El fin de mi vida

Graham Joyce · Capítulo 3 de 37

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El fin de mi vida

Capítulo 1

Mammy apoyó la oreja contra la barriga rosada y dilatada de Gwen, y todos los presentes en la habitación tuvimos que callarnos. Los presentes éramos Gwen, por supuesto, lista para abrirse como un melón; y Mammy, también por supuesto; y la amiga de Gwen, Clarrie, que estaba de pie, cruzada de brazos y con un cigarrillo en los labios, un palo de ceniza que colgaba sobre la cama; y yo. Y todas atendimos.

—Será más fácil si me lo cuentas, Mammy —dijo Gwen, pero Mammy agitó un brazo en el aire, «cállate», y apretó aún más la oreja contra el punto que me había mostrado, justo al nornoroeste del ombligo de Gwen.

Mammy se enderezó y se alejó de ella.

—No puedo decírtelo.

—¡Sé que puedes! —protestó Gwen, pasando las manos hinchadas por su enorme barriga—. Me hubieras mirado a los ojos. Así que lo sé.

—Lo sabe, bueno —farfulló Clarrie sin sacarse el cigarrillo de la boca, y después soltó una pequeña tos que por poco hizo caer la ceniza sobre la cama —. La vieja Mammy Cullen lo sabe.

Mammy lo sabía, pero no pensaba ceder.

«Veamos qué nos da la naturaleza y alegrémonos», decía siempre Mammy.

Pero Gwen no pensaba rendirse.

—Oh, Mammy, si lo supiera podría relajarme y esperar tranquilamente a que saliera, y en ningún caso lo querría menos.

Gwen ya tenía cuatro varones berreantes de mejillas sonrosadas, y quería desesperadamente una niñita que restaurara parte del equilibrio en la

casa. Mammy escuchaba y solía acertar, pero no era infalible y por eso no le gustaba decirlo.

Al final, Clarrie se sacó el pitillo de la boca. Lo apagó con habilidad entre el pulgar y el índice, encallecidos por su trabajo en la fábrica de envasado, y depositó la colilla en el bolsillo de su mandil.

—Díselo a la chica —opinó.

Como siempre en estas situaciones, mi mano voló hacia las tres horquillas de hierro que me sujetaban el pelo en la sien. Gwen vocalizó en mi dirección como si fuera un pez, «vamos». Mammy arrugó la nariz y me señaló con un gesto el montículo hinchado de Gwen. Acerqué la oreja al punto y escuché con atención. Pasado un rato me incorporé, y como las otras dos trataban de leerme los labios, me toqué el lóbulo de la oreja izquierda.

—Ella cree que es una niña, y yo también —dijo Mammy, y Gwen empezó a sollozar.

—¡Pero si no ha dicho ni una palabra! —protestó Clarrie.

Mammy estaba más interesada en regañar a Gwen.

—¡Y ahora mírate, hinchándote como un pavo! ¿Y qué vas a hacer si me he equivocado?

—¡Tú nunca te equivocas, Mammy, lo dice todo el mundo! ¡Gracias, Mammy! ¡Gracias, gracias, gracias! ¡Ya puedo morir feliz!

—¿Morir? ¡No vas a morirte! Y me equivoco bastante a menudo.

Bastante a menudo.

—¡Pero si no ha dicho ni una palabra! —volvió a protestar Clarrie, encendiendo otro Craven A mientras me miraba.

No, pero teníamos nuestros propios modos de hablar, y mientras me tocaba el lóbulo de la oreja izquierda había mirado a Mammy buscando una respuesta, porque sabía que las dos habíamos escuchado problemas.

Mammy se frotó los dedos una sola vez para confirmar la complicación que yo había detectado en el latido. Plano. Problemas. Oh, Dios no lo quisiera, pero tenía que mantener la calma, Fern, mantener la calma.

Pero Gwen había dicho la verdad y se relajó de inmediato. A la media hora del pronunciamiento de Mammy, la niñita ya se estaba abriendo paso hacia el exterior. Pero aunque queríamos ver a la pequeña sacudir el aire

con sus diminutos puñitos rosados, algo había salido mal. El bebé tenía el cordón umbilical alrededor del cuello, como un nudo corredizo, y era evidente que le faltaba oxígeno. Mammy metió los dedos entre el cuello y el cordón y lo liberó rápidamente, pero no consiguió nada.

