Cuestión de justicia
12. Madre, madre
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MADRE, MADRE
Una fría y despejada tarde de mediados de marzo, Marsha Colbey salió a las calles de la ciudad de Nueva York con un elegante vestido de color azul
real y acompañada por su marido. Llevaba años soñando con un momento
como aquel. Absorbió las imágenes y los sonidos con gran curiosidad
mientras caminaban por las aceras llenas de gente. Los enormes edificios se
alzaban hacia el cielo hasta donde llegaba la vista, y el tráfico estridente zumbaba por las calles de Greenwich Village. Los grupos de estudiantes y
artistas neoyorquinos no prestaban atención a la pareja mientras esta
recorría Washington Square Park. Marsha se fijó en un trío de jazz
aficionado que tocaba sus melodías en una esquina del parque. Todo parecía
salido de una película.
Marsha, una mujer blanca de una humilde población rural de Alabama,
nunca había estado en Nueva York, pero iba a ser la invitada de una cena
con doscientos comensales. Todo era emocionante, pero experimentaba algo
poco habitual mientras avanzaba por la calle. No tardó en darse cuenta de
qué era lo que sentía. Libertad. Recorría las calles de la ciudad más deslumbrante junto a su marido, y era libre. Era un sentimiento glorioso.
Durante los tres meses transcurridos desde su liberación, todo había sido mágico. Superaba a cualquier cosa que hubiera podido imaginar incluso
antes de ser condenada a cadena perpetua sin posibilidad de libertad
condicional en la prisión de mujeres Julia Tutwiler.
Cuando el huracán Iván alcanzó la costa de Alabama y trajo el caos y
la desgracia a la vida de Marsha, esta pensó que las cosas no podían ser peor. De Iván se desgajaron 119 tornados y causó daños por valor de 18.000
millones de dólares. Tenía que velar por sus seis hijos, así que no tuvo tiempo de caer presa del pánico ante la pérdida de su hogar y la destrucción
violenta de todo cuanto los rodeaba. Lo que le preocupaba era la incertidumbre. ¿Dónde iba a encontrar trabajo su marido? ¿Cuánto tiempo
pasarían los niños sin poder ir a la escuela? ¿Qué harían para conseguir dinero? ¿Y para conseguir comida? En la Costa del Golfo, todo el mundo se
sentía vulnerable al enfrentarse a un futuro tan precario. La ola constante de
tormentas tropicales y huracanes que amenazaba las costas de Luisiana,
Alabama, Misisipi y Florida en el verano de 2004 transformó la
relativamente plácida vida costera sureña en una lucha apocalíptica por la
supervivencia.
Marsha y Glen Colbey vivían con sus hijos en una caravana
abarrotada, y sabían que corrían peligro cuando se anunciaron las primeras
alertas de huracanes. No estaban solos; muchas otras familias compartían su
situación, lo que era un leve consuelo. Pero cuando Iván destruyó el hogar
de los Colbey en septiembre, no resultó especialmente reconfortante
encontrarse en una fila de miles de personas más que solicitaban ayuda de
la Agencia Federal de Gestión de Emergencias (FEMA, por sus siglas en inglés). La ayuda acabó por llegar; los Colbey recibieron una caravana de la
FEMA como alojamiento temporal, y la instalaron en su propiedad para que
los niños pudieran seguir asistiendo a las escuelas cercanas. Marsha y Glen
habían encontrado empleo en la construcción y como instaladores de
tejados al principio del verano, pero en aquel momento aún pasarían
semanas antes de que hubiera disponibles trabajos de esa clase.
Marsha también se dio cuenta de que estaba embarazada. Tenía
cuarenta y tres años y no planeaban tener otro hijo. En lo único que podía
pensar era en que, al cabo de pocos meses, el embarazo le limitaría las posibilidades de trabajar en la construcción. A veces, la preocupación la empujaba a un estado de ansiedad intensa que despertaba una vieja
tentación: las drogas. Pero había mucha gente que dependía de ella, y había
también demasiadas cosas de las que ocuparse para ceder a las tentaciones.
Cinco años antes, unas enfermeras que descubrieron restos de drogas en su
organismo mientras estaba embarazada de su hijo más pequeño, Joshua,
llamaron a la policía, y las autoridades la habían aterrorizado con amenazas
de acusaciones criminales, prisión y retirada de la custodia de sus hijos. No
iba a volver a arriesgarse.
