El alimento de los dioses

Capítulo IV

 

A las cinco de la tarde aquel asombroso Cossar, sin ninguna apariencia de prisa, había sacado de la estación de Urshot todo su material de lucha contra el Engrandecimiento insurgente y lo había puesto en ruta para Hickleybrow. En Urshot había comprado dos barriles de parafina y una carga de ramalla seca; abundantes sacos de azufre, ocho fusiles para caza mayor con su correspondiente munición, tres armas ligeras de retrocarga, con perdigones, para las avispas, un hacha pequeña, dos hoces, un pico y tres palas, dos rollos de cuerda, algunas botellas de cerveza, soda y whisky. Una gruesa de paquetes de polvos raticidas y provisiones de boca para tres días que habían venido de Londres. Todas estas cosas las había mandado en un vagón de heno y otro de carbón, del modo más natural del mundo, excepto los fusiles y municiones que había acondicionado debajo de un asiento del birlocho del Red Lion, destinado a transportar a Rewood y a los cinco hombres escogidos que habían llegado a Ealing a requerimiento de Cossar.

Cossar condujo todas aquellas transacciones con un aire de naturalidad invencible, a pesar de que Urshot estaba presa de pánico a causa de las ratas y todos los carreteros tuvieron que ser pagados con tarifas especiales. Todas las tiendas del lugar estaban cerradas, apenas se veía un alma por la calle, y al llamar a una puerta lo que se abría era una ventana. Cossar pareció que consideraba que la transacción de los negocios desde las ventanas fuese un método enteramente legítimo y justificado. Finalmente, él y Bensington se acomodaron en el carro del Red Lion y se pusieron en marcha con el birlocho para alcanzar el equipaje, cosa que consiguieron pasado el cruce de carreteras, y así llegaron los primeros a Hickleybrow.

Bensington, con un fusil entre las piernas, sentado al lado de Cossar en el carro, fue desarrollando un asombro largamente germinado. Todo lo que estaban haciendo era, sin duda, tal como insistía en decirlo Cossar, lo único que evidentemente debía hacer, sólo que… ¡Es tan raro que en Inglaterra se haga lo único que evidentemente debe hacerse! Recorrió con la mirada a su vecino, desde los pies hasta las audaces manos que sostenían las riendas. Al parecer, Cossar no había conducido nunca hasta entonces, y estaba guardando la línea de menor resistencia por el mismo centro de la carretera, inducido sin duda por alguna idea propia seguramente práctica, pero ciertamente poco usual.

«¿Por qué no hacemos todos lo que es práctico? —pensó Bensington—. ¡Cómo andaría el mundo si todos lo hicieran!

Vamos a ver, por ejemplo, ¿por qué no hago yo un montón de cosas que me consta que estarían muy bien hechas, cosas que yo precisamente quiero hacer? ¿Será que todo el mundo es así, o es algo peculiar de mí mismo?». Y se enfrascó en complicadas especulaciones sobre la Voluntad. Pensó en las complejas futilidades de la vida cotidiana, y en contraste con ellas las sencillas y manifiestas cosas que uno debiera hacer, las agradables y espléndidas cosas que habría que hacer, y que ciertas influencias increíbles no nos permitirán hacerlas nunca. ¿La prima Jane? Percibió que la prima Jane era un factor muy importante en aquella cuestión, por alguna razón sutilísima y difícil de aclarar. ¿Por qué motivo, después de todo, tenemos que comer, beber, dormir, permanecer solteros, ir a tal sitio, abstenernos de ir a tal otro, por deferencia a la prima Jane? Ella se volvía simbólica sin dejar de ser incomprensible…

Un portillo y un sendero a campo traviesa le llamaron la atención y le trajo a la memoria aquel otro día feliz, tan reciente en el tiempo y tan remoto en sus emociones, cuando había ido caminando desde Urshot a la Granja Experimental para ver los pollos gigantes…

El destino juega con nosotros.

—¡Arre, arre! —dijo Cossar—. Prepárense.

Era avanzada la tarde, sin un soplo de aire, y el polvo formaba una capa espesa en la carretera. Había muy poca gente visible, pero los ciervos, al otro lado de la empalizada del parque, pacían en completa tranquilidad. Vieron un par de grandes avispas despojando un grosellero silvestre en las afueras de Hickleybrow, y otra que se estaba paseando arriba y abajo sobre el cristal del escaparate de una pequeña tienda de comestibles en la calle del pueblo, buscando entrar. El tendero era vagamente visible en el interior; llevaba una escopeta en la mano, y vigilaba atentamente los esfuerzos del insecto. El conductor del carricoche se detuvo frente al local de los Jolly Drovers, informando a Redwood de que su parte del contrato quedaba cumplida.

En esta cuestión fue inmediatamente apoyado por los conductores del coche y del carro. No sólo sostuvieron todo lo dicho, sino que se negaron a que los caballos siguieran hasta más lejos.

—Esas ratas grandes se enloquecen por los caballos —iba repitiendo el carretero.

Cossar examinó el alcance de la controversia durante un momento.

