El Corazón de las Sombras
2 Nuïtenirïan
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Nuïtenirïan
Oscuridad.
Muy lejos en lo alto, el sol apenas iluminaba el cortado de rocas grises que caían como una cortina de plomo llena de dientes, y la noche se desparramaba sobre la inmunda ciudad de Throagaär, rebosante de vida. Un destello púrpura, un ojo engañoso que distorsionaba el paisaje opresivo era la única luz, tan siniestra como el aleteo de un cuervo carroñero. Las sombras se deslizaban por la tierra como dedos untuosos, buscando con ansia el aroma de la sangre.
Aurige miró a Laila con ojos aterrados pero la chica no hizo gesto alguno ni sonrió al verla. La daga en su mano se teñía de rojo.
—Las has matado —la voz de la lunarïe fue un eco entrecortado de horror al descubrir los cuerpos sin vida de Cyinder y Nimphia a los pies de su amiga.
Laila ensayó una mueca que pretendía ser una sonrisa sarcástica. Sus ojos verdes relucían en medio de la penumbra como dos esmeraldas espectrales. Las sombras se movían a su alrededor, sonrientes, llenas de colmillos afilados.
—No puedo creerlo —gimió Aurige en un susurro sin poder apartar la vista de las figuras inertes, las lágrimas surcaban sus mejillas—. Tú no, Laila…
—Sí —confirmó ella con el cuchillo destellando por entre los hilos de sangre—. Y ahora, ya sólo quedas tú…
Laila abrió los ojos sobresaltada.
El corazón le latía dislocado y miró a todos lados cubierta de sudor. Sus pupilas se estrecharon ante el torrente de luz que la cegaba y ella luchó por reconocer algo en medio de aquel torbellino, un indicio que la rescatase del vértigo y la negrura en la que había estado inmersa segundos antes. Tenía las manos agarrotadas sobre las rodillas, tan crispadas que las uñas se le clavaban en la carne dejando marcas rosadas.
En el techo las luces de las velas titilaban bajo el constante mecer del barco, y de nuevo sintió las náuseas aposentarse en su estómago al notar las embestidas salvajes del viento nocturno contra el Reina Katrina.
“Estoy en Airïe —pensó con alivio, pero tenía los vellos de punta e intentó tranquilizarse a duras penas—. Nada más que en Airïe. Sólo ha sido un sueño…”
Respiró profundamente con un nudo en el pecho. La sensación de angustia había sido tan intensa que todavía era capaz de notar el tacto frío de una daga ensangrentada entre los dedos. Incluso podía recordar el olor dulzón que la rodeaba cuando las sombras se arremolinaron a sus pies. Pero eso no era lo peor, claro. Lo peor era esa frase que había salido de sus propios labios: “Ya sólo quedas tú”.
Tragó saliva al sentir la mirada aguda de Nimphia clavada en ella. Intentó esquivar sus ojos insistentes porque no era capaz de explicarle lo sucedido, ni siquiera quería mencionarlo. No se había quedado dormida, ni se había desmayado absurdamente. Simplemente no lo sabía.
Lo último que recordaba era el camarote del Reina Katrina. A través de un ojo de buey miraba los cúmulos de nubes negras y grises que escondían la luna sobre Silveria y de repente, todo a su alrededor cambió. Entonces había vivido una especie de pesadilla, una ensoñación tan fuerte y real que ahora tenía los nudillos blancos de miedo.
—Estás llorando —le susurró su amiga, que pareció notar su evasiva y no iba a dejarla escapar—. ¿Qué ocurre?
Ella se tocó la cara al momento. Iba a decir que no le pasaba nada, pero las lágrimas le traicionaban.
—No lo sé —negó por fin ante la mirada cargada de curiosidad de Nimphia y también de Aurige, que se había vuelto de inmediato hacia ella y la observaba con suspicacia.
Ocultó su desasosiego volviendo a escudriñar por el ventanuco redondo. Los relámpagos restallaban a lo lejos, y el sonido sordo de los truenos en la distancia anunciaba que la tormenta se iba a ensañar sin piedad sobre toda la ciudad de Silveria en muy poco tiempo. Intensificó la mirada para ignorar el hecho de que sus dos amigas seguían observándola con inquietud.
Si se lo proponía —pensó—, podría ver la ciudad de Londres bajo el casco del enorme transatlántico, incluso imaginar luces tras las ventanas de las mansiones pulcramente ordenadas, o escuchar el añorado sonido del Big Ben. Sí, oír el sonido del reloj estaría bien. Sería un gran consuelo de realidad y Laila necesitaba mucho de eso. Necesitaba que la reconfortaran y la aliviaran del enorme peso que sentía. Y lo necesitaba a manos llenas.
