El Corazón de las Sombras
16 Los dueños del mundo
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Los dueños del mundo
Jack notaba algo desagradable en la cara. Y no estaba seguro de si se debía a la bofetada de la chica pelirroja o al cañón de la pistola que se le incrustaba en la mandíbula.
Sabía que se merecía la bofetada, aunque en todo momento se había comportado con ella como un caballero. Solo que al final no había podido evitar ser un bocazas.
De todas formas tenía que reconocer que el día no había empezado nada mal. La vista del mar Adriático desde las playas de Budva siempre le había gustado. Tenía allí un pequeño apartamento, un refugio privado que sólo usaba en muy contadas ocasiones, como ahora, cuando quería escapar de todo y pensar con tranquilidad. Y si además aparecía una pelirroja como aquella paseando por la arena, mucho mejor.
La calma y la serenidad eran importantes, sí. Sobre todo después del embrollo en el que se había metido por culpa de la altiva reina de los soles, que no hacía sino despreciarle, y de su príncipe empalagoso al que le tenía especial odio. Por ellos dos se encontraba ahora en esta situación tan incómoda con una pistola en la cara. Algún día tendría que ajustarles las cuentas a ambos.
Había sido aquella muchacha rubia, la reina Cyinder, la que le había exigido traer la caja de diamantes en la que él escondió las Arenas de Solarïe el verano pasado. No fue un ruego de ella ni una petición amistosa, sino una deuda que tenía que pagar.
Por eso, porque se sentía culpable, Jack volvió a la mansión de sir Richard y buscó en todos los documentos de su padre hasta que dio con un nombre escrito en un papel olvidado, perdido junto a las toneladas de información de Faerie que se escondían en el sótano de la casa.
Fue por esa culpa interior, pero también porque si les ayudaba, el príncipe elfo sería feliz con su reina rubia, y ni siquiera se plantearía una boda política con Aurige. En realidad, tenía que reconocer que los motivos para entregarles la caja de oro habían sido, más bien, bastante personales.
—¿De qué te ríes? —le increpó la chica pelirroja sacándolo de sus pensamientos.
—De nada que te interese —contestó él de inmediato, y recibió un puñetazo del matón de turno que la acompañaba, que era quien le estaba encañonando.
—La próxima vez sé más amable —le aconsejó ella con una sonrisa encantadora.
Jack escupió un poco de sangre pero no se quejó. Gorilas como aquel, los podía tumbar en un abrir y cerrar de ojos, pero necesitaba llegar hasta el fondo del asunto. No podía dejar ni una brizna de información por conocer, ni ignorar hasta donde eran capaces de llegar aquellos tipos. O más bien, hasta donde llegaba de verdad el poder de quien les había enviado: Black Dvorac, uno de los dueños del mundo.
Tras volver de Solarïe y una búsqueda exhaustiva, encontró lo que necesitaba en la mansión de Kensington: un nombre y un número de teléfono.
Black Dvorac.
Y una dirección en Ginebra. Sonaba hasta teatralmente siniestro.
Jack no se amilanó. Conocía a los Errantes por su padre. Eran muy poderosos, pero no sabría decir por qué ni desde cuándo aparecían en los archivos. Investigar en su historia era remontarse muy atrás en el pasado, casi hasta los albores de la historia de la humanidad, y tal vez más allá. Controlaban prácticamente toda la economía mundial desde un silencioso anonimato en la cúpula de grandes multinacionales, gobiernos y organizaciones internacionales. A veces salían sus nombres en la prensa, en eventos de sociedad y poco más: Dvorac, Verno, Sarecy y otros tantos… Pasaban desapercibidos ante los ojos de todos. Justo lo que querían.
Sir Richard no hablaba mucho de aquellos caballeros que parecían ocultarse en las nieblas del tiempo. A veces obtenía regalos de ellos y otras veces era él quien los donaba. Había una especie de cortesía leída entre renglones, un respeto mutuo. Y poco más sabía Jack. Luego habían venido al funeral de su padre. Y allí permanecieron bajo la lluvia plomiza, silenciosos y anónimos, con sus trajes oscuros y sus rostros anodinos en los que nadie reparaba.
Errantes; los dueños del mundo.
Jack había conversado con el señor Dvorac largo rato. Hablaron de sir Richard y de la gran pérdida que había supuesto para ellos, para todos los Errantes. Sí, Black y los suyos estaban enormemente afligidos y desde luego, Jack podría siempre contar con ellos para cualquier cosa que necesitase.
Su voz al teléfono daba la sensación de ser un hombre amable que sabía prestar atención a los detalles, que se preocupaba de todo y por todos, y al que no se le escapaba nada. En definitiva —pensó Jack—, un hombre muy peligroso.
