El alimento de los dioses

Capítulo III

 

De todos los niños que habían tomado el Alimento de los Dioses, los más altos, más fuertes y más observados eran los tres hijos de Cossar. La milla aproximada de terreno, cerca de Sevenoaks, donde transcurrieran sus infancias y adolescencias, quedó tan surcada de trincheras, tan excavada y tan retorcida, tan sembrada de cobertizos y enormes modelos mecánicos y de los juegos de sus potencialidades en vías de desarrollo, que no se parecía a ningún otro sitio de la tierra. Y ya hacía mucho tiempo que había empezado a ser pequeño para todo lo que ellos intentaban hacer. El mayor de los hijos era un gran proyectista de máquinas con ruedas. Se había construido una especie de bicicleta gigante que no cabía en ninguna carretera del mundo ni había puente que la pudiera aguantar. Y allí se había quedado aquella gran máquina de ruedas y mecanismos, capaz de hacer doscientas cincuenta millas por hora, excepto en los momentos en que su inventor se decidía a montar en ella para ir adelante y atrás, en medio de aquel patio de trabajo, lleno de estorbos por todas partes. Tenía la intención de dar una vueltecita por el pequeño mundo con aquel trasto y lo había construido con esta intención, mientras no era más que un muchacho lleno de ensueños. Ahora los radios de las ruedas corroídos por la herrumbre y las manchas parecían heridas en todos los sitios donde el esmalte había saltado.

—Tendrás que hacer primero una carretera para la bicicleta, hijo —le había dicho Cossar—. De lo contrario, dudo que puedas irte por ahí.

Así, pues, un buen día, el joven gigante y sus hermanos se pusieron a trabajar para hacer una carretera que diera la vuelta al mundo. Parece que era inminente un conato de oposición, y ellos se habían puesto a trabajar con notable vigor. La gente los descubrió muy pronto construyendo aquella carretera: varias millas ya niveladas, comprimidas y terminadas. Una ingente muchedumbre de excitados individuos, terratenientes, corredores de tierras, autoridades locales, abogados, policías y hasta soldados, se opuso a que continuaran su labor.

—Estamos haciendo una carretera —explicó el mayor de los chicos.

—Hagan las carreteras que quieran —dijo el principal letrado de los que allí había —, pero hagan el favor de respetar los derechos ajenos. Hasta ahora ya han infringido los derechos privados de veintisiete diferentes propietarios, eso sin contar la propiedad y los privilegios especiales de la Junta del Distrito Urbano, nueve Concejos parroquiales, una Diputación provincial, dos Compañías del gas y una Compañía ferroviaria…

—¡Demonios! —dijo el mayor de los chicos Cossar.

—Tendrán ustedes que desistir…

—Pero ¿no quieren ustedes tener una buena carretera recta en lugar de esos asquerosos senderos llenos de surcos y de hoyos?

—No diré que no sea muy ventajosa, pero…

—No hay que hacerlo —dijo el mayor de los Cossar recogiendo sus herramientas.

—De este modo, no —dijo el letrado—. En absoluto.

—¿Pues cómo hay que hacerlo?

La respuesta del abogado principal fue complicada y vaga.

Cossar había ido a ver la travesura que sus hijos habían hecho y los recriminó severamente, pero se echó a reír a carcajadas y pareció sentirse muy dichoso con el incidente.

—Muchachos, debéis esperar aún algún tiempo antes de poder hacer cosas como ésta —gritó mirando hacia arriba.

—El abogado nos ha dicho que debemos empezar por preparar un plan y obtener autorización especial y toda una serie de monsergas… Dice que tardaremos años…

—Tendremos un plan antes de poco, hijito —gritó Cossar haciendo bocina con las manos—, no tengas miedo. Por ahora vale más que juguéis y hagáis modelos de las cosas que pensáis hacer. Más adelante todo se arreglará.

Ellos hicieron lo que Cossar decía, como hijos obedientes.

Pero, a pesar de todo, refunfuñaron un poco.

—Está muy bien —dijo el mediano al mayor—, pero no quiero estar siempre jugando y haciendo planes. Quiero hacer algo real, ¿sabes? No hemos venido a este mundo fuertes como somos sólo para jugar en esta porquería de terreno tan pequeño, y pasear, y no acercarnos a los pueblos… No hacer nada está mal. ¿No podríamos encontrar algo que la gente pequeña deseara que se realizase para hacérselo nosotros, para divertirnos…?