—No es la primera vez que te sucede —le reveló Nimphia en tono misterioso.
Ella se giró sin querer y la miró asustada con el corazón a toda velocidad. ¿Ya le había ocurrido antes? Inspiró aire profundamente y lo dejó escapar poco a poco mientras su mente escarbaba en los recuerdos. ¿Había dicho o hecho algo sin darse cuenta? Algo como empuñar un cuchillo…
Apartó aquel pensamiento horrible intentando no dejar traslucir nada. Las caras de sus amigas mostraban desconcierto pero también preocupación sincera y Laila se sintió mucho peor.
—¿Cuándo? —quiso saber con un deje de inquietud.
—Hace dos noches también te pasó —contestó Aurige muy seria—, pero la primera vez fue en la cena con mi madre.
Laila sintió la garganta seca. La cena con la reina Titania había ocurrido hacía ya una semana, diez días tal vez. Recordaba que la velada había sido tensa y crispante, pero poco más que destacar. La reina de Lunarïe y Violeta se enfrascaron en una discusión helada sobre cómo se estaba llevando a cabo la evacuación de los reinos ante la amenaza tenebrii: muy lenta para la shilaya y de forma muy incompetente para Titania. Y aunque ninguna empleaba otra cosa que halagos y palabras corteses, Laila, Aurige y Nimphia sabían que la reina y la shilaya se estaban acusando mutuamente, y casi llegaban a los insultos más provocativos bajo la luz de los candelabros.
Habían perdido el apetito y las tres se habían marchado en cuanto tuvieron oportunidad. Poco más. Laila no recordaba haberse extraviado en el hilo de aquella conversación, ni se había quedado con la mente en blanco ni la visión se le había vuelto borrosa. Al revés, los detalles se presentaban muy recientes en su memoria: el enfrentamiento de Violeta contra Titania y las amenazas veladas.
Lo peor era que esta noche volvían a cenar con la reina y la anciana shilaya. Laila ya había decidido tomar sólo un par de sorbos de agua y salir por patas en cuanto se presentase la primera ocasión.
Volvió a observar a sus amigas con la duda pintada en la cara. Era cierto que momentos antes había estado… soñando despierta en una pesadilla, o viviendo una alucinación tal vez. La experiencia había sido horrible y era innegable que Aurige y Nimphia la habían visto llorar, pero de eso a que le estuviese ocurriendo continuamente…
Además, las últimas semanas desde la huida de Tirennon apenas eran un cúmulo borroso de ideas confusas en medio de la penumbra. Los días y las noches se sucedían de manera caótica y todos vivían en un estado de alarma constante. Era lógico que estuviese desquiciada e imaginase peligros acechando en cada esquina. Se apartó las lágrimas con gesto despreocupado.
—Creo que no puedo soportar más esta espera —musitó en un intento de desviar la atención—. ¿Cuánto hace… un mes que nos fuimos de Tirennon y no sabemos nada de ellos? Que no sabemos nada de…
Se calló bruscamente y Nimphia apretó los labios, incómoda. Ella y Aurige sabían que Laila había intentado por todos los medios volver a Tirennon en busca de su gente, de los últimos ithirïes que quedaban. Pero sobre todo, había insistido hasta la saciedad en ir a buscar a Nïa.
—Tampoco hace tanto tiempo —repuso Nimphia tratando de distraerla con escasa convicción—. Aún me acuerdo de la cena del equinoccio de primavera, así que no llevamos aquí más que unos días.
Laila la miró fijamente; ella no era de Airïe y no tendría los conocimientos astronómicos de su amiga, pero nadie le podía ocultar que llevaban varias semanas sin hacer nada. Y además precisamente la fecha del equinoccio de primavera fue muy señalada para ella hacía más de un mes, Nimphia no podía engañarla… De repente los recuerdos del año anterior se abatieron como una ola gigantesca.
Todavía recordaba el verano, el día de su cumpleaños. Su padre le regaló el libro de Hirïa y le reveló que en el equinoccio de primavera se había iluminado una de las cinco piedras de la cubierta, la piedra luna.
El libro de las gemas le llevó de inmediato al recuerdo de su madre, Ethera, sus ojos y sus últimas palabras. Ahora su cuerpo descansaba ya para siempre en el Templo del Amanecer, mientras las sombras tenebrii se extendían y comenzaban a invadirlo todo.
