El Corazón de las Sombras

Bárbara G. Rivero · Capítulo 6 de 28

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El Corazón de las Sombras

4 La sombra de una traición

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La sombra de una traición

EL príncipe Devio hizo tamborilear sus dedos sombríos sobre el reposabrazos de su trono. Sus ojos taimados recorrieron las filas de servidores oscuros que se arrastraban a sus pies suplicando clemencia, y con un aleteo de la mano los mandó callar.

Se puso de pie en silencio y caminó sobre ellos, pisando sus cabezas y deleitándose con sus gestos de dolor. Y no sintió ni la sombra de una emoción. Uno de aquellos gusanos había intentado traicionarle. ¡A él, al príncipe Devio! Tal ignominia estaba penada con la muerte más atroz y posteriormente, la desaparición de todo recuerdo, todo vestigio de que esa sombra existió alguna vez, para ser relegada a la nada absoluta.

Se deslizó por la pared de granito hasta el techo para mirarlos desde arriba. Para que todos fuesen plenamente conscientes de que él siempre estaría por encima vigilándoles, de que nunca podrían escapar a su dominio.

En realidad, Devio sabía que debía sentirse orgulloso del traidor, fuese quien fuese. Era la obligación de todo tenebrii intentar llegar a lo más alto usando a los que encontrase en su camino para después aplastarlos sin piedad. Era deber de toda sombra el intentar asesinar al príncipe para ocupar su lugar. Pero eso no quería decir que tuviese que perdonar al traidor.

Y más ahora, cuando rondaba nervioso por los rincones del palacio de Throagaär espiando y vigilando cada movimiento del rey Vorian, cada susurro, y vivía en una perpetua ansiedad que le hacía perder la concentración. No, no era el momento apropiado para intentar asesinarle.

¿O tal vez sí era ese, precisamente, el momento adecuado? Si en verdad él mismo tuviese que traicionar a su amo, elegiría sin dudar una ocasión como aquella: estando inquieto, con los sentidos mermados y la atención puesta en otro objetivo, sería muy vulnerable.

De nuevo tuvo que admirar el plan de la sombra traicionera, quienquiera que fuese. ¡O quizás habían sido todos!… Comenzaba a rozar la paranoia, pero no podía fiarse de nadie. Los observó con detenimiento desde las alturas: temblorosos, postrados como ratas cobardes que en verdad le vigilaban y conocían sus pasos, y se miraban entre sí sospechando de cada movimiento… Pero no tenía forma alguna de saber quién de ellos había sido la mano ejecutora.

De todas formas no importaba. Iba a matarlos a todos igualmente. No era muy justo con sus servidores inocentes, desde luego, pero él era un Devio, la sombra de la Justicia. Una justicia distorsionada, ambigua y malintencionada. Y esa mañana, Devio se sentía un verdadero juez.

Además había otra cuestión mucho más inquietante que las ganas de impartir injusticia. Y era el hecho de que, para planear su asesinato, uno de ellos se tenía que haber dado cuenta de que él estaba siendo débil y vulnerable, y podría haber investigado un poco e incluso llegar a las mismas conclusiones que él con respecto a Nïa, el Ojo de la Muerte.

Y eso sí que no lo podía permitir. Nadie debía conocer sus planes, ni siquiera intuirlos. Por eso los mataría a todos. El mínimo resquicio podría dar al traste con su grandiosa y planeada traición en el momento final.

De todas formas, Devio no era un imbécil redomado como Prud, ni estaba dominado por los excesos, como Fortia. Si eliminaba a toda la servidumbre de su palacio a la vez, llamaría la atención de Vorian. Y Devio era delicado y sibilino. La violencia sin sentido y el castigo rápido y brutal no eran su estilo. Prefería el sufrimiento prolongado en el tiempo, la desesperación de la incertidumbre y la indiferencia premeditada. Y en eso, era un maestro.

Les castigaría. Les haría vivir en la duda permanente, con la sensación de peligro y de horrible vigilia sin jamás descansar ni saborear un momento de tranquilidad. Hasta que se desmoronasen. Y entonces, probablemente, se traicionarían y se matarían entre ellos, o bien acabarían tan locos como para vivir en los arrabales del reino de Temple.