No tuvo problema alguno con la cesión de la caja de oro, una de las muchas y preciadas posesiones que pertenecían a los Dvorac desde tiempos inmemoriales, y no, Jack no debía preocuparse de nada. Al fin y al cabo sir Richard había sido siempre casi de la familia. Para terminar, Dvorac le hizo partícipe a Jack de la enorme ilusión personal que supondría su ingreso en la gran familia Dvorac, una de las más importantes, por no decir la más antigua y poderosa de los Errantes, a través de los lazos del matrimonio.
El hombre de negro tragó saliva al escuchar aquello, pero consiguió colgar el teléfono con una enorme sonrisa, sin alterar el tono de voz en lo más mínimo. Ni en sus más descabellados sueños se le ocurriría aceptar, pero entonces recordó lo que su padre le había advertido en una ocasión:
—No pactes con ellos jamás, Jack —le había dicho—. Porque incluso aunque estés ya en la tumba, vendrán a reclamarte el favor. Nunca te dejarán escapar.
Y Jack había ignorado por completo el consejo paterno.
Allá en Montenegro se creyó a salvo. Budva era su rincón secreto, ni siquiera su hermana Monique conocía la existencia de aquel apartamento. Así pues bajó las defensas y se volvió ocioso y descuidado. Por eso, cuando la pelirroja le sonrió en la arena no vio otra cosa que una chica que en nada se parecía a Aurige.
Justo lo que necesitaba. Porque el corazón le molestaba cada vez que pensaba en el hada de la luna, y además su madre, la reina Titania, era un hueso muy duro de roer. Tantas complicaciones le estaban sacando de quicio, cuando en realidad la vida podía ser muy sencilla y placentera.
Esa noche cenaron en una terraza mirando al mar. Todo parecía perfecto y la velada se presentaba llena de promesas. La muchacha charlaba por los codos y sonreía de una forma encantadora, con un hoyuelo muy simpático en la mejilla. Y Jack pensó otra vez en la suerte que tenía de que no se pareciese en nada a Aurige. Fue entonces cuando se dio cuenta y la sonrisa se le truncó. Porque precisamente, al ser tan distintas, no hacía otra cosa que compararla una y otra vez, no conseguía quitarse a la morena de la cabeza. Recordaba sus cabellos, su aroma, allá en la torre de Acuarïe…
—¿Va todo bien? —la chica le miraba con gesto preocupado y Jack dio un respingo. Ni siquiera se acordaba ya de ella.
—Lo lamento —dijo poniéndose en pie con una idea en la cabeza—. Temo que no he sido un caballero. Tengo asuntos en la cabeza que no me dejan pensar.
—¿Y no estamos de vacaciones? —ella le cogió la mano—. ¿No podrían esos asuntos esperar una noche?
Las velas brillaban en sus pupilas y Jack estuvo a punto de ceder. Con gran delicadeza le retiró los dedos y llamó al camarero para pagar la cuenta.
—Podríamos desayunar juntos mañana —comentó antes de marcharse—. Te prometo enseñarte una cala preciosa que nadie conoce. Es mi lugar secreto. Será una cita perfecta.
—Claro que sí —asintió ella con gesto de dolor, y Jack se sintió muy culpable.
Le besó la mano como un galán de las películas para intentar que ella recuperase la sonrisa, pero el mal ya estaba hecho. ¡Malditas hadas! No le podían dejar a uno tranquilo.
Ya en su apartamento abrió las maletas y comenzó a sacar la ropa de los cajones. Había tomado su decisión, ya no podía esperar más. Se había estado buscando excusas absurdas para no afrontar la verdad desde el principio, pero ya se acabó. Iría en busca de Aurige y si tenía que enfrentarse a su madre y ponerla en su sitio de una forma rigurosa, pues que así fuese. Él era un hombre. Ya estaba harto de que las hadas mangoneasen su vida. Había llegado al tope soportable.
Y en esas estaba cuando sintió la boca pastosa y las piernas de goma. El cansancio subía por su espalda igual que fiebre, y la camisa que estaba doblando se volvió una mancha borrosa. En el último segundo antes de caer, todos sus sentidos se pusieron alerta, y se maldijo por su estupidez y su descuido. ¡Ni siquiera se había dado cuenta de cuándo le habían drogado!
Por la mañana al recobrar el conocimiento, lo primero que pensó fue que la luz del sol le hería demasiado los ojos, y que tenía el cuello contracturado probablemente por haber pasado toda la noche sentado en la misma postura incómoda. Intentó moverse de la silla pero tenía las manos atadas tras la espalda. Otro fallo. Cuando la vista se le aclaró, no le sorprendió descubrir a la pelirroja de la sonrisa encantadora —¿Theressa creía recordar que se llamaba?—, sentada en un sillón de mimbre frente a él. Tras ella, un gigante de más de cien kilos permanecía quieto, aguardando órdenes. De nuevo Jack se maldijo por su desidia.
