El alimento de los dioses
Capítulo VI
Cuando la Expedición acabó su refrigerio, ya había caído la noche. Las estrellas ostentaban su máximo fulgor y la creciente palidez que se extendía por el lado de Hankey era el heraldo de la luna. Se había mantenido la guardia las ratoneras, pero los centinelas se habían trasladado a la pendiente del cerro, por encima de las aberturas, considerando que desde aquel puesto sería más ventajoso disparar. Acamparon allí, sobre el suelo cubierto de rocío, combatiendo la humedad con whisky. Los demás permanecieron descansando en la casa, y los tres líderes discutieron la tarea nocturna con los hombres. La luna salió a medianoche, y tan pronto como su disco se hubo desprendido del horizonte, todos los componentes de la expedición, excepto los centinelas de la ratonera, se pusieron en marcha en fila india hacia los avisperos, con la conducción de Cossar.
En lo que al avispero se refiere, encontraron la tarea muy fácil, asombrosamente fácil. Excepto del hecho de ser una labor prolongada, no fue más serio de lo que habría sido con un avispero corriente. Hubo peligro, sin duda alguna, peligro de muerte, pero nunca llegó a materializarse en aquella portentosa ladera. Embutieron el azufre y el salitre, enyesaron a conciencia los agujeros y prendieron fuego al combustible. Luego, en un común impulso, todo el grupo —excepto Cossar— dio media vuelta y echó a correr a través de las alargadas sombras de los pinos; viendo que Cossar se había quedado atrás, se detuvieron apiñándose a una distancia de un centenar de metros, al lado de una zanja muy conveniente que podría servir de refugio. Durante uno o dos minutos, la noche bañada por el resplandor lunar, todo blanco y negro, se llenó de un sofocado zumbido, que fue elevándose hasta convertirse en una especie de rugido, en una nota profunda y sostenida, que, después de su culminación, fue amortiguándose y murió; y entonces, de un modo casi increíble, la noche quedó silenciosa.
—¡Por Júpiter! —exclamó Bensington—. ¡Ya está!
Todos prestaron atención. La ladera, por encima de los negros encajes de las sombras de los pinos, parecía tan clara como de día y tan incolora como la nieve. El yeso, secándose en los agujeros del avispero, brillaba. El desgarbado corpachón de Cossar se dirigió hacia ellos.
—Hasta ahora… –empezó a decir Cossar.
¡Crac…! ¡Bang…!
Un disparo desde cerca de la casa, y luego… silencio.
—¿Qué fue eso? —preguntó Bensington.
—Una de las ratas que habrá asomado el hocico —supuso uno de los hombres.
—A propósito; nos hemos dejado las armas allá arriba —dijo Redwood.
—Sí, al lado de los sacos.
Todo el mundo echó a andar montaña arriba otra vez.
—Deben de ser las ratas —dijo Bensington.
—¡Evidentemente! —repuso Cossar, mordisqueándose las uñas.
¡Bang!
—¡Ehhh! —exclamó uno de ellos.
Entonces, bruscamente, se oyó un grito, dos disparos, otro grito mucho mayor que era casi un alarido, tres disparos en rápida sucesión, y un ruido de madera que se astilla. Todos estos ruidos se percibieron muy claramente, como elementos muy pequeños dentro de la inmensa quietud de la noche. Luego, durante algunos momentos no se oyó nada, sino una breve confusión sorda procedente de la dirección de las ratoneras, y luego, otra vez, un aullido salvaje… Cada uno de los hombres echó a correr en busca de sus fusiles.
Dos disparos.
Bensington se encontró, fusil en la mano, andando dificultosamente por entre los pinos, detrás de unas cuantas espaldas que retrocedían. Lo curioso es que su idea principal en aquel momento estaba centrada en el deseo de que su prima Jane pudiese verlo. Sus botas bulbosas y cortajeadas se movían desacompasadamente dando grandes zancadas y su rostro estaba contorsionado por una permanente sonrisa forzada, ya que así se le arrugaba la nariz y podía mantener los lentes en su sitio. Tenía la boca del arma de fuego proyectada horizontalmente frente a él, mientras iba transitando por la cuadrícula iluminada y sombreada por la luz de la luna. El hombre que había echado a correr se encontró con el grupo corriendo a toda velocidad… ¡Había perdido su fusil!
—¡Eh! —dijo Cossar tomándole en sus brazos—. ¿Qué pasa?
—Salieron todas juntas —contestó el hombre.
—¿Las ratas?
—Sí. Seis.
—¿Dónde está Flack?
—Abajo.
—¿Qué dice? —jadeó Bensington, pero nadie le prestó atención.
—¿Flack está abajo?
—Cayó… Salieron una tras otra.
—¿Qué?
—Una acometida. Disparó con los dos cañones.
—¿Y ha abandonado a Flack?
—Se nos echaron encima.
—¡Vamos! —ordenó Cossar—. Usted se viene con nosotros. ¿Dónde está Flack? Enséñenos el sitio.
El grupo entero comenzó a avanzar. Otros detalles de la refriega fueron surgiendo de la boca del fugitivo. Los otros se apiñaban a su alrededor, excepto Cossar que iba en cabeza.
