El fin de mi vida
Capítulo 29
Fue muy extraño presenciar la inhumación de un ataúd que sabía vacío.
Eso y escuchar los ritos y exequias, aunque el reverendo Miller presidió toda aquella vacuidad de modo muy hermoso. Me sentía mal porque se hubiera tomado todo aquel trabajo, porque hubiera pagado una tumba y encargado una sencilla lápida solo para enterrar un cajón lleno de ladrillos.
William estaba allí, y Judith, que por supuesto había conseguido parecer más sexy y atractiva que nunca con la ropa negra de luto, un sombrero de ala ancha y unos pantys oscuros. A otros los reconocí de la noche anterior, aunque no me hicieron señal alguna al respecto. Aún me sorprendía todo aquello. Ya sabía que Mammy no deseaba ser enterrada en sagrado, que no sentía la menor afinidad por la iglesia local y que pensaba que el lugar adecuado para descansar estaba en algún lugar de lo que quedaba del viejo bosque. Era el grado de organización lo que me sorprendía, la maquinaria del engaño, la dedicación con que los pocos defendían su alternativa.
Y, por supuesto, había presentes muchos que no sabían nada al respecto.
Bill Myers con su uniforme de policía y la gorra debajo del brazo, y Peggy con aspecto sombrío. Los Cormell, con Bunch llorando a lágrima viva y la cara enrojecida. Emily Protheroe, que pronto se comería su tarta nupcial, y su madre. También estaban representadas una o dos familias más, aunque en absoluto todas a las que Mammy había ayudado a lo largo de los años.
Ni de lejos. Pero a todos los que acudieron les dejé bien claro que ni Venables ni la hacienda habían querido que Mammy fuera enterrada en la iglesia. Que, en 1966 como estábamos, así era como se comportaba aquella gente. Quise que todo el mundo supiera lo despreciables que eran.
Y estaba Greta, con su sonrisa beatífica, y Chas el desarrapado, ajeno a toda concesión a la etiqueta funeraria, vestido con un chaleco de cuero debajo de una chaqueta de pana. Aunque Bill se removió nervioso cuando Chas se acercó a él, me alegré al ver que ninguno de los dos quería más que estar presente y mostrar sus respetos.
Pero fue cuando el reverendo Miller dijo: «y mis días fueron más ligeros que la lanzadera del tejedor», que algo empezó a sucederme.
Me derrumbé.
Y de nuevo más tarde, cuando leyó el salmo: «El hombre, como la hierba son sus días; florece como la flor del campo, que pasó el viento por ella, y pereció». Sé que es ridículo porque Mammy no estaba allí, y porque no había derramado una sola lágrima durante la noche de su auténtico entierro, pero el llanto comenzó a fluir y sentí que me tambaleaba, incapaz de reconciliar la idea de Mammy en la tierra y los astronautas en el espacio y Judith con su brazo alrededor del de Chas, y sé que si Bill Myers no se hubiera acercado para sujetarme del codo me habría desplomado sobre la caja de ladrillos, y entonces Peggy me sostuvo del otro brazo.
La gente se acercó a mí al acabar la ceremonia. Bunch Cormell, aún llorosa, me abrazó con cariño. Bill y Peggy me besaron. Otros me dieron la mano. Greta me dio un beso.
Chas se acercó sonriente y me dijo: «sé que siempre pensaré en ella cuando esté en el retrete». Entonces Judith intentó abrazarme, pero le dije:
«sí, eres más ligera que la lanzadera del tejedor», y ella me dijo, «¿qué?», y yo le dije «sí, ¿cómo pudiste ser tan, tan descuidada?». Y me respondió que era yo la que no había tenido suficiente cuidado, y entonces la cogí del pelo y la ataqué, y mis uñas le arañaron el cuello, y ella respondió y de repente Bill, Peggy y Chas se interpusieron entre las dos.
