Cuestión de justicia
2. Álzate
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ÁLZATE
Tras pasar el primer año y medio de mi carrera jurídica en Atlanta
durmiendo en el sofá del cuarto de estar de Steve Bright, había llegado la
hora de buscarme piso propio. Cuando empecé a trabajar en Atlanta, el equipo se las veía y se las deseaba para resolver una crisis tras otra. Me lanzaron de inmediato a los litigios con plazos urgentes y no disponía de tiempo para buscar donde vivir (al margen de que mi salario de 14.000
dólares al año no me dejaba demasiado dinero para el alquiler), así que Steve tuvo la bondad de adoptarme. Vivir en el pequeño dúplex de Steve en
Grant Park me permitió preguntarle continuamente sobre las cuestiones y problemas más complejos que nos presentaban los casos y los clientes.
Todos los días diseccionábamos temas grandes y pequeños desde la mañana
hasta la medianoche. Me encantaba. Pero cuando Charles Bliss, un
compañero de la carrera de Derecho, empezó a trabajar en la Sociedad de
Asistencia Legal de Atlanta (Atlanta Legal Aid Society) y se mudó a la ciudad, nos dimos cuenta de que uniendo nuestros pobres salarios
podríamos pagar el alquiler de un piso barato. Charlie y yo entramos juntos
en la Escuela de Derecho de Harvard y vivimos en la misma residencia el
primer año. Era un chaval blanco de Carolina del Norte que parecía
compartir mi confusión sobre nuestras experiencias en la carrera. Nos
refugiábamos con frecuencia en el gimnasio de la facultad, donde
jugábamos al baloncesto e intentábamos comprender las cosas.
Charlie y yo encontramos un piso cerca de Inman Park, en Atlanta,
pero al cabo de un año la subida del alquiler nos obligó a mudarnos a la zona de Virginia Highlands, donde pasamos un año más, hasta que otra
subida del alquiler nos envió al Midtown. El piso de dos dormitorios que
compartimos allí era el más bonito y estaba en el barrio más agradable que nos habíamos encontrado hasta entonces, pero no pude pasar mucho tiempo
en él por culpa de mi creciente cartera de casos.
Mi plan de poner en marcha un nuevo proyecto legal para representar a
presos que se encontraban en el corredor de la muerte en Alabama
empezaba a tomar forma. Tenía la esperanza de hacerlo despegar allí y acabar volviendo a vivir en Atlanta. Mi lista de nuevos casos de pena capital en Alabama me obligaba a trabajar incesantemente y andar yendo y
viniendo desde Atlanta, al tiempo que intentaba resolver varios casos sobre
las condiciones de vida en prisión que había presentado en diversos estados
sureños.
Las condiciones de confinamiento de los reclusos empeoraban en todas
partes. En la década de 1970, los motines de la prisión de Attica atrajeron la
atención de todo el país hacia los horribles abusos que se estaban
produciendo en las cárceles. La toma de Attica por parte de los reclusos permitió que se conociera a nivel nacional la existencia de prácticas crueles
como el confinamiento en solitario, en el que se aislaba a los reclusos en espacios reducidos durante semanas o meses. A los prisioneros de algunas
cárceles los encerraban en «cajas calientes», cajas o agujeros del tamaño de
un ataúd colocados en un lugar que obligaba al recluso a soportar un calor
extremo durante días o semanas. A algunos prisioneros los torturaban con
picanas eléctricas para el ganado como castigo por incumplir el reglamento
de la prisión. En otros centros los encadenaban a picotas, con los brazos sujetos sobre la cabeza en una postura dolorosa que se veían forzados a mantener durante horas. Esta práctica, que no se declaró anticonstitucional
hasta 2002, era uno de los muchos castigos degradantes y peligrosos
impuestos a la población carcelaria. La comida de mala calidad y las
condiciones de vida lamentables eran moneda común.
