El Corazón de las Sombras
22 La daga del sol
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La daga del sol
Laila se despertó confusa y dolorida, sin saber dónde estaba. A su alrededor el mundo parecía una mancha borrosa de tonos grises y negros, el aire era tórrido y dulzón, empalagoso como el caramelo.
Se movió un poco y fue como si le aserrasen todos los huesos del cuerpo. Al frente había luces distantes, casas y edificios que le daban la bienvenida. Trató de ponerse en pie a duras penas, con un dolor lacerante en los tobillos que la hizo cojear. La brisa era caliente, incitaba a dormir, pero a ella tuvo la virtud de despejarla.
Caminó unos pasos inseguros en la oscuridad, buscando a las otras. Solo que… ¿quiénes eran esas otras? No las recordaba bien. Apenas sombras fugaces, destellos. Los movimientos se volvieron lentos, como si caminase en un sueño pringoso. Un sueño que ella ya había vivido antes en tinieblas…
[Oscuridad.
Muy lejos en lo alto, el sol apenas iluminaba el cortado de rocas grises que caían como una cortina de plomo llena de dientes, y la noche se desparramaba sobre la inmunda ciudad de Throagaär, rebosante de vida. Un destello púrpura, un ojo engañoso que distorsionaba el paisaje opresivo era la única luz, tan siniestra como el aleteo de un cuervo carroñero. Las sombras se deslizaban por la tierra como dedos untuosos, buscando con ansia el aroma de la sangre…]
Y así era todo a su alrededor, exactamente así. Frente a ella se alzaba la ciudad negra, avanzando y replegándose sobre sí misma como si estuviese viva y se extendiese por la tierra y las paredes del precipicio con sus tentáculos sinuosos. Torres retorcidas llenas de ventanales iluminados en rojo, calles de adoquines grises que se perdían en sus entrañas, esquinas que giraban en ángulos equivocados, risitas ululantes perdidas en los recodos…
De repente se dio cuenta de que en la mano llevaba una daga larga y afilada. ¿Pero de dónde demonios había salido? Por el rabillo del ojo notó la presencia de alguien que la observaba fijamente y se dio media vuelta para encararse con ella.
[Aurige miró a Laila con ojos aterrados pero la chica no hizo gesto alguno ni sonrió al verla. La daga en su mano se teñía de rojo.
—Las has matado —la voz de la lunarïe fue un eco entrecortado de horror al descubrir los cuerpos sin vida de Cyinder y Nimphia a los pies de su amiga.
Laila ensayó una mueca que pretendía ser una sonrisa sarcástica. Sus ojos verdes relucían en medio de la penumbra como dos esmeraldas espectrales. Las sombras se movían a su alrededor, sonrientes, llenas de colmillos afilados.
—No puedo creerlo —gimió Aurige en un susurro sin poder apartar la vista de las figuras inertes, las lágrimas surcaban sus mejillas—. Tú no, Laila…
—Sí —confirmó ella con el cuchillo destellando por entre los hilos de sangre—. Y ahora, ya sólo quedas tú…]
—Las has matado —murmuró Aurige con una sonrisa cínica y Laila miró atrás, a las siluetas oscuras que yacían junto a los escombros de un coche oxidado y hecho pedazos—. No puedo creerlo. Tú no, Laila.
—Yo no, ¿qué? —respondió ella sin bajar la guardia—. Yo no he matado a nadie, o al menos no lo recuerdo.
—Pero podrías hacerlo —insinuó la otra con voz acariciadora, acercándose poco a poco—. Aquí podrías tener todo lo que quisieras, lo que siempre deseaste. Mira, ya has empezado…
Hizo un gesto para que Laila viese algo tras de sí y ella se giró con precaución. Y entonces se llevó la mayor sorpresa de su vida. De su espalda nacían dos alas perfectas, oscuras como las hojas de los árboles en sombras, con laberínticas celdillas que crecían en espirales, meciéndose en el aire cálido a la par.
Abrió la boca anonadada, sintiendo un hormigueo que le recorría toda su piel. Allí estaban por fin. Sus alas, lo que siempre le habían negado por la fuerza, lo que su padre y su madre le arrebataron para condenarla a una vida a medias. Las contempló llena de asombro, demasiado aturdida para decir una palabra.
Se volvió a Aurige con la incredulidad pintada en la cara.