—No late —le dije a Mammy en un susurro, para que Gwen no lo oyera.

Pero Clarrie sintió que sucedía algo y se acercó para mirar. Se sacó el cigarrillo de los labios y soltó:

—Pero, ¿por qué está tan azul?

—¿Azul? —preguntó Gwen.

—Hazte a un lado y cierra la boca —dijo Mammy ásperamente a Clarrie. La niña ya había salido del todo, pero no reaccionaba. Mammy le pellizcó con fuerza los pies. Después le dio un cachete en el trasero—.

Succionador —me dijo muy bajo.

Rebusqué entre la bolsa de Mammy, encontré el estrecho tubo de goma y se lo entregué.

—¿Está bien? Dime que está bien, Mammy —suplicaba Gwen, de modo que me encargué de su hemorragia con algodones, sobre todo para distraerla mientras Mammy hacía todo lo que podía. Depositó a la niña sobre la cama, le metió el tubo por la garganta y aspiró con fuerza. Escupió en un cuenco. Volvió a darle un cachete, pero aquella cosita azul seguía sin responder. Sin vida. Nada.

No había modo de ocultarlo. Clarrie guardaba silencio y Gwen estaba paralizada. Yo sentía la corriente de miedo que se desplazaba entre nosotras.

Todas miramos a Mammy, pero esta parecía estar escuchando con atención, y no al bebé sino en dirección a la ventana. Tenía la cabeza un poco inclinada.

—Un cubo de agua fría, Fern, tan rápido como puedas. Usa el tonel de aguas pluviales. Fría.

No necesité que me lo dijera dos veces. Corrí escaleras abajo, agarré el recipiente más cercano y lo llené con las aguas gélidas del depósito de lluvia que había en el exterior. Regresé con la misma celeridad. Sabía lo que Mammy quería hacer, pero Clarrie dijo:

—Eso ya no lo hace nadie. Cogerá una neumonía.

Mammy la ignoró y metió al bebé directamente en el agua. Lo mantuvo sumergido un rato y lo sacó. Después volvió a sumergirlo y a sacarlo.

—Harina de linaza, Clarrie, ve a buscar un poco, a la carrera. Y tú, Fern, polvo de oro.

Clarrie desapareció a buscar su mandado, pero antes de que yo pudiera abandonar la habitación oí un tosido diminuto, como el farfullo de una bomba de agua cuando la cebas. La niñita había tosido. Sofoqué un grito.

—No te detengas ahora, Fern.

Tuve que bajar a la despensa de Gwen y rebuscar por todas partes la semilla de mostaza, a la que Mammy llamaba «polvo de oro». Machaqué las semillas en un mortero que había encontrado en la cocina. Antes de que yo terminara, Clarrie (que vivía en la casa de al lado) ya había vuelto con la harina de linaza. Se la arrebaté, preparé la cataplasma húmeda y la llevé a la habitación de arriba.

Gwen ya tenía a su hija con ella, muy bien envuelta en una toalla.

Mammy examinó la cataplasma, tomó el bebé de manos de Gwen y desenvolvió la toalla. Le untó la pasta amarillenta por toda la espalda, antes de envolverla de nuevo con la toalla y devolvérsela a su madre.

—No va a coger una neumonía —dijo Mammy acusadoramente, mirando a Clarrie.

—¡Oh, Mammy! —sollozó Gwen—. Es la niñita que tanto quería... ¿Se pondrá bien?

Bueno, aunque el peligro hubiera pasado, Mammy nunca decía nada acerca de si algo saldría bien, porque me había contado que la naturaleza era imperfecta; pero Mammy era lo bastante sabia como para comportarse como si no fuera a haber problemas.

—Apúntala —me dijo Mammy—. Anota la hora y el peso. Apunta que Gwen ha tenido a una niñita sana.

La precisión de Mammy en tales asuntos era su concesión a los burócratas que la habían exiliado de su verdadera vocación. Aunque no sabía ni leer ni escribir, y aseguraba no verle el sentido a tales prácticas, estaba orgullosa de que yo sí supiera. Era su modo de mostrar a las demás mujeres que también nosotras sabíamos llevar registros, siendo estos obligatorios como eran. Así que saqué el cuaderno y anoté: «De Gwen

Harding, niña, cuatro kilos, cuatro y dieciséis de la tarde, 4 de febrero de 1966». Y como floritura adicional de mi propia cosecha, escribí: «Hija de la luna llena».

