El Corazón de las Sombras
7 La prueba
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La prueba
Laila se arrastró trabajosamente sobre el paisaje fantasmagórico de dunas traicioneras. Con cada paso se hundía hasta las rodillas, y cada bocanada de aire le causaba un dolor insoportable en la garganta y en el pecho. Los labios resecos le ardían agrietados y la arenilla le picaba en los ojos impidiendo saber hacia dónde se dirigía. Seguía a Aurige por inercia, y el huracán las abofeteaba a todas con ráfagas despiadadas que aullaban a su alrededor como una manada de lobos hambrientos.
—¡No podemos quedarnos en el mismo sitio mucho tiempo! —les había gritado la morena con todas sus fuerzas, pero sus palabras se perdieron en la horrible ventisca que atronaba los oídos y las cegaba haciendo saltar las lágrimas.
Laila trató de decir algo pero de inmediato la boca se le llenó de arena, y además se había envuelto la cara y los cabellos en un pañuelo para protegerse del azote furioso de la tempestad.
El salto al reino de Acuarïe se había convertido en una pesadilla, porque los vientos salvajes recorrían la superficie desértica como nuevos dueños de aquel mundo destruido, y parecía que no iban a tolerar la presencia de extraños en sus recién adquiridos dominios.
En cuanto el Reina Katrina y la isla de Silveria desaparecieron, un huracán de arena se había precipitado sobre ellas arrastrando el navío en medio de los gritos de pánico. Arrancó la vela de cuajo y el mástil crujió peligrosamente ante la tremenda embestida, mostrando a las claras que no podría resistir mucho más. Nimphia gritó algo que se perdió en el estruendo y Laila sintió de repente que alguien la cogía de la cintura y la arrastraba hacia la baranda. El alma se le congeló al precipitarse hacia los torbellinos que zumbaban a sus pies con un sonido de mil demonios. Un segundo después de que Violeta y Nimphia saltasen tras ella, los vientos se ensañaron con el barquichuelo, y lo zarandearon como un títere miserable hasta romperlo en mil astillas.
El corazón le latió de forma salvaje hasta que sintió que estaba sana y salva en tierra. Por un momento Laila quiso darle las gracias a Aurige, pero ella miraba al suelo con gran preocupación. Casi parecía dispuesta a echar a volar aun a riesgo de ser arrastrada por la oscuridad aullante del vendaval.
La lunarïe dejó claras sus intenciones de dirigirse hacia algún sitio concreto, y durante un tramo que a todas les pareció una pesadilla interminable, caminaron luchando contra el viento mientras se hundían a cada paso en un suelo de arena que parecía querer arrastrarlas hacia abajo.
Nimphia ayudó a una maltrecha Violeta hasta que la shilaya se desplomó sobre la tierra, exhausta. Las tres amigas la observaron con preocupación pero la anciana les indicó con un gesto fatigado que se encontraba bien. Alzó la mano y la varita mágica destelló en medio del rugido ensordecedor. De inmediato el suelo se combó hasta formar una impenetrable duna de varios pies de altura. La anciana se dejó caer sobre la barrera de arena y por un momento pareció que iba a desmayarse. Las mortíferas ráfagas se estrellaban una y otra vez contra aquella repentina protección y por un segundo ilusorio, Laila creyó que incluso sería capaz de descansar.
La tormenta ululaba a su alrededor con sus extraños gemidos, y todo el paisaje parecía cambiar una y otra vez, formando figuras caprichosas que permanecían en pie un segundo en medio de las tinieblas, como fantasmas exánimes, para luego deshacerse en nuevas riadas serpentinas. La muchacha escupió la arenilla de su boca y cuando se sentó arrebujándose junto a Nimphia y Violeta, sintió el dolor y el agotamiento en todos los músculos. Sobrecogida, contempló por fin el extenso desierto de Acuarïe ante sus ojos.
Hasta aquel momento sólo había podido imaginar, de forma vaga, el horror que debieron vivir los acuarïes en sus últimos momentos de vida. Atlantia se lo había descrito y también Aurige, pero ahora mismo lo sentía en su propia carne, como si cada diminuto grano de arena fuese el alma de uno de aquellos desdichados que le chillaba el horror desencadenado por su propia madre contra aquel mundo.
Sentía las náuseas de la culpabilidad nublarle la vista, y no conseguía comprender por qué Violeta las había traído a aquel lugar maldito para entrenarlas. Si es que de verdad eran esas sus intenciones, claro. Miró a la shilaya de reojo sin saber qué pensar. La mujer respiraba con inquietud y se agarraba el pecho como si le doliese. La arena se le había pegado en su cara sudorosa formando manchas oscuras que le daban un aspecto mortecino, y por vez primera Laila comprendió que la vida se le escapaba por todos sus poros, que su edad de siglos o milenios le estaba pasando factura por fin y que, aunque la anciana luchaba contra el tiempo con todas sus fuerzas, llegaría un momento en que ya no tuviese más remedio que rendirse.