La muerte de cuarenta y dos personas al final del motín de Attica sacó
a la luz el peligro de los abusos en las cárceles y de sus condiciones infrahumanas. Este aumento de la atención pública sobre el tema llevó
también a que el Tribunal Supremo dictara varias sentencias que
garantizaban protecciones básicas a los reclusos. Preocupados por la
violencia potencial, varios estados pusieron en marcha reformas para
eliminar las prácticas más abusivas. Pero una década después, el rápido incremento de la población penitenciaria condujo sin remedio al deterioro de las condiciones de cautividad.
Recibíamos montones de cartas de prisioneros que seguían quejándose
de las horribles condiciones que padecían. Nos informaban de que las
palizas del personal de las cárceles no habían cesado y de que se los seguía
sometiendo a humillación en la picota y a otros castigos degradantes. A nuestro bufete llegaba un número alarmante de casos de prisioneros que habían aparecido muertos en su celda.
Yo trabajaba en varios, entre ellos uno ocurrido en Gadsden (Alabama)
en el que los guardias afirmaban que un negro de treinta y nueve años había
muerto por causas naturales tras ser detenido por una infracción de tráfico.
Su familia sostenía que la policía le había dado una paliza y que, pese a sus
súplicas, los guardias de la prisión le habían negado el inhalador y la medicación contra el asma. Pasé mucho tiempo con la familia de Lourida
Ruffin, destrozada por el duelo, y descubrí que aquel hombre había sido un
padre cariñoso y una persona amable, y que se habían supuesto cosas sobre
él que no eran ciertas. Su 1,95 m de estatura y sus casi 115 kg de peso podían darle un aspecto un poco intimidante, pero su esposa y su madre insistían en que era tierno y amable.
La policía de Gadsden paró el coche del señor Ruffin una noche
porque, según su versión, iba haciendo eses. Resultó que tenía el carné de
conducir caducado desde hacía unas semanas, así que se lo llevaron
detenido. Al llegar a la cárcel municipal, sangrando y muy magullado, les
contó a los demás detenidos que le habían dado una paliza tremenda y que
necesitaba el inhalador y la medicación para el asma con urgencia. Cuando
inicié la investigación del caso, los internos de la cárcel me contaron que habían visto a los guardias pegar al señor Ruffin antes de llevárselo a la celda de aislamiento. Varias horas más tarde vieron al personal médico llevarse el cuerpo de la celda en una camilla.
Pese a las reformas de los años setenta y principios de los ochenta, las
muertes de reclusos en cárceles y prisiones seguían siendo un problema grave. El suicidio, la violencia entre prisioneros, la atención médica
inadecuada, los abusos del personal penitenciario y la violencia de los guardias se llevaban las vidas de cientos de reclusos todos los años. 1
No tardé en recibir más quejas de miembros de la comunidad de
Gadsden. Los padres de un adolescente negro al que la policía había matado
a tiros me dijeron que a su hijo lo habían parado por saltarse un semáforo en
rojo, una infracción leve de tráfico. Su hijo era muy joven; acababa de sacar
el carné de conducir y se puso muy nervioso cuando se le acercó el agente.
Su familia insistía en que se agachó para coger su flamante carné de la bolsa del gimnasio que estaba en el suelo. La policía afirmaba que buscaba
un arma (aunque no se encontró ninguna) y el joven murió a tiros sentado
en el coche. El agente que le disparó dijo que se había mostrado
amenazador y que se conducía con movimientos rápidos y agresivos. Sus
padres, sin embargo, me contaron que era de carácter nervioso y que se asustaba por cualquier cosa, pero que también era obediente y que nunca le
habría hecho daño a nadie. Era muy religioso y buen estudiante, y su buena
reputación permitió a la familia convencer a los activistas pro derechos civiles de que hicieran presión para que se investigase su muerte. Sus peticiones llegaron a nuestro bufete y yo me encargaba del caso, además de
los de prisión.
Desentramar la legislación civil y criminal de Alabama mientras
llevaba casos de pena capital en otros estados me tenía muy ocupado, y aquel litigio añadido sobre las condiciones de vida en las prisiones supuso
muchos kilómetros de carretera e interminables horas extra. A mi
baqueteado Honda Civic de 1975 le costaba estar a la altura de lo que le exigía. Hacía años que la radio funcionaba solo a veces: volvía a la vida cuando pillaba un bache o pegaba un frenazo que sacudiese el coche e hiciera que los cables se conectaran.