Ella y Glen eran pobres como ratas, pero Marsha siempre había compensado no poder darles cosas materiales a sus hijos entregándoles todo
su corazón. Leía para ellos, hablaba con ellos, jugaba con ellos, los besaba y
abrazaba constantemente y estaba con ellos todo el tiempo. Contra toda probabilidad, crió una hermosa familia unida por intensos lazos de amor.
Los hijos mayores, incluso el que tenía diecinueve años, se mantenían cerca
de ella a pesar de las numerosas distracciones que surgieron cuando
acabaron el instituto. A Marsha le gustaba ser madre, por eso no le
preocupaba tener tantos hijos. Quedarse embarazada con el séptimo no era
lo que había esperado ni deseado, pero lo querría igual que había querido a
todos los anteriores.
Cuando llegó el invierno, la situación en el condado de Baldwin se
había asentado. Los trabajos habían vuelto, y Glen encontró por fin una ocupación más estable. La familia aún pasaba apuros económicos, pero la
mayoría de los niños habían vuelto al colegio. Parecían haber superado lo
peor de la catástrofe.
Marsha sabía que, a su edad, un embarazo tenía riesgos, pero no podía
permitirse ver a un médico. Sencillamente, no había dinero para ello. Como
ya había pasado por seis partos, sabía lo que podía esperar y pensó que se
las arreglaría lo mejor posible sin cuidados prenatales. Intentó no
preocuparse ni siquiera a pesar de que había estado sufriendo algunos
dolores y problemas que no recordaba haber tenido en embarazos
anteriores. Había sangrado a veces; si se hubiera podido permitir un
examen, el médico habría descubierto indicios de un desprendimiento de
placenta.
Su antigua caravana estaba al lado de la de la FEMA y era inhabitable
en su mayor parte, pero aún tenía agua corriente y una bañera, lo que permitía a Marsha disfrutar de vez en cuando de un poco de tranquilidad.
Un día que no se sentía muy bien pensó que un largo baño caliente le vendría de perlas. Llenó la bañera y se metió en ella pocos minutos antes de
que comenzara un parto violento. Tuvo la impresión de que todo estaba pasando muy deprisa, y antes de darse cuenta, había expulsado al niño, que
nació muerto. Intentó desesperadamente revivirlo, pero el bebé nunca llegó
a respirar.
Aunque al principio le había preocupado descubrir que estaba embarazada, Marsha lamentó la muerte del pequeño e insistió en bautizarlo
y llevar a cabo un entierro familiar. Lo llamaron Timothy y le dieron sepultura en una tumba marcada junto a la pequeña caravana que era su hogar. El bebé mortinato habría sido una tragedia privada para Marsha y su
familia de no ser por una vecina entrometida que llevaba mucho tiempo mirando con malos ojos a los Colbey.
Debbie Cook se dio cuenta de que Marsha Colbey ya no estaba
embarazada pero no tenía un bebé, lo que azuzó su interés por los detalles
del parto malogrado. Marsha no se fiaba de aquella mujer, y cuando esta empezó a hacer preguntas, respondió con evasivas. Cook, que trabajaba en
la escuela de primaria a la que asistían los hijos de la señora Colbey, acabó
por pedir a uno de los empleados de la cafetería de la escuela que llamara a
la policía y les hablara del bebé desaparecido.1 El agente Kenneth Lewellen habló con la señora Cook y a continuación fue a casa de los Colbey.
Marsha, aún en duelo por la pérdida del bebé e irritada por la intrusión, reaccionó mal al interrogatorio. Al principio intentó despistar al policía y a
los investigadores para proteger su privacidad. No fue una maniobra muy inteligente, pero estaba indignada por el entremetimiento. Cuando Lewellen
se fijó en la tumba marcada junto al hogar de los Colbey, Marsha admitió
que era el lugar donde estaba enterrado su hijo.
Llamaron a Kathleen Enstice, una patóloga forense que trabajaba para
el estado, para exhumar el cadáver del bebé. Marsha se quedó estupefacta
ante el hecho de que los agentes de la ley hicieran algo tan perturbador sin
justificación. Tan pronto como el cadáver fue exhumado, pero antes de
haber tenido oportunidad de examinarlo en debida forma, Enstice le dijo al
investigador que creía que el bebé había nacido vivo. Más tarde admitió que
no tenía base para realizar aquella afirmación, y que sin una autopsia y otras
pruebas no tenía forma de saber si el bebé había nacido vivo. Según se descubrió después, en el historial de Enstice había otras declaraciones de homicidio realizadas prematura e incorrectamente sin tener pruebas que lo
corroborasen. 2
A continuación, la patóloga realizó la autopsia en el laboratorio del departamento de ciencias forenses de Mobile. 3 No solo concluyó que el bebé de Marsha Colbey había nacido con vida, sino que sostuvo que habría
podido sobrevivir sin recibir cuidados médicos. 4 Aunque la mayoría de los expertos está de acuerdo en que los patólogos forenses —que trabajan ante
todo con cadáveres— no están cualificados para estimar las posibilidades de supervivencia, el estado permitió que la acusación presentase cargos criminales.
