El Corazón de las Sombras
1 La caída de Tir-Nan-Og
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La caída de Tir-Nan-Og
Langella contemplaba, absorta, el cielo del ocaso sobre la ciudad abandonada de Tir-Nan-Og. A lo lejos, más allá de las extensas planicies de ceniza que las rodeaban, las escarpadas montañas comenzaban ya a teñirse con las pinceladas malvas del atardecer, y en el cielo claro destellaban las primeras estrellas.
Por un momento se imaginó que era un ave, un águila salvaje que extendía las alas y volaba lejos sobre el viento, se escapaba de su prisión hacia las esquivas montañas y desde allí miraba atrás, y contemplaba los blancos palacetes, las mansiones acristaladas y los edificios majestuosos recortados contra el fuego del cielo, sin sentir un asomo de pena.
El símbolo de todo el poder y la grandeza del reino Blanco, la perla de las ciudades de Faerie, no era sino una cáscara vacía que sólo había albergado mentiras y tiranía engañosa bajo la sed de codicia de una mano implacable.
Las milenarias torres de nácar que una vez representaron la bondad, la pureza y el alma de cada rincón de Ïalanthilïan, se alzaban ahora como agujas ruinosas que ocultaron antiguas traiciones y mentiras, recortadas contra la oscuridad creciente del atardecer. Y todo aquel cúmulo de engaños, de puñaladas traicioneras y egoísmos podridos sólo tenía un nombre.
Volvió sus ojos hacia las llanuras de Nan-Og y por un momento deseó compadecerse de sí misma con todas sus fuerzas. Ella, la que siempre había aborrecido la blancura deslumbrante de aquellas torres altivas, la que había despreciado y se había enfrentado sin piedad y de la forma más agresiva posible a su dominio, infringiendo sus leyes, burlándose de aquel hatajo de sacerdotisas y albanthïos, borregos cegados bajo el pie aplastante de Maeve…
Ella, que se reía de todos sintiéndose libre allá en los páramos helados de Nan-Og, dueña indiscutible de los susurros fríos y la niebla, del eco en la noche y la soledad de las planicies; la que desdeñaba a todos con la altivez del proscrito que combate al gigante sin dar tregua, pero sin jamás fracasar…
Ahora no era más que un insecto insignificante tratando de defender inútilmente una fortaleza. La misma que, ironías del destino, había sido siempre su más odiada enemiga.
Pero había algo más, ¿verdad? —se reía de ella una vocecita molesta en su cabeza—. El insecto altivo tiene miedo, ¿verdad? Porque ahora las cosas no son blancas o negras, no, ahora hay tonos grises… Grises como las sombras, ¿verdad?
Aquel pensamiento hizo que la herida del brazo le doliese un poco, pero ni siquiera se molestó en comprobar las vendas. Sabía que el paño de lino estaba manchado otra vez y apretó los labios con firmeza, sin dejar de contemplar el final del día.
El color rojo de Firïe se fundía en el horizonte igual que una acuarela diluida. Langella jamás había sido capaz de apreciar la belleza de Tirennon, nunca lo había necesitado. Solamente ahora, en el último momento, era cuando la percibía por fin. Cuando se daba cuenta de que amaba aquella ciudad engreída más que a su propia vida.
En lo alto, por entre las torres de nácar, el firmamento ardía como el metal candente de una forja, y las estrellas bordadas no eran sino las chispas que saltaron y quedaron atrapadas en el manto púrpura de la noche.
Y rompiendo aquel atardecer solemne, una línea de luz pura, blanca y radiante, elevándose hacia el infinito. La señal que firïes e ithirïes habían construido juntos, una marca encendida para gritar a Ïalanthilïan que seguían vivos, que estaban allí esperándoles y que viniesen a buscarles. Habían llamado la Voz de Langella a aquella pira de luz en su honor, una columna de fuego blanco que subía igual que un grito silencioso y rompía la oscuridad haciéndola retroceder.