De vuelta en el despacho después de tres horas de viaje desde
Gadsden, había vuelto a darme casi la media noche trabajando. Me dirigía a
casa. Entré en el coche y, para mi deleite, la radio se encendió en cuanto arranqué el motor. En solo tres años de ejercicio de la abogacía me había
convertido en una de esas personas a las que una nimiedad como aquella podía llegar a alegrarles el día. Aquella madrugada no solo había
funcionado la radio, sino que, además, la cadena emitía una retrospectiva de
Sly and the Family Stone. Me crié escuchando a Sly y enseguida me encontré recorriendo las calles de Atlanta alegremente al ritmo de canciones
como Dance to the Music, Everybody Is a Star y Family Affair.
Nuestro piso del Midtown estaba en una calle residencial con muchos
habitantes. A veces tenía que buscar aparcamiento a media manzana, o
incluso en la siguiente, pero aquella noche tuve suerte: aparqué mi Civic destartalado a solo unos pasos de mi nuevo portal justo cuando Sly
empezaba a cantar Hot Fun in the Summertime. Era tarde y me hacía falta
meterme en cama, pero el momento era demasiado jugoso para dejarlo
pasar, así que me quedé en el coche escuchando la música. Al terminar cada
tema me decía que ya era hora de entrar en casa, pero entonces empezaba
otra canción irresistible y era incapaz de marcharme. Estaba cantando al ritmo de Stand! («¡Álzate!»), un himno inspirador con un maravilloso final estilo góspel, cuando vi aproximarse las luces intermitentes de la policía. Yo
había aparcado el coche a pocas puertas de nuestro piso, así que di por sentado que los agentes iban de camino a alguna misión urgente. Cuando se
pararon a unos cinco metros delante de mí, me pregunté qué pasaría.
Nuestra parte de la calle es de sentido único. Mi coche estaba aparcado
en sentido correcto, mientras que el coche de policía había entrado en la calle en contradirección. Caí en la cuenta de que no era un coche de policía
normal, sino del SWAT de Atlanta. El vehículo tenía instalado un foco y los
agentes lo apuntaron directamente hacia mí. Entonces comprendí que tal
vez estuvieran allí por mi causa, aunque no se me ocurría ningún motivo.
Llevaba unos quince minutos aparcado en la calle, escuchando a Sly. Solo
me funcionaba uno de los altavoces, y no demasiado bien, así que estaba seguro de que la música no se oía fuera del coche.
Los agentes se quedaron allí plantados, enfocándome con la luz, como
cosa de un minuto. Apagué la radio antes de que se acabara Stand! En el asiento tenía archivos del caso de Lourida Ruffin y del joven al que habían
disparado en Gadsden. Al cabo de un rato se bajaron del vehículo dos agentes. Me di cuenta enseguida de que no llevaban el uniforme de la policía de Atlanta, sino que vestían con un amenazador estilo militar: botas
negras, pantalones negros y chaleco.
Decidí salir del coche e irme a casa. Aunque no nos quitaban ojo ni a mí ni al coche, todavía conservaba la esperanza de que su presencia en la
zona no tuviera nada que ver conmigo. Por si acaso se trataba de que les preocupase que me ocurriera algo malo, se me ocurrió decirles que no había
ningún problema. Desde luego, en ningún momento se me ocurrió que salir
del coche fuera peligroso o indebido.
En cuanto abrí la puerta y salí, el agente que había empezado a
dirigirse hacia mí sacó el arma y me apuntó. Mi cara de asombro debió de
ser absoluta.
Mi primer impulso fue echar a correr, pero decidí de inmediato que no
era lo más inteligente. Entonces pensé por un instante que tal vez no fueran
policías de verdad.
