El alimento de los dioses

Capítulo V

 

El joven no acudió a la siguiente cita sino después que ella hubo aguardado un buen rato. Tenían que encontrarse a mediodía en un gran espacio del parque situado en la curva del río, y mientras ella lo estaba esperando, mirando siempre hacia el sur, resguardándose de la luz con la mano como pantalla, se dio cuenta de que todo estaba muy quieto, de que en realidad estaba sospechosamente quieto. Y luego percibió que, a pesar de lo avanzado de la hora, su habitual cortejo de espías voluntarios no había comparecido. Ni a derecha ni a izquierda, a despecho de escrutarlo bien, aparecía nadie a la vista, y ni un solo bote se divisaba sobre la plateada curva del Támesis. Intentó encontrar un motivo que explicase aquella extraña quietud…

Luego, y aquello fue para ella un gratísimo descubrimiento, divisó al joven Redwood en la lejanía, en un claro que dejaba la arboleda que ponía un límite a su perspectiva.

Inmediatamente los árboles lo ocultaron, pero en seguida apareció por entre ellos a plena vista. La princesa pudo darse cuenta de que había algo raro, y vio que él se apresuraba de un modo nada habitual en él y que cojeaba. Hizo un gesto y ella se le acercó. El semblante de él se le hizo más preciso, y entonces vio con infinita zozobra que hacía una mueca a cada paso.

Echó a correr hacia él, la mente llena de preguntas y sintiendo un vago temor. Redwood se le acercó y habló sin saludarla previamente:

—¡Tenemos que separarnos! —dijo jadeando.

—¡No! —gritó ella—. ¿Por qué? ¿Qué sucede?

—¡Si no nos separamos, será ahora!

—¿Qué sucede?

—Yo no quiero separarme de ti… Sólo que… —Se interrumpió bruscamente para preguntar a la joven—: ¿No te separarás de mí?

Ante lo brusco de aquella pregunta, la joven lo miró con fijeza y contestó con angustia:

—¿Qué ha sucedido? —lo interrogó.

—¿Ni por un tiempo?

—¿Cuánto?

—Años quizá.

—¡Separarnos! ¡No!

—¿Has pensado en ello? —insistió él.

—No quiero que nos separemos. —Le cogió la mano y añadió—: Aunque significara la muerte ahora, no te dejaría ir.

—¡Aunque significara la muerte! —repitió él, y ella sintió una fuerte presión en los dedos.

Redwood miró a su alrededor, como si temiera ver llegar la gente pequeña mientras hablaba. Y luego dijo:

—Puede significar la muerte.

—Explícamelo —dijo ella.

—Intentaron impedir mi venida.

—¿Cómo?

—Al salir de mi taller, donde fabrico el Alimento de los Dioses para los Cossar, que lo almacenan en su campamento, me encontré con un pequeño oficial de policía —un hombrecillo vestido de azul, con guantes blancos muy limpios— que me hizo ademán de que me detuviera.

»—No se puede pasar por aquí —me dijo.

»Yo no pensé que aquello significara nada en particular; di la vuelta hacia poniente, por donde pasa otra carretera, y allí había otro oficial.

»—No se puede pasar por esta carretera —dijo. Y añadió—: ¡Todas las carreteras están cerradas!

—¿Y después?

—Discutí un poco con él.

»—Son vías públicas —repliqué.

»—Así es —contestó él—, y usted las hace intransitables para el público.

»—Muy bien —repuse yo—, iré a campo traviesa.

»Y entonces salieron otros policías de detrás de los setos, diciendo:

»—Estos campos son de propiedad privada.

»—¡Al cuerno con vuestras propiedades públicas y privadas! —le dije—. Voy a ver a mi princesa.

»Lo cogí con mucho cuidado —él gritaba y pataleaba— y lo aparté de mi camino. Al cabo de un minuto todos los campos a mi alrededor parecían haber cobrado vida con la multitud de hombres que corrían. Vi a uno montado a caballo, galopando a mi lado, que me leía algo a los gritos mientras galopaba… Cuando hubo terminado, dio media vuelta y se alejó de mí a galope y con la cabeza baja. No pude entenderlo. Y entonces a mi espalda oí el chasquido de fusiles.

—¡De fusiles!

—De fusiles… Igual que cuando disparan contra los ratones. Esas balas volaron por el aire con un ruido como si rasgaran algo, y una me dio en la pierna.

—¿Y tú…?

—Vine aquí a buscarte, y los dejé corriendo, gritando y disparando detrás de mí. Y ahora…

—Ahora, ¿qué?

—Es sólo el comienzo. Quieren que nos separemos. Ahora mismo están todavía persiguiéndome.

—Pero no nos separaremos.

—No. Pero si no nos separamos… tendrás que venir conmigo a casa de nuestros Hermanos.

—¿Por dónde se va? —preguntó ella.

—Hacia el este. Por allí es donde aparecerán mis perseguidores. Por consiguiente, debemos ir por esta otra parte, por esta avenida de árboles. Déjame que pase delante, por si nos están esperando…

Dio un paso adelante, pero ella le había cogido del brazo.

—¡No! —exclamó—. Yo iré a tu lado, sosteniéndote. Soy de sangre real y, por lo tanto, sagrada. Si te tengo cogido en mis brazos, ¡y ojalá Dios permitiera que pudiese volar con mis brazos alrededor de tu cuello!, puede ser que no disparen contra ti…

Lo aferró del hombro, apretándose contra él mientras hablaba.

—Puede ser que no disparen contra ti —repitió ella y, con súbita pasión, el joven la cogió en sus brazos y la besó en la mejilla. La tuvo así cogida durante un rato.

—Aunque signifique la muerte —susurró ella.

Después le pasó las manos por el cuello y acercó su cara a la de él.

—Amado mío, bésame una vez más.

Él la atrajo hacia sí. Silenciosamente se besaron en los labios, y durante un momento permanecieron abrazados. Luego, cogidos de la mano, y procurando mantenerse muy juntos, echaron a andar para ver si por casualidad podían llegar al campamento de refugio que los hijos de Cossar habían construido, antes de que les alcanzaran sus perseguidores.

Y al cruzar los grandes claros del parque detrás del castillo, salieron unos cuantos jinetes galopando de entre los árboles, intentando vanamente correr a la par con las zancadas gigantescas que daban ellos dos. Inmediatamente, frente a ellos, surgieron unos hombres armados con fusiles. En vista de ello, aunque él intentó seguir adelante, dispuesto a luchar y a abrirse paso a la fuerza, ella le hizo torcer hacia el sur.

Al huir en esta nueva dirección, un proyectil pasó silbando por encima de sus cabezas.