De un vistazo rápido se hizo cargo de su situación. Se encontraba en una habitación desconocida, probablemente en el hotel donde ella se alojaba. Era una estancia muy austera y funcional, nada de gustos lujosos. No para una mercenaria a sueldo, desde luego. Las ventanas no tenían rejas pero por el sonido de las gaviotas en el puerto, debían estar a cierta altura bastante peligrosa. Y que él supiera, sólo había edificios altos en la colina sobre el acantilado de la riviera. Así que saltar no parecía una buena idea, no.
En ese momento un camarero entró con la mesa del desayuno, y no pareció sorprenderse en absoluto de la presencia de un hombre atado allá adentro. De hecho se comportó aburridamente normal, sirvió el desayuno y se marchó sin mirar atrás. Jack se encogió de hombros, desanimado. Pero si estaba en aquella situación, sólo era culpa suya. Por descuidado.
—Espero que haya descansado bien —dijo ella por fin con mucho formalismo, sin el tuteo y las risas de la noche pasada. Movió despacio la cucharilla de un café que se había servido y que olía deliciosamente.
—Yo también deseo uno, gracias —pidió Jack, pero la mujer tomó un sorbito de su taza sin hacerle caso, hasta que se lo acabó.
Ni siquiera le ofreció a su compañero, que seguía aguardando, silencioso y malcarado mientras ella desayunaba tan tranquila. Luego mordisqueó una pasta azucarada como si fuese un pequeño conejo.
—Hasta las hadas tienen más clase que tú —quiso él enfurecerla.
Y la enfureció.
Fue entonces cuando se ganó la bofetada y Jack supo que había acertado: aquello venía por asuntos de Faerie, por tanto eran los Errantes los que estaban detrás de todo. El gorila a su lado pareció despertar del sopor con aquel sonido. Sacó una pistola y se la incrustó al hombre de negro en la mejilla. Luego miró a su ama como un perro obediente. La mujer negó con la cabeza y volvió a sonreír como pidiendo disculpas por la brusquedad de su amigo. Jack se humedeció los labios resecos.
—Todavía no entiendo por qué se ha torcido nuestra maravillosa cita de esta mañana —consiguió devolver la sonrisa a la damisela y luego miró al matón con gesto de burla—. Podrías haberme dicho que estabas casada en lugar de tontear conmigo, así nos hubiésemos ahorrado este malentendido.
El gánster no respondió y Theressa lanzó una risa cantarina antes de ponerse seria. Le gustaba jugar, solo que no tenía tiempo.
—Al señor Dvorac le molesta que sus protegidos desaparezcan sin avisar, ni dejar una dirección de contacto donde localizarle. Y no se haga el despistado negando que le conoce, míster Brown. Comportémonos como adultos y no me haga perder el tiempo.
—Me apellido Crow, señora —repuso él con frialdad.
Ella agitó la mano en un aleteo sin importancia.
—El señor Dvorac espera sinceramente que todo haya sido un malentendido. No desea pensar que estaba usted huyendo con una de sus posesiones más preciadas. No sería educado ni cortés, lo entiende, ¿verdad?
—Sería una huida muy corta el venir a mi residencia de vacaciones y tumbarme en la playa tan tranquilo, mientras las pelirrojas hacen cola para coquetear conmigo. Me las tengo que quitar de encima como si fuesen moscas, ¿sabe? No soy tan estúpido como para robarle nada al señor Dvorac, señorita.
—La estupidez está a la orden del día en los tiempos que corren, míster Brown — los ojos de ella se habían acerado, y el matón soltó una risita—. Sin embargo me alegro de que al final sea todo un error sin importancia. Eso facilita nuestro trato.
—¿Y ahora qué? —siguió Jack, provocativo, sin ceder en la burla—. ¿Llamas a tu jefe y solucionamos el malentendido ahora, o después de comer? Puedes traer a tu chucho si quieres —indicó al hombre con una sonrisa de desprecio—. Seguro que en la cocina habrá algún hueso que pueda roer.
—Estoy segura —sonrió ella mientras el matón cargaba el puño como si fuese una apisonadora.
Las estrellas brillaron sobre negro cuando el dolor en la mandíbula se hizo insoportable. Jack cayó hacia atrás como a cámara lenta mientras la conciencia se desvanecía. Le pareció ver caras serias, rostros afligidos en la niebla, pero entonces ya no supo más.