—¿Ves? No es tan malo. Al revés, aquí se está mucho mejor…
—No son mis alas —la interrumpió ella apretando la mano sobre la empuñadura de la daga—. Sólo son sombras de alas, nada más. Tenerlas ahora no borra lo que me hicieron y además ya les perdoné por eso. No las quiero. Quítamelas.
Le tendió el cuchillo y el borde brilló con el sol rojo.
—No pienso hacerlo.
—Claro que sí. Porque hay algo dentro de ti que no quiere esto, lo sé. Lo vi en tus ojos. Todas nos hemos librado de la oscuridad… Ya sólo quedas tú.
—¡No sabes nada! —gritó ella, y le arrancó la daga para amenazarla—. ¡A nadie le importa si vuelvo o no! ¡A nadie! Mi madre nunca me ha abrazado, jamás se ha preocupado por mí, pero no tuvo ningún problema en querer a tu hermana y protegerla, porque le recordaba a Miranda, la única que existe en su mundo. Todos los demás no somos sino sombras, ¿qué puede importarle que yo sea una de verdad? Y luego el nemhirie… Se olvidó de mí, jamás me amó —la mano le temblaba y las lágrimas bajaban por sus ojos—. ¿Y tú quieres que vuelva? Nunca.
Laila tragó saliva escuchando sus palabras. Hubiese deseado decirle mil cosas, hablar algo en favor de Jack Crow aunque fuese mentira, o contarle que había visto en Titania una preocupación por ella tan grande que ni Lunarïe entero, ni la propia Miranda, hubiesen podido aliviar jamás. Pero sabía que Aurige no iba a creerla, sobre todo porque no quería creerla.
—Las cortaré —murmuró la lunarïe con la cabeza agachada—. Y después marchaos. Quiero que os vayáis y me dejéis sola de una vez.
Se acercó y seccionó las falsas alas de un único tajo, tan fácil y rápido que Laila tuvo la sensación de que jamás habían existido en verdad. No notó nada, ningún dolor ni lástima, y se asombró porque ni siquiera tuvo la sensación de pérdida. Entonces las alas se derritieron como aceite viscoso, y se escabulleron para perderse entre los adoquines.
Y de repente la sensación pegajosa desapareció, el mundo de tonos borrosos pareció aclararse como si se hubiese arrancado una capucha sucia de la cara. Los recuerdos volvían, ya no flotaban lentos y desquiciantes.
Entonces revivió todo lo sucedido: Nimphia lo había conseguido, con su varita mágica había dominado a los vientos tenebrii cuando todo parecía perdido y había hecho flotar el Mustang hacia abajo hasta posarse en la tierra. Luego las fuerzas le fallaron y perdió el conocimiento, agotada. Cyinder cuidaba de ella y Aurige abandonó el coche sin dirigirles la palabra.
Laila había salido en su busca, no iba a permitir que se marchase. Conocía a su amiga y sabía que aquello había supuesto algún tipo de fracaso para ella. No poderlas convencer, ni siquiera por la fuerza o el miedo, ni con sobornos. Debía sentirse muy humillada, y ahora que por fin había destapado sus sentimientos, la cosa era todavía peor.
Aún así Laila no iba a ceder en su idea. Tenía que encontrar un medio, fuese cual fuese para hacerla recapacitar, y se devanó los sesos buscando una solución. Tal vez, si conseguían llegar al Templo del Amanecer con todos los objetos sagrados, las sombras se retirasen y Aurige volvería a ser normal…
Los ojos se le iluminaron. Sí, esa era la respuesta. Sentir lástima ahora no solucionaba nada, al revés, no hacían más que perder el tiempo allí. Miró a su amiga con ojos entrecerrados antes de volver con Cyinder y Nimphia. La salvaría de las sombras, quisiese o no.
Cuando regresó junto a las otras, descubrió que miles de sombras reptaban por entre sus pies y las rodeaban por todos lados, las observaban desde el pavimento con ojos burlones o tal vez crueles. Susurraban risitas malignas y les decían cosas oscuras que resonaban en sus oídos como tizas chirriando contra una pizarra. Laila caminó a trompicones. Tan sólo con pensar en pisarlas sentía un escalofrío. Sin embargo no las atacaban ni presentaron ningún gesto hostil.
—¿Qué ocurre? —preguntó Cyinder alarmada, observando todo con los ojos muy abiertos. En su regazo, Nimphia comenzaba a despertarse.
—El rey quiere veros —murmuró Aurige a sus espaldas, sin levantar la vista del suelo.
