El Corazón de las Sombras
24 Un amargo adiós
24
Un amargo adiós
La oscuridad palpitaba a su alrededor. Laila abrió los ojos y durante un segundo no supo dónde se encontraba. La vista se le desdoblaba borrosa y turbia, pero alguien la llamaba desde la distancia, una voz conocida le gritaba su nombre una y otra vez.
En sus pupilas todavía distinguía un maravilloso tapiz hecho de estrellas que refulgían en la noche, pero la imagen se desvanecía, se perdía en la memoria a toda velocidad igual que en un sueño. Ella regresaba de algún lugar muy lejano y las voces eran confusas, palabras extrañas que no entendía.
Un obelisco gigantesco brillaba lleno de estrellas, una maravillosa esmeralda cubierta de espirales labradas que parecía sonreírle con respeto. En su interior brotaban pequeñas flores que se ramificaban y giraban hasta el infinito como la intrincada concha de un nautilo.
—Son las estrellas —murmuró absorta, todavía a medio despertar.
—¡Laila! —le gritó una voz familiar y ella rebuscó en la memoria hasta situarla. Era alguien conocido. Su… ¿Su hermana? Pero si ella no tenía hermanas…
Abrió los ojos y se encontró rodeada de caras extrañas en un lugar fantasmagórico de altas cristaleras llenas de humo. Otra chica de cabellos de color malva la abrazó hasta cortarle la respiración.
—Laila, has vuelto, estás viva —entendió sus exclamaciones, seguidas de una perorata en un idioma desconocido.
Agitó la cabeza con un dolor punzante.
—¿Nimphia? —recordó, y luego miró a todos lados—. ¿Cyinder? ¿Aurige?
—Laila, estás maravillosa —Cyinder la ayudó a levantarse del suelo y la chica comprobó que la solarïe estaba llorando.
—Bueno, no es para tanto —bromeó para quitar la tensión porque Cyinder la había abrazado hasta casi ahogarla—. Al final ha sido una tontería…
Pero de repente se dio cuenta de que ya no se acordaba de lo que había sucedido. Ni siquiera esforzándose lo lograba. Aquello la preocupó más que nada.
—¿Qué me pasa? —preguntó al notar que Nimphia también empezaba a llorar sin dejar de mirarla.
—Al final lo conseguiste, nemhirie —la voz de Aurige sonaba demasiado oscura y contrariada—. Lo que siempre quisiste. Estarás contenta.
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a ti —la agarró de los hombros y Laila comprobó que la piel de su amiga era pálida y limpia, la enfermedad tenebrii había desaparecido—. A toda tu persona…
Le tiró de un mechón de pelo y se lo plantó en las narices con enfado. Laila lo contempló anonadada. Se tocó la cabeza y cogió un grupo de trencitas. Los ojos se le abrieron enormes al descubrir un color rubio, oscuro de los campos de trigo con ondas rojizas que se entretejían como hebras brillantes.
—¡Soy yo, es mi pelo! —exclamó tocándose los cabellos a manos llenas mientras daba vueltas sobre sí misma—. ¿Cómo es posible? ¿Qué ha pasado? ¡Es mi pelo!
—La reina Serpiente pidió su Último Deseo y entonces murió. Se ha ido para siempre —explicó entonces la vocecita de una niña pequeña que acompañaba a una figura encogida entre las sombras.
Laila se detuvo y escudriñó en la oscuridad.
—¿Nïa? —preguntó con los ojos entrecerrados. Había necesitado hacer un esfuerzo para acordarse del nombre de aquella niña.
La niña se acercó despacio, con la Daga del Sol en las manos.
—Hola Laila.
Ella la abrazó con fuerza, pero la chica permaneció rígida hasta que Laila se apartó un poco cohibida.
—¿Qué ocurre? —preguntó notando la congoja—. ¿No te gusta que sea rubia?
—Ya no somos hermanas —contestó Nïa—. Tú eres toda humana, y yo soy… un hada.
—Tonterías, siempre seremos hermanas, no importa de dónde sea cada una.
Nïa tragó saliva. Le costaba mucho seguir hablando.
—¿Y siempre me querrás? ¿Te acordarás de mí? —de repente se puso a llorar y se abrazó a ella con intensidad.
Cyinder ahogó un gemido. Chasqueó los dedos y en sus manos apareció un pañuelito bordado con el que se enjugó las lágrimas.
