El alimento de los dioses

Capítulo III

 

¿Qué buscaba? Quería algo que el mundo de los pigmeos no le daba, alguna finalidad que el mundo de los pigmeos le impedía alcanzar, deseaba ver algo, y ciertamente nunca pudo acabar de verlo claramente. Era el gigantesco lado social de aquel solitario bruto monstruoso clamando por su raza, por aquello que era semejante a él, por algo que pudiese amar y servir, por un propósito que pudiese comprender y un mando que pudiese obedecer. Y todo esto, como sabéis, estaba embotado, se enfurecía obtusamente en su interior, y aunque se hubiese encontrado con otro gigante no podría haber hallado siquiera una salida ni una expresión en la palabra. Toda cuanta vida conocía era la insulsa vida de los alrededores de su pueblo, toda la conversación la de su casa, cosas que fallaban ante la mera insinuación de sus menores necesidades de gigante. Nada sabía de dinero aquel monstruoso simplón, nada sabía de comercio, ni de las complejas convenciones sobre las que la estructura social de las gentes pequeñas se halla edificada. Necesitaba muchas cosas. Pero, fuera lo que fuera lo que necesitase, nunca pudo satisfacer su necesidad.

Durante todo el día y toda aquella noche de verano marchó errabundo, sintiéndose cada vez más hambriento, pero todavía incansable, admirando el intenso tránsito de las calles, así como los inexplicables negocios de todos aquellos seres infinitesimales. Todo se hallaba sumido en una tremenda confusión…

Se dice que cogió a una dama, sacándola por las buenas de un carruaje, en Kensington, una dama en traje de noche elegantísimo, y después de haberle mirado detenidamente el atavío y los omoplatos, volvió a dejarla —con algún descuido— en su sitio exhalando un profundísimo suspiro. Sin embargo, eso yo no podría asegurarlo. Cerca de una hora permaneció observando cómo la gente luchaba para coger sitio en los autobuses al final de Piccadilly. Aquella tarde se lo vio mirando por encima del recinto de Kensington Oval durante unos momentos, pero cuando vio aquellos millares de personas embelesadas con los misterios del cricket y sin hacerle el menor caso, prosiguió su camino profiriendo un gruñido.

Volvió otra vez a Piccadilly Circus, entre once y doce de la noche, encontrándose con un nuevo tipo de multitud, formada por personas muy decididas, llenas de propósitos que, por motivos inconcebibles, estaban dispuestas a realizar, y de otras que no los realizarían a ningún precio. Estas personas lo miraron fijamente, se burlaron de él y siguieron su camino. Los cocheros, con ojos de buitre, iban siguiéndose unos a otros continuamente a lo largo del borde de la poblada acera. La gente salía de los restaurantes o entraba en ellos, personas graves, resueltas, dignas, o amable y agradablemente excitadas, o atentas y vigilantes, prevenidas contra los fraudes de los camareros.

El gigante, parado en una esquina, los contemplaba cada vez más sorprendido.

«¿Para qué servirá todo esto? —murmuraba para sus adentros—. ¿Para qué servirá todo esto? ¡Todos tan activos! ¡Para qué será todo esto que yo no entiendo?».

Y ninguno de ellos parecía ver, como veía él, la desdicha impregnada de bebida de las mujeres pintadas que aguardaban en la esquina, ni la andrajosa miseria que se escurría por el arroyo, ni la infinita futilidad de todos estos quehaceres. ¡La infinita futilidad! Ninguna de aquellas personas parecía sentir ni sombra de las necesidades del gigante, ni sombra del futuro que se había atravesado en sus respectivos caminos…

A un lado y a otro de la calle, unas letras misteriosas se encendían y apagaban, letras que si él hubiese sabido leer le habrían dado la medida de las dimensiones de los intereses humanos, le habrían explicado los fundamentales requerimientos y aspectos de la vida tal como la gente pequeña la concebía. En primer lugar aparecía una flamígera

T

luego seguía una U.

TU;

luego una P,

TUP.

Hasta que, por fin, aparecía el anuncio completo cruzando el cielo, enviando este alegre mensaje a todos aquellos que acusaban seriamente el peso de la vida:

TUPPER

EL VINO TÓNICO QUE REVIGORIZA

Y ¡snap! se desvanecía en la oscuridad de la noche para ser seguido con el mismo lento desarrollo por una segunda solicitud universal:

JABÓN DE BELLEZA

Fijaos bien que no se trataba de simples productos químicos de limpieza, sino de algo, como ahora dicen, «ideal»: y luego, completando el trípode de la vida minúscula:

PÍLDORAS AMARILLAS DE YANKER

Después siguió otra vez Tupper, con unas flamígeras letras carmíneas, a través del vacío:

T U P P : : : :

A primera hora de la madrugada, según parece, el joven Caddles llegó a la umbrosa quietud de Regent’s Park, pasó por encima de la verja y se echó en el césped de un talud, cerca del lugar adonde va la gente a patinar en invierno, y allí durmió una o dos horas. Y a las seis de la mañana ya estaba hablando con una pringosa mujer que había encontrado durmiendo en una zanja, cerca de Hampstead Heath, preguntándole con mucho interés lo que pensaba de ella misma y para qué creía que podía servir en este mundo…