Como si le hubiese leído el pensamiento, Violeta la miró con una intensidad espectral y Laila sintió miedo de verdad. De repente se dio cuenta de lo mucho que dependían de ella, y lo malacostumbradas que estaban a que la shilaya resolviese casi todos sus problemas. ¿Qué pasaría si la anciana faltase o si algún día sucediese lo que era ley de vida?
—Os lo repito, no deberíamos quedarnos sentadas en el mismo sitio mucho tiempo —volvió a decir Aurige y aunque su voz fue un susurro, esta vez todas la escucharon perfectamente en medio de los aullidos del viento.
—¿Por qué? —quiso saber Nimphia, que estaba tiritando de frío a pesar de que la duna las protegía de las inclemencias del vendaval.
—Porque hay cosas vivas en el subsuelo —les reveló—. Raíces y plantas sedientas que vendrán a por nosotras en cuanto noten nuestra presencia, si es que no lo han hecho ya.
Laila se puso en pie de inmediato mirando a todos lados llena de temor. Aurige no sonreía ni parecía que estuviese de broma. Nunca les había contado lo que le ocurrió allí con Jack Crow cuando fueron en busca de las Piedras de Firïe, pero su voz tenía tintes de veracidad y además, de repente le parecía ver cosas, formas agusanadas reptando bajo las arenas.
Nimphia dio un brinco y ahogó una exclamación cuando la tierra comenzó a burbujear a sus pies, y Aurige se elevó unos centímetros del suelo de forma instintiva.
—No va a pasarnos nada… —empezó Violeta con cansancio.
Y de repente un tentáculo grisáceo emergió de la arena y le atrapó la mano que sostenía la varita mágica. La raíz tiró de ella hacia abajo en medio del pánico general. Nimphia ahogó un alarido en el momento en que varias aspas de luz negra cercenaban aquella tuberosidad repugnante. Los pedazos cayeron en medio de un gorgoteo grumoso y de inmediato fueron succionados hasta que sólo quedó la arena inmaculada.
Laila ayudó a Violeta a ponerse en pie mientras Aurige vigilaba en todas direcciones, con varias hélices girando sin cesar y los ojos muy abiertos.
—Esta no es la forma en que quiero entrenaros —volvió la shilaya a jadear, irguiéndose orgullosa.
—¿Ah, no? —soltó Aurige con cinismo—. Pues o nos explica cómo, y rapidito, o nos convertimos en abono del jardín.
Y extendió el brazo señalando imperativa hacia algún lugar a espaldas de las otras. Las aspas negras la obedecieron al momento, y se lanzaron en picado zumbando por el aire hasta impactar en una masa de arena chorreante que crecía desde el suelo. El nuevo tentáculo se revolvió de dolor pero siguió avanzando con una sed desquiciada, mientras cientos de brotes rompían su superficie seca con pequeñas ramitas asquerosas que se alargaban ansiosas hacia ellas cuatro, y todo acompañado de un sonido abominable, semejante al de millones de insectos crujiendo dentro de una caverna.
El suelo amarillento se tornó verdoso, como si creciese una alfombra ávida que intentaba reptar por sus piernas hacia arriba, y la arena se combó en montículos que palpitaban lentamente a punto de abrirse para escupir algo horrible.
Laila sintió las náuseas revolverle el estómago, pero entonces oyó a Nimphia gritar a los vientos con una voz que sonaba con un susurro imposible de repetir. En sus manos se formó un arco de rayos y los torbellinos de arena se detuvieron un segundo a escucharla.
—¡Laila, haz eso de la sal! —le gritó Aurige, que enviaba pequeñas oleadas de aspas hacia las plantas y recordaba perfectamente que Jack había logrado contener el ataque de aquellas raíces con un extraño pistolón, regalo de Lord Ho.
La muchacha asintió a pesar de que un escalofrío le recorrió la espalda. La imagen de los albanthïos horriblemente mutilados y quemados en las llanuras de Nan-Tasïr no era un recuerdo grato, aún así se arrodilló en la arena verdosa y hundió las manos en ella con los ojos cerrados. La tierra cristalizó en una capa lechosa y las hélices de Aurige la hicieron añicos. Nimphia susurró algo en su lenguaje silbante y un relámpago parpadeó en la neblina. De repente todo estalló hacia arriba en una cortina blanca, y el viento aullante dispersó los cristales de sal en una onda mortífera que hizo que el aire se combase como la superficie rota de un lago.
Durante unos instantes los siseos arrastrados y los crujidos de dolor llenaron el ambiente y luego, poco a poco, un silencio grave inundó el páramo mientras la arena volvía a su color dorado y las riadas de plantas se hundían para no salir más. El sol azulado brilló por fin entre la bruma y el gemido del viento se fue apaciguando hasta desaparecer.
