El alimento de los dioses

Capítulo Dos — El Chiquillo Gigante

CAPÍTULO DOS

 

EL CHIQUILLO GIGANTE

I

 

El vicario insistía en que el niño gigante era feo.

—Siempre ha sido feo… como todo lo que es excesivo.

Las opiniones del vicario lo habían desviado de un recto juicio en este asunto. El niño era retratado con mucha frecuencia, a pesar de su rústico retiro, y el testimonio de las fotografías está en contra del vicario, atestiguando que el joven monstruo fue en un principio casi hermoso, con unos copiosos rizos que le llegaban hasta la frente y una gran facilidad para la sonrisa. Generalmente, Caddles, que era hombre de escasa estatura, aparece sonriendo detrás del niño y la perspectiva acentúa todavía más su pequeñez relativa.

Al cumplir el segundo año, el aspecto del niño se hizo más sutil y más discutible. Empezó a crecer, como su infortunado abuelo hubiera sin duda expresado, «lozano». Perdió algo de color y desarrolló un creciente efecto de ser, aunque colosal, algo delicado. Y, en realidad, así era. Los ojos y algo más que había en su rostro se afinaron, se hicieron, como dice la gente, «interesantes». El cabello, después de habérselo cortado una vez, empezó a crecer de forma enmarañada, de tal manera que se convirtió en una verdadera mata.

—Es la vena de degeneración que aparece en él —dijo el médico del pueblo, señalando estas características.

Sin embargo, si estaba o no en lo cierto y si el paso del chiquillo desde una salud ideal a aquel estado de cosas fue el resultado de vivir por entero dentro de un granero fregado y blanqueado y dependiendo del sentido de caridad, templado por el de justicia, de Lady Wondershoot, es un tema que se presta a discusión.

Las fotografías del niño desde los tres a los seis años nos lo muestran convirtiéndose en un chiquillo de ojos redondos, blondo cabello, nariz truncada y mirada amistosa. En sus labios acecha aquella insinuación de sonrisa, nunca muy remota, que exhiben todas las fotografías de los primeros niños gigantes. Durante el verano lleva unas ropas muy sueltas de terliz cosidas con bramante; se cubre generalmente la cabeza con uno de esos cestos de paja que los trabajadores usan para poner sus herramientas, y va descalzo. En uno de esos retratos muestra una amplia sonrisa y tiene en la mano un melón mordisqueado.

Los retratos hechos en invierno son menos numerosos y satisfactorios. En ellos lleva enormes zuecos, sin duda de madera de haya, y (tal como lo demuestran los fragmentos de la inscripción «John Stickells, Iping») sacos por calcetines, sus pantalones así como su chaqueta han sido inequívocamente cortados de los restos de una alfombra de alegre diseño. Debajo de aquello hay burdos pañales de franela; cinco o seis metros de franela están arrollados alrededor de la garganta, a guisa de bufanda. —Lo que lleva en la cabeza es, probablemente otro saco. Siempre mira la cámara fotográfica, a veces sonriente, a veces con mirada triste. Ya desde que tenía cinco años se puede ver aquel voluntarioso fruncimiento de la frente, sobre sus dulces ojos pardos, que caracteriza su semblante.

Constituyó desde el principio, según declaró siempre el vicario, un terrible trastorno para el pueblo. Parece haber tenido un impulso proporcionado al juego, mucha curiosidad y sociabilidad y, además, había un cierto anhelo en su interior (y lamento tener que decirlo) para comer aún más. A pesar de lo que Greenfleld calificaba como un «excesivamente generoso» suministro de alimentos por parte de Lady Wondershoot, el niño exhibía lo que el médico percibió en seguida como un «Apetito Criminal». Confirma hasta de un modo demasiado completo el peor aspecto de la experiencia que de las clases humildes había adquirido Lady Wondershoot, el hecho de que, a pesar de un suministro nutritivo enormemente por encima de lo que se considera como la necesidad máxima, incluso de un adulto, se descubrió un día que el chico robaba. Y lo que robaba se lo comía con poco elegante voracidad. Su manaza pasaba por encima de las tapias de los jardines y se dedicaba a coger el pan del carro del panadero. Los quesos desaparecían del almacén de Marlow, ni la gamella de los cerdos estaba libre de sus asaltos. Algún que otro aldeano al pasar por su campo de nabos se encontraba con las grandes huellas de los pies del niño y las pruebas de su hambre roedora, una raíz sacada de aquí, otra de allá, y los hoyos, con astucia infantil, torpemente disimulados. Se comía un nabo como si devorase un rábano. Si no había nadie que lo viera, se comía las manzanas del árbol, igual que los niños normales comen moras del moral. De todos modos, en cierto aspecto, esta escasez de provisiones fue beneficiosa para la paz de Cheasing Eyebright, porque durante muchos años se tragó hasta el último grano que se le dio del Alimento de los Dioses…

Indiscutiblemente el chico era muy molesto y se hallaba fuera de lugar.