“La voz muda de Langella” —pensó, incómoda, observando detenidamente el haz luminoso desde la distancia. Ojalá no lo hubiesen necesitado. Ojalá el sol de Firïe hubiese estado allí para protegerles…
Pero los grandes fénix se habían marchado para no volver, y el último fuego del día apenas brillaba más allá de lo que antiguamente fue la cordillera de Nan-Tasïr, las montañas que guardaron el secreto escondido del Reino Blanco durante milenios, y que ahora había despertado para enseñar al mundo la vergüenza y la tiranía de su reina.
Sintió el corazón latirle doloroso contra el pecho. Tenía ganas de llorar ante lo que sabía que no volvería a contemplar jamás: un cielo lleno de rosas de sangre que ardían al borde del abismo, mostrando todo el poder palpitante del fuego, todo el caos y la destrucción de un mar en llamas, muriendo y renaciendo de sus cenizas una y otra vez sin cesar. Langella sabía que mirar fijamente aquel océano era peligroso para una mujer como ella. El cielo de Firïe incitaba a la batalla. Los remolinos hipnóticos le gritaban que se alzaría victoriosa y que su figura relumbraría eternamente, llena de poder.
Solo que aquello no era verdad.
Sabía que no volvería a ver un ocaso como aquel porque abajo, en las llanuras de gris ceniza a sus pies, la oscuridad crecía. Venía hacia ellos.
Pero no era la oscuridad tranquila del invierno en los páramos de Nan-Og, con sus noches heladas llenas de estrellas tan frías e indiferentes como ella, cuando observaba a sus limnias y las preparaba para aquellas escaramuzas contra Tirennon que no eran sino simples picaduras de mosquito, ahora lo veía.
La oscuridad que se acercaba era la de la muerte solitaria, la de la desesperación y los ecos vacíos, la negrura del llanto cuando los lobos aúllan tras la puerta. Solo que estos lobos tirarían esa puerta abajo de una vez por todas y lo último que escucharía sería sus risas y el entrechocar de sus dientes como cuchillas…
Y a lo mejor lo tienes merecido, ¿eh? —volvió a reírse la maldita voz.
Langella parpadeó sacándose aquellos pensamientos de encima. No quería mostrar miedo ante su pequeño ejército agrupado en las murallas, pero lo cierto era que se sentía aterrada.
Contempló a sus limnias con pesar y por qué no, con un destello de fiereza. Habían combatido día y noche sin descanso, y aunque el número de guerreras disminuía en cada enfrentamiento contra las hordas interminables de ghüls, ninguna se quejó jamás. Nadie le lanzó miradas de reproche ni hubo gestos de desesperación o de rabia.
Ni siquiera cuando envió a la muerte a aquella docena de doncellas leales. Sabía que el plan estaba equivocado, lo sabía en un recoveco de su mente, pero su orgullo le impidió reconocerlo. Imprudencia, ceguera… Desde las almenas contempló las consecuencias de su soberbia mientras los ghüls despedazaban a sus limnias sin rastro de misericordia.
Y aún así las otras permanecieron fieles y altivas, atacando los puntos débiles e impidiendo el paso a aquellos bastardos perros de las sombras, y cuando alguna caía, lo hacía rebosante de salvaje honor, cubierta con la sangre de cientos de bestias hienas que habían muerto a sus pies antes de exhalar su último aliento. O al menos eso necesitaba pensar, pues aquel error pesaba sobre su alma como una tonelada de runas de hierro.
Además la situación se había vuelto desesperada. Los ithirïes con los que empezaron la batalla los primeros días apenas eran niños asustados y ancianos. No sabían combatir y sus hechizos, que habían logrado levantar murallas carnívoras y contener a aquellos demonios en un primer momento, se venían abajo al poco tiempo, pues no estaban acostumbrados a realizar esfuerzos de tal magnitud ni a controlarlos con sus poderes. Apenas parecían otra cosa que nemhiries arrancados de las entrañas de la tierra sin saber a dónde ir.
