El Corazón de las Sombras

Bárbara G. Rivero · Capítulo 5 de 28

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El Corazón de las Sombras

3 De hadas y hombres

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De hadas y hombres

—¡Ha sido una vergüenza! —bramó la reina, y su voz fría como la plata resonó a través de la puerta del camarote de Oberón, escuchándose por todo el pasillo y probablemente por todo el transatlántico—. ¡Un espectáculo bochornoso! Nunca en mi vida me he sentido tan insultada y no voy a consentir que se me humille de nuevo…

Escondidas en el corredor, Laila y Nimphia permanecían serias junto a una Aurige malhumorada y tensa. La lunarïe no había abierto la boca durante el resto de la cena y al final había salido en silencio, sin dar más explicaciones, y se había dirigido hacia la cubierta inferior en la que se alojaban los reyes de Lunarïe.

 

Tras la aparición estelar de Árchero y Jack Crow, la reina Titania se había sentido “indispuesta”, y de inmediato había abandonado el salón seguida del rey de los duendes, que trataba inútilmente de apaciguarla con palabras cariñosas. La tormenta se adivinaba ya desde lejos y las tres permanecieron en silencio, tan quietas como estatuas, mientras unos sirvientes se hacían cargo del humano inconsciente y del joven duende, y los sacaban de allí con la mayor delicadeza posible.

Aurige intentó permanecer altiva e indiferente ante el hombre de negro, ni siquiera se movió para saber si se había hecho daño en aquella caída tan peligrosa. Violeta la observaba sin pestañear y ella estuvo a punto de soltarle un descaro. No le interesaba. Nunca más le importaría y lo demostraría delante de todo el mundo, no necesitaba miradas compasivas ni gestos de piedad.

La shilaya suspiró y se puso en pie indicando que la velada había terminado, al menos por su parte. Zërh la imitó con claros signos de alivio, y tras dar un beso de buenas noches a Nimphia, se esfumó hacia su camarote ajustándose las gafitas sobre la nariz.

—Mañana seguiremos con esto —les dijo Violeta antes de marcharse—. Creo que es más importante intentar salvar nuestro futuro que un altercado con un humano al que a nadie le importa, ¿verdad?

Miró a Aurige con intención y ella asintió, seria y altanera. Luego la anciana shilaya se alejó por el corredor oscuro llena de pesadumbre, pero todas hubieran jurado que escucharon un silbidito ahogado que se parecía muchísimo a la tonadilla “Oh, vil Titania”.

Aurige esperó a que los sirvientes hubiesen recogido los platos y cuando el salón estuvo vacío miró a Laila y a Nimphia de soslayo. Sin una palabra más salió en dirección a los aposentos de su madre y sus amigas no se hicieron de rogar.

Ya desde lejos se escuchaban las imprecaciones, y por los comentarios airados y el tono de voz, todas adivinaron que Titania y Oberón estaban manteniendo una discusión muy acalorada con el propio Árchero. O al menos la mantenía Titania, porque el príncipe apenas balbuceaba alguna palabra entrecortada en medio de las lamentaciones y las exclamaciones de fatiga, y Oberón susurraba frases y palabras dulces que ellas no llegaban a escuchar, pero que parecía que lograban aplacar a la reina poco a poco.

—Está bien, de acuerdo —dijo por fin después de que el rey de los duendes murmurase algo inaudible—, pero quiero a ese nemhirie fuera de aquí. Ya me humilló una vez en mi propio palacio y no voy a consentir que ensucie…

—Ejem —la interrumpió Oberón—. Creo que te humilló en mi palacio, querida.

Se produjo un silencio tremendo tras esa frase y Laila dudó entre morderse la lengua a punto de estallar de risa, o entrar en el camarote para rescatar a Oberón de una muerte segura.

—Sinceramente a veces, por no decir casi siempre, tu sentido del humor está fuera de lugar, querido —replicó Titania pasado el sofoco—, pero ya nada puede extrañarme después de lo que he visto hoy.

Laila se imaginó la escena a la perfección. Ahora, un Árchero avergonzado y rojo como un tomate se desharía en mil galanterías con su sonrisa pícara, y suplicaría por su comportamiento hasta hacerse perdonar. Y aunque efectivamente el príncipe comenzó a disculparse, ninguna de ellas estaba preparada para escuchar lo que dijo.

—Lo lamento mucho, bella Titania —oyeron su voz educada, que aunque pretendía ser amable todavía sonaba mareada y pastosa—, pero si he de cumplir vuestros propósitos, permitidme al menos vivir ebrio para aplacar mi desdicha. Si la reina de Solarïe no está ya a mi alcance y por mucho que nos casemos, vuestra hija nunca me amará, ¿qué me queda sino el dulce vino para enjugar mis lágrimas?

Laila y Nimphia se volvieron hacia Aurige de inmediato, con caras de sorpresa alucinada, pero ella apretó los labios y les chistó para que no dijesen ni una palabra.

