El Corazón de las Sombras

Bárbara G. Rivero · Capítulo 25 de 28

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El Corazón de las Sombras

23 El último deseo

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El último deseo

—¡Qué ocurre! ¿Qué está pasando? —Violeta miraba a todos lados con los ojos muy abiertos, mientras las shilayas descansaban un instante y recomponían filas después de luchar hasta la extenuación.

Las sombras que habían estado a punto de romper el último escudo mágico permanecían quietas allí mismo frente a ellas, atentas y distantes como si estuviesen escuchando algo muy lejano.

En un principio, los ithirïes bajo el mando de aquel muchacho, Sehren, habían logrado contener la avalancha de masa tenebrii que entraba en el palacio a borbotones; por las puertas, filtrándose por las paredes e incluso goteando desde los techos abovedados.

A pesar de las barreras y de la valiente lucha de ithirïes y firïes, las sombras salían también a través del estanque que ellas vigilaban con gran ansiedad. Fue entonces cuando la reina Titania ordenó replegarse hacia el fondo de la sala, y escudarse todo lo posible junto a los muros grasientos.

Los aullidos de los ghüls bastaron para saber que, en el milagroso caso de que lograsen sobrevivir a los tenebrii, fuera del castillo aguardaba un océano negro dispuesto a esperar todo el tiempo del mundo. Las shilayas conjuraron una enorme burbuja tornasolada que en un principio bastó para protegerlos a todos. Pero las fuerzas flaqueaban, la magia se consumía y el agotamiento volvía el escudo cada vez más frágil.

Selila y Violeta observaban la lluvia negra que salpicaba la cúpula iridiscente, chorreando como aceite podrido. Las shilayas alimentaban la burbuja con sus últimas fuerzas, y la reina miraba al frente con sus ojos perdidos en algún punto, más allá de la oscuridad que caía.

Y de repente los tenebrii parecían haberse quedado congelados por alguna misteriosa razón. Se miraban entre ellos con ojos inquietos y en silencio, sin risitas ni susurros siniestros, aguardando algo.

—¡¿Qué está ocurriendo?! —había gritado Violeta, demasiado preocupada por aquella calma inquietante que parecía el preludio de la tempestad.

De repente una de las sombras se abalanzó contra otra y la despedazó antes de precipitarse al estanque negro y desaparecer con un burbujeo. Miles de ojos se volvieron taimados, brillantes a causa de aquel suceso desconocido, y trataron de alcanzar el lago entre empujones, zarpazos y dentelladas.

—Se han vuelto locos —la Magistra del Sol lo contemplaba todo llena de asombro, incluso se permitió un primer pensamiento de victoria.

—¡Se marchan! —exclamó Sehren a la vez.

—Se marchan ellos —puntualizó la reina con voz crispada, estudiando aquel comportamiento sorprendente—. Sus perros ghüls vienen ya de camino. Y no entienden de ambiciones ni secretos, sólo de hambre y maldad.

Y como si le hubiesen leído el pensamiento, el salón se llenó de gruñidos guturales y aullidos. Las shilayas más jóvenes gritaron, y muchas se reunieron alrededor de Violeta como niñas asustadas.

—Hemos dejado de interesarles, pero no se retirarán sin hacer el máximo daño posible —musitó la anciana—. Ahora nos dejan como si fuésemos despojos para sus chacales. No les daremos ese gusto.

Las bestias hienas comenzaron a entrar renqueantes, manadas de lobos negros que olfateaban el aire y escudriñaban por toda la estancia. Sus ojos rojos parecieron alegrarse muchísimo al descubrirles y se irguieron sobre sus dos patas con una sonrisa horrible. Seguían entrando sin parar, en silencio, avanzando como una marea oscura.

Es el fin —pensó Titania posando las yemas de sus dedos sobre sus labios—. Es el sacrificio definitivo, el Último Deseo. No moriré sin luchar. Yo, que lo di todo, que hice lo imposible con tal de lograr mi destino, que fui capaz de…

En aquel instante se vio a sí misma en el salón del trono de Nictis, igual que en los vividos sueños que la acongojaban. De nuevo recorría las estancias silenciosas con sus pies desnudos, y sus pasos formaban ondas en el suelo como si rozase la superficie de un lago negro donde se reflejaban la luna y las estrellas.