—¡Los ánimos se están encrespando! —gritó el vicario con asombrosa obviedad. Levantó los brazos hacia el cielo—. ¡Los ánimos se están encrespando!
Y entonces me apartaron de Judith y de la tumba, y al final dejé de resistirme y lloré con todas mis fuerzas, y pensé que había expulsado hasta la última gota de humedad que había en mi interior, y que me había vuelto tan frágil que podría agrietarme y romperme.
Pero dejé de llorar y al final todos terminaron por marcharse, y tras rechazar sus invitaciones me quedé sola. Le di las gracias al vicario. Fue muy amable y me permitió usar la sacristía para recomponerme un poco antes de marcharme, ya que tenía cosas importantes que hacer.
Aún vestida con el luto, me dirigí caminando hasta la mansión, aquel horrible montículo jacobiano. Recorrí el camino de gravilla, dejé atrás el pestilente estanque de lentejas acuáticas y me deslicé entre los rododendros como una sombra. Esta vez no me dirigí al despacho de Venables, detrás de la casa. Entré tranquilamente por la puerta principal, donde me topé con un lacayo, uno de los criados encorvados y resecos de lord Stokes. El hombre no tenía un solo pelo en la cabeza. Parecía vestir las sobras desechadas de su amo. Juro que vi cómo le caía una mosca muerta del cuerpo mientras se dirigía hacia mí.
—¿Tiene usted cita? —me preguntó con educación.
—Dígale que soy la hija de Mammy Cullen y que tengo cierta información que necesita.
—Sé quién es usted —dijo el viejo lacayo—, pero su señoría no va a recibirla. Si tiene algún asunto, debe llevarlo ante el administrador de la hacienda.
Justo en ese momento pasó por allí Arthur McCann.
—Fern, aquí estás otra vez. —Era una especie de pregunta. Después añadió—: Ya me encargo yo, Geoffrey.
Y, ante esto, la puerta principal se me cerró en la cara. Arthur me alejó de la entrada.
—No me han dejado cogerme la tarde libre para acercarme —me dijo
—. Si no, habría ido.
—Ya lo sé. No pasa nada, Arthur.
—Ya sabrás que tu nombre no está muy bien visto por aquí, Fern. Nada bien visto.
—Eso también lo sé. Tengo que ver a lord Stokes. He encontrado algo en la casita que debe conocer. Algo que dejó Mammy. Información sobre la gente. Necesito su consejo respecto a qué hacer con ella.
—¿Qué clase de información?
—No puedo contártelo, Arthur. Pero es algo realmente serio.
Arthur parpadeó.
—Espera aquí, pero mantente oculta. Veré si puedo conseguirte cinco minutos.
Con esto, salió disparado hacia el jardín vallado que había detrás de la casa. Regresó poco después.
—Te recibirá ahora mismo. Más vale que sea bueno, Fern.
—Oh, vaya si lo es —le aseguré.
Arthur me guió hasta una puerta de cristal que daba a una maravillosa biblioteca en la parte trasera de la casa. Abrió la puerta y me hizo pasar, pero él se quedó fuera tras cerrar.
Lord Stokes estaba sentado en un elegante sofá, con una pierna echada sobre la tapicería y un codo por encima del asiento. Aunque era un día caluroso, el fuego ardía en el hogar. Sobre el sofá había un periódico abierto por las páginas de las carreras. Su señoría me valoró lentamente con unos ojos rojizos, lamiéndose los extremos zarrapastrosos de su bigote amarillento. La quijada rosada tembló un poco.
—Mffffffff —dijo.
Yo no sabía si aquello era una orden o una expresión de desprecio. Era consciente de que no debía sentarme hasta que me lo indicaran, pero no parecía que fuera a llegar ninguna invitación al respecto. La baja aristocracia siempre se ha contado entre la más maleducada de las gentes.
—Mffffffff —dijo de nuevo.
—No sé qué significa «mfffffff» —solté.