—Entendí que preferías estar sola. ¿Has cambiado de opinión? —empezó Laila con una sonrisa cálida, llena de esperanzas.
—También quiere verme a mí —la desencantó ella—. Tengo que obedecerle.
—Claro que sí —Cyinder apretó los puños con rabia—. Obedécele, compórtate como una esclava. No eres ni la sombra de lo que fuiste…
—¡Y qué puedes recriminarme tú! —se encaró ella.
Luego cerró la boca y las miró a todas con un destello de odio antes de darse media vuelta y alejarse en solitario. Laila agachó los hombros desalentada.
La ciudad de Throagaär se abría ante ellas como una rosa oscura de la que emanaba aquel perfume, dulzón y a la vez podrido que aplastaba sus sentidos y embotaba la cabeza. Las riadas de sombras seguían creciendo según avanzaban, como una fiesta gigantesca en la que todo el mundo se relamía ya con el final. Las perseguían deslizándose por los suelos, abriendo ojos en las paredes, formas vagas que se reían de ellas con sus risitas alucinadas y que les tiraban de los pelos para luego salir corriendo. Al parecer no podían hacerles daño, ahora eran las invitadas del rey tenebrii, pero en ningún sitio estaba escrito que no pudiesen intentar un mordisquito, o dos.
Las mansiones tenebrosas parecían apartarse a su paso como si tuviesen vida propia, los árboles desfigurados se retorcían con sus ramas llenas de dedos derretidos, y les mostraban una amplia avenida que conducía hasta el desproporcionado castillo lleno de torreones, ventanales iluminados y rastrillos. Todas miraban hacia las alturas con profundo temor, y no se dieron cuenta de que Aurige se iba quedando rezagada tras ellas. Las torres parecían venírseles encima como bocas desdentadas, figuras fantasmagóricas surgían del suelo arrastrándose sobre múltiples brazos, incluso ghüls y horripilantes ratas que les mostraban sus dientes al pasar. Toda una multitud abominable, eternamente riendo, pero sin jamás sonreír.
Laila sintió la mano de Cyinder apretar la suya con fuerza. El corazón le latía violentamente. Ella también estaba muerta de miedo, completamente segura de que jamás podrían ya salir de allí.
***
Fortia se encontraba en la encrucijada más difícil de su vida.
Desde siempre, tomar decisiones le había importado muy poco. Simplemente no las tomaba. Dejaba que el destino siguiese su curso sin enfrentarse a ellas ni sus consecuencias. Para eso era una Fortia, la sombra del Valor. La desidia, el no arriesgarse ni molestarse jamás en algo que requiriese un esfuerzo y el simple “mirar hacia otro lado”, eran sus preciadas cualidades que defendía por encima de todo. Enfrentarse a las cosas era una aberración trabajosa, y además no servía para nada. El glamour, la distinción y la alta sociedad tenebrii exigían “no hacer”, no ensuciarse las manos ni asumir penosas responsabilidades, y Fortia se consideraba a sí misma una diva muy por encima de sus toscos hermanos.
Solo que ahora se le presentaba una odiosa disyuntiva: marcharse y reclamar su trozo de Faerie, o permanecer junto al rey Vorian. Por primera vez tenía que tomar una decisión.
Por un lado, sus vasallos estaban tomando posesión de un mundo precioso, todo de oro y soles, y eso era verdaderamente glamuroso, digno de una reina. Aunque todavía no habían logrado arrancárselo del todo a aquellas asquerosas hadas que se resistían, y sus huestes reclamaban la presencia de la mismísima princesa Fortia como ayuda, o si no, simplemente se lo quedarían ellos.
“Un asqueroso chantaje” —había pensado, enfurecida.
Y por otro lado estaba Vorian.
Las sombras no entienden de amar, pero saben de intensidades. Y el rey evocaba en Fortia exactamente eso: cosas intensas, demasiado profundas y que jamás había sentido. Solo que el rey se había casado sin contar con ella. La había despreciado por una de aquellas hadas aborrecibles.
Siguió deslizándose por las callejuelas hacia la gran columna de luz malva que se elevaba a las alturas. Por su lado pasaban ríos de sombras hacia algún sitio concreto pero ella no se percató porque seguía ensimismada en su idea. Ya había tomado su decisión. Se marcharía, y cuando volviese convertida en la reina del nuevo mundo, Vorian la miraría con otros ojos. Entonces él le suplicaría fundir sus sombras y ella aceptaría de inmediato y se rendiría a sus pies, por supuesto. Para eso era una Fortia.
