El Corazón de las Sombras

Bárbara G. Rivero · Capítulo 13 de 28

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El Corazón de las Sombras

11 Tierra de luz

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Tierra de luz

Cyinder creyó, sin ninguna duda, que había llegado su final.

El corazón le bombeaba dislocado y sentía las náuseas del miedo subiendo por la garganta. La luz de los dos primeros soles inundaba la cámara de la reina Mab con los dorados matices del alba, y los haces de colores destellaban en las pulidas superficies de cristal creando una atmósfera de serena y delicada belleza… pero desde arriba, apretando la espalda hasta estrujar las alas contra el techo, cualquier amanecer y cualquier hilo de luz que reverberase en ella y que pudiese descubrirla no era más que una siniestra pesadilla.

Tenía que controlarse o Maeve la encontraría. La reina estaba allí mismo, a sus pies, justo a unos metros por debajo de ella, y miraba a todos lados buscando, con una intensidad rayana en la locura. Cyinder sentía que estaba a punto de vomitar de terror, y la simple idea de que el desayuno cayese sobre los cabellos de aquella bruja, hizo que la mandíbula le temblase un poquito. Se mordió los labios hasta casi hacerse sangre. La risa del pánico estaba brotando sin control y si abría la boca, aunque fuese para soltar un suspiro, sería su fin.

Y mientras permanecía pegada al techo, inmóvil e invisible, intentando que su corazón no latiese, la bruja blanca estaba allá abajo, buscando, con sus ojos desquiciados inyectados en odio, porque sabía que había alguien que no sólo se ocultaba de ella sino que además estaba evadiendo su control mental.

—Sé que estás aquí —dijo en voz alta, con un tono burlón de indudable amenaza —. Crees que te puedes esconder de mí, pero te encontraré. Noto tu presencia, siento tu aura… no vas a escapar.

Y Cyinder sabía que era la verdad: no iba a poder escapar. La había pillado infraganti mucho antes de lo que ella había calculado, o tal vez se había distraído en esta ocasión y ahora pagaría por su descuido. Sí, había sido torpe. Se había dejado llevar por la nostalgia y la tristeza en lugar de imponerse un férreo autocontrol. Y todo porque hoy se había propuesto robar, de su propio tesoro real secuestrado por la bruja —y bien vigilado en su propia alcoba—, el pequeño grano de las Arenas de Solarïe que había dejado su madre tras su muerte.

Cumpliendo el castigo maternal que la reina Mab le había impuesto por ensuciarse los vestidos y ser una hija desobediente, trazó planes en su cabeza día tras día sin permitir que el desaliento le venciera. Mientras tanto, las manos se le llenaban de cortes y arañazos, pues la reina le obligaba a tejer un bordado con hilo de cristal, y la delicada filigrana se le rompía en la piel una y otra vez, hiriéndola y llenándola de cicatrices. Los pequeños cristalitos rotos se le clavaban en las heridas y le provocaban horribles torturas cuando por fin descansaba cada atardecer de Cálime, y se limpiaba las heridas.

Aún así, Cyinder no se quejaba. Con las manos llenas de cicatrices tejía el imposible bordado y luego, cuando el palacio dormía, ponía en marcha su plan.

Y ya había conseguido varias perlas: unas diez en total, pequeños éxitos que no dejaba traslucir ni siquiera con una triste sonrisa mientras bordaba por la mañana. Así, poco a poco, como una ardillita paciente, las había guardado en la caja de Jack Crow para que todo rastro de su existencia desapareciese.

Y este era su gran secreto, la misión que se había trazado gracias a Árchero y al hombre de negro, y que ella consideraba ya como algo personal: liberar Solandis de las garras de aquella mujer monstruosa que se lo había arrebatado todo, vengarse de ella por los engaños y las humillaciones sufridas, y sobre todo, limpiar la culpa que la carcomía por dentro, por haber estado tan ciega y altiva que en realidad sabía que fue ella misma, Cyinder, la verdadera causante del desastre de todo Solarïe.