La música guiaba su camino, la acompañaba con una melodía suave y llena de misterios. Las burbujas de un arpa flotaban desde una puerta entreabierta y ella se dirigió a la sala de música.

Y allí estaba, la figura en penumbras que acariciaba las cuerdas del arpa bajo la luz de la luna. Su rostro quedaba oculto por el velo de sus sedosos cabellos, y Titania se dirigió hacia ella sin dudar. Por fin la encontraba, por fin descubriría el rostro oculto de su terrible adversaria. Si tenía que morir, al menos lo haría descubriendo el secreto que la desgarraba.

La mujer detuvo su mano experta y la música cesó. Permaneció esperando en el centro de la estancia mientras Titania se acercaba. Ya no huía, esta vez el sueño no desaparecería al tratar de alcanzarla. La reina intuyó que su misteriosa enemiga sonreía porque ya no tenía necesidad de seguir escondida.

Y de repente tuvo un presentimiento que le encogió el corazón y supo, antes de ver su rostro, quién era ella. Quién era la que había tejido aquella gran trama como si fuese una telaraña intrincada, la que movió los hilos desde el principio, desde que descubrió a la humana mitad ithirïe y supo intuir todo lo que se avecinaba. La que cosió despacito y pacientemente cada puntada, orquestando cada vuelta de tuerca del plan para llegar a su destino…

Con una sonrisa, la mujer levantó su rostro de piel de alabastro y los ojos llenos de estrellas, y Titania sintió que el aliento se congelaba en la garganta.

***

Laila todavía no comprendía lo que acababa de suceder. Estaba recogiendo en sus manos la corona de Firïe cuando el mundo entero pareció parpadear un instante. Creyó ver que su hermana desaparecía pero al segundo siguiente estaba allí mismo, y un momento después, aquel monstruo que era el rey de las sombras, caía al suelo con una estrella deslumbrante clavada en el pecho.

El rugido sordo de un trueno retumbó en el aire, y la sombra abominable llena de bocas llamada Fortia lanzó un alarido desgarrado. El rey Vorian se disolvió en una espiral de humo y Nïa cogió la estrella del suelo y la empuñó contra la sala entera, que se había quedado boquiabierta.

—¡Laila, ponte la corona! —le gritó viendo que Fortia buscaba un culpable con ojos desquiciados y que a ella no podía tocarla teniendo la Daga del Sol en su poder.

Su advertencia llegó demasiado tarde. La princesa tenebrii se abalanzó sobre ella loca de rabia, con sus bocas llenas de colmillos, y Laila trastabilló al suelo dando un grito mientras la masa de sombras caía igual que una cascada, dispuesta a apuñalarla como había hecho con la reina Ethera.

Cyinder lanzó una esfera de luz que hirió a la sombra, cegándola unos instantes, y Nimphia descargó una cascada de rayos que la hicieron aullar de dolor. Y en ese instante, una hoja plateada voló por los aires lanzando destellos igual que un aspa asesina. Aurige la recogió al vuelo con habilidad certera y de golpe la hundió en una de las múltiples bocas abiertas.

Laila retrocedió sobre su espalda hasta ponerse en pie mientras la princesa Fortia aullaba desesperada como una olla a presión a punto de estallar, y luego huía por los grandes portalones dejando un reguero alquitranado a su paso. Miró al lugar desde donde había llegado el puñal de plata y, como si fuese una alucinación, se encontró con la figura del hombre de negro allí mismo.

—Te debía esa daga, hada de la luna —le soltó a Aurige con rostro serio.

Ella no contestó, pero le observaba con los ojos muy abiertos, demasiado impresionada para lograr decir una palabra. Nimphia por su parte estaba tan emocionada que parecía a punto de lanzarse sobre Jack Crow y colmarlo de besos.

Laila sin embargo se volvió a Nïa llena de ansiedad. Su hermana hablaba en susurros con la sombra alargada que la había acompañado y la niña se giró hacia ella al sentir su mirada.