Avanzó hacia el radiante haz de luz y entonces pensó por primera vez que le resultaban molestos tantos plebeyos empujándola en dirección contraria. Le impedían caminar en su mayestática dignidad, y cuando iba a devorar sin piedad a un par de jóvenes Devios que la habían pisado, sus palabras afiladas se le clavaron en la cabeza.
—Es la hermana de la reina…
—En palacio… la hermana de la reina…
La frase se repetía por todas partes y Fortia se quedó paralizada. La hermana de aquella niña odiosa que se había casado con su Vorian… ¿Qué querían decir? ¿En palacio? ¡¿En estos momentos?! Pero además, ¿no era la nemhirie que tenía el Corazón de Jade? Fortia recordaba perfectamente su cara, disfrutó de su dolor cuando apuñaló a su madre.
Frente a ella la columna de luz violácea parecía hacerle un guiño cómplice. Volvió despacio sobre sus pasos y fue ganando velocidad según se acercaba al castillo. De repente tenía una nueva oportunidad que no podía desperdiciar. Entregarle a Vorian el corazón sangrante de aquella humana, ver juntos si de verdad estaba hecho de jade… Entonces el rey le sonreiría y todo sería perfecto. Y ya nunca más tendría que volver a tomar ninguna decisión complicada.
***
Los salones del palacio sombrío se agrandaban, las columnas parecían crecer hasta el absurdo y las bóvedas acristaladas filtraban la oscuridad en distintas tonalidades como nunca nadie las había observado. La frialdad se convertía en suave terciopelo, los sonidos chirriantes pasaban a ser cuerdas melodiosas que destellaban en las profundidades. Así era Throagaär para el visitante dispuesto a amar la ciudad y entregarle su vida y su alma para siempre.
Pero Aurige no estaba dispuesta a entregarle nada a nadie. Ya no. El tiempo para amar se había terminado. Murió cuando recibió aquella puñalada traicionera, y entonces se dio cuenta de verdad de lo estúpida que había sido y lo bajo que había caído al permitirse sentir algo por un nemhirie. ¡Por los dioses, ella había sido lunarïe en su vida anterior, debería estar orgullosa! La raza más altiva y fría. El dominio de los instintos y las emociones era pan comido, hasta el punto de no necesitar nada de nadie.
¿Y ahora? Ahora se desprendería por fin de todos aquellos recuerdos que sólo la perjudicaban. Miró al frente, a sus antiguas amigas que caminaban llenas de miedo delante de ella. No la comprendían, vivían ciegas, presas de sus sentimientos más vulgares y no habían querido escucharla. Pues ahora no le importaba lo que les sucediese.
Prefería mantenerse distante y apartada, no dejar que ellas la confundiesen con recuerdos que, desgraciadamente, aún seguían vivos. Adiós por siempre a todos los sentimientos. Pero claro, ¿cómo iba a explicarles que todavía veía la cara del nemhirie por todas partes? Incluso allí mismo, en cada esquina, en las estatuas sombrías…
Y de repente la figura en sombras que le había llamado la atención por su parecido con Jack Crow la cogió del brazo, y ella ahogó un alarido. Él le hizo un gesto para que guardase silencio y la arrastró a un corredor apartado. El corazón de Aurige latía desbocado. No podía ser, era imposible. Él no…
Entonces una luz horrible destelló en sus ojos y lo comprendió todo. Sólo podía ser un sueño infame, una prueba cruel a la que le sometía el príncipe Devio para comprobar si era digna… No había otra explicación posible para aquella especie de alucinación.
—Aurige —le susurró el hombre, y el tono de voz era tan parecido que se le erizó cada centímetro de piel. Pero ahí estaba precisamente la prueba de la trampa. Jack no se acordaba de ella, la había olvidado. Devio no había contado con ese insignificante error.
—¿Qué quieres, nemhirie? —le sonrió recuperando la calma fría a toda velocidad, dispuesta a seguirle el juego hasta el final—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has podido llegar?
—Cazo hadas, ¿recuerdas? Sé esconderme, aunque hay ojos y sombras que ya saben que estoy aquí. Sin embargo no me han apresado, creo que hay algo que les interesa más que yo en este momento.
—Sí, en este momento hay muchas cosas más interesantes que tú, sí.
Jack Crow guardó un silencio denso.
—¿Qué quieres? —insistió ella por fin.
—Necesito hablar contigo, Aurige.
