El Corazón de las Sombras

Bárbara G. Rivero · Capítulo 16 de 28

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El Corazón de las Sombras

14 Vientos sombríos

14

Vientos sombríos

Raissana se despertó otra vez con las voces riéndose dentro de su cabeza.

La oscuridad de su habitación era densa y fría, calaba en los huesos igual que la humedad que manchaba las paredes de verdín. Pero no fue la oscuridad lo que la había sacado del sueño inquieto, tampoco las risitas malvadas que llegaban desde más allá de los corredores vacíos del palacio. Ni siquiera el dolor de los viejos huesos cansados que protestaban y a veces se negaban a obedecerla.

Lo que la había sobresaltado había sido el viento. O mejor dicho: el olor del viento. Un olor podrido, a melaza corrupta que invadía cada recoveco y aullaba por entre los altos capiteles. El aroma de la maldad, de las entrañas hediondas del reino tenebrii. Arrugó la nariz con preocupación temiendo haberlo imaginado, o peor aún, temiendo que fuese verdad. Pero sí, allí estaba, aquella cinta tenue de olor que se dispersaba como arena en el agua.

Se incorporó despacio sintiéndose asustada, demasiado anciana ya para ser valiente. De hecho —le susurró otra vocecita malévola—, no has sido valiente en toda tu vida. Lo sabes…

Y Raissana lo sabía. Sólo había sido fiel. Estúpida, vieja y fiel.

Puso un pie en el suelo helado y su piel apenas reaccionó. Se encontraba enferma, frágil y desgastada. Pero no tenía tiempo para preocuparse por sí misma, nunca lo tuvo. Sin embargo reparó en que las manchas y las sombras que punteaban sus piernas eran ya más grandes, del tamaño de monedas, y se extendían hacia arriba poco a poco.

Respiró hondo. No era valiente, pero tampoco debía dejarse dominar por el miedo. Tenía una tarea que cumplir: vigilar, velar por la seguridad de Airïe y de todos los que permanecían en los barcos, prestos a marchar. Todo el mundo se iría de Silveria en cuanto diese la alarma. Todos, menos ella.

Lo había aceptado. Fue su destino desde el momento en que descubrió las pequeñas pecas en sus pálidas y limpias manos y luego también en sus piernas y en la cara. Pidió audiencia a la reina Titania y le contó las dudas que la carcomían. No porque le cayese bien ni porque confiase en ella. Raissana pensaba que la reina de Lunarïe era oscura y engañosa, pero en aquellas circunstancias tenebrosas, era su alteza real, la única que estaba allí. Y sobre todas las cosas, ya fuese por la fuerza de la costumbre o porque era una vieja tonta que ya no sabía hacer otra cosa, Raissana era fiel a la monarquía de Faerie. Fiel hasta la muerte.

Por eso se lo contó todo: las manchas de sombras, sus miedos, sus inquietudes… Titania la escuchó atentamente, sin sonreír ni llorar, sin cariño ni odio. Fría y dura como un diamante, pero inteligente, calculadora, despierta. Eso le gustó. Le dio confianza.

Y Titania, además de la supuesta confianza, le había dado también una misión.

Raissana avanzó temblorosa y titilante como una vela. Agarraba el bastón con su mano huesuda y delicada como un pájaro, pero firme y orgullosa, y en la otra mano, un pequeño fuego fatuo azul alejaba las sombras en aquella penumbra tan oscura que parecía la boca del lobo.

Flotó por los corredores de altos ventanales y arcos ovalados. Más allá de los muros cambiantes del palacio, la noche brillaba llena de estrellas. De hecho, Raissana jamás había contemplado una noche más hermosa. Y más allá, lejos en la distancia, imaginaba que podía ver los miles de barcos meciéndose a la intemperie, preparados para partir.

El volumen de las risitas se hizo más fuerte, primero un siseo apenas audible y poco a poco, como un estruendo desorganizado, una catarata de gritos siniestros, cacareos y voces que simulaban reír… Pero que nunca sonreirían —pensó la anciana, en su camino hacia el abismo.

¿Cuándo había leído eso? Trató de recordar pero su memoria también estaba torpe. Aquel pasaje del poema le recordaba a Nimphia, y también a libros nemhiries, a risas infantiles, barcos de alas blancas y regatas de verano. Pero sobre todo a Nimphia. Su niña preferida, la hija de Zephira a quien ella más quería. Porque le recordaba a la propia reina cuando nació, cuando Zephira era apenas un bebé que ella cuidó, y luego educó y mimó durante tanto tiempo…

Avanzó un poco más. Tenía gotitas de sudor en la frente y no eran de calor, sino de miedo. Un pánico atroz que se aposentaba en el estómago como una piedra, y que le arañaba la espalda igual que un latigazo de hielo. Los salones permanecían callados a su paso, solitarios y tenebrosos igual que un palacio encantado dentro de una pesadilla. La oscuridad se volvió densa y cortante cuando torció por la galería de la biblioteca y las risas crecieron en volumen hasta hacerse insoportables.

Eternamente riendo, pero sin jamás sonreír —las palabras del poema nemhirie volvían a su cabeza una y otra vez. Y en el recuerdo, allí estaba Nimphia, encaprichada en leer todos los libros humanos que pudiese, y obligándola a ella a recitarle una y otra vez sus pasajes preferidos. Y aunque a Zephira no le gustaba aquella pasión por los humanos que su hija demostraba, la vieja aya le leía en secreto, y reía con ella, y así pasaba sus años, meciéndose en la calidez de los vientos de verano.