Se despertó sobre un sillón cómodo pero rígido, en la penumbra de una habitación que olía levemente a tabaco oriental y a maderas antiguas. El aroma y los sonidos de las playas de Montenegro habían desaparecido hacía tiempo. Estaba en otro sitio muy lejos del mar, en una ciudad mucho menos veraniega.
—Tiene un golpe feo ahí en la cara, hijo —escuchó una voz amable.
Y él quiso decir que no era su hijo, que no le llamase así porque ni siquiera su padre lo había hecho nunca, al menos con tal familiaridad.
Sin embargo reconocía aquel tono de voz. Había hablado con él por teléfono mil años atrás. Ahora el señor Dvorac estaba allí mismo, delante de sus narices. Un hombre alto, de pelo canoso y ojos chispeantes, ya entrado en años pero a su vez lleno de vitalidad. De inmediato le recordó a su padre. El mismo tipo de persona: sin debilidades, pero también sin afectos.
—Siento mucho toda esta brusquedad, hijo, pero creo que se merecía ese puñetazo, ¿verdad? No se insulta a una mujer de nuestra familia impunemente.
—No recuerdo haber insultado jamás a una mujer —respondió Jack tocándose la cara tras descubrir que ya no estaba atado—. Es una de las pocas cosas que mi padre me enseñó, se lo aseguro.
—Pero sí que lo hizo —rió el hombre—. Dijo usted que las hadas tenían más clase que ella. Se ha enfadado mucho. De hecho, es usted el primer hombre que ha logrado contrariar a mi sobrina. Eso me gusta. Tiene usted carácter, Jack.
El hombre de negro meneó la cabeza.
—Dudo que me haya traído aquí por ese motivo, señor Dvorac. Me imagino que estamos en Ginebra. No escucho el sonido del mar del que disfruto en mi casa de Montenegro.
—Tiene razón, hijo —volvió a reír su anfitrión—, pero una cosa no quita la otra. Seamos claros. Me ha decepcionado, Jack —respiró profundamente—. Confié en usted por ser hijo de quien era, y usted huyó en cuanto le puso las manos encima a la caja de oro. ¿Qué iba a hacer? ¿Venderla en el mercado negro a alguna familia rival?
—Creo que se equivoca, señor Dvorac —se defendió él con aplomo—. El oro ya no es muy valioso para mí. Hay cosas más importantes, como la calma y la tranquilidad espiritual, ¿sabe?
—Vuelve a reírse de mí, muchacho —Black Dvorac se sirvió un generoso vaso de whisky y llenó otro para su invitado—. ¿Dónde está la caja pues? Mi sobrina la ha buscado por todas partes, y no la ha vendido puesto que yo entonces lo sabría. Tengo un poco de influencia en los mercados, no sé si me entiende.
Jack estaba seguro de eso, y de mucho más. Y también estaba seguro de que con aquél hombre no se podía ir con medias tintas. Tenía que ser sincero hasta la médula.
—Se la di a un hada —respondió a las claras—. La caja está en Faerie.
—¿Y por qué, en nombre de lo más sagrado, hizo usted eso, muchacho? — Dvorac estaba atónito y Jack encontró cierto placer malévolo en su malestar.
—Tenía una deuda. Yo siempre pago mis deudas, señor.
—Pero ahora ha contraído otra conmigo. ¿Se da cuenta, joven Brown? Se ha librado de un pequeño fuego para caer en una gran chimenea.
Jack permaneció en silencio mientras el otro festejaba su pequeña broma con una risita.
—Me gusta usted, Jack —Dvorac le escudriñaba desde la penumbra tras su vaso de whisky—. Está siendo sincero conmigo y eso no es frecuente. La mayoría de los hombres me temen, intentan adularme y agachan la cabeza ante el poder, pero usted no. Tiene esa chispa de rebeldía que yo aprecio en los jóvenes. No es un cobarde ni un mentiroso, pero tampoco llegará muy lejos sin mi ayuda, no lo dude.
Le dio la espalda para contemplar una serie de fotografías pulcramente ordenadas en la repisa de la chimenea y así permaneció un buen rato, sumido en sus pensamientos.
—Usted perdió a su padre, y yo también perdí un hijo —tomó uno de los marcos y lo miró largamente hasta que volvió a dejarlo en su sitio—. Ahora sólo me queda mi sobrina Theressa. Ya la ha conocido; es bella y obediente. Le hará feliz, Jack. Y ustedes dos me darán a mí un nieto que continúe la estirpe de los Dvorac. Ese es el trato. A cambio, yo le haré dueño del mundo, Jack. Será usted uno de los nuestros, y cuando yo muera, lo tendrá todo. Todo lo que un hombre puede desear, y más aún.