—¿Dónde están?
—Habrán vuelto a sus madrigueras, quizá. Yo me escapé. Las ratas echaron a correr hacia la entrada de la ratonera.
—¿Qué quiere decir? ¿Ustedes dos estaban quizá detrás de ellas?
—Nos metimos en la madriguera. Vimos que iban a salir e intentamos cortarles la salida. Salieron a saltos… como conejos. Apuntamos y disparamos. Empezaron a correr de un lado para otro como locas, después de nuestro primer disparo, y, de repente, se nos echaron encima. Venían a por nosotros.
—¿Cuántas?
—Seis o siete.
Cossar siguió el sendero hasta el límite del pinar y allí se detuvo.
—¿Quiere usted decir que cogieron a Flack? —preguntó alguien.
—Una de las ratas se abalanzó sobre él.
—Y usted, ¿no disparó?
—¿Cómo podía disparar?
—¿Todos llevan el arma cargada? —preguntó Cossar por encima del hombro.
Hubo un movimiento afirmativo.
—Pero Flack… —murmuró uno.
—¿Quiere usted decir que Flack…? —protestó otro.
—No hay tiempo que perder —dijo Cossar. Y gritó—: ¡Flack…! —mientras seguía andando a la cabeza del pelotón. Avanzaron hacia las ratoneras con el hombre que había escapado en la retaguardia del grupo. Se adelantaron por entre los enormes hierbajos y dieron un pequeño rodeo para no tropezar con el cadáver de la segunda rata muerta. Se extendieron formando una línea sinuosa, cada hombre apuntando con su fusil, escrutándolo todo bajo la clara luz lunar en busca de alguna silueta sospechosa, de alguna ominosa forma agazapada. Encontraron el seguida el fusil del hombre que había echado a correr a escape.
—¡Flack! —gritó Cossar—. ¡Flack…!
—Echó a correr por entre las ortigas y se cayó —confesó el hombre que había huido.
—¿Dónde?
—Por allá.
—¿Dónde cayó?
El hombre vaciló y los condujo a través de las alargadas sombras negras durante un trecho. Luego se volvió.
—Creo que por aquí.
—Bueno, pues ahora ya no está.
—Pero ¿y su fusil…?
—¡Maldición! —exclamó Cossar—. ¿Dónde habrá ido?
Dio un paso hacia las negras sombras de la ladera que ocultaban las ratoneras y se quedó mirando fijamente. Luego volvió a soltar un terno.
—¡Si se lo han llevado a rastras…!
Durante unos momentos se quedaron sin hacer nada, comunicándose con fragmentos de ideas. Los lentes de Bensington brillaban cómo diamantes al fijar la mirada en sus acompañantes. Los rostros de los hombres cambiaban de una fría claridad a una misteriosa oscuridad, según se pusieran de cara o a espaldas a la luna. Todo el mundo hablaba, pero nadie completaba una frase. Entonces, Cossar, bruscamente, tomó una decisión. Empezó a agitar los brazos en todas direcciones y a lanzar órdenes como si fueran perdigones. Era evidente que necesitaba lámparas. Todos, menos Cossar, se dirigieron hacia la casa.
—¿Se va usted a meter en las ratoneras? —preguntó Redwood.
—Evidentemente —dijo Cossar.
Precisó una vez más que necesitaba que le trajeran los faroles del carro y el coche.
Bensington aprovechó la ocasión y echó a andar por el sendero del pozo. Miró por encima del hombro y vio la destacada y gigantesca figura de Cossar, como si estuviese contemplando las ratoneras pensativamente. Ante aquel espectáculo, Bensington se detuvo un momento y se volvió. ¡Estaban todos abandonando a Cossar…!
Cossar era perfectamente capaz de arreglarse solo, desde luego.
De repente, Bensington vio algo que le hizo gritar sin que le saliera la voz:
—¡Ay!
En un instante tres ratas se habían proyectado hacia Cossar, saliendo de la oscura maraña de la enredadera. Durante tres segundos éste no se dio cuenta de su presencia, y en seguida se transformó en la cosa más activa que hubiera en el mundo. No disparó un tiro. Al parecer no tuvo tiempo de afinar la puntería, ni de apuntar siquiera. Bensington vio como se agazapaba ante el salto de una rata y cómo le aplastaba la nuca con la culata del fusil. El monstruo dio un brinco y giró sobre sí mismo, cayendo al suelo.
La silueta de Cossar se perdió de vista entre la hierba que más bien parecía cañaveral, y luego volvió a surgir, corriendo hacia otra de las ratas y volteando su fusil por encima de la cabeza. Un débil grito llegó a oídos de Bensington, y entonces percibió a las dos ratas restantes saliendo a escape en direcciones divergentes, mientras Cossar les perseguía hacia las ratoneras.