—Tenemos que irnos Laila —de repente parecía tener una prisa frenética—. El mundo va a estallar en el caos y ya no tenemos tiempo.

—¿Pero qué ha sucedido? —logró decir por fin al tiempo que llegaba junto a su hermana y la abrazaba hasta dejarla sin resuello.

La sombra alargada se apartó del halo de fuego que se derramaba sobre las dos.

—Siento que me quema —le dijo Nïa con lágrimas en los ojos.

Laila observó a su hermana sin comprenderla y después pequeños rescoldos que caían desde la corona y siseaban en su piel.

—No puede ser, la tenías puesta hace un momento, no te hacía daño…

—Pero hemos matado al rey —indicó con un gesto a su acompañante tenebrii y Laila recordó que ya lo conocía, solo que no conseguía precisar de cuándo ni dónde —. Ahora soy la verdadera reina de Throagaär, y Devio es el rey. Lo somos los dos por derecho.

Y en ese momento, antes de que Laila pudiese asimilar tales palabras ni sus consecuencias, un clamor se dejó oír por la puerta, una barahúnda que crecía en intensidad hasta hacerse insoportable.

—¡Tenemos que marcharnos! —Nïa dio un pequeño gritito y tiró de su hermana.

—¡Pero si eres la reina! Todo el mundo te obedecerá.

—Sí, pero de repente se han dado cuenta de que también ellos pueden matar al rey. Yo tengo la Daga del Sol en mis manos —le mostró el cristal refulgente—, cualquiera que me la quite…

Laila leyó el peligro en sus ojos. Al palacio llegaban cada vez más sombras llenas de ojos codiciosos, relamiéndose ante las posibilidades. El nuevo rey tenebrii se escurrió hacia las galerías de soportales y desde allí les indicó con urgencia extrema que debían seguirle. Laila miró a sus amigas sin saber qué hacer. El mundo entero se descontrolaba ante sus ojos y nada estaba saliendo como ella esperaba.

—Vamos —asintió Nimphia tirando de Cyinder, y eso sirvió para decidirlas a todas.

Aurige miró a Jack a la cara por fin. Era él, ya no había duda alguna. No eran falsos trucos ni sombras engañosas. Era Jack. Pero entonces ella contempló sus propios brazos llenos de manchas.

—No voy a volver —susurró con actitud retadora.

—Yo tampoco. No he venido a obligarte a nada, sino para quedarme contigo. Me ofrecieron el mundo entero por ese cristal, ¿sabes? —señaló la extraña daga que llevaba Nïa como un farol en la penumbra—. Pero no es eso lo que de verdad quiero.

—Pues te aconsejo que lo aceptes —soltó ella demasiado altiva—. Yo no te necesito. No necesito a nadie.

Y se alejó de él con rapidez. Las manos le temblaban y el corazón le latía demasiado deprisa. Había aceptado su destino, no quería la misericordia de nadie. Corrió hacia las galerías sin mirar atrás. Había luchado por olvidarse de los últimos recuerdos que la ataban y ahora volvía ese nemhirie insolente sólo para confundirla.

Las otras marchaban ya a la carrera, al parecer hacia el radiante pilar de luz violácea que era el camino al Templo del Amanecer. Tras ellas las riadas de sombras siseaban sus risitas extendiéndose por los suelos y las paredes como monstruos pegajosos con miles de tentáculos. La propia Fortia llegaba hambrienta y renovada, aplastando y destrozando a aquel que se interpusiese en el camino de sus múltiples bocas.

Laila trató de alcanzar la mano de Nïa pero la niña esquivaba todo contacto con las Piedras de Firïe. Ella la observó cada vez más sombría, pero si existía algún momento completamente inadecuado para una bronca entre hermanas, era precisamente aquel. Al final se quitó la corona y se la entregó a Cyinder cuando por fin alcanzaron el haz refulgente.