Las risas malvadas arreciaron. Parecían burlarse de sus pensamientos, buscaban un resquicio en su mente por donde entrar. Raissana extendió la mano donde brillaba el fuego fatuo, como si así demostrase su valor, y la pequeña luz brilló un poco más intensa durante unos segundos.

Allí estaba, la gran sala circular que era la biblioteca real de Silveria. Millones de libros de todos los reinos, excepto de Firïe e Ithirïe, que fueron olvidados por la fuerza, se agolpaban en sus estanterías hasta el techo. Y la magnífica estancia se encontraba completamente iluminada, día y noche, por miles de velas que formaban sombras danzantes en las infinitas hileras cargadas de tomos.

Los aplausos cínicos y los abucheos llenos de insultos la recibieron a la par, y la anciana trató de no escuchar las voces. Sólo el pulso de su sangre latiendo salvajemente en la cabeza.

En aquel sitio se condensaba la mayor cantidad de conocimientos y sabiduría por metro cuadrado de todo Faerie. Y también la mayor cantidad de estupidez y arrogancia. Porque en su soberbia, los airïes habían querido recopilar todo el conocimiento que existiese; el permitido y el prohibido. Y por tanto, allí estaban también los libros de las sombras, todos encerrados tras una cerradura de viento que se combaba peligrosamente. Y allí era también el único punto de todo Faerie donde los tenebrii tenían un sitio propio. Aunque fuese una prisión.

Y en esa cárcel estaban ellos, deseando escapar, gritándole a Raissana y engatusándola con mil promesas, lloriqueando, tratando de romper la magia del candado. Y esa era la misión de Titania que ella debía cumplir: vigilar, guardar que no hubiese un solo resquicio por donde pudiesen escapar. Al menos mientras terminaban los preparativos y todos se ponían a salvo. Por eso había velitas encendidas por todos lados. Si Raissana intuía el menor signo de alarma, apagaría las velas y sería la señal para partir.

Siiiiiií, y te dejarán aquí —rieron algunas vocecitas infantiles y chillonas mientras saltaban chispas negras que enseguida se frustraron—. No te quieren. Eres una vieja inútil, te desprecian…

Les diste tu vida, todos los años de tu juventud y mira cómo te lo pagan —siseó otra voz y un coro de risas pareció asentir.

—¡Silencio! —les ordenó ella, pero aquello no hizo sino aumentar el regocijo general.

Raissana se humedeció los labios resecos. Los malditos tenebrii sabían sus miedos, jugaban con sus sentimientos y la manejaban a ella como un títere.

Ya se han ido, te han dejado sola —volvió a la carga la primera voz

—No… —negó ella y entonces se maldijo por su error—. Yo soy vieja y no me importa morir. De hecho, no me da miedo la muerte.

Se acercó el fuego azul a la cara como para mostrarles sus arrugas, sus ojos ya apagados y sus alas quebradizas.

Tus niñas, tus queridas niñitas te abandonaron —sonó otra voz, discordante y forzada. Parecía reír pero por debajo de todo aquello, el tono de odio chirriaba en los dientes.

Porque no les importas —coreó otra mientras las cadenas de viento se tensaban de nuevo bajo la violenta embestida—. Lo sabes, vieja. Ha sido un alivio para todas que te quedases aquí. Así nunca se sentirán culpables. Oh, la valiente Raissana que murió por nosotras…

Y honrarán tu memoria, lanzarán flores al viento… ¡para agasajar a una muerta!

Las risas se volvieron crueles. Raissana sintió que las lágrimas brotaban en sus ojos. ¡Malditos fuesen! Leían sus pensamientos como si fuera un libro abierto. Tragó saliva sabiendo que estaba a punto de cometer una locura. En su mano invadida por las manchas, el fuego fatuo parecía latir como un corazón azul dislocado.

Les iba a vencer. Iba a terminar con sus risitas de una vez por todas. Parecía vieja y demacrada, pero no la conocían. No sabían de qué era capaz. ¡Estúpidos tenebrii, no sabían con quién estaban hablando!

—¡Quién es vuestro amo! —les exigió con voz chillona—. ¡No quiero hablar con lacayos! ¡Que enseñe la cara si se atreve!

Las sombras guardaron un silencio profundo y la cerradura de viento permaneció quieta lo que pareció una eternidad. Raissana llegó incluso a pensar que se habían acobardado ante su tono autoritario. ¡Si no eran más que sombras rastreras, le tenían miedo!

Nuestro señor no quiere hablar contigo, vieja estúpida —ladró entonces la primera voz, pero muy bajito, casi por obligación vergonzosa.

Raissana rió sintiéndose fuerte. Era capaz de todo y más. ¿Y ese era el terror de los tenebrii? Si una anciana podía hacerles frente y derrotarlos sólo con palabras, qué no podrían hacer entonces los Señores de los Vientos y la reina Titania…

El fuego fatuo latía cada vez más deprisa, creaba halos de sombra y luz sobre el suelo de miles de teselas con las aves que representaban a las grandes reinas de Airïe, y todas parecían mirarla con sus ojos fijos y brillantes. El aire de la biblioteca estaba cargado de electricidad estática, casi podía chirriar de tensión. Sólo tenía que abrir la cerradura y vencer a aquellas sombras cobardes y pusilánimes —rió ella por dentro —. Entonces volaría al Reina Katrina y les mostraría a todos lo que había sido capaz de hacer, y ya no se marcharían sin ella, no la dejarían sola.