—Saquen todo fuera del carricoche —dijo, y uno de sus hombres, un mecánico alto, rubio y sucio, obedeció.

—Déme ese fusil —dijo Cossar.

Y a continuación se colocó entre los carreteros.

—No necesitamos más de ustedes —concedió—, pero necesitamos los caballos. Pueden protestar lo que les venga en gana.

Ellos empezaron a discutir, pero Cossar siguió hablando.

—Si intentan atacarnos, les dispararé contra las piernas en defensa propia. Los caballos continuarán su camino.

Y dio el incidente por terminado.

—Súbase al coche, Flack —ordenó a un hombrecillo tieso como un alambre. Y a otro—: Boon, encárguese del carro.

Los dos carreteros estallaron de indignación.

—Han cumplido ustedes con su deber para con sus patrones —dijo Redwood—. Quédense en este villorio hasta nuestro regreso. Nadie se los echará en cara, puesto que nosotros estamos armados. No queremos hacer nada que sea injusto ni violento, pero la ocasión no admite demoras. Si algo ocurriera a los caballos, los indemnizaré enteramente.

—Ya está bien —dijo Cossar, que raras veces hacía promesas.

Dejaron el carricoche, y los hombres que no conducían siguieron a pie. Cada hombre con su fusil. Era la más rara expedición que pudiera contemplarse en una carretera provincial inglesa, más parecida a una expedición yanki en pos del viejo Oeste de los indios.

Siguieron carretera arriba, hasta llegar al portillo que había en la cumbre de la colina, desde donde se divisaba la Granja Experimental. Allí se encontraron con un pequeño grupo de hombres con un fusil o dos —los dos Fulcher estaban entre ellos —, y uno del grupo, un forastero de Maidstone, permanecía algo destacado de los demás observando el panorama con unos prismáticos de teatro.

Estos hombres se volvieron y contemplaron al grupo capitaneado por Redwood.

—¿Algo nuevo? —preguntó Cossar.

—Las avispas van y vienen —contestó el viejo Fulcher—, pero no puedo ver si llevan algo.

—La enredadera amarilla ya se ha metido entre los pinos —dijo el hombre de los prismáticos—, y esta mañana aún no había llegado allá. Se la puede ver crecer mientras se la observa.

Se quitó un pañuelo del bolsillo y limpió los lentes de los prismáticos con cuidadosa deliberación.

—Supongo que irán ustedes allí —aventuró Skelmersdale.

—¿Quiere venir con nosotros…? —dijo Cossar.

Skelmersdate pareció vacilar.

—La faena durará toda la noche.

Skelmersdale decidió no ir.

—¿Hay ratas por ahí? —preguntó Cossar.

—Había una en los pinos esta mañana… cazando conejos, eso creemos.

Cossar se inclinó un poco, y aceleró el paso para alcanzar a los demás.

Bensington, al volver a ver la Granja Experimental, pudo calibrar el vigor del Alimento. Su primera impresión consistió en ver la casa más pequeña de lo que creía, mucho más pequeña; su segunda impresión fue la de tener que constatar que toda la vegetación situada entre la casa y el pinar se había desarrollado extraordinariamente. El tejadillo sobre el pozo sobresalía un poco en medio de matorrales de hierba de una altura de dos metros y medio, y la enredadera amarilla se enroscaba alrededor de la chimenea y gesticulaba con sus tiesos zarcillos en dirección al cielo. Sus flores eran unas vividas manchas amarillas, distintas y perfectamente visibles como motas separadas a casi una milla de distancia. Un gran cable verde se había enroscado alrededor y a través de los grandes cercados de alambre del gallinero, echando retorcidos tallos cubiertos de hojas alrededor de los majestuosos pinos. A mitad de la altura de éstos llegaba el seto de ortigas que daba la vuelta por detrás de la cochera. Al irse acercando, todo iba tomando el aspecto, cada vez más acentuado, de una incursión de pigmeos a una casa de muñecas olvidada en el rincón de un gran jardín.

Vieron que había un gran tráfico de idas y venidas en el avispero. Un enjambre de formas negras se entrelazaba en el aire, por encima del rojizo cerro más allá del pinar, y de vez en cuando una de las avispas partía hacia el firmamento a una velocidad increíble, elevándose hacia cierto objeto lejano. Su zumbido podía oírse a un kilómetro de distancia de la Granja Experimental. En una ocasión uno de los monstruos listados de amarillo descendió hacia ellos, quedando suspendido en el espacio durante unos momentos y mirándolos con sus grandes ojos, pero ante un disparo poco efectivo de Cossar, salió disparado como una flecha. En un rincón del campo, a la derecha y a bastante distancia, algunas avispas arrastraban algo por el suelo, y por la roída osamenta de lo que constituía probablemente los restos del cordero que las ratas llevaron a rastras desde la granja de Huxter. Los caballos se fueron impacientando a medida que se acercaban a aquellas bestias. Ninguno de los que formaban parte del grupo era experto en la conducción de caballerías, y tuvieron que destinar a un hombre para cada caballo, con la misión de llevarlo del ronzal y atentarlo de viva voz.