La corriente las arrastraba hacia arriba, tiraba de ellas de manera irresistible, con una espantosa fuerza de succión que atronaba el aire como si estuviesen en medio de una tempestad en el mar. La sombra alargada que era el rey Devio partió hacia arriba aniquilando las cortinas de corpúsculos que bajaban hacia ellas.

—¿Por qué hace eso? —gritó Laila en el rugido del huracán.

—Porque me quiere —contestó Nïa también a gritos.

Laila la miró asombrada. De repente Nïa no parecía una niña, sino una joven desconocida, incluso más adulta que ella.

—Es imposible, las sombras no saben amar —replicó ella resistiendo el empuje de aquella fuerza tormentosa, observando su rostro y sus ojos verdes, llena de inquietud.

—Él lo sabe. Lo sabrá —se corrigió Nïa. Y por un segundo, sus manos nerviosas buscaron las vendas con las que había ocultado el Ojo de la Muerte sin encontrarlas.

Sus pies dejaron de tocar la tierra negra de Throagaär y Laila sintió cómo se elevaban arrastradas por la corriente ascendente. Miró hacia abajo y sintió un escalofrío. Cyinder y Nimphia venían tras ellas, defendidas por Aurige y Jack, que seguían luchando codo con codo pero sin mirarse a la cara. Más allá, el flujo de sombras era cada vez más intenso y violento.

—Pero tú quieres volver a casa, ¿verdad? —logró decir por fin alzando el rostro —. No hay nada aquí que tú puedas querer, tienes que venir conmigo…

Sentía el corazón encogido. No podía aceptar la decisión de Nïa. Su hermana no sabía lo que decía. El Ojo de la Muerte la había trastornado por completo.

—Laila —Nïa la miró a los ojos con una extraña intensidad, tal y como una vez la había escrutado Miranda en las Montañas Shilayas—. ¿Me querrás siempre?

—Por supuesto que sí —se asombró ella—. Eres mi hermana, claro que te quiero.

—¿De verdad? ¿Haga lo que haga? Necesito saberlo porque ya sólo veo sombras…

Laila le apretó las manos con fuerza. Las lágrimas estaban a punto de arrasar sus ojos.

—Sí. Tomes la decisión que tomes, siempre te querré.

Nïa asintió.

—He decidido quedarme con Devio… pero también he tomado otra decisión más. Me da miedo que dejes de quererme por ello.

Miró el cristal tallado en su mano y guardó silencio.

—Eso nunca ocurrirá, te lo aseguro —sonrió Laila.

Contempló el rostro de Nïa, que de nuevo volvía a parecer una niña frágil y delicada, y deseó abrazarla con todas sus fuerzas. Las estrellas pasaban por su lado como ecos fugaces y ellas subían cogidas de la mano en el manto negro.

Oyó que Nimphia lanzaba un grito de admiración. Su amiga miraba hacia arriba, muy por encima de ellas dos. Una estructura extraña, como la concha de una tortuga hecha de cristal creció en tamaño hasta convertirse en un templo colosal que se extendía en todas direcciones. Las fantásticas vidrieras cambiaban a voluntad, rotas y deformes, y la niebla serpenteaba en su interior igual que un ser vivo lleno de malignidad.

—¿De verdad que me querrás? —volvió a preguntar Nïa. En su voz había un tinte de tristeza desesperada.

—Te lo prometo.

Y ya no pudo decir nada más. La grandiosa estancia venía hacia ellas, o tal vez eran ellas las que parecían bucear hacia una superficie llena de destellos. Y de repente se encontraron tosiendo y escupiendo en una piscina de aguas oscuras que se desparramaba por el suelo ensuciándolo todo a su paso.

Laila nadó hacia el borde de piedra con los ojos abiertos como platos. Los gigantescos monolitos estaban allí mismo, tal y como recordaba, tan enormes que no podía abarcarlos con la vista. El lodo negro los manchaba hasta corromper toda su superficie y las constelaciones del interior habían muerto o yacían apagadas en algún lugar distante.

El rey tenebrii ayudó a Nïa a salir y Laila lo odió como a nadie en su vida.

—Vamos, hay que darse prisa —tendió las manos a Cyinder y a Nimphia para apartar la vista de aquel ser.

