El Corazón de las Sombras

Bárbara G. Rivero · Capítulo 10 de 28

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El Corazón de las Sombras

8 El Corazón de Jade

8

El Corazón de Jade

—Siempre supe que tú eras la más fuerte de todas —sonrió Violeta ayudándola a incorporarse.

Laila escupió arena de la boca, jadeando al borde de la asfixia. La claridad borrosa del día la mareaba y buscó a la anciana tanteando en el aire, cegada como estaba por las lágrimas secas y a la arenisca pegada en los párpados.

—¿Violeta? —preguntó con un susurro lleno de temor.

—Shhhh —le ayudó ella con dulzura a limpiarse los ojos y luego le cubrió los hombros con una fina manta—. Ya pasó todo, mi niña, ya estás a salvo.

—Violeta —Laila se aferró a ella con desesperación. La arena le caía por entre las pequeñas trencitas revueltas y estaba cubierta de tierra como si hubiese permanecido dormida dentro de una tumba—. ¿Sólo ha sido un sueño? ¿No era real?

—Fue muy real. Tanto que has estado a punto de morir.

La muchacha la miró un segundo sin comprender y entonces se palpó el torso con cara de horror. Encontró la ropa manchada de sangre seca, pero ninguna marca dolorosa le cruzaba la piel, ninguna cicatriz.

—No sucedió —susurró llena de alivio al descubrir, no ya el que siguiese viva, sino que el hecho de que Nïa y Ethera la aborreciesen hasta querer matarla no era más que un oscuro temor escondido en su cabeza.

—¿Quieres contarme qué ocurrió? —le preguntó Violeta con amabilidad.

—En realidad no lo sé bien —explicó ella, inquieta, buscando a sus amigas. Se puso en pie sintiendo que los mareos aumentaban, la cabeza le daba vueltas y tenía náuseas—. ¿Dónde están Aurige y Nimphia?

—Todavía no han despertado —la mujer señaló hacia la arena y ella descubrió formas vagas casi enterradas.

Corrió hacia ellas llena de ansiedad, dispuesta a reanimarlas de su letargo, pero Violeta la contuvo cuando ya escarbaba a manos llenas para sacar a Nimphia.

—Deben salir ellas solas —le cogió la muñeca mirándola a los ojos—, escapar de lo que las aprisiona, sea lo que sea. Tú no puedes ayudarlas, porque no eres tú la culpable de sus propias inseguridades.

Laila la observó, demasiado asustada por sus propios miedos de los que acababa de despertar, pero al final asintió. Se sentó junto a la shilaya y aunque al principio denegó cualquier intento de comer, la sed y el hambre hicieron mella y tomó una pequeña pasta que Violeta le ofrecía.

—¿Usted cree que mi madre me quería? —preguntó por fin tras un rato en silencio sin levantar la vista de la arena.

—Yo nunca la conocí, ni siquiera cuando era sólo una niña —contestó ella—, pero creo que esa respuesta ya la sabes, jovencita.

Laila asintió. Sus dedos trazaban surcos y curvas en la arena, y por donde pasaban, crecían pequeños regueros de hierbas y flores. Violeta la miró asombrada.

—¿Te das cuenta de lo que estás haciendo? —le preguntó maravillada ante aquella explosión de vida sobre el desierto.

—Sí —asintió Laila con gravedad—, pero no es esto lo que quiero.

—¿Entonces? —empezó Violeta, pero se detuvo al notar una respiración entrecortada tras ella.

Laila se levantó deprisa y ayudó a una jadeante Nimphia que se agitaba tratando de respirar entre toses y gemidos. La muchacha se aferró a ella con los ojos abiertos de par en par.

—Estás viva —susurró demasiado conmocionada, con la cara manchada de arena y el pelo revuelto—. Creí que… tuve que…

Miró a todos lados presa de la angustia, pero enseguida Violeta se hizo cargo de ella y la obligó a comer y a beber aun en contra de su voluntad. Después, Nimphia permaneció en silencio mucho tiempo, contemplando el horizonte infinito mientras el sol azulado de Acuarïe reverberaba sobre las dunas doradas.

—Creo que ya nada será igual —se atrevió a decir por fin.