Y las gentes de Tirennon era mucho peores: cobardes, lloriqueando todo el día el abandono de la reina Maeve y clamando por su regreso… No eran sino un molesto incordio que la abrumaba con sus ofendidas exigencias, pero que no ofrecían ninguna ayuda.
Sólo unas cuantas sacerdotisas y un escaso número de albanthïos, quizás los que antiguamente formaron el Templo de las Lunas, merecían algo más que su piedad. Hacían todo lo que podían para consolar al pueblo de Firïe y apaciguar los miedos en los momentos negros en los que las hienas avanzaban sin control bajo las lluvias de flechas. Después de cada salvaje enfrentamiento los ghüls retrocedían y regresaba la calma unas breves horas, para volver a atacar después con mayor furia.
Langella pensaba a veces que esas horas eran las más crueles. Con todos los nervios a flor de piel y luchando por sobrevivir en medio del silencio estático que precede al huracán, siempre descubría un destello de amargura, una mirada huidiza o una acusación velada en los ojos de aquellas gentes que se acurrucaban y lloraban su destino nefasto. Como si le echasen la culpa de todos sus males, a ella y a sus limnias, y a los harapientos ithirïes que las acompañaban.
Y lo peor era que ella les comprendía. También Langella necesitaba a alguien a quien odiar y en quien descargar las culpas. Y qué menos que aquellos traidores que trajeron la muerte y la destrucción de manos de su propia reina. Quizás lo que debía hacer era dar la orden de sacrificarlos, despeñarlos a todos por las murallas y que los ghüls se entretuviesen…
Nïhalïae Ithirïe —le gritaba la vocecita en su interior.
Meneó la cabeza tratando de quitarse aquella idea espantosa de encima, porque pensar eso era como una enfermedad que la carcomía por dentro, una pústula infectada que la llenaba de negrura y violencia. Y de estúpida soberbia, como cuando envió a sus limnias a aquella muerte horrible.
Quizás la infección la provocó el arañazo de un ghül en una escaramuza —se palpó la herida fea del brazo que no dejaba de sangrar—, o quizás era una enfermedad que estaba contaminando el aire poco a poco. O tal vez era algo más profundo que todo eso, algo que había alimentado en secreto durante los años de odio hacia Maeve y hacia Tirennon. Una cosa era cierta: aquella negrura creciente de su interior no era un simple momento de desesperación. Era algo mucho peor, y estaba muerta de miedo.
Contempló la llegada de las primeras nubes de tormenta sin verlas, a punto como estaba de llorar de rabia. Si no tuviese el cuerpo cubierto de runas de hierro ya hubiese gritado a aquel cielo rojo hasta desgañitarse, pidiendo a los dioses que alguien acudiese a rescatarlas.
Y que sea pronto —se dejó caer abatida contra la muralla y miró al haz de luz blanca, la Voz de Langella, antes de cerrar los ojos cansados—. Que no tarden, en nombre de lo más sagrado.
Porque presentía que aquella herida infectada pronto se convertiría en un veneno lleno de espinas, y llegaría el momento en que ella se revolvería contra las demás limnias y luego contra el resto de supervivientes, y sin el menor resquicio de lástima.
Por un momento sintió que las lágrimas de la angustia iban a traicionarla cuando una figura se interpuso entre ella y los últimos destellos de claridad en el horizonte. Langella se sobresaltó y quiso esconderse como un gatito asustado, con el corazón latiéndole a mil por hora.
—Ven —le dijo una voz que ya conocía y ella parpadeó intentando librarse de su desasosiego.
Era aquel joven ithirïe cuyos ojos parecían esmeraldas de agua.
Se sintió confusa, como siempre que aquel muchacho le dirigía la palabra. Se rodeaba de tal calma y tal indiferencia que la limnia lo odiaba en su fuero interno. Pero ahora la situación era diferente. No sólo había sido el timbre de su voz en aquella única palabra. Era además la luz de sus ojos, la intensidad de su mirada que la instaba a seguirle con urgencia.