Todavía podía acabar con él. Todavía podía quitarle el puñal a su hermana y hundirlo en aquel monstruo horrible.

—No vas a hacerlo —susurró Nïa con los ojos clavados en ella y Laila dio un respingo de sobresalto—. Tú no eres así.

—No, pero por ti sería capaz —aseguró de verdad.

Nïa permaneció en silencio y con un gesto de la cabeza le señaló a Aurige, a Cyinder y Nimphia, que contemplaban extasiadas los monolitos corruptos.

—Tú las quieres más a ellas —levantó la mano para detener la protesta inmediata y luego continuó—. Yo lo sé, y en el fondo tú también. Y de verdad que me alegro mucho por ti. Pero déjame ir, Laila, deja que elija mi propio camino.

—Pero yo no puedo…

Nïa siguió hablando con una sabiduría demasiado adulta.

—Hoy dejaremos de ser hermanas, Laila. La sangre de nuestra madre va a morir para siempre y se llevará con ella el odio y la guerra. Hoy comienza algo nuevo, pero eres tú la que tiene que tomar la decisión más importante.

—¿Qué decisión? ¡De qué hablas! —las lágrimas le enturbiaban los ojos, no entendía nada, no quería comprender nada. Sólo sabía que en aquel sitio horrible había perdido a su madre, y ahora iba a perder también a su hermana.

—La reina Serpiente siempre sabe qué hacer —dijo Nïa con voz calmada, y Laila la miró como en una nebulosa. Ya le habían dicho eso mismo antes, exactamente esas palabras.

—Yo nunca he sido reina ni he sabido serlo —negó sin comprender. Las palabras no tenían sentido.

—Tú eres la reina de Ithirïe para vivir este momento, Laila. Precisamente este. Para tomar la decisión que sólo una reina puede tomar.

Ella inspiró aire y se apartó las lágrimas con furia. Tenía que centrarse. Devolver el Agua de la Vida y el Corazón de Jade era ahora lo más importante. Buscó a su alrededor el pilar que debía parecer una gigantesca aguamarina. Después se encargaría del guardián de Ithirïe.

—Si no eliges como una reina, Faerie dejará de existir —le advirtió Nïa a su lado —. Todo el mundo morirá.

Laila fue a protestar pero el pequeño lago comenzó a burbujear como lava hirviendo. El rey tenebrii susurró palabras que sonaban a metal oxidado y Nïa asintió.

—Date prisa, Laila. Ya ha empezado.

Y ella misma corrió chapoteando sobre el lodo hacia un obelisco gris que hubiese sido en otro tiempo lechoso e iridiscente, como una piedra luna.

Cyinder acariciaba la superficie de un enorme topacio opaco. Bajo su contacto, la huella marcada de su mano se volvía luminosa como un sol, y las estrellas parecían relumbrar tímidamente en su interior.

—¡Es maravilloso! —exclamó extasiada con los ojos llenos de luz.

En la palma de su mano, los dos granos de las Arenas ardían como fuego, y por un segundo se volvió a mirar a Laila, aunque la muchacha le daba la espalda y no la vio. Cyinder sonrió para sí misma antes de que el gran guardián de Solarïe resplandeciera desde la base hasta la lejana cúspide, elevándose hacia el infinito.

—¡Ahora corre al monolito de Firïe! —le gritó Nimphia, que abría en ese momento la caja de plata labrada con un único rayo de luz en su interior.

La airïe contempló la última cuerda del Arpa de los Vientos, y con sus dedos la rozó suavemente, musitando una plegaria. El tañido de un gong resonó por las enormes vidrieras del Templo del Amanecer. El viento arrastró la niebla pestilente y disolvió las imágenes de pesadilla que se retorcían en los grandes ventanales. El guardián de Airïe resplandeció hacia el firmamento y el lodo sombrío se apartó de la base dejando un círculo de suelo inmaculado.