—Muy llorón nos has salido, Árchero —replicó la reina en tono malhumorado—. Aurige hará lo que yo diga, y ambos os casaréis para sentar los cimientos de un nuevo Lunarïe en caso de que los tenebrii logren al final destruir nuestro reino. Si ella no te ama no es su culpa, es porque tú no has sabido ganarte su respeto.

—Yo sé ganarme el corazón de cualquier doncella, no pongáis en duda mis artes —contestó Árchero—. Pero el corazón de Aurige está ocupado y lo sabéis. Negarlo no hará que el humano deje de existir.

—Por eso voy a deshacerme de él —dijo Titania en tono helado—. Además es una mala influencia para ti. Mírate. Das pena. Tu padre jamás se comportó como tú, ni visita tabernas a escondidas y con amigotes.

—¡Muy cierto! —enfatizó Oberón y de nuevo Laila sintió que la mandíbula le temblaba de risa.

—¡Eh, que no tengo amistad alguna con ese humano! —protestó el duende con vehemencia—. Yo estaba allí solo, saciando la sed de amor que mi amada Cyinder me inspira…

—Y bien que saciaste esa sed —gruñó su padre por lo bajo.

—…cuando aparecieron varios nemhiries por la puerta —siguió Árchero haciendo caso omiso a la interrupción—. Nemhiries importantes: los maddins de Londres y Catay con varios guardaespaldas, y entre ellos este humano que os saca de quicio, bella reina.

De nuevo se produjo una larga pausa. Laila casi creía escuchar los engranajes en la cabeza de Titania girando y calibrando nuevas situaciones. Los maddins de las islas se estaban reuniendo y la reina no estaba al tanto de tales planes. Más aún, se lo habían ocultado deliberadamente. Y eso no podía consentirlo jamás.

De repente Laila se sintió arrastrada hacia el interior del barco y la sorpresa del tirón fue tan grande que estuvo a punto de soltar un grito. Nimphia la obligaba a seguirla y le hizo gestos para que guardase silencio. Por lo visto Aurige ya había escuchado lo suficiente y se marchaba al camarote con los puños apretados.

—Vale, ¿y ahora qué hacemos? —preguntó la airïe muy enfadada cuando llegaron a su compartimento—. ¿Y cuándo pensabas decírnoslo? ¿O te ibas a largar en secreto de luna de miel dejándonos a Laila y a mí aquí solas, en medio de la tempestad?

Aurige dio vueltas por la habitación mordiéndose las uñas sin parar. Negaba con la cabeza una y otra vez, metida en el recuerdo de alguna discusión mantenida probablemente con su madre, y su rostro variaba desde la furia a la desesperación. Al final se sentó sobre su camastro, abatida.

—No tengo opciones —dijo con voz entrecortada y la cabeza gacha—. Si las sombras destruyen Lunarïe tendremos que empezar de nuevo, y Árchero y yo… Mi madre tiene razón en todo y lo sabéis. No es tiempo de romanticismos. Yo…

De nuevo negó en silencio y sus manos arrugaron la colcha con rabia. Nimphia la contempló con preocupación.

—Sabes que Jack te quiere, ¿verdad? —dijo Laila a punto de sentarse a su lado, pero entonces recordó que Aurige jamás le permitiría un gesto de compasión.

—No, ya me ha quedado claro y no quiero hablar de eso. Ya basta de amor, de nemhiries y de tonterías.

—Hoy ha dicho tu nombre, se acuerda de ti —insistió Nimphia con los brazos cruzados—. Eso no puedes negarlo, lo ha dicho delante de todo el mundo.

—¡Porque estaba borracho!

—¡Pero se acuerda! —se alteró su amiga, y entonces se acercó y la zarandeó de los hombros—. Tiene una maldición encima y aún así se acuerda, ¡es que no lo ves!

De repente la morena comenzó a temblar. Sus ojos oscuros se volvieron demasiado brillantes y ya no pudo hacer nada por ocultar el llanto.

—No puedo creerlo —la soltó Nimphia asombrada, hablándole con dureza—. No puedo creer que yo te esté viendo llorar por un hombre. Tú, Aurige, llorando sin luchar, compadeciéndote de ti misma… No eres más que la sombra de lo que fuiste.

Laila se sobresaltó al escuchar esas palabras. De repente la ensoñación, la pesadilla que había vivido con el cuchillo en la mano y las sombras reptando a su alrededor volvió a su mente: Ya sólo quedas tú, ya sólo quedas tú —le susurraban las voces. La sombra de lo que fue. Quizás ese era el peligro de los tenebrii, pero la voz quebrada de su amiga la sacó de sus pensamientos.

—¡Se lo di todo, Nimphia! —Aurige había estallado en lágrimas, con el rostro desencajado poniéndose en pie—. Destruí mis propias creencias y me he enfrentado a mi madre por él… en realidad, me he enfrentado a mí misma por él. Le he entregado mi corazón en bandeja a un humano y sólo he recibido su desprecio, su más absoluta indiferencia. ¿Y ahora me pides… no, me exiges que ponga una sonrisa y sea feliz?

