El alimento de los dioses
Capítulo II: — Los Amantes Gigantes
CAPÍTULO II
LOS AMANTES GIGANTES
I
Pero dio la casualidad de que, en aquellos días en que Caterham estaba haciendo campaña continua los niños del Alimento Estrella, antes de las elecciones generales que, en medio de las circunstancias más trágicas y terribles, debían llevarse al poder, aquella princesa gigante, aquella Serenísima Alteza, cuya nutrición en su más tierna infancia había jugado un papel tan importante en la brillante carrera del doctor Winkles, había llegado a Inglaterra desde el reino de su padre para algo muy importante. Estaba prometida, por razones de Estado, con cierto príncipe… y la boda tenía que manifestarse como un acontecimiento de gran significación internacional. Pero habían surgido misteriosos aplazamientos. El Rumor y la Imaginación colaboraron en la historia y se dijeron muchas cosas. Hubo rumores de que el príncipe había declarado que no quería que le tomasen el pelo, por lo menos hasta aquel extremo. El pueblo simpatizaba con él. Éste es el aspecto más importante del asunto.
Ahora bien, por extraño que parezca, es un hecho que la princesa gigante ignoraba en absoluto la existencia de otros gigantes, hasta que llegó a Inglaterra. Había vivido en un mundo donde el tacto constituye casi una pasión, y la reserva, la atmósfera en que se vive. Le habían ocultado este hecho, la habían aislado de la vista e incluso de la sospecha de toda forma gigantesca hasta que se cumpliera la fecha señalada para su viaje a Inglaterra. Hasta que vio al hijo de Redwood no tuvo la menor idea de que hubiera en el mundo otro gigante.
En el reino del padre de la princesa había grandes altiplanicies yermas y montañas baldías donde ella se había acostumbrado a vagar libremente. Le gustaba la salida y la puesta del sol y todo el gran espectáculo del firmamento, pero al hallarse entre un pueblo antaño tan democrático y tan vehementemente leal como el inglés, su libertad quedó muy restringida. La gente acudía a verla en carricoches, en trenes de excursión, en multitudes organizadas. Millares de personas recorrieron largas distancias en bicicleta para poder contemplarla, y la princesa tenía que levantarse muy temprano si quería poder pasear en paz. Era aún muy cerca del alba aquel día en que el joven Redwood se encontró con ella.
El Gran Parque contiguo al palacio donde ella vivía se extendía en una longitud de más de veinte millas hacia el oeste y el sur. Los castaños de sus avenidas se alzaban por encima de la cabeza de la princesa. Cada uno de los castaños al pasar ella por delante parecía ofrecerle una riqueza más abundante de flores que el árbol anterior. Durante un buen rato se conformó con la vista y el olor de los capullos, pero al final quedó vencida por tantos ofrecimientos y se puso a coger tantas flores que no se dio cuenta de la presencia del joven Redwood hasta que éste estuvo muy cerca.
Ella seguía andando por entre los castaños, con el amante que le deparaba el destino acercándose cada vez más, imprevisto, insospechado. Metió las manos por entre las ramas, quebrándolas y reuniéndolas en un ramo. Estaba sola en el mundo. Entonces…
Levantó la vista y en el acto se encontró con su pareja.
Necesitamos ahora poner nuestra imaginación en la estatura de él para ver la belleza que él vio. Aquella inaccesible grandiosidad que impide nuestra inmediata simpatía hacia ella, no existía para él. Allí había una graciosa muchacha, la primera persona que podía parecerle una pareja adecuada.
Ágil y esbelta, ligeramente vestida, con la fresca brisa matutina moldeándole los sutiles pliegues de la ropa sobre las líneas suaves y firmes de sus formas, y con una gran masa de floridos ramos de castaño en sus manos. El escote de su traje dejaba ver la blancura de su garganta y una suave redondez sombreada que se perdía de vista hacia los hombros. La brisa le había descompuesto unas hebras de sus cabellos castaños con ribetes rojizos, que le rozaban la mejilla. Tenía los ojos azules y grandes, y sus labios descansaban en la promesa de una sonrisa… mientras estiraba el cuerpo entre las ramas.
La joven se volvió hacia el recién llegado con sobresalto, lo vio y durante unos momentos permanecieron los dos mirándose. Para ella, la presencia de aquel joven fue tan asombrosa, tan increíble, que durante unos instantes al menos llegó a ser terrible. Él se acercó con la profunda sorpresa causada por una aparición sobrenatural; rompía todas las leyes establecidas en el mundo de ella. Era el joven entonces un muchacho de veintiún años, esbelto, con la misma tez morena y la misma gravedad de su padre. Iba vestido con ropas de sobrio y blando cuero, muy bien cortadas, que le daban un aspecto muy gallardo. Llevaba la cabeza descubierta en toda ocasión. Quedaron contemplándose; ella incrédulamente asombrada y él con su corazón latiendo desacompasadamente. Fue un momento sin preludio, el encuentro cardinal de sus vidas.
Para él la sorpresa fue menor. La había estado buscando y, no obstante, su corazón latía con gran rapidez. Se acercó a ella, despacio, con los ojos fijos en su semblante.
—Tú eres la princesa —dijo—. Mi padre me lo ha dicho. Eres la princesa a que le dieron el Alimento de los Dioses.
—Soy la princesa, sí —dijo ella, con los ojos abiertos de asombro—. Pero ¿tú quién eres?
—Soy el hijo del descubridor del Alimento de los Dioses.
—¿El Alimento de los Dioses?
—Sí, el Alimento de los Dioses.
—Pero…
Su semblante expresaba una perplejidad infinita.
—¿Qué es eso…? No comprendo. ¿El Alimento de los Dioses?
—¿No has oído hablar de él?
—¿Del Alimento de los Dioses? ¡No! —La princesa se puso a temblar violentamente. El color huyó de su rostro—. No sé nada —dijo—. ¿Quieres decir…?
—¿No lo sabías? —repitió él.
Y ella contestó con asombro por el descubrimiento:
—¡No!
El mundo entero y todo el significado del mundo estaba sufriendo un cambio para ella. Una rama de castaño se deslizó de su mano.
—¿Quieres decir que hay otros gigantes en el mundo? —repitió estúpidamente—. ¿Qué alguna clase de alimento…?
Él se convenció de la sinceridad del asombro de la joven.
—Pero ¿no sabes nada? —exclamó—. ¿Nunca has oído hablar de nosotros? ¿Tú, precisamente, a quien el Alimento ha hecho semejante a nosotros?
Todavía asomaba el terror en los ojos que lo miraban.
—No —susurró.
Le pareció que iba a echarse a llorar o a desmayarse. Luego, en un momento volvió a cobrar el dominio de sí misma y se encontró hablando y pensando con toda claridad.
—Todo esto me lo han ocultado —dijo—. Es como un sueño… He soñado… He soñado cosas así. Pero al despertar… ¡No! ¡Dime! ¡Dime! ¿Quién eres? ¿Qué es ese Alimento de los Dioses? Explícamelo despacio y con claridad. ¿Por qué me han ocultado que no estaba sola?