La shilaya asintió con severidad.

—Ni para vosotras, ni para nadie en todo Ïalanthilïan.

—¿Me enseñará a dominar a los vientos? —la miró de reojo.

—Eso ya sabes hacerlo, mi niña.

—Creí que lo había hecho sólo en un sueño —susurró ella con la voz rota y lágrimas en los ojos—. No quería. Me daba miedo insultar a los vientos de esa forma, pero tuve que obligarles a la fuerza porque Laila y Aurige iban a morir si yo no hacía nada por impedirlo. Pero mi madre, y Eriel y Shiza no quisieron que cometiese tal agravio contra Airïe y tuve que elegir…

—Los vientos te obedecieron de verdad. A cambio te dejaron sus cicatrices en el corazón para siempre. Yo tengo las mías propias —se rió la shilaya bajito—, pero no me preguntéis porque no os lo voy a contar.

—¿Y Aurige? —quiso saber Nimphia mirando a su amiga casi enterrada con gran inquietud.

—Espero que lo consiga —susurró Violeta—. Su fortaleza y su lealtad son admirables, pero a cambio sufre constantemente por todo a lo que se enfrenta. Ahora mismo estará luchando contra eso, sus verdaderos miedos, sus complejos que jamás os contará…

De repente la figura inerte de la lunarïe comenzó a respirar trabajosamente y Laila y Nimphia corrieron hacia ella.

—Hazme un favor, Laila —dijo de repente la airïe agarrándola del hombro cuando ella ya se disponía a ayudar a Aurige a incorporarse—. Entiérrame de nuevo, por favor.

Y sin esperar más se tumbó en el suelo revuelto y comenzó a echarse arena encima.

—¿Pero por qué? —susurró ella, demasiado atónita sin saber qué hacer.

—Aurige nunca podrá soportar el haber sido la última en superar esto —le dijo en voz baja a toda velocidad—. Prefiero que crea que he sido yo. ¡Ayúdame, rápido!

Laila se sintió conmovida e impresionada. Su admiración por Nimphia fue tal que sintió que estaba a punto de llorar. Siempre era la más dulce y callada de todas, y también parecía por fuera la más frágil de las cuatro, pero Laila descubría ahora que Nimphia era como una roca sólida, inamovible contra los vientos despiadados de la vida, y las demás, incluida ella misma, la necesitaban desesperadamente para cimentar su amistad.

—No te muevas —le susurró con un guiño cariñoso echándole un poco de arena en los cabellos—. Ahora mismo vuelvo.

Corrió hacia Aurige, y junto a una Violeta conmovida que se limpiaba las lágrimas con su pañuelito, la ayudó a salir de aquella especie de nido arenoso. La morena tosió y jadeó, y sus ojos oscuros se mostraron demasiado sombríos al reconocer el paisaje a su alrededor. Después permaneció en un silencio profundo del que sólo salió cuando Nimphia, después de un tiempo prudente y razonable, dio signos de volver a la vida.

—Creo que nunca volveré a enamorarme de nadie —dijo por fin cuando la shilaya las había abrigado a todas con mantas y les ofrecía una tacita de tisana—. Ahora lo entiendo, y no lo necesito.

Laila y Nimphia se miraron con caras serias, intuyendo que la prueba de Aurige implicaba a Jack Crow, y que las cosas no habían salido como cualquier joven llena de romanticismo hubiese deseado. Ninguna se dio cuenta del gesto de alivio de Violeta, que se aferró nerviosa a su varita.

—¿Y ahora qué, señorita Violeta? —preguntó Nimphia—. ¿Este ha sido el entrenamiento?

—No, pero ahora vuestras mentes son libres, mucho más de lo que podáis en un principio imaginar.

—No lo creo —empezó Aurige, todavía muy seria y circunspecta—. Un sueño estúpido de…

Se calló bruscamente con un tinte de rubor en sus mejillas. Para demostrar a las otras lo absurdo del tema unió sus manos en actitud de oración y las separó de golpe.