—Pero Violeta dice que…

—¡Es una shilaya! —se exasperó ella y luego se volvió a Laila con rabia—. Cada vez que ocurre esto en tu mundo, cada vez que el amor se rompe, ¿también es por culpa de un encantamiento mágico?

Laila apartó la vista un poco avergonzada. Sabía que su amiga tenía razón, solo que durante unos instantes había sido muy bonito creer que el amor se podía solucionar como en un cuento de hadas.

A pesar de todo, al escuchar a Aurige había algo que en el fondo la aliviaba un poquito: su amiga se estaba liberando, sacaba los trapos sucios sin dejar que se pudriesen allá adentro. Quizás poco a poco la herida podría cerrarse.

—¿Y vas a ser feliz con Árchero? —dijo en voz baja, con el tono más suave que pudo encontrar.

—Aprenderé a serlo. No creáis que Árchero está encantado de la vida con este trato.

—Ya me imagino —Nimphia se sentó pesadamente al borde de su cama.

Poco después se tumbó boca arriba con los ojos abiertos sin querer hablar, y así permaneció mientras el silencio se adueñaba del camarote. Laila la imitó, pero su mirada iba y venía desde el techo de madera al cielo nuboso a través del ojo de buey.

—¿Qué será de Cyinder? —susurró siguiendo el curso de pensamiento de las otras, con la certeza de que la esperanza se escapaba por todos los resquicios al recordar a su amiga, quizás sola y asustada, manejada como un vulgar títere mientras la bruja Mab se iba adueñando poco a poco de Solarïe y de toda su vida.

***

La noche de las seis lunas seguía su curso, silenciosa y oscura, y el único sonido era el del viento gimiendo por entre las galerías y las cubiertas vacías del Reina Katrina. A través de los cristales de la balconada sólo se apreciaban las nubes y los relámpagos pero aún así, el espectáculo del cielo nocturno de Airïe seguía siendo sobrecogedor.

Violeta refrescó un paño en la vasija de agua fría y después lo escurrió con decisión. Se acercó a Jack Crow, que murmuraba inconsciente en el lecho, y lo aplicó sobre su frente sudorosa. El hombre pareció tranquilizarse y poco después entraba en un sueño reparador.

La llamita de una vela danzó un segundo y la shilaya se sentó al lado del hombre sin perder de vista la puerta de la entrada. Luego susurró unas palabras y una lluvia de estrellitas de color malva cayeron sobre su frente.

En cuanto le comprobó el pulso y estuvo segura de que no se iba a despertar, le despegó un párpado con delicadeza y se acercó a su pupila hasta quedársela mirando a menos de un centímetro. Luego volvió a cerrarle el ojo y meneó la cabeza negativamente. Por un momento volvió a sentir la terrible tentación de silbar la cancioncita de “Oh, vil Titania”, pero un ruidito en el pasillo la puso alerta con todos los vellos de punta.

Tal vez fuese sólo una rata que corría por la galería, pero Violeta apagó la vela a toda velocidad y el humo del pabilo flotó hacia arriba en medio de la oscuridad azul. Luego se ocultó entre los cortinajes en silencio.

Como había sospechado, la puerta del camarote comenzó a abrirse muy despacio. El intruso trataba por todos los medios de no producir ningún ruido en el suelo de madera y por fin, una silueta negra se insinuó a través de una rendija. Miró al hombre tendido en la cama y avanzó al interior de la estancia cerrando la puerta tras de sí. Entonces permaneció quieta un segundo, como si percibiese algo.

—¿Crees que no sé distinguir el humo de una vela recién apagada en la oscuridad? —sonó su voz de repente y Violeta dio un respingo de susto.

Por un momento la shilaya siguió fingiendo su comedia de escondite, pero sabía a la perfección que había sido descubierta, y de la forma más tonta.

—Sabía que fuisteis vos —salió del escondrijo entre las cortinas, roja como un tomate, para enfrentarse a la figura burlona de la reina Titania que la miraba con altivez—. Tenía mis sospechas, pero ahora…

—¿Ahora, qué? —replicó ella, sombría—. Esta es la segunda vez que interfieres en mis propósitos, shilaya. Creo que no tengo que recordarte la desgracia que causaste sobre mi hermana Miranda al ayudarla a realizar sus caprichos infantiles.

Violeta sintió la cara arder de rabia. Llevaba muchos días aguantando cortés y educadamente la presencia de la reina, y ambas habían guardado un frágil equilibrio sin mencionar un tema que les había carcomido durante milenios, hasta que ahora por fin había salido a la luz.

—No —negó sacando la varita mágica, que relampagueó un segundo en medio de la penumbra—. No vais a acusarme de la desgracia de Miranda. Jamás. ¡No os lo consiento!

—¿Que tú no me consientes? —la reina se quedó atónita y dio un paso atrás sin darse cuenta—. ¿Te atreves a amenazarme con una ridícula varita de pordiosera a mí? ¿A la reina de Lunarïe en persona?