Durante unos instantes se hizo un silencio demasiado profundo.
—¿Y qué me pide usted a cambio de una oferta que nadie en su sano juicio podría rechazar? —Jack sintió la garganta seca, y de un trago vació su whisky—. ¿Mi alma tal vez?
Black Dvorac rió bajito, con los ojos llenos de arrugas, y por primera vez Jack se dio cuenta de lo viejo que era. Si no fuese por aquella vitalidad desbordante, casi podría jurar que superaba los cien años. Tal vez era cierto. Tal vez se estaba apagando como una vela acabada, y con él toda una rama de los Errantes desaparecería para siempre. Una proposición como la que el viejo acababa de hacerle era el sueño de cualquiera.
—Déjeme que le cuente una historia, Jack, o si lo prefiere, déjeme contarle un cuento de hadas.
El hombre no esperó a que su invitado asintiera. Se dirigió a una escribanía y sacó un libro encuadernado en piel púrpura con el grabado de una pirámide invertida de hierro, oro y marfil. Abrió su cubierta pero no leyó ninguna línea, sino que miró a Jack fijamente, como si todo el contenido se lo supiese de memoria y pudiese recitarlo sin equivocarse.
—“Se dice que los dioses crearon nuestro mundo con cinco elementos maravillosos: una pluma de fuego, una brizna de tierra, el canto del viento, una perla de la noche y una gota de agua. Así nació el mundo, y de él surgieron los seres vivos con el paso de los milenios. Pero cuando el mundo todavía estaba vacío y la magia envolvía la tierra como una bruma viviente, el sol brilló por primera vez y así, el tiempo para los seres mortales comenzó. Y cuando eso ocurrió, ese primer rayo de sol que destelló sobre la tierra, quedó atrapado por siempre en un cristal perfecto. Un cristal único como el que jamás habría otro igual, ni entonces ni nunca jamás. Eso dicen las leyendas de nuestra gente; que ese rayo de sol atrapado en el cristal fue el único regalo que los dioses nos hicieron a los humanos. El resto de sus dones se los entregaron a las hadas…
Jack observó que Dvorac apretaba los puños de rabia sin darse cuenta.
—“Y cuando el hombre fue hombre y por fin dominó al resto de las especies, fueron nuestras gentes quienes encontraron el cristal, escondido en la cima de la montaña más alta. Y allí mismo lo tallaron dándole la forma de un puñal de caras perfectas, tan transparente que el rayo de sol brillaba por entre sus filos de una forma cegadora, y tan radiante como un fuego de luz.
Black Dvorac pareció volver en sí desde algún pasado lejano, y señaló a Jack el grabado de la pirámide invertida de marfil, hierro y oro en la cubierta del libro.
—Este es nuestro símbolo, míster Brown. El símbolo de los Errantes. Muestra la hoja del puñal que los dioses nos regalaron a nosotros, a sus elegidos. ¿Sabe cuál es la palabra que en Faerie significa “elegido”, Jack?
El hombre de negro negó despacio. Sin saber por qué, el corazón le estaba latiendo con demasiada intensidad.
—Hirïa, Jack —reveló como si fuese una sentencia—. Los Errantes somos los elegidos de Hirïa, sus descendientes. Los nietos de los nietos de los que lograron escapar de una masacre emprendida por las hadas contra nosotros, porque éramos poderosos, porque nos odiaban y nos temían a la vez. Nosotros somos los dueños del mundo, Jack, pero no por un capricho humano, sino porque los dioses así lo quisieron. Nosotros somos de Hirïa, pero usted es un nemhirie. No pertenece a los elegidos, pero yo puedo cambiar eso, si usted así lo desea, si es capaz de mostrar un compromiso…
Jack apretó los labios. Ahora es cuando venía el precio a pagar a cambio de tal tesoro.
—Usted camina entre los dos mundos, Jack, no lo niegue. Le hemos observado desde hace tiempo. Posee usted un disco de oro que le permite moverse libremente. No, no se preocupe, no se lo vamos a quitar —levantó las palmas de las manos en actitud conciliadora—. Ese objeto no pertenece a la familia Dvorac, al menos que sepamos, así que por nuestra parte no tiene nada qué temer.
—¿Y entonces…?
