El alimento de los dioses

Capítulo IV

 

Su encuentro con Caterham fue totalmente distinto de como se lo había figurado. Había visto a aquel hombre sólo dos veces durante toda su vida, una vez en un banquete y otra vez en el salón de descanso de la Cámara de los Comunes, y su imaginación le había representado siempre, no el hombre, sino la creación de periódicos y caricaturistas, el legendario Caterham: Pulgarcito, el matador de gigantes, Perseo y todo lo demás. El elemento inherente a la personalidad humana le puso en desorden todo aquello.

No se encontró con el rostro de las caricaturas y retratos, sino con el de un hombre cansado y agobiado por el insomnio, un rostro arrugado y estirado, con el blanco de los ojos amarillento, con una boca de líneas débiles. Estaban allí, por cierto, los ojos castaño-rojizos, el pelo negro y el característico perfil aquilino del gran demagogo. Pero también había algo más que mataba de un golpe cualquier intento premeditado de retórica. Aquel hombre estaba sufriendo; estaba sufriendo agudamente una enorme tensión nerviosa. Desde el principio adoptó un aire como de personificarse a sí mismo. Al instante, con un solo gesto, con el más leve movimiento, le fue revelado a Redwood que Caterham se sostenía gracias a las drogas. El político introdujo el pulgar en el bolsillo de su chaleco, y después de unas frases más, prescindió de todo disimulo y deslizó un pequeño comprimido entre los labios.

Además, no obstante el esfuerzo que sobre él pesaba, a pesar del hecho de no tener razón y de ser una docena de años más joven que Redwood, aquella cualidad que había en él —algo que podríamos llamar magnetismo personal por falta de una palabra mejor— que le había hecho abrirse camino hasta llegar a la eminencia del desastre, seguía notándose en todo su ser. Con esto tampoco había contado Redwood. Ya desde el principio, en cuanto al curso y dirección de la conversación, prevaleció Caterham sobre Redwood. Las características de la primera fase de la entrevista fueron determinadas por él, y el tono y los procedimientos empleados fueron también de su iniciativa. Aquello sucedió como si fuera la cosa más natural del mundo.

Todos los proyectos de Redwood se desvanecieron ante su presencia. Le estrechó la mano antes de que Redwood recordara que se había propuesto evitar aquella familiaridad. Dio la tónica de su conferencia de un modo seguro y claro presentándola como una búsqueda de expedientes en una catástrofe común.

Si cometió algún error fue las veces que se dejó dominar por la fatiga y dejó de prestar una atención inmediata, dejándose llevar por el hábito propio de un mitin. Luego se irguió —durante toda la entrevista los dos personajes permanecieron de pie — y, apartando la mirada de Redwood, empezó a defenderse y a justificarse. En una ocasión incluso se le escapó:

—¡Caballeros…!

Quedamente, dilatándose poco a poco, empezó a hablar…

Hubo momentos en los que Redwood dejó de sentirse interlocutor comportándose como simple auditor de un monólogo. Se transformó en el espectador privilegiado de un extraordinario fenómeno. Se dio cuenta de algo así como una diferencia específica entre él y aquel individuo cuya hermosa voz lo estaba envolviendo y que seguía hablando y hablando. Aquella mentalidad era tan poderosa como limitada. De su energía conductora, de su peso personal, de su invencible olvido de ciertas cosas, brotó en la mente de Redwood la más grotesca y extraña de las imágenes. En vez de un antagonista que era un semejante suyo, un hombre susceptible de responsabilidad moral al que se podían dirigir razonables súplicas, Redwood vio a Caterham como algo raro, como una especie de rinoceronte monstruoso, como si dijéramos un rinoceronte civilizado, engendrado en la selva de los enredos democráticos, un monstruo de irresistible empuje e invencible resistencia. En todos los estrepitosos conflictos de aquella mañana, se erguía supremo. ¿Y más allá? Aquel hombre era un ser perfectamente dotado para abrirse camino por entre grandes multitudes de hombres. Para él no había falta que fuese más importante que la autocontradicción, ni ciencia más significativa que la reconciliación de los «intereses». Las realidades económicas, las necesidades topográficas, las casi intocadas minas de expedientes científicos, no existían para él más de lo que existían los ferrocarriles, los rifles o la literatura geográfica. Lo único que existía eran asambleas, juntas secretas y votos… votos por encima de todo. Él era la encarnación de millones de votos.

Y ahora, en la gran crisis, con los gigantes quebrantados, pero no derrotados, aquel monstruo de los votos se explicaba.

Era evidente que, incluso en las presentes circunstancias, aún tenía que aprenderlo todo. Ignoraba que hubiese leyes físicas y leyes económicas, cantidades y reacciones que todos los votos de la humanidad nemíne contradicente no pueden impedir y que si se desobedecen es a cambio de la destrucción. Ignoraba que hubiese leyes morales que no pueden doblegarse por la fuerza o por la moda del momento, so pena de que vuelvan a enderezarse con vindicativa violencia. Frente a una granada explosiva o «al Día del Juicio Final» era evidente para Redwood que aquel hombre habría ido a refugiarse detrás de algún voto cuidadosamente conseguido en la Cámara de los Comunes.