Bajó hasta el suelo como una mancha borrosa y luego se alejó de ellos con actitud despreocupada e indiferente. Algunas sombras levantaron la cabeza del suelo sin saber qué pensar. Otros reptaron en su busca, suplicando perdón sin siquiera saber por qué estaban allí ni por qué se les estaba juzgando, pero él les ignoró.

—Tengo asuntos que atender —sonó su voz, cruel y fina como una aguja clavándose despacio en la piel—. Luego, cuando me apetezca, decidiré vuestra condena.

Y se marchó con desdén indicando que “luego” podía ser en cinco minutos, al día siguiente o dentro de cien años. Le importaban muy poco. Para eso era un Devio, y querer ser él era una tarea muy difícil y ambiciosa. No iba a permitir que otro ocupase su lugar sin presentar una batalla endiablada.

De los cuatro principados tenebrii, el suyo era el más codiciado. Bajo la sombra de Devio se podía llegar muy lejos, y aprender maneras delicadas y el verdadero arte de la maldad. Decían que el propio rey Vorian había sido un Devio en sus inicios pero claro, eso no podía insinuarlo nadie sin ser acusado de blasfemia, y por tanto ejecutado. El rey era rey. No tenía orígenes “humildes”.

Abandonó su palacio y reptó por la tierra gris hacia el borde del acantilado. Desde allí veía mejor la perspectiva de las cosas y además necesitaba estar solo un rato. Porque había algo que le sacaba de quicio últimamente.

Y ese algo…

Borró el recuerdo al momento y se concentró en el paisaje que se desplegaba ante sus ojos intentando tranquilizarse. A sus pies se abría la sima que llegaba hasta la oculta Throagaär, escondida en la oscuridad eterna. Ni el mismo sol rojo llegaba a iluminarla más que como una forma vaga y cambiante que estremecía y ponía los pelos de punta. Era algo maravilloso.

Pero ahora su oscura perfección se había ensuciado por un inmenso pilar de sombras vivas que reptaban continuamente desde el palacio hacia arriba, hacia el Templo del Amanecer corrupto y muerto, que además era la salida hacia Faerie. Miles de sombras fluían continuamente en aquella espiral de luz perversa que abría un agujero en el cielo negro, y por allí escapaban y reclamaban tierras y vasallos en los nuevos reinos por conquistar.

Y Devio debería estar contento, pero no lo estaba. Aquello se había desbocado y ahora era incontrolable. Cualquiera podía ir, hasta el más bajo y vil esclavo exigía sus derechos de colonización. ¿Y qué ocurriría luego? ¿Nacerían nuevas dinastías tenebrii con sus príncipes de pacotilla? ¿Intentarían independizarse de Throagaär y crear sus propias leyes? Incluso… ¿surgiría un nuevo rey tenebrii en Faerie al que habría que derrocar? A Devio le hubiese gustado comentar esto con sus hermanos, pero Fortia, Prud y Temple habían dado permiso sin restricciones. Él era el único que había prohibido a sus súbditos sombríos salir hacia el país de las hadas. Tal vez por eso se habían confabulado para intentar matarlo, ahora se daba cuenta. En definitiva había ocurrido una cosa que nadie se esperaba: habían tenido éxito, habían ganado. Pero resultaba que no estaban preparados para los acontecimientos, les habían pillado desprevenidos.

Trató de no pensar más en todo aquello, que en realidad era indigno de un tenebrii. Debería estar contento, incluso feliz de la victoria, pero a Devio le gustaba calcular sus jugadas a largo plazo y tener controladas todas las variables. Era ordenado y sistemático, y aquel caos lo estaba descontrolando. Aquel caos… y ella, por supuesto.

Siguió con la mirada la columna de luz violácea llena de risitas, aullidos y carcajadas desquiciadas en su éxtasis, hasta que sus ojos sesgados toparon con la vieja realidad de la roca oscura, la firme piedra tenebrii que todavía los sostenía a todos, aunque Vorian no se diese cuenta de que los estaba haciendo caminar por el filo de una navaja.