Gwen estaba absorta en el momento de su nueva maternidad. Su amiga Clarrie también volvía a sonreír. Chupaba de un cigarrillo recién encendido, que entre sus dientes ya empezaba a formar un nuevo tubito de ceniza.

—Dicen que siempre aciertas, Mammy. Y vaya si acertaste también con esta pequeñaja.

Al tocarme la oreja izquierda le había dicho a Mammy que yo había oído que era niña. Esto se lo confirmó lo suficiente como para arriesgarse a decírselo a Gwen. Me sentí contenta, porque después de decenas y decenas de partos ya empezaba a ser casi tan buena como ella; me había enseñado a fiarme no del desarrollo del parto sino del latido del corazón, porque el de las niñas palpitaba más despacio que el de los niños, y después de un tiempo aprendías a distinguirlos bastante antes de ver lo que tenían entre las piernas. Aunque no habíamos sabido lo que era imposible adivinar: que, en este caso, el latido más débil estaba provocado por otra cosa totalmente distinta. Pero ellas (es decir, Gwen, Clarrie y todas las demás) nunca sabían cómo lo hacíamos, porque aquella era una de las muchas cosas que nos guardábamos. Y tanto nos guardábamos que no manteníamos relación con nadie. Por eso me sorprendí al día siguiente.

Se estaba preparando un temporal, el mal tiempo de febrero, aunque aún era posible lavar la ropa; la esquina húmeda de una sábana tendida no dejaba de sacudirme como si quisiera morderme la pierna, de modo que me vengué de ella y la puse en su sitio. No hay que dejar hablar a esas sábanas rebeldes. Mi minúsculo transistor Hitachi emitía suavemente la emisora pirata Radio Caroline desde el umbral. Aunque funcionaba con pilas que había que cambiar de tanto en tanto, me gustaba ponerla mientras trabajaba, y cantaba cuando podía. No es que a Mammy le gustara la música popular.

Para nada. La llamaba bazofia. Bazofia y carroña. Estaba cantando cuando me llegó un murmullo desde detrás de una sábana de algodón, y después vi una forma oscura, dejé de cantar y di un paso atrás. De repente deseé que Mammy estuviera allí. Entonces la sábana se apartó de golpe para revelar una cara seria pero divertida, bajo una maraña de rizos cobrizos. Era Arthur

McCann, tan alto que se encorvaba dentro de su chaqueta de motorista de cuero negro. Sus vaqueros de pitillo eran tan azules que me pregunté dónde los habría conseguido. Le di la espalda y seguí tendiendo la ropa.

—Me has asustado. Ya iba a buscar la horca del jardín.

—No te preocupes, Fern. No pretendía asustarte. —Recordaba a Arthur del colegio. Sus ojos eran tan azules como sus pantalones, y me miraba parpadeando con unas pestañas delicadas. Comprobé las tres horquillas de hierro que me sujetaban el pelo, y desde allí mi mano se dirigió hacia el roto en el codo de mi cárdigan—. Como Mammy te encuentre aquí te vas a enterar. Y va a volver del pueblo de un momento a otro.

Arthur salió de detrás de la sábana, que comenzó de nuevo a sacudirse en la fuerte brisa.

—No puedes seguir escondiéndote detrás de Mammy Cullen, Fern. —

Se acercó un poco más. El viento me traía el olor de la cerveza—. Tienes que darme una oportunidad.

Arthur era un tiarrón de Hallaton, un pueblo vecino. Aquel lugar era una locura. Podría contarte algunas cosas acerca de ese sitio. Yo tenía una pinza de madera entre los dientes.

—¿Oportunidad? ¿Qué oportunidad?

Levanté el brazo hacia la cuerda, sabiendo que mi cintura, cadera y trasero quedaban expuestos a su vista. Aunque le daba la espalda, pude sentir unos brazos fantasmales que se acercaban para descansar sobre mis caderas. Mammy me llamaría «ligera de cascos», pero me incliné sobre el cesto de la ropa, sacudí otra sábana y volví a estirarme mientras Arthur respiraba sobre mi hombro. Sentí el momento en el que iba a dar un paso más y lo bloqueé girándome.