Se incorporó con cansancio y echó una última mirada al valle lleno de ghüls que aullaban en la distancia. No habría peligro si abandonaba las murallas por un instante. El ocaso marcaba unas horas de tranquilidad porque aquellas bestias se dedicaban a lanzar sus aullidos a la luna cada noche, como una especie de ritual y luego, durante un tiempo indeterminado, permanecían expectantes, mirando hacia la ciudad en espera de una señal misteriosa.
Desde las murallas, Langella y sus limnias contemplaban en silencio aquel mar de puntitos rojos que eran los ojos de los ghüls mirándolas, y luego las bestias, sin previo aviso, se lanzaban al ataque todas a la vez. Langella encontraba cierto placer morboso en observar a sus enemigos y descubrir sus costumbres y sus puntos flacos. Casi podía prever perfectamente cuándo y dónde atacarían. Casi. Porque había sido precisamente ese convencimiento erróneo el que le había costado la vida a sus doncellas.
Aún así era quizás por su paciencia y sus dotes de observación que Tir-Nan-Og no había caído todavía. Y no había escuchado ni una sola palabra de agradecimiento de labios de aquellos estúpidos sacerdotes, ni de las inútiles vestales a las que salvaba la vida cada día y cada noche…
Crispó sus manos. A pesar de todo, Tir-Nan-Og permanecía inexpugnable.
Sobre el abastecimiento y los recursos, aunque sus limnias y las gentes de Firïe jamás caerían tan bajo como para agitar varitas mágicas en el aire, los ithirïes no parecían tener ningún problema en crear comida de la nada. Así podrían resistir hasta que el resto de reinos abandonasen sus rencillas personales, se acordasen de que ellas existían —y además en grave peligro—, y se pusiesen todos de acuerdo en un fin común: salvarles.
Solo que últimamente la comida no tenía sabor, era casi como masticar aire rancio que además aumentaba la sensación de tristeza y de abandono… De nuevo acudió a su mente la idea funesta de que la atmósfera y todo cuando les rodeaba se estaba pervirtiendo poco a poco, y negó con vehemencia como si así tuviese la virtud de conjurar el peligro y anularlo.
El cielo se estaba cubriendo de nubes negras a gran velocidad y aunque se agradecía el frescor de la humedad, pronto comenzó a llover torrencialmente, y la limnia se encontró caminando junto al cauteloso ithirïe en medio de un aguacero gris que no permitía ver más allá de diez pasos.
Hizo varias indicaciones precisas a dos de sus guerreras y ellas asintieron en silencio antes de correr a las atalayas. Luego miró al muchacho con aire inquisidor. Sus iris verdosos ocultaban algo y Langella presintió que ese secreto sólo se lo iba a contar a ella, que el joven… —Sehren era su nombre, ahora se acordaba—, lo estaba escondiendo hasta de los propios ithirïes.
Lo siguió con los ojos convertidos en rendijas sin saber qué esperar. Sehren dejó atrás la muralla sur que daba a las planicies de Nan-Og y se internó en los jardines exteriores de la ciudad vacía.
Langella se llevó la mano al cinto en busca de su cuchillo. Aunque los ghüls no habían logrado alcanzar Tir-Nan-Og, ella y sus limnias habían tenido que ir cediendo terreno conforme se alargaba la batalla. Las numerosas bajas de guerreras y de antiguos albanthïos habían provocado que ya no pudiesen defender el perímetro completo, y la parte norte más allá del palacio era una zona sin apenas control.
Además las bestias hienas no tenían inteligencia como para desarrollar un plan de conquista permanente. Atacaban, mataban y se retiraban. Nada de tomar las plazas poco a poco y asentar bases avanzadas, en eso Langella podía estar tranquila con respecto a encontrar campamentos de demonios. Pero eso no significaba que no pudiesen toparse con alguna bestia buscando comida, o merodeando en busca de algún desgraciado que hubiese desobedecido el toque de queda impuesto.