—Lo importante es que usted sabe algo. Algo peligroso que nosotros también sabemos, pero que el resto de las familias de Errantes ignoran —escudriñó a su invitado, pero la cara de Jack era una máscara impasible—. Usted sabe que las sombras están invadiendo el mundo de las hadas. Ha estado allí, habla con ellas e incluso les regala cosas que no le pertenecen —levantó una ceja con astucia y Jack intuyó los derroteros que comenzaban a fraguarse en la mente de aquel hombre—. Lo que no sabe es que los Errantes conocemos bien a los tenebrii. Sabemos de su existencia y cómo vencerles, y le puedo asegurar, Jack, que esas sombras diabólicas no se van a conformar con los reinos de las nenas con alas. Después de que acaben con ellas vendrán a por nosotros. Los humanos somos el postre.
—Pues si saben cómo vencerles, dudo que corran ustedes ningún riesgo…
—Aquí es donde comienza la segunda parte de nuestro cuento de hadas, Jack —le interrumpió el otro con una sonrisa taimada—. El puñal del que le he hablado, la Daga del Sol, debiera haber seguido con nosotros cuando nuestros tatarabuelos consiguieron escapar de Hirïa, pero no fue así. Por algún motivo que no quedó registrado en los anales, la daga hecha con el cristal perfecto se perdió en algún momento oscuro de la historia, y ya no hemos sabido de ella más que en viejas referencias olvidadas. Pero ahora necesitamos esa daga, Jack —le puso una mano en el hombro—. Nuestra familia la necesita. Con ella no sólo detendremos a las sombras cuando crucen el umbral de nuestro mundo, sino que además asentaremos la supremacía de los Dvorac por encima del resto de Errantes, de una vez y para siempre.
Jack contempló al hombre en silencio. Casi podía escuchar la maquinaria de su cerebro dando vueltas, planeando sus conquistas.
—Tal vez se rompió —dijo con ligereza—. Es un cristal. Lo lógico es que no haya resistido el paso de los siglos.
—Es un cristal perfecto —replicó Dvorac, algo molesto—. Su estructura interna es única y celestial. No se puede romper, es un regalo de los dioses. La Daga del Sol está escondida en algún lugar, esperando que vayan a buscarla.
—Intuyo que ahí es donde entro yo —sonrió Jack encajando todas las piezas por fin.
—Ese es el compromiso que la familia Dvorac espera de usted, hijo mío. Demuestre su valía. Demuéstrenos que la sangre que corre por sus venas es digna de los elegidos de Hirïa, Jack. Tráiganos la daga que los dioses nos regalaron y será usted dueño del mundo, le doy mi palabra. ¿Qué me dice?
Jack Crow cerró los ojos un segundo. Hacía tiempo que su decisión estaba tomada.
—¿Cómo podré encontrarla? ¿Saben al menos su último paradero conocido?
—Sabemos que no está en el mundo humano —Black Dvorac sonrió muy satisfecho—. Usted es capaz de viajar a los reinos de las hadas, se mueve allí como un gato en la noche. Búsquela Jack. Encuéntrela y le aseguro que jamás se arrepentirá.
—Necesitaré recursos.
—Toda la familia Dvorac está a su disposición, hijo mío. Incluso un ejército entero si así lo precisa —el hombre se sirvió otro vaso de whisky, pero en esta ocasión no ofreció ninguno a Jack. Estaba claro que la entrevista estaba terminando.
—No se preocupe, señor Dvorac —dijo poniéndose en pie—. Trabajo solo, es mucho más discreto que cualquier ejército. Pero necesitaría un poco de privacidad. No me gustaría encontrarme al guardaespaldas de su sobrina cada vez que entro en el baño.
El hombre le lanzó una sonrisa socarrona.
—No intentará engañarme, ¿verdad?
—Creo que no se puede engañar al dueño del mundo, señor Dvorac —respondió con auténtica sinceridad—. No habría sitio donde esconderse.
Black Dvorac se rió en voz alta, como un cuervo viejo. Le gustaba Jack, se le notaba, y estaba claro que pensaba cumplir todo lo que le había prometido. Le acompañó a la puerta de su mansión donde un lacayo de librea le esperaba para conducirlo a un coche.
—Theressa le estará esperando cuando regrese, Jack —le estrechó la mano con una sonrisa—. Y con ella, el mundo entero estará a sus pies.
Y el hombre de negro se marchó en silencio. Ya no tenía nada que meditar. Había decidido su destino a la perfección. Tomó el primer avión a París, y horas después, sin el menor miramiento se presentó en el hospital donde trabajaba Monique. Los ojos de ella se abrieron como platos al verle allí, en la propia sala de estar de médicos donde estaba descansando antes de entrar en una importante operación.
—¿Pero… pero qué haces aquí, Jack…?
El la cogió del brazo de forma brusca y la obligó a seguirle sin mediar palabra.
—¿Te has vuelto loco? Voy a operar dentro de cinco minutos…
Su hermano siguió caminando y tirando de ella a rastras por las salas y pasillos ante la mirada atónita y divertida del personal sanitario, mientras Monique trataba de detener la marcha frenándose con los pies.
