El alimento de los dioses
Capítulo II
Redwood fue a ver a Bensington a eso de las once de la mañana del día siguiente, con la «segunda edición» de tres periódicos en las manos.
Bensington levantó la vista de su desalentada meditación sobre las páginas de la novela más distraída que el bibliotecario de Brompton Road había sido capaz de encontrarle.
—¿Algo nuevo? —preguntó.
—Dos hombres picados cerca de Chartham.
—Debieron de habernos dejado quemar aquel nido. Realmente, la culpa es suya.
—¡Claro que es suya la culpa! —exclamó Redwood.
—¿Sabe usted algo de la compra de la granja?
—El corredor de fincas —dijo Redwood— es un sujeto de una boca muy grande y madera compacta. Pretende que hay alguien, otra persona, que también quiere comprar la finca. Siempre dicen lo mismo, ¿sabe usted? Y no quiere comprender la prisa. «Es cuestión de vida o muerte», le dije. «¿No lo comprende usted?». Entornó los ojos, y contestó: «Entonces, ¿por qué no se decide usted a pagar doscientas libras más?». Prefiero vivir en un mundo invadido de avispas a ceder ante la inquebrantable estupidez de ese asqueroso sujeto. Yo…
Se calló, pensando que una declaración como ésta podría estropearse fácilmente según cuál fuera su conclusión.
—¿Sería mucho esperar —preguntó Bensington— que una de las avispas…?
—La avispa no tiene más idea de la utilidad pública que la que pueda tener… que la que pueda tener un corredor de fincas —repuso Redwood.
Siguió hablando, durante un buen rato, de corredores de fincas, procuradores y otra gente de la misma calaña, del modo injusto y poco razonable que acostumbra a hablar mucha gente cuando se trata de hacer cálculos sobre proyectados negocios. (De todas las estupideces de este estúpido mundo, la más estúpida de todas, a mi entender, consiste en que mientras se da por sentado, como la cosa más natural, que un médico o un soldado deben tener un alto sentido del honor, del valor y de la eficiencia, a un procurador o a un corredor de fincas no sólo se le permite, sino que ya se acepta de antemano, que no debe mostrar otra cosa que una especie de codiciosa, untuosa y marrullera imbecilidad). Y luego, sintiéndose bastante aliviado, se dirigió a la ventana y permaneció allí, contemplando el tránsito de Sloane Street.
Bensington había dejado su novela, la más emocionante que concebirse pudiera, sobre la mesa. Entrelazó los dedos de las manos con mucho cuidado y se puso a contemplarlos.
—Redwood, ¿hablan mucho de nosotros? —preguntó.
—No tanto como esperaba.
—¿No irán a denunciarnos?
—En absoluto. Pero, por otro lado, no apoyan lo que yo les indico que debe hacerse. He escrito a The Times, ¿sabe usted?, explicándolo todo…
—Aquí tenemos el Daily Chronicle —dijo Bensington.
—Y The Times ha publicado un largo editorial sobre el tema, un editorial de primera, muy bien escrito, con tres latinajos al estilo The Times (uno de ellos es statu quo), y se lee como si fuera directamente la voz de Alguien Impersonal de la Mayor Importancia, enfermo de Cefalea Gripal, hablando a través de páginas y más páginas de fieltro, sin que mejorara en nada su dolencia. Al leer entre líneas, ¿sabe usted?, queda claro que The Times considera, inútil paliar los hechos, y que algo (indefinido, naturalmente) tiene que hacerse de inmediato. De otro modo habrá indudablemente consecuencias más indeseables… The Times es inglés ¿sabe usted?, porque aumentarán las avispas y las picaduras. ¡Un artículo digno de un gran hombre de gobierno!
—Y mientras tanto nuestra obra se desparrama por todas partes en forma desagradable.
—Así es.
—¡Me pregunto si Skinner tendría razón en lo de esas ratas gigantes…!
—¡Oh, no! Eso sería demasiado —dijo Redwood.
Se acercó a Bensington y se quedó de pie junto a su silla.
—Y a propósito —dijo bajando imperceptiblemente el tono de la voz—, ¿sabe ella…?
E indicó la cerrada puerta.
—¿Quién? ¿Mi prima Jane? Pues, sencillamente, no sabe nada de todo eso. No nos relaciona con ese asunto y no quiere leer los artículos. «¡Avispas gigantes! —dice —. ¡No tengo suficiente paciencia para leer los periódicos!».
—Tenemos suerte —murmuró Redwood.
—Supongo que la señora Redwood…
—No —dijo Redwood—, ahora precisamente da la casualidad de que… se halla muy preocupada por el niño. Y es que, ya sabe, el niño sigue adelante.
—¿Creciendo?
—Sí. Ha aumentado un kilo doscientos treinta gramos en diez días. Ya pesa cerca de veintiocho kilos. Y tiene sólo seis meses. Naturalmente, la cosa es alarmante…
—¿Con buena salud?
—Muy vigoroso. La niñera nos deja porque el niño patalea con demasiada fuerza. Y todo le queda chico, claro está. Todo, absolutamente todo tiene que rehacérsele, la ropa y todo lo demás. Al cochecillo —un asunto sin importancia— se le rompió una rueda, y tuvimos que llevar al chico a casa en la carretilla del lechero. Toda la gente mirando… Y hemos tenido que volver a poner a Georgina Phyllis en la cuna del chico para poderle poner a él en la cama de Georgina Phyllis. Su madre está, como es natural, muy alarmada. Al principio se sentía muy orgullosa e inclinada a elogiar a Winkles. Pero ahora ya no. Tiene la sensación de que aquello no puede ser sano. Usted ya sabe.