Laila escuchaba los latidos salvajes de su corazón en los oídos, pero también había algo más en la tierra a sus pies: una respiración lenta y abatida, como si la tempestad se rindiese ante ellas y el desierto de Acuarïe hubiese decidido dejarlas tranquilas.
Inspiró profundamente sin saber exactamente qué estaba sintiendo, pero en ese momento la risa exultante de Aurige le dio la clave: ¡habían vencido! Eran capaces de todo y sin entrenamientos de shilayas. Además habían hecho un perfecto trabajo en equipo, Violeta no podía exigirles nada mejor.
La risa de su amiga resultó contagiosa y se abrazó a Nimphia celebrando la gran victoria.
—¿Qué dice a eso, señorita shilaya? —se carcajeó Aurige con sus alas vibrando de emoción—. ¿Así que no sabemos combatir, eh?
—No he visto nada digno de celebrar —las sorprendió ella, caminando pesadamente sobre la arena—. Habéis jugado un poco con los elementos, ¿y qué? Nimphia ha tenido incluso que implorar a los vientos para poder ejecutar el golpe final.
Entonces puso una mano sobre el hombro de la joven y la miró con dureza a los ojos.
—A los vientos no se les suplica, muchacha —le dijo con aquella garra haciéndole daño y Nimphia se sintió palidecer—. Se les ordena, y ellos obedecen.
Nimphia abrió la boca horrorizada ante tal blasfemia. En Airïe, decir algo así era el insulto más grande que se podría imaginar. Los vientos eran libres, eran los dueños y señores de su reino y campaban a sus anchas sin que nadie pudiese doblegarlos.
—Y tú —Violeta se volvió a Aurige, que se le había quedado la sonrisa congelada en el rostro—. ¿Quieres hacerme creer que el poder de la noche de Lunarïe consiste en lanzar unas hélices? Yo soy lunarïe, igual que tú, y me estás avergonzando. En cuanto a ti —se volvió de inmediato a Laila sin dejar que Aurige le replicase—, las antiguas reinas Serpiente estarán revolviéndose en sus tumbas por lo que has hecho.
Laila tragó saliva con la cara como un tomate, sin saber qué contestar. Acababan de salvarle la vida a aquella anciana loca y en lugar de agradecérselo, se dedicaba a regañarlas y a humillarlas. Aurige se cruzó de brazos con los labios apretados y la mirada más oscura que nunca.
—Vais a aprender de verdad lo que es el poder —siguió la shilaya haciendo caso omiso a sus caras contrariadas—, y para eso necesitáis una cura de limpieza, o de humildad si lo preferís. Estáis llenas de suciedad, de recuerdos que os limitan, de costumbres aprendidas que no son más que ataduras.
—Vale, pero… —empezó Laila.
—¡No he terminado de hablar! —exclamó la anciana sacudiendo la varita, que restalló como un trueno y de repente una onda expansiva las arrojó al suelo, a varios metros de donde habían estado.
Aurige se puso en pie como un rayo y en la punta de su dedo brilló una de sus aspas negras. Violeta la miró divertida, casi provocadora.
—Estoy deseando —le advirtió con la estrella de su varita reluciendo bajo el sol azul—. Vamos, atácame si eres capaz.
La morena dudó. Recordaba demasiado bien el poder de Violeta como para ceder a su primer impulso, y además su tono de voz no le gustaba nada. Ruborizándose por aquel fracaso, hizo desaparecer la hélice y sus manos temblaron de rabia.
—En condiciones normales —siguió la anciana dando cortos paseos, como un general frente a una tropa de soldados desaliñados—, tardaríamos años en conseguir un resultado medio decente. No sois shilayas, en toda vuestra vida sólo habéis hecho lo que os ha dado la gana bajo los mimos de vuestras madres… o la protección de tu padre —le soltó a Laila sin rubor—. Eso se acabó.
Las contempló de una en una, calibrándolas en silencio. Laila pensó que la escena era casi una comedia: una anciana achaparrada vestida con una túnica gris andrajosa estaba amedrentando a las princesas de Faerie, incluso a ella, que era la reina Serpiente; como una monja antigua que las iba a poner de rodillas y con los brazos en cruz.
—Sin la reina de Solarïe, el entrenamiento no será igual de bueno —siguió Violeta apoyándose en un bastón que había hecho surgir de la nada—, pero no podemos hacer otra cosa en este momento.
—Usted dijo que nos ayudaría a rescatarla —le espetó Nimphia a toda velocidad antes de que la anciana la mandase callar o la tirase a la arena.
—Sí —asintió ella despacio—, y así lo haremos. Pero ella no estará tan preparada como vosotras, ¿entendéis? Pudiese ser una grave carga al final…
—No —negó la airïe con pasión—. Cyinder no será una carga. Sólo está atrapada. En cuanto se libere de la influencia de esa bruja, volverá a ser la vieja Cyinder de siempre, ya lo verá.