Así fue como a las pocas semanas de dar a luz a su hijo muerto,
Marsha Colbey se vio acusada, por increíble que parezca, de asesinato en
primer grado. Alabama se encuentra entre el creciente número de estados que consideran el asesinato de una persona menor de catorce años un delito
capital condenable con la pena de muerte. La categoría de víctimas
infantiles ha producido como consecuencia un incremento espectacular en
el número de madres jóvenes y menores de edad enviadas al corredor de la
muerte. Las cinco mujeres que ocupaban el de Alabama habían sido
condenadas por las muertes sin explicación de sus hijos pequeños o por las
de esposos o novios maltratadores, sin excepción. De hecho, por todo el país, la mayoría de las mujeres que esperan la ejecución en el corredor de la
muerte están allí en relación con crímenes cometidos en el entorno familiar,
bajo alegaciones de maltrato infantil o de violencia doméstica en la que hay
implicada una pareja masculina.5
En el juicio, Kathleen Enstice declaró que Timothy había nacido vivo
y murió por ahogamiento. Declaró que había llegado a la primera
conclusión a través de una «diagnosis de exclusión»; es decir, que no encontró pruebas de que el bebé hubiera nacido muerto y no tenía otra explicación para su fallecimiento. 6 Su declaración fue calificada de poco fiable por el experto del propio estado, el doctor Dennis McNally, un obstetra/ginecólogo que examinó a la señora Colbey dos semanas después
del parto. El doctor McNally declaró que el embarazo de la señora Colbey
tenía un alto riesgo de «muerte fetal inexplicada» debido a la edad de la madre y la ausencia de cuidados prenatales. 7 La conclusión de Enstice fue también desacreditada por el doctor Werner Spitz, autor del texto médico con el que Enstice había estudiado durante su formación como patóloga
forense. 8 El doctor Spitz declaró a favor de la defensa que él no habría afirmado «en absoluto» que el bebé había nacido con vida, y mucho menos
que se hubiera tratado de un homicidio, teniendo en cuenta las
circunstancias del caso.
Al carecer de pruebas científicas creíbles de que había tenido lugar un
crimen, el estado recurrió a pruebas escandalosas: Marsha era pobre, había
sido consumidora de drogas y evidentemente era una mala madre, pues no
había intentado acceder a cuidados prenatales. Los investigadores de la policía fueron a su casa y sacaron fotografías de un inodoro en el que no habían tirado de la cadena y de una lata de cerveza en el suelo, que enarbolaron ante el jurado como prueba de negligencia y mala atención
parental. 9
En los numerosos interrogatorios, la señora Colbey siempre sostuvo
que el bebé había nacido muerto y que nunca había llegado a respirar, a pesar de todos sus esfuerzos por revivirlo. 10 Rechazó la oferta del estado de que se declarase culpable a cambio de una pena menor, dieciocho años de
prisión, porque se mantenía inquebrantable en su afirmación de que no
había hecho nada malo.11
El juicio de Marsha Colbey acabó por captar la atención de la prensa, a
la que entusiasmó tener otra historia de «madre peligrosa». Los medios locales trataron el caso con sensacionalismo y alabaron a la policía y al fiscal por acudir en auxilio de otro niño indefenso. En la época en que tuvo
lugar el juicio de Marsha, la demonización de las madres irresponsables se
había convertido en una moda que los medios seguían con entusiasmo. Los
relatos trágicos de madres que mataban a sus hijos causaban sensación en
todo el país. Cuando Andrea Yates ahogó a sus cinco hijos en 2001, en Texas, la tragedia se convirtió en una historia nacional. El intento de Susan
Smith de culpar a unos desconocidos negros de la muerte de sus hijos, en
Carolina del Sur, antes de admitir finalmente que los había asesinado ella,
fascinó a los estadounidenses obsesionados por los crímenes. Con el
tiempo, el interés de los medios en ese tipo de historias se convirtió en una
preocupación nacional. La revista Time denominó al juicio de Casey Anthony, la joven madre de Florida que fue finalmente absuelta de la