—Siempre está en todas partes —decía el vicario.

No podía asistir a la escuela; no podía ir a la iglesia en virtud de las obvias limitaciones de su volumen cúbico. Hubo un intento de dar satisfacción al espíritu de aquella «disparatada y destructiva ley» —cito las palabras del vicario—, o sea, la Ley de Instrucción Elemental de 1870, haciendo que se sentara en la parte de fuera de la ventana abierta mientras se dictaba la clase pertinente en la parte de dentro. Pero su presencia allí quebrantaba la disciplina de los demás niños, los cuales siempre estaban sacando la cabeza por la ventana y mirándolo embobados, y cada vez que hablaba estallaban en carcajadas. ¡Tenía una voz tan extraña! Por consiguiente, dejaron que no asistiera a la escuela. Tampoco insistieron en que fuera a la iglesia porque sus vastas proporciones no eran de ninguna ayuda a la devoción. Y, no obstante, en este aspecto su tarea habría podido ser más fácil; hay buenas razones para suponer que dentro de aquel inmenso corpachón se albergaban los gérmenes de un sentimiento religioso. La música lo atraía. Se le veía a menudo en el cementerio parroquial los domingos por la mañana buscando su camino entre las tumbas, con mucho cuidado, después de haber entrado en la feligresía, y durante todo el servicio religioso permanecía sentado afuera, al lado del pórtico, escuchando como se escucha desde afuera una colmena de abejas. Al principio mostró cierta falta de tacto. Los fieles que se hallaban dentro de la iglesia oían los crujidos de los guijarros bajo sus pies inquietos alrededor del templo o perciban su borrosa cara mirando a través de los vitrales de los ventanales, mitad curiosa, mitad envidiosa, y, a veces, algún himno sencillo lo cogía por sorpresa y se le oía aullar lúgubremente en un gigantesco intento de cantar al unísono con todos. Al oírse aquella voz, el pequeño Sloppet, que hacía las funciones de entonador, de perdiguero, de muñidor, de enterrador, de sacristán y de campanero los domingos, además de ser cartero y deshollinador los demás días de semana, salía rápidamente con gran valentía y lo echaba de allí con mucha pesadumbre. Sloppet (y me complazco en hacerlo constar así) se sentía apesadumbrado por ello, al cable iba de aquí para allá, con el cuello alargado, buscando, siempre buscando la manera de satisfacer las dos necesidades primordiales de la infancia: algo para comer y algo con que jugar.

Entonces aparecía una mirada de respeto furtivo en los ojos de la criatura y un intento de tocarse a modo de saludo la enmarañada greña que le caía sobre la frente.

Dentro de sus estrechos límites, el vicario poseía cierta imaginación —por lo menos los restos de una imaginación—, y respecto al joven Caddles dio en pensar en la enorme fuerza que semejante musculatura debía poseer. ¿Y si se volviera loco de repente…?

—¡Supongamos una mera falta de respeto…!

—Sin embargo, el verdadero valiente no es el hombre que no tiene miedo, sino el que teniéndolo sabe vencerlo. En todas y cada una de estas ocasiones, el vicario no dejó en libertad su imaginación. Y siempre que se dirigía al joven Caddles lo hacía rígidamente, con una clara voz de tenor litúrgico.

—¿Eres buen chico, Albert Edward?

Y el joven gigante, arrimándose a la pared y ruborizándose intensamente, respondía:

—Sí señor… Trato de serlo.

—Pues anda con cuidado —decía el vicario, pasando por su lado con una ligera aceleración de la respiración, todo lo más. Y por el respeto que tenía a su propia hombría, fuera lo que fuese lo que se imaginara, no volvía la cabeza hacia el peligro una vez había pasado por su lado.