Aunque la mayoría de los habitantes de la antigua Tirennon se habían refugiado en los edificios de la Universidad por la facilidad para defender sus muros cerrados, todavía quedaban algunos locos que seguían rezando por el regreso de la reina Blanca, y hacían ofrendas descabelladas escapando al palacio en medio de la noche. O simplemente los que se negaban a acatar las órdenes dictadas por una antigua proscrita. Incluso tuvo que llegar a escuchar las exigencias de un grupo de firïes que querían pactar con los ghüls una rendición sin violencia.
A esos estúpidos insensatos, Langella los encerraría con gusto en las celdas inútiles de Belion, o los cargaría de cadenas y los tiraría rodando por las laderas de tierra volcánica. Para que al llegar a las llanuras grises pactasen con las bestias hienas todo lo que quisieran.
La lluvia caía ahora de manera salvaje, salpicaba sobre sus alas y le hacía daño como si chocasen miles de agujas contra su piel. Sehren seguía adelante, parecía inmune a aquel tormento, y tras atravesar el laberinto de callejuelas sombrías, a Langella ya no le cupo la menor duda de que el ithirïe se dirigía al palacio real.
“Espera” —sonó su voz fría en la cabeza del joven y él se detuvo.
Langella no quería entrar en el castillo ni aunque fuese para rescatar a fanáticos devotos de la reina Maeve. Volver a pisar aquellos salones le traía recuerdos muy dolorosos, de cuando todavía no había tomado la decisión de permanecer allí y defender con su vida el lugar que siempre había odiado. Recuerdos de cuando fue libre por última vez antes de que todo escapase a su control para derramarse en picado hacia el abismo, y sobre todo, porque el palacio le insinuaba la siniestra certeza de que tomó una decisión terriblemente equivocada, y que ya no había vuelta atrás.
Negó con la cabeza exageradamente. Además era muy tarde y las otras debían estar inquietas. En cuanto cesase el ritual de aullidos, aquellos bastardos podrían atacar en cualquier momento.
—Es… importante —insistió él con la dificultad de un lenguaje arcaico y la mala costumbre de hablar como un nemhirie—. Muy, muy importante. No quiero asustar a nadie… pero no puedo hacerlo yo solo.
“¿Hacer el qué?” —empezó ella, pero Sehren se dio media vuelta y caminó hasta las primeras escalinatas de la entrada al palacio de Maeve. Allí se giró de nuevo hacia ella, instándola a seguirle.
Un trueno sordo rompió el repiqueteo de la lluvia y Langella miró a lo alto haciendo visera con las manos. Las cinco torres de fuego brillaban en la oscuridad y los relámpagos parpadeaban como si anunciasen el fin del mundo. El viento ululante había apartado las nubes grises dejando ver un pequeño claro y la limnia buscó la luna de manera inconsciente: una luna llena, negra como la sangre coagulada, que enseguida desapareció.
Sintió la garganta seca. Sin dejar de sujetar su daga siguió al ithirïe despacio. Al cruzar los soportales de mármol el aguacero quedó atrás y por un momento el silencio vacío le atronó los oídos. Respiró hondo queriendo recuperar un resuello ficticio y retrasar sus pasos lo máximo posible. No estaba cansada ni la caminata había sido agotadora. Simplemente no quería entrar allí.
Tragó saliva y volvió a mirar al joven con odio renovado. No le explicaba nada pero allí estaba, lento y exasperante. Si en ese momento alguien le hubiese desvelado que era exactamente así como ella trataba a todo el mundo, lo hubiese negado con rotundidad.