—Creí que intentaba usted disminuir las dosis progresivamente.
—Lo intenté, desde luego.
—¿Y no dio resultado?
—Rugidos, dio. Lo corriente es que el grito de un niño sea fuerte y desesperante, y tiene que ser así por el bien de la especie… Pero desde que ha estado sometido al tratamiento con Heracleoforbia…
—¡Mmm! —murmuró Bensington mirándose los dedos con más resignación de la que había demostrado hasta entonces.
—Prácticamente el asunto acabará por saltar. La gente oirá hablar de este niño, lo relacionará con las gallinas y lo demás, y todo lo que ocurre llegará a oídos de mi mujer… Saber cómo se lo tomará es algo de lo que no tengo la más remota idea.
—Es muy difícil —dijo Bensington— establecer un plan… ciertamente.
Se quitó los lentes y los limpió con cuidado.
—Ese es otro caso de lo que está ocurriendo continuamente. Nosotros —si es que puedo aspirar al adjetivo— los científicos, trabajamos siempre, como es natural, para obtener un resultado teórico, un resultado puramente teórico. Pero, incidentalmente, ponemos en marcha una serie de fuerzas… que son unas fuerzas nuevas. No podemos dominarlas… y no hay nadie que pueda hacerlo. Prácticamente, Redwood, el asunto se nos ha escapado de las manos. Nosotros proporcionamos el material…
—Y ellos —dijo Redwood volviéndose hacia la ventana— adquieren la experiencia.
—Mientras persista el jaleo de Kent, no estoy dispuesto a ocuparme más del problema.
—A menos de que sea éste el que se ocupe de nosotros.
—Exacto. Y si les gusta importunarnos con procuradores y picapleitos y obstrucciones legales y poderosísimas consideraciones del orden de la tontera, hasta que se haya obtenido una gran diversidad de especies gigantes de sabandijas ya bien establecidas… Las cosas siempre han sido embrolladas, Redwood. ¿No le parece?
Redwood trazó en el aire una línea retorcida y complicada.
—Y nuestro interés radica en este momento en su hijo.
Redwood dio media vuelta y se acercó a su colaborador mirándolo fijamente.
—¿Qué piensa usted de él, Bensington? Usted puede mirar esta cuestión con más imparcialidad que yo. ¿Qué voy a hacer con él?
—Pues seguir alimentándolo.
—¿Con Heracleoforbia?
—Con Heracleoforbia.
—Pero así crecerá mucho…
—Crecerá, según lo que yo puedo calcular de las gallinas y avispas, hasta alcanzar la altura de diez metros y medio… con todo lo demás en proporción…
—¿Y qué hará entonces?
—Eso es precisamente —repuso Bensington— lo que hace que el experimento sea tan interesante.
—¡Pero, hombre! ¡Piense en su ropa! —exclamó Redwood—. Y cuando haya crecido del todo será como un Gulliver solitario en un mundo de pigmeos.
La mirada de Bensington, por encima de la montura de oro de sus lentes, estaba preñada de intención.
—¿Por qué solitario? —preguntó con voz opaca—. ¿Por qué solitario?
—¿Pero usted no va a proponer…?
—He dicho —explicó Bensington con la complacencia propia del hombre que acaba de pronunciar una buena frase, llena de significado—: ¿Por qué solitario?
—¿Quiere decir que se podría criar a otros niños?
—No quiero decir nada más allá de mi pregunta.
Redwood empezó a andar de un lado para otro.
—¡Por supuesto! —dijo—. Se podría… ¡Pero así y todo! ¿A dónde vamos a llegar?
Evidentemente, Bensington disfrutaba con su actitud de elevada indiferencia intelectual.
—Lo que más me interesa de todo, Redwood, es pensar que su cerebro, en la cúspide de su persona, también se encontrará, según la línea de mi raciocinio, a unos diez metros y medio por encima de nuestro nivel… ¿Qué ocurre?
Redwood estaba de pie, apoyado en la ventana, mirando el anuncio del carruaje distribuidor de periódicos que iba traqueteando calle arriba.
—¿Qué ocurre? —repitió Bensington levantándose.
Redwood profirió una violenta interjección.
—¿Qué pasa? —preguntó de nuevo Bensington.
—Voy a buscar el periódico —dijo Redwood yendo hacia la puerta.
—¿Por qué?
—Voy a buscar el periódico. Algo que no acabo de entender… ¡Ratas gigantes…!
—¿Ratas?
—Sí, ratas. ¡Skinner tenía razón, después de todo!
—¿Qué quiere usted decir?
—¿Cómo diablos voy a saberlo hasta que no vea el periódico?
¡Grandes ratas! ¡Buen Dios! ¡Me pregunto si se lo habrán comido! —miró alrededor de sí, buscando el sombrero y se decidió a salir sin él.
Al ir bajando los peldaños de dos en dos, pudo oír el tronar de los potentes gritos de los vendedores de periódicos que estaban haciendo su agosto:
—¡Horrible suceso en Kent…! ¡Horrible suceso en Kent! ¡Un médico devorado por las ratas…! ¡Horrible suceso…! ¡Horrible suceso…! ¡Ratas…! ¡Devorado por unas ratas enormes…! ¡Con todos los detalles…! ¡Horrible suceso!