Laila había sacado la caracola de Acuarïe de la maltrecha mochila de cuero. El Agua de la Vida seguía manando continuamente con un fluido azul que destellaba bajo la luz del monolito de Solarïe. Acercó el objeto al guardián de piedra y por un momento pareció que se deshacía en sus manos convirtiéndose en agua pura. El pilar de Acuarïe tembló y las costras sucias que lo cubrían se resquebrajaron resbalando por su superficie hasta el suelo. El océano que vivía en su interior estalló con olas espumosas y una luz intensa, celeste y radiante, atravesó las bóvedas de cristal rompiendo el cielo negro.

—¡Corre, Laila! —le llegó la voz apremiante de Nïa.

Al lado del gran pilar de Lunarïe, se había cubierto los ojos con las manos como si fuese a jugar al escondite. Entonces empezó a murmurar una canción en voz baja, un murmullo suave que debía formar parte de un misterioso ritual. Separó las manos de la cara como si se hubiese arrancado los ojos y en sus palmas apareció un orbe iridiscente, del mismo tono lechoso que el guardián de roca.

La piscina negra salpicaba ya por todos lados. Las sombras se arremolinaban bajo el obelisco de Ithirïe, seguían viviendo en su superficie, defendiendo cada palmo de su último tesoro.

Fortia trataba de arrastrase fuera del estanque de lodo, sus tentáculos buscaban a Devio con rabia asesina. Nïa corrió hacia él cuando el guardián de Lunarïe iluminó toda la sala con la luz cremosa de la luna llena.

Devio se cubrió la cara con los brazos. Seguir allí le resultaba ya insoportable. Necesitaba volver a la oscuridad y bajar por las aguas negras. Los guardianes palpitaban, le hacían daño con sus sonidos y su luz. No podría resistir mucho más, pero Fortia le cerraba el paso en el lago, no le dejaría volver. Nïa llegó a su lado y la amenazó con la daga de cristal amarillo hasta hacerla retroceder.

Al otro extremo de la sala, Cyinder había llegado por fin ante el pilar de Firïe, y ofrecía la corona de fuego en actitud humilde, como una dádiva sagrada. La piedra manchada no reaccionó.

—¡No funciona! —gritó asustada acariciando las aristas sucias—. ¡No hace nada!

—Tal vez necesites esto —exclamó Aurige desde el otro lado de la piscina.

Y le arrojó un diamante redondo tallado en mil facetas hasta imitar una esfera perfecta. La piedra cruzó por encima de la superficie negra y una ola de dedos y tentáculos se alargaron intentando alcanzarla. La solarïe la recogió y en cuanto el gran diamante se aproximó a sus piedras hermanas, comenzó a teñirse de sangre hasta convertirse en un rubí donde el fuego bailaba en su interior.

Cyinder lo contempló asombrada. Las seis gemas de Firïe reunidas por fin tras tantos milenios de horror y desgracia. El gran obelisco pareció inflamarse y las piedras saltaron hacia su superficie, estallando en llamaradas hasta envolverlo por completo. Entonces, el fuego vivo desplegó sus alas, y con un chillido salvaje se elevo hacia el infinito igual que un ave fénix de majestuosa belleza.

El templo entero pareció cantar. Las grandes vidrieras se transformaban en paisajes cambiantes, los dioses de piedra desplegaban sus dones maravillosos aguardando al último hermano. Y allí estaba Laila, frente al gran guardián de Ithirïe. Las sombras resbalaban por la costrosa superficie igual que fluidos sanguinolentos. La miraban llenos de maldad, no iban a permitirle llegar.

Ella sentía el corazón latirle desbocado. El pecho le dolía y se encogió sobre sí misma notando el pálpito acelerado. Y de repente un destello floreció entre sus dedos, ante sus propios ojos. Contempló asombrada una piedra verdosa del tamaño de su propia mano, pulida y cálida. En ella, espirales infinitas florecían y se expandían como intrincados cristales de nieve, en una explosión de vida que luchaba por abrirse paso, por jamás desfallecer.

Miró al frente con nuevos ojos y fuerzas renovadas. El guardián de su mundo estaba allí, esperando. Laila no iba a defraudarle.

—Dejadme pasar —ordenó llena de autoridad.