Ante sus ojos, azotado por los continuos vendavales de tierra, se encontraba el gran desierto de Karnume; un lugar infame del que nadie había salido vivo jamás, pero que mantenía intacta la leyenda de un Devio. El que, junto a una de las primeras Fortia, casi logró matar al rey Vorian con la Daga del Sol. El golpe mortal falló misteriosamente en el último momento y los traidores fueron perseguidos sin piedad. La princesa Fortia murió despedazada y aquel Devio tuvo que huir para nunca volver.

Más allá del desierto se encontraban las KälaAseih, las montañas gemelas que eran las puertas a la brumosa llanura de Qelher; un vasto páramo que cambiaba a voluntad, plagado de vida espeluznante incluso para los propios tenebrii. Y más allá nadie sabía qué se ocultaba. Si alguna vez el gran Devio lo consiguió, si logró atravesar el desierto entero y adentrarse en las nieblas susurrantes de Qelher, era algo que nadie sabía. Tal vez sobrevivió. Tal vez se ocultó y ahora espera su regreso…

Devio sacudió la cabeza y observó soñador el borde del que caía la arenilla de cristal negro, desparramándose en nubes pestilentes. Si las cosas no salían bien, tal vez él mismo tuviese que huir bajo el sol rojo y despiadado a través del gran desierto. Pero estaba dispuesto a asumir el riesgo y seguir los pasos de aquel legendario Devio. Nunca hubo otro más grande y aunque hubiese muerto —cosa que nadie había demostrado—, su gesta inmortal permanecería hasta el fin de los tiempos. A menos que él lo superase logrando la mayor hazaña del reino tenebrii jamás lograda: matar al rey.

Desde lo alto de aquel cortado de rocas y azotado por la arena del vendaval eterno, el sendero bajaba por el borde de la pared como una espiral de horror hasta llegar a la misma ciudad de Throagaär, construida sobre sí misma una y otra vez en lo más profundo del acantilado. El viento acompañaría con silbidos y cambios de dirección al ingenuo viajero que tratase neciamente de llegar hasta allí, y cuando sus pasos inseguros resbalasen en los escalones de roca mordiente, esa misma ventisca sofocante se convertiría en un caudal de risitas malignas que lo seguirían en su caída hacia el fin.

Aún así, si el desdichado lograba sortear esos primeros inconvenientes en su camino hacia el abismo, todavía tendría que adentrarse en los cuatro principados y salir victorioso. Así pues, sólo se podía saltar al vacío, y eso era un completo suicidio incluso para las hadas con alas. Por eso era imposible sobrevivir y llegar a Throagaär sano y salvo. Y por eso existía ese algo que le sacaba de quicio.

De nuevo trató de anular el curso de sus pensamientos y reducirlos a la nada, pero en esta ocasión el recuerdo se impuso a su voluntad y Devio se dobló de rodillas jadeando lleno de angustia. Sus dedos sombríos se alargaron como uñas afiladas y su propia imagen oscura se contorsionó y serpenteó a toda velocidad por la pared del acantilado hacia abajo, loco de rabia.

Al llegar bajo las murallas de la ciudad se desplegó y anduvo como un humano, erguido y orgulloso sobre el resto de sombras que fluían a sus pies hacia el gran pilar de Faerie. Ya ni siquiera se detenían a su paso ni le hacían reverencias, embriagados como estaban de aquella especie de orgía de victoria. Pero Devio siguió su caminar tranquilo y sereno, como un humano elegante y afilado. Porque a pesar de la rabia, a pesar de la angustia y la ansiedad que le provocaba la posibilidad de ver sus planes fracasar, si iba a verla, al menos elegiría una forma que a ella le agradase.

Se maldijo en secreto por aquella estúpida debilidad y trató de convencerse de que todos los sentimientos encontrados se debían, única y exclusivamente, a la curiosidad que le provocaba la actitud de aquella cría.

Porque algo fallaba con ella, estaba claro.

Nïa era el Ojo de la Muerte, llevaba consigo el poder del reino de Lunarïe para conocer el futuro y el pasado, y alterarlos a su antojo. Y que ese maravilloso don estuviese en posesión de una ithirïe había sido el regalo vengativo de Miranda hacia su hermana Titania.