De nuevo admiró las enormes cristaleras que coronaban la entrada del castillo. Desde allí Maeve observaba y controlaba la ciudad entera de Tirennon, y ahora que se daba cuenta, ella misma podía mantener vigilada toda Tir-Nan-Og desde el mismo trono. Y por qué no, Faerie entero…
Otra vez desechó la idea. Había algo profundamente oscuro en lo que su mente le sugería y por algún motivo misterioso, caminó por las estancias vacías sin dejar de vigilar por todos lados. El propio eco de sus pasos parecía tener vida propia, como un susurro escurridizo, y en varias ocasiones creyó escuchar una respiración lenta que les espiaba.
Llegaron por fin a la sala del trono. Las grandes puertas blancas estaban desencajadas y Sehren las empujó tratando de no hacer ruido. Fragmentos de estatuas rotas por entre las columnas y bancos revueltos con el desorden de una pelea componían la escena general. El joven se había puesto en guardia, con los ojos tan abiertos que parecían a punto de salirse de sus órbitas, y Langella sentía la piel llena de agujas.
Dieron un paso hacia el interior. Allí dentro olía como la melaza empalagosa llena de moscas en verano. Y algo más. Algo putrefacto, el aroma dulzón de las flores corruptas y el incienso quemado.
En lo alto, las seis esferas que guardaban la entrada al Templo del Amanecer permanecían flotando justo sobre el lago que era el centro del salón del trono, y giraban con su eterno murmullo, indiferentes, sin importarles nada más. Parecían haber perdido el color blanco inmaculado y ahora estaban manchadas de sucio gris.
De repente un relámpago iluminó todo el salón, sacudiéndolo con imágenes confusas que destellaron un segundo para volver a perderse en la oscuridad. El sonido del trueno restalló justo encima de ellos y Langella deseó poder gritar de miedo. Así se hubiese librado de gran parte del desasosiego que la invadía y además, creía haber visto algo a la luz del relámpago. Una tontería, no tenía sentido y sólo había sido un segundo, pero…
Avanzó inquieta hacia la plataforma de los cinco tronos tras el estanque y entonces el brazo de Sehren la detuvo, agarrándola con fuerza.
—No vayas allí —le advirtió el joven en voz baja, casi un cuchicheo.
También él miraba al frente con una extraña fascinación, más allá de las columnas que parecían hundirse en la oscuridad. El silencio era tan denso que la limnia no sabía si lo que escuchaba era un susurro o el latido de su corazón en los oídos. La herida del brazo le palpitaba de forma salvaje y ella notaba la sangre caliente manando de la herida abierta. Tragó saliva. Allí dentro había algo vivo, estaba segura. Además, todo era tremendamente siniestro, la misma sala del trono desprendía un halo de maldad casi palpable.
De nuevo otro relámpago sacudió las cristaleras con un segundo de luz y esta vez sí, esta vez el alma se le quedó congelada al descubrir qué era lo que acechaba en la oscuridad.
Ojos.
Había ojos en el estanque real. Centenares, miles quizás, todos vueltos hacia ellos dos, flotando en un líquido negro que se derramaba lento y viscoso por el borde, y comenzaba ya a tragarse el suelo de mármol.
Así que ya estaban aquí —pensó con frialdad al darse cuenta de la estupidez y la facilidad con la que había caído en la trampa.
Mientras los ghüls les distraían con ataques suicidas, sus amos tenebrii entraban a borbotones, corrompiendo precisamente el mismo corazón de Ïalanthilïan.
Sintió la mano de Sehren crispada de miedo y observó al muchacho. El joven ithirïe le devolvió una mirada brillante, cargada de profunda admiración. Y de repente Langella lo comprendió todo. Entendió por fin qué era lo que odiaba de él.
Le odiaba porque le recordaba a ella misma antes de recibir su primera runa de hierro de manos de aquel albanthïo anciano, hacía tanto tiempo que ni siquiera se acordaba de su cara.
Odiaba la forma en que la miraba, rebosante de inocencia, como si nadie le hubiese mostrado nunca el lado sucio de la vida, ni le hubiese abofeteado arrancándole un pedazo de corazón que se iba a pudrir para siempre. Le odiaba porque sus ojos le mostraban a ella que aún nadie le había rechazado, ni siquiera había sufrido todavía el primer desamor. Nunca lo supo, pero si se hubiese molestado en conocer a Sehren más allá de la simple luz de sus ojos verdes, hubiese descubierto lo equivocada que estaba.
