El fin de mi vida

Graham Joyce · Capítulo 10 de 37

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El fin de mi vida

Capítulo 8

El domingo por la mañana, Bill Myers se acercó a la casita vestido de civil.

—¿Puedo ir a verla y a llevarle algunas uvas? —me preguntó.

—No tiene usted que pedírmelo —le contesté—. Se alegrará de verlo.

Está en la sala doce. Le gustan las uvas negras.

—¿La sala doce, dices?

—¿Tiene alguna importancia?

—No —dijo, apartando la mirada—. No.

Y me pregunté por qué me mentía. Antes de que se marchara, le pregunté:

—¿Se puede hacer algo contra él gañán que la empujó?

—Nadie parece saber quién fue —dijo Myers con una sonrisa triste—.

Un extraño, según el relato de todo el mundo.

—Sí, fue alguien que pasaba por allí. Y todos sabemos por qué, ¿no es así? No creo que sea muy difícil dar con él.

El tono de Myers cambió.

—No creo que convenga abrir este asunto, Fern.

—¿Pero por qué vamos a dejar que se salga con la suya?

—Si abres este asunto se abrirán otros, y no creo que eso sea lo mejor para ti.

Myers me estaba advirtiendo. Yo no sabía cómo responder.

Su actitud se suavizó.

—Mira, algunas cosas es mejor resolverlas por encima de la mesa, y otras por debajo.

—¿Está diciéndome que va a hacer algo al respecto?

—Tengo que irme. Iré a ver a Mammy la próxima vez que me acerque por Leicester.

Vi desde la ventana cómo el policía caminaba a grandes zancadas por el jardín. Judith entró al tiempo que él salía. Myers le mantuvo la puerta abierta. Intercambiaron algunas palabras y ella rió algún comentario.

Le conté a Judith lo que Myers había dicho. Quería su opinión.

—Tiene razón —me dijo—. Déjalo estar. Por ahora.

En ese momento, el hippie al que conocía como Chas Devaney se acercó con su furgoneta. Oí el traqueteo del freno de mano y supe que había venido para llenar de agua las viejas mantequeras, ya que Mammy le había dado permiso para ello. Salió del vehículo y me vio en el patio. Llevaba puesta aquella chaqueta de cuero raída, pero esta vez no llevaba camisa debajo. Bah, se creía todo un rompecorazones.

—¿Aún guay? —gritó—. Al agua, me refiero.

¿Guay? Podía ser guay.

—Por mí no hay problema —le dije. Mientras él empezaba a bombear, Judith salió para meter las narices. Pasó el brazo por el mío de modo familiar, y dijo:

—¿Quién es ese? —Después se humedeció los labios, lo que hizo brillar un carmín rosa que podría jurar que hacía un minuto no llevaba. La mirada también le brillaba, pero por Chas. Y, para colmo, este dejó de bombear y se inclinó sobre el manubrio. Me cabreé. Quería decirles que no era momento para aquello, con Mammy en el hospital. Aquel no era el momento para poner caritas, babear y hacer ojitos. No era el momento para las medias sonrisas, ni para dejar de bombear vestido con una chaqueta de cuero sin camisa. Pero lo que me oí decir fue:

—Chas, esta es Judith. Creo que ella también es un poco hippie, como tú.

Chas la miró de arriba abajo.

—Eres maestra, ¿no?

—No hagas caso a lo que dice Fern de los hippies. No distinguiría a un hippie ni aunque se lo pusieran delante.

—Te he reconocido de la escuela. Llevo a mi hijo pequeño.

—Ooooh —soltó Judith con un tono repulsivo que de algún modo consiguió que las dos pareciéramos idiotas—, ¿entonces no estás contra la educación? ¿No estás a punto de abrir un nuevo aparcaniños en donde Croker?

—Hay una larga lista de cosas contra las que no estoy.

—¿Una lista? Entonces, ¿sabes leer y escribir?

—Oh, escribir... Sí, escribir, creo que puedo —respondió él secamente

—. Tengo un doctorado en filosofía.

—Bueno —dijo Judith, cogiéndome el brazo con más fuerza—, nos encantaría oírte presumir acerca de tus calificaciones académicas hasta que se hiciera de noche, pero tenemos cosas que hacer, ¿a que sí, Fern? —Y con mano experta me dio la vuelta y me llevó hacia la casita antes de darme tiempo siquiera de protestar.

—¿Qué estás haciendo? —le dije una vez estuvimos dentro.

—No puedes quedarte ahí con la boca abierta, hay que marcharse.

—¿Qué? ¿Quién estaba con la boca abierta?

—Tú estabas con la boca abierta. Se te habían aflojado las rodillas. Nos hacías parecer unas principiantes.

—¿«Nos»? ¿Y cómo es posible que algo que haga yo nos haga parecer nada a las dos? ¡Y además, no se me habían aflojado las rodillas!

Me ignoró y se dedicó a mirarlo a través de la ventana, ocultándose en la sombra para que Chas no pudiera verla.

—Parece un guarro.