—¡A vos y a quien haga falta! —contestó la otra sabiendo que estaba cayendo de cabeza en un pozo peligroso de imprudencia. Aún así avanzó con la varita como si fuese una antorcha incandescente—. No os consiento que escupáis sobre su recuerdo, ni os consiento que queráis lavar la culpa que mancha vuestras manos, no. Vos lo habéis dicho, soy una shilaya. Para bien… o para mal.

Un relámpago iluminó todo el aposento, llenándolo de claroscuros e imágenes retorcidas. La varita mágica destellaba más afilada que un cuchillo y en la mano de la reina flotaba una flor púrpura que lanzaba suaves destellos.

Jack Crow se agitó inquieto en medio de las dos hadas. Violeta desvió la mirada un segundo y escudriñó su rostro hasta que el nemhirie se dio media vuelta sobre la almohada y siguió durmiendo. Luego volvió a vigilar aquella flor oscura que, en manos de la reina, comenzaba a abrirse y a expulsar un polen brillante.

—Tienes una lengua muy imprudente, Magistra —los ojos de Titania relucían de placer ante la posibilidad de un enfrentamiento—. No sé cómo no te la he cortado todavía.

—Porque nunca fuisteis una necia, majestad —sonrió Violeta un poquito—. Porque todo el mundo se burla de nosotras pero vos sabéis perfectamente de lo que somos capaces…

Titania permaneció en silencio mirándola fijamente a los ojos. Hacía tiempo que deseaba aquel combate. Los recuerdos de Miranda volvían y renacían de las cenizas cada vez que observaba aquel rostro bondadoso que le crispaba, y no dudaba de que aquella shilaya estúpida seguiría pensando que había obrado correctamente milenios atrás, y que el amor debía estar por encima de las obligaciones. Aún así la anciana tenía razón en una cosa: no era una necia.

De nuevo un relámpago rompió la oscuridad y entonces, cuando el sonido del trueno se apaciguó, la reina cerró la mano con lentitud desmenuzando los pétalos resplandecientes. Bajó el brazo y dejó escurrir el polvillo entre los dedos. Violeta suspiró aliviada y antes de guardar la varita en su bolsillo, volvió a encender la pequeña velita con un derroche de cursilería premeditado. Luego espió al nemhirie, que seguía dormido plácidamente.

—No permitiré que acabéis con su vida —dijo en voz baja, como si el hombre pudiese oírla en ese momento.

—No soy una asesina, al menos no tengo conciencia de serlo —musitó Titania—. Pero sí eliminaré todo recuerdo de nuestra existencia y de la de Aurige de su mente, de una vez por todas.

—Entonces sí sois una asesina —terció Violeta mirándola intensamente.

Durante unos segundos se produjo un silencio denso, casi palpable, cargado de poder estático que fue perdiendo intensidad como el sonido lejano de un trueno. Al final la reina avanzó hacia el hombre y lo observó atentamente frunciendo el ceño. Violeta se puso rígida, con todos los músculos en tensión.

—Tengo que hacerlo y lo sabes —susurró la reina rozando la frente del nemhirie con la mano, dispuesta a cumplir su objetivo—. Por algún misterioso motivo mi conjuro se ha debilitado, y no estoy dispuesta a perder a mi hija por culpa de un humano, ni desde luego sacrificar el futuro de Lunarïe.

—Sí, ya me conozco esa cantinela —terció la anciana chasqueando la lengua—. Pero me da mucha pena comprobar que los antiguos errores no os han hecho recapacitar, majestad. Los estáis cometiendo otra vez, exactamente igual.

—No fueron mis errores, shilaya. No tientes más a la suerte esta noche porque no voy a perdonar más impertinencias.

Violeta cerró la boca y la reina comenzó a murmurar unas palabras oscuras, casi como un cántico de suave terciopelo, pero la anciana temblaba, incapaz de contenerse.

—Si hacéis esto, perderéis a Aurige tal y como perdisteis a Miranda —dijo presa de la angustia y Titania puso los ojos en blanco, molesta por la interrupción.

—No voy a perder a mi hija, shilaya —empezó con voz de hastío.

—La historia se está repitiendo, ya lo habéis visto —insistió ella a toda prisa, haciéndose oír por encima del sonido de otro trueno—. Esta es la noche de las Seis Lunas, igual que entonces. De nuevo tenéis en vuestras manos la vida de alguien a quien amáis y de nuevo yo me veo en la obligación de enfrentarme a vos… ¿Volveremos las dos a cometer los mismos errores otra vez?

Titania contempló a Violeta con una mirada singular y el rostro crispado.

—Es un humano, Magistra del Invierno —señaló a Jack como si la shilaya no se hubiese dado cuenta y ella tuviese que explicárselo despacito y con paciencia—. El príncipe de Blackowls es el único futuro que Aurige debe tener, y que una buena madre desearía para su hija. El resto de esta historia no es más que un cuento para nemhiries.

—¡Dadme una oportunidad! —exclamó Violeta agarrándola por la muñeca en un acto desesperado y Titania se quedó mirándole los dedos como si hubiese descubierto un hatajo de gusanos en su piel.

La shilaya retiró la mano lentamente.