—Eso espero —Violeta suspiró profundamente—. Bien. Lo primero que haremos, y probablemente lo más difícil, será destruir todo lo que os aprisiona. Romperemos las ataduras que os inmovilizan. Son charcos de barro sucio que han formado una costra a vuestro alrededor y que os asfixian sin que os deis cuenta. Si lo conseguimos, lo cual dudo, entonces y sólo entonces tendremos una oportunidad de enfrentarnos a Maeve.
Todas permanecieron silenciosas y la shilaya leyó en sus rostros la duda, la incredulidad e incluso el desdén. Con un suspiro cansado volvió a agitar su varita y frente a ella apareció otro bastón retorcido, de una madera basta y llena de callosidades. Sin más preámbulos lo partió en tres y dio un fragmento a cada una de las chicas. Ellas contemplaron los trozos de madera astillados sin saber qué decir.
—Estas son vuestras varitas mágicas —les reveló, y al escuchar aquello Aurige soltó la suya como si hubiese tocado una serpiente. La madera comenzó a hundirse en el suelo a toda velocidad.
—¡Cógela, rápido! —gritó la anciana presa del pánico y la lunarïe removió la arena con el pie justo donde había desaparecido su trozo un segundo antes.
Al no encontrarlo los ojos se le abrieron como platos y empezó a escarbar a toda velocidad sin resultado. Después de profundizar casi un metro en la arena inútilmente miró a Violeta un poco cohibida. La furia destellaba en los ojos de la shilaya.
—Bien, pues tú ya no tienes varita —la regañó temblando de ira, y la lunarïe estuvo a punto de levantar los hombros en un: ¡Y a mí, qué! desdeñoso, solo que prefirió no empeorar más las cosas y guardó un silencio prudente.
—Ahora quiero que os sentéis en la arena. Sí, lo habéis oído bien —repitió al ver la suspicacia en sus rostros—, y no, las plantas no son un peligro que tengáis que temer. El mayor peligro sois vosotras mismas. A partir de ahora tendréis que luchar contra vuestros defectos, contra todo lo que os hace débiles, y os advierto que no va a ser fácil. No, lo más probable es que fracaséis.
—Usted me dijo que me enseñaría a invocar una Luna Negra —dijo Aurige con gesto hosco, cruzándose de brazos.
—También te dije que recuperases tu varita y no lo has hecho.
—Eso es una excusa barata —gruñó ella ante las palabras desafiantes de la shilaya.
Violeta levantó los hombros con el mismo desdén cínico que ella. Laila pensó, y no por primera vez, que a pesar de las diferencias y de que la anciana era una shilaya, el carácter lunarïe era muy parecido en ambas: tercas, fuertes, pero dispuestas a dar lo mejor de sí mismas en cualquier tipo de combate, ya fuese físico o verbal.
La anciana movió su varita y les señaló la arena, dejando muy claro que no iba a consentir ni una insubordinación más. Las tres se sentaron refunfuñando, con las piernas cruzadas, y la anciana se alejó un poco de ellas secándose el sudor de la frente con su pañuelito bordado.
—Y que os quede claro que estoy siendo benévola —se sentó pesadamente dándoles la espalda, con el bastón clavado a su lado en un equilibrio precario.
Sonaron toses y bufidos pero ella no se molestó en girarse.
—Sí —respondió al aire—. Podría obligaros a hablar en verso y no lo estoy haciendo, así que no me hagáis enfadar.
—¿Pero qué tenemos que hacer exactamente? —preguntó Laila mientras Aurige se tocaba la sien con un gesto que indicaba chifladura.
—Esperar.
Y ya no volvió a decir otra palabra.
Las tres se miraron con malas caras y después a la figura de Violeta, que había hecho aparecer una sombrillita y se refugiaba del inclemente sol azul. Los primeros minutos pasaron sin saber qué hacer.
—Esto no es lo que esperaba —susurró Nimphia dibujando en la arena con la punta astillada de la supuesta varita.
—¡Silencio! —las sobresaltó Violeta—. Ni una palabra hasta que yo lo permita, y si tenéis algo que decir, en versos endecasílabos.
Laila estuvo a punto de soltar una carcajada, pero se contuvo a tiempo al ver las miradas de sus amigas.
—¿Oiga, cuándo comemos? —volvió Aurige a la carga con una sonrisa lobuna.
Violeta no contestó, pero todas percibieron que estaba disfrutando de un platito lleno de pastas que, de repente, se les antojaron deliciosas. La lunarïe puso los ojos en blanco.
—Y con todo este calor, ¿cuándo usaremos el tenedor? —le espetó con descaro en voz alta.
No recibieron respuesta y aunque tenían caras agrias, ninguna se atrevió a levantarse ni hacer otra cosa que pudiese enfadarla. Laila suspiró desanimada y también decidió distraerse con líneas y dibujos en la arena.
—Creo que no era endecasílabo —oyó el susurro comedido de Nimphia.
