El fin de mi vida

Graham Joyce · Capítulo 2 de 37

Páginas del PDF

El fin de mi vida

Prólogo

Si pudiera contarte esto de una sola sentada podrías llegar a creértelo todo, incluso la parte más extraña. Si pudiera rebobinar todo este relato en un solo carrete o pelarlo como una manzana en una sola monda continua, tal y como hacía Mammy con su pequeño cuchillo reluciente por el jugo, podrías tragarte el anzuelo sin objeciones.

Pero Mammy siempre decía que hemos perdido el arte de escuchar.

Decía que vivimos en una época en la que todo el mundo parlotea y nadie atiende, y que no es buena cosa vivir en una época así.

Cuando llegues a conocer la naturaleza de la narradora de esta historia tendrás buenas razones para dudar. Puede que sospeches que no estoy en mis cabales y condenes mi posición. Podrías dejar de creer.

Es posible que estuviera loca en el pasado. Por un breve tiempo. Quizá eso sí sea cierto. Y esto, en una época en la que ya no tenemos paciencia para escuchar, puede provocar que te cierres en banda, que me consideres un caso perdido, que te marches. Después de todo, una jovencita no tiene muchas cosas interesantes que ofrecer. Y una jovencita de temperamento inestable, mucho menos.

Intentaron hacerme a mí lo que ya le habían hecho a Mammy. Soltaron a los perros. Y si quieres que te cuente cómo se llegó a esto, solo voy a pedirte una cosa: cuando la duda arrugue tu ceño, cuando la incomprensión nuble tus ojos, cuando el disgusto se aposente como bruma rancia en tus labios, entonces piensa en cómo unos pocos nos mordimos la lengua durante tanto tiempo. Piensa en cómo nos tragamos la verdad. En cómo dejamos arder nuestros corazones con tal de no arriesgarnos a hablar. Y

cuando te sientas muy, muy lejos de mí, en ese preciso momento escucha con atención. Pero no a tus propios pensamientos, que te despistarían, ni a tu corazón, que te mentiría, sino a la voz que se oculta tras la voz. Confía entonces en la narración, y no en el narrador.

OceanofPDF.com