muerte de su hija de dos años, el «juicio del siglo en los medios sociales», después de que la historia generase una cobertura ininterrumpida por parte
de las cadenas de televisión por cable. 12
El asesinato de un niño a manos de uno de sus padres es horrible, y habitualmente interviene algún factor de enfermedad mental grave, como
ocurrió en los casos de Yates y Smith. Pero estos casos también tienden a
crear distorsiones y prejuicios. La policía y los fiscales se ven influenciados
por la cobertura mediática, y la presunción de culpabilidad ha caído sobre
cientos de mujeres —especialmente si se trata de mujeres pobres en
circunstancias difíciles— cuyos hijos han muerto de forma inesperada. A pesar de la preeminencia de Estados Unidos entre las naciones
desarrolladas, siempre hemos luchado contra una elevada tasa de
mortalidad infantil, muy superior a la de la mayoría de los países
desarrollados. La incapacidad de muchas mujeres pobres para acceder a
cuidados médicos adecuados, incluidos los prenatales y los posparto, ha sido durante décadas un grave problema en este país. Incluso con las
mejoras recientes, la tasa de mortalidad infantil sigue siendo una causa de
vergüenza para una nación que gasta más en atención médica que cualquier
otro del mundo. La criminalización de la mortalidad infantil y la
persecución de las mujeres pobres cuyos hijos mueren han alcanzado
nuevas dimensiones en los Estados Unidos del siglo XXI, como empiezan a
atestiguar las prisiones de todo el país.13
Las comunidades estaban a la caza de malas madres que deberían ir a
la cárcel. Por la misma época del juicio de Marsha, en el condado de Pickens, en Alabama, Bridget Lee dio a luz a un niño muerto. Fue acusada
de asesinato en primer grado y encarcelada injustamente. Lee, pianista en la
iglesia, madre de dos hijos y contable en un banco, quedó embarazada en
una relación extramarital. Asustada y deprimida, aquella mujer de treinta y
cuatro años ocultó el embarazo con la esperanza de poder dar al niño en adopción en secreto. Pero rompió aguas cinco semanas antes de la fecha prevista, y el bebé nació muerto. No le contó nada a su marido, lo que despertó sospechas. Las circunstancias deshonrosas que rodeaban el
embarazo de Lee fueron suficiente para influenciar al patólogo que realizó
la autopsia, quien dictaminó que el bebé había nacido con vida y Lee lo
había asfixiado. Varios meses después de que Lee fuera detenida y acusada de asesinato en primer grado, otros seis patólogos examinaron el cadáver y
llegaron a la conclusión unánime de que el bebé había muerto por neumonía
neonatal, una causa clásica de partos mortinatos que presenta características
muy particulares. La nueva información hizo que el fiscal retirara los cargos, lo que le ahorró a la señora Lee un juicio por asesinato y, probablemente, ser condenada a muerte. 14 El patólogo desacreditado se marchó de Alabama, pero sigue trabajando como forense en Texas.
En otros cientos de casos, las mujeres acusadas falsamente no llegaron
a recibir nunca la ayuda forense que necesitaban para evitar condenas
injustas. Algunos años antes de representar a Marsha Colbey nos
encargamos del caso de Diane Tucker y Victoria Banks. La señora Banks,
una mujer negra intelectualmente discapacitada que vivía en el condado de
Choctaw, en Alabama, fue acusada de matar a su hijo recién nacido, a pesar
de que la policía no tenía siquiera una base creíble de que hubiera estado embarazada. Presuntamente, Banks le había dicho a un ayudante del sheriff
que estaba embarazada para evitar ir a la cárcel por un asunto sin relación
con el caso. Cuando meses más tarde se vio que no tenía ningún niño, la policía la acusó de haberlo matado. La señora Banks, discapacitada y sin asistencia legal adecuada, fue coaccionada para que se declarase culpable de haber matado a un niño que nunca había existido, en colaboración con su
hermana, la señora Tucker. Al ver que se enfrentaba a una acusación de asesinato y a una posible condena a muerte, hizo un trato y aceptó una sentencia de veinte años de prisión. Los agentes de la ley rehusaron
investigar sus alegaciones de inocencia antes de mandarla entre rejas.