Ninguna estaba preparada para tal explosión de poder oscuro, tan violento y salvaje que las tiró a todas contra la arena. El desierto entero pareció combarse y la atmósfera se volvió gélida y opresiva. Aurige contemplaba atónita aquella especie de esfera nocturna que parecía chirriar de energía entre sus manos. Los cabellos flotaban hacia el interior y el propio aire silbaba como si se estuviese formando un pequeño remolino alrededor de la lunarïe. La arenilla voló en riadas hacia el pozo de negrura que se agrandaba por momentos, y las estrellas malignas palpitaban dentro de aquella sima que amenazaba con succionar todo lo que encontrase a su paso.

—¡Páralo! —chilló Violeta agarrada a Laila y a Nimphia, luchando contra aquel centro de gravedad terrorífico que las arrastraba paso a paso irremediablemente.

—¡Por favor! —gritó también Laila creyendo que la cara se le estiraba, que la piel parecía distenderse y los ojos salirse de sus órbitas—. ¡Páralo por Dios, Aurige, detente!

La morena cerró las manos igual que las pastas de un libro abierto y de repente todo cesó. El silencio retumbó en sus oídos y Laila se tambaleó como si hubiese viajado en un ascensor que cayese a toda velocidad contra el suelo. Aurige las miró con los ojos llenos de estrellas.

—En realidad era tan fácil —murmuró con una sonrisa asombrada.

—Yo te mato, lunarïe —jadeó Nimphia al borde del colapso. Las náuseas se le reflejaban en el rostro y tenía la frente perlada en sudor.

—Era fácil, pero llegamos a la verdadera cuestión —la regañó Violeta agitando la varita en sus narices—: no tenéis control. Sois capaces de desatar una hecatombe y quizás no sepáis pararla a tiempo. ¡Os destruiréis sin remedio, y a mí con vosotras!

Se alejó refunfuñando y Laila observó el trozo de madera que en su sueño había llegado a ser una varita mágica. En los nudos había pequeños brotes verdes, y ella juraría que la había visto palpitar. Dejó a sus amigas enfrascadas en una discusión sobre la peligrosidad de la Luna Negra y corrió hacia la shilaya.

—Señorita Violeta —la detuvo llegando a su lado y mirándola a los ojos—. Antes, cuando estábamos hablando sentadas en la arena y la hierba crecía en los surcos que yo dibujaba, usted me preguntó qué era lo que yo deseaba, ¿verdad?

—Sí —la shilaya asintió intrigada, e hizo aparecer una pequeña sillita sobre la que se sentó, exhausta.

Laila se agachó para quedar a la altura de sus ojos y mirarla fijamente.

—Lo que más deseo en este mundo es que usted quiera responderme a una pregunta. Pero dígame la verdad, por favor. La verdad sin tapujos, por muy dolorosa que sea.

—Dime la pregunta —Violeta le acarició los cabellos verdosos con ternura.

Ella se humedeció los labios resecos. El corazón había empezado a latirle a gran velocidad y notaba el estómago lleno de mariposas.

—¿Usted cree que yo fui capaz, de verdad, de revivir al sol de Firïe? Necesito saberlo, conocer lo que usted piensa sobre mí.

Violeta la observó en silencio con gran solemnidad. Miró en sus ojos azules y más allá, leyó en su alma y sintió la angustia vital de su corazón. Podría decirle una frase grandilocuente sobre la necesidad de confiar en ella misma, o que la única opinión que importaba era la de la propia Laila, o mil cosas filosóficas más. En lugar de eso la cogió de las manos con el rostro serio.

—Sí. Creo sinceramente que tú fuiste capaz de obrar aquel milagro.

Laila asintió despacio con un suspiro. Parecía que se había quitado un peso enorme de encima. Miró su extraña varita llena de pequeñas hojas y luego a la shilaya.

—No sé si podré hacerlo de nuevo —susurró.

—Para eso están ellas contigo —sonrió Violeta indicando a Aurige y a Nimphia con un leve movimiento de su cabeza.

—Usted lo sabía desde el principio. Por eso nos trajo aquí, ¿verdad? No era por ningún entrenamiento de shilayas.

—Quería ver si erais capaces de comprenderlo —Violeta soltó una risita—, porque a las sombras jamás las venceréis si tratáis de destruirlas. Nunca. Los tenebrii se alimentan de vuestros propios miedos y agrandan el odio hasta que os devoran por dentro sin remedio.