—Qué raro que recuerdes mi nombre, ¿no? ¿Justo ahora?
—Tengo que explicarte muchas cosas —susurró él mirando a todos lados, atento al menor movimiento de la oscuridad.
—Pues no me interesan, la verdad —replicó con desdén—. Ya lo estoy viendo, has venido a buscarme lleno de amor, dispuesto a salvarme de mi destino, o quizás a salvarme de mí misma…
Le mostró las manchas que ensuciaban sus brazos, la enfermedad que la corroía ya sin remedio. En sus labios brillaba una sonrisa sin alegría.
—Ya es demasiado tarde. No quiero que me salves, no voy a volver a casa.
—No, no es eso. No lo entiendes…
—Claro que lo entiendo —rió ella, encantada por la pantomima de héroe enamorado. Todo era maravillosamente real, hasta sentía el pulso acelerado del hombre en su muñeca, y también sus ojos y sus labios eran exactamente iguales a como los recordaba—. Entiendo lo que pasa, a la perfección. Lo he descubierto y te puedo asegurar, desde el fondo de mi corazón, que no te quiero… Jack.
Se echó a reír esperando los aplausos y las felicitaciones por haber superado su examen, pero en los ojos del hombre sólo encontró dolor. De repente se puso seria. La broma no le gustaba, estaba resultando demasiado molesta. Se dio media vuelta y se alejó con paso ligero hacia el salón del trono. Sentía la hiel en la garganta y los latidos demasiado intensos, quizás había sido un error, tal vez por una posibilidad remota… Cuando se volvió para comprobar la terrible duda que la aprisionaba, la figura del hombre había desaparecido.
***
Laila avanzó sobre el corredor de sombras que se extendía ante ella formando una alfombra viva. En un principio había intentado no pisar aquellas manchas negras de ojos y dientes pero le resultaba imposible caminar sin tocarlas, a menos que fuese volando. Con gran cuidado, casi de puntillas, avanzó a duras penas intentando mantener el equilibrio para no caerse. Cyinder y Nimphia caminaban junto a ella sin flotar en el aire. Si había que pasar por aquella prueba asquerosa, lo harían juntas por igual, y Laila lo agradecía en el alma.
La colosal sala del trono se extendía en todas direcciones, una estancia circular de negras columnas y estatuas deformes que subían hacia las alturas, hasta las grandes bóvedas de cristal que filtraban la luz del distante sol rojo y la convertían en claroscuros, formas siniestras cambiantes que las acechaban desde todos lados sin posibilidad de escapar.
Y ocupando la vasta sala, cientos, miles de sombras tenebrii las observaban en silencio, todos iguales, altos y alargados con capas sombrías que les llegaban hasta el suelo… o tal vez eran alas negras, Laila no podía saberlo, imbuidos como estaban en esas siluetas tenebrosas que no dejaban traslucir nada más que ojos ladinos y sonrisas perversas.
En el centro, dos grandes tronos labrados en obsidiana dominaban sobre todos y cada uno de los presentes; infundían por sí solos pavor y reverencia. Desde la distancia pudo observar, anonadada, que en uno se sentaba un apuesto joven de rubios cabellos y sonrisa de porcelana.
¿Ese era el rey tenebrii? ¿El malvado monstruo a quien todos temían? Pero si sólo parecía un chico tímido de ojos tristes incapaz de matar una mosca. A Laila en aquel momento le pareció tan bello como un ángel. Y la gente hermosa no podía ser malvada, ¿verdad?
Entonces vio a Nïa apartada del trono, bajo las escalinatas, y creyó que el corazón iba a salirle volando por la boca. Su hermana estaba allí mismo, por fin. Rodeada de un halo de fuego protector, parecía encontrarse perfectamente, igual que como ella la recordaba. De hecho, la miraba con sus propios ojos y Laila se dio cuenta de que era la primera vez que los veía sin las vendas.
—¡Laila! —la saludó, pero no se movió de donde estaba ni tuvo intenciones de salir corriendo a saludarla.
Sonreía feliz, pero Laila se sintió un poco extraña… tal vez desencantada. ¿Por qué no venía hacia ella? Ninguna sombra tenebrii podía detenerla con la corona de Firïe en la cabeza, pero la niña no se movió ni una pulgada.
—Laila, Laila, Laila —sonó entonces una voz pastosa y burlona, y ella se dio cuenta de que aquel tono desagradable provenía del rey tenebrii, el mismo que ella había tomado por un joven perfecto momentos antes—. Estoy harto de escuchar ese nombre. ¿Se puede saber qué tienes de especial, humana?