Se levantó de la silla y dio vueltas tratando de esconder lágrimas, esta vez verdaderamente consciente de estar llorando. El corazón le dolía por mil motivos, y si miraba hacia atrás en el último año de su vida, la fatalidad y la tristeza superaban con creces cualquier momento de felicidad.
Nimphia la abrazó con fuerza y Laila intentó deshacerse de ella, un poco avergonzada de parecer tan frágil. Al final se rindió y dejó que su amiga la consolara. De hecho estaba a punto de soltar el torrente de emociones que la ahogaban y le estrujaban el corazón desde que huyeron de forma tan cobarde…
—Esta noche en la cena, yo misma plantearé ir a Tirennon y rescatar a todos los que se quedaron allí —le dijo Nimphia separándose de ella para mirarla a los ojos.
—A los que abandonamos allí —corrigió ella, temblorosa.
—Sí, a los que abandonamos —afirmó su amiga con valor, apretándole la mano —. Yo misma te apoyaré y me enfrentaré a Titania si es necesario. Ella no es la reina de Airïe ni es quien manda aquí, y si se ha creído que…
El violento sonido de un portazo la interrumpió y ambas se dieron cuenta de que Aurige se había marchado de malos modos.
Laila suspiró. Últimamente, la mínima discrepancia sobre la reina de Lunarïe provocaba que su amiga se irritase hasta el extremo. Había decidido por fin que su madre tenía razón en todo, que sus decisiones habían sido las más correctas y justas, y que la rebeldía que antiguamente había marcado su vida en palacio, había finalizado para siempre.
Y todo por Jack Crow, que ni siquiera la miraba. El hombre de negro vivía ahora en Catay como invitado de honor de Lord Ho mientras organizaban las flotas nemhiries de Londres, Catay y Johanna, y no se había molestado en mandarle un mensaje o hacerle saber que se acordaba de ella. Simplemente se comportaba como si no existiese y de hecho, hacía más de una semana que ni siquiera le veían el pelo. Estaba en paradero desconocido, y aunque Aurige no volvió a nombrar al nemhirie en todo el tiempo que llevaban allí, su actitud permanentemente agria y cínica les crispaba los nervios, y ponerse en contra de su madre era ponerse en contra de ella, eso les había quedado muy claro.
—Un día de estos tienes que hablarle —suspiró Nimphia frunciendo el ceño.
—¿Yo? —se sorprendió Laila—. ¿Por qué?
—Porque tú eres la única que sabe cómo funciona el corazón de un nemhirie. Vas a tener que darle consejos.
—Violeta ya le dijo que todo se debe a una especie de maldición, que tuviese paciencia mientras lo investiga. Pero ella no quiere hacer caso.
—Ya lo sé —repuso Nimphia—. Se niega a escucharnos y hace como si no le importase, pero la conozco bien y está muy dolida. No atiende a razones.
—¿Y qué puedo hacer yo? No tengo ni idea de cómo se enamora a un chico, te lo digo en serio —aseguró al ver la cara de incredulidad de su amiga—. Para mí es muy complicado…
Se tocó su largo pelo verde que ahora llevaba recogido en pequeñas trenzas. Le había parecido muy correcto honrar a su madre y a su hermana de esa forma y además, así era como llevaban el cabello todos los ithirïes.
—Pues vamos a hablar con él en secreto, sin que Aurige se entere —decidió Nimphia con los ojos brillantes de poner en marcha cualquier plan—. Mañana iremos a Catay y averiguaremos qué le pasa al humano.
Laila la miró esperando descubrir la broma en sus ojos y se sorprendió al comprender que Nimphia hablaba en serio. Abrió la boca para decir que aquello le parecía una estupidez descabellada y que meterse en la vida privada de otros era una falta de educación, pero en realidad, cualquier cosa era mejor que pasar los días sin hacer nada, o sentir sensaciones tan horribles como las que acababa de tener en la extraña pesadilla vivida hacía unos instantes.
—¿Y cómo vamos a ir sin que ella lo sepa? —dudó sentándose con pesadez en un sofá.
Nimphia dio vueltas por la habitación como un león enjaulado. El Reina Katrina se movía peligrosamente bajo la tempestad pero ella no parecía notarlo cuando tenía la mente en ebullición.
—La haremos enfadar —repuso por fin con media sonrisa traviesa—. Diremos cualquier barbaridad acerca de Titania y ella se marchará para demostrarnos su tremendo enfado. Así tendremos vía libre.