—¿Y Cyinder? —preguntó Nimphia con temor. La conversación no había escapado a su finísimo oído y se había acercado junto a una Aurige seria y taciturna.

Violeta miró hacia el horizonte durante un momento.

—No lo sé. Si logramos sacarla de las garras de Maeve, no sé hasta qué punto podrá ser arriesgado que vaya con vosotras al reino tenebrii.

—Por supuesto que vendrá —aseguró Aurige cruzándose de brazos.

—Quizás sería mejor que ella se quedase guardando las puertas…

—¿Qué puertas? ¿De qué demonios habla?

La shilaya suspiró.

—Haced aquello por lo que os he traído en realidad a Acuarïe y os lo contaré. Si no sois capaces, es inútil que nos pongamos a construir castillos en el aire.

Aurige la miró con mala cara y después a Laila, que había asentido y se había arrodillado en la arena con los ojos entrecerrados.

—A ver, nemhirie, empieza a explicarme qué ocurre porque…

De repente se quedó sin habla. Laila había hundido las manos en la arena y a su alrededor crecía un manto de verde hierba que se expandía lentamente como una onda concéntrica. Unos segundos después, la hierba se agostó y se convirtió en polvo seco. La muchacha buscó a Violeta con la frustración pintada en la cara, pero la otra no abrió los labios, sólo la miraba impasible.

—Entiendo —Aurige chasqueó la lengua con burla y antes de que Nimphia pudiese regañarla, continuó—: como siempre, pretendes hacerlo todo tú sola.

Laila levantó la vista con asombro. Nimphia también sonreía y en sus manos, el trozo de bastón partido se había convertido en un cilindro de extraños agujeros por donde pequeños hilos de viento entraban y salían provocando mil sonidos.

—Le he cogido cariño a mi varita —dijo antes de alzarla hacia el cielo y susurrar algo casi inaudible.

Un relámpago brilló en medio del cielo azul y de repente comenzó a llover con furia arrasadora. Nimphia rió en voz alta sintiendo la lluvia en la cara y en sus cabellos, e incluso cogió a Violeta y dio unos pasitos de baile antes de que la shilaya abriese su sombrillita con gesto de enfado.

Laila volvió a hundir sus manos en la arena y cerró los ojos con profunda concentración. La hierba brotaba ahora en oleadas, salpicada de flores y tallos, y cuando ya estuvo segura de haber conseguido su propósito, se levantó del suelo para contemplar su obra. El agua se filtró burbujeando en el terreno, todavía demasiado reseco y quebradizo, y el sol inclemente hizo evaporarse la lluvia ante la consternación de Nimphia. En pocos segundos el desierto se tragó aquel pequeño oasis de vida que había tenido la osadía de renacer.

—Tenéis que intentarlo de verdad, con todas vuestras fuerzas —las animó Violeta al ver sus caras de decepción—. Hay que hacerlo con el corazón, no con la cabeza.

Y miró a Aurige, que contemplaba a sus amigas, pensativa y con el ceño fruncido. Imitando su cara de eterno enfado le tocó el hombro con su varita mágica.

—Esta es una varita de Lunarïe —le dijo y Aurige, al ver su cara de disgusto fingido soltó un bufido de risa—. La hice yo misma con madera de fresno negro de los bosques de Eurídice. Cuídala bien.

Y la puso en sus manos con gesto solemne. Aurige la miró boquiabierta, y tragó saliva sintiéndose demasiado emocionada para hablar. Parpadeó intensamente pero sus ojos brillaron más de lo debido.

—No me hagas quedar mal —fingió Violeta que la regañaba y ella asintió de manera torpe y exagerada.

Luego corrió junto a las otras.

—Necesitáis a una verdadera profesional —se jactó intentando ocultar la intensa emoción que la invadía—. Apartaos, por favor.

—¿Una profesional de qué? —rió Laila—. ¿De las shilayas? ¿O tal vez una profesional de los enfados?

—De la oscuridad —los ojos de Aurige relucieron de placer al mover su flamante varita a la vez que apuntaba al sol azul con ella.