—¿Una oportunidad para qué? —dijo la reina con un destello en los ojos—. ¿Para demostrar que el amor vence, que soy una mala madre y que fui una mala hermana? Sé lo que piensas de mí, anciana, pero te aseguro que estás muy equivocada. Sólo quiero lo mejor para Aurige. Su destino es lo único que guía mis pasos.

—Su destino… —susurró Violeta con voz entrecortada y los ojos muy abiertos.

—Sí —afirmó ella, altiva—. Su destino.

—Sabéis el nombre que nos dan los nemhiries, ¿no es así, mi reina? —por un momento la shilaya pareció que iba a romper a reír—. Ese nombre que todas aborrecemos y que no decimos en voz alta…

Titania se negó a contestar.

—Significa “destino”, reina Titania —los ojos de la shilaya chispeaban—. Las hadas somos el destino de los hombres.

—¡Basta!

La voz de la reina sonó tan oscura que Violeta tembló y estuvo a punto de postrarse de rodillas llena de miedo. De repente Titania parecía más terrible y peligrosa que nunca. En sus ojos destellaba el hielo afilado y cortante de la furia, y por primera vez la anciana supo que había sobrepasado el límite.

—Yo… yo lamento profundamente mi osadía —se inclinó sintiendo por fin el paso de los años, la estupidez de una anciana empeñada en un romanticismo absurdo y el dolor del último fracaso—. Esta vieja tonta os suplica clemencia, majestad — comenzó un balbuceo entrecortado mientras su mente se aferraba a algo, una última chispa de rebeldía—. Clemencia. De hecho, sólo os pido una oportunidad precisamente para eso, y sobre todo, para reparar mi error.

Titania la observó largo rato sin decir nada. Sus ojos entrecerrados brillaban llenos de estrellas y aunque Violeta no lo vio, la sombra de una sonrisa amistosa embelleció su rostro un segundo.

—Explícate —ordenó por fin con voz imperiosa—. ¿Qué error debes reparar?

La anciana se alejó del camastro creyendo que se llevaba la atención de la reina con ella y así la distraía del nemhirie dormido. Se acercó a los grandes ventanales del balcón y contempló el lejano paisaje de tormenta sin verlo. Después de frotarse las manos nerviosas, dejó que los recuerdos la arrastraran.

—Yo era la shilaya de Miranda, eso lo sabéis bien —empezó despacio con la garganta seca—. Cuando ella quería un deseo, yo se lo concedía.

—Sí, y eso no sirve más que para malcriar a los niños —interrumpió la reina, cortante—. No aprenden el valor de las cosas ni se someten a sacrificios para conseguirlas. Chasquean los dedos y ya tienen todo cuanto quieren…

—Sí, lo reconozco, las madrinas no somos un buen ejemplo a seguir, sin embargo ahora es distinto. Lo que Aurige desea…

—¿Me estás diciendo que has tomado la decisión de ser la shilaya de mi hija? — se sorprendió Titania de verdad—. ¿Acaso crees que te necesita?

—Ella y todas —se volvió Violeta para enfrentarse a su rostro—. Las estamos empujando a tomar decisiones que no les corresponden, a que hagan cosas que están más allá de sus posibilidades, y lo sabéis —inspiró profundamente—. Los maddins de las islas nemhiries pronto querrán exponer sus condiciones si tenemos que usar sus barcos, al igual que los Señores de los Vientos.

—Yo pactaré con ellos…

—Sabéis perfectamente que no se reunirán con vos de buen grado ni sin exigir unas condiciones desproporcionadas —le contestó Violeta a las claras—. Por mucho que os duela, ellos sólo confían en Nimphia y es a ella a quien obedecerán. Y luego está Laila…

Titania guardó un silencio hosco.

—Sí, es la reina Serpiente —continuó la shilaya sin piedad—, tiene los mismos derechos que vos. Pero se ha encontrado ese destino de golpe sin quererlo ni esperarlo. Trata por todos los medios de no mostrar lo asustada que se siente y no recibe aliento ni apoyo más que de sus amigas… ¿Y creéis que esas niñas no necesitan una shilaya? Permitidme que me ría, necesitan miles. Ni Sïdhe entero con la Magistra del Sol al frente podría solucionar sus problemas.

—Bueno, eso es una exageración que no…

—Sin embargo —Violeta no iba a permitir ceder terreno en su discurso—, estoy dispuesta a ser la madrina de vuestra hija y cumplir su deseo.

—¿Y ese deseo es? —inquirió la reina después de unos segundos en silencio.

La shilaya se volvió hacia Jack, que se removió inquieto en sueños.

—Olvidarse de este humano —fue la sorprendente declaración—. Lo desea con todas sus fuerzas y ese deseo se ha convertido en una obsesión. Y son precisamente las obsesiones lo más difícil de olvidar. Si vos os empeñáis en hacerle daño aumentando la indiferencia del nemhirie, nunca conseguirá olvidarse de él, porque se obsesionará aún más en buscar el motivo de tal desprecio. Y si un día Aurige descubre cuál fue la verdadera razón…

—¿Y entonces qué propones? —susurró Titania después de unos segundos en silencio. En su voz había un ligerísimo tono de alarma.