—Eres malévola —se rió Laila.
—Es que ya estoy cansada de su actitud —contestó la otra acercándose al ojo de buey para mirar los cúmulos de rayos en la distancia—. Entiendo que si te parten el corazón, tu vida ya no tenga sentido. ¡Pero nosotras somos sus amigas!
—No seas tan dramática mujer. Se pondrá a llorar y un día todo se le habrá olvidado.
—Aurige no llorará por un hombre —repuso la otra negando con la cabeza—. Se lo guardará todo dentro y no dirá nada.
—Pues si guarda trapos sucios, se pudrirán —contestó Laila con fastidio—. Y aquí, ni se acaba el mundo ni va a pasarle nada por un desaire. Yo no tengo novio y no me he muerto, y mañana el sol saldrá igual para mí, para ti y para ella. ¡Así que no me vengas con rollos de que la vida ya no tiene sentido! Sólo de escuchar semejante tontería me dan ganas de vomitar.
Nimphia se volvió para contemplarla.
—¡Ves como tú sí que entiendes! —dio un gritito de admiración.
—Así dicho parece que soy experta en rupturas sentimentales —se enfurruñó ella cruzándose de brazos, pero en seguida soltó una carcajada que tuvo la facultad de hacerle olvidar casi toda la tristeza que llevaba dentro.
—De acuerdo pues —se animó la otra—. Cogeremos mi bote y con la primera brisa de la mañana…
Se quedó callada mirando a la puerta del camarote y segundos después, el suave repiqueteo de unos nudillos en la madera hizo que ambas amigas se mirasen con aprensión.
—Pasa, por favor —dijo Nimphia, nerviosa.
Estaba segura de que no era Aurige. La morena no daría su brazo a torcer tan rápido y además, el sonido de esos dedos no era el de su amiga. La puerta se abrió y en el umbral apareció una figura encorvada de ojos hundidos que por un segundo hizo que ambas se sobresaltasen.
—Raissana —sonrió Nimphia con tristeza al reconocer a su aya.
Le daba mucha pena comprobar lo demacrada que se había vuelto su niñera en tan poco tiempo. Desde el otoño la mujer parecía haberse consumido presa de alguna enfermedad interior, tosía continuamente y estaba muy delgada. Casi se le notaban los huesos de la cara y las alas caían frágiles a punto de romperse. Laila se sorprendió porque, según ella recordaba, la Bella Gente no enfermaba nunca.
—Os esperan para cenar, mi niña —contestó ella con cansancio y un amago de sonrisa—. No lleguéis tarde, ya sabéis cómo están las cosas.
Les hizo un guiño cómplice y se dio media vuelta, flotando sobre sus pies.
—Espera, ven esta noche con nosotras —le dijo Nimphia cogiéndola del brazo, y por un momento se estremeció al sentir sus huesos bajo la piel, pequeños como los de un pájaro—. Necesitamos una cara amiga para que no se nos atragante la sopa de caléndulas hoy.
Raissana rió, pero se deshizo de su mano con amabilidad.
—Tengo que volver al palacio —negó con una tos seca—. Hay cosas muy importantes que debo hacer.
—¿Qué cosas, Raissana? —insistió ella, preocupada por su estado de salud—. Nadie vive ya en palacio, todo el mundo ha sido evacuado a las flotas de barcos y evitamos poner los pies en tierra bajo ningún concepto. Tienes que cuidarte y aquí estás a salvo, y comerías en condiciones…
—Lo sé, lo sé, pero hay que vigilar… —se alejó por el corredor hacia la cubierta y sus últimas palabras se perdieron con el sonido del viento embistiendo contra el transatlántico.
Laila cogió de la mano a su amiga. Sabía exactamente cómo se sentía en esos momentos, y no era sólo por la vieja aya. El hecho de que nadie viviese ya en el palacio implicaba cosas muy graves. Las gentes de Silveria, tanto hadas como nemhiries, estaban abandonando sus hogares en las islas para vivir en barcos incómodos que no estaban preparados para largas estancias.
Hacinados y en horribles condiciones, se preparaban para partir lo más lejos posible de cualquier punto de tierra conocido. Muchos de ellos ni siquiera sabían que quizás nunca podrían volver. En cuando se descubriese el menor indicio de la llegada de las sombras tenebrii, el pueblo de Airïe al completo levaría anclas hacia un destino incierto y sus vidas cambiarían para siempre.