—¡Como te muevas te vuelo la cabeza! —El agente gritó aquellas
palabras, que me parecieron sin sentido. Intenté mantener la calma. Era la
primera vez en mi vida que me apuntaban con un arma—. ¡Arriba las
manos!
El agente era blanco, más o menos de mi misma estatura. En la
oscuridad no logré distinguir más que el uniforme negro y el arma con la
que me encañonaba.
Levanté las manos y me di cuenta de que se lo veía nervioso. No
recuerdo haber decidido hablar, solo que las palabras salieron de mi boca.
—Tranquilo. No pasa nada. —Estoy seguro de que tenía que sonar
asustado porque estaba aterrorizado. Lo repetí una y otra vez—. No pasa nada, no pasa nada. —Al fin dije—: Vivo aquí, en ese piso.
Miré al agente que me apuntaba a la cabeza a menos de cinco metros
de distancia. Me pareció que le temblaban las manos.
Seguí diciendo, con toda la calma de que fui capaz:
—No pasa nada, no pasa nada.
El segundo agente, que no había sacado el arma, se me acercó poco a
poco y con cuidado. Subió a la acera, dio la vuelta por detrás de mi coche y
se me aproximó, mientras el otro agente seguía apuntándome con el arma.
Me cogió por los brazos y me empujó contra la parte de atrás de mi coche.
Ahí fue cuando el otro policía bajó la pistola.
—¿Qué hace aquí? —dijo el segundo policía, que parecía mayor que el que había sacado el arma. Sonaba enfadado.
—Vivo aquí. Me mudé a esa casa de allí hace solo unos meses. Mi
compañero de piso está dentro, pueden ir a preguntarle. —Odiaba sonar tan
asustado y que me temblase la voz.
—¿Qué hace aquí en la calle?
—Solo estaba escuchando la radio. —Me puso las manos en el coche y
me obligó a inclinarme sobre la parte de atrás del vehículo.
El potente reflector del coche de los SWAT seguía enfocándome. Me
di cuenta de que en las casas que había calle arriba se encendían las luces y
la gente se asomaba a las puertas. La casa contigua a la nuestra despertó a la
vida y de ella salieron un hombre y una mujer de mediana edad que se me
quedaron mirando, allí doblado sobre el vehículo.
El agente que me sujetaba me pidió el carné de conducir, pero no me
dejaba mover los brazos para sacarlo. Le dije que lo llevaba en el bolsillo de
atrás y él rebuscó mi cartera en mis pantalones. Para entonces, el otro agente estaba mirando dentro del coche, hojeando mis papeles. Sabía que no tenía causa probable para entrar en mi vehículo y que el registro era ilegal. Estaba a punto de decir algo cuando vi que abría la guantera. Abrir
objetos del interior de un vehículo aparcado era tan increíblemente ilegal que me di cuenta de que no le importaban las reglas en absoluto, así que decírselo habría sido inútil.
En mi coche no había nada interesante. No había drogas ni alcohol, no
había ni tabaco. Tenía una bolsa gigante de M&M’s con cacahuetes y chicle
Bazooka en la guantera para mantener el hambre a raya cuando no tenía tiempo de comer. Solo quedaban unos pocos M&M’s en la bolsa, que el agente inspeccionó con cuidado. Metió la nariz en la bolsa antes de volver a
meterla dentro. Aquellos M&M’s no pensaba comérmelos.
No llevaba en aquella casa tiempo suficiente para haber puesto al día
el carné de conducir, así que la dirección que aparecía en este no se correspondía con la actual. La ley no exige tener la dirección del carné al
día, pero al agente le valió para tenerme allí otros diez minutos mientras iba
a su coche a investigarme. A medida que se iba prolongando el encuentro,
mis vecinos se iban haciendo más osados. Aunque era tarde, la gente salía
de casa para mirar. Los oía hablar de los robos que se habían producido en el vecindario. Una señora blanca en concreto exigió en voz muy alta que me
interrogasen sobre unas pertenencias que le faltaban.
—¡Pregúntenle por mi radio y mi aspiradora!
Otra señora preguntó por su gato, que llevaba tres días desaparecido.