Hasta ahí, todo era aceptable. Incluso había sido delicioso descubrir la maldad y el odio que sentía una hermana por la otra. Pero ahora era Nïa la que ostentaba el poder, y mientras él seguía preparando cada paso de su plan, la princesa ithirïe no hacía nada por detenerle.

Y aquello desquiciaba a Devio por encima de todas las cosas. Ella sabía el futuro, sabía que Devio intentaría acabar con Vorian para después apoderarse de Faerie como nuevo rey tenebrii… ¿y no alteraba el tiempo para impedírselo, no le importaba? ¿O acaso estaba ya escrito que Devio iba a fracasar?

Las dudas le corroían todo el tiempo y vivía en perpetua incertidumbre, mucho peor que la que destinaría a sus sirvientes en castigo a la traición que habían cometido. Se deslizó por las esquinas torcidas de la ciudad en dirección al palacio mientras su alma se aferraba a la única idea coherente que se le ocurría: Nïa estaba jugando con él. Le estaba destrozando poco a poco con su sonrisa callada y sus ojos llenos de secretos. ¿Pero cómo podía aquella muchacha torturarlo de aquel modo? A él, al más inteligente, precavido e indiferente de todos los príncipes tenebrii. Si además era casi una niña…

Casi.

Porque al ser el Ojo de la Muerte había crecido muy rápido, de un modo antinatural. Vivía como si flotase en el mar del tiempo, y las olas la envejecían y la rejuvenecían ante sus ojos como una flor que se marchitase y floreciese a la vez.

De repente se quedó quieto odiándose a sí mismo por aquellos pensamientos que le hacían débil y vulnerable. Por supuesto que sus súbditos intentaban acabar con él. Se había vuelto patético, merecía morir. Decidió darse prisa antes de que alguien apareciese por allí y descubriese su flaqueza. Sería terrible que Fortia o Prud notasen su malestar. Temple no le importaba, nadie le hacía caso en su demencia.

Llegó por fin ante las puertas del castillo oscuro. Los grandes bloques de piedra se alzaban hacia arriba como una mole a punto de caer sobre el visitante y devorarlo, y las torres se retorcían y cambiaban a voluntad, provocando la falsa y desagradable ilusión de atravesar una estructura de ángulos equivocados.

Las sombras que guardaban la entrada hicieron un leve gesto de respeto que Devio ignoró en su camino. Ni siquiera se molestó en rendir pleitesía a Vorian, que jugueteaba con varias doncellas al lado del trono vacío de su flamante esposa. Al pensar en ese detalle, en el hecho de que Nïa estaba casada con su rey, el estómago se le revolvió.

Porque él había sido el artífice de tal suceso. El propio Devio había llevado a la muchacha ithirïe de la mano, desde el lejano Templo del Amanecer hasta las mismas fauces de Throagaär. Y si en aquel entonces no había sentido nada por ella más que como una parte de su plan, ahora no soportaba la idea de saber que Nïa estaba con Vorian por propia voluntad. Que le pertenecía.

Recorrió las salas en penumbra, seguido por los miles de ojos que se abrían en las paredes igual que pequeñas flores voraces, y llegó por fin ante las puertas de la cámara de la reina tenebrii.

Reina de Throagaär y princesa de Ithirïe —pensó con la inquietud de no saber ya si controlaba su destino o si era un simple juguete en manos de ella. Decidió hacer una pequeña prueba. Se deslizaría sin ser visto por la rendija de la puerta y se escondería en el rincón más oscuro. Si no le descubría significaría que aunque Nïa fuese el Ojo de la Muerte, el control del tiempo y el conocimiento del futuro escapaban a su poder, o al menos no tenía la experiencia necesaria para dominarlo. Si por el contrario notaba sus ojos, ocultos tras las vendas blancas, clavados en él de inmediato…

De repente aquel pensamiento le turbó más de lo deseado y perdió el hilo de su razonamiento. Sacudió la cabeza con odio exagerado y sonrió pérfidamente. En cualquier caso, el resultado de su pequeña prueba sería muy interesante.