Su expresión se oscureció. Sus cejas blancas se movieron en direcciones opuestas.
— ¿Quéquieres? —Hablaba arrastrando las palabras.
—He venido a pedirle consejo.
—¿Consejo? ¿Quénsejo?
—Usted conocía a Mammy Cullen, por lo que tengo entendido.
Mammy vivía en la casita de usted, junto al bosque. —Asintió—. Yo soy su hija adoptiva. Cuando murió hice limpieza, y he encontrado algunos viejos escritos con sus ideas. —Le enseñé mis cuadernos.
—¿Qué tieneso queveronmigo?
—Contienen información delicada. Sobre gente de todo el distrito.
Sin ofrecerse a incorporarse, levantó una mano llena de manchas.
— Déjamechar un vistazo.
Crucé la estancia y le ofrecí uno de los cuadernos. Ensanchó las fosas nasales y palmeó el sofá, evidentemente para buscar sus gafas. Mientras lo hacía, reparé en el pequeño anillo plateado que llevaba en el dedo meñique, como el del doctor que sé había colado en mi casa. Al final encontró las gafas en una mesilla que había cerca del sofá. Le llevó un año pasarse las patillas por detrás de las orejas. Entonces volvió a derrumbarse en el sofá y leyó la página por la que le había abierto el cuaderno.
Lo observé con suma atención. Sus labios se movían ligeramente al leer.
La luz del fuego se reflejaba amarillenta en sus ojos reumáticos. Hacía pequeños ruidos incomprensibles a medida que progresaba en la lectura.
—Mm... Eh... Fffff... Mmm...
Al final dejó caer el cuaderno sobre el sofá. Después me miró por encima de las gafas.
—Monsergas —dijo.
—¿Pero qué hay de los nombres? —insistí, aunque en voz baja.
—¿Nombres? —Recogió el cuaderno y volvió a escrutarlo. Sacudió levemente la cabeza. Entonces leyó una parte en alto, con una voz que podría haber arrancado el óleo del retrato ancestral que había sobre la chimenea—. «El mejor modo de elaborar una tarta es el que voy a describir.
Señor, cuánta gente hay que no se entera de nada. ¿Tiene alguien idea de la receta?, me pregunto algunas veces. Un consejo acerca de la preparación, para empezar, es que hay que poner mucho amor en todo el proceso. Niño o grande, eso lo sabe todo el mundo. Secreto, ese es el secreto. Mammy Cullen sabe que ese es el principal truco, por encima de todos los demás.
Además, vigila tu humor. Se lo recomendé así a una amiga, y no me hizo caso. Deshizo un buen intento por albergar pensamientos desagradables antes de preparar esta tarta. De esto hablaremos más tarde. Otro consejo es que hay que vigilar la posición de la Luna antes de empezar...»
¿Quéstupideces me cuentas de nombres, chica? ¿Qué tieneso que ver con el precio las patatas?
—Tiene que mirar con más atención.
—¡Maldita chica!
—Tiene que leer la primera palabra de cada frase. Solo la primera palabra.
Volvió a mirar, leyendo en silencio esta vez. Dos veces. Era cortito, muy cortito, pero lo comprendió. Vaya si lo comprendió. A ver si aquello no era más interesante que la tercera carrera de Ascot, pensé. Después se quedó mirando intensamente la página, aunque ya no leía. El silencio resultaba insoportable. Cambié el peso de pie. Un hermoso reloj antiguo que había sobre el manto de la chimenea cobró vida y señaló la hora con un tintineo delicado.
—¿Hice lo correcto al traérselo?
—Mffff.
—Es que no sabía qué debía hacer con ello.
—Mffff. Y se mencionatros hombres, ¿no?
—A muchísimos. Al doctor. Al presidente del Partido Conservador. Al jefe de la Cámara de Comercio. Al...
—Ya basta. Lo he comprendido. Mmmm.
—No hay en todas las páginas. Hay que saber buscar.
—Ya veo.
