El alimento de los dioses
Capítulo II
El trabajo experimental es lo más aburrido del mundo si exceptuamos los artículos sobre esa clase de trabajos en los Anales Filosóficos, y a Bensington le pareció que había transcurrido mucho tiempo desde que su primer ensueño sobre las enormes posibilidades implicadas fue reemplazado por una migaja de realidad. Se había hecho cargo de la Granja Experimental en octubre, y hasta mayo no consiguió los primeros indicios de éxito. Tuvo que probar las Heracleoforbias, I, II y III, que fueron rotundos fracasos, hubo dificultades con las ratas de la Granja Experimental y también hubo dificultades con los Skinner. La única manera de conseguir que Skinner hiciera algo de lo que se le había dicho era amenazarlo con el despido. Entonces se rascaba la barbilla sin afeitar —siempre estaba sin afeitar del modo más milagroso, puesto que nunca llegaba a brotarle la barba del todo— con la palma de la mano, y mirando al señor Bensington con un ojo y por encima de él con el otro, decía:
—¡Oh! ¡Claro, ceñor Bencington…, ci lo dice en cerio…!
Pero por fin surgieron los primeros indicios del éxito. Y su heraldo fue una carta escrita con la caligrafía alargada y esbelta del señor Skinner:
«La nueva pollada ha roto la cáscara, y no me gusta nada. Crecen con
mucha lozanía, muy diferente de como era el último lote antes de que usted
nos diera sus instrucciones recientes. El último de ellos, antes de que el gato
lo cogiera, era un pollo hermoso y robusto, pero los de esta última cría crecen
como cardos silvestres. Jamás vi nada igual. Picotean con tanta fuerza que
perforan las botas de modo que no he podido tomar las medidas exactas, tal
como usted me había pedido. Son verdaderos gigantes y comen como tales.
Pronto necesitaremos más trigo, porque nunca se han visto gallinas que
coman como estos polluelos. Son ya mayores que los Bantam. A este paso,
serán aves de exposición, con lo lozanos que están. Los Plymouth Rock ni se
podrán comparar con ellos. Anoche me llevé un susto creyendo que el gato
iba a por ellos; cuando miré por la ventana hubiera jurado que vi al gato
metiéndose por debajo del alambrado. Los polluelos estaban despiertos y
picoteando hambrientos cuando salí a ver, pero del gato, ni rastro. Por lo
tanto, les di un puñado de trigo y cerré con candado el gallinero. Desearía
saber si la alimentación tiene que continuar según las instrucciones recibidas.
La mezcla que usted hizo ya casi se ha terminado y yo no quiero hacer
ninguna mezcla a causa del accidente del pudding. Con los mejores deseos
por parte de nosotros dos, y esperando que continuemos en su aprecio, con
todos los respetos, su fiel servidor.
ALFRED NEWTON SKINNER».
El accidente a que Skinner hacía referencia hacia el final de la carta se relacionaba con un pudding de leche al que accidentalmente se mezcló cierta cantidad de Heracleoforbia II, con resultados muy malos y casi fatales para los Skinner.
Pero Bensington, leyendo entre líneas, advirtió en aquel crecimiento tan notable la consecución del fin buscado. La mañana siguiente llegaba a la estación de Urshot con un saco en el que llevaba, herméticamente cerrada en tres latas, una provisión del Alimento de los Dioses suficiente para todos los pollos de Kent.
Era una clara y hermosa mañana de fines de mayo, y sus callos habían mejorado tanto, que resolvió ir andando a la granja, atravesando a pie Hickleybrow. Esto representaba, en conjunto, un paseo de tres millas y media a través del parque y del pueblo, y luego por las verdes cañadas de los vedados de Hickleybrow. Las ramas de los árboles estaban salpicadas con los brotes que la primavera, en toda su fuerza hacía surgir; los setos estaban llenos de alsines y collejas, y los bosques, de jacintos azules y orquídeas purpúreas; y por todas se oía el gorjeo de los pájaros: zorzales, mirlos, petirrojos, pinzones, y muchísimos más; y en un cátido rincón del parque iban creciendo los helechos y se oían los brincos y carreras de los ciervos moteados.
Todo esto hacía evocar a Bensington el recuerdo de su juventud y el ya olvidado gozo de vivir. Ante él, la promesa de su descubrimiento surgió clara y alegre, y le pareció que era realmente el día más feliz de su vida. Y cuando en el soleado cobertizo de la arenosa colina bajo la sombra de los pinos, vio los polluelos que se habían alimentado con la mezcla que él les había preparado, gigantescos y desgarbados, mayores ya que muchas gallinas adultas y con hijos; y creciendo todavía, aún con su primer y blando plumón amarillo (apenas mucado de marrón en el lomo), estuvo completamente seguro de que el día más feliz de su vida había llegado.
Ante la insistencia de Skinner, el señor Bensington entró en el gallinero, pero después de haber sido picoteado en las rajas de las botas dos o tres veces, volvió a salir, y se quedó observando aquellos monstruos a través del alambrado. Los miró embelesado, siguiendo con la vista todos sus movimientos como si no hubiese visto un pollo en toda su vida.
—Cómo cerán cuando hayan crecido del todo, ez coza que uno no puede imaginarce —dijo Skinner.
—Grandes como caballos —aventuró Bensington.