—Madre mía —rezongó la lunarïe—. Menos mal que no volveré a casa para ver esto.
Miró a Jack Crow, desafiante. El hombre no dijo nada pero en sus ojos se leía una fuerte determinación. Laila tragó saliva al escuchar sus palabras y buscó en Cyinder y en Nimphia alguna ayuda. Ya no sabía qué hacer para convencer a Aurige. La lunarïe insistía en su rebeldía y nada ni nadie la iba a hacer cambiar de opinión.
—Tengo que irme, Laila —Nïa se separó de ella y la miró a los ojos—. Devio está sufriendo, apenas puede soportar ya el dolor.
—¿Estás segura de querer ir con él? Es un tenebrii…
La niña asintió.
—Quiere darte un regalo de despedida. Una prueba para que confíes en él.
En sus manos apareció un libro de cuero con varias piedras preciosas incrustadas en la cubierta. Laila abrió la boca asombrada. Era el libro de Hirïa. Entonces, al mirar al tenebrii, recordó el instante en que lo vio por primera vez. Cuando su propia madre le entregaba el libro que ahora él le estaba devolviendo.
Solo que los detalles eran ya borrosos. Se estaba olvidando de todo a gran velocidad. Escuchó a Cyinder y a Nimphia decir algo y se dio cuenta de que no había entendido lo que hablaban. Las palabras eran casi piezas de un puzle que cada vez encajaban con mayor dificultad en su cabeza.
—Laila —Nïa reclamaba de nuevo su atención y ella trató de liberarse de su angustia, tan sólo debía haber sido un momento de confusión porque de nuevo las comprendía. Nimphia estaba diciendo que había descubierto unos escalones que partían desde los lejanos soportales y que debían darse prisa…
—Laila —insistió la niña depositando el libro en sus manos—. Devio ha añadido a tu libro una obsidiana. Esa era la piedra central original. Te servirá si algún día quisieras venir a verme.
Laila tragó saliva contemplando la cubierta. Era su libro, el que le regaló su padre el día de su cumpleaños, no cabía duda. Faltaba la aguamarina que Tritia destruyó, y el resto de gemas brillaban intensamente. Al contemplar la piedra negra sintió un escalofrió.
—¿Vendrás alguna vez? Nadie te tocará, nadie te hará daño, te lo prometo.
¾ No lo sé, Nïa —dudó con la garganta seca—. Tal vez. A fin de cuentas somos hermanas.
—Hermanas, sí —confirmó la niña con una sonrisa luminosa—. Eso quería decirte, Laila. Como somos hermanas, yo también quiero hacerte un regalo de despedida. Un regalo porque te quiero.
—¿Sí? ¿Y cuál es ese…?
Y la sonrisa murió en sus labios cuando de repente y sin previo aviso, Nïa se volvió tan rápida como una serpiente y hundió la Daga del Sol en el pecho de Jack Crow.
El mundo pareció congelarse en el tiempo. La sorpresa y el horror se abrieron paso como en una pesadilla pastosa. Aurige gritó y el hombre cayó hacia atrás lentamente, todavía sin comprender.
—¡No, Jack, no! —exclamó desesperada, sosteniéndolo en sus brazos a duras penas hasta recostarlo en el suelo.
Él se palpó el pecho y se miró los dedos como en un sueño. La Daga del Sol destellaba manchada de sangre por entre la herida abierta. Los ojos se apagaban, las pupilas se volvían vidriosas. Aurige le movió la cara para despertarlo y besó sus párpados que se cerraban sin remedio.
—¡Quédate conmigo, Jack, por favor! —las lágrimas bajaban a raudales y él intentó alzar una mano para apartárselas—. Yo… Te quiero Jack, no me dejes. Por favor, no me dejes.
—Aurige…
—¡No, no, no! No hables. ¡Nimphia, ayúdame por favor! ¡Laila, Cyinder!
Sus amigas habían volado ya hacia ella pero Laila contemplaba a Nïa horrorizada, incapaz de moverse. La niña había llegado junto a Devio y ambos alcanzaron el borde de piedra de la piscina. Por un momento no supo qué hacer. Tenía que ayudar a Aurige a llevarse a Jack de allí, pero también quería exigirle a Nïa una respuesta por aquella atrocidad. No podía irse así como así.
—Adiós Laila —susurró ella antes de desaparecer en la oscuridad fría.