Lo que más le preocupaba en aquellos momentos no era la potencia que defendía aquella fortaleza allá lejos, hacia el sur, ni la derrota, ni la muerte, sino el efecto de todas esas cosas sobre su mayoría, que constituía la realidad principal de su vida. Tenía que derrotar a los gigantes o resignarse a quedar políticamente deshecho. No estaba en absoluto desesperado. En aquella hora de su más tremendo fracaso, con sangre y desastres en las manos y la promesa segura de un desastre inminente todavía más terrible, con los destinos del mundo alzándose imponentes por encima de su cabeza, era aún capaz de creer que por simple efecto de su voz, por medio de explicaciones y declaraciones podría todavía reconstruir su poder. Estaba perplejo y afligido, sin duda alguna, muy cansado y dolorido, pero si tan sólo pudiera sostenerse como hasta ese momento, si pudiese continuar hablando.

A medida que Caterham hablaba, le parecía a Redwood que avanzaba y retrocedía, que se dilataba y se contraía. La participación de Redwood en la conversación fue puramente subsidiaria, como si fuera metiendo cuñas en ella, de vez en cuando: «Eso son tonterías…», «No…», «No vale la pena ni de insinuarlo…», «Entonces, ¿por qué empezó usted…?».

Es posible que Caterham ni siquiera lo oyera. Alrededor de estas interpolaciones, el discurso de Caterham fluía como un rápido torrente alrededor de una roca. Allí estaba, pues, aquel hombre increíble, de pie sobre su alfombra oficial, hablando, hablando como si cualquier pausa de su charla, en sus explicaciones, en la exposición de sus puntos de vista y aspectos, en sus consideraciones y expedientes, fuera a permitir que alguna influencia antagonista entrara de un salto en la realidad… en la realidad oral, la única que él podía comprender. Allí estaba aquel hombre, en medio de los esplendores levemente deslucidos de aquella estancia oficial, en la que un hombre tras otro habían sucumbido a la creencia de que cierto poder de intervención era el control creador de un imperio…

Cuanto más hablaba Caterham, tanto más iba creciendo y afirmándose en Redwood una sensación de futilidad. ¿Se daba cuenta aquel hombre de que mientras estaba hablando, el mundo entero cambiaba? ¿Se daba cuenta de que la invencible marea, el crecimiento, iba en aumento más y más, y de que había otras horas que las parlamentarias y otras armas en manos de los Vengadores de Sangre? Por fuera, oscureciendo la habitación casi por entero, una simple hoja de parra gigante de Virginia daba golpecitos en los cristales sin que nadie le prestara atención.

Redwood sintió el deseo de terminar aquel asombroso monólogo para escapar hacia la cordura y el sano juicio, hacia aquel campamento asediado, la fortaleza del futuro, donde, en el mismo núcleo de la grandeza, los Hijos se habían agrupado. Por esto aguantaba aquella charla. Tenía la curiosa impresión de que, a menos que aquel monólogo terminara de una vez, se encontraría arrastrado por él y que, por lo tanto, debía luchar contra la voz de Caterham del mismo modo que se lucha contra una droga. Los hechos se habían alterado y seguían alterándose bajo aquel encanto.

¿Qué estaba diciendo aquel hombre? Como Redwood tenía que transmitirlo a los Niños del Alimento, notó que aquello importaba mucho. Tenía que atender a lo que decía el otro y mantener al mismo tiempo su sentido de la realidad tan bien como pudiera. Caterham hablaba mucho de delitos de sangre. Aquello era elocuencia. No tenía la menor importancia. ¿Qué venía después?

¡Sugería una convención!

Sugería que los Niños del Alimento sobrevivientes capitulasen y se marcharan a otra parte para formar una comunidad propia. Dijo que había precedentes.

—Les podremos asignar un territorio…

—¿Dónde? —preguntó Redwood, dispuesto a discutir.

Caterham se aprovechó de aquella concesión. Volvió la cara hacia Redwood y su voz descendió a un tono de razonable persuasión. Aquello ya podría determinarse más adelante. Era, según Caterham, una cuestión totalmente subsidiaria. Y prosiguió estipulando:

—Y exceptuando la vida de ellos y el lugar donde se hallen, nosotros deberemos poseer el absoluto control y el Alimento y todos los Frutos del Alimento deberán ser aniquilados…

Redwood comenzó a regatear.

—¿Y la princesa?

—Es cuestión aparte.

—No —replicó Redwood luchando para volver a su terreno inicial—. Sería absurdo.