—Yo haré que se olvide de él —afirmó la anciana—. Le olvidará de forma natural, sin artificios ni hechizos mágicos, y al final será ella misma la que no sienta el menor interés. Incluso lograré que le aborrezca, y así saldaré el error que cometí con Miranda al concederle sus caprichos. Eso sí, debéis darme carta blanca. Yo a cambio jamás mencionaré esta conversación que hemos tenido frente a un… —miró a Jack Crow un segundo— molesto y despreciable humano.

La reina la contempló largo rato. No podía negar que estaba impresionada. Luego se dirigió ella misma a los ventanales y miró a lo lejos, más allá de las nubes de tormenta que cubrían el cielo. ¿Podía confiar plenamente en aquella anciana senil? ¿Debería exponerle sin temor todos los detalles de un plan que le había llegado en sueños, casi como una revelación? Tal vez fuese mejor contarle sólo lo más importante, y ella misma se encargaría de hilar el resto de cabos sueltos…

—Hay otro asunto que tengo que pedirte, shilaya —dijo por fin, reacia a exponer la totalidad de la idea que brillaba en su mente como una luz—. Pudiese ocurrir que este sea el fin de muchos de nosotros. Yo misma habría de recurrir a un sacrificio final en caso de que todo fallase…

Violeta la contempló en silencio muy asombrada por sus palabras.

—Sí —afirmó Titania leyendo sus ojos abiertos—. Las cosas están muy mal, peor aún de lo que hablamos fingiendo en voz alta para evitar la alarma. Si los tenebrii nos obligan a partir, probablemente no sobrevivamos siquiera un mes. Tal vez menos.

—Pero estáis sugiriendo que…

—Así es. Airïe es nuestra última esperanza. Si alcanzan Silveria no podremos escapar ni aunque huyamos en los barcos al más remoto confín. Las sombras tenebrii corromperán todo a su paso, el agua, el aire que respiramos, todo. Sabes perfectamente que no van a matarnos, shilaya. Nos convertiremos en ellos, seremos sombras de lo que una vez fuimos, y reptaremos cautivos en nuestro propio fango para toda la eternidad.

Violeta sintió la garganta seca.

—Todavía queda Solarïe —susurró con voz entrecortada.

—Exacto, shilaya, exacto —Titania unió las yemas de sus finos dedos y la miró con intensidad.

La anciana quedó atrapada en sus ojos llenos de estrellas y de repente vislumbró los primeros hilos del plan de Titania.

—¿Vais a atacar Solarïe? —intuyó llena de asombro y el corazón paralizado.

—No lo digas de ese modo, anciana, y no me mires así como si fuese a cometer una atrocidad —la reconvino—. Los Señores de los Vientos se encargarán de ese cometido mientras yo dirijo la flota real hacia Firïe. Silveria es ahora un núcleo importante, pero en Solandis se encuentran retenidas la reina Zephira, la joven reina de Acuarïe y la propia reina de Solarïe. Es necesario liberarlas de su confinamiento como sea. Y si me apuras —suspiró—, también deberíamos rescatar a esa psicópata llamada Maeve, tan ciega está que no ve lo cerca que se encuentra del abismo.

—¿Habláis de rescatarlas? —en la voz de Violeta había un cargado tinte de incredulidad—. ¿De entrar en Solandis a la fuerza para salvar incluso a vuestra mayor enemiga?

—Si ese animal que es el Señor del Norte y sus advenedizos consiguen tomar Solandis, tendremos una última plaza donde refugiarnos. Durante el asedio, en medio de la confusión, zarparé con gente leal y de mi confianza para tratar de salvar a todos los que podamos en las ruinas de Tir-Nan-Og…

La shilaya la contempló con la boca abierta y un gesto de asombro tan patente que Titania pareció leerle el pensamiento.

—¿Tan horrible te parezco, shilaya, como para que dudes de mis intenciones? ¿Tan poca consideración te merezco que nunca te has molestado en conocerme de verdad? —la reina sonrió con tristeza—. No soy tan ambiciosa, y en mi corazón no hay nada más importante que Lunarïe y mi hija Aurige, pero ya veo que no cuento con nadie. Ni siquiera contigo, tanto que te vanagloriabas de tu amistad con mi hermana Miranda.

Violeta la contempló sin saber qué decir. Titania le daba ahora la espalda mirando por el balcón y ella no podía verle la cara para saber si mentía o si estaba siendo sincera. Sin embargo su corazón se había ablandado a escucharla. Cierto era que nunca le había dado una oportunidad. Siempre la había considerado una reina terrible llena de ambiciones y secretos, pero si la juzgaba con imparcialidad, incluso con frialdad, Titania jamás había hecho otra cosa que velar por su reino y por su hija. De una forma oscura y que ella no comprendía, eso sí, pero no podía achacársele otra cosa que haber luchado por Lunarïe por encima de todo, incluso por encima de sus propios sentimientos.

—Yo… —balbuceó con una reverencia—. Contad conmigo, majestad. Vos sois mi reina sobre todas las cosas.