Y para bien o para mal, ya no pudo alcanzarla.
Cyinder hacía brotar multitud de paños y gasas y Nimphia improvisó unas compresas intentando detener la hemorragia.
—Hay que sacarle de aquí —repetía Aurige, desesperada, atenta a su pulso y a su respiración—. Tenemos que llevarle a Lunarïe, allí le curarán.
—Pues allí está la salida —Nimphia señalaba los escalones de la distancia con urgencia extrema.
—Pero si lo movemos, la herida se abrirá, puede morirse…
—No hay otro remedio, lunarïe. Estamos hablando de segundos, tal vez minutos de vida, no le queda más.
Aurige apretó los labios. Lo rodeó con sus brazos ayudada por Cyinder y Laila hasta incorporarle y caminar paso a paso, subiendo renqueantes escalón tras escalón.
Nimphia corrió hacia arriba sobre los peldaños de cristal en busca de ayuda. Las estaciones se sucedían a su paso, milenios de tiempo o tal vez segundos, no podía saberlo, pero la muchacha volaba como un meteoro a través del firmamento lleno de estrellas.
Y allá en lo alto, tan lejos que parecía de juguete, una puerta luminosa brillaba en la oscuridad. Nimphia soltó una exclamación emocionada antes de lanzarse en picado hacia ella.
La puerta se convirtió en una ventanita redonda, casi como una luna blanca tumbada sobre el suelo. Dos figuritas sombrías destacaban asomadas al borde y, cuando llegó hasta ellas, el agua se rompió en mil pedazos, salpicando por todos lados.
—¡Nimphia, mi niña! —Violeta estalló en sollozos y la ayudó a salir en medio de abrazos y exclamaciones entrecortadas.
—Tenemos que ayudarlas —jadeó ella, presa de la angustia—. Está herido, no queda tiempo…
—¿Quién? —exigió Titania con los ojos muy abiertos—. ¿Quién está herida? ¿Mi hija?
Nimphia fue a contestar pero de repente miró hacia arriba, hacia las bóvedas y el cielo rojo que refulgía tras las vidrieras. Por un segundo creyó haber escuchado una risita entre las sombras del artesonado pero también podían haber sido imaginaciones suyas. Violeta siguió su mirada llena de intriga.
—Las otras están viniendo… —empezó, pero de nuevo escudriñó en las alturas al escuchar otro susurro—. Ahí arriba hay alguien —terminó en voz baja.
La shilaya se preparó de inmediato. La posibilidad de un último ghül escondido en las sombras no la pillaba desprevenida. Lanzó una lluvia de estrellitas a las alturas pero sus ojos se abrieron de sorpresa al ver que las estrellas explotaban una tras otra en el aire.
La reina observó detenidamente las cúpulas. Eso no podía hacerlo ninguna bestia hiena. Una mariposita blanca descendió lentamente desde la oscuridad, flotando despacio y ligera como una pluma. Se posó en la mano de Violeta y de repente echó a arder con un chisporroteo.
La anciana se sacudió la pequeña llamita dando palmadas frenéticas hasta reducirla a cenizas. Miró arriba con aprensión. La risita desquiciada era ya perfectamente audible.
Miles de mariposas aletearon igual que copos de nieve llenando la sala entera. Algunas trataban de posarse sobre ellas, en las columnas y las estatuas… pero sobre todo la riada se dirigió, de manera terrible y calculada, contra las grandes esferas del planetario que giraban sin cesar.
—¡No! —Nimphia gritó y lanzó una tromba de viento que las dispersó apenas unos instantes antes de volver a su objetivo con mayor ferocidad.
—¡Si se destruyen, se cerrará la puerta al Templo del Amanecer! —advirtió Titania escudriñando la oscuridad con ojos sesgados.
Las chispas y explosiones de fuego volaron sobre los orbes como la pólvora. Las grandes cúpulas de cristal estallaron y Violeta hizo destellar un halo multicolor que las protegió de la lluvia de fragmentos candentes.
Un temblor sacudió los cimientos del palacio cuando las milenarias esferas empezaron a explotar una tras otra. La shilaya trataba desesperadamente de frenar el alud blanco, pero era como querer luchar contra una nube de avispas. Nimphia escudriñó el agua desesperada en busca de cualquier signo que indicase que las otras estaban llegando.