Las sombras sisearon enseñándole los dientes, aferradas a la piedra con sus garras, pero ella no se amilanó. Dio un paso con el Corazón de Jade en las manos. Los cabellos llenos de trenzas se movían con voluntad propia, su aura resplandecía como fuego verde y toda ella irradiaba el poder de una reina.

—No desfallezcas, hermana —susurró Nïa para sí misma con los ojos abiertos como platos—. No te eches atrás, sigue hasta el fin.

La oscuridad se apartó del destello que irradiaba el Corazón de Jade, pero la piedra rocosa no revivió. Los monstruos chillaron de alegría y Laila sintió que el desconcierto y el fracaso sembraban la duda. No podía ser. Tenía el Corazón en sus manos, el guardián debía despertar…

Pero no está dormido —el viento de Airïe susurraba su cántico, le revolvía los cabellos en la cara—. No está dormido, nuestro hermano está muerto…

Las sombras aullaron su victoria. Fortia se giró hacia ella como nuevo objetivo sin importarle ya el dolor causado por los hechizos de las otras, avanzaba implacable a las riadas de luz, a los dardos cortantes que la herían y a los golpes de viento que frenaban su camino. La princesa tenebrii intuyó que su flamante reina Nïa no se atrevería a defender a su hermana con la Daga del Sol. Si lo hacía, dejaría a Devio desprotegido, y la lucha por la corona de Throagaär se convertiría en una fiesta salvaje.

Así que allí estaba aquella ridícula humana, sola e indefensa. Con su corazoncito en las manos que ella iba a comerse ahora de un bocado. Sólo tenía que decidir con qué boca empezaría a masticar.

Laila se había quedado paralizada. Por fin había entendido las palabras de Nïa. El gran monolito de Ithirïe estaba muerto, y ella tenía que tomar una decisión que sólo estaba destinada a las reinas. Sólo un camino: el Último Deseo.

Miró atrás. Sus amigas le gritaban cosas que ella ya no podía escuchar. El Último Deseo era aquello por lo que una reina moriría, y para ello necesitaría todas sus fuerzas, hasta la de su sangre y la del aire que respiraba. Se giró a Nïa, que la observaba aterrada con una mano en la boca, y supo entonces el por qué de su miedo. El tiempo cambiaba una y mil veces si no había una mano que lo recondujera; pero ella ya no era el Ojo de la Muerte. El futuro que vislumbró temblaba ahora como la llama de una vela bajo un vendaval. Todo dependía de Laila y de su decisión final.

El Último Deseo.

Pero no estaba preparada —quiso gritar a los grandes guardianes, los dioses de piedra que parecían espiarla desde las alturas. No lo estaba. No quería morir.

Las sombras crecían ya por todos lados. El vacío se expandía. En sus manos el Corazón de Jade estaba latiendo con vida propia, aquella cosa pequeña luchaba por sobrevivir por encima de todo…

Apretó el Corazón resguardándolo contra su pecho y extendió el otro brazo hacia la piedra chorreante. Sus dedos se hundieron en las sombras hasta tocar la gema fría y cerró los ojos para no ver nada más.

Las babosas tenebrii recorrieron sus manos y subieron por sus brazos para alcanzar su corazón. La princesa Fortia llegó hasta sus piernas y subió por ellas sonriendo ante los gritos desesperados que resonaban por toda la estancia.

Laila sintió que el sonido chirriante de sus risas se convertía en cadencia resonando en la negrura. Como un gran reloj, un latido infinito que golpeaba la roca de esmeralda, la martilleaba una y otra vez sacándola de su letargo oscuro. Se sintió muy pequeña, una gota perdida en medio del universo. A su alrededor las constelaciones giraban, llegaban estrellas de todos lados y se prendían en aquel tapiz de terciopelo negro. Laila contempló la intrincada imagen que formaban desde la distancia. Era maravillosa pero sus ojos no la entendían. Era todo y nada a la vez, estaba incompleta.

Entonces se dio cuenta de que estaba llorando, porque en aquel dibujo infinito faltaba una estrella. La tenía en su mano, palpitaba con una suave luz verdosa. Supo entonces que lo que más deseaba de todo corazón era devolver esa estrella a su lugar, completar el gran tapiz y verlo entero, descubrir su significado aunque fuese con su último aliento.