—No me interesa un tarado de Hallaton. Además, tienes casi mi edad, Arthur. Yo busco a un hombre mayor.

—¿Y para qué quieres a alguien mayor? Yo estoy en la flor de la vida.

—Tienes veintiuno. No estás en la flor de nada. Eres un niño. Yo quiero a un hombre que pueda enseñarme cosas.

Ya sabía lo que iba a responder a aquello, y sin duda Mammy lo hubiera considerado una provocación.

—Yo podría enseñarte una o dos cosas. —Se rascó el mentón y parpadeó con sus pestañas blancas.

Volví a darle la espalda y seguí tendiendo. Recuerdo que pensé: ¿Quiero que me toque? ¿Me apetece?

—¡Aaay! —gritó Arthur de repente.

Me giré a toda velocidad y vi cómo se cogía el muslo, cerca del culo.

Detrás de él estaba Mammy Cullen con su bastón de fresno levantado, amenazándolo con otro golpe.

—¿Quién te ha dado permiso para entrar en mi jardín? —rugió Mammy, perforando al chico con sus ojos grises—. ¿Quién te ha dado permiso?

—¡Solo estábamos hablando!

—¡Galanteando! ¡Estabas galanteando! —Pude ver los inmensos pechos de Mammy hincharse dentro de su abrigo. Su gruesa quijada elaboró una mueca cómica, pero sus ojos, marrones como la hoja del tabaco, bullían de furia—. ¡Y no se galantea con una chica acercándote a hurtadillas a ella cuando te da la espalda! Ya puedes ir olvidándote de esos trucos. ¡Y no se hace la corte sin mi permiso!

—¡Solo estábamos hablando, Mammy! ¡No tienes por qué pegarme con el bastón!

—Y otra que te daré, muchachito. ¡Y no estabas hablando, tarado de Hallaron! Te estabas acercando a ella con la mano, que te he visto desde la puerta.

Arthur se frotó la parte trasera del muslo, pero estaba riendo. No le había dolido nada y todos lo sabíamos. Aunque yo sabía desde niña que, cuando Mammy dejaba volar el palo, no solía andarse con medias tintas.

Por suerte para Arthur aquello era un juego, pero todo podía cambiar.

—Dale un respiro a un jovencito, Mammy.

—¡¿Qué?! —rugió Mammy—. ¡Tú vuelve a mi casa, vuelve a mi jardín, y lo que haré será partirte el bastón en la cabeza!

—¡Mammy! —grité yo, riendo a mi vez. Era de palo fácil, y no quería que aquello fuera más allá.

Arthur era ágil y fuerte, y le arrebató el bastón de la mano y corrió hacia la puerta del jardín. Mammy era mayor, pero aún se movía con destreza y empezó a perseguirlo.

—¡Adiós, Fern! —gritó Arthur provocador, dejando el bastón de fresno junto a la puerta. Saltó a su motocicleta y la puso en marcha. Mammy cogió un puñado de tierra y se lo arrojó, pero él ya se había marchado y el rugido de su moto empezaba a alejarse.

—¡Lárgate de mi jardín, culo de jengibre de Hallaron, y no vuelvas!

Después de recuperar su bastón, Mammy se sentó en el banco del jardín para recuperar el aliento. Yo no dije nada y seguí tendiendo la colada.

Cuando acabé, me senté a su lado en el banco. Miramos hacia delante, en silencio. Después de un rato los hombros de Mammy comenzaron a sacudirse. Yo mantuve la boca cerrada. Después Mammy soltó un bufido.

«¡Culo de jengibre!», se carcajeó, y no pude contenerme más y solté un grito. «¡Tarado de Hallaton!», dije, y los amplios hombros de Mammy empezaron a retemblar. «¡Tarado de Hallaton, culo de jengibre, cazaliebres!», dijo ella y empezó a aullar palmeándose la rodilla, que se levantaba como si tuviera vida propia, y yo reí con ella y me alegré de que viviéramos lo bastante lejos del pueblo como para que nadie pudiera oírnos.

No podías evitarlo. De verdad. No, si pensabas en ello.