Como si de un embrujo se tratase el cielo empezó a oscurecerse a gran velocidad, ante el asombro y la incredulidad de las otras, y el sol de Acuarïe se movió como si la mano de Aurige lo manejase a voluntad, hundiéndolo en el horizonte. Las estrellas brillaron en un firmamento perfecto y Laila y Nimphia contemplaron a su amiga llenas de admiración.

—Ahora no habrá sol que os moleste —dijo ante la mirada llena de orgullo de Violeta.

La lluvia comenzó a caer bajo el mandato solemne de Nimphia, primero despacio, empapando la tierra seca con pesados goterones, y luego cada vez más intensa, hasta convertirse en una cortina torrencial que formaba charcos y pequeños pozos que la arena era ya incapaz de absorber.

Laila se arrodilló de nuevo. El agua chorreaba por sus cabellos verdosos, que parecían moverse con vida propia bajo los relámpagos de Nimphia; empapaba su cara y sus dedos mientras miraba la arena fijamente. Podría hacer un vergel lleno de vida, con extensas selvas verdes y árboles tan altos como rascacielos. Podría, si quisiera, regalar a su gente un nuevo reino de Ithirïe donde descansar por fin de tantos sinsabores e injusticias, porque además, fueron los acuarïes los verdaderos culpables y responsables del sufrimiento de su gente y de una condena que duró milenios. Apropiarse pues de su mundo y convertirlo en el nuevo hogar sería algo que todos verían justo, incluso con buenos ojos.

Podría hacerlo si quisiera, sí, y la parte de su sangre que compartía con Nïa y con Ethera se lo pedía a gritos. Pero había otra parte, la de Laila Pelomoco, que no quería.

Miró a Nimphia, que seguía gobernando a los vientos sin ya una sola duda, y a Aurige, que la observaba con sus ojos llenos de estrellas como si supiese de antemano lo que iba a hacer.

Y entonces, muy despacio, se tumbó sobre la arena mojada y cerró los ojos. El agua le salpicaba en la cara, resbalaba por sus labios, y las pequeñas raíces verdes llenas de jóvenes brotes y flores se le enroscaban en los dedos suplicando, pidiendo por favor que Laila no continuase, que les concediese la oportunidad de vivir que se merecían.

Ella no hizo caso. Su corazón latía contra la arena cada vez más profundamente, y de nuevo sintió aquel sonido susurrante, como una ola que golpeaba las rocas con un ritmo denso…

Bum… el fluir de la savia vital…

Bum… Se sentía estremecer de frío y la humedad calaba sus huesos, pero la arena rozaba sus mejillas y sus labios con un beso suave y amable.

Y ella soñaba que estaba otra vez en Acuarïe, en la inmensidad silenciosa y azul de los océanos. De nuevo se hundía en la profundidad inquietante de sus aguas y sus cabellos verdosos flotaban ondulados a su alrededor…

Bum…

Los anillos de raíces le apretaron los dedos un segundo en su desesperado final y después, lentamente, se deslizaron hacia el olvido…

Bum…

De repente todo se hundió bajo su cuerpo y Laila se sintió arrastrada hacia abajo.

La arena desaparecía, se disolvía sin remedio y notó que el agua le entraba por la nariz y la boca a borbotones. Al borde de la asfixia braceó con todas sus fuerzas hacia arriba, buscando la superficie del océano, y cuando rompió el agua en mil pedazos, respiró tosiendo y escupiendo mientras las pequeñas olitas se mecían suavemente a su alrededor.

—¡Ya podías haber avisado, nemhirie! —rió Aurige tragando y escupiendo agua a la vez que movía los brazos para mantenerse a flote.

—¡Ha sido genial! —Nimphia la abrazó dando grititos, con los cabellos pegados a la cara—. ¡Genial! ¡Lo más brutal de todos los tiempos!

Laila se dejó contagiar de orgullo y felicidad y miró a Violeta por entre la lluvia, que seguía salpicando despiadada contra la superficie azul del mar. La shilaya estaba exultante pero no las tenía todas consigo, resoplando bocanadas y escupiendo chorros de agua mientras la cabeza se le hundía y volvía a aparecer en la superficie.