—Pocible —admitió Skinner.
—¡Una sola ala servirá de comida a varias personas! —exclamó el señor Bensington—. Y habrá que cortarlos en filetes, como la carne de la vaca:
—Pero no ceguirán creciendo de ezta forma —objetó Skinner.
—¿No?
—No —afirmó—. Ya conozco ezo. Empiezan primero muy lozanoz, pero luego ce eztancan.
Hubo una pausa.
—Zon loz cuidadoz nueztroz —dijo Skinner, modestamente.
Bensington enfocó los lentes sobre él, de repente.
—Teníamoz unoz caci tan grandez en el otro citio donde estuvimoz —dijo Skinner con su ojo bueno piadosamente elevado y cogiendo algo de confianza— yo y mi ceñora.
Bensington hizo su habitual inspección general del lugar, pero volvió rápidamente al gallinero. Aquello era, en verdad, mucho más de lo que se había atrevido a esperar. ¡El curso de la ciencia es tan tortuoso y lento! Después de las más claras promesas y antes de que pueda llegarse a la realización práctica, transcurren, por regla general, años y años de intrincados planes y preparativos… ¡y he aquí que el Alimento de los Dioses llegaba a la práctica después de menos de un año de pruebas! Parecía demasiado…, demasiado bueno. ¡Aquellas Esperanzas Aplazadas que constituyen el alimento cotidiano de la imaginación científica ya no lo obsesionarían más! Así, al menos, lo creía. Volvió otra vez al gallinero y se quedó de nuevo boquiabierto ante aquellos estupendos pollos de su creación.
—Vamos a ver —dijo—. Tienen diez días. Y, comparados con un polluelo ordinario, me imagino que serán… seis o siete veces más grandes…
—Ya ez hora que noz dé un aumento de zalario —dijo Skinner a su esposa—. Eztá contento como unaz pazcuaz por el modo como hemoz criado a aquelloz pollueloz de allá abajo… Eztá contento como unaz pazcuaz.
Se inclinó confidencialmente hacia ella y dijo, tapándose la boca con la mano:
—Cree que ce debe a ece alimento que lez da.
E hizo un ruido de risa reprimida en su cavidad faríngea…
Bensington fue verdaderamente un hombre dichoso aquel día. Estaba dispuesto a no encontrar faltas en ningún detalle avícola. El brillo de aquel día ponía de relieve más vivamente de lo que había podido notar hasta entonces, la acumulada suciedad y desidia de los Skinner. Pero sus comentarios fueron amabilísimos. Las cercas de varios de los gallineros estaban estropeadas, pero Bensington pareció considerar totalmente satisfactoria la explicación de Skinner, cuando éste le dijo que era a causa de «una zorra o un perro o algo ací». Bensington se limitó a indicar que no se había limpiado la incubadora.
—Muy cierto, ceñor —repuso Skinner con los brazos cruzados y sonriendo astutamente por debajo de la nariz—. No hemoz tenido tiempo de limpiarla dezde que vinimoz aquí…
Bensington se dirigió al piso superior para examinar los boquetes abiertos por las ratas, y que, a juicio de Skinner, reclamaban la colocación de trampas, ya que ciertamente eran enormes, y descubrió entonces que el cuarto en que el Alimento de los Dioses se mezclaba con la harina y el salvado estaba en un desorden lamentable. Los Skinner eran de esa clase de personas que siempre encuentran un uso para los platos rajados, las latas viejas, los tarros de conservas y los botes de mostaza; el lugar estaba sembrado de todo eso. En un rincón se pudría un montón de manzanas que Skinner había guardado Dios sabe para qué, y de un clavo en la parte inclinada del techo pendían varias pieles de conejo con las que Skinner intentaba poner a prueba sus dotes de curtidor.
(–Poco habrá en cueztión de pielez y otraz cozaz que yo no cepa —dijo Skinner).
Es muy cierto que Bensington resolló desaprobando aquel desorden, pero no armó ningún escándalo inútil, y hasta cuando notó una avispa regodeándose dentro de una vasija a medio llenar de Heracleoforbia IV, simplemente hizo observar con toda amabilidad que sería mejor cubrir aquella sustancia para evitar que quedase expuesta a la humedad del aire de aquel modo.
Luego, bruscamente, se volvió hacia Skinner para decirle lo que había estado barruntando desde hacía rato.
—Me parece, Skinner…, que voy a matar uno de esos pollos… como muestra. Creo que podremos matarlo esta tarde, después de comer, y me lo llevaré a Londres.
Hizo como si mirara dentro de otra vasija, se quitó los lentes y los limpió.
—Me gustaría —dijo—, me gustaría muchísimo tener una muestra… un recuerdo… de esta cría tan especial, en este día también tan especial. Y, a propósito no les dará usted carne para comer a estos polluelos ¿verdad?
—¡Oh! No, ceñor —replicó Skinner—. Ce lo aceguro, ceñor Bencington. Zabemoz demaciado bien cómo hay que criar alas avez de corral de todo género, para hacer una coza cemejante.
—¿Está usted seguro de no haber echado aquí las sobras de su comida? Me ha parecido ver unos huesos de conejo esparcidos en un rincón del gallinero…
Pero cuando fueron a mirar se encontraron con que eran los huesos, algo mayores, de un gato, limpios y secos.