Quiso reírse, pero al final la gravedad de su precaria situación se impuso. Dejó su mente divagar mientras los surcos se volvían cada vez más intrincados. Aquello era la pérdida de tiempo más grande y absurda que había vivido nunca. Debería tener agallas para marcharse y buscar ella misma la solución para rescatar a Nïa. Además sus amigas no iban a ayudarla mucho. Aurige no hacía más que buscar pelea y Nimphia no era capaz de tomar una decisión por sí misma y a veces era un poco molesta.
En realidad no sabía por qué era amiga de ellas —siguió divagando mientras hundía la varita y esparcía la arenisca—. Total, ahora que tenía confianza en sí misma y su pelo verde no importaba, tampoco tenían tanto en común. Levantó la vista y las observó en silencio. Nimphia tenía los ojos cerrados y Aurige, con su eterna mueca de enfado, seguro que estaba pensando en Jack Crow. ¡Qué estupidez!
De inmediato aquello le llevó por otro derrotero: sir Richard y todas las mentiras que le había hecho creer toda su vida. Su padre no era más que un bobo engañado que le invitaba a su casa año tras año, y todo, ¿para qué? Para tejer una telaraña envolvente hasta conseguir sus propósitos egoístas… Al final todo el mundo tenía motivos egoístas. Ella era la única que se esforzaba y no recibía más que desprecios…
Dejó de dibujar en la arena para contemplar el paisaje desértico. El sol estaba alto en el cielo, pero las sombras se iban alargando. Empezaba a tener hambre de verdad y el calor resultaba sofocante. Violeta podía pensar lo que quisiera, pero ella iba a comerse unas galletas, con o sin su permiso. Cerró los ojos concentrándose en la comida pero nada sucedió. Volvió a intentarlo sin resultado y empezó a agobiarse. Además, aparte del hambre tenía sed, y sólo de pensarlo la necesidad de beber se hizo insoportable.
Chistó a Aurige en un susurro pero la morena no le hizo caso. De hecho ella y Nimphia parecían dos estatuas oscuras que ni siquiera respiraban. Laila tragó saliva sintiéndose incómoda y algo asustada. Todo a su alrededor era muy raro, el sol viajaba por el cielo a gran velocidad en su camino al ocaso y no se escuchaba ni un sonido. Nada. La calma era espeluznante, como si se hubiese quedado congelada dentro de un cuadro sin vida.
Aquello era obra de la shilaya sin duda; alguna brujería, porque no era un hada madrina, desde luego que no. Era una bruja. Se puso en pie despacio, y tras sacudirse la arena de las piernas se dirigió a la anciana dispuesta a decirle cuatro verdades. Violeta le daba la espalda sin moverse y Laila supuso que con el silencio y el calor, se había quedado dormida.
La sacudió del hombro y de repente ahogó una exclamación de horror y sorpresa al notar que la ropa se deshacía entre sus dedos, y la figura se escurría como la arena. Miles de mariposas salieron volando y se perdieron en el cielo azul. Ella se quedó jadeando sin saber qué ocurría hasta que el corazón volvió a recuperar el pulso.
Violeta había desaparecido. Vale. Aquello también formaba parte del sueño raro, la prueba de limpieza que ella les quería hacer sufrir. Solo que Laila no encontraba de qué tenía que limpiarse. Bastante había sufrido ya en su vida, con sus cabellos verdes, los insultos, las mentiras de todo el mundo, para encima ser la que tuviese que cambiar de carácter.
Se dio media vuelta para hablar con las otras y se llevó una nueva sorpresa. Estaba sola. Aurige y Nimphia habían desaparecido y Laila parpadeó incrédula. Ya estaba bien de trucos de shilayas y tonterías —pensó con el corazón encogido buscando huellas en la arena que se alejasen hacia algún lugar—. Sabía que todo era un truco mental. Tenía que ser un truco mental, pero en la soledad del desierto, con el calor y la sed martilleándole sin piedad, lo único que se le ocurría era que sus amigas la habían dejado sola.
Dio unos pasos hundiéndose en la arena blanda sin saber qué hacer. Se frotó los ojos, se pellizcó duramente por si tenía que despertar, pero era inútil y además, la piel dolorida y roja le indicaba que no estaba soñando. De acuerdo, seguiría la corriente de aquella pesadilla mental o lo que fuese. Total, no tenía prisa. Su hermana podía esperar un poco más en “Tenebrilandia”. ¿O no era ella el todopoderoso Ojo de la Muerte que sabía el futuro y el pasado y podía cambiarlos a su antojo? Si quisiera podía salvarse sin necesidad de que ella tuviese que arriesgar el pellejo en ir a buscarla.