Su cuerpo sombrío se alargó y entrecerró los ojos al pasar bajo la puerta. No estaba dispuesto a lagrimear por el fulgor de la corona con las Piedras de Firïe que Nïa llevaba en la cabeza sin quitársela jamás.

Ningún tenebrii podía mirarla sin tener que agachar la vista, porque las cinco gemas ardían en llamas perpetuas evitando que cualquier sombra pudiese tocarla. Pero si no hubiese tenido aquella protección, Nïa habría muerto justo un segundo después de que Vorian se hubiese casado con ella.

De nuevo los recuerdos de la ceremonia acudieron a su cabeza. El rey se había decepcionado al conocerla y preguntó si era una broma de mal gusto el que se tuviese que casar con una pequeña ciega de trenzas verdes.

—Traedme a Ethera de inmediato —gruñó dispuesto a rebatir el acuerdo de su contrato nupcial—. ¡Ah, no, si la reina está muerta! ¡No, no la traigáis!

Y se rió de forma repugnante coreado por todos, especialmente por Prud, que encontraba muy divertido e ingenioso a su rey.

Nïa agachó la cabeza con las lágrimas surcando sus mejillas. Cuando Vorian fue a arrancarle la venda de los ojos, Devio lanzó un aullido teatral y le apartó la mano, indicando al rey el peligro de las Piedras de Firïe. Vorian le agradeció el detalle, pero en sus ojos brilló un asomo de decepción que el otro no supo interpretar.

Tras la funesta boda el propio rey había gritado y amenazado exigiendo a su flamante esposa que se quitase la corona para poder unir sus sombras. Nïa lloró de miedo, encogida sobre sí misma en medio del salón del trono, mientras la corte de Vorian estallaba en una tormenta de chillidos y rabia, y estiraban sus uñas como tentáculos codiciosos en su dirección. Hasta los muros negros parecían fundirse en torbellinos caóticos bajo los deseos frustrados del rey.

Nadie consiguió rozarla ni hacerle el más mínimo daño. Y eso que Vorian forzó a la mayoría de los sirvientes del palacio y a los invitados de Throagaär a intentar traspasar el halo de fuego que provocaba la corona de Firïe. Incluso fue capaz de inventar un juego divertido: ¿Quién era capaz de devolverle la vista a la reina? Muchas sombras murieron jugando aquel día.

Luego el rey le ordenó a él, a Devio, que demostrase su lealtad delante de todos y consiguiese la mortífera corona para mayor gloria de su principado.

Recordaba que se hizo un silencio impresionante y todos sus súbditos, los de la casa Devio, le observaron expectantes con ojos codiciosos y sonrisas taimadas. Negarse a una orden real sería su fin, y obedecerla también.

—¿Me dais la corona, alteza? —preguntó tras unos segundos en tensión, ante las miradas atentas de Prud y Fortia.

Nïa negó con las manos encogidas sobre su regazo a modo protector. Nunca antes le había parecido tan asustada e indefensa.

—¿Os la tendré que quitar por la fuerza acaso? —insistió sin querer asustarla. De repente no quería ser cruel con ella.

—No —dijo Nïa y bajó la cabeza como si estuviese avergonzada. Las pequeñas trenzas verdes le ocultaban el rostro.

Devio la contempló un instante sin haber asimilado la respuesta. Y de repente se vio envuelto en un mar de confusión sin saber qué hacer. Ella había dicho que no se la tendría que quitar por la fuerza. Pero qué demonios significaba eso… ¿acaso se la iba a entregar de buena gana? ¿Cuándo? ¿Por qué?

—¡Vamos, Devio, no seas tan educado! ¡No tienes que pedirle permiso! —gritó el rey en medio de la burla general, y a pesar de su aspecto juvenil y radiante con sus bucles dorados, Devio lo encontró asqueroso, y por primera vez sospechó que en realidad, el árbol genealógico de Vorian descendía de los zafios y vulgares Prud.

—Si no tengo que pedir permiso a la reina para arrancarle su realeza, tampoco debo pedírselo al rey para quitarle la suya —contestó con una sonrisa torva.