—Saca a mi hija de aquí, eso es lo que te pido —susurró Titania—. Llévatela lejos. No quiero que venga a Tir-Nan-Og conmigo. Si fracaso, si al final los tenebrii me vencen, no quiero que me vea convertida en una sombra. Júramelo, shilaya. No permitirás que me descubra de ese modo. Nunca. Aunque tuvieses que…

La voz se le quebró pero Violeta entendió perfectamente lo que quería decir.

—Os lo juro, señora —asintió en voz muy baja, casi inaudible.

—Jamás hubiese imaginado que fuese nuestro propio egoísmo el que nos destruiría —Titania seguía perdida en sus pensamientos, con la mirada fija en el horizonte oscuro y ni siquiera la oyó—. No fueron los ithirïes, ni los acuarïes… Fuimos todos, cuando decidimos arrancar nuestros tesoros del Templo del Amanecer y olvidar a los dioses. Nosotras somos las culpables de haber abierto la puerta de las sombras, nadie más. Quizás hacía ya mucho tiempo que convivían con nosotras, en lo más profundo de nuestros corazones.

La anciana sintió por primera vez ganas de consolarla, igual que había hecho con Miranda innumerables veces. Quizás el cariño de madrina que le dio a una, se lo robó a la otra. Tal vez Titania no era más que una niña que había tenido que aprender a ser fuerte ella sola.

De repente se sobresaltó al comprobar que la reina se había dado la vuelta y la observaba con sus ojos fríos y calculadores. No quedaba rastro de ternura, sólo la belleza de un diamante helado.

—Ya sabes lo que espero de ti —le espetó sin una sola nota de emoción—. Aurige y Árchero se casarán, y Lunarïe sobrevivirá de una forma u otra.

Violeta asintió mientras la reina pasaba por su lado hacia la puerta del camarote. Ni siquiera se molestó en comprobar si el nemhirie seguía dormido o si por el contrario las había escuchado en algún momento.

—En verdad no sé por qué no me fijé en ti como asesora, en lugar de esa gata traidora de Geminia —dijo con cierta añoranza y la shilaya se permitió una sonrisa discreta—. Pero hay algo que debes saber…

Y sin previo aviso la agarró de la túnica, y tan rápido que ni siquiera sus ojos lo vieron, la anciana se encontró inmovilizada, con la punta de una daga plateada justo en el borde de su mandíbula, arañándole la piel.

—No me traiciones shilaya —susurró Titania en su oído, tan sibilina que la otra tragó saliva asustada—. Si lo haces, aunque las sombras tenebrii me consuman, te buscaré y saciaré mi venganza contigo de manera muy especial, te lo aseguro. Como bien has dicho no soy una necia y conozco el poder de vuestros hechizos, pero mis recursos van más allá de la magia. No lo olvides.

Y la soltó con un atisbo de desdén haciendo desaparecer el cuchillo igual de rápido que como había aparecido. Violeta jadeó con el corazón latiendo a mil por hora. En un acto reflejo, sus manos habían tanteado frenéticas en busca de su varita mágica.

Sin embargo la reina abandonó la habitación en silencio, con la cabeza muy alta sin pronunciar otra palabra ni mirar atrás. Cuando sus pisadas se perdieron en la oscuridad, la anciana consiguió lanzar un suspiro de alivio. Luego se sentó pesadamente sobre un catre y la llama de la velita se movió con la corriente de aire. La miró sin verla hasta que el pequeño fuego volvió a recuperar la quietud.

Las revelaciones de Titania le habían dejado muy confundida, pero también con una inminente sensación de fatalidad. Sus palabras eran ciertas, las sombras no iban a detenerse porque ellas se alejasen en flotas de barcos hacia el horizonte. Era la batalla final y no habría sitio para los perdedores, no habría compasión ni prisioneros.

Tenía que sacar a Aurige de Airïe, y también a Laila y a Nimphia, desde luego. Entonces se las llevaría lejos y las escondería. Ahora eran sus niñas, sus protegidas, y ella no permitiría que les sucediese nada. Pero por otro lado había algo. Una cosa que Titania había dicho sobre el egoísmo… Aquello le había dado una idea, una estrella que se había encendido en su cabeza. Si tan sólo tuviese el valor de ponerla en práctica…

Un murmullo grave la hizo dar un respingo sobre el asiento y, pasado el susto, contempló el rostro tranquilo y la respiración acompasada del nemhirie que parecía hablar en sueños.

El hombre rebulló inquieto entre las sábanas y la shilaya lo observó con los ojos convertidos en rendijas. Por un momento casi hubiese jurado que fingía estar dormido, pero entonces Jack soltó un ronquido profundo que acalló todas sus dudas.

Violeta sintió una inmensa pena por él. Era una shilaya y no podía evitar querer que el amor triunfase por encima de todas las cosas, pero ahora sabía que no había nada que hacer respecto a ese tema. La reina Titania tenía razón. No había más que decir. Por eso Violeta cumpliría su promesa, y sellaría el destino de todos como una buena hada madrina.