Y se levantó del trono con una mueca de desprecio que afeaba sus rasgos. Se acercó a las chicas y husmeó el aire como un perro.
—Ah, la reina Serpiente… la nueva, claro. Y también la reina Papillón —se acercó a Cyinder con ojos golosos pero ella apartó la cara—. Cuánto honor entre mis viejos muros. Celebraría un banquete de bienvenida, pero en realidad apesta a hadas por todas partes, tendríamos que comer con la nariz tapada.
E hizo aspavientos cómicos con el ánimo de empezar una burla. Si esperaba que la sala estallara en carcajadas y risas cínicas se llevó un buen chasco. Los Devios ni siquiera se inmutaron y Vorian tomó nota mental de aquella descortesía.
—Y se puede saber, mis preciadas visitantes que ni siquiera habéis tenido la decencia de anunciar vuestra visita, ¿qué deseáis de mi humilde reino? ¿En qué os puede satisfacer este pobre rey que no ha sido digno de la elegante educación de Faerie?
Si alguna se dio por aludida con la burla, no lo demostró.
—He venido a buscar a mi hermana Nïa —se envalentonó Laila, pero la voz surgió de sus labios como un hilillo tembloroso.
—Oh, pero Nïa es mi mujer —sonrió el rey inclinando la cabeza hacia un lado y todas comprobaron con horror las pequeñas boquitas de dientes que se le abrían en la piel, desde la frente hasta el cuello—. Es la reina de Throagaär, y sobre todo, lo más importante, es que es mía y no quiere irse, ¿verdad?
Desde luego que quiere irse —Laila estaba a punto de expresar en voz alta una afirmación tan obvia cuando el aliento se le congeló en la garganta. Su hermana confirmó con la cabeza las palabras del rey y ella la miró horrorizada.
—¿Nïa? —preguntó atónita y dolida, y su tono de voz provocó carcajadas entre la concurrencia.
—Todavía no me voy, Laila —le dijo la niña desde la distancia, casi a gritos.
—¿Ves, humana? Tanto esfuerzo para nada —rió Vorian ante su sorpresa—. Sin embargo, no pienses que has hecho tu viaje en balde. Nos estáis sirviendo de diversión, tú y las jóvenes damas que te acompañan.
No era posible, estaba mintiendo —pensó ella negando con la cabeza—. O tal vez la habían envenenado con alguna droga que la hacía comportarse como una loca, incluso podrían haberla torturado… Pero las brillantes Piedras de Firïe en su cabeza le decían que no. Nadie le había tocado un solo cabello, nadie osaba amenazarla. Era una decisión que había tomado por sí misma. Aún así, Laila dio un paso hacia adelante en su busca.
—¡No! —chilló Nïa, que en ese momento pareció al borde de la histeria. Hasta el propio rey se sobresaltó.
—¿Estás segura de que no está loca? —preguntó Vorian en tono confidencial, y de repente observó a Laila con nuevos ojos, inspirando el aroma de sus cabellos—. Debería haberme casado contigo en vez de esa pequeña víbora sin sentimientos, pero claro, vuestra madre me engañó, era una auténtica serpiente de dos caras.
—¡Déjala en paz! —chilló Nïa con la cara congestionada, los ojos parecían a punto de salirse de sus órbitas, hasta Cyinder y Nimphia tragaron saliva.
—¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer? —de repente Vorian agarró a Laila por sus cabellos y tironeó de ella obligándola a arrodillarse.
La muchacha aulló de dolor con lágrimas en los ojos. De inmediato Cyinder hizo destellar una enorme esfera de luz que hizo que las sombras retrocedieran unos pasos y Nimphia desplegó sus manos formando ristras de rayos que crepitaban con destellos azulados.
—Impresionante —rió el rey de las sombras—, pero inútil.
Sus dedos se estiraron hasta formar cuchillas negras rozando la cara de Laila, hundiéndose apenas en la piel. La chica temblaba de miedo, sus ojos desorbitados contemplaban el filo de uno de aquellos pinchos, al borde del párpado.
—Dime, esposa mía —sonrió Vorian—, ¿quieres salvar a tu hermanita?
—Todavía no —fue la terrible respuesta.
Laila sintió que se le paralizaba el corazón. El mundo se volvió negro cuando el rey levantó su zarpa con cara de hastío.