Se sentó de nuevo sobre la arena, pues si no sabía a dónde ir, ¿para qué iba a moverse? Siguió divagando sobre Nïa mientras notaba ya el frío del ocaso. El sol se había vuelto anaranjado y se hundía enorme en la línea del horizonte. Las sombras de las piedras eran largas y sinuosas, casi triangulares, y a su cabeza acudió la ensoñación vivida en el Reina Katrina: Cyinder y Nimphia muertas mientras esas mismas sombras se arrastraban sonrientes a sus pies, y una Aurige horrorizada en cuyos ojos leía acusaciones, burla, desdén…
—Laila —la asustó de repente una mano en su hombro y ella dejó escapar un alarido histérico.
Se volvió para descubrir que Aurige la observaba burlona, con una sonrisa demasiado… demasiado perversa.
—¿Pero dónde estabas? —le espetó casi a gritos—. Me has dado un susto de muerte.
—Pues haciendo lo que tú querías, claro —se extrañó la otra, un poco dolida—. Ven, mira.
Y la cogió de la mano arrastrándola hacia un pequeño montículo que resaltaba en la superficie plana del desierto. Laila observó la formación con curiosidad. Era un túmulo alargado y la arena tenía un color oscuro, como si alguien la hubiese removido para enterrar algo… o a alguien. Miró a Aurige de pronto muy asustada. Su amiga seguía sonriendo mientras contemplaba su pequeña obra, y sus manos estaban manchadas de algo parduzco.
—¿Dónde está Nimphia, Aurige? —quiso saber sintiendo que el miedo iba adueñándose de su corazón. No quería mirarle las manos, no quería ver las manchas rojizas bajo sus uñas, como si fuese sangre seca…
La morena le hizo un guiño con su sonrisa secreta.
—Bueno, tú has dicho que era una carga molesta, y que no era capaz de tomar decisiones…
Laila sintió que el corazón se le congelaba. Si Aurige estaba de broma, era una broma de muy mal gusto. Buscó a su amiga de Airïe casi con desesperación, pero no había ni rastro de ella.
—Yo sólo he hecho lo que tú pediste —se volvió a justificar Aurige—. Dijiste que era mejor que nos librásemos de ella…
—¡Por Dios, yo jamás he dicho eso! —gritó incrédula, dando un paso hacia atrás mientras se tapaba la boca con una mueca de horror.
—Claro que sí —la acusó Aurige—. Lo has dicho. Se puso a llorar cuando te oyó, pero yo tuve que hacerlo. Lo sabes, es lo que tú querías…
Los ojos de Laila se habían abierto como platos.
—¡Yo nunca he querido eso, te has vuelto loca! —se dio media vuelta, aterrorizada, y echó a correr sintiendo los latidos en la garganta.
Escuchó a la lunarïe gritarle algo pero no quería oír lo que tuviese que decirle. Aquello era espantoso. La prueba de Violeta ya no tenía gracia y además estaba muy asustada. ¿De verdad Aurige había matado a Nimphia y la había enterrado? No podía ser cierto, pero… ¿por qué no aparecía ya la shilaya y terminaba aquella historia macabra?
El sol era apenas un punto brillante y el cielo oscuro estaba cubierto de estrellas frías. Laila caminaba rápido, jadeaba a intervalos con la mano apretada en el costado. Estaba muy cansada para seguir corriendo y las costillas le dolían. Tenía los labios secos y agrietados de sed pero por nada del mundo quería descansar. Deseaba ver aparecer a Violeta y de repente se dio cuenta de algo: ¿y si también estaba muerta? Aurige odiaba a la shilaya y todo lo que representaba, lo lógico hubiese sido…
Meneó la cabeza queriendo librarse de aquella idea nefasta cuanto antes. La oscuridad crecía y el miedo estaba invadiendo cada recoveco de su alma. De repente algo pasó cerca de su cara a gran velocidad, con un silbido mortífero, y se clavó en la arena a pocos metros de distancia. Una hélice negra.
—Ya sólo quedas tuuuuú —canturreó Aurige en la distancia, apenas un eco distorsionado de su propia voz que sonaba demasiado lenta y melosa.
Aceleró el paso sin mirar atrás. Sin darse cuenta estaba llorando de miedo porque… porque era cierto. Había creído que Nimphia era un estorbo, que Aurige no tenía otras intenciones que las de causar violencia, que su hermana bien podía quedarse con los tenebrii para siempre…
Por Dios, ellas debían saber que no lo había pensado en serio ni tan profundamente, y sólo porque en aquel momento se sentía muy cansada y llena de frustración. Y se arrepentía con toda su alma, de verdad que se arrepentía…
A lo lejos le pareció ver una luz en aquel desierto de tinieblas, como si un dios benévolo hubiese acudido en respuesta a sus plegarias, y se dirigió hacia allá corriendo sobre la arena fría. Dos figuras se sentaban junto a una agradable hoguera y Laila suspiró llena de alivio al comprobar que se trataba de Violeta y de Nimphia.