Pero en aquel momento simplemente le odiaba. Porque el ithirïe creía en el bien puro, sin matices, y que los héroes vencían todas las batallas y que la fe movía montañas. Y sobre todo le odiaba porque acababa de descubrir que para Sehren, ella representaba ese honor, el héroe solitario y definitivo, el Bien con mayúsculas…
Quiso reírse en su cara, arrancarle aquella inocencia con su cuchillo mientras el río de sombras se acercaba intentando tocarlos, pero no dijo nada. Sólo miraba el avance lento de aquella gelatina, calculando y sopesando las consecuencias.
De repente se sintió invadida por la vieja calma fría que siempre la había acompañado en sus llanuras heladas. Estaba incluso feliz. Una felicidad incomprensible para cualquiera, para los que huirían muertos de miedo al descubrir que los tenebrii estaban entrando en Tir-Nan-Og, y que la batalla definitiva se aproximaba.
Pero ella no.
Descubierto por fin el enemigo final, ya no tenía miedo de la oscuridad que crecía lentamente en su interior; volvía a sentirse como un animal salvaje y libre. Ya no había dudas secretas que la despedazaban y amenazaban con ahogarla. Ella era la heroína, los ojos verdes de Sehren así se lo decían llenos de admiración. Y Langella lo creyó.
Y ahora por fin era ella contra el verdadero Mal. Un mal físico al que podía vencer, no el miedo de mirarse al espejo para descubrir que las sombras se habían adueñado de su alma como una enfermedad, y que en realidad estaba ya más muerta que viva.
La hoja del puñal brilló en medio de la penumbra.
“Márchate” —ordenó al ithirïe dejando muy claro que no iba a consentir réplicas.
Sehren negó con firmeza.
—Estamos juntos —susurró tragando saliva—. Podemos vencerles. Nadie más tiene que saberlo, se asustarían. Nosotros les ganaremos. Tú y yo.
Intentó cogerle la mano pero Langella se deshizo de él. Luego sonrió. En sus pupilas no había cinismo, sólo una luz muy intensa.
“Id al edificio de la Universidad —sonó su voz clara y cortante sin dejar de espiar el avance de aquella masa que empezaba a deslizarse por las paredes y las columnas, invadiéndolo todo—. Llévalos aunque griten y lloren. Luego cerrad las puertas, el agua, el aire, todos los resquicios…”
Sehren la contemplaba con los ojos muy abiertos sin moverse y Langella le dio un violento empujón hacia la salida. Por un momento quiso insultarle, tratarle con crueldad y disfrutar viendo la pérdida de su inocencia, pero era tal la belleza con que sus ojos la miraban que el corazón helado de Langella se rompió en mil pedazos.
“Necesito que hagas eso por mí… —le dijo por fin con las manos crispadas sobre la daga—. Necesito que les convenzas de que todo va a salir bien y que vendrán a rescatarles… Que sean capaces de aguardar en la noche más negra sin caer en la desesperación”.
Sehren negó. No iba a marcharse de allí. Se quedaría con su heroína. Lucharía con ella codo con codo hasta el final.
“No —leyó ella su mente dando un paso hacia el lago negro—. Tú serás el héroe que ellos llegarán a amar. Yo lo pretendí pero estaba equivocada… Ahora vete, necesito que te vayas…”
En los ojos acuosos del joven aparecieron lágrimas y sus labios temblaron. Negó una y otra vez sin entender pero Langella le sostuvo la mirada, impasible. Al final Sehren se dio por vencido y caminó hacia la salida sin dejar de girarse hacia ella, queriendo decirle algo, una última despedida. Un cántico de héroes que recordarían en las leyendas y en los cuentos, pero las palabras se le atragantaron con la última imagen de Langella allí, desafiando a todo el poder tenebrii que llegaba desde el mismo corazón de las sombras. Luego salió corriendo hasta que el aguacero gris se lo tragó.