—Maldita cría loca —murmuró para sí mismo, y descargó el golpe mortal con todas sus fuerzas.
Y en ese momento, dos aspas de luz negra cortaron la carne tenebrosa girando sobre sí mismas, y tras una amplia vuelta regresaron a su dueña. Vorian gritó de dolor soltando a Laila y de inmediato su brazo se recompuso como si no hubiese sucedido nada.
Laila corrió hacia la protección de Cyinder y Nimphia, que contemplaban atónitas a una Aurige seria y altiva que las miraba llena de desprecio. Aún así la lunarïe se reunió con ellas indiferente, formando un círculo espalda con espalda.
—No tengo que dar explicaciones… —empezó.
—Nadie te las ha pedido —cortó Cyinder en voz baja.
—Y esto no significa nada, ni me importáis.
—Lo sabemos, lo sabemos —añadió Nimphia, atenta a las sombras que comenzaban a sisear por todos lados, bajando por las paredes, abriendo sus sonrisas alargadas por donde destellaban las ristras de dientes.
El rey las contemplaba como si estuviese ante un espectáculo de circo, y de repente empezó a reír y a aplaudir.
—Bueno, ha sido muy divertido —palmoteó con cinismo—, pero ya está bien de tonterías. No tenéis nada de hacer, no vais a salir vivas de aquí. Os quedan… ¿diez segundos de vida?
Miró a Nïa.
—Nueve, esposa mía, ocho. ¿No vas a salvar a tu hermana?
—Todavía no —Nïa permanecía quieta como una estatua.
—Siete… tres…
—¿No sabes contar o qué? —replicó Aurige con sus manos llenas de estrellas afiladas.
—Dos…
—¡Ahora sí! —exclamó la niña en voz alta, como si fuese el juego de una fiesta de cumpleaños.
Vorian la miró tan sorprendido que abrió la boca sin querer. La sala entera pareció quedarse congelada.
—¿Te vas a quitar la corona de fuego? ¿Ahora?
—Sí. Es ahora. Exactamente ahora.
—¡No! —gritó Laila.
—Por la Gran Sombra, está loca de verdad —la sonrisa de Vorian era tan enorme que casi le devoraba la cara entera. Los colmillos le crecieron, el rostro principesco desapareció bajo una masa de ojos bulbosos llenos de ansiedad, y se relamió los labios con una lengua glotona.
—¡No, Nïa! —Laila trató desesperadamente de ir hacia ella, a pesar de que Cyinder y Nimphia intentaban sujetarla a duras penas.
Nïa cogió la corona de Firïe con las dos manos y miró a un tenebrii alargado y serio que se apostaba muy cerca de ella, justo en el filo del halo de fuego.
—Es ahora —repitió—. Ella está a punto de llegar.
Y lanzó la corona por el aire en dirección a Laila con todas sus fuerzas de niña.
Las Piedras de Firïe arrojaron destellos ígneos mientras giraban una y otra vez ante los ojos horrorizados de Laila y las otras, y la masa de carne y oscuridad que era el rey Vorian se abalanzó sobre su presa, a la que odiaba con toda su alma.
Y en ese momento, una sombra recién aparecida se deslizó por el suelo a toda velocidad hacia el trono. La princesa Fortia contempló extasiada la corona dando vueltas por el aire, el momento más esperado de su vida.
—¡Vorian! —gritó por todos sus labios sonrientes, y el sonido de sus múltiples bocas hizo que el rey girase la cabeza un segundo.
Un único segundo. El segundo perfecto.
—Déjame en paz, maldita estú…
Y en ese instante, Devio se abrazó a Nïa y ambos desaparecieron.
***
Los océanos del tiempo se abatieron sobre ellos. Devio miró a Nïa sin parpadear con el corazón desbocado. La niña volvía a ser ahora una doncella adulta, le observaba a través de los Ojos de la Muerte, buscaba el pasado, leía el futuro, esperaba una decisión… Y Devio le abrió su alma ya sin reservas, sin secretos. Allí estaba todo lo que él fue alguna vez, todo lo que sería. Y se lo daba todo a ella, se lo entregaba en bandeja, para siempre.
El vértigo de los eones le cortó la respiración. La vista se le nublaba. Los milenios sólo eran destellos borrosos que volaban y se perdían en un cielo infinito.
Y de repente allí estaban. El mismo palacio, el mismo instante. El rey Vorian se encontraba justo en el mismo sitio en el que lo acababan de dejar, y durante un segundo de horror Devio creyó que Nïa le había engañado. ¡Estaban allí mismo, no había ocurrido nada!