El vicario daba clases particulares al joven Caddles de un modo caprichoso. Nunca le enseñó a leer —no lo necesitaba—, pero le enseñó los puntos importantes del catecismo: sus deberes para con sus vecinos, ya que no semejantes, por ejemplo, y para con la Divinidad que castigaría a Caddles con extraordinaria ansia de venganza si por casualidad éste se aventuraba a desobedecer al vicario o a Lady Wondershoot. Las lecciones tenían lugar en el patio de la vicaría y los transeúntes podían oír muy bien como aquel inseguro vozarrón infantil canturreaba como un zángano las enseñanzas esenciales de la Iglesia Oficial.

—Honrar y obedecer al Rey y a todos aquellos que gozan de autoridad bajo su mando. Someterme a todos mis tutores, maestros, pastores y profesores. Considerarme inferior y reverenciar a mis superiores…

Al poco tiempo se vio que el efecto producido por el gigante sobre los caballos que no estaban acostumbrados a verlo era igual que el de un camello y, por lo tanto, se le conminó a mantenerse lejos de la carretera, ni siquiera acercarse al vivero de árboles (donde su sonrisa bobalicona por encima de la tapia había exasperado extraordinariamente a Lady Wondershoot), sino que se apartara de allí todo lo posible. Fue esta una ley que nunca llegó a cumplir del todo a causa del gran interés que para él tenía la carretera. Pero transformó lo que había sido su constante punto de referencia en un placer secreto. Por fin quedó limitado casi enteramente a la zona de pastoreo y los campos fuera del pueblo.

No sé lo que hubiese hecho a no ser por los campos. Allí había espacios por donde vagar millas y millas, y por estos espacios vagaba. Desgajaba ramas de los árboles y hacía con ellas grandes ramilletes insensatos, hasta que también esto le fue prohibido. Cogía las ovejas y las ponía en bien formadas hileras, de las que las ovejas se escapaban en seguida (cosa que le hacía invariablemente reír a carcajadas) hasta que también esto le fue prohibido. Cavaba en la turba grandes hoyos injustificables, hasta que también esto le fue prohibido…

Vagabundeaba por la meseta hasta la colina que se yergue por encima de Wreckstone, pero no iba más allá, porque allí ya empezaba la tierra de cultivo, y los campesinos, a causa de sus depredaciones sobre sus cosechas de raíces comestibles e inspirados por una especie de timidez hostil que su presencia frecuentemente provocaba, azuzaban contra él sus perros ladradores para ahuyentarle. Hasta lo amenazaban y fustigaban con látigos. Incluso me han dicho que llegaron a disparar contra él con escopetas. Y en la otra dirección llegaba hasta otear Hickleybrow. Desde lo alto de Thursley Hanger podía ver el ferrocarril de Londres a Chatham y Dover, pero una serie de campos arados y una aldea sospechosa impedían su aproximación.

Y después aparecieron unos grandes tableros con inscripciones en letras rojas que le impedían el paso en todas direcciones. No podía entender lo que decían las letras: «Prohibido el paso», pero al cabo de poco tiempo lo comprendió. Se lo podía ver en aquellos días, por los pasajeros del tren, sentado, con el mentón apoyado en las rodillas, encumbrado en lo alto del altozano, muy cerca de las minas de yeso de Thursley, donde más tarde se le puso a trabajar. El tren parecía inspirarle una borrosa emoción amistosa y a veces lo saludaba con su enorme manaza, y otras veces saludaba con un rústico grito incoherente.

—¡Qué grande es! —exclamaban los pasajeros asomados a las ventanillas—. Es uno de estos niños del Alimento Estrella. Según dicen, es completamente incapaz de hacer nada por sí mismo… Es un poco idiota en realidad y una gran carga para la localidad.

—Los padres son muy pobres, según me han dicho.

—Viven de la caridad de los hacendados locales.

Todo el mundo se quedaba contemplando durante un buen rato aquella figura monstruosa sentada en la colina.

—Suerte que se ha puesto término a eso —indicaba alguien con amplias ideas—, porque bueno sería que tuviéramos unos cuantos millares de esos con vistas a la contribución, ¿no?

Y generalmente siempre había algún dechado de sensatez que le dijera al filósofo de marras, en tono de cálida aprobación:

—Tiene usted toda la razón, señor.