Conseguimos su puesta en libertad después de establecer que le habían
hecho una ligadura de trompas cinco años antes de su detención, lo que hacía que fuera biológicamente imposible que se quedara embarazada, y
mucho menos dar a luz a un hijo.15
Además de las muertes no explicadas de hijos de mujeres pobres,
también se han criminalizado otros tipos de «mala conducta parental». En
2006, Alabama aprobó una ley que convertía en delito exponer a un hijo a
un «entorno peligroso» en el que pudiera encontrar drogas. Esta «ley sobre
la infancia en peligro por sustancias químicas» se aprobó evidentemente
para proteger a los niños que vivían en hogares donde había laboratorios de fabricación de metanfetamina u operaciones de tráfico de drogas. Pero la ley se aplicó de una forma mucho más amplia, y no tardaron en correr riesgo de persecución miles de madres con hijos que vivían en comunidades
pobres y marginales donde campaban las drogas y las adicciones.
Con el tiempo, el Tribunal Supremo de Alabama reinterpretó el
término entorno hasta incluir el útero en él y el término niño hasta incluir el
feto.16 Las mujeres embarazadas podían ser acusadas de delitos y enviadas a prisión durante décadas si había cualquier prueba de que hubieran
consumido drogas en algún momento del embarazo. En los últimos años,
docenas de mujeres han ido a prisión a causa de esta ley, en vez de recibir la
ayuda que necesitaban.
La histeria que rodeaba el tema de las malas madres dificultaba
terriblemente que Marsha Colbey recibiera un juicio justo. Durante la
selección del jurado, numerosos aspirantes declararon que no podrían ser imparciales con la señora Colbey. Algunos indicaron que encontraban tan perturbadoras las alegaciones de que se había matado a un niño que no podían honrar la presunción de inocencia.17 Otros revelaron que tenían una relación cercana con uno de los investigadores del estado —un testigo clave
del estado que había sido especialmente vehemente sobre el tema de
identificar a las malas madres— y que «creerían cualquier cosa que dijera
que fuera creíble».18 Otro aspirante a jurado admitió que confiaba en los testigos que conocía y que eran agentes de la ley, hasta el punto de que
«creería todo lo que dijeran». 19
El tribunal permitió que casi todos aquellos aspirantes permaneciesen
en el panel de jurados a pesar de las objeciones de la defensa. Al final, se
seleccionó para decidir el destino de Marsha Colbey a un jurado que llegaba
al juicio cargado de presuposiciones y parcialidad.
El jurado volvió a la sala con un veredicto de culpabilidad para el
cargo de asesinato en primer grado. Antes de pronunciar su veredicto, los
miembros del jurado mostraron su preocupación por el hecho de que la
señora Colbey fuera condenada a la pena de muerte, por lo que el estado aceptó no solicitarla en el caso de que fuera declarada culpable. Aquella concesión provocó un veredicto de culpabilidad inmediato. El tribunal
sentenció a la señora Colbey a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional, y poco después esta se encontró esposada en un furgón de la
penitenciaría, camino de la prisión de mujeres Julia Tutwiler.
La prisión Tutwiler se construyó en la década de 1940 en Wetumpka
(Alabama). Recibió su nombre en homenaje a una mujer que promovió la
educación de los prisioneros y su encierro en condiciones humanitarias, pero se ha convertido en una pesadilla superpoblada y peligrosa para las presas atrapadas allí. Numerosas sentencias de tribunales han declarado que
el nivel de hacinamiento de la prisión es anticonstitucional: aloja casi el doble de la cantidad de mujeres para la que se diseñó. En Estados Unidos,
la cifra de mujeres enviadas a prisión se ha incrementado un 646 por ciento
entre 1980 y 2010, un índice de crecimiento 1,5 veces mayor que en el caso
de los hombres. El encarcelamiento de mujeres ha alcanzado niveles récord:
cerca de doscientas mil mujeres en cárceles y prisiones estadounidenses y
más de un millón bajo la supervisión o el control del sistema de justicia penal.
En Tutwiler, las mujeres se amontonan en los dormitorios y otros
espacios de alojamiento improvisados. Marsha quedó impresionada ante
aquella saturación. Al ser la única prisión de mujeres del estado, Tutwiler
no tiene una forma de clasificar y asignar sensatamente a sus ocupantes en
los dormitorios adecuados. Presas que sufren enfermedades mentales serias
o problemas emocionales graves se amontonan con las demás, haciendo que
la vida en los alojamientos sea caótica y estresante para todas. Marsha nunca pudo llegar a acostumbrarse a los gritos y aullidos que sonaban sin
explicación alguna en medio de la noche en los dormitorios abarrotados.