Cuando tuvo en sus manos llenas de heridas el grano de Hellia, lo contempló largamente con devoción, como si estuviese frente a su propia madre para hablar con ella y abrazarla, para pedirle perdón… Y fue en aquel momento de debilidad cuando sus oídos captaron un eco, siquiera el roce de una mano en el pomo de la habitación, y el corazón se le disparó.

Apenas tuvo tiempo de volverse invisible, apenas en un segundo logró trepar hasta el techo y aplastarse contra su fría blancura mientras en el cielo, Solandis y Luthus iniciaban su indiferente recorrido como cada día.

No tuvo tiempo de maldecirse por no haber estado más atenta. Debía haber extremado las precauciones, pero sus anteriores éxitos la habían vuelto imprudente, se había confiado demasiado y ahora llegaba el momento de pagar por su error.

Maeve entró en la habitación como una serpiente sinuosa desprovista de color, y sus ondas de poder se extendieron en todas direcciones. Cyinder agradeció en su interior las veces que Nimphia había insistido en usar aquellos guantes de gato, en todas las lecciones de peligro y evasión que les había hecho aprenderse de memoria y repetir miles de veces hasta la saciedad cuando buscaban las Piedras de Firïe, un millón de años atrás. “Por si algo falla” —les decía mientras Aurige y ella bostezaban pensando que nunca les harían falta.

Al acordarse de sus amigas, una lágrima traicionera asomó por el borde de su ojo y lentamente se deslizó por el pómulo hacia la curva de su barbilla. La muchacha contuvo el aliento sintiendo el frío de la pequeña gota recorriendo su piel. Iba a caer. Y además iba a caer directamente sobre la cabeza de Maeve. Y cuando la bruja mirase por fin hacia arriba y la despojase de su frágil invisibilidad, Cyinder vería unos dientes afilados y amarillentos sonriéndole con horrible alegría.

—Sé quién eres —persistía la reina Blanca en su susurro terrorífico mientras sacaba una llavecita del bolsillo—. Acabaré contigo, destruiré todo lo que amas y te reduciré a cenizas, te lo prometo.

La muchacha tragó saliva. Ahora la reina descubriría la desaparición de los diez granos que ella había logrado y se desataría la hecatombe. Pero para su sorpresa, la reina ni siquiera se acercó al escondite de las Arenas, sino que abrió un enorme armario de madera lechosa incrustado en la pared y un fuerte tufo dulzón invadió la estancia.

Los perfumes, la colección de miles de frasquitos allí hacinados desprendían un aroma tan salvaje que Cyinder tuvo que hacer un milagro para no estornudar. El olor le irritaba los ojos y hacía muecas con la nariz para calmar el picor, pero por otro lado estuvo a punto de llorar de alivio. ¡Aquella engreída creía que un ladrón tendría más interés en sus asquerosos tarritos que en las Arenas de Solarïe! Su colección era lo único que de verdad le importaba.

La contempló desde las alturas con los ojos lagrimosos por el nauseabundo efluvio. La mujer observó lo que debía ser un estrecho hueco pero entonces dio unos pasos y se perdió en el interior. Cyinder volvió a sorprenderse. ¿Tan grande era aquello, tan profundo el armario que alguien podía caminar allí dentro? Por un segundo sintió la tentación de bajar a toda velocidad, encerrarla y luego tirar la llave a algún abismo imaginario. Por suerte no cayó en la trampa de mover ni un músculo. La reina volvió a salir enseguida, fingiendo contar sus pertenencias.

Fue entonces cuando Cyinder notó que las malditas lágrimas en los ojos estaban a punto de traicionarla. Una de ellas seguía su recorrido hacia la mandíbula. Caería, no ya en la cabeza de la bruja, sino justo por en medio de su campo de visión, por delante de la marabunta de frascos empalagosos.

—Te destruiré —volvió la otra a la carga—. Y cuando no seas más que una marioneta sin vida, te llevaré ante la reina para que sea ella quien decida tu merecido castigo —terminó absorta, recorriendo los cúmulos de sus pequeños perfumes una y otra vez.