«Muchos viven en casas inhabitables. Construyámosles una casa cerca de Londres, una casa que pueda contener montones y más montones de esa gente, y sea cómoda y bonita, y hagámosles una hermosa carretera que los conduzca hacia donde tienen que ir a hacer sus negocios… un bonito y recto camino, y procurar que sea lo más bonito posible. Se lo dejaremos todo tan limpio y precioso, que ninguno de ellos podrá ya vivir de este modo asqueroso como viven ahora. Que haya agua suficiente para que todos puedan lavarse, eso es lo que haremos, porque, ¿sabes?, son tan sucios ahora que de cada diez casas, nueve no tienen baño. ¡Pequeños zorrinos hediondos! Y sabes que los que tienen baño escupen insultos a los que no lo tienen, en lugar de ayudarles a tenerlo…, y los llaman el Gran Populacho… Ya lo sabes. Nosotros modificaremos todo eso. Y haremos que la electricidad alumbre, cocine y limpie para ellos, para todos. ¡Qué raro! ¡Hacen que sus mujeres, mujeres que van a ser madres, se arrastren por los suelos para fregarlos…!

«Podríamos hermosearlo todo. Podríamos construir un gran edificio para generar la electricidad y todo quedaría sencillamente precioso. ¿No es cierto…? Y entonces, tal vez nos dejarían hacer otras cosas.

—Sí —dijo el hermano mayor—, podríamos hacerlo todo y muy bonito, además.

—Entonces, hagámoslo —repuso el mediano.

—¡Pues adelante! —gritó el hermano mayor buscando una herramienta a propósito.

Y aquello produjo otra espantosa trifulca.

Al momento acudieron agitadas multitudes diciéndoles que parasen por un sinfín de razones, diciéndoles también que parasen sin motivo ni razón alguna, multitudes balbucientes, confusas y variadas. Aquel edificio que construían era demasiado alto: no tenía garantía alguna de estabilidad. Era feo; impediría que se pudieran alquilar las casas vecinas de tamaño normal; echaba a perder la línea del barrio; no era de buen vecino; era contrario al Reglamento de Edificación Local; infringía el derecho de las autoridades locales de imponer la distribución de una energía eléctrica propia, insuficiente y cara; y, por último, perjudicaba los intereses de la Compañía local del agua.

Los funcionarios del Municipio se despabilaron ante la posibilidad de ejercer una obstrucción judicial. El abogado reapareció representando una docena de intereses amenazados; terratenientes locales aparecieron en oposición; personas con derechos misteriosos reclamaron indemnizaciones exorbitantes; sindicatos del ramo de la construcción alzaron sus voces colectivas; un grupo de tratantes de toda clase de material para la construcción se transformó en una barrera infranqueable. Asociaciones extraordinarias de personas con visiones proféticas de los horrores estéticos se agruparon para proteger el paisaje del lugar donde había la intención de embalsar el río.

Estos últimos individuos eran absolutamente los más burros, según los chicos Cossar. Aquella hermosa vivienda proyectada por ellos fue algo así como un bastón en medio de un avispero.

—¡Nunca lo hubiese creído! —exclamó el mayor de los Cossar.

—¡No podemos continuar! —lamentó el segundo.

—¡Son unos animales indecentes! —protestó el menor de los hermanos—. ¿Es que no van a dejarnos hacer nada?

—Aunque sea por su propia comodidad… ¡Y una casa tan bonita como les habríamos hecho!

—Parece que se pasan la vida, sus necias vidas insignificantes, en molestar al prójimo —dijo el chico mayor—. Derechos y leyes y reglamentos y granjerías, igual que un juego chino… Bueno, sea como sea, tendrán que vivir en sus casuchas repugnantes, sucias y disparatadas durante algún tiempo todavía. Es evidente que no podemos continuar nuestra obra.

Y los chicos Cossar dejaron aquella gran casa sin terminar, mero hoyo de cimientos y el comienzo de una pared, y se volvieron, malhumorados, a su gran recinto. Al cabo de un cierto tiempo el hoyo se llenó de agua y con elementos estancados, hierbas y sabandijas, y el Alimento, ya fuese echado allí por los hijos de Cossar, ya viniera a parar allí como polvo impelido por el viento, empezó a desarrollar toda la materia viviente a su modo habitual. Ratas de agua invadieron el país causando muchos daños, y un día un campesino encontró a sus cerdos bebiendo de aquella agua e instantáneamente y con gran presencia de ánimo —porque sabía lo del gran puerco de Oakham— los sacrificó a todos. Y de aquel profundo estanque fue de donde salieron los mosquitos, unos mosquitos terribles, cuya única virtud consistió en que los hijos de Cossar, después de haber sido picados por ellos, no pudieron sufrirlo más, y aprovechando una noche de luna, cuando la ley y el orden dormían, abrieron un canal y dirigieron el agua hacia el río, por Brook.

Pero dejaron los grandes hierbajos y las grandes ratas de agua y toda suerte de cosas enormes e indeseables que vivían y se criaban en el sitio que habían escogido, el mismo sitio donde el hermoso edificio para la gente pequeña podía haberse elevado hasta el cielo…