Pero entonces se dio cuenta de algo distinto. El rey caía en ese momento al suelo, con los ojos llenos de miedo y un destello de… ¿alegría, orgullo? Y cuando la visión se aclaró descubrió otras diferencias: unas figuras sombrías que empuñaban algo más intenso que los diamantes de fuego, más brillante que mil soles juntos.
La luz le cegaba, le hacía daño más allá de los ojos, solo que no podía apartar la vista de lo que estaba ocurriendo. Era glorioso, era su destino por fin.
En la escena en penumbras, un tenebrii alargado y enjuto empuñaba un cristal radiante, tallado de forma tosca como una pirámide, mano a mano con una sombra llena de ojos ansiosos que reflejaban el temor y las dudas.
El corazón se le paró durante un segundo. ¡Allí estaban! El gran Devio y la Fortia de las leyendas, los héroes del mundo tenebrii que fracasaron en el momento final. Y allí también, frente a él, la Daga del Sol.
Devio contempló cómo su gran predecesor se disponía a hundir el mítico puñal en la sombra de Vorian. Y él estaba allí como privilegiado testigo que escribiría cómo la leyenda se hizo realidad.
De repente comprendió que no podía permitirlo. No se conformaría con ser sólo un vulgar espectador. Nunca. Porque tenía que ser él quien matase al rey, por encima de dichas leyendas, por encima de la historia y el tiempo. Y entonces agarró la mano de su otro yo con fuerza, evitando el golpe final en el último segundo.
El otro Devio lo miró con sorpresa, tan asombrado por su presencia que la mano cedió y el cristal se le resbaló de los dedos. Fue un instante terrible y solemne a la vez, como si el tiempo se replegase sobre sí mismo y se uniese en una espiral interminable.
Entonces el Devio abrazado a Nïa lo entendió todo por fin. La Daga del Sol desapareció en las leyendas, iba a ocurrir ahora mismo porque fue él quien se la arrebató al otro. Fue él quien le traicionó. El cristal radiante desapareció y no volvería a aparecer hasta que se cumpliese el presente. Hasta que el Ojo de la Muerte no le ayudase a rescatarlo en el océano del tiempo.
La luz del cristal le quemaba, le ardía en la mano, pero nada era comparable con el vértigo de los acontecimientos en su cabeza. La sensación de crimen y castigo le asfixió como una marea negra. Ahora despedazarían a aquella Fortia, y el gran Devio huiría hacia el desierto de Karnume para no regresar jamás. Y todo por él. Por su culpa. Porque era un Devio e iba a cometer una terrible injusticia. Por primera vez le pesaba como una losa de mil toneladas.
Quiso decir algo a aquel gran tenebrii que le escupía su traición con la mirada, pero Nïa se lo llevó antes de poder siquiera pedirle perdón. Las olas del tiempo se agitaron en remolinos que estallaron contra las rocas de la realidad, y de repente estaban allí en el mismo sitio, exactamente al lado del rey Vorian del presente, solo que él tenía ahora en sus manos la Daga del Sol.
***
—… túpida —terminó Vorian su frase contra Fortia.
Ocurrió un parpadeo, tan sólo un destello por el rabillo del ojo…
Y en ese momento sintió el dolor más intenso de su vida, la luz de un millón de soles que le quemaba como fuego, le ardía en la sangre y atravesaba su sombra para romperla en mil pedazos. Un resplandor devastador que llegaba hasta lo más profundo de sus entrañas.
Contempló atónito un fragmento tosco de cristal amarillento que se había clavado en su carne sombría, y siguió el recorrido del brazo que lo empuñaba, tan lentamente como si viviese dentro de un sueño.
—¡Ah! —exclamó en un susurró de comprensión al ver a Devio frente a él, serio y terrible, calculador y organizado, sin rastro de piedad.
Vorian cayó al suelo igual que había hecho miles de años atrás. Su sombra se disolvía, su existencia volaba ya hacia la nada, consumida en miles de partículas de luz pura. Tal vez su memoria recordó aquel otro instante, con el gran Devio de las leyendas, justo en aquel mismo sitio.
Tal vez se acordó de él, sí. Pero sus últimas palabras fueron para el Devio del presente, y sus ojos lo miraron con una chispa de admiración y orgullo. Casi se podría decir que moría feliz.
—¡Qué gran traidor! —susurró por fin antes de desaparecer.