Entonces Cyinder abrió la boca asombrada, sin saber si reír o llorar. Maeve no sabía que era ella misma quien estaba allí. ¡No lo sabía! Buscaba por todos lados y murmuraba palabras cargadas de maldad, pero no tenía ni idea de quién era en verdad su rival. Al menos se reiría en su cara. Cuando por fin la descubriese y estuviese al borde de la muerte, la miraría a los ojos y se permitiría escupirle aquella risa de desprecio.

Y en el momento final, en el segundo en que la pequeña lágrima abandonaba su rostro y se deslizaba silenciosamente hacia abajo, un estallido rugió en medio del silencio de la mañana, como el tañido de una campaña colosal que hizo tambalearse los cimientos del palacio, y el cielo de todo Solandis parpadeó tiñéndose de púrpura durante unos segundos.

Cyinder perdió el equilibrio y estuvo a punto de lanzar un alarido, pero fue tal la sorpresa de la vieja Mab que ni siquiera así la hubiese descubierto. La bruja blanca gritó mientras extendía sus manos y evitaba que cientos de frascos se estrellasen contra el suelo. Luego cerró el armario a toda velocidad y corrió hacia las cristaleras de la balconada que coronaba sus aposentos. Tras contemplar aquello que fue el origen de la misteriosa explosión, se revolvió llena de furia, con un odio tan grande que Cyinder sintió que la curiosidad la devoraría por dentro si no averiguaba de inmediato qué había sucedido.

La reina Maeve abrió la puerta y se detuvo un segundo antes de salir. Miró hacia atrás, hacia la estancia vacía, y murmuró algo como la promesa de una amenaza antes de cerrar con llave.

Durante cinco minutos, eternos y agobiantes, Cyinder permaneció sin moverse de su escondite, todavía con el corazón en la boca, permitiendo que la calma inundase de nuevo sus sentidos y pensando la forma más camuflada e inocente de presentarse ante la vieja Mab sin delatarse, hasta que por fin se deslizó hacia abajo con mil ojos.

Se acercó despacio a la balconada temiendo encontrar su ciudad en ruinas. No quería dar la espalda a la puerta, pero necesitaba sobre todas las cosas saber qué había pasado allá afuera. Y cuando por fin lo vio, sus ojos se abrieron como platos, incapaces de creer lo que estaban viendo.

Shilayas.

Cientos, tal vez miles de shilayas se apostaban tras los muros de luz en silencio, como si Sïdhe entero hubiese sido evacuado y estuviesen todas allí esperando una señal misteriosa.

Cyinder estaba tan asombrada que si en ese momento Maeve hubiese entrado en la habitación, ni siquiera habría dado un respingo. Pero… ¿pero qué significaba todo aquello? Qué demonios hacían esas locas allí…

Las contempló desde la distancia y entonces se dio cuenta de otra cosa sorprendente: no cantaban, no vestían sedas ni tules, sino sencillas togas verdes o grises, como si las animase un oscuro propósito muy lejano de fiestas y cursiladas, casi como si estuviesen a punto de entrar en combate…

Antes de darse cuenta de lo que acababa de pensar, la muchedumbre de shilayas alzó sus varitas mágicas lentamente y de nuevo el cielo de Solandis parpadeó. El palacio sufrió tal sacudida que algunos muros temblaron y se resquebrajaron, el artesonado de la habitación comenzó a desmoronarse y cayeron regueros de polvo blanco desde el techo. Cyinder trastabilló a punto de gritar. Aquellas locas iban a destruir su palacio, su ciudad, se atrevían a presentarse de tal forma y con horribles intenciones ante sus narices…

Y de repente se dio cuenta de algo. Algo que la hizo sonreír en medio del sorprendente caos. No estaban frente a sus narices. Estaban frente a las narices de Maeve.

Los grandes ventanales se hicieron añicos y tras las puertas, los gritos de sorpresa y pánico inundaban ya los salones y corredores. En poco tiempo la ciudad entera se presentaría ante el palacio, reclamando explicaciones y pidiendo que su reina los salvase.

