. Se agotaba y volvía a empezar. Decidí abrazarlo
hasta que parase. Pasó casi una hora hasta que se calmó y dejó de llorar. Le
prometí que iba a intentar sacarlo de allí enseguida. Me suplicó que no me
fuese, pero le aseguré que volvería aquel mismo día. No hablamos del
crimen en ningún momento.
Cuando salí de la cárcel estaba más furioso que triste. No dejaba de preguntarme quién era responsable de aquello, quién podría permitir
semejante cosa. Me fui directo al despacho que tenía el sheriff dentro de la cárcel y le expliqué a aquel hombre rechoncho de mediana edad lo que el
niño acababa de contarme, e insistí en que lo trasladase de inmediato a una
celda individual protegida. El sheriff me escuchó con aire distraído, pero cuando le dije que iba a ir a ver al juez, aceptó trasladar de inmediato al niño a una zona protegida. Entonces volví a cruzar la calle para ir a los juzgados a buscar al juez, que llamó al fiscal. Cuando este llegó a la estancia del juez, le dije que el niño había sufrido abusos sexuales y lo habían violado. Ambos aceptaron trasladarlo a una institución para
delincuentes juveniles en unas horas.
Decidí aceptar el caso de Charlie. Al final conseguimos que lo
trasladaran a un tribunal de menores, donde el homicidio se clasificó como
un delito perpetrado por un menor, lo que significaba que no lo enviarían a
una prisión para adultos, y que seguramente lo liberarían antes de los dieciocho, en solo unos años. Lo visitaba con frecuencia y con el tiempo acabó por recuperarse. Era un niño inteligente y sensible que vivía
atormentado por lo que había hecho y por lo que había tenido que sufrir.
En una charla que di en una iglesia meses más tarde, hablé de Charlie
y de la grave situación en la que se encuentran los niños encarcelados. Al
terminar, una pareja mayor se me acercó e insistió en que tenían que ayudar
a Charlie. Suelo intentar disuadir a este tipo de gente de que crean que pueden hacer algo, pero les di mi tarjeta y les dije que podían llamarme. No
esperaba volver a tener noticias suyas, pero me telefonearon al cabo de unos
días y fueron insistentes. Acabamos acordando que le escribirían una carta a Charlie y que me la enviarían para que yo se la hiciese llegar. Leí la carta
cuando la recibí semanas después. Era extraordinaria.
El señor y la señora Jennings eran una pareja de setentones blancos de
una pequeña comunidad situada al noreste de Birmingham. Eran gente
amable y generosa, muy activos en su iglesia metodista. No se perdían un
solo servicio dominical y se preocupaban especialmente por los niños en situaciones de crisis. Hablaban con tranquilidad y parecía que siempre
estaban sonriendo, pero nunca transmitían otra cosa que una compasión y
una sinceridad totales. Eran cariñosos entre ellos de una forma entrañable,
solían darse la mano y apoyarse el uno en el otro. Vestían como granjeros y
tenían cuatro hectáreas de tierra donde cultivaban hortalizas y vivían una vida sencilla. Su único nieto, al que habían ayudado a criar, se había suicidado siendo un adolescente, y nunca habían dejado de estar en duelo
por su muerte. El joven había sufrido problemas mentales durante su corta
vida, pero era un chico inteligente y habían ahorrado dinero para que pudiera ir a la universidad. En la carta explicaban que querían ayudar a Charlie con el dinero que habían ahorrado para su nieto.
Con el tiempo, Charlie y aquella pareja empezaron a escribirse, lo que
condujo hasta el día en que los Jennings y Charlie se conocieron en el correccional. Tiempo después me contarían que «lo quisieron al instante».
La abuela de Charlie había fallecido unos meses después de llamarme por
primera vez y su madre todavía no había logrado reponerse de la tragedia y
el encarcelamiento de su hijo. Charlie tenía cierta reserva respecto a conocer a los Jennings porque pensaba que no les caería bien, pero después
de que se hubieron marchado me contó lo mucho que parecían preocuparse
por él y cuánto lo reconfortaba. Los Jennings se convirtieron en su familia.
Hubo un momento, al principio de todo aquello, en que intenté
advertirles de que no esperasen gran cosa de Charlie cuando quedara en libertad.
—Ya saben que ha pasado por muchas cosas. No creo que pueda seguir
con su vida como si no hubiera ocurrido nada. Quiero que entiendan que es
posible que no sea capaz de hacer todo lo que a ustedes les gustaría.
Nunca aceptaron mis advertencias. La señora Jennings no solía mostrarse en desacuerdo ni discutir, pero había aprendido que refunfuñaba
cuando le decían algo que no aceptaba del todo.
—Todos hemos pasado por muchas cosas, Bryan, todos —me dijo—.
Ya sé que unos han sufrido más que otros, pero si no esperamos más los unos de los otros, si no esperamos lo mejor de los demás y no nos
recuperamos del dolor que hemos sufrido, desde luego estamos apañados.
Los Jennings ayudaron a Charlie a conseguir su certificado de estudios
GED durante su reclusión e insistieron en pagarle la universidad. El día que
fue liberado estaban junto a su madre, esperándolo para llevarlo a casa.
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