Su mente comenzaba a abotagarse en medio de su ensueño. Las manchas negras crecían ya por su cuello en dirección a su barbilla, pero no las sentía, no le dolían ni siquiera veía ya el tamaño que tenían. Sólo sabía una cosa: iba a derrotarles, tan fácil como contarle un cuento a una niña.

Su boca se abrió casi sin querer y fue entonces cuando se dio cuenta con terror de que ya era demasiado tarde. Las palabras de viento resonaron una última vez en la cámara circular y el fuego azul en su mano se apagó. Los libros gimieron en las estanterías, parecieron chillar con el aleteo de sus páginas mientras caían al suelo en una lluvia sin final, y un alarido de triunfo retumbó en sus oídos antes de que la oscuridad se la tragara.

Sonó un chasquido metálico y el aire se llenó de olor a orín y hierro quemado. Pero Raissana ya no veía nada, ya no sentía nada. Las miles de velitas encendidas se agitaron, pero ninguna se apagó. Ni una sola. Si alguien en los barcos estaba vigilando, si esperaban la señal que les alertarse del peligro, nunca se produciría.

—¿Querías verme? —susurró una voz en su oído, dulzona y cálida como la melaza podrida—. Permite que me presente. Soy el príncipe Prudence, Prud para los amigos —se separó de la anciana para mostrarle su cara afilada y victoriosa—. Soy la Sombra de los valientes, señor de los temerarios, de los sabios y los cultos, de todos los que se creen más listos e inteligentes que nadie. Soy el señor del orgullo y la soberbia, pero también de la estupidez, querida amiga…

Se arrastró por el suelo alrededor de la figura de ella, que parecía una estatua abatida y sin vida, sin embargo, la sombra de la mujer se alargó con una mueca perversa. Luego se fundió con la del príncipe tenebrii y él pareció suspirar.

—Podría darte las gracias, pero no lo haré. No has sido lo suficientemente lista como para llamar mi atención —rió la sombra dirigiéndose al exterior de la biblioteca—. Estaré fuera, cielo. Deseo disfrutar de la brisa de mi nuevo reino.

Y se marchó.

La mujer que fue Raissana se sintió desesperada y trató de ir tras él, suplicante y llorosa, pero ya no le encontró. No quería estar sola. No podía abandonarla él también. Ya no flotaba, ni siquiera se acordaba de que antes podía volar. Su figura marchita se arrastraba sobre las baldosas del suelo y a su alrededor todo era sucio y corrupto. No había belleza, los vientos traviesos no le revoloteaban los cabellos, los ángulos del palacio parecían equivocados, con esquinas crueles y ojos que la espiaban.

El corazón le dolía al igual que los huesos, y su mente le chillaba constantemente una sensación de culpa que nunca la dejaría descansar. Pero allí estaba, reptando por las calles vacías de Silveria en dirección a los grandes sillares de piedra del puerto, con una decisión y una ferocidad como nunca antes, cuando era… cuando quiso…

Pero ya no se acordaba de quién era ni qué quiso.

El viento carroñero levantaba nubes de polvo hediondo y por todos lados aullaban las risitas desquiciadas mientras la isla de Silveria se iba apagando poco a poco y su brillo diamantino se volvía gris ceniza.

Lejos, más allá de las grandes escalinatas con sus esfinges de piedra y las avenidas etéreas de puentes colgantes, la flota de barcos se mecía con los últimos vientos, y sus maderas parecían crujir con algún dolor interno mientras la calma densa y angustiosa se iba adueñando poco a poco de los oscuros pantalanes, igual que una enfermedad contagiosa e imparable.

Al llegar al cortado de rocas, la mujer miró hacia atrás, hacia la afilada Torre de los Vientos que permanecía silenciosa y amenazadora, iluminada por las velitas como un faro de maldad. Creyó ver vagas formas tras los cristales azules, figuras que parecían bailar al ritmo frenético de una melodía discordante.

Entonces se volvió hacia la flota, hacia el muelle solitario. En su cabeza, las viejas palabras de un poema olvidado empezaban a cobrar sentido, mientras los ríos de sombras fluían bajo sus pies y saltaban al vacío, deshaciéndose en humo sucio que lo contaminaba todo.

Y allí, sumida en aquel filo helado de soledad y muerte, quedó ella. En el borde del acantilado se recortó su figura contra la noche, con las risitas y las voces siniestras murmurando dentro de su cabeza. Y allí permaneció, con sus manos estiradas y los huesudos dedos tratando inútilmente de alcanzar los barcos silenciosos, eternamente riendo, pero sin jamás sonreír.

***

Titania también oía voces.

Pero eran voces muy reales, y le estaban dando un fuerte dolor de cabeza.