¡Dios, había llegado a creerse toda aquella historia de muertes violentas y locura! —respiró recuperando el resuello y dejó descansar los músculos. A punto estuvo de echarse a reír de alivio cuando se dio cuenta de que las dos figuras la miraban sin pestañear, y sus ojos brillaban demasiado bajo la luz de la luna. Se detuvo en seco un poco amedrentada. Casi no parecían ellas. Sus rasgos eran crueles, demasiado afilados y además, sus manos eran garras alargadas y deformes bajo la luz danzante de las llamas.
—Laila —rió lo que pretendía ser Nimphia, con una voz llena de coágulos—. Ven con nosotras, siéntate.
Ella negó aterrorizada, con las manos cruzadas sobre el pecho a modo protector. Los pies se le habían vuelto de plomo, era incapaz de moverse a pesar de que su cerebro le gritaba que todo era mentira, que tenía que despertar, porque si no lo hacía, por mucho que corriese, la pesadilla al final le alcanzaría.
—No te asustes, mi niña. Ven, caliéntate en el fuego —se unió Violeta girándose de medio cuerpo para presentarle el rostro de perfil.
Solo que ya no era Violeta. Laila comprobó con la boca seca que aquella mujer era su madre, Ethera. La cara parecía cera derretida tratando de formar rasgos precisos que se detenían un segundo para volver a remodelarse.
—Ven, Laila —le ordenó con severidad.
Su voz era implacable y Laila no se resistió. Una parte de ella quería huir, pero otra más profunda deseaba escuchar las cosas horribles que aquella boca cambiante estaba a punto de pronunciar. Lo deseaba porque eran la verdad, la sucia verdad que ella escondía en lo más profundo de su corazón.
La figura que había sido Aurige se acercó al fuego y Laila descubrió que ahora era Nïa. Una Nïa muy distorsionada, con la corona de Firïe puesta en la cabeza, solo que las piedras parecían corruptas, con un brillo sanguinolento que destilaban pestilencia y enfermedad por donde pasaban.
—Tú nos has hecho así, lo sabes, ¿verdad? —susurró Ethera con una voz tan rasposa que parecía una lija arañando el hierro.
—No —dijo Laila notando que la hoguera desprendía un frío intenso, casi tenía las manos azuladas—. Yo no te he hecho nada, porque tú no eres mi madre.
—Claro que lo soy, cariño. Estoy en tu cabeza. Soy así porque tú me ves así.
Ella negó exageradamente. Ethera era buena; al final fue una buena madre y se sacrificó para que terminase la maldición que la envenenaba por dentro…
Aquella cosa se rió con el sonido de los cuervos graznando en la noche.
—¡Oh, mi cielo! Deseas tanto ser aceptada que intentas justificarme… No, no fui una buena madre. Te utilicé, lo sabes. Destruí este mundo sin que me importasen los gritos de terror que resonaban en mis oídos —cogió un puñado de arena y lo dejó resbalar lentamente por entre los dedos—. Y luego envié a Nïa a Throagaär para completar mi venganza.
—No, únicamente estabas equivocada, al final lo comprendiste —la voz de Laila sonaba desesperada, casi suplicante.
La figura de Nïa sonrió y la luz sangrienta de las piedras se derramó sobre su rostro. Parecía una vieja decrépita en el cuerpo de una niña.
—¿No te das cuenta? —le susurró con una risa infantil—. Somos lo que en verdad piensas de nosotras. No puedes mentirte a ti misma. Estamos aquí, a tu lado.
Estiró su mano para que Laila la tocase y viese que era de verdad. Ella negó despacio. Quiso ponerse en pie para marcharse pero las piernas no le obedecieron.
—Te quedarás con nosotras —siseó Ethera cogiéndola por la muñeca y Laila sintió un dolor espantoso.
—Suéltame —gimió—, me haces daño. Suéltame.
La piel se le había vuelto cerúlea allá donde su madre había dejado la marca de sus dedos. El dolor agudo se había vuelto horrible, como si le clavasen pequeñas astillas en la piel que penetraban lentamente hacia el interior, para brotar allí dentro como semillas podridas.
—No quieres que te suelte —rió Nïa con sus ojos ocultos tras vendas mugrientas y sucias—, al revés. Estas deseando morir, hermana, y lo sabes. Porque eres como nosotras, llevas el mismo veneno en tus venas. Y además te lo han dicho muchas veces: destruyes todo lo que tocas.
Laila negó. Estaba llorando sin poder evitarlo. Porque aquellas palabras malignas llegaban hasta lo más profundo de su corazón, estaban arraigando allí dentro y dolían; sobre todo dolían porque eran la verdad. Lo que siempre había temido. No había redención posible para los ithirïes ni para ella. Destruía todo lo que tocaba. Destruyó la felicidad de su padre con sus eternos egoísmos, destruyó a sir Richard al no darle ni una sola oportunidad, incluso destruyó a su madre, que murió allá en el Templo del Amanecer por salvarla a ella en el último momento…
Concentrando toda su voluntad logró ponerse en pie para marcharse de allí. Miró a Nïa un segundo y esta le devolvió la mirada tras las vendas con una mueca siniestra. Cuando se dio media vuelta se llevó un susto tremendo al toparse súbitamente con su hermana otra vez allí, pegada a su cara. Un nuevo dolor intenso hizo que las pupilas se le dilatasen de dolor y sorpresa, y antes de desplomarse contempló casi en sueños la empuñadura de un cuchillo de plata clavado en su pecho. La sangre oscura manaba abundantemente y Nïa se retiró de su lado con una sonrisa comprensiva.