La mayoría de las mujeres, cerca de dos tercios, está en prisión por delitos no violentos, relacionados con drogas en pequeñas cantidades o
contra la propiedad. En particular, las leyes contra las drogas han tenido un
gran impacto en la cifra de mujeres enviadas a prisión. Las leyes de tres casos de reincidencia han representado un papel considerable en ello. A mediados de la década de 1980, cuando era un joven abogado que trabajaba
en el Comité de Defensa de Prisioneros Sureños, empecé a protestar por las
condiciones del encierro en Tutwiler. En aquella época me escandalizó
descubrir que había mujeres que iban a prisión por delitos tan leves. Una de
las primeras prisioneras que conocí era una joven madre sentenciada a una larga condena por usar cheques sin fondos para comprar regalos de Navidad
a sus tres hijos pequeños. Entre lágrimas, como un personaje de una novela
de Victor Hugo, me contó su desgarradora historia. Yo no podía dar crédito
a lo que oía hasta que comprobé su expediente y descubrí que, en efecto, había sido declarada culpable y condenada a diez años de prisión por pasar
cinco cheques sin fondos, tres de ellos en Toys’R’Us. Ninguno de los
cheques superaba los 150 dólares. Su caso no era el único. Miles de mujeres
han sido sentenciadas a pasar muchos años en prisión por pasar cheques sin
fondos o por pequeños delitos contra la propiedad que acarreaban condenas
mínimas obligatorias.
Las consecuencias colaterales del encarcelamiento de mujeres son
significativas. Aproximadamente el 75 o el 80 por ciento de las prisioneras
son madres con hijos menores de edad.20 Cerca del 65 por ciento tenían hijos menores que vivían con ellas en el momento en que las detuvieron, hijos que a consecuencia del encarcelamiento de sus madres han quedado expuestos a situaciones de riesgo y seguirán así el resto de su vida, incluso
después de que sus madres regresen a casa. En 1996, el Congreso aprobó
una ley de reforma de las ayudas sociales que incluyó injustificadamente una disposición que autorizaba a los estados a eliminar de la lista de beneficiarios a personas que habían sido declaradas culpables de delitos relacionados con drogas. La población más afectada por aquella ley
insensata fueron madres que habían pasado por la cárcel, la mayoría por delitos de drogas. Estas mujeres y sus hijos ya no podían residir en viviendas subvencionadas, recibir vales de comida ni tener acceso a
servicios básicos. En los últimos veinte años hemos creado una nueva casta
de «intocables» en la sociedad estadounidense, formada por las madres en
situación más vulnerable y sus hijos.
Marsha pasó sus primeros días en Tutwiler sumida en un estado de
incredulidad. Conoció a otras mujeres como ella que también habían ido a
prisión tras haber dado a luz a mortinatos. Efernia McClendon, una
adolescente negra de Opelika (Alabama), se quedó embarazada en el
instituto y no se lo contó a sus padres. El parto se produjo a los cinco meses
y abandonó al bebé nacido muerto en un canal de drenaje. Cuando fue
descubierto, la policía la interrogó hasta que admitió que no podía estar segura al cien por cien de que el bebé no se hubiera movido antes de morir,
incluso teniendo en cuenta que un parto tan prematuro hacía que fuese terriblemente improbable la supervivencia del recién nacido. La
amenazaron con la pena de muerte, y fue así como se unió al creciente número de mujeres encarceladas por haber tenido un embarazo no deseado
y tomado una mala decisión.
En Tutwiler se entrelazaban las vidas y el sufrimiento de aquellas
prisioneras. A Marsha le fue imposible no darse cuenta de que algunas nunca recibían visitas. Al principio intentó distanciarse, pero no pudo permanecer indiferente al sufrimiento de quienes la rodeaban, lloraban más
de lo normal, estaban más preocupadas por los hijos o la familia que habían
dejado atrás o parecían especialmente hundidas o deprimidas. Tal como
estaban, tan entremezcladas unas con otras, un día horrible para una de ellas
acababa inevitablemente convirtiéndose en un día horrible para todas. El único consuelo en aquella situación era que también se compartían los
momentos de felicidad. La concesión de una libertad condicional, la llegada
de una carta esperada, la visita de un familiar al que no se veía desde hacía
mucho tiempo, levantaba el ánimo a todas.