—Eso ya vendrá luego. De todos modos, estamos de acuerdo en que la fabricación del Alimento debe cesar…

—Yo no estoy para nada de acuerdo con eso. Yo no he dicho nada…

—¡Pero no puede ser que en un solo planeta haya dos razas de hombres, una grande y otra pequeña! ¡Considere lo que ya ha ocurrido! ¡Considere que esto es sólo una pequeña demostración de lo que puede ocurrir si este Alimento sigue haciendo de las suyas! ¡Considere todo lo que usted ha hecho sufrir ya a este mundo! Si tiene que haber una raza de gigantes que vayan creciendo y multiplicándose…

—No quiero discutir —dijo Redwood—. Debo ir a ver a nuestros hijos. Quiero ir a ver a mi hijo. Por eso he venido a verle usted. Dígame exactamente cuál es su oferta.

Caterham hizo un discurso sobre sus condiciones.

A los Niños del Alimento se les adjudicaría un gran territorio, en Norteamérica o en África, donde pudieran vivir sus vidas del modo que mejor les pareciese.

—¡Esto es una sandez…! —gritó Redwood—. Hay otros gigantes en el extranjero. ¡En toda Europa… por doquier!

—Podría establecerse una convención internacional. No sería imposible. Ya se ha hablado de algo semejante… Pero en este territorio de reserva, ellos podrían seguir su vida a su manera. Podrían hacer lo que quisieran, podrían fabricar lo que les diese la gana. Nosotros nos sentiríamos muy satisfechos si quisieran fabricar objetos. Pueden ser muy dichosos allí. ¡Piénselo!

—A condición de que no haya más descendencia.

—Precisamente. Los hijos son para nosotros. Y así, señor, salvaremos al mundo, lo salvaremos por completo de los frutos de su terrible descubrimiento. No es aún demasiado tarde. Sólo que estamos dispuestos a suavizar la rapidez de ejecución con la clemencia. Ahora mismo estamos quemando y chamuscando los sitios afectados por los obuses que dispararon ayer. Podemos neutralizar sus efectos. Esté usted seguro de que podemos neutralizarlos. Pero sin crueldades, sin injusticias…

—¿Y si los Niños no aceptan?

Por primera vez, Caterham miró a Redwood cara a cara.

—¡Deben aceptar!

—Yo no creo que acepten.

—¿Y por qué no? —preguntó Caterham con un estupendo tono de asombro.

—Supongamos que no acepten.

—Entonces, ¿qué recurso queda sino la guerra? No podemos permitir que todo continúe así. ¡No podemos, señor! ¿Es que ustedes, los hombres de ciencia, conocen de imaginación? ¿Es que carecen de la clemencia? No podemos permitir que nuestro mundo sea pisoteado por un creciente hatajo de monstruos como los que ha producido su Alimento. No podemos y no queremos. Y yo le pregunto a usted: ¿qué significa esto, sino la guerra? Y recuérdelo bien… Lo que acaba de ocurrir es únicamente el principio. Esto ha sido sólo una escaramuza, un simple asunto policial. Créame usted, un simple asunto policial. No se deje engañar por la perspectiva, por la inmediata magnitud de estos nuevos individuos. Detrás de nosotros está la nación… está la humanidad. Detrás de los millares de seres que han muerto, hay millones. Si no hubiese sido por el temor de tener que derramar más sangre todavía, señor, detrás de nuestras primeras líneas se estarían formando otras líneas de ataque, incluso ahora. Yo no sé si podremos acabar completamente con ese Alimento, ¡pero lo que sí puedo asegurarle es que podemos matar a todos sus hijos! Usted toma demasiado en cuenta los acontecimientos de ayer, los sucesos ocurridos en una veintena de años, en una sola batalla. Usted no tiene idea del lento curso de la historia. Yo ofrezco este acuerdo para salvar unas cuantas vidas, no porque pueda alterar el final inevitable. Si usted cree que sus dos docenas de gigantes pueden resistir a todas las fuerzas aunadas de nuestro pueblo y de todas las naciones extranjeras que vendrán en nuestra ayuda, si usted cree que puede cambiar a la Humanidad de un soplo, en una sola generación, alterando la naturaleza y la estatura del Hombre…

Y haciendo un amplio gesto con el brazo, añadió:

—¡Vaya a verlos ahora, señor! Véalos, agazapados alrededor de sus heridos, pagando todo el daño que han hecho…

Se interrumpió como si, por casualidad, hubiese visto al hijo de Redwood.

Hubo una larga pausa.

—Vaya a verlos —dijo.

—Eso es lo que quiero.

—Entonces, vaya ahora mismo…

Dio media vuelta y oprimió el botón del timbre. Afuera, en respuesta, se oyó el ruido de unas puertas que se abrían y de pasos apresurados.

La conversación había acabado. La exhibición había tocado a su fin. Bruscamente Caterham pareció contraerse, arrugarse hasta transformarse de nuevo en un hombre de mediana edad, de mediana estatura, en el rostro amarillento y un aspecto cansino. Dio un paso hacia delante, como si saliera del marco de un cuadro, y asumiendo por completo la amistosa cortesía que hay detrás de todos los conflictos públicos de nuestra raza, tendió su mano a Redwood.

Como si fuera la cosa más natural del mundo, Redwood le estrechó la mano por segunda vez.