Pero eso era solamente la superficie del problema. Nimphia sentía el dolor más profundo por la desaparición de su madre y sus hermanas a manos de la bruja Maeve, que las tenía retenidas en Solarïe y nadie sabía cuáles eran las intenciones de la reina Blanca ni hasta dónde llegaría para conseguirlas.
Nimphia había solicitado la ayuda de los Señores de los Vientos para comenzar a evacuar el resto de reinos de Faerie, y aunque la tarea era ardua y ellos aceptaron con muchísimas reticencias —y una gran lista de exigencias y negociaciones—, Solandis era infranqueable. Intentaron por todos medios sobrevolar los muros de luz y contactar con la reina Cyinder pero fue inútil.
Nadie sabía nada de lo que ocurría dentro de la ciudad y eso crispaba el ánimo de las tres amigas, que veían cómo perdían el tiempo envueltas en marañas de política y diplomacia cada vez más intrincadas.
Porque aunque al principio, Airïe y Lunarïe parecían ser los únicos reinos accesibles de todo Ïalanthilïan, la reina Titania parecía haber entrado en una actividad vertiginosa de salvamento, y obligaba a los señores piratas con amenazas y lisonjas, no sólo a rastrear Lunarïe de cabo a rabo y a navegar por los confines de Airïe, sino a sobrevolar los peligrosos desiertos de Acuarïe, a insistir en las tierras más lejanas y apartadas de Solarïe e incluso a buscar en los páramos malditos del reino de Ithirïe. Cualquier cosa era válida en aquella especie de frenesí.
—Vamos —dijo Laila queriendo parecer animada—. A lo mejor tenemos suerte y hoy Violeta se rebelará por fin: sacará la varita mágica y ¡zas! le pondrá un traje rosa de shilaya a Titania.
Nimphia se cubrió la boca con la mano, bufando de risa.
—Os he oído —dijo una voz seria, oculta en las penumbras del pasillo.
Las dos dieron un respingo.
—Pues no haber estado espiando —replicó Nimphia una vez pasado el susto.
—Mi madre ha hecho mucho por todo el mundo para que encima la estéis criticando —murmuró Aurige saliendo de las sombras.
—Nadie lo niega —admitió Laila tratando de descubrir en qué estado de ánimo se encontraba la lunarïe para hablar con más o menos confianza—, pero hemos vivido muchas cosas juntas nosotras tres para que nos trates como a perfectas desconocidas.
Aurige apretó los labios y por un momento pareció que se iba a marchar ofuscada.
—Es que el rosa no le sienta bien —dijo en un susurro comedido y las otras dos la miraron sorprendidas.
—Pero… —dudó Laila a punto de soltar una carcajada.
—Es… ¡horrible! —exclamó la morena por fin agitando las manos con desesperación—. Tiene razón en todo lo que dice, las cosas hay que hacerlas a su manera, es doña perfecta y es… es…
—¡Insoportable! —rieron Laila y Nimphia a la vez.
Aurige sonrió asintiendo pero aún así, Laila descubrió que sus ojos oscuros ocultaban algo. Parecía que madre e hija habían vuelto a discutir como antiguamente y la lunarïe no iba a contarles aquel nuevo incordio con tanta facilidad.
Caminaron en silencio por los pasillos tapizados de rojo y las alfombras mullidas hacia el salón de recepciones. A veces Laila imaginaba que con cada paso que daba, volvía un poco atrás en el tiempo. Ahora Nimphia les diría que había olido algo raro y saldrían corriendo para descubrir que el pirata Äüstru y sus compinches amenazaban a su tío Zërh antes de convertirse en una estatua de oro. Luego las tomarían prisioneras y de ahí se iniciaría una senda que la llevaría a encontrar el tesoro de los ithirïes y con él, el regreso de su madre…
Muchas veces, despierta en mitad de la noche recordando a Nïa y a Ethera, Laila imaginaba que era capaz de cambiar el pasado y lo corregía todo. Solucionaba cada paso dado para que todas aquellas desgracias que había tenido que vivir nunca llegasen a ocurrir. Solo que no lograba hallar el momento exacto en el que de verdad todo comenzaba. Se devanaba la cabeza cerrando puertas imaginarias pero nunca encontraba un instante único que si no hubiese sucedido, todo lo demás jamás se hubiese realizado.
La mayoría de las veces pensaba que todo empezó cuando su padre le regaló el libro de las gemas y ella abrió la puerta de Solarïe la noche de su cumpleaños. Entonces, tanto Ethera como ella misma serían las responsables últimas de la llegada de las sombras, o tal vez, en un paso anterior, Miranda, los Ojos de la Muerte, que lo habría planeado todo.