Se hizo un silencio profundo en toda la sala. El rey le miró con un destello que no le había visto nunca. Como si estuviese orgulloso de él, pero esa sensación extraña enseguida se desvaneció. Vorian lanzó una carcajada aprobadora y el salón entero coreó su ingenio. Aún así, en medio del griterío ensordecedor, los múltiples ojos de Fortia todavía le siguieron llenos de ironía cuando él abandonó el palacio, enfadado consigo mismo sin saber por qué.

Después sus espías le contaron que la reina se encerró en sus aposentos y no volvió a salir de allí. El rey la amenazó durante días, le gritó y también le suplicó con zalamerías, envuelto en su apariencia humana de tristes ojos azules, pero ella se negó una y otra vez.

Otras veces era ella la que lloraba como una niña asustada, y Vorian le ofrecía muñecas y juguetes que se acumulaban junto a la puerta, fuera de la habitación. Ni siquiera probaba lo que sus doncellas le traían de comer. De hecho, las sirvientas la trataban con desprecio y burla, pero si ella se movía o alzaba el rostro, las olas de fuego que la envolvían crepitaban a su alrededor y las otras huían presas del pánico.

Y allí permanecía, sola y vacía, sentada junto a las ventanas ovaladas con sus ojos vendados mirando arriba, hacia el lejano acantilado como si alguien fuese a llegar desde allí algún día para rescatarla.

Por un momento Devio se sintió inquieto. Estaba acumulando un abanico entero de sensaciones que jamás había sospechado que existieran. Acababa de llegar a la conclusión de que sentía pena por ella y eso no le gustaba nada. Más aún, aborrecía el hecho de sentir cualquier cosa.

Serpenteó por el suelo hasta esconderse tras una columna a oscuras y fue entonces cuando se dio cuenta de algo. El brillo de las Piedras de Firïe no era tan intenso hoy. Ni siquiera le resultaba molesto ni tenía que agachar la vista. Se asomó con cuidado, envuelto en las sombras de la habitación, y para su sorpresa descubrió que la corona reposaba sobre el tocador. La muchacha le daba la espalda sentada frente a su espejo, absorta en algún sueño lejano mientras se peinaba los largos cabellos ondulados, libres de las pequeñas trencitas.

Al contemplar la figura de la niña —ahora una joven doncella—, algo en su pecho sombrío palpitó violentamente, y buscó una salida desesperada porque necesitaba ser cruel y no sabía cómo. Quiso reírse de la escena: una ciega mirándose al espejo, pero claro, aquello era una estupidez. Nïa no era ciega. Al revés, veía más allá que los demás y si se quitaba las vendas, sus ojos podían destrozarle.

Volvió a sentirse inquieto, ahora por el simple hecho de estar espiándola mientras se peinaba. Le parecía algo muy privado, casi como profanar un santuario. Y odió tener que recordarse que él era un tenebrii. Profanar santuarios era lo suyo.

De nuevo sus ojos se desviaron a la corona de fuego. Cualquier otro se daría cuenta de que esta era la mayor oportunidad que se le presentaría jamás. El momento de matar a la reina y presentarse ante Vorian con su cadáver. El agradecimiento del rey sería eterno y por un segundo su alma oscura se llenó de codicia.

Solo que algo así sería una estupidez digna de Prud, o un exceso irreparable típico de Fortia. O una locura de Temple. Pero él era un Devio y por tanto más astuto que sus hermanos, no tenía sus defectos. No era cruelmente estúpido, ni lleno de vicios, ni su juicio era caótico. No necesitaba el agradecimiento del rey, lo que de verdad necesitaba era ser rey.

Y para eso no le valía Nïa muerta, sino viva. Viva y además dispuesta a colaborar con él. Pensó en engañarla, llegar hasta su corazón y ganarse su confianza para utilizarla y luego deshacerse de ella llegado el momento. Ese era un plan perfecto. Sólo tenía una pequeña pega: que ella era el Ojo de la Muerte, lo sabría todo de antemano.

¿O quizás no?