Yo no hacía más que esperar que se encendiese la luz de mi casa y que Charlie viniese a ayudarme. Llevaba un tiempo saliendo con una chica que
también trabajaba en Asistencia Legal y pasaba mucho tiempo en su casa.
Se me pasó por la cabeza que a lo mejor estaba fuera.
Por fin, el agente volvió y le dijo a su compañero:
—No tienen nada contra él. —Parecía decepcionado.
Recuperé la compostura y separé las manos del coche.
—Esto es una vergüenza. Vivo aquí, no tenían que haber hecho esto.
¿Por qué me han hecho esto?
El agente de más edad me miró con dureza.
—Llamaron diciendo que había un posible ladrón. Ha habido muchos
robos en el barrio. —Entonces sonrió y dijo—: Lo vamos a dejar ir, debería
estar contento.
Y dicho eso se dieron media vuelta, se montaron en su coche del
SWAT y se marcharon. Los vecinos me echaron un último vistazo antes de
volver a meterse en sus casas. No acababa de decidir si debía entrar en casa
corriendo para que vieran que vivía en el barrio o esperar a que se fueran
para que nadie supiera dónde vivía el «presunto delincuente». Decidí
esperar.
Recogí mis papeles, que el poli había esparcido por todo el coche y la
acera. Disgustado, tiré los M&M’s a una papelera y me dirigí a casa. Para
gran alivio mío, Charlie estaba allí. Lo desperté para contarle lo que había
pasado.
—Ni siquiera se disculparon —repetí sin cesar. Charlie compartía mi
indignación, pero volvió a dormirse enseguida. Yo no pegué ojo.
A la mañana siguiente le conté el incidente a Steve. Se puso furioso y
me animó a presentar una reclamación ante el Departamento de Policía de
Atlanta. Algunos compañeros del bufete decían que debería indicar en la reclamación que era abogado especializado en casos de derechos civiles y
que trabajaba en casos de conducta policial impropia. A mí me parecía que aquellas credenciales no deberían ser necesarias para presentar una queja por mala actuación de unos agentes de policía.
Empecé a escribir la queja con la determinación de no identificarme
como abogado. Al rememorar todo el incidente, lo que más me molestaba
era el momento en que el policía sacó el arma y yo pensé en huir. Era un
abogado de veintiocho años con experiencia en casos de conducta policial
impropia. Tenía el sentido común necesario para hablar con tranquilidad al
policía que me había amenazado con dispararme. Pero cuando pensaba en
lo que habría hecho a los dieciséis, a los diecinueve e incluso a los veinticuatro, me asustó pensar que podría haber echado a correr. Cuanto más lo pensaba, más me preocupaban todos los chicos y hombres negros de
aquel barrio. ¿Sabían que no debían huir? ¿Sabían que había que mantener
la calma y decir «No pasa nada»?
Escribí con detalle todas mis preocupaciones. Busqué las estadísticas
del Departamento de Justicia en las que se recogía que los hombres negros
tienen ocho veces más posibilidades que los blancos de que los mate la
policía.2 A finales del siglo XX, esta tasa mejoraría y los hombres negros pasarían a tener «solo» el cuádruple de posibilidades de que los matase un
agente de la ley,3 pero el problema se agravaría en algunos estados que aprobaron las leyes llamadas Stand Your Ground («Defiende tu territorio»)
que también permiten a los civiles utilizar fuerza letal.4
Continué redactando mi informe para el Departamento de Policía de
Atlanta, y antes de darme cuenta había escrito nueve páginas en las que describía todo lo que me parecía que se había hecho mal. Dos de ellas las
dediqué a describir con detalle el registro ilegal del vehículo y la ausencia
de causa probable. Incluso cité media docena de casos. Releí la queja y me
di cuenta de que lo único que me faltaba era decir «soy abogado».