Pero…
Pero había algo que escapaba de tal plan tejido tan perfectamente que daba miedo. Y era ese algo lo que Laila trataba de desentramar cada noche en un intento de no sentirse tan horriblemente culpable. Culpable de la muerte de su madre, culpable del infarto de sir Richard, culpable de la destrucción de Acuarïe y mil cosas más que se agolpaban en un saco sin fondo.
Y aunque sabía que en verdad ella no era la responsable de nada de eso, a veces, en la oscuridad de la noche, esos pensamientos volvían, y se quedaban allí dentro como ratas en una madriguera.
Por eso Laila buscaba ese momento único, ese instante desde el cual todo se enmarañaba; y no podía ser cuando ella entró en Solarïe, porque recordaba todas las noches que fue atacada por dos pixis —primeras víctimas del ghül que a partir de entonces les perseguiría por todo Faerie—, y ella escapó de las pequeñas hadas ocultándose en el bosque. Recordaba perfectamente que en aquel instante de miedo había decidido volver a su casa leyendo las frases del libro, solo que al final no lo hizo y todo siguió su curso.
¿Fue entonces cuando todo podría haber cambiado? ¿Era ese el punto de inflexión? Si era así, entonces el plan de su madre —o el de Miranda— era muy frágil, y se podía torcer fácilmente por la simple decisión de ella: “Me fui y no pasó nada; me quedé y se destruyó todo”.
Absurdo. Tenía que haber algo más.
O alguien…
Laila se comía la cabeza constantemente, llegado a ese momento de su esquema. No aceptaba aquel efecto mariposa gigante. Un plan tan intrincado no debía estar sujeto a tantos cambios e interferencias como para que dependiese de una simple decisión el retorno de un reino, las traiciones y todo el plan de venganza ideado por Miranda. Tenía que ser un momento posterior. Un momento a partir del cual, ya todo seguía un curso premeditado, inalterable e imparable como la corriente de un río. Y si era así, entonces no dependió de Miranda ni de su madre, sino de alguien más…
Y en esos momentos Laila solía quedarse dormida, agotada de tanto pensar que hasta le dolía la cabeza, y en su mente sólo escuchaba palabras: cuándo, cuándo…
Por eso, vivir en el Reina Katrina aumentaba su desánimo con las noches en duermevela, y necesitaba poner remedio a aquella duda oscura cuanto antes.
Llegaron por fin a la enorme estancia que hubiese sido el salón de baile del legendario transatlántico. La grandiosa bóveda de vidrieras retorcidas dejaba pasar cada noche la luz de la luna y las estrellas, pero en esta ocasión, las nubes y los relámpagos cubrían el firmamento, y todo el salón se llenaba de una atmósfera sombría a pesar de las cascadas de velas que destellaban con suavidad en las pulidas columnas de ébano.
Las arañas de cristal habían sido limpiadas hasta la saciedad, y el olor a barnices y telas rancias había desaparecido por completo. La baranda de madera oscura que guiaba las escaleras hacia la cubierta relucía lustrosa y en el centro de la estancia, una gran mesa iluminada por candelabros les aguardaba repleta de lujosas delicias. Sólo faltaba una orquesta tocando música de violines y Laila hubiese jurado hallarse en un crucero por el océano Atlántico a principios del siglo veinte.
Al final de la larga mesa, con la vajilla y la cubertería colocadas en orden preciso y obsesivo, aguardaban varias figuras que las miraban expectantes. Aurige frunció el ceño al descubrir a los nuevos invitados y se cruzó de brazos con firmeza casi retadora, pero Laila y Nimphia se quedaron muy sorprendidas al descubrir también a Oberón y a Zërh, como si la velada tuviese una trascendencia mayor que nunca y sobre todo, la intensidad de sus miradas fue lo que las puso en alerta. Había ocurrido algo. Y no era precisamente bueno.
El corazón de Laila latió apresuradamente pero de inmediato Oberón se levantó y las abrazó con una gran sonrisa. Titania carraspeó pero el rey de los duendes no hizo caso alguno.
—¡Bienvenidas! —soltó cuando ellas recuperaron el resuello de tan formidable abrazo—. Encantadoras, arrebatadoras damiselas.