—¿Ves? Ni siquiera eres capaz de quererte a ti misma —le dijo—. No soy yo quien ha empuñado la daga, sino tú. No te engañes, querida hermana. Esto es lo que guardabas en tu corazón y lo que te mereces.
Laila estuvo a punto de asentir. Era lo que se merecía. Apoyó la mejilla en la arena despacio, sintiendo que la vida se le escapaba a borbotones. Cerró los ojos llenos de lágrimas mientras notaba la sangre caliente fluir de la herida abierta con cada latido, cada vez más lento. Ya no había dolor. Ya no importaba nada. Su madre tenía razón sobre ella, y Nïa, incluso Aurige. No era más que veneno ponzoñoso que debía ser exterminado…
Se sentía cada vez más débil y la mente se le llenaba de neblina algodonosa y gris. Ya quedaba poco para descansar por fin. Recordó la imagen de Ethera que hasta ese momento había guardado como un tesoro antes de que la realidad la vapuleara con su barro sucio: allá en el Templo del Amanecer, rodeada de las sombras, su madre le reveló que la quería y que ella era su corazón.
Ella era su corazón… En su mente alucinada se mezclaban las imágenes. Su madre le daba un corazón de jade para que ella lo guardase, porque ella era su corazón, era a quien más quería…
Los párpados se le cerraban. Iba a dormir y dejar que las raíces sedientas de Acuarïe la atrapasen y tirasen de ella hacia abajo, hacia la oscuridad fresca del desierto. En el silencio que lo invadía todo casi podía oír el siseo de las plantas trepadoras subiendo hacia ella, y sintió el lento latido de su corazón contra la tierra como un goteo: bum… parecía expandirse en oleadas, bum… Ya no escuchaba a su madre ni a su hermana a su alrededor. Se habían ido juntas. De nuevo estaba sola, y sola moriría.
De repente fue consciente de tener algo en las manos y entreabrió los ojos un segundo para ver el objeto antes de que llegase el fin. Era su varita mágica, el trozo de bastón que le había dado Violeta y que no servía para nada. Acarició los nudos y las callosidades de la madera rota y entonces pensó que si ella tuviese el Corazón de Jade, reviviría aquel trozo de madera muerto y lo haría florecer.
El Corazón de Jade, tan poderoso como las mismísimas Piedras de Firïe — recordaba haber oído algo así mil años atrás—, era capaz incluso de devolver la vida. Pero con ella no serviría para nada, no era más que veneno, destruía todo lo que tocaba, todo lo que amaba…
La mano que sostenía la varita le cosquilleaba. Algunas raíces trepadoras se habían enroscado entre sus dedos, pero no tiraban de ella hacia abajo ni le hacían daño. Más bien era como gatitos mimosos que se acercaban y jugueteaban con ella. Igual que las mantícoras de Nan-Tasïr —recordó—, porque ella había revivido las Piedras de Firïe, incluso el mismísimo sol de Firïe había renacido de sus cenizas…
Aquel recuerdo la despertó un poquito y parpadeó asombrada saliendo del mortífero letargo que parecía embrujarla. La noche llegaba a su fin y en el horizonte el cielo clareaba a gran velocidad.
La herida sangrante seguía latiéndole, ahora más rápido, pero el dolor sólo fue un eco lejano y sin importancia. Porque de repente no quería morir. Al revés, necesitaba vivir. Lo necesitaba sobre todas las cosas porque se había acordado de algo muy importante, prácticamente lo más importante del mundo y ahora sabía por fin lo que quería, en realidad siempre lo había sabido. Solo que estuvo oculto bajo un charco de barro, un lodo pestilente que la había aprisionado toda su vida en un cascarón de suciedad y autocompasión.
Se arrastró sobre la arena caliente con sus últimas fuerzas. A su alrededor las raíces y las pequeñas plantas reverdecían, estaban floreciendo, igual que su varita mágica. Pero ya no había tiempo, era demasiado tarde. El sol azul brillaba en lo alto y el viento movía la tierra, se le metía en los ojos y en la boca.
—¡Violeta! —gimió una última súplica notando el sabor salado de su sangre en los labios.
Cerró los ojos y ya no supo más. El viento siguió aullando y arrastrando la arena en ráfagas despiadadas que parecían deseosas de cubrir su cuerpo con un fino manto dorado. En su mano, sin embargo, la varita mágica latía como un corazón rebosante de vida.