Entonces acudió a su memoria un nuevo episodio del verano pasado: cuando los soles se apagaron y la multitud aterrorizada pidió a Hellia una respuesta, un signo de consuelo. Ahora la escena se iba a repetir, exactamente igual, y ella tendría que tomar una decisión: cerrar las puertas a cal y canto como hizo su madre, o enfrentarse a la muchedumbre y asumir sus responsabilidades.

Ya no quedaba tiempo —volvió a meditar con el grano de Hellia en su mano mientras un nuevo tañido sobrecargaba el ambiente como si fuese una bomba a punto de explotar bajo el agua—. El resto de las Arenas estaban allí mismo, a su alcance, pero si las escondía en la caja mágica de Jack Crow todas a la vez, los soles se apagarían y Maeve sabría de inmediato que algo había pasado más allá del absurdo ataque de las shilayas. Sería cuestión de tiempo que atara cabos y descubriese la verdad.

Tenía que tomar una decisión. Tan sólo una decisión…

***

Desde las alturas, tan lejos que sólo parecía una nube borrosa, la figura de la reina Tritia vigilaba aquel despliegue de magia sentada sobre el enorme cuerpo escamoso del dragón Udronsanthïl. Sus ojos ocultos tras la máscara de agua no dejaban traslucir nada, pero la sonrisa cínica marcaba profundas arrugas en su rostro envejecido. Rió al aire cuando una nueva ola de estrellas atravesó los muros de luz e impactó contra las estilizadas torres doradas, pero su risa sonó igual que un cuervo siniestro.

El coste de mantener la ciudad de Cantáride a salvo en los últimos momentos, mientras su mundo se convertía en pasto arenoso de las raíces de Ithirïe había sido muy alto. Ni siquiera reconocía su imagen marchita en un espejo, sus brazos estaban cubiertos de vendas andrajosas, como si de una nueva Lady Angaïl se tratara. Sólo el veneno de la furia y los deseos de venganza recorrían sus venas, le impulsaban a seguir viva un día más, una hora más, un minuto más…

Y desde arriba vigilaba su tesoro constantemente, con una persistencia y una fijación rayana en lo absurdo.

Sus dos dragones la obedecían a pesar de que sus miradas se volvían más oscuras con cada día que pasaba. Udronsanthïl y Meësh echaban de menos el agua, necesitaban los mares dulces de Acuarïe, y sus cuerpos correosos se resquebrajaban bajo la inclemencia y el brillo de los seis soles de Solarïe. Si al menos llegase la fresca noche podrían lamer sus heridas, pero en aquella maldita tierra de luz los soles nunca terminaban de esconderse, nunca llegaba el ocaso, y Tritia los espoleaba sin cesar, sin descanso.

—No podemos permitir un solo fallo —susurraba la reina con aquella voz rasposa y serpentina que tanto les recordaba a Lady Angaïl—. En cualquier momento aparecerán, vendrán a por las Arenas, y cuando las tengan, tratarán de engañarme.

Porque Tritia no olvidaba que les había cedido a aquellas niñatas la llave del Templo del Amanecer a cambio de todas las Arenas de Solarïe. Un pacto justo bajo su punto de vista. El precio que debía pagar la hija de Ethera por haber destruido su mundo. Solo que sabía que ella y sus amigas intentarían no cumplir su promesa, tratarían de escapar, de mentir y de traicionarla. Porque Tritia también lo haría si estuviese en su lugar. Y por eso vigilaba constantemente, sin siquiera descansar o dormir, sin darse cuenta de que su mente iba cayendo poco a poco en un frágil pozo de negrura.

Udronsanthïl, su montura, rumiaba pensamientos nefastos, dando vueltas una y otra vez sobre aquellas cortinas boreales que eran los muros de la ciudad de Solandis. Le importaban muy poco las intrigas y las guerras de aquellos insectos, incluso casi había dejado de lado el ansia de venganza. Lo único que deseaba era regresar a casa, aunque fuese para morir en la arena traicionera de Acuarïe, pero regresar de una vez por todas.