Nada pudieron ver de las ratas al aproximarse a la casa, y todo parecía estar perfectamente quieto excepto el creciente y decreciente «juzzzzzzZZZ, juuuuzuuuu» del avispero.

Llevaron los caballos hasta el patio, y uno de los hombres de Cossar, al ver la puerta abierta —la parte central de la puerta había sido roída por completo—, se metió en la casa. Nadie lo echó de menos por el momento, ya que los demás se hallaban ocupados con los barriles de parafina, y la primera noticia que tuvieron de su separación del grupo fue la detonación de su fusil y el zumbido de un proyectil. «Bang, bang», dispararon los dos cañones, y la primera bala, a lo que parece, traspasó el barril de azufre destrozando una duela en el punto de salida y llenando la atmósfera de polvo amarillo. Redwood, que no había soltado su fusil, disparó contra algo grisáceo que pasó brincando por su lado. Le quedó la imagen de los anchos cuartos traseros, el largo rabo escamoso, y las alargadas plantas de las patas traseras de una rata, y disparó otra vez. Vio como Bensington caía, mientras el animal desaparecía a la vuelta de la esquina.

Entonces, durante un buen rato, todo el mundo estuvo ocupado disparando. Durante tres minutos las vidas se vendieron baratas en la Granja Experimental, y las detonaciones de los fusiles llenaron la atmósfera. Redwood, excitado y sin prestar atención a Bensington, salió en persecución de lo que fuere, y fue derribado por una masa de fragmentos de ladrillos, mortero, yeso y listones podridos que le cayeron encima volando al atravesar una bala la pared.

Se encontró sentado en el suelo, con sangre en las manos y en los labios, y una quietud que se extendía a su alrededor.

Entonces, una voz sin ningún matiz exclamó desde dentro de la casa:

—¡Ehhh!

—¡Hola! —exclamó Redwood.

—¡Hola! ¿Qué tal? —contestó la voz, y añadió—: ¿La han cogido?

El deber de la amistad resucitó en Redwood.

—¿Está herido el señor Bensington? —preguntó.

El hombre del interior no lo oyó bien.

—Nadie tiene la culpa si no lo estoy —dijo la voz desde adentro.

Redwood advirtió con claridad que era posible que hubiera herido a Bensington. Se olvidó de los cortes en la cara, y levantándose penetró en el edificio para encontrarse con Bensington sentado en el suelo y frotándose el hombro. El científico lo miró por encima de los lentes.

—La hemos acribillado, Redwood —explicó—. Intentó saltar por encima de mí y me derribó. Pero yo le di con ambos cañones, y ¡caramba! ¡por la forma que me duele estoy seguro de que me ha herido en el hombro! Un individuo apareció en el umbral.

—Le he metido una bala en el pecho y otra en el costado —dijo.

—¿Dónde están los carruajes? —preguntó Cossar apareciendo en medio de una espesura de hojas gigantes de la enredadera amarilla.

Se hizo evidente, ante la estupefacción de Redwood, primero, que nadie había resultado herido, y que, segundo, el birlocho y el carro se habían desviado unos cincuenta metros y se hallaban, con las ruedas atascadas, entre las enredadas distorsiones del huerto de Skinner. Los caballos habían cesado de tirar. A mitad de la distancia, el roto barril de azufre yacía en el sendero, con una nube de polvo sulfúreo planeando por encima, Redwood se lo indicó a Cossar y se dirigió hacia el lugar.

—¿Alguien ha visto a esa rata? —gritó Cossar siguiéndolo—. Le di un tiro en las costillas, y otro en pleno hocico, al revolverse contra mí.

Otros dos hombres se les unieron mientras intentaban desatascar las ruedas.

—Yo he matado a la rata —dijo uno de ellos.

—¿La han cogido ya? —preguntó Cossar.

—Jim Bates la ha encontrado detrás del seto. Le di en el mismo momento de doblar la esquina… La bala entró por detrás del hombro.

Cuando las cosas volvieron a estar un poco en orden, Redwood fue a contemplar el gigantesco y deforme cadáver. La bestia yacía de costado, con el cuerpo levemente doblado. Sus dientes de roedor, sobresaliendo de su mandíbula hundida, daban a aquella cara un aspecto de debilidad colosal, de enclenque avidez. No parecía en absoluto ni feroz ni terrible. Sus patas delanteras recordaban unas manos flacas y consumidas. Exceptuando un limpio agujero redondo de bordes chamuscados, a ambos lados del cuello, la bestia estaba absolutamente intacta. Redwood meditó sobre este hecho durante algún rato.

—Debieron ser dos ratas —dijo, por fin, alejándose.

—Sí. La que fue acribillada por todos escapó.

—Estoy seguro de que mi tiro…

Un zarcillo de enredadera amarilla, atareado con aquella misteriosa búsqueda de un sostén que constituye el oficio de un zarcillo, se inclinó amablemente hacia el cuello de Redwood, y le hizo dar un presuroso salto a un costado.

—Juu-z-z-z-z-z-z-z-Z-Z-Z —se oyó en el distante avispero—. Juu-uu-zuu-uu.