—¡Nimphia, déjate de gritos y para la tormenta ya! —la regañó Aurige intentando ponerse seria, solo que no engañaba a nadie.

Ella no le hizo caso, se sentía exultante con los vientos rugiendo y tronando a su alrededor. Sin embargo movió la varita mágica y un pequeño velero de estilizada quilla apareció meciéndose sobre las olas.

Laila y Aurige nadaron con fuerza hacia una escala de mano que colgaba de la baranda mientras Nimphia ayudaba a una resoplante Violeta que braceaba al borde de la extenuación. Las velas blancas se hinchaban espléndidas y pronto estuvieron todas descansando sobre las pulidas maderas de la cubierta.

—Por fin un barco que de verdad sirve para lo que sirve —musitó Laila en voz baja sintiendo el vaivén sobre el mar, y aunque apenas fue un susurro, Nimphia lo escuchó y se echó a reír.

La tormenta fue amainando hasta convertirse en una fresca brisa de primavera, y el velero surcó la superficie de Acuarïe limpiamente dejando una estela de blanca espuma que se abría en abanico.

—Sinceramente no sé por qué criticamos con tanto desdén las varitas —comentó Nimphia muy impresionada, admirando aquel barco que había surgido de la nada, tan sólo con agitar un trozo de madera.

—Ayudan muy bien a canalizar vuestros deseos, a potenciarlos —explicó Violeta —, pero claro, está mal visto por las… altas esferas —puso los dedos formando comillas y los ojos en blanco.

Laila rió y sacudió la suya. Ante todas apareció una gran mesa surtida de delicias y fabulosos pasteles: volcanes de chocolate y frambuesas, trufas azules, hojas de caramelo con chispitas, pastas glaseadas, chocolatinas, bizcochitos de crema, botones de vainilla…

—¡Por fin! —exclamó y las otras la contemplaron con asombro—. ¡Por fin soy capaz de hacer algo más que galletas secas y pastas!

—No están mal —Aurige mordisqueó una chocolatina y miró a Violeta con los ojos entrecerrados—. Muy bien señorita shilaya, ha conseguido usted otro milagro: que aceptemos usar varitas y que encima nos guste hacerlo, pero… ¿cuál es el verdadero propósito?

Violeta no contestó de inmediato. Contemplaba el nuevo océano mientras saboreaba una tacita de tisana con pequeños sorbitos.

—Imagino que la vida siempre encuentra un camino —murmuró para sí misma y luego pareció salir de su ensoñación—. Bien. Parece que lo fácil se ha terminado. Ahora debemos concentrarnos en rescatar a Cyinder de ese encierro en el que está tan cómoda y prepararnos para lo peor.

—Que es… —inquirió Aurige con suspicacia.

—Ir a Throagaär a salvar a mi hermana —respondió Laila con calor.

Violeta negó lentamente y ella la miró con ojos de sorpresa dolida.

—Usted dijo que iríamos a buscarla —susurró temblorosa, como si hubiese recibido un golpe traicionero.

—Y lo haremos. Pero traer de vuelta a tu hermana, rescatarla de las garras sombrías de los tenebrii, no es el verdadero objetivo.

Ellas permanecieron en silencio, con el único sonido del crujir de las maderas y el romper del agua bajo el casco.

—Tengo entendido que pertenecisteis a un gremio de ladronas… —empezó.

Aurige afirmó, pero su rostro había perdido la sonrisa.

—El robo está penado con el exilio en Ïalanthilïan —siguió la shilaya—. Ahora todas sabemos el por qué de ese castigo ancestral.

—Sí, porque mi gente robó las Piedras de Firïe —repuso Laila.

—Exacto —afirmó Violeta y en sus ojos se iba encendiendo una misteriosa luz de emoción—. Pues bien, nosotras no vamos a robar las Piedras de Firïe, no. Vamos a robar todos los objetos sagrados. Absolutamente todos.

Ellas la contemplaron atónitas, como si estuviesen delante de una loca.

—Todos los objetos —repitió Aurige con cinismo, pero no pudo evitar un destello de interés en sus ojos.

—Sí, todos. Nïa es el Ojo de la Muerte, y además lleva sobre su cabeza la corona de Firïe. Habrá que robarla de las garras tenebrii.