—Baja si te atreves —exigió Titania por entre los jirones de mariposas, y la risa cruel aumentó y se multiplicó en ecos como alas de cuervos—. Enfréntate a mí de una vez y acabemos esta burla.
—Hace rato que estoy aquí —sonó de repente una voz terrible tras ella y Titania se dio la vuelta justo para ver unos ojos rojos que bailaban al borde de la locura.
La reina Maeve se abalanzó sobre ella rodeando su cuello con las manos huesudas. Titania sintió que su energía fluía como pequeños ríos hacia aquellos dedos fríos y despiadados, las fuerzas la abandonaban, la vida se escapaba a borbotones. Violeta quiso ir hacia ella, pero una nueva esfera explotó y cayó sobre el estanque salpicando en oleadas. Nimphia apartó con desesperación los cristales rotos que flotaban y ensuciaban las aguas lechosas. No las veía, no lo iban a conseguir…
***
—Necesitamos descansar —pidió Aurige depositando a Jack Crow sobre los peldaños de cristal con gran delicadeza, y aunque se encontraba exhausta, dedicó todo su tiempo a revisar las vendas y la herida.
El hombre de negro respiraba despacio y con gran trabajo. Sombras oscuras crecían bajo sus párpados cerrados, pero al menos la sangre había dejado de manar. Ninguna se había atrevido a tocar la Daga del Sol por si la herida se abría de nuevo, cortando los escasos minutos que pudiesen quedarle de vida.
Cyinder se reunió con Laila un poco más apartada. No quería destrozar aquella intimidad que por fin se revelaba entre dos personas tan opuestas y a la vez tan parecidas.
—Creo que me dan un poco de envidia —le susurró a Laila bajito, sentadas sobre el borde de un escalón—. Pero yo no podría vivir sentimientos tan apasionados, me destrozarían por dentro.
Ella sonrió con cautela. Cyinder le había dicho algo pero la mitad de sus palabras no las había entendido. Se mordió los labios, nerviosa. Sentía un miedo terrible que no podía compartir. Se estaba olvidando de todo. De sus amigas, de Nïa, de todo lo que le había ocurrido en su vida…
Se puso el libro de las gemas sobre las piernas y lo abrió por una página al azar. Las palabras le resultaban ya ilegibles y las manos le temblaron un poquito. Cyinder se dio cuenta y la miró por el rabillo del ojo sin que Laila lo notase.
—Quisiera hacerte un regalo, Laila —tomó su mano y depositó en ella algo con el puño cerrado—. Esto es lo que yo más quiero en mi vida, y quiero que sea para ti, de verdad. No admitiré un “no” por respuesta.
Laila abrió su palma y contempló con sorpresa anonadada un brillante grano de las Arenas de Solarïe, dorado y perfecto, casi parecía sonreír. Miró a Cyinder, impresionada, y ella le devolvió la mirada con gesto solemne.
—Este es el grano de mi madre, y estoy completamente segura de que ella querría que te lo diese.
—Pero… ¿no se lo entregaste al guardián de piedra? —preguntó escandalizada—. ¿Se lo has robado a los mismos dioses en sus narices?
—Bueno, yo soy la capitana del gremio de Solarïe, ya lo sabes —la rubia le guiñó un ojo con picardía.
—Pero yo no puedo aceptar esto —negó Laila, demasiado emocionada.
—Sí puedes. Yo nunca podré agradecerte todo lo que hiciste por mí, Laila. Y quiero que con el grano de Hellia pidas el deseo que te haga feliz por fin. ¿Lo harás? ¿Harás eso por mi madre y por mí?
—Pero… ¿y si se lo dieses a Aurige, o curases a Jack Crow?
Cyinder negó.
—¿No te has dado cuenta? Esa herida ha hecho que Aurige quiera regresar con nosotras. ¿No lo ves? Al nemhirie lo curarán en Lunarïe si conseguimos salir de aquí, no te preocupes.
Laila se giró un segundo para observar a su amiga, que en ese momento acariciaba la frente del hombre con delicadeza.
—¿Tú crees que mi hermana lo hizo por eso? —preguntó esperanzada—. ¿Que no fue porque las sombras la habían corrompido?
—Me temo que nunca lo sabremos, pero en verdad ha sido un milagro.
—Nïa me dijo que era un regalo que me hacía porque yo os quería —rememoró ella sintiendo el corazón acelerado—. Al final no me despedí de ella…
Y en ese momento un temblor sacudió la senda de cristal y todas se irguieron asustadas, mirando hacia arriba en alerta.