—¡Maldita sea! —gruñó por fin con un susurro entrecortado.

 

PRIMER INTERLUDIO

Anoche soñé que volvía a Nictis…

En mi sueño recorría las estancias sombrías, los corredores silenciosos y los grandes salones envueltos en la dulce fragancia de las damas de noche. La luz de la luna se filtraba a través de las delicadas cristaleras y podía sentir en mis pies descalzos el suelo frío lleno de estrellas.

Nictis.

Yo fui una vez la reina y señora de aquella maravilla, y ahora…

Lo he echado tanto de menos que toda mi vida reciente se me antoja tan sólo una terrible pesadilla. Y en ella, Nictis no era más que una ilusión perdida, un sueño desesperado del que no deseaba despertar jamás.

Avanzaba en medio del silencio, tan denso y profundo que mi piel se estremecía. La noche derramaba toda su belleza sobre las altas columnas, los jarrones de flores y las estatuas calladas que flanqueaban mi camino hacia las escalinatas del trono.

Y allí sentada contemplaba mi mundo, quieto y perfecto. Nada alteraba mi descanso, nadie me importunaba con intrigas entretejidas y traiciones dolorosas. Sólo yo y mi reino de Lunarïe. No necesitaba nada más.

No recuerdo cuánto tiempo estuve allí permitiendo que los secretos de Nictis me embelesaran. Quizás siglos, tal vez segundos. El silencio se adueñaba de cada rincón de mi palacio y la noche parecía susurrar con la respiración de un mar en calma, mientras la luna se desplazaba lentamente por el cielo negro, tan puro que parecía estar tejido de suave terciopelo.

Entonces, las notas calladas de un arpa flotaron hacia mí, llenas de burbujas y pequeños destellos, y me sentí arrastrada como si nadase en un río oscuro lleno de paz. Los velos susurraban a mi paso y me dirigí al salón de música para ver con mis propios ojos quién estaba tocando aquella melodía llena de misterios.

Los grandes portalones estaban entreabiertos y a través de ellos bailaban las burbujas, guiándome como una música perversa, sabiendo mi ansia por conocer al dueño o dueña de aquellos dedos ligeros que acariciaban las cuerdas provocando mil sensaciones.

Empujé las puertas de ébano muy despacio. La figura de una mujer envuelta en sombras se inclinaba hacia adelante mostrándome un perfil oculto. La luz de la luna se derramaba a sus pies, caía sobre su regazo, pero no me dejaba ver su rostro. Sus manos de alabastro apenas rozaban el arpa, como si acariciasen con desdén un sencillo juguete que ni siquiera requería su atención.

Avancé hacia la figura para desvelar el misterio pero la estancia se alargaba, no dejaba que me acercase. Lo intenté con toda mi voluntad pero era como correr a través del agua. La música inundaba mis sentidos, me aturdía, no me dejaba respirar. Y ella se reía, estoy segura. Casi reconocí el timbre de su voz, una nota hundida en la memoria de los sueños.

La misteriosa adversaria se perdió en la oscuridad pero yo supe, antes de despertar, que todo lo que estamos viviendo ahora, todas las desgracias que nos acosan, no son sino parte de un plan. Un plan que ella había trazado, y nosotras no somos más que simples marionetas de su juego.

No lloré por mi fracaso cuando abrí los ojos y los recuerdos de Nictis desaparecieron. No lloré cuando olvidé el aroma de las madreselvas y las damas de noche, ni siquiera cuando todo se llenó de sonidos desagradables, lamentos de muerte y el miedo de las sombras. Sólo lloré al descubrir que ya nada sería igual, que Lunarïe estaba perdido, y que toda aquella perversidad había sido tramada por alguien. Alguien odioso que se ocultaba en los sueños. Alguien que se reía de mí y de mis intentos vanos por recuperar mi paraíso perdido.

Mi temor se acrecienta con el paso de los días. Anoche soñé con Nictis, sí, y su recuerdo me guía como una estrella en la oscuridad. Esta misma noche dejaré todos los cabos atados. Creo que no he olvidado nada en caso de que llegue el fin. Ahora sólo queda esperar que esa estúpida shilaya se dé cuenta de la verdad, que entienda el mensaje que he querido hacerle ver y lo cumpla. Ahora que pienso en ella… ¿será esa anciana la misteriosa mujer de mis pesadillas? ¿O tal vez es el recuerdo de Miranda, que me acosará hasta la muerte?

Sin duda me estoy obsesionando más de lo aceptable. Quizás fue solamente un mal sueño, una jugada de mi mente y de los miedos acechantes que a todos nos acongojan. Pero estoy segura de que ese fantasma me perseguirá, querrá dominarme y reírse de mi frustración. Y en el momento de su victoria, mostrarme su rostro para que mi humillación sea absoluta.

Solo que yo no me dejaré vencer. Ni en sueños ni en la vida real.

Y cuando desperté llena de inquietud, mis temores crecieron hasta volverse insoportables, y me juré a mí misma descubrir el misterio, desmenuzarlo y aplastarlo aunque fuese con mi último aliento…

(Del diario privado de Titania)