De hecho, se arrepentía por segundos de haber convocado a los Señores de los Vientos y a los maddins de las islas en el Reina Katrina, para exigirles explicaciones. Todo el mundo estaba loco allí. El reino entero de Airïe le parecía absurdo y desquiciado, con aquellas corrientes desagradables que continuamente cambiaban de dirección y crispaban los nervios. Sin duda era por eso que el carácter de aquellas gentes era también demasiado desorganizado y caótico. Necesitaban una mano fuerte allí, alguien que les pusiese en su sitio y devolviese la paz a aquella locura funesta.

Pero claro, en realidad el error había sido suyo.

Por haber confiado en aquellas sonrisas de bienvenida de Lord Vardarac y del Barón de Tramontana, y en la disposición animosa de los maddins. No eran sino la calma que precede a la tempestad.

La habían escuchado con respeto y seriedad. Incluso con demasiada seriedad, según podía entrever en la cara sibilina de Lord Ho. Aquel hombre taimado guardaba sus manos en las amplias mangas de su túnica negra como si tuviese siempre una daga escondida.

Titania les pidió explicaciones sobre por qué estaban evacuando las islas de Londres, Catay y Johanna utilizando los mejores barcos, los más fuertes y rápidos, abasteciéndolos con comida y mercancías que pertenecían a los humanos y al pueblo de Airïe por igual, sin haberla informado a ella. Sin siquiera haberles hecho saber que estaban zarpando en solitario, como si tuviesen la intención —y por supuesto, bien sabían los dioses que aquello no era así, a Titania no le cabía la menor duda—, de que quisieran traicionarlos y dejarlos a su suerte.

Y cuando Lord Drake pareció que iba a ensayar una disculpa, con sonrisa cálida y diplomacia exquisita, el maddin de Catay apenas suspiró, apenas movió los labios, pero en el silencio del salón sonó su voz cínica y sibilina:

—¿Desde cuándo los maddins tenemos que dar explicaciones a las hadas?

Y aquello fue el detonante.

Lord Vardarac se puso en pie de un salto y cogió al nemhirie por el cuello, amenazándole con un puñal descomunal que había sacado de no se sabía qué bolsillo de una de sus capas de lobo, con una rapidez asombrosa. El humano, ya de por sí pálido, se puso amarillo como un limón.

—¿Qué palabra has dicho, comadreja? —le espetó con las barbas violetas electrizadas y la cara roja de colapso.

—Calma, compadre —intentó aquel otro galán de pacotilla que se hacía llamar a sí mismo Barón de Tramontana, y que Titania supiera, ni en las casas reales ni en la genealogía de Faerie nadie le había concedido tal título ni tal honor.

Pero al parecer, aquella montaña viviente no tenía ganas de calmarse. Y en verdad ella le comprendía. La palabra “hadas” también la sacaba de quicio. De hecho había estado a punto de emprender su propia batalla sangrienta contra la shilaya Violeta cuando, noches atrás, la anciana se había empeñado en provocarla.

La reina de Lunarïe se aferró con fuerza a su trono de ébano mientras Lady Notos, que al parecer se hacía llamar a sí misma “Perla del Sur”, intervino a gritos sin que nadie le hubiese pedido su opinión. El propio Lord Drake, tan comedido y educado, sacó un pistolón de sal que hizo girar peligrosamente, con una sonrisa provocadora. El vocerío alcanzó cotas desorbitadas en menos de un minuto, y todos, incluidos guardaespaldas y servidores que atiborraban la sala, sacaron hachas y machetes por todos lados.

Miró a Oberón de soslayo por si el rey de los duendes tenía la intención de poner paz en la trifulca, pero su marido, junto a su querido amigo Zërh, parecía tremendamente divertido e interesado en la escena. Titania estaba segura de que, si le hubiese dejado a sus anchas, Oberón hubiese organizado algún tipo de combate con apuestas, o cualquier concurso descabellado.

Se apretó la frente con sus dedos delicados. La cabeza le dolía. Estaba ya muy cansada de cargar con todo aquel peso y la enorme responsabilidad sobre sus espaldas, sola, sin ninguna ayuda. Era demasiado lo que tenía que sufrir, no iba a poder soportarlo más. Añoraba la paz y la oscuridad de Lunarïe como nunca en su vida, y por un momento trató de recordarse a sí misma tendida en su diván del salón de música, con la calma silenciosa y la noche dulce entrando a raudales por las grandes ventanas. El griterío quedó atrás, casi se perdía a lo lejos en los silenciosos corredores de Nictis. No era más que el murmullo de los riachuelos que fluían hacia el lago de Altaïr. Nada más.

Y cuando ya su mente volaba olvidando todo aquel reino tan ruidoso y repugnante, la piel entera se le llenó de pinchos, como carne de gallina, y abrió los ojos sobresaltada. Ante ella, Vardarac estaba a punto de pegarle un tiro a Lord Drake, mientras que aquella mujer humana horrible que había tenido la desvergüenza de casarse con él, tiraba de la manga de su abrigo entre gimoteos, y el otro humano que era el Señor del Oeste, reía con una risa cínica mientras afilaba su espada con una piedra y su halcón aleteaba frenético en el hombro.

Pero nada de aquello importaba ya. Se puso en pie despacio, con los ojos muy abiertos y el terror arañándole la garganta.

—¿Qué ocurre, mi reina? —susurró Oberón a su lado, pendiente de todos sus deseos en cualquier momento, aunque ella estimase que sólo le importaban las fiestas y las chanzas.

