El alimento de los dioses
Capítulo V: — La Munificencia del Señor Bensington
CAPÍTULO V
LA MUNIFICENCIA DEL SEÑOR BENSINGTON
I
Mientras la Real Comisión del Alimento Estrella estaba preparando su informe fue cuando la Heracleoforbia empezó a demostrar su capacidad de filtración. Y la precocidad de esta segunda irrupción fue tanto más desgraciada, desde el punto de vista de Cossar al menos, cuando que el informe previo, todavía existente, demuestra que la Comisión, bajo la tutela de su expertísimo miembro, el doctor Stephen Winkles (F. R. S., M. D., F. R. C. R, D. Se, J. R, D. L, etc.)* ya había decidido que las filtraciones accidentales eran imposibles y se hallaba dispuesta a recomendar que se encargara la preparación del Alimento Estrella a un comité competente (Winkles, principalmente), que tendría el control absoluto de la venta del producto, lo cual sería plenamente suficiente para satisfacer todas las objeciones razonables que pudieran oponerse a su libre difusión. Este comité debería disfrutar de un monopolio total. Y, sin duda, hay que considerar como parte de las ironías de la vida el hecho de que la primera y más alarmante de esta segunda serie de filtraciones ocurriera a menos de cincuenta metros de distancia de un pequeño cottage en Keston, ocupada durante el verano por el propio doctor Winkles.
No cabe la menor duda de que la negativa de Redwood de hacer partícipe a Winkles de la composición de la Heracleoforbia IV había despertado en este caballero una novísima e intensa afición hacia la química analítica. Winkles no era un manipulador experto, y probablemente por este motivo consideró más apropiado trabajar, no en los laboratorios excelentemente equipados que se hallaban a su disposición en Londres, sino, sin consultar con nadie y con un aire casi de gran secreto, en un rudimentario laboratorio muy reducido que había instalado en el jardín de la quinta de Keston. No parece haber demostrado una gran habilidad en sus investigaciones. Por el contrario, puede deducirse que abandonó toda investigación después de trabajar intermitentemente durante un mes en este asunto.
Este laboratorio del jardín, donde realizó Winkles su trabajo, estaba muy someramente equipado, provisto de agua por una cañería vertical, y el agua residual se vertía en un sumidero que iba a parar a una balsa cenagosa bordeada de juncos, bajo un aliso, en un rincón aislado de los pastos comunales, por fuera del vallado de su jardín. La cañería estaba agrietada y el residuo del Alimento de los Dioses se escapaba por la grieta para ir a parar a una charca en medio de grupos de juncos. Esto sucedía al comienzo de la primavera.
Todo estaba en movimiento con la vida renovada en aquel pequeño rincón espumoso. Había huevas de rana a la deriva; trémulas de renacuajos que acababan de romper sus cubiertas gelatinosas; diminutas líneas arrastrándose hacia la vida, y debajo de la verde epidermis de los tallos de junco, las larvas del gran escarabajo de agua luchaban por salir del cascarón.
No sé si el lector conocerá la existencia de ese escarabajo llamado (ignoro por qué razón) Dytiscus. Es un insecto articulado muy raro, muy musculoso y de movimientos repentinos, que tiene la particularidad de nadar cabeza abajo, mientras la cola le sale por la superficie del agua. Tiene la longitud aproximada de la punta del dedo pulgar de un hombre, y algo más —unos cinco centímetros, es decir, para aquellos que no hayan comido el Alimento—, y además posee dos cortantes maxilares que se encuentran y se acoplan delante de la cabeza, unos maxilares tubulares, con puntitos agudos en sus bordes, por los cuales tiene la costumbre de chupar la sangre de sus víctimas…
Los primeros animales que entraron en contacto con los granos del Alimento a la deriva fueron los diminutos renacuajos y las líneas. Los renacuajos serpenteantes, en particular, cuando lo hubieron probado, lo buscaron con gran afición. Pero tan pronto como uno de ellos hubo desarrollado hasta alcanzar un tamaño sobresaliente en aquel pequeño mundo de renacuajos y hubo probado de zamparse uno o dos de sus hermanitos más pequeños, como suplemento a su dieta vegetariana, ¡zas!, una de las larvas de escarabajo se agarró a su corazón con sus curvados maxilares chupadores de sangre, y con la roja corriente entró la Heracleoforbia IV, en estado de solución, en el cuerpo de su nuevo cliente. Lo único que tenía algunas posibilidades de compartir el Alimento con esos monstruos eran los juncos, la viscosa espuma verde del agua y las tiernas algas del fondo de la ciénaga. Al limpiar finalmente el laboratorio, una nueva porción del Alimento desaguó en la poza, la cual, desbordándose, llevó toda esta siniestra expansión de la lucha por la vida a la charca adyacente, junto a las raíces del aliso…
La primera persona en descubrir lo que estaba ocurriendo fue un tal Lukey Carrington, profesor especial en Ciencias de la Junta de Educación de Londres y en sus ratos de ocio especialista en algas de agua dulce, y no hay que envidiarle por su descubrimiento. Había ido a pasar el día a Keston Common, a fin de llenar unos cuantos tubos con ejemplares para ulterior examen, y así llegó con una docena de tubos de cristal tapados con corchos, que tintineaban suavemente en su bolsillo, apareciendo primero en lo alto de la arenosa loma para descender hacia la charca, con el bastón herrado en la mano. Un muchacho jardinero, que se hallaba arriba, en los peldaños de la cocina, recortando el seto del doctor Winkles, lo vio en aquel rincón de mundo tan poco frecuentado, encontrándolo tanto a él como a su ocupación lo suficientemente inexplicables e interesantes para merecer una estrecha y atinada observación al asunto.