Nimphia rió un poquito azorada y luego se acercó para besar a su tío Zërh, que la esperaba con una sonrisa cansada pero luminosa. Violeta también quería parecer animada, pero ellas la conocían lo suficientemente bien para saber cuándo fingía. La shilaya guardaba una compostura seria y digna, y no había rastro de su varita mágica. Parecía que ella misma se avergonzase de su condición de shilaya delante de la reina Titania, y Laila sintió cierta pena.
Disfrutaron de la cena, que transcurrió como una fiesta divertida de viejos amigos, y Zërh y Oberón llevaron la voz cantante todo el tiempo. El rey de los duendes estaba pletórico con su recién estrenada amistad con el príncipe Zërh de la casa de Airïe. Además se entendían a la perfección, hermanados en una situación común: el estar relegados del poder por reinos matriarcales, de costumbres tan rancias y ancestrales que no iban a cambiar jamás.
Tal era la amistad, que Nimphia se había enterado —en el más absoluto secreto y ya se sabía que los vientos eran unos cotillas—, que ambas majestades se escapaban a veces a la isla de Londres para visitar alguna que otra taberna en compañía de Lord Drake o incluso del Conde de Libis. Tan secreto era el asunto que para no enfadar a Titania, ni siquiera Aurige tenía constancia de tales escapadas.
A pesar de todo, la velada tenía un tinte melancólico que no se conseguía ocultar. Violeta jugueteaba con migas de pan sin levantar la cabeza y la reina Titania, al frente de la mesa, parecía observarlo y calcularlo todo desde su silenciosa quietud.
Las tres amigas apenas dijeron alguna palabra más que para asentir o reír con las bromas de Oberón y al final del postre, después de degustar pequeñas bolitas de natillas con caramelo y arándanos, Titania se puso en pie indicando muy claramente que la parte divertida de la noche había terminado.
Tosió un poquito con aire comedido y los observó a todos un breve instante antes de bajar los párpados, como si en lugar de ser la persona que tomaba las decisiones y formulaba las estrategias, fuese una doncella que estuviese a punto de ruborizarse.
—Otro día más no puedo por menos que agradecer esta magnífica cena que tan generosamente nos ha ofrecido la ciudad de Silveria, y nuestros singulares aliados de la casa de Airïe —empezó haciendo una reverencia cortés a Zërh, pero sin dejar traslucir ninguna emoción en sus ojos oscuros—. De nuevo he de reiterar la gratitud por vuestra acogida, por el cobijo y el cariño que se nos ha mostrado en todo momento a nosotros, los reyes de Lunarïe, y a todos nuestros súbditos en estos días aciagos en los que…
Siguió hablando y Aurige puso los ojos en blanco de puro aburrimiento. Aquel discurso que pretendía estar lleno de halagos y buenas intenciones, tenía otras connotaciones si se sabía leer en entrelíneas. Como lo de “singulares aliados de la casa de Airïe”, que en realidad quería decir: tenemos una alianza muy frágil que desaparecerá en cuanto se me contraríe. O lo de: “a nosotros, los reyes de Lunarïe”, diciendo a las claras que ahora mismo en Airïe no había más reina que ella, pues Zërh era sólo el hermano de Zephira, Nimphia no era la sucesora oficial, y el que Laila fuese la reina Serpiente era un hecho circunstancial que le traía sin cuidado.
Violeta arrugaba el fino mantel con los dedos conservando la calma a duras penas, pero quizás ya había aprendido a morderse la lengua a tiempo y además la shilaya, precisamente, era lunarïe. Si algo recordaba de los tiempos de su amistad con Miranda, era que no debía molestar a Titania.
Sin embargo, para asombro de ellas tres, cuando terminó su discurso de agradecimiento, la reina cedió la palabra amablemente al tío de Nimphia y se sentó en silencio, mirándolas y calibrando quizás misteriosos planes en su cabeza.
Zërh carraspeó un poco azorado y sacó un pañuelito para secarse el sudor de la frente. Las gafitas resbalaban por la nariz y se las recolocó de nuevo mientras pensaba en cómo empezar de una forma tan grandilocuente como lo había hecho la reina.
—Bueno —balbuceó nervioso—, ante todo decir que es un inmenso honor tener a unos invitados tan ilustres como su excelsa majestad, la reina de Lunarïe, y a mi muy querido amigo…
—Tío Zërh, dinos qué ocurre de una vez —cortó Nimphia a las claras, demasiado preocupada como para reparar en formalidades ni en educación palaciega.
El anciano guardó silencio y miró a Violeta un segundo, pero la shilaya no hizo ademán alguno de liberarle de tan molesta carga.