—Hazles callar, por favor —contestó ella en tono bajo y la mirada perdida en algún punto más allá de las cristaleras del transatlántico.

Y sin más palabras pasó por entre los contendientes igual que un velo de seda, y subió los peldaños de la escalinata hacia la cubierta del barco. Debía comprobar algo, y tenía que hacerlo ya.

El frío de la noche le cortó su piel pálida pero ni siquiera lo sintió. La isla de Londres bajo sus pies centelleaba con sus avenidas humanas, perfectamente rectangulares y ordenadas, mientras que la zona portuaria permanecía en un incómodo silencio, a la espera de las negociaciones con los maddins para que no partiesen más barcos.

A lo lejos, la ciudad de Silveria permanecía a oscuras, quieta y fantasmagórica como un lugar perdido en un sueño. Y la única luz, amarillenta y pequeña, brillaba a lo lejos en una de las estancias del castillo. En principio no había nada que temer. Todo estaba en orden y el ama de cría seguía con su misión de vigilancia. Al parecer no había sido más que una sensación sin fundamento.

Y sin embargo…

Sus ojos escudriñaron a lo lejos. Como si así pudiese traspasar las paredes del palacio y ver en su interior. Porque algo le decía que las cosas no estaban bien. Porque no en vano era la reina Araña de Lunarïe, y si en su vida hubiese ignorado sus instintos, haría tiempo que su magnífico reino habría caído en la barbarie. Por eso, además de encomendarle la misión a Raissana, había instalado una Telaraña de la Oscuridad en secreto frente a la cerradura de viento en la biblioteca, sin que lo supiese nadie, ni siquiera la anciana. Y le pareció que uno de los hilos se había movido, al menos eso le había chillado la piel y todos sus sentidos.

Luego había vuelto la calma y la tela imperceptible no había vuelto a vibrar. Y la lucecita allí encendida, como una pequeña velita al final de un túnel, permanecía igual que la esperanza en medio de las sombras. Nada había cambiado. El resto seguía en paz y tranquilidad, y los vientos jugueteaban con sus cabellos enmarañándoselos en la cara. Su cuerpo cansado le pedía a gritos bajar al camarote, arrullarse en el sonido de la trifulca de aquellos bárbaros, y soñar con su amado Nictis. Pero su mente le decía que sí, que un hilo de su telaraña se había movido. Que no eran ilusiones. Y por cosas como esa, por no confiar en nada ni en nadie, ella era todavía la reina de Lunarïe.

Y aquello no le gustaba.

Volvió al interior dejando que la angustia la invadiera, y sin darse cuenta, ante la mirada atónita de Oberón, bajó las escaleras a trompicones, de dos en dos.

—¡Hay que salir de aquí! —exclamó con su voz fría de campanas de plata. Solo que el miedo le atenazaba la garganta, ni siquiera podía hablar.

Nadie le hizo caso, sólo Oberón, con su cara asombrada. Todos siguieron peleándose y gritando, e incluso un hacha fue a estrellarse contra una alacena llena de platos y tazas.

—¡Silencio cuando habla la reina! —el rey de los duendes se había puesto en pie y su voz tronó fuerte y rotunda, como si fuese un dios colérico al que la paciencia se le había agotado.

La sala quedó muda de golpe, de forma brutal e instantánea, incluso el halcón pareció agachar la cabeza, acobardado. Vardarac parecía un oso enfurecido con los ojos inyectados en sangre, pero si él, Notos, Lord Ho, o cualquiera de los otros fueron a replicar, las frases murieron en sus gargantas.

—Tenemos que marcharnos ahora mismo —sonaron las palabras ahogadas de Titania—. Las sombras han entrado en Airïe…

—¡Pero qué está diciendo…! —empezó Lord Shaka con tono indudablemente jocoso, pero cerró la boca ante el rostro de Oberón, que le miraba retándole a lanzar siquiera un suspiro.

Titania los contempló a todos, turbada, demasiado cansada para seguir luchando. Ya no era una reina, sólo una mujer llena de miedo.

—Los tenebrii han llegado a Silveria —se acercó con desmayo a Lord Vardarac. Sin darse cuenta, aquella mole le confería sensación de seguridad y resguardo. Igual que Oberón.

—Pero mi señora… —protestó él, nervioso ante la cercanía de su majestad.

—¡Están aquí! —gritó ella aferrándose a las pieles de su abrigo y mirándolo con tal intensidad que el Señor del Norte se estremeció.

La contempló en silencio unos segundos, como un oso que pensase en cómo quitarse de encima a una mariposa sin dañarla, pero entonces Lord Vardarac vio algo en sus ojos, una luz demasiado oscura o tal vez olió el aroma del miedo que destilaban sus poros… Y de pronto asintió. Lo que fuera que vio en el rostro de la reina lo convenció del todo.

—¡Partiremos con la alborada! ¡Levamos anclas! —gritó a todo pulmón como si estuviese en el puente de uno de sus drakkars, en el desfiladero de los Matanusks.

—¡Pero qué dices, imbécil! —le espetó Lady Notos dispuesta a iniciar una nueva pelea—. ¡Te habla una reinezuela cualquiera y pierdes el culo por obedecer!

La sala entera entró en frenesí. Ho y Drake se pusieron de pie a la vez reclamando explicaciones. Ohagär, el capitán Etesian, permanecía junto a Libis con el ceño fruncido, sin declararse a favor o en contra, y el que más dudas parecía tener era el Barón de Tramontana, que no sabía si posicionarse junto a su amada o junto a su compadre.