La limnia se volvió triunfante hacia el estanque por donde brotaba aquel lodo podrido lleno de ojos y dientes. Los relámpagos se sucedían continuamente y ella pudo ver cómo algunas porciones de oscuridad luchaban por tomar forma reconocible, creciendo hacia arriba con un cuerpo, brazos y piernas. Al final, algo como una figura casi humana, con alas negras en la espalda, se inclinó con una sonrisa cínica.
Langella atacó sin previo aviso, con gran destreza. La daga se hundió en la masa de oscuridad y el ser chilló de dolor. El resto de ojos se rieron y sus voces sonaron como chapoteos en el fango. El cuchillo de la limnia se volvió negro.
—Crees que puedes vencernos —susurró la sombra herida volviéndose a erguir llena de odio.
Ella sonrió a pesar de que el fluido viscoso la rodeaba ya por todos lados, manchándole sus botas, queriendo subir por sus piernas. La oscuridad se abatía sin piedad pero Langella permaneció junto a las puertas blancas, inamovible. Era la verdadera heroína. El Bien contra el Mal. La única persona que separaba a los tenebrii del resto de Faerie. Sólo necesitaba tiempo, el tiempo necesario para que todos entrasen a la Universidad y cerrasen las puertas…
—Déjanos pasar —la interrumpió otra voz suplicante y lastimosa.
Ella se sorprendió y por un momento bajó la daga sin darse cuenta, anonadada al reconocer aquel tono de dolor.
El cuerpo de la sombra llena de grumos se volvía cada vez más preciso, como si se nutriese de su contrincante, de sus recuerdos, y al momento su rostro oscuro sonrió intentando disimular unos dientes deformes y afilados. Langella contuvo un gemido.
—Sí, somos nosotras —se burló la imagen de una de sus limnias muertas mientras a su alrededor crecían más corpúsculos de contornos femeninos, una docena tal vez—. ¿Creíste que nos iríamos sin ti?
Ella jadeó presa de la angustia y dio unos pasos hacia la salida queriendo escapar. Todo volvía a su cabeza lentamente. Las dudas, la oscuridad y el miedo. Todo estaba allí, nunca se había marchado. Y lo que vio en los ojos del chico ithirïe no eran sino mentiras. Mentiras que creyó que le servirían para salvarse en el último momento y a las que se aferró como un náufrago a una balsa. Un triste intento de sobrevivir egoístamente a sus crímenes.
Pero la verdad era que las mandó a la muerte y lo sabía. Luchó toda su vida contra Tirennon, malgastó su juventud y la de sus limnias en una guerra sin sentido y lo sabía… Había ordenado que se encerrasen todos en el edificio de la Universidad, ¿y para qué? Para que lo convirtiesen en una tumba colectiva y que no pudiesen escapar sin ella, para que no la dejasen atrás… Y lo sabía.
No era la legendaria heroína capaz de detener a los tenebrii en el mismísimo corazón de las sombras. No era nada ni nadie. Ni el Bien luchando a muerte contra el Mal ni la última esperanza de su pueblo.
Porque no había esperanza. No había salida.
Todo era mentira, desprecio, dolor… Giró la daga y ella misma colocó la punta afilada contra su pecho. Caería, y con ella todo Tir-Nan-Og. Ya no había nada en aquel océano de negrura. Tan sólo el recuerdo de unos ojos verdes como esmeraldas de agua.
Las sombras alcanzaron el corazón de Langella y la oscuridad la rodeó. La culpa se abatió sobre ella como una ola densa, asfixiante.
—Los mataste a todos —rió la imagen tenebrii con aquella voz crispante que se hundía en los oídos, mientras la mano que sostenía el cuchillo temblaba, incapaz de realizar su último cometido—. Sí, los mataste. Y ahora, ya sólo quedas tú.