Odiaba a Tritia incluso más profundamente que a su antigua ama, odiaba aquella tierra de soles que le herían los ojos y hacían que sus brillantes escamas se volviesen secas y quebradizas, y sobre todo, odiaba aquel colgante de aguamarina que era como una cadena de hierro forjado alrededor del cuello, y les obligaba a él y a Meësh a obedecer sin remisión.

Y así estaba, dando otra vuelta rutinaria en aquella vigilancia eterna cuando sus sentidos se pusieron alerta. Se estremeció como si hubiese recibido un calambrazo y todas sus escamas se hubiesen puesto de punta. Miró a su hermano de soslayo. Efectivamente el otro dragón también había notado algo, y sus pupilas reptilianas se habían encogido de sorpresa.

—Mi señora —siseó Udronsanthïl con precaución—, ¿habéis sentido algo, un escalofrío…?

—Silencio, dragón —ordenó ella tras la máscara, absorta en el asedio de las shilayas, que desde la distancia parecían frágiles hormigas—. El único escalofrío que puedo sentir es el de la emoción de ver a todas esas palurdas enfrentarse a Maeve y después sucumbir a su poder. Estoy deseando ver con qué hechizo las va a reducir a pulpa de babosa —se carcajeó sin rastro de alegría—, o si simplemente chasqueará los dedos y todas se arrastrarán a sus pies como gusanos. Igual que vosotros os arrastráis ante mí.

Rozó la aguamarina con actitud de clara soberbia y Udronsanthïl apretó las garras tan fuertemente que se clavó las largas uñas. Si pudiera, sin tan sólo un único segundo aquella maldita rémora se deshiciese de su colgante…

Miró a su hermano de soslayo y ambos parecieron leerse el pensamiento. Los giros en el cielo comenzaron a ser más amplios y distantes cada vez. La propia ciudad de Solandis apenas parecía un juguete desde la distancia. Otra vuelta más y estarían ya tan lejos que podrían poner en marcha el salto a Acuarïe…

—¿Dónde crees que vas, dragón? —la voz helada de Tritia restalló como un látigo y Udronsanthïl sintió un dolor tan lacerante que creyó que la cabeza le iba a estallar. La piedra palpitaba intensamente en manos de la reina—. ¿Me tomas por tonta, alimaña? ¿Piensas que no he sentido que mi reino ha vuelto a la vida?

El dragón jadeó de dolor, incapaz de ocultar su sorpresa.

—¿He de recordarte que yo soy la reina de Acuarïe, y no esa impostora que vive bajo el brazo de Maeve? —siguió sin un resquicio de pena ante los gemidos de su montura—. Yo lo he cuidado y salvaguardado durante milenios, lo hice crecer y convertirse en el reino más fuerte y poderoso de todos —su mano aflojó la intensidad sobre la gema y Udronsanthïl rugió antes de agachar la cabeza, sometido—. Acuarïe soy yo, dragón. No lo olvides.

—Mi señora —la voz de Meësh flotando a su lado sonó respetuosa y rastrera—, ¿no desearíais pues, volver a vuestro reino y allí, con todo a vuestro favor, fortaleceros y planear vuestra venganza?

Tritia rió con su voz cascada.

—Serpiente aduladora —acarició la gema celeste—. Ya nada me importa más que las perlas de esa cría que se hace llamar reina de Solarïe. Con ellas no sólo recuperaré el esplendor de Cantáride, sino que podré llevar a cabo por fin mi sueño: dominar los océanos salados de los nemhiries.

—Pero la reina Maeve vigila las Arenas de Solarïe. Ahora mismo están fuera de vuestro alcance —siseó el dragón con malignidad.

—Sí, pero las niñas vendrán —insistió Tritia su retahíla—. Vendrán igual que vinieron a por las Piedras de Firïe. La hija de mi enemiga, la reina Serpiente, vendrá. No podrá resistirse al tesoro, al igual que la hija de Titania. Querrán salvar a su amiga, la joven solarïe, de las garras de la reina Blanca y yo las estaré esperando — lanzó un suspiro de victoria que sonó como lodo burbujeando bajo la máscara—. Y es por eso que no nos moveremos de aquí. Aunque os muráis de hambre y cansancio, mis zalameros y abyectos esclavos, aunque los soles os resquebrajen la piel y os dejen ciegos con su luz, no nos moveremos de aquí. Me obedeceréis hasta que tenga en mis manos el tesoro de Solarïe. Entonces, y sólo entonces, os dejaré libres para que os encontréis con vuestro destino, que si me servís bien y con lealtad, podría ser mi propio reino de Acuarïe que tanto añoráis.

