
De tal palo, tal astilla
Un médico materialista cría en Madrid a su hijo Fernando sin más religión que la ciencia y el afán de brillar, y solo después se retira a la Montaña santanderina, adonde el muchacho vuelve cada verano. Uno de esos veranos se enamora de Águeda, huérfana devota de Valdecines, cuya madre dejó dicho en el testamento que sus hijas pesaran bien la fe de quien eligieran, y puso a vigilarlas a don Sotero, procurador de aldea que viste de negro, habla con humildad melosa y ya manda en la casa más de lo debido. Pereda lo escribió como réplica a Gloria, de Galdós, y no disimula la tesis. Aun así se sostiene por lo que no es tesis: el habla de los aldeanos, la verbena de San Juan, un don Sotero dibujado sin una sola nota falsa. Termina sin absolver a nadie.