Me mordí el labio.
—Entonces, ¿está todo bien?
—¿Todo bien? —Mire, es que vino ese hombre de la universidad de Cambridge, el señor Bennett, y él no se dio cuenta. Y ni siquiera alguien tan inteligente como usted se ha percatado. De modo que no creo que haya ningún problema en darle el visto bueno y publicarlo.
—¿Publicarlo? ¡¿Publicarlo?!
—Sí, ese hombre de Cambridge. Está interesado en la medicina natural.
Curas herbales para distintas enfermedades. Medicina natural. De eso hablan estos cuadernos. Quiere publicarlos.
Lord Stokes me devolvió su atención, como si solo ahora me viera por primera vez. Y, para variar, habló de forma clara y mostró algo de emoción.
—¿Es que estás completa, condenadamente loca? ¿Y bien? ¿Es así?
Me sentía harta de llorar después de aquella tarde, pero logré componer una expresión cariacontecida. Hice que me temblara el labio inferior. Logré que se me saltaran gruesas lágrimas. Hasta yo quedé impresionada.
—Pero si ni siquiera usted se ha dado cuenta, y el hombre de Cambridge me dijo que si llegábamos a publicarlo me pagaría lo suficiente para cubrir el alquiler de la casita... y... y... y... —Los sollozos me impidieron continuar.
Se puso rojo por la furia y la perplejidad. Sus blancas pestañas y el bigote pálido parecieron estallar en llamas y su frente se cubrió de arrugas, como si fuera el viejo lecho de un río reseco.
—¿Casita? ¿Mi casita? ¡Qué más me da esa maldita casita! ¡No puedes publicar este engendro maldito y asqueroso, estúpida, palurda de tres al cuarto!
—¡Pero es que el señor Venables quiere echarme! —gimoteé.
—¡Geoffrey! —rugió su Señoría—. ¡Geoffrey! —Después de un siglo, el lacayo de la puerta apareció en la biblioteca—. Tráeme a Venables, Geoffrey, y que sea a-ho-ra-mis-mo.
La idea de que el viejo cadáver de Geoffrey hiciera algo rápido casi me hizo reír. Me controlé y me enjugué las lágrimas con un pequeño pañuelo.
Lord Stokes me taladraba con una mirada perversa. Cuando Venables apareció, Stokes le preguntó:
—¿Conoces a esta chica?
—Sí. Ocupa una de las casitas junto al...
—La vas a dejar en paz. Sin alquiler. Todo eso. Hasta que yo indique lo contrario.
—Pero si ya hemos...
—Me da igual. Es mi propiedad y yo decido. Eso es todo. Márchate.
Venables se dio la vuelta y se largó sin mirarme siquiera.
Stokes sacudió el cuaderno en mi dirección.
—¿Es esta la única copia?
—Miraré por casa para asegurarme.
—Hazlo. Y no dejes de informarme. Buena chica. Ahora vete, y si ves a ese hijo de mala madre de Cambridge husmeando por ahí, ya sabes lo que tienes que decirle, ¿no es así?
—Sí, su señoría.
—Pues entonces, marchando.
Salí de la biblioteca por donde había entrado. Oí otro rugido procedente del interior. Arthur me esperaba fumándose un cigarrillo. Lo apagó con el zapato, se acercó y me cogió del brazo para acompañarme hasta la salida.
—¿En qué andas metida, Fern?
—En nada.
—¿En nada? Pues por aquí vuelan chispas. Acabo de ver a Venables hecho un basilisco. —Arthur me acompañó por el camino de gravilla y rodeamos los rododendros. Pensé que iba a empezar a gritarme, pero entonces dijo—: Oye, ¿te importa que me pase alguna vez?
Le dije que me gustaría. Estaba un poco asustada después de lo que acababa de hacer, y sabía que me vendría bien tener algún amigo. No cerramos ningún detalle. Me prometió «pasarse cualquier noche».
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