El alimento de los dioses

Capítulo VII

 

Hubo momentos durante aquella noche maravillosa en que a Bensington le pareció que la naturaleza había organizado para él una vida de fantásticas aventuras. Esto se hizo patente durante la hora siguiente a su ingestión de un whisky muy fuerte.

—Ya no volveré a Sloane Street —confió al mecánico alto, rubio y sucio.

—No, ¿eh?

—Por nada del mundo —afirmó Bensington.

El esfuerzo de haber arrastrado las siete ratas muertas hasta la pira a través del ortigal lo había bañado en sudor y Cossar le indicó la evidente reacción física que le produciría el whisky si quería salvarse del resfriado, de otro modo inevitable. Hubo una especie de cena de bandoleros en la vetusta cocina embaldosada, con la hilera de ratas muertas que yacían bajo la luz de la luna contra el gallinero. Después de una media hora de descanso, Cossar los incitó a emprender de nuevo el trabajo para terminar lo que aún restaba por hacer.

—Evidentemente —dijo—, habrá que limpiar el lugar… Nada de desperdicios… nada de escándalo, ¿eh?

Les animó con la idea de hacer la destrucción completa. Rompieron y astillaron todos los fragmentos de madera que pudieron encontrar en la casa; talaron senderos allí donde brotaba la vegetación gigante; hicieron una pira para las ratas muertas y las empaparon en parafina.

Bensington trabajó como el más activo de los peones. Alcanzó un climax de alborozo y de energía hacia las dos. Cuando, en plena destrucción, blandía el hacha, el más valeroso huía de su proximidad. Un rato después se apaciguó algo, debido a la transitoria pérdida de sus lentes, que fueron hallados al fin por otra persona en el bolsillo de la chaqueta del propio Bensington.

Los hombres iban de un lado para otro a su alrededor… decididos y enérgicos. Cossar se movía entre ellos como un dios.

Bensington apuró esa deliciosa camaradería que es privativa de un ejército feliz o de una recia expedición, pero nunca de aquellos que viven la sobria vida de las ciudades. Después que Cossar le quitó el hacha y le encargó que acarreara madera, estuvo andando de un lado para otro diciendo que todos eran unos buenos chicos. Siguió por este estilo aún mucho tiempo después de notar las primeras señales de fatiga.

Por fin estuvo a punto y comenzaron a regar todo con la parafina. La luna, desprovista ya de su magro cortejo nocturno de estrellas, brillaba en lo alto, por encima de la aurora naciente.

—Quemémoslo todo —dispuso Cossar yendo de una parte a otra—. Quemémoslo todo… Déjenlo arrasado, ¿entienden?

Bensington se fijó en él, tétrico y horrible bajo el pálido alborear del día, precipitándose con la mandíbula saliente y una antorcha encendida en la mano.

—¡Lárguese de ahí! —exclamó alguien, tirando del brazo de Bensington.

La quietud de la aurora, pues allí no había pájaros que cantaran, se llenó de pronto de una tumultuosa crepitación; una pequeña llama rojiza recorrió la base de la pira, se transformó en azul al entrar en contacto con el suelo, y se puso a trepar, hoja por hoja, tallo arriba de una ortiga gigante. Un ruido cantarino se mezcló con la crepitación…

Los hombres cogieron sus fusiles de uno de los rincones de la sala de estar de los Skinner y todo el mundo echó a correr. Cossar se fue tras ellos dando grandes zancadas…

Luego se encontraron todos de pie, contemplando desde lejos la Granja Experimental, que estaba ardiendo. El humo y las llamas se desbordaban por las puertas y las ventanas y por centenares de rendijas y grietas en el techo, igual que una muchedumbre presa de pánico. ¡Qué bien sabía Cossar encender una fogata! Una gran columna de humo salió disparada hacia el firmamento, acompañada de rojas lenguas sangrientas y de raudos fogonazos. Era como si un enorme gigante se hubiese puesto de pie, alargándose hacia arriba y estirando bruscamente los brazos hacia el cielo. Volvió a caer la noche sobre ellos, ocultando por completo la incandescencia del sol que salía tras ella. Los habitantes de Hickleybrow se dieron cuenta muy pronto de aquel estupendo pilar de humo, y salieron hasta la cresta de la colina, con gran variedad de batas, para contemplar el regreso de la expedición.

Detrás de ellos, igual que un hongo fantástico, aquel pilar de humo oscilaba y fluctuaba, cada vez más alto, cada vez más arriba, hasta el cielo… dando la impresión de que la llanura era bajísima y todos los demás objetos eran nimiedades; y en primer término, conducidos por Cossar, los autores del asunto seguían el sendero, ocho pequeñas siluetas negras, marchando con fatiga, las armas al hombro, a través del prado.

Al volver la mirada hacia atrás, en el cerebro de Bensington resonó como un eco cierta frase conocida. ¿Cómo era…? «Habéis encendido hoy…». «Habéis encendido hoy…».

Entonces recordó las palabras de Latimer: «Hemos encendido hoy una antorcha

tan grande en Inglaterra, que ya nadie podrá apagarla jamás…»[2]

¡Qué hombre era Cossar! Bensington se quedó mirando su espalda durante un rato y se sintió orgulloso de haber sostenido su sombrero. ¡Orgulloso, sí, a pesar de que él era un investigador eminente y Cossar se dedicaba sólo a la ciencia aplicada!

De repente, se puso a tiritar y a bostezar, y deseó estar acostado, muy calentito, en su cama de aquel pequeño piso que daba a Sloane Street. (Ni siquiera pensar en su prima Jane le prestó ayuda). Las piernas se le volvieron como algodón y los pies como plomo. Sintió la necesidad de tomar un café en Hicleybrow. En sus treinta y tres años no había pasado nunca en vela una noche entera.