Devio necesitaba saber hasta dónde llegaba su poder. Lo necesitaba sobre todas las cosas para el siguiente paso en su camino hacia Vorian. Tenía que acabar con las dudas de una vez por todas. Era un maestro en ese tipo de juegos y estaba cayendo exactamente en la misma trampa, como una sombra torpe recién salida del nido.

Se arrastró muy lentamente por el suelo, pulgada a pulgada, hasta ocultarse tras una columna retorcida. Entonces sonrió ante lo que acababa de descubrir: Nïa no sabía que él estaba allí. No lo había previsto, ni siquiera era capaz de percibir su presencia en ese mismo instante. Quizás veía muy lejos en el futuro, o tal vez solamente los sucesos importantes, quién sabía. El caso era que él estaba allí, no sólo oculto, sino que además ella, en su ignorancia, estaba completamente desprotegida de su escudo de fuego. ¡Qué maravillosa prueba! A partir de ahora, todo su plan saldría a pedir de boca, sin miedo a fracasar.

Nïa terminó de peinarse y entonces se quitó la venda de los ojos. Devio contempló su imagen reflejada en el espejo con curiosidad. Se parecía mucho a la otra joven, a la chica medio nemhirie que llevaba el Corazón de Jade en su interior, pero Nïa era más joven, casi una niña… ¿o tal vez al contrario? Ahora parecía que su rostro había cambiado con una belleza serena, sabia y antigua, demasiado adulta para el mundo que la rodeaba, y de nuevo volvía a ser una joven doncella. Todo a la vez.

El príncipe tenebrii se dio cuenta de que hacía largo rato que había cumplido su objetivo y sin embargo se resistía a moverse de allí, absorto como estaba en ella, en cómo el tiempo cambiaba su rostro sin marchitarlo. Incluso le parecía oler un tenue aroma a flores que llegaba desde sus cabellos verdosos…

Y entonces Nïa le miró a través del espejo.

La sensación fue de terror y sorpresa a la vez, igual que un resorte que se hubiese disparado en el estómago. Pero no porque la joven le hubiese descubierto de repente y fuese a gritar denunciando su presencia, sino porque sus ojos se habían dirigido exactamente hacia los de él. Como si siempre hubiese sabido que estaba allí y no le hubiese importado.

Nïa se puso en pie despacio ante un Devio paralizado, incapaz siquiera de moverse ni de balbucear una disculpa a su reina. Ahora ella se pondría la corona de Firïe en la cabeza y sería su fin, no le permitiría escapar. Sin embargo la joven llegó a su lado junto a la columna sin dejar de mirarle, con unos ojos que parecían hechos de fuego verde.

Y de repente le cogió la mano.

El contacto tuvo la virtud de arrancarlo de su inmovilidad. Tan electrizante como si un rayo le hubiese herido de muerte, y Devio salió huyendo como alma que lleva el diablo. Atravesó las puertas del castillo sin mirar atrás y corrió como nunca en su vida hasta llegar a sus dominios en lo alto del acantilado.

Allí, oculto en lo más profundo y dejando que la oscuridad le envolviese durante horas, consiguió calmarse y recuperar el resuello. Dio una y mil vueltas como un gato furioso, tratando de convencerse de que lo que había ocurrido no era sino una vulgar pesadilla, o tal vez una trampa de sus hermanos para destruirle.

Solo que sabía perfectamente la verdad.

Porque era incapaz de pensar en otra cosa que no fuesen sus ojos. Como si ella pudiese leer en su alma tenebrii y descubrir los secretos que Devio ocultaba.

Recordaba su rostro en el espejo y lo vería en su cabeza una y otra vez, de ahora en adelante, como si lo llevase grabado a fuego.

Recordaba el olor de sus cabellos, el aroma de la hierba y las flores mojadas bajo la lluvia recién caída.

Recordaba que ella no le vio, sino que le miró.

Y luego le había tocado.

Se miró la mano como si le ardiese y entonces se dio cuenta. De todo. De lo que significaba en realidad.

Nïa siempre lo había sabido. Siempre. Y se había quitado las Piedras de Firïe para poder tocarle porque… porque ella sabía la verdad. Sabía que cuando llegase el momento final, Devio no iba a traicionar a Vorian. Iba a traicionarse a sí mismo.