—Äüstru y Ojo, a los barcos —ordenó Vardarac sin inmutarse ante el caos—. ¡Zarparemos al amanecer!

Sus lugartenientes se aprestaron a obedecer sin asomo de duda, corriendo hacia las escalinatas para salir a la cubierta.

—Ya no hay tiempo —negó Titania sintiendo que todo se precipitaba, que el destino caía como una avalancha imparable y que sus calculados planes se perdían para siempre jamás—. Tenemos que irnos ya. En este mismo barco.

—¿En este barco, señora? —repitió el Señor del Norte, consternado.

Porque jamás había conducido un navío igual, ni tan grande ni tan distinto a su flota de ligeros drakkars. Y se notaba la cara roja como un tomate al tener que reconocer su poca destreza en tal empresa.

—Yo lo haré —de repente el Conde de Libis se puso en pie con gesto calmado. El ave en su hombro apenas se movía, ni siquiera un chillido de inquietud—. Es un barco humano. No puede ocultarme sus secretos.

—¡Avast! Y yo os ayudaré —se unió el Pimpollo dando un fuerte puñetazo en la mesa.

—Yo también —susurró Notos mirando al Barón de Tramontana con devoción.

El silencio se hizo patente unos instantes. Los cuatro Señores de los Vientos estaban de acuerdo al unísono por primera vez y se miraban entre ellos con cierto asombro respetuoso, pero también inquietos, como si todos esperasen una palabra que los guiase, una orden para ponerse en movimiento sin quedar ninguno por encima del otro.

—Bien, bien —Lord Ho interrumpió aquel momento sagrado y se frotó las manos dando todo por hecho y aceptando la situación sin oponer más resistencia—. ¿Entonces vamos a zarpar ya? Si no queda más remedio iré a elegir un cómodo camarote para la travesía. ¿Hacia dónde tiene previsto su majestad conducirnos en esta locura…?

Titania se giró hacia el maddin de Catay, poderosa y terrible, con los ojos como ascuas. Su voz fue como un látigo oscuro.

—¿De repente os habéis olvidado de vuestros súbditos, Lord Ho? ¿Tan poco os importan cuando llega el verdadero peligro? —la sonrisa de ella era severa e implacable—. No partiremos de aquí sin los que están todavía en tierra esperando en el puerto de la isla. Aquellos que vais a abandonar mientras aguardan vuestras palabras y vuestras decisiones ¿entendéis, asquerosa comadreja nemhirie? —el maddin palideció ante sus palabras, pero Drake y Shaka la contemplaron asombrados —. Aunque tenga que estrellar este barco contra Londres, subirán todos los malditos humanos que puedan antes de que nos marchemos.

La cara del hombrecillo fue una máscara amarga, como si hubiese chupado un limón podrido. En ese momento las puertas de cristal que conducían a la cubierta se estrellaron contra las maderas de la pared.

—¡Milord! —la voz de Ojo de Toro reflejaba angustia desde lo alto de las escaleras—. ¡Tenéis que ver esto!

—¡Pimpollo, Libis, id al puente a poner en marcha este trasto! —les ordenó mientras zumbaba escaleras arriba seguido de la nemhirie llorona, Oberón y Zërh, y de nuevo la reina Titania se asombró al contemplar aquella tonelada de carne y barbas correr ligero y ágil como una pluma.

—¡Por el Gran Barbacoa! —escuchó su exclamación al llegar a cubierta y poco después el grito histérico de Lord Ho exigiendo soltar amarras, igual que una rata atrapada contra la pared.

Ella casi podía ver la escena sin salir del gran salón. Los ríos de sombras fluyendo por la ciudad, dispersándose en los vientos, comiéndoselo todo a su paso como enjambres de insectos negros imposibles de parar.

En ese momento, con un crujido horrible y el vaivén de un terremoto, el gran transatlántico se puso en movimiento después de casi cien años de quietud, y fue como si el alma del barco llorase de dolor, con el sufrimiento de unas calderas apagadas y viejas, a las que se les exigiría ahora un terrible rendimiento sin piedad alguna.

La gran lámpara de cristal cayó al suelo, y el mobiliario entero del salón salió despedido en medio del temblor general cuando el navío cabeceó hacia abajo, igual que un coloso gigantesco hundiéndose en el agua a toda velocidad.

Titania creyó que las vigas se partirían por la mitad y la bóveda saltaría en mil pedazos sobre su cabeza, en medio del restallar de las maderas y del temblor de las grandes planchas de metal. Estaba segura de que el peso sería imposible de dominar ni con toda la habilidad de los cuatro Señores de los Vientos juntos, y que el enorme barco caería en picado hacia la tierra de Londres, para estrellarse y saltar hecho añicos.