Vio como el señor Carrington se agachaba en el orilla de la charca apoyándose con la mano en el vetusto tronco del aliso y mirando el agua, pero claro está que no pudo apreciar la sorpresa y el placer con que contempló las grandes y extrañas burbujas y filamentos de las algosas heces en el fondo. No había renacuajos visibles —ya habían sido muertos todos por entonces—, y, según parece, no vio allí nada extraño aparte de una vegetación excesiva. Se remangó hasta el codo e, inclinándose, sumergió el brazo en busca de un ejemplar. Su inquisitiva mano fue hasta el fondo. Instantáneamente algo brilló saliendo de la fresca sombra debajo de las raíces del árbol…
¡Flash! El bicho aquél hincó sus mandíbulas profundamente en el brazo de Carrington… un animal de forma extraña, de más de treinta centímetros de largo, de color castaño y articulado como un escorpión.
Su feísima apariencia y el dolor agudo y sorprendente de su picadura fueron demasiado para el equilibrio de Carrington. Sintió que se iba a desvanecer, profirió un grito agudo y, ¡sptash!, cayó de boca en la charca.
El muchacho vio cómo desaparecía, y oyó el chapoteo y su lucha dentro del agua. El desdichado personaje surgió de nuevo en el campo visual del muchacho, sin sombrero, chorreando agua y chillando.
Nunca había oído el muchacho chillar a un hombre.
Aquel asombroso forastero pareció como si se estuviera arrancando algo de un lado del rostro, donde aparecieron unas estrías sangrientas. Braceó desesperadamente, dio saltos en el aire como si estuviera atacado de frenesí, echó a correr violentamente diez o doce metros y luego cayó, revolcándose en el suelo y desapareciendo de la vista del muchacho.
Éste bajó los peldaños y saltó por el seto, afortunadamente con las tijeras aún en la mano. Al pasar entre las plantas, rompiéndolas, dice que estuvo a punto de volverse atrás temiendo tenérselas que haber con un lunático, pero la posesión de las tijeras le dio confianza.
—En todo caso, hubiera podido pincharle los ojos —explicó.
En cuanto Carrington le echó la vista encima, su actitud se transformó inmediatamente en la de un hombre cuerdo, pero desesperado. Con grandes esfuerzos pudo ponerse de pie, tropezó, se irguió y se acercó al muchacho.
—¡Mira! —exclamó—. ¡No me las puedo quitar!
Y sintiendo un mareo ante aquel horror, el muchacho vio que, pegadas a la mejilla del hombre, a su brazo desnudo y a su muslo, y azotándole la carne furiosamente con sus ágiles y musculosos cuerpos de color castaño, había tres de aquellas horribles larvas, con sus grandes mandíbulas hincadas profundamente en la carne y chupando con ahínco. Estaban allí agarradas como bulldogs y los esfuerzos de Carrington para desprender aquel monstruo de su cara sólo habían servido para lacerar la carne donde se había agarrado, haciendo chorrear un vivido escarlata por el rostro, el cuello y la chaqueta.
—Se los voy a cortar, señor —exclamó el muchacho—. Aguante un poco.
Y con la afición de los de su edad para tales procedimientos, cercenó una por una las cabezas de los atacantes de Carrington.
—¡Yap! —iba diciendo el muchacho cada vez que caía una de las cabezas.
Así y todo, se habían agarrado con tanta fuerza y determinación, que las cabezas, incluso cercenadas, quedaron aún durante algún tiempo mordiendo fieramente la carne y chupando una sangre que se les escurría por el corte del cuello. Pero el muchacho dio fin a eso con unos cuantos tijeretazos más… en uno de los cuales, por cierto, resultó lesionado el propio Carrington.
—¡No podía quitármelas! —repitió Carrington.
Y durante un buen rato permaneció tambaleándose y sangrando con profusión.
Se tocó las heridas con manos débiles y examinó el resultado en las palmas. Luego se le doblaron las piernas y cayó desvanecido a los pies del muchacho y entre los cuerpos aun coleantes de sus descalabrados enemigos. Afortunadamente, no se le ocurrió al muchacho la idea de rociarle la cara con agua —aun quedaban unos cuantos más de aquellos horribles bichos debajo de las raíces del aliso— sino que dio la vuelta a la charca y se introdujo en el jardín con la intención de pedir auxilio. Allí encontró al jardinero, que también hacía las veces de cochero, y le relató lo sucedido.
Cuando volvieron donde se hallaba Carrington, éste ya se había incorporado y se hallaba sentado en el suelo, débil y aturdido, pero en condiciones de advertirles del peligro de la charca.