“Eso ya lo veremos” —pensó Udronsanthïl entrecerrando los ojos para evitar ver la mirada aguda que le lanzó Meësh, y se remontó en una nueva corriente de aire caliente—. “Lo veremos bruja. Reiré el último y te aseguro, escoria, que mi risa no te va a resultar divertida”.

***

—¿Qué está pasando, madre? —exclamó Cyinder llegando a toda prisa a la sala del trono, mientras una nueva onda expansiva hacía vibrar la gran lámpara de araña que se balanceaba peligrosamente sobre el límpido suelo de mármol rosa.

—¿Dónde estabas? —inquirió Maeve a su vez, levantándose del trono, con los ojos entrecerrados.

—Yo… —se avergonzó la muchacha, y bajó la cabeza con las mejillas ardiendo y las lágrimas a punto de nacer—. Yo…

—¡Contesta! ¡Qué estabas haciendo! —la bruja se había movido tan rápido que sus ojos apenas la habían visto, y ahora estaba a su lado, con sus tentáculos de poder mental invadiendo cada pensamiento, derribando cada defensa.

La chica había intentado esconder las manos en la espalda, pero la odiosa mujer le agarró por las muñecas como si de una zarpa de acero se tratase, y Cyinder gritó de dolor.

—¡Lo siento, madre, lo siento! —lloró sin consuelo enseñándole las manos ensangrentadas, llenas de cortes—. Me manché el vestido. El palacio tembló y el bordado se rompió en mis manos y… y…

Maeve aflojó la zarpa, visiblemente ablandada ante las evidentes heridas del cristal. Cyinder se arrodilló pidiéndole perdón.

—Me manché de sangre —siguió llorando como si fuese el más horrible de los crímenes—. Me he cambiado lo más rápido que he podido para venir a tu lado. Lo siento, lo siento…

La reina Blanca sintió que temblaba un poquito. Con un gesto de magnanimidad le acarició los cabellos y luego retiró la mano como si tuviese miedo de haber sentido piedad tan sólo un segundo.

—Está bien hija mía —le sonrió y Cyinder alzó la vista con ojos de devoción—. Ven, siéntate en tu trono. Observa cómo hoy los soles brillarán más radiantes que nunca cuando por fin liberemos a Ïalanthilïan de una de las más molestas y desvergonzadas castas que jamás debimos permitir existir.

—¿Pero qué está sucediendo?

—Shilayas. Se atreven a desafiar mi poder —sonrió la bruja—. Su reina, esa pordiosera llamada Nimue está hinchada de orgullo y avaricia, y quiere arrebatarte el trono, querida hija. Yo jamás lo consentiré.

—¡Shilayas! —repitió Cyinder, con gesto de incredulidad y repulsa mirando a un punto más allá de los ventanales hechos añicos—. ¡Se atreven a manchar Solandis y a ultrajar nuestra grandiosa cultura…! Han tenido la osadía de pisar mi ciudad y ahora creen que pueden destruir mi palacio…

—Así es, hija —empezó Maeve con tono de admiración.

Durante un segundo, la cámara del trono se llenó de un silencio denso, casi estático. Por fin, la reina Solarïe respiró hondo y tomó su decisión.

—Yo también quiero darles una lección, madre. Quiero ver sus caras de derrota. Quiero reírme de su patético fracaso. Permíteme estar a tu lado y disfrutar cuando las aplastes.

Y Cyinder logró sonreír con unos ojos tan fríos, tan llenos de crueldad, y tan desprovistos de todo sentimiento que la bruja Maeve, por fin, cayó en la trampa y se lo creyó.