—¡Jack! Ya está bien. Se acabó, ¿me oyes?
—¡Cállate, Monique! —se volvió tan enfadado y rotundo que ella se quedó muda de asombro—. Cállate por una vez en tu vida. Soy tu hermano pequeño y siempre me has protegido: de papá, de mis errores, de la vida… Ahora soy yo el que te va a proteger a ti. Nos marchamos, y cuanto menos sepas, mejor para ti.
—Pero… ¿a dónde? —Monique estaba tan aturdida que ni siquiera opuso resistencia—. Además, voy con el pijama del hospital…
—¡Como si vas en bikini! —estalló él—. He dicho que nos marchamos. Y eso es ahora mismo.
Y de nuevo la obligó a caminar tirando de su mano. A la salida les aguardaba un taxi que de nuevo les llevó al aeropuerto. Jack parecía tenerlo todo pensado, pues sacó dos billetes de su chaqueta y la chica de la consigna los selló con una sonrisa. Luego les deseó un feliz vuelo.
—¿A dónde me llevas, Jack? —exigió Monique, cansada de tanto misterio y la cabeza gacha ante las miradas llenas de curiosidad de la gente, que reparaban de inmediato en su uniforme de cirujana y la miraban con descaro.
—A un lugar seguro.
Y en ese momento, por los altavoces anunciaron que los pasajeros con destino Dublín, tuviesen la amabilidad de embarcar por la puerta doce. Monique miró a su hermano a los ojos, con una horrible intuición.
—No me estarás llevando allí, ¿verdad? Dime que esto es una broma de mal gusto —intentó escapar hacia las puertas de cristal de la salida, pero todo fue inútil.
—No seas niña, Monique —le cerró el paso y le apretó las muñecas con firmeza —. Necesito saber que estarás a salvo. Necesito estar seguro de que vas a estar protegida, y sé que con quien te llevo, daría su vida por ti si llegase el momento.
—¿Pero qué quieres decir, hermano? —Monique empezó a asustarse de verdad —. Además, Sean y yo no terminamos precisamente bien.
—No importa cómo terminasteis ni lo que tú quieras creer. Sé lo que siente por ti, pero lo más importante es que sé qué sería capaz de hacer si fuese necesario.
Y sin más la obligó a cruzar las pasarelas en dirección al túnel del avión.
—Necesito un cigarro —susurró ella, nerviosa, intentando una última resistencia.
—Mala suerte, querida. No fumo y en el avión está prohibido.
No volvieron a cruzar una palabra en todo el vuelo hasta poner los pies en Irlanda. Allí ella volvió a protestar y a suplicar que no le hiciese pasar por aquella vergüenza, hasta lloró y trató de chantajearle, pero Jack fue inamovible. Alquiló un automóvil y miró a su hermana con cara de pocos amigos, hasta que ella subió. La lluvia de primavera le había emborronado el maquillaje y calado su cabello perfecto, y se sentía igual de triste y descuidada que una fregona vieja.
—¿Por qué haces esto, Jack? —susurró con voz temblorosa mientras el paisaje verde y gris pasaba a toda velocidad tras las ventanillas.
—Porque me voy, Monique. Y esta vez no sé si podré volver. Las personas con las que he tratado son demasiado peligrosas. Sé que no me han seguido y he cambiado toda mi ropa, incluso los zapatos, por si me habían puesto algún micro. Dvorac mantendrá su palabra mientras crea que le soy fiel, pero aún así no me fio. Tú eres lo único que me queda, hermana. No voy a perderte a ti también.
Ella permaneció en silencio con la mirada fija en algún punto más allá de la carretera. Al final, cuando llegaban por fin al condado de Cavan, encendió su cigarro y siseó un fino hilo de humo que se estampó contra el cristal empañado.
—Nada ha salido como esperábamos, Jack —susurró sintiendo lágrimas en los ojos—. Nada de nuestras vidas. Todo ha sido un inmenso error.
—Es verdad, pero a partir de ahora las cosas van a cambiar, Monique. Te lo prometo.
Ella asintió como la niña que sonríe al final del cuento, sabiendo que todo es mentira.
La gran verja de hierro de Winter Manor apareció por fin frente a ellos. La mujer se preguntó si tendría valor para llamar al micrófono de la entrada, pero Jack ni siquiera se molestó en tal minucia. Bajó del coche bajo la tormenta, sacó una ganzúa de uno de sus bolsillos y antes de que ella pudiese sentirse escandalizada, la puerta ya estaba abierta y su hermano volvía a arrancar el motor.