—No saben lo que es el jabón. Eso es lo que dice Mammy de ellos.

—No me refiero a esa clase de guarros. ¿Qué harán en la granja de Croker?

Me acerqué y me coloqué junto a ella para mirar a través de la ventana.

—Está encantado de sí mismo, ¿a que sí? —Y en ese momento resulta que Chas levantó la mirada.

—¡Por el amor de Dios, Fern! ¡Nos está mirando! ¡Ha sido culpa tuya!

Después de que Chas se fuera, volví a la tarea de ordenar. Judith me estaba ayudando. Con Mammy en el hospital, aprovechaba cualquier

ocasión para hacer una buena limpieza en la casa y preparar así su regreso.

Quería que, cuando volviera, comprobara que yo podía ocuparme tanto de ella como de la casita.

Aunque Judith decía que no hacía falta limpieza alguna, había muchas cosas que tirar. En el extremo de la huerta, junto al montón de estiércol, encendimos una hoguera y quemamos algunas ropas viejas y otros trapos y basuras. Judith puso raíz de bistorta en el fuego, quién sabrá para qué.

Se produjo una gran humareda blanca y, aunque yo tuve que alejarme con los ojos llorosos, Judith no parecía en modo alguno afectada. La rodeaba un aire de desamparo, un algo feérico, y sus ojos alertas se nublaban a menudo con una visión interior. Mientras el humo blanco se enroscaba a su alrededor, me pareció que también la dominaba un terrorífico aire de abandono.

—¿Qué es lo que ves en todo ese humo, Judith?

—Una prueba. Dificultades. Sobrecogimiento y temor. Bragas quemándose. —Arrojó al fuego un montón de ropa interior llena de agujeros.

Aquella noche caminaba por la A47, tratando de parar sin demasiada suerte a alguien que me acercara a Leicester. No tenía intención de volver a levantarme la falda, de modo que me concentré. Vi un Morris Minor azul que se acercaba por la colina, así que levanté el pulgar y me concentré en que el conductor se detuviera, y así lo hizo. Me subí. El hombre me dijo que era vendedor. Antes de poder preguntarle qué era lo que vendía, me contó que yo tenía más o menos la edad de su hija, que esta quería emigrar a Australia y que eso significaba que no la volvería a ver casi nunca. Yo podía ver su dolor, pero no dije nada. Simplemente le dejé hablar. En un momento dado vi cómo se limpiaba con el nudillo una lágrima que comenzaba a formarse. Me pareció que solo un instante después ya estábamos en el exterior del hospital. Aunque yo no había dicho una sola palabra, me dio las gracias por la conversación, que según me aseguró le había resultado de gran ayuda.

Cuando llegué a la habitación de Mammy vi que habían colocado pantallas alrededor de su cama, y por un instante me dio un vuelco el corazón. Aparté la cortina. Junto a Mammy había en la cama un hombre vestido con traje. Me quedé paralizada. Era William. Se había quitado los zapatos y allí estaba, acurrucado contra ella y con la cabeza apoyada en su pecho. Parecía que Mammy lo estuviera consolando. Yo ni siquiera sabía si en una cama de hospital se permitían cosas así.

Mammy levantó la mirada.

—Danos solo unos minutos —me dijo— y luego vuelve.

Salí a la calle y me senté en la hierba, cerca de la entrada de urgencias.

Había allí también dos conductores de ambulancia y una enfermera, compartiendo algún chiste y fumándose un pitillo. Un hombre salió con varios metros de venda alrededor de la cabeza, apretándose una compresa ensangrentada. Cuando los dos hombres y la enfermera volvieron dentro, decidí regresar a la habitación.

William se había ido. Mammy estaba incorporada y parecía tener mucho mejor aspecto.

—¿Dónde está William? ¿Qué estaba haciendo? —Lo que quería preguntar era: «¿Quién es?»

—Nos conocemos desde hace mucho, mucho tiempo, Fern. Mucho, mucho tiempo. ¿Y qué hay de ti? ¿Puedes sola con la casita?

—¿Yo? ¡Yo estoy bien! ¿Qué te están haciendo aquí dentro? ¿Cuándo van a dejarte salir?

—Nadie me dice nada. Me pinchan con esto, me clavan aquello... Se quedan con mi sangre, con mi pis y con mi médula. Estos doctorcitos se han dedicado a curiosear por mi pasadizo trasero. Ya les dije que lo que iban a encontrar ahí no era ningún misterio, pero no me cuentan nada.

Informé a Mammy de todo aquello que podía recordar para entretenerla, aunque no resultó fácil porque mi vida consistía principalmente en ir a visitarla a ella. Le hablé del guarro que había venido a por agua, y de los ojitos que le había hecho Judith.

—Caprichosa —volvió a denominarla.

No le conté que Judith había leído el humo, aunque supongo que ya lo sabía. Le estaba hablando de mi viaje hasta el hospital cuando llegó una

enfermera y abrió las pantallas.

—¿Quién ha puesto estas cortinas aquí? —me preguntó muy enfadada.

Me quedé mirándola sin saber qué decir.

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