Presenté la reclamación e intenté olvidarme del incidente, pero no
pude. No dejaba de pensar en lo ocurrido. Empecé a avergonzarme de no
haber mantenido más el control durante el encuentro. No les había dicho a
los policías que era abogado, ni los había informado de que lo que estaban
haciendo era ilegal. ¿Tendría que haber dicho más cosas? Pese a todo el trabajo que había realizado con personas que se encontraban en el corredor
de la muerte, me preguntaba si de verdad estaba preparado para hacer cosas realmente difíciles. Incluso empecé a replantearme la idea de trasladarme a
Alabama para montar un bufete. No dejaba de pensar en el gran riesgo que
corrían los jóvenes cuando los paraba la policía.
Mi queja superó todo el proceso de revisión del Departamento de
Policía de Atlanta. Cada pocas semanas me llegaba una carta en la que me
explicaban que los agentes no habían hecho nada mal y que el trabajo policial es muy difícil. Presenté apelación en todas aquellas
desestimaciones, subiendo por la cadena de mando sin éxito alguno. Al
final solicité una reunión con el jefe de policía y los agentes que me habían
parado. Me la denegaron, pero me recibió el jefe adjunto. Le pedí una disculpa del departamento y le sugerí que se diera formación a los agentes
para evitar que se produjeran incidentes semejantes. Escuchó mi versión de
los hechos asintiendo con educación. Cuando terminé, me pidió disculpas,
pero sospeché que lo único que quería era que me marchase. Me prometió
que exigirían a los agentes que realizasen «deberes extra en relaciones comunitarias». No me sentí desagraviado.
Mi carga de trabajo empezaba a alcanzar cotas de locura. Los
abogados defensores de la cárcel municipal de Gadsden habían reconocido
por fin la violación de los derechos del señor Ruffin y que el negarle la medicación para el asma había sido ilegal. Llegamos a un acuerdo decente
para su familia, que al menos recibiría ayuda económica. Les pasé a otros
abogados los demás casos de actuación policial impropia porque apenas
podía ya con los casos pendientes de pena capital.
No tenía tiempo para declararle la guerra a la policía de Atlanta
cuando tenía clientes que se enfrentaban a la ejecución. Pese a todo, no podía dejar de pensar en lo peligrosa e injusta que era la situación y en que
yo no había hecho nada malo. ¿Y si hubiera tenido drogas en el coche? ¿Me
habrían detenido y habría tenido que convencer a mi abogado de que la policía había registrado el coche de forma ilegal? ¿Me tocaría un abogado
que se tomase en serio semejante afirmación? ¿Un juez se creería que no había hecho nada malo? ¿Darían crédito a alguien igual que yo, solo que no
fuese abogado? ¿Alguien como yo que estuviera en el paro o tuviera
antecedentes penales?
Decidí dar charlas en grupos juveniles, iglesias y organizaciones comunitarias sobre los problemas que supone la presunción de culpabilidad
que se adjudica a los pobres y a la gente de color. Hablé en reuniones locales e intenté sensibilizar a la gente sobre la necesidad de insistir en pedir explicaciones a los cuerpos de seguridad del estado. Dije que la policía podía mejorar la seguridad pública sin abusar de la gente. Incluso,
estando en Alabama, encontré tiempo para dar charlas en actos
comunitarios siempre que me lo pidieron.
Tras un nuevo viaje a un condado rural y pobre de Alabama para
solicitar la documentación de un caso de pena capital, me invitaron a hablar
en una pequeña iglesia afroamericana. Solo acudió una docena de personas.
Uno de los líderes de la comunidad me presentó. Yo me coloqué ante la congregación y me puse a hablar de la pena de muerte, del incremento de
los índices de encarcelamiento, del abuso de poder en las prisiones, de la aplicación discriminatoria de la ley y de la necesidad de reformas. Entonces
decidí hablar de mi encuentro con la policía de Atlanta y me di cuenta de
que me estaba afectando un poco. Se me quebraba la voz y tuve que
controlarme para poder terminar lo que estaba diciendo.
Durante la charla, me fijé en un anciano negro que iba en silla de
ruedas y que había llegado justo cuando estábamos a punto de empezar.