—Eres terrible —le dijo sintiendo unas inexplicables ganas de echarse a reír.
—Lo sé.
Y de nuevo salieron zumbando por el camino de alerces y fresnos que se erguían como fantasmas silenciosos de los bosques. Monique lo contemplaba todo con los ojos muy abiertos y el corazón latiéndole en la boca. Allí era donde todo había comenzado, y también donde todo terminaría. Sean Winter los despediría con viento fresco y la humillación sería insoportable.
La lluvia amainaba por fin, y antes de terminar el sendero, algunas nubes negras se habían separado ya dejando ver un cielo fresco y limpio de primavera. Jack condujo hasta la entrada y abrió la portezuela del coche, observando los gruesos muros llenos de enredaderas sin decir una palabra. Monique sintió que iba a reírse como una tonta. Ahora su hermano volvería a sacar la ganzúa y entrarían en la casa como ladrones, dándole a Sean el mayor susto de su vida.
Pero su hermano esperó a que ella se bajase del automóvil y luego tocó el timbre de Winter Manor, erguido en actitud marcial. Monique se humedeció los labios resecos. El corazón estaba a punto de salirle por la garganta. Todavía podía subirse al coche y huir. Se volvió para lanzarle una mirada apreciativa pero en ese momento Jack le cogió del brazo, tal vez intuyendo lo que pasaba por su cabeza.
Entonces la puerta se abrió igual que en un sueño lento, y Sean Winter los observó a los dos demasiado atónito para decir una sola palabra. Monique se dio cuenta de que las ojeras profundas y el descuido dejaban una huella muy patente en el hombre al que amaba, y sintió verdadera necesidad de consolarle. Sin embargo permaneció allí callada mientras él y su hermano se miraban a los ojos como si de un duelo del oeste se tratara.
Y en aquel enfrentamiento silencioso los dos hombres parecieron leerse las mentes, y Sean les abrió la puerta para que pudiesen pasar. No hizo falta decir nada, como si hubiese un lenguaje secreto entre ambos, un lenguaje que es propio de los hombres y al que las mujeres no tenían acceso, o al menos eso pensó Monique mientras de nuevo se dejaba embargar por el olor de las maderas y el tabaco de cereza que impregnaba cada rincón.
—Me han ofrecido el mundo entero, señor Winter —dijo Jack como si tal cosa, mientras vaciaba sobre la mesa del salón su pequeña bolsa de viaje.
Monique comprobó con horror la presencia de una pistola negra y acerada, su mero brillo asesino infundía pavor, y Sean la contempló con ojos vidriosos. Jack tomó el arma, comprobó el cargador y de nuevo la puso sobre la superficie de madera con un ruido siniestro.
—Los que son capaces de ofrecer el mundo tan alegremente es porque son sus verdaderos dueños —siguió mirando a la pareja con rostro serio—. Por eso, Sean — se tomó aquella libertad sin pestañear siquiera—, si aparece alguien por ese camino que no seamos su hija Laila o yo, dispare.
Se metió en los bolsillos varias herramientas y pequeñas dagas, y se dirigió hacia el hall sin otra palabra.
—Jack —Monique corrió tras él y le abrazó.
—Me he cansado, hermana —le acarició la cara con delicadeza y le apartó un mechón de su cabello greñoso—. Todo el mundo ha gobernado mi vida y nunca me han preguntado qué era lo que yo quería. Nuestro padre, los Errantes, incluso tú misma sin darte cuenta. Ahora he decidido tomar yo las riendas, para bien o para mal.
Ella asintió como una niña pequeña. Las lágrimas bajaban por sus mejillas.
—Cuide de ella, Sean —miró al hombre que permanecía en la penumbra del pasillo con los ojos muy abiertos.
—Lo haré —fueron sus primeras palabras y Monique sintió que un bálsamo le empezaba a curar las heridas.
Jack salió al porche y subió al automóvil sin mirar atrás. No deseaba más despedidas. Tenía mucho que hacer y se alejó levantando una estela de polvo en el camino. Cuando la verja de hierro forjado quedó atrás, pensó que la vida era bastante irónica con él. La reina Titania no le ofrecía nada, sólo desprecios y unos diamantes arrojados al suelo. Los Errantes por el contrario le regalaban el mundo entero si así lo quería.
Volvió a pensar en Black Dvorac allá en su mansión de Ginebra, y en la fantástica oferta que le había formulado, y que cualquier otro aceptaría sin pensar. Pero Jack había tomado su decisión hacía mucho tiempo.
Él no quería ser dueño del mundo. Sólo quería ser dueño de Aurige, y esto era lo único que ni Dvorac, ni todos los Errantes reunidos podrían ofrecerle jamás.