La vieja Mammy Cullen no era mi madre natural, pero me había adoptado tras morir mi verdadera madre. Así que me había dicho que yo había llegado por error a una mujer cuyos otros hijos ya eran mayores, y que por otra parte no tenían el menor interés en encargarse de una niña cuyo padre, encima, no era el mismo que el de ellos. Nunca he conocido a mi hermanastro ni a mis dos hermanastras. Mammy Cullen había perdido a un hijo propio mucho, mucho antes, y aquello dejó en su vida un agujero que no paró de crecer hasta que, ya bien entrada en la cincuentena, vio la necesidad de llenarlo de nuevo. Eso fue en 1946. Con la guerra recién acabada, Mammy logró superar toda necesidad de registro burocrático.

Siempre he supuesto que en aquellos meses no habría autoridad alguna que considerara que el registro era lo bastante importante. Era una época en la que encontrar un hogar caliente para un niño recién nacido era más importante que escribir nombres en un libro encuadernado en cuero.

—Te traje del hospital —me dijo, y yo nunca le hice preguntas al respecto.

Mammy tenía un agujero que llenar y me trajo a casa. Eso era todo. Me quería, y no me trataba ni mejor ni peor que si hubiera sido su propia hija.

Tenía un hogar caliente, comida suficiente en la mesa y ropa limpia; y solo recordaba una o dos palizas con el bastón de fresno. Y mucho amor, y la dedicación de todo el tiempo que le era posible a su pequeña.

Mammy escuchaba, Mammy respondía, Mammy interpretaba el universo para mí. Tenía el hábito de echar los ojos hacia arriba antes de ofrecer su informe sobre el mundo, y explicaba siempre con cuidado los puntos en los qué esa versión se encontraba con la de los vecinos, y aquellos en los que no lo hacía. Y desde el día de mi primer período me explicó de forma llana de qué iba todo aquello, y luchó para salvarme de los chicos que aparecían en la puerta del jardín. Arthur McCann no era el primero en ser echado a bastonazos por Mammy Cullen. Aunque yo opinaba que se había entrometido demasiado, y así se lo dije.

—Sé cuidarme sola, Mammy.

—Ya lo sé. Pero un día vendrá uno de esos y te tumbarás para él. No puedo alejarlos eternamente. Va contra la naturaleza. Te tumbarás.

—No, no me tumbaré.

—Sí te tumbarás. No importa lo dura que te creas. Se quedará ahí y encontrará una hebra suelta en tu delantal, y tirará y tirará de ella y tú le dejarás hacer, y cuando te quieras dar cuenta estarás temblando, tumbada de espaldas sobre la hierba, y te encantará y te creerás muy lista por todo lo sucedido. Así es como funciona. Pero no te quedes embarazada. Ya te he enseñado cómo.

Sí, también me lo había enseñado. Pero Mammy tenía un modo de calcularlo que me volvía loca. «Resta el mayor de la regla de once a dieciocho del número de días que duró el más breve de tus seis últimos sangrados, y resta el menor del número de días del más largo de tus seis sangrados anteriores. Si tus últimos períodos duraron entre veintiséis y treinta y un días, mantén alejado a tu hombre con un palo desde el octavo día (que es veintiséis menos dieciocho, ¿no es así?) hasta el vigésimo (que es treinta y uno menos once, ¿no es así?) del séptimo mes. Ya está. Así

deberías estar suficientemente a salvo. Aunque también podrías usar un trozo de esponja y vinagre».

—Arthur no es malo.

—Sí, también lo sé. ¿Pero qué vas a hacer cuando yo ya no esté?

—Todavía te queda vida de sobra.

—Eso dices, pero esta mañana estuve en el pueblo pagando el maldito recibo de la luz, y me dio una sacudida por la columna y el pecho. Me dejó doblada, ya te digo.

—¿Fue un calambrazo?

—No, tolondrona. Fue vejez. Tengo setenta y siete años y sé cuándo se acerca mi hora.

Me levanté y me di la vuelta. No quería que viera cómo se me escapaban las lágrimas. Pero no era posible esconderle nada a Mammy.

Nada. Nunca jamás.

—Estarás bien, mi pequeña pinzona —me dijo.

Durante un rato no hubo ni un suspiro de viento. Después llegó la brisa de ninguna parte, sacudiendo con violencia la ropa tendida en la cuerda. Las dos escuchamos durante un rato.

—Deberás estarlo —dijo Mammy.

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