Y entonces ocurrió el milagro. Lenta y suavemente como un rio de seda, el Reina Katrina se elevó poco a poco y avanzó despacio, rasgando la noche igual que una tela delicada. La reina se sentó sobre la silla de ébano, exhausta, tan cansada de los nervios que parecía que hubiese levantado ella misma el barco con sus propias manos. Por un instante se dejó mecer en el arrullo cadencioso de aquellos motores nemhiries mientras pensaba que habían conseguido ponerse a salvo, al menos de momento. Ahora no podría permitirse ni una tregua en su mente. Iban a saltar a Solarïe en medio de unos planes tan precipitados y forzados que ya nunca más habría tiempo para darles vueltas ni ajustarlos. Ya todo dependería del azar, algo que detestaba con todas sus fuerzas, y entonces se enfrentaría por fin a su enemiga, la reina Maeve…

El murmullo acompasado la devolvía de nuevo al sopor y a su sueño de Nictis, a los salones fríos y a la noche perfumada, solo que ahora no estaba segura de que Lunarïe fuese lo más importante de su vida. Había otra cosa a la que ella jamás había prestado atención de verdad, y ahora le daba vueltas una y otra vez…

De repente levantó la cabeza, extrañada. Aquella no era la dirección correcta hacia las dársenas de Londres ni el barco estaba descendiendo a los muelles, sino todo lo contrario. Ganaba en altura cada vez más rápido.

Salió a los pasillos y no encontró un alma. Nadie que le explicase qué estaba sucediendo y por qué se le estaba desobedeciendo. Avanzó despacio y en silencio hacia la proa, hacia donde estaba el puente de mando. Desde la distancia distinguió la voz de Drake que parecía tratar de negociar algo, y otro tono, el del Barón de Tramontana, que farfullaba lleno de angustia.

—La mataré —sonó entonces la voz chillona de Lord Ho—. He dicho que pongáis el barco a toda máquina o juro que la mato. Sabéis que soy capaz de hacerlo…

—Ego os implora —pedía el Pimpollo, tan compungido que daba lástima—, os suplica la merced de un intercambio. Mi pobre y funesta persona, por la de la Bella del Sur, que en nada os ha de beneficiar con su muerte. Permitid que atienda sus heridas y bese sus azúreos cabellos…

—Silencio, Pimpollo. Mi paciencia tiene un límite —gruñó el otro, y por el sonido de roce, parecía que Ho se movía contra la pared.

Titania se asomó despacio. El nemhirie aprisionaba contra su cuerpo a una Lady Notos desvanecida, con una fea herida sangrante que le empapaba la camisa blanca, y con la otra mano temblorosa la encañonaba poniéndole el pistolón de sal en la mandíbula. La tensión se cortaba como un cuchillo en aquel silencio violento. Bastaba un sobresalto y aquel miserable le volaría la cabeza a su rehén. El Conde de Libis maniobraba el timón de la nave con expresión crispada, con toda la suavidad que podía permitirse sin poner en riesgo la vida de Notos. Un movimiento brusco, un golpe de viento, y sería el fin.

—Shaka, ayúdame —demandaba Ho la intervención del maddin de Johanna, jadeando por el esfuerzo y la tensión—. Sabes que tengo razón. No hay sitio ni tiempo más que para nosotros. Tienen la flota de barcos, pueden escapar si quieren.

—No lo hagas, Ho —intervino Drake tendiéndole una mano—. Esto te costará la horca, amigo. Déjalo estar.

—¡No! —gritó un segundo antes de que su mirada se volviese vacía.

Y de repente cayó al suelo, desvanecido, con el arma resbalando de su mano inerte. Los otros lo contemplaron asombrados un instante, sin atreverse a realizar ningún movimiento, pero el Pimpollo corrió hacia su amada para levantarla en brazos con lágrimas en los ojos. La cabeza de la mujer se desvió hacia un lado como un maniquí roto. Bajo sus ojos había sombras mortecinas.

Titania apareció por la puerta con gesto serio, impertérrita. Tras unos segundos de duda, Drake y Shaka se inclinaron en una profunda reverencia.

—Ayudadla —indicó con un gesto a la mujer herida—. Llevadla a mi camarote. Yo la curaré con ungüentos de Lunarïe que conozco —y luego se volvió hacia el Conde de Libis—. Tú, nemhirie, da media vuelta y lleva el barco al puerto de Londres ahora mismo.

El hombre asintió y giró el timón con actitud indolente.

—A pesar de que no me gusten sus actos y que le vayamos a cargar de cadenas en la sentina, Ho tiene razón —dijo Drake atando las manos del maddin desmayado—. No cabemos todos en este barco. No habrá provisiones para todo el mundo, moriremos hacinados como ratas.

Cuando giró la cabeza se encontró con el rostro de Titania allí mismo, frente a él, tan cerca que no pudo evitar dar un respingo. En sus ojos negros brillaban estrellas distantes.

—Me da igual tu repulsiva opinión, nemhirie —susurró tan cortante que daba miedo—. No dejaré a nadie a merced de las sombras. No, mientras me quede aliento y me llame Titania. Jamás podría volver a mirarme en un espejo, y te aseguro que con mis propias manos mataré al que intente impedírmelo.

Drake tragó saliva asintiendo y apartó la vista, avergonzado.

El Reina Katrina comenzó entonces su colosal descenso sobre las dársenas de piedra abarrotadas de gente, que contemplaban entre gritos y exclamaciones el espectáculo del transatlántico que se les venía encima igual que un enorme castillo flotante, sin saber qué pensar ni a qué atenerse.

Pero a la reina de Lunarïe, lo que pensasen de ella los humanos le había traído sin cuidado toda su vida. Se marchó de la sala de mando con actitud muy digna, y en cuanto se supo sola y estuvo bien segura de que nadie la veía, corrió por los alfombrados pasillos hacia la salida en la cubierta superior.