Los años que pasó Marsha en Tutwiler podrían haber sido difíciles
pero soportables si su único problema hubieran sido las dificultades a las que se enfrentaban las demás mujeres. Pero había otros mayores, en cuyo
origen estaba el propio personal de la prisión. Algunos guardias violaban a
las reclusas; estas se veían acosadas sexualmente, explotadas, maltratadas y
atacadas de innumerables formas por los guardias varones. El director
permitía que entrasen en las duchas durante los recuentos; observaban
descaradamente a las mujeres desnudas y hacían comentarios groseros y
amenazas insinuantes. Las prisioneras carecían de privacidad en los aseos,
donde los guardias podían observarlas mientras los usaban. Había pasillos y
rincones oscuros en Tutwiler, espacios terroríficos donde las mujeres podían
recibir palizas o ser atacadas sexualmente. La EJI había solicitado al departamento de prisiones que instalase cámaras de seguridad en los
dormitorios, pero recibieron una negativa por respuesta. La cultura de violencia sexual estaba tan generalizada que incluso el capellán de la prisión agredía sexualmente a las mujeres que iban a la capilla.
Poco después de la llegada de Marsha conseguimos la puesta en
libertad de Diane Jones, que había sido injustamente declarada culpable y
condenada a morir en prisión por un delito que no había cometido. Diane
había sido detenida por error en una operación de tráfico de drogas en la
que participaba un antiguo novio suyo. Fue declarada culpable de múltiples
cargos que conllevaban una sentencia obligatoria de cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. Recurrimos el veredicto y la condena, y
finalmente conseguimos que fuera puesta en libertad. La liberación de
Diane Jones, una condenada a la perpetua, dio esperanza a todas las
reclusas de Tutwiler. Recibí cartas de mujeres a las que nunca había visto,
en las que me daban las gracias por ayudar a Diane. Mientras trabajaba en
el caso, fui a Tutwiler para reunirme con ella, y me contó que sus
compañeras necesitaban ayuda desesperadamente.
—Bryan, tengo nueve notas que me han dado para que te las pase.
Eran demasiadas para colarlas ante los guardias, así que no las he traído, pero esas mujeres quieren que las ayudes.
—No necesitas pasar notas de contrabando. Pueden escribirnos.
—Bueno, algunas dicen que ya han escrito.
—Estamos hasta el cuello, Diane. Lo siento mucho. Pero intentaremos
responder.
—Las que más me preocupan son las condenadas a perpetua. Son las
que morirán aquí.
—Lo intentamos... Es solo que no damos abasto.
—Se lo diré, lo sé. Es que están desesperadas, como yo lo estaba antes
de que me ayudaseis. Marsha, Ashley, Monica y Patricia no dejan de
decirme que tienes que mandar a alguien para que las ayude.
Poco tiempo después nos reunimos con Marsha Colbey y empezamos a
trabajar en su apelación. Decidimos impugnar el caso presentado por el estado y la forma en que se seleccionó al jurado. Charlotte Morrison, una
antigua estudiante de Rhodes y exalumna mía, era ahora una de las abogadas principales en la EJI. Ella y Kristen Nelson, una abogada
miembro del personal, licenciada en la Escuela de Derecho de Harvard, que
había trabajado en el Public Defender Service del Distrito de Columbia —el
despacho de abogados de oficio más importante del país—, se reunieron
con Marsha en numerosas ocasiones. Marsha les habló de su caso, de la dificultad de mantener unida a su familia mientras estaba en prisión y de otros problemas. Pero el tema más recurrente en aquellas visitas era la violencia sexual en Tutwiler.
Charlotte y yo nos hicimos cargo del caso de otra mujer que había
presentado una demanda civil federal después de haber sido violada en
Tutwiler. No había recibido ayuda legal, por lo que debido a defectos de forma en sus peticiones y a las alegaciones que realizaba en su queja, solo
podíamos garantizarle una pequeña resolución a su favor. Pero los detalles
de su experiencia eran tan dolorosos que ya no podíamos pasar por alto la
violencia. Empezamos una investigación en la que entrevistamos a
cincuenta mujeres; nos quedamos conmocionados al descubrir hasta qué
punto se había extendido el problema de la violencia sexual. Varias presas
habían sido violadas y quedaron embarazadas, y a pesar de que las pruebas
de ADN demostraron que los padres de esos hijos eran guardias de la
prisión, nadie hizo gran cosa al respecto. Algunos de los guardias,
denunciados en numerosas quejas por agresión sexual, fueron trasladados
temporalmente a otras tareas u otras prisiones, y luego acabaron de vuelta
en Tutwiler, donde siguieron atacando a las mujeres. Al final acabamos presentando una queja en el Departamento de Justicia de Estados Unidos y
publicamos varios informes sobre el problema, que fue ampliamente
cubierto por los medios. Tutwiler entró en la lista de las diez peores prisiones estadounidenses compilada por Mother Jones; era la única prisión de mujeres que recibió aquel dudoso reconocimiento. A todo ello le
siguieron audiencias legislativas y cambios en la normativa. Los guardias varones tienen ahora vedado el acceso a los aseos y las duchas, y se ha asignado un nuevo director a la instalación.