—¿Qué ha sido eso? —Laila contempló que en lo alto de las escaleras, muy lejos en la distancia, una ventanita redonda parpadeaba como si estuviese a punto de cerrarse.
El peldaño de cristal sobre el que estaban sentadas se resquebrajó con un sonido siniestro.
—¡Hay que salir de aquí! —gritó Cyinder corriendo hacia Aurige para ayudarla a llevar a Jack.
Laila se puso en pie y el libro de las gemas resbaló por sus rodillas hacia abajo, deslizándose por varios escalones hasta un descansillo a punto de caer por el filo del precipicio. La muchacha corrió a por él y el cristal crujió bajo su peso.
Cuando lo alcanzó se dio media vuelta triunfante y la sonrisa murió en su cara. El tramo entre ella y Cyinder se había astillado, y pequeños fragmentos caían ya hacia abajo, hacia una negrura interminable. Laila se quedó allí plantada con el miedo congelado en la garganta y el vértigo nublándole la vista. Subió un peldaño y las grietas se abrieron como pequeñas estrellas rotas.
—¡Corre, Laila! —Cyinder le gritaba desde la distancia animándola a continuar.
Dio otro paso y una nueva sacudida la hizo tambalearse. La escalera de cristal estalló en el descansillo donde acababa de recoger el libro y toda la senda de peldaños se desmembró perdiéndose en la oscuridad.
Tenía que correr, volar de puntillas, lo que fuese con tal de alcanzar un nuevo trecho seguro. En la distancia Cyinder y Aurige aguardaban con caras desesperadas, y sobre ellas en lo alto, la ventana blanca titilaba a punto de esfumarse.
Entonces un destello en sus manos le llamó la atención. Las gemas del libro refulgían con furia, todavía tenía una oportunidad antes de que llegase el olvido.
—¡Marchaos! —les gritó alzando el libro—. ¡Yo puedo salir, no me esperéis!
Escuchó que Cyinder le gritaba algo que se perdió en el vacío. Sus amigas esperaron un segundo pero otro temblor violento las hizo ponerse en camino hacia el círculo que brillaba como una luna llena.
Laila tragó saliva. Les había mentido un poquito. Las frases del libro eran galimatías incomprensibles que ya era incapaz de leer. ¿Deliphes era la palabra con la que empezaba el cántico? Ya no se acordaba.
Se sentó sola en la oscuridad, sobre un precario escalón que permanecía estable por el momento. En las alturas la luna se había cerrado, Cyinder y Aurige habían desaparecido. Volvió a mirar el libro buscando una solución. En su otra mano el grano de Hellia le cosquilleaba como si estuviese vivo y Laila abrió la palma para contemplarlo.
Podía usarlo para salir de allí, pero… ¿eso era lo que de verdad deseaba? Porque Laila sabía que quería otra cosa, lo supo desde el mismo momento en que Cyinder le dio la perla de Solarïe. Su corazón palpitó un poquito más rápido cuando una nueva brecha se abrió en el cristal a sus pies.
Sí, eso era lo que quería. Y en realidad era lo que siempre había querido, ahora lo comprendía. Se tocó sus cabellos rubios y los contempló con una sonrisa recordando los retazos del pasado. Había llorado amargamente en su vida, pero también había sido feliz, solo que no se había dado cuenta y esos momentos preciosos escaparon como estrellas fugaces. Ahora lo sabía. Sabía lo que quería y no lo iba a desaprovechar.
Apretó su puño con fuerza y pidió su deseo verdadero con los ojos muy abiertos. Cuando abrió su mano, el grano de Hellia se había convertido en polvillo de oro que se dispersó en la noche.
La luz de miles de soles estalló frente a ella, barrió la oscuridad como una ola cuando los peldaños de cristal cayeron hacia el abismo, y Laila cerró los ojos con una sonrisa preciosa y un último pensamiento:
Vuelvo a casa…
***
La reina Titania luchó con todas sus fuerzas mientras Maeve apretaba su cuello con sus propias manos, a punto de estrangularla. Ya no podía respirar, la vista se le nublaba, pero todavía era capaz de ver el odio tan inmenso que aquella demente destilaba a través de todos sus poros.