Abrió la mano liberando al Corazón de Jade cuando las sombras la cubrían ya por completo. La pequeña piedra aleteó un segundo antes de salir disparada como un meteoro brillante, y entonces, la oscuridad la envolvió.

***

La reina Titania cerró los ojos ante el fin inevitable. El escudo de las shilayas se había vuelto opaco por la lluvia pringosa de las sombras. Ya no se veía nada a su través, pero ahora lo estaban rompiendo a golpes, y con cada nueva embestida se hundía hacia adentro y se partía en nuevas grietas.

La concavidad de las manos se le llenó de destellos del color de la noche. Las shilayas estaban exhaustas y ya no había nada capaz de detener a los monstruos, pero ella todavía podía pedir su Último Deseo. Destruiría a los ghüls, acabaría con todos a la vez, pero su poder desatado, el deseo de una reina como ella provocaría también la destrucción de la ciudad entera, las llanuras de Nan-Og y prácticamente todos los rincones de Firïe.

Se humedeció los labios. No podía permitirse flaquear. Jamás consentiría que las sombras ni sus perros asesinos las dominasen. Lo destruiría todo sí, pero los dioses la perdonarían, estaba segura.

El halo creció como una luna de resplandeciente marfil. La jauría de gritos en el exterior se había convertido en una cacofonía insoportable y Titania inspiró con fuerza. A su alrededor todo se movía, la tierra entera temblaba, sólo tenía que separar las manos, romper el recipiente que formaban y sería el fin. Si una Luna Negra era devastadora porque lo absorbía todo en un vacío, el hechizo de Luna Llena no tenía fin. Seguiría expandiéndose eternamente, devorando lo que encontrase a su paso. Ciudades, reinos enteros, todo.

La luz se filtraba a través de las grietas del escudo, el salón del trono temblaba hasta los cimientos. Era el momento, ahora o nunca… Gritos aterrados le llegaban desde la distancia y cuando fue a separar las manos sintió que alguien la sacudía tratando de romper su concentración.

Abrió los ojos de manera instintiva, creyendo que se encontraría una ristra de dientes frente a su cara, pero el rostro congestionado de Violeta le estaba gritando algo. Incoherencias acerca del fuego, no podía entenderla. La anciana la volvió a zarandear hasta que parpadeó y sus ojos se enfocaron llenos de furia.

—… buena bofetada —fue lo primero que escuchó.

—¿Qué has dicho, shilaya? —se había quedado aturdida como en una caja de resonancia.

—¡Majestad, es un milagro! —la anciana volvió a sacudirla sin importarle su tono crispado—. ¡Mirad!

Ella la apartó a un lado con los ojos muy abiertos. El escudo mágico se había roto sobre sus cabezas y arriba, más allá de las grandes cúpulas del techo, el cielo ardía rojo como la sangre.

Las bestias hienas corrían en desbandada hacia las puertas del palacio, pero ya no tenían escapatoria. La magia regresaba a Firïe, fluía por todas partes, y los antiguos albanthïos sintieron que las fuerzas volvían, el poder se renovaba como hacía milenios, libre y salvaje.

Titania corrió hacia las galerías acristaladas para contemplar las llanuras de Nan-Og desde las alturas. El Sol de Firïe chillaba en su vuelo de fuego haciendo arder la tierra negra, los grandes fénix arrasaban sin piedad a las hordas de ghüls, que ya no tenían donde esconderse.

—No puedo creerlo —susurró llevándose las manos a los labios—. Lo han conseguido, Violeta. ¡Lo han conseguido!

Volvió al interior del palacio como una exhalación, hasta el estanque de aguas claras que refulgía con destellos de oro. En el techo, las grandes esferas del planetario giraban con un murmullo acompasado, cada una de un color único y maravilloso. La anciana acompañó a la reina y allí aguardaron junto al borde, sin apenas pestañear.

—¿Volverán, shilaya? —preguntó Titania llena de angustia—. ¿Volveré a ver a mi hija?