Marsha aguantó a pesar de todo aquello y empezó a abogar por algunas de las mujeres más jóvenes. Quedamos desolados cuando el
tribunal penal de apelaciones emitió un veredicto confirmando su
culpabilidad y su sentencia. Solicitamos una revisión en el Tribunal
Supremo de Alabama y conseguimos un nuevo juicio basándonos en que el
juez del primero se había negado a excluir a miembros del jurado que habían mostrado prejuicios y no podían ser imparciales. Marsha y nuestro
equipo estaban emocionados; los agentes locales del condado de Baldwin,
no tanto. Amenazaron con reforzar la acusación. Incluimos a patólogos
expertos y convencimos a las autoridades locales de que no existía base para declarar a Marsha culpable de asesinato. Nos llevó dos años establecer
el caso legal y después pasamos otro más peleándonos con el departamento
de prisiones para que reconociera todo el tiempo que Marsha había pasado
en la cárcel. Por fin, en diciembre de 2012, diez años después de haber sido
encarcelada injustamente, Marsha fue puesta en libertad.
Habíamos empezado a celebrar cenas anuales de recaudación de
fondos para la EJI cada mes de marzo en la ciudad de Nueva York.
Habitualmente agasajábamos a algún miembro destacado del servicio
público y a un cliente. En una ocasión anterior habíamos tenido como
huésped de honor a Marian Wright Edelman, heroica abogada defensora de
los derechos civiles y fundadora del Children’s Defense Fund. En 2011
recibimos a John Paul Stevens, miembro jubilado del Tribunal Supremo de
Estados Unidos. Conocí al juez Stevens en una pequeña conferencia cuando
yo era un joven abogado, y había sido extremadamente amable conmigo.
Para cuando se jubiló se había convertido en el miembro del Tribunal más
crítico con el castigo excesivo y los encarcelamientos en masa. En 2013, junto a Marsha Colbey, decidimos honrar a la carismática exdirectora del NAACP Legal Defense Fund, Elaine Jones, y a los progresistas magnates
de los helados Ben (Cohen) & Jerry (Greenfield). Roberta Flack, la legendaria cantante y escritora de canciones, aceptó actuar para nosotros.
Interpretó la canción de George Harrison Isn’t It a Pity antes de que entregásemos a Marsha su galardón.
En mi presentación expliqué al público que, el día de su liberación, Marsha había acudido al bufete a dar las gracias a todos. Su marido y sus
dos hijas la habían recogido en Tutwiler. La más joven de sus hijas, que tenía unos doce años, había hecho deshacerse en lágrimas a casi todo
nuestro personal cuando se negó a soltar a su madre durante todo el tiempo
que pasaron en nuestras oficinas. Se abrazaba a la cintura de Marsha, se le
aferraba al brazo y se apoyaba contra ella como si tuviera la intención de no
dejar que nadie volviera a separarla físicamente de su lado nunca más.
Hicimos fotos de Marsha y parte del personal, y su hija sale en todas ellas.
Aquello nos dijo mucho sobre el tipo de madre que era Marsha Colbey.
Marsha subió al estrado con su elegante vestido azul.
—Quiero dar las gracias a todos por tenerme en cuenta, a mí y a todo
por lo que he pasado. Son muy amables. Yo, simplemente, me siento feliz
por ser libre.
Habló ante el numeroso público con calma y compostura. Se expresaba
con elegancia y encanto. Solo cedió a las emociones cuando habló sobre las
mujeres que había dejado atrás.
—Soy afortunada. He recibido una ayuda que la mayoría de las
mujeres no pueden obtener. Es lo que más me duele ahora mismo, saber que
siguen allí mientras yo estoy en casa. Espero que podamos hacer más para
ayudar a otras personas.
Su vestido resplandecía bajo los focos, y el público se puso en pie para
aplaudir mientras Marsha lloraba por las mujeres que había dejado atrás.
Después de aquello, casi no supe qué decir.
—Necesitamos más esperanza. Necesitamos más compasión.
Necesitamos más justicia.
Después presenté a Elaine Jones, que empezó su discurso con estas
palabras:
—Marsha Colbey... ¿No es preciosa?
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