Laila seguía sin comprender el motivo de una decisión tan arriesgada y de tal magnitud, sin embargo no le extrañó en absoluto que sus dos amigas dieran aquello por sentado sin siquiera cuestionárselo.

—Las Arenas de Solarïe y el Arpa de los Vientos están en Solandis —musitó Nimphia con la mirada perdida en miles de planes que, de repente, se habían puesto en marcha en el interior de su cabeza.

—No sólo esos tesoros —añadió la shilaya—. Maeve guarda la sexta Piedra de Firïe en su poder. Tendremos que robársela también.

—Me encanta esto —susurró Aurige, emocionada, incapaz de esperar ni un segundo más para plantarse en Solarïe y arrasar con todo.

—Faltan dos objetos más —dijo Laila rindiéndose ante lo inevitable.

Violeta la miró con intensidad.

—Tú guardas el Corazón de Jade en tu interior, Laila. Lo has comprobado tú misma. Devolviste la vida al sol de Firïe y a Acuarïe. Ya no necesitas más pruebas.

Ella asintió muy despacio, con ojos serios.

—Mi madre me dijo que yo era su corazón —recordó sus palabras—. ¿Cree que se refería a esto?

—No lo sé. Ithirïe desapareció hace miles de años, y todas nos olvidamos de su existencia y de sus costumbres, hasta ahora. No puedo decirte más de lo que veo y consigo intuir. El resto se quedará para siempre en el misterio y así es como debe ser, niña mía.

—¿Qué haremos con los tesoros? —preguntó Aurige, que ya daba por hecho el éxito completo de la empresa, por muy descabellada que fuese.

—Cuando los tengamos todos, deberemos llevarlos al Templo del Amanecer, que es el mismísimo corazón de las sombras. Creo que es la única forma que existe para cerrar la puerta de Throagaär y vencer a los tenebrii.

—Una carrera suicida —susurró Nimphia, que intuía cosas más allá de la aparente simpleza del plan.

—Y contra reloj —añadió la anciana sin dejarse intimidar—. Las sombras lo están invadiendo todo lentamente, corrompen la esencia misma de las cosas y si no las detenemos, no habrá salvación. Infectarán el aire que respiramos, la tierra que amamos, nos condenarán al vacío y al odio eterno, y aunque se mueven despacio, son implacables. Ya han debido notar que algo extraordinario ha ocurrido en Acuarïe y vendrán para averiguar qué ha sido, no me cabe duda. Tendremos que marcharnos de aquí, y rápido.

—Nos queda otro objeto que no hemos nombrado —interrumpió Aurige lo que a ella le parecía una conversación banal y una pérdida de tiempo—. Precisamente el Agua de la Vida. Si tenemos que marcharnos de aquí, podríamos ir en su busca. Sería nuestra primera prueba, nuestro primer éxito o fracaso.

—El Agua de la Vida —repitió Nimphia mirando a Laila con intención, pues recordaba perfectamente que ellas dos, junto a Atlantia, habían viajado a una mansión en la ciudad nemhirie llamada Londres, y allí su amiga había sufrido un gran dolor al enfrentarse a un humano que, al parecer, ella había amado hasta entonces como si fuese su padre.

—¿Sabéis dónde está? —preguntó Violeta notando el cambio del tono de voz.

—Lo sabemos —asintió Laila con un susurro entrecortado y el corazón latiéndole a mil por hora, mientras el velero rompía la cresta de una pequeña ola y la brisa hinchaba las velas con un sonido rasposo—. Fue el trabajo que mi madre le exigió sir Rich…, quiero decir, a un amigo de mi familia. Ella se la llevó al reino de Ithirïe. Justo donde siempre quise ir.

 

SEGUNDO INTERLUDIO

De nuevo he tenido la pesadilla.

Esta vez ha sido tan fuerte y tan intensa que me he despertado cubierta de sudor en mitad de la noche. Yo, la reina de Lunarïe, temblando de miedo ante la oscuridad como un gatito asustado. Ni siquiera el abrazo cálido de Oberón ni sus susurros risueños lograron calmarme, y así he permanecido despierta en una horrible duermevela hasta la llegada del día.