Tenía setenta y tantos años y llevaba un traje marrón anticuado. Tenía el pelo gris y lo llevaba corto, con mechones rebeldes aquí y allá. No me quitó
ojo en toda la charla, pero se mostró poco menos que impertérrito. Un niño
de unos doce años, probablemente su nieto u otro pariente, lo había
ayudado a entrar en la iglesia empujando la silla. El anciano le pedía cada
tanto que fuese a buscar alguna cosa. Hacía un gesto con la cabeza sin mediar palabra y el niño parecía saber si el hombre quería un abanico o un
libro de himnos.
Al finalizar la charla, el grupo cantó un himno para concluir la sesión.
El anciano no cantó, solo cerró los ojos y se arrellanó en la silla. La gente se me acercó al terminar el acto; la mayoría fue muy amable y me agradeció
que empleara mi tiempo en acercarme hasta allí para hablar con ellos.
Varios jóvenes negros se acercaron para darme la mano. Yo estaba
encantado de ver que se valoraba la información que había proporcionado.
El anciano de la silla de ruedas esperaba al fondo de la iglesia. Seguía sin quitarme ojo. Cuando se hubo ido todo el mundo, le hizo un gesto con la
cabeza al niño, que se apresuró a acercarlo hasta mí.
La expresión de aquel hombre no cambió en ningún momento mientras
se iba acercando. Se detuvo frente a mí, se inclinó hacia delante en la silla y, adoptando un tono enérgico, me soltó:
—¿Sabe lo que está haciendo? —Estaba muy serio, no sonreía.
La pregunta me pilló por sorpresa. No sabía bien qué me estaba
preguntando ni si estaba siendo hostil. No sabía qué responder. Me señaló
con el dedo y me volvió a preguntar.
—¿Sabe lo que está haciendo?
Intenté sonreír para suavizar la situación, pero estaba perplejo.
—Eso creo...
Me cortó en seco y dijo en voz muy alta:
—Ya se lo digo yo: ¡está tocando el tambor de la justicia! —Su
expresión era impávida. Lo repitió, con énfasis—: ¡Tiene que tocar el
tambor de la justicia!
Volvió a arrellanarse en la silla y yo dejé de sonreír. En sus palabras
había algo que me serenó.
—Sí, señor —respondí en voz baja.
Volvió a inclinarse hacia mí y dijo, bronco:
—Tiene que seguir tocando el tambor de la justicia. —Hizo un gesto y
al cabo de un rato largo repitió—: Toque el tambor de la justicia.
Se echó hacia atrás y de repente pareció cansado y sin aliento. Me
miró con complicidad y me hizo un gesto para que me aproximara. Me
acerqué, me tiró del brazo y se inclinó hacia mí. Me habló en voz muy baja,
casi en un susurro, pero con una intensidad inolvidable.
—¿Ve la cicatriz que tengo en la cabeza? —La inclinó para
enseñármela—. Esta cicatriz me la hicieron en el condado de Greene, en Alabama, por intentar registrarme para votar en 1964. ¿Ve esta que tengo en
el lado? —Volvió a mover la cabeza y vi una cicatriz de unos diez
centímetros, justo por encima de la oreja izquierda—. Esta cicatriz me la hice en Misisipi, exigiendo los derechos civiles.
Su voz se afirmó. Me apretó el brazo más fuerte y bajó la cabeza un poco más.
—¿Ve esta marca? —Tenía un tercer círculo oscuro en la base del
cráneo—. Este cardenal me lo hice en Birmingham, tras la Cruzada de los
Niños.
Volvió a echarse hacia atrás y me lanzó una mirada intensa.
—La gente piensa que esto son cicatrices, cortes y cardenales. —Por
primera vez se le humedecieron los ojos de lágrimas. Se llevó las manos a
la cabeza—. No son cicatrices, ni cortes ni cardenales. Son mis medallas de
honor.
Me clavó la mirada un rato largo, se enjugó las lágrimas y le hizo un
gesto al niño, que se lo llevó.
Yo me quedé allí plantado con un nudo en la garganta, contemplando
su marcha.
Un instante después me di cuenta de que había llegado la hora de abrir
el despacho en Alabama.
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