Porque después de todo lo que había vivido, después de sentir el aliento de la muerte y la desesperación de las sombras que avanzaban implacables, había descubierto por fin lo que de verdad importaba en su vida. Lo que de verdad quería.

Y entonces corrió por los pasillos para que nada ni nadie pudiese arrebatárselo; para decírselo, para que él oyese de sus labios cuánto le quería antes de que todo llegase a su fin. Y voló rauda hacia Oberón, hacia su abrazo cálido en la última noche de Silveria, y se prometió a sí misma que si los dioses le daban la ocasión, no volvería a sentirse sola en su vida, porque nunca, nunca jamás, volvería a separarse de él.

 

TERCER INTERLUDIO

Esta será la última vez que pueda escribir en mi diario antes de saltar a Solarïe.

El tiempo se nos ha echado encima igual que una tormenta traicionera, nos ha pillado por sorpresa y con las enaguas bajadas, como seguramente diría mi hija.

Hemos tratado de salvar a la mayoría de los humanos de la isla de Londres, pero aún así sé que muchos más se habían escondido en sus casas, esperando una señal que ya nunca llegará. Esos que quedaron atrás y muchos otros ahora están atrapados, si no algo peor.

El capitán Etesian, Ohagär como le llaman aquí, se ha atrevido a desobedecerme y ha salido con sus hombres en busca de supervivientes, aunque le he insinuado… bien, no le he insinuado, le he gritado a las claras que era un suicidio. Probablemente nunca les vuelva a ver. Sin embargo su comportamiento heroico me provoca extrañas sensaciones.

Cierro los ojos y me imagino a mi misteriosa adversaria mirándome con intensidad, casi con una sonrisa cruel y cínica. ¿Esto es lo que ella espera de mí? ¿Ese es el castigo de Miranda? ¿Ver cómo me voy debilitando y corrompiendo mientras mi mundo se vuelve del revés?

He cambiado tanto que ya no me reconozco. Ni siquiera mi hermana me reconocería, y eso hace que esboce una sonrisa de pesar. Porque es verdaderamente patético hasta dónde he llegado. Hasta el punto en que he preferido salvar a unos nemhiries antes que correr a Lunarïe y defenderlo de los tenebrii con mi último aliento.

Sin embargo, haber salvado a los humanos no me produce ningún regocijo. Los camarotes, los salones y las bodegas están llenos de ellos, de sus gritos y de su hedor a humanidad. Pidiendo comidas, ropas, ungüentos y curas para sus dolencias, pidiendo y pidiendo sin ofrecer nada a cambio. Como niños egoístas que nos culpan de todos sus males.

Y tal vez sea verdad. No fueron ellos los responsables de la llegada de las sombras, pero ahora les pedimos su ayuda, que luchen junto a nosotros, que mueran por nosotros, los que fuimos sus amos y señores durante centurias. Con Ho encadenado en la sentina, pero gritando y exigiendo derechos, sólo se necesita una chispa y la rebelión sangrienta será un hecho consumado.

Y aún así, inmersa en el peligro, aquí estoy en mi camarote, garabateando estas últimas líneas mientras contemplo a lo lejos la ciudad muerta de Silveria, a punto como estamos de cruzar los límites de la penumbra y adentrarnos en Solarïe.

¿Y entonces, qué?

¿Podré enfrentarme yo sola a Maeve, con todo el poder que le ha regalado la hija de Hellia sin darse cuenta? ¿Servirá de algo?

Me miro al espejo con profundas ojeras del desgaste. Ya no veo mi piel cuidada y perfumada, ni mi cabello acicalado hasta la saciedad. Los diamantes no brillan en mi cabeza, ni siquiera para reírse de mí con la dureza afilada de las estrellas. Siento los labios resecos y contemplo las arrugas de preocupación en torno a mis ojos. Incluso veo las primeras manchas de la edad en mis manos.

Noto la fatiga del cansancio pero no puedo dormir. ¿Esto es lo que querías, Miranda? ¿Destruirme lentamente sin posibilidad de escapar? En mis pensamientos corro hacia ella, pero su rostro se escapa y apenas rozo sus cabellos de color azabache. Su risa suena como un río oscuro que se pierde en la niebla y de nuevo allí estoy, sola y vacía, pero a la vez llena de amargura y frustración.

Vuelvo a la realidad de los lamentos nemhiries que resuenan por los pasillos y el motor constante del barco que molesta como una aguja despiadada, y ya no sé si es mejor vivir en el presente, o en el amargo pasado de mi reino.

Porque vamos a luchar en una guerra sin sentido contra el pueblo de Solarïe, vamos a enfrentarnos a la bruja blanca tan sólo para ganar tiempo. Un tiempo precioso que se escapa como el aire entre los dedos.

Ya no hay dudas. El reino de Acuarïe ha revivido de sus cenizas y esa era la señal que estaba esperando. Ya no hay marcha atrás. La shilaya ha conseguido el milagro y ahora mi parte en esta trama es ganar ese tiempo precioso. Tiempo para mi hija y sus amigas, tiempo para que todo fluya correctamente, y en definitiva, tiempo para que la esperanza sobreviva tan sólo un día más.

(Del diario privado de Titania.)