En mi sueño llegaba a enfrentarme por fin con mi enemiga, aquella que se oculta en las sombras y se ríe de mis desvelos. Incluso rocé sus cabellos, dispuesta a obligarla a mirarme y revelar su rostro. Pero ella escapó escondida en su risa, se desvaneció entre mis dedos como humo negro.

Cada vez me convenzo más de que es Miranda, que me persigue desde la tumba para completar su venganza a través de los milenios. Es ella, y me humilla con el regocijo de saber de antemano mi fracaso. Cruel, inalcanzable. Siempre fue así, incluso con el general ithirïe que la amaba.

Mis dudas se acrecientan y ya, incluso dormida, percibo enemigos en cada esquina. Los maddins están evacuando a los habitantes humanos despacio y en secreto. Se marchan sin nosotros a pesar de que somos sus amos y nos deben eterna obediencia.

Mi corazón está dividido entre el castigo que debiera infligirles por su traición, o simplemente olvidarlo y dar un paso hacia la concordia, tratar de parlamentar y construir un futuro en común con los nemhiries. De nuevo no me reconozco pensando así. Hace tan sólo un año, estos infames nemhiries hubiesen sido apresados y encarcelados en las mazmorras de Belion bajo la aprobación de Zephira, de Maeve y la mía propia. Y ahora…

Ahora ella se ríe. En mis sueños, Miranda se ríe de mí con perfidia al ver mi nueva debilidad, al ver cómo me arrastro ante los humanos para no quedarnos solos; se ríe de lo mucho que los necesitamos ahora, cuando el mundo se ha vuelto en contra nuestra.

No sé qué va a ser de mí ni hasta dónde llegará esta fragilidad que me consume, pero las cosas se van definiendo y el tablero de juego se presenta cada vez más claro, aunque también más complicado de resolver. Si al menos supiese qué ha sido de mi hija y de la shilaya metomentodo que la acompaña…

He depositado todas mis esperanzas en esa anciana, pero no estoy segura de que sea capaz de entender el alcance de un simple movimiento de piezas en el juego. Tan sólo con que me hiciese llegar una señal, hacerme saber que comprendió lo que yo esperaba de ella…

Si fue así no puedo demorarme mucho más. Debemos partir hacia Solandis y que Lord Vardarac inicie el asedio en los próximos días, antes de que Maeve se dé cuenta de lo que de verdad ocurre. Para ello he confiado en Árchero, y también en mi nuevo asesino privado. Solo que ninguno de los dos se ha molestado en enviarme informes sobre sus éxitos o sus fracasos, y de esta forma tan insegura y llena de incertidumbre debo trazar planes y nuevas estrategias que no son sino castillos en el aire, con la única y cada vez más remota esperanza de que al final nos salven a todos.

Si pudiese saber el futuro, si conociese los detalles tan sólo un par de días antes… En mi cabeza escucho una risa suave y oscura: la risita maligna que no puede ser de nadie más que de Miranda, el Ojo de la Muerte, la verdadera enemiga que se esconde en mis pesadillas.

Desde este escenario de angustia que ella ha preparado para mí, con todos nosotros actuando en nuestros pobres papeles de tristes muñecos, miro hacia lo alto, hacia ella sentada en un palco sombrío cual eterna espectadora que guarda en sus manos las llaves del tiempo.

Su figura oculta en las tinieblas se ríe. Y yo entonces detesto su risa, odio sus esbeltos dedos que manejan nuestras vidas a su antojo, como si fuesen las cuerdas de miserables títeres. La maldigo por todo lo que nos ha deparado, y también a su maldito Fahon, que tuvo que enamorarse de ella en lugar de cualquier otra doncella de su clase y su estirpe… Pero sobre todo me maldigo a mí misma en el silencio de la noche, porque con cada susurro oscuro, con cada latido de mi corazón, lo único que deseo es volver atrás en el tiempo. Volver y pedirle perdón.

La noche termina y ya llega el nuevo día. Pronto será el momento de tomar una decisión y yo necesito desesperadamente una señal. La necesito. Tan sólo si los dioses se dignasen a concederme ese deseo…

(Del diario privado de Titania)