Toda aquella escena se desarrolló en medio de sombras brumosas; los tres monstruos atacantes se veían exagerados e irreales debido a la claridad de la luz. En ciertos momentos Cossar parecía un coloso y en otros momentos se hacía invisible. Las ratas pasaron por el campo visual dando súbitos e inesperados saltos o corriendo con un movimiento rápido de las patas que más parecían ir sobre ruedas. Todo sucedió en menos de medio minuto. Nadie lo vio, excepto Bensington, que podía oír a los demás retrocediendo aún hacia la casa. Gritó algo inarticulado y echó a correr hacia Cossar, mientras las ratas desaparecían.
Lo alcanzó en la entrada de las ratoneras. Bajo la luz de la luna las sombras que constituían el semblante de Cossar demostraba una calma absoluta.
—¡Hola! —le dijo—. ¿Ya de vuelta? ¿Dónde están los faroles? Todas han vuelto a sus madrigueras. Le rompí el cuello a una que me pasó por delante… ¿Ve usted? ¡Allí! —Y señaló con su dedo descarnado.
Bensington se hallaba demasiado estupefacto para poder seguir la conversación…
Pareció interminable el tiempo que tardaron en llegar los faroles. Por fin aparecieron, primero un ojo de firme luminosidad, y precedido de un oscilante resplandor amarillento, y luego, centelleando y brillando irregularmente, otros dos. A su alrededor venían unas pequeñas figuras con sus correspondientes vocecillas, y luego unas sombras enormes. Este grupo proyectó una especie de foco de luz sobre el gigantesco paisaje onírico bañado por los rayos de la luna.
—¡Flack! —iban diciendo las voces—. ¡Flack!
Una frase luminosa salió a flote.
—Se habrá encerrado en el desván.
Cossar iba siendo cada vez más excepcional. Sacó de alguna parte unos grandes puñados de algodón en rama y se tapó con ellos los oídos… Bensington se preguntó por qué. Luego cargó su fusil con una cuarta parte de una carga de pólvora. ¿Quién otro habría podido pensar en ello? El país de maravilla culminó con la desaparición de las suelas de las botas de Cossar por la madriguera central.
Cossar iba a cuatro patas con dos fusiles, que arrastraba a ambos lados, sujetos por un cordel que le pasaba por debajo del mentón, y su ayudante de confianza, un hombrecillo moreno de facciones graves, tenía que ir detrás de él doblado por la cintura y sosteniéndole un farol por encima de la cabeza. Todo se había proyectado de un modo tan cuerdo y apropiado como el sueño de un loco. El algodón en rama, según parece, tenía por objeto evitar la conmoción del rifle. El hombre que seguía a Cossar también se había puesto algodón en los oídos. ¡Evidentemente! Mientras las ratas huyeran de Cossar no podría acaecerle daño alguno, y si daban media vuelta y se dirigían directamente a él, vería sus ojos y dispararía apuntando entre medio de ellos. Como que tendrían que pasar por el cilindro de la madriguera, Cossar no podía fallar el tiro. Insistió en que éste era el método evidente, quizás algo fastidioso, pero absolutamente seguro. Al inclinarse el ayudante para entrar, Bensington vio que un ovillo de bramante estaba sujeto a los faldones de su chaqueta. Por este ovillo tenía que tirar del bramante, si se hiciera necesario arrastrar hacia fuera los cadáveres de las ratas.
Bensington se dio cuenta de que el objeto que sostenía en la mano era el sombrero de Cossar.
¿Cómo había llegado allí…?
Sería recuerdo suyo, al menos.
En cada una de las salidas adyacentes había un pequeño grupo con un farol iluminando la madriguera correspondiente, y uno de los hombres se hallaba arrodillado, apuntando al redondo vacío que se abría ante él, como si esperara que de allí surgiera algo.
Se hizo un silencio interminable.
Luego oyeron el primer disparo de Cossar, como una explosión en una mina…
Los nervios y los músculos de todos se pusieron tensos al oírlo, y ¡bang!, ¡bang!, ¡bang! Las ratas habían intentado escapar y dos más habían muerto. Después, el hombre que sostenía el ovillo indicó una sacudida.
—Ha matado a una y quiere el bramante —dijo Bensington.
Se quedó observado cómo el bramante penetraba en la ratonera, y le pareció como si se hubiese animado de repente con una inteligencia oscura porque la oscuridad lo hacía invisible. Por fin dejó de arrastrarse y se hizo una larga pausa. Luego, lo que a Bensington le pareció ser un monstruo rarísimo salió arrastrándose lentamente del agujero y se revolvió en el pequeño espacio saliendo de espaldas. Después de él, y haciendo profundos surcos en el suelo, aparecieron las botas de Cossar, y a continuación su espalda iluminada por el farol…
Sólo quedaba una rata viva, y la infeliz, sentenciada a muerte, se ocultaba en los rincones más apartados de la ratonera, hasta que Cossar entró de nuevo y la mató. Por último, Cossar, el hurón humano, volvió a hacer una inspección general para asegurarse.
—Ya las tenemos —dijo a sus asombrados compañeros—. Y si yo no hubiese sido un tonto de capirote me habría desnudado hasta la cintura. Evidentemente. ¡Tóqueme las mangas, Bensington! Estoy empapado de sudor. No se puede pensar en todo. Únicamente una media borrachera de whisky me salvará de un resfriado.