—¡Has sido tú! —aulló la que fue la reina Blanca mientras sus manos se cerraban dejando surcos violáceos en la pálida piel—. Fuiste tú todo este tiempo, la maestra de las mentiras y las arañas…
—¡Madre! —un grito ahogado sonó tras ellas cuando la última esfera caía en una espiral de llamas y reventaba contra el suelo haciéndose añicos.
Titania se revolvió al reconocer el tono de Aurige, que acababa de aparecer en el lago junto a Cyinder. Maeve levantó la vista con una sonrisa terrible al ver a las dos chicas, y en ese instante, la reina Titania unió sus manos y las separó violentamente frente a su cara.
El vacío negro creció insondable, el aire aulló atraído por aquel tragadero sin fondo. Violeta arrastró a Nimphia hacia atrás, y con su cuerpo protegió a Cyinder y a Aurige mientras todo a su alrededor se precipitaba hacia aquella sima de pesadilla. Las piedras del castillo temblaban, las mismas aguas iridiscentes del estanque salieron despedidas en una ola llena de cristales y escombros que golpeó a la bruja Maeve y la hizo trastabillar.
El vacío se ensañó con ella entonces, las estrellas malignas brillaron en la distancia cuando su figura cayó hacia el negro infinito con un grito inaudible, los ojos a punto de salirse de sus órbitas, y las manos convertidas en garras intentando vanamente escapar. La reina Mab se disolvió en la oscuridad y el vacío se cerró sobre ella para siempre.
Titania se dejó caer al suelo, agotada. Las fuerzas le abandonaban por segundos, sentía la garganta arrasada y era incapaz de tragar saliva para aliviar el dolor. La vista se le volvió borrosa. Escuchaba desde lejos las exclamaciones de Violeta y los gritos de las gentes que llegaban desde fuera para socorrerlas.
Aún así se arrastró por el suelo hacia algún lugar digno donde sentarse y apaciguar su corazón desbocado. Fue bastante después cuando se dio cuenta de que había elegido, casi sin querer, el trono de Faerie. El soberbio sillón de oro y joyas donde debía sentarse únicamente la reina de reinas.
***
—Eres una tramposa, mi reina —susurró Devio con una media sonrisa, caminado majestuoso desde la entrada hacia los dos grandes tronos del salón de recepciones.
Nïa le sonrió de soslayo y juntos avanzaron mientras la ciudad de Throagaär y el mundo tenebrii entero se postraba a sus pies.
—Fue una herida muy aparatosa, pero ni siquiera rozaste un órgano importante. Además, el fuego de luz sólo es mortal para nosotros. El nemhirie no corrió peligro en ningún momento.
—Lo sé. Pero es que esas hadas son terriblemente escandalosas.
—“¿Esas hadas?” —rió el soberano tenebrii—. Acabarás gustándome, Nïa de la casa de Ithirïe, señora de Throagaär.
—Acabaré gustándote no, mi rey. Ya te gusto. Desde hace tiempo además.
Devio fingió altivez, pero cuando ambos se sentaron en las sillas majestuosas y las delegaciones de los cuatro principados comenzaron a llegar para ofrecerles pleitesía, la curiosidad le consumió de nuevo.
—¿Mataste dos pájaros de un tiro, verdad?
—Necesitábamos deshacernos de la Daga del Sol, mi señor —confirmó ella y en los ojos sesgados de Devio bailó la sonrisa otra vez—. Jamás estaríamos a salvo ni podríamos comenzar nuestro nuevo mundo si manteníamos el riesgo de conservarla con nosotros.
—Pero podrían traerla de nuevo —asintió él inclinando la cabeza con deferencia ante la reverencia de la nueva princesa Fortia, y todos los vasallos que la acompañaban.
Decían que la antigua Fortia había huido hacia el desierto de Karnume. Desde el regreso de los dos reyes tenebrii nadie la había vuelto a ver.
—Mmm… Pero no recuerdo ningún futuro con la Daga del Sol cuando fui el Ojo de la Muerte.
—El futuro cambia, mi reina —dijo él en tono serio.
—No cambia tanto como crees, mi señor. Es como la miel. Puedes cortarla, pero tras el tajo siempre vuelve a unirse.
Devio asintió. Prud y su séquito entraban ahora por las puertas.
—¿Y qué hay de tu hermana nemhirie? ¿Sabes si la volverás a ver?
—Creo recordar que en su boda —murmuró ella pensativa—. Estaba guapísima, y se parecía a mi madre más que nunca.