—Sabéis que vivimos momentos muy difíciles —siguió por fin en medio de tosecillas nerviosas—. Creemos que el peligro acecha en cada rincón y no sabemos cuánto tiempo más vamos a poder resistir aquí en Silveria, dentro de esta relativa comodidad que todavía disfrutamos. Nos estamos preparando para partir hacia un destino incierto, pero todavía nos negamos a aceptarlo. Nos aferramos a la tierra cada día y pensamos que las amenazas tenebrii no son sino cuentos…
Inspiró aire un segundo y se humedeció los labios mientras Titania le lanzaba una mirada oscura. Tras unos instantes su voz sonó tensa.
—La corte de astrónomos requirió mi presencia esta tarde —Zërh miró a Nimphia por si ella adivinaba de qué se trataba, pero la chica seguía sus palabras totalmente absorta—. Me han informado de un hecho singular que se está produciendo en este mismo momento, y en el cielo de todo Ïalanthilïan a la vez…
Laila miró de inmediato a la intrincada bóveda sobre sus cabezas, pero para su desengaño, las nubes grises se acumulaban cada vez más densas y la lluvia empañaba los finos cristales no permitiendo vislumbrar otra cosa que el resplandor de los relámpagos. De nuevo miró al tío de Nimphia, expectante, con un sentimiento de intranquilidad que le había puesto los pelos de punta.
—Esta noche, aunque no la vemos, hay luna llena —siguió Zërh queriendo parecer grandilocuente con una frase final—. Hoy hay una luna llena en el cielo de cada uno de los reinos.
Y guardó un silencio impresionante, esperando. Ellas se miraron dudosas, sin saber exactamente qué decir.
“Luna llena” —pensó Laila a punto de levantar los hombros con desdén. En su mundo había luna llena todos los meses del año.
—¿Quieres decir que hoy también hay luna llena en Solarïe? —preguntó Aurige, perspicaz, levantando una fina ceja.
Titania la miró con orgullo.
Zërh asintió lentamente y Laila se quedó atónita. ¿En Solarïe había luna? Nadie le había contado nunca tal cosa y sus ojos se abrieron como platos, incapaz de creerlo. Miró a Nimphia pero la muchacha negó sin saber qué decir.
—Solamente ha ocurrido una vez en toda nuestra historia —explicó Zërh al ver sus caras de confusión—. Se conoce como Nuïtenirïan y fue la noche previa a la mayor hecatombe que jamás hemos vivido…
El salón de recepciones pareció congelarse en ese momento. El corazón de Laila palpitaba tan fuerte que resultaba doloroso. Miró a Violeta como en un sueño para descubrir la verdad en sus ojos cansados.
Nuïtenirïan.
El desastre que provocó la desaparición del reino de Ithirïe y que cambió la historia de Firïe durante milenios. La última noche antes de la guerra. La señal del fin de los tiempos.
Nunca supo cuánto tiempo pasó escuchando el latido de su propia sangre en los oídos. Zërh seguía un discurso cada vez más ambiguo y lejano, pero entonces se produjo un tumulto en la cubierta, con golpes, pisotones y gritos violentos que venían hacia ellos. Levantó el rostro mientras arreciaban las risotadas y voces turbias, y de repente se abrió la puerta con un fuerte golpe que hizo que los cristales repiquetearan, y una tonadilla desafinada llegó hasta ellos con total claridad:
Oh, vil Titania,
bella y cruel cual araña.
Oh, vil Titania…
Dos voces masculinas, roncas de alcohol, tarareaban el estribillo una y otra vez, y encima la letrilla era tremendamente contagiosa. Laila se atragantó con su vaso de agua a punto de escupir de risa en el momento en que dos hombres trataban de pasar por la puerta a la vez, incrustándose contra el quicio, y arreciaban los siseos y las carcajadas beodas.
—¡Shhhh que nos van a oír!
—¡Pues que se enteren! —gritó la otra voz más atiplada, mientras su dueño se esforzaba en pasar por la puerta aunque se hiciese magulladuras y arañazos.
Al final dio un traspiés y se tambaleó al filo de la amplia escalinata mientras todos los comensales lo contemplaban asombrados.
—¡Todos cantamos otra vez…! Oh, vil Titania… —exclamó Jack Crow a su acompañante, un mareado Árchero que apenas lograba tenerse en pie.
Entonces se volvió a la atónita concurrencia y se fijó en Aurige con la cara de haber recibido la mayor sorpresa de su vida.
—¡Pero si es mi querida Aur…! —empezó, antes de perder el equilibrio y caer rodando escaleras abajo.