El fin de mi vida

Graham Joyce · Capítulo 34 de 37

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El fin de mi vida

Capítulo 32

Por la noche me acerqué a la tumba de Mammy; no a la tumba falsa sino a la verdadera, la de los bosques. Me senté con la espalda contra el gran roble y hablé con ella. La Luna brillaba fuerte y clara, y si entrecerraba los ojos podía ver a Mammy claramente, sentada con la espalda contra un roble cercano, hablando conmigo bajo aquella luz de plata, bajo la Luna.

Lo cierto es que en aquella época me estaba volviendo un poco loca, y no estoy segura de si la vi en realidad o si simplemente así es como lo recuerdo. O quizá al recordarlo lo veo todo de nuevo. ¿Qué diferencia hay entre la memoria y la imaginación, si no hay nadie que pueda decirte si algo ha sucedido o no? Mammy hablaba conmigo acerca de mi voz, me decía que era una cantora y que tenía que ocultar mi don.

—Fíjate en esos pequeños niños —me dice—. ¿Qué es lo primero que hacen en cuanto asoman las orejillas?

—Lloran —le respondo.

—Así es —me dice—, lloran porque les duele el mundo, porque observan y cobran conciencia ante la repentina violencia de la luz. Pero después de un rato paran, porque el dolor remite y solo ven la belleza, aunque no saben lo que es. Pues eso es lo que sucede cuando tú cantas.

—¿El qué? ¿Que siento dolor?

—Sí. Lloras, pero estás en el camino de arreglarlo. De lograr que el dolor remita. Todo canto nos habla de un dolo ¿no es cierto? Oh, sí, por aquí y por allá hay canciones divertidas, pero incluso en ellas hay dolor, si te fijas bien Y aunque la canción no pueda restañarlo, puede conseguir que

remita durante un momento, para así dejarte ver lo que hay detrás. Eso es lo que puede ofrecer a la gente una buena cantora como tú.

Le dije que lo comprendía. Y quizá era verdad.

Pero Mammy nunca permanecía seria durante demasiado tiempo. Se puso en pie y se sacudió los zapatos.

—Vamos, Fern, canta para mí. Un último bailecito antes de marcharnos.

Un último bailecito.

También me levanté y, bajo la luz de la Luna que se derramaba por los bosques y fluía entre los árboles, di palmas para contar los tiempos y le ofrecí una animada interpretación de Marrowbones, que siempre había sido su canción favorita. Mammy se levantó la falda hasta las rodillas y bailó, con tal expresión de felicidad y alegría que apenas pude evitar reír.

—¡Mira estos viejos huesos! —me gritó mientras lanzaba las piernas sobre las campánulas—. ¡Mira a este viejo saco de huesos bailando bajo la Luna! ¡Y no nos importa lo que piensen de nosotras!

Y di palmas, y apenas evité que la canción se convirtiera en una carcajada. La Luna brillaba sobre el claro. Mammy parecía atraer su fulgor, que la empapaba mientras hacía cabriolas y bailaba. La luz llovía sobre ella.

Era su manto. Nunca la quise más que en aquel momento.

Y de repente me encontré sola bajo el árbol en el que estaba enterrada.

Mammy había desaparecido, y yo no sabía si acababa de llamar a su sombra de vuelta o si solo estaba recordando algo que había sucedido en realidad. Y

comprendí que aferrarse a una idea tal podía llevarte más allá del límite.

Aquella misma noche, alguien profanó la tumba de Mammy en la iglesia. Habían roto la lápida y pintado en ella palabras horribles, después de esparcir todas las flores que se le habían puesto. Me informó de ello una mujer de la zona a la que apenas conocía. Se mostró llena de simpatía. No podía comprender cómo alguien podía albergar tanto odio. Mammy había ayudado a mucha gente, me dijo. ¿Pensaba yo que podía ser uno de esos gamberros melenudos de la granja de Croker? Le dije que no, que la gente de la granja de Croker no eran malos tipos, y que sabía que ninguno de ellos haría algo así. Me preguntó si quería que se encargara ella de buscar gente

para limpiar la tumba. Le di las gracias y le dije que ya me encargaría yo de hacerlo.

Tenía otras cosas en que pensar. Greta me había sugerido que encontrara a gente que hablara en mi favor durante la evaluación, de modo que fui a ver a Bill Myers y le enseñé la carta. Me senté con Peggy y con él para discutir el asunto, pero no antes de que los dos expresaran su ultraje por lo que había sucedido en la tumba de Mammy. Bill estaba pálido y dijo que si descubría a los responsables los iba a dejar nuevos, y Peggy añadió que ella lo ayudaría. Los dos me dijeron que ya tenía que soportar bastante, como para encima tener que pasar por aquello. Querían saber si ya había ido a la iglesia para arreglar el desaguisado, y tuve que admitir que aún no lo había hecho.

Pero la simpatía tenía un límite. Cuando llegó el momento de hablar de la carta y de la evaluación pendiente, Bill me dijo que no podía hablar en mi favor.

—Estoy entre la espada y la pared, Fern. Los amigos de los policías suelen descubrir antes o después que el respeto a la ley se encuentra por delante de la amistad. Por eso somos gente rechazada, Fern, nosotros los policías. Tenemos obligaciones.

Peggy dijo que yo no quería escuchar todo aquello, sino si hablaría en mi favor o no. Y Bill respondió que no podía ser, porque podía llegar el caso de que fuera formalmente acusada de algo, y que entonces él tendría que obedecer. «Eso es quedarse al margen», dijo su mujer. «Bueno, puede ser», dijo Bill, pero esa era la situación en la que se encontraba. «Le debes la vida a Mammy Cullen», dijo entonces Peggy, «desde el día en que naciste». «¿Y qué tenía aquello que ver con Fern?», quiso saber Bill. «Ella te trajo de entre los muertos», insistió Peggy.

Peggy me miró y me dijo que Bill había sido dado por muerto por el médico, pero que en secreto alguien había ido a llamar a Mammy y que ella llegó y escupió un aceite de hierbas (yo sabía de qué se trataba) en la garganta del bebé, y que la propia Mammy había aspirado el aceite y el tapón de flema de la garganta de Bill, lo había sumergido en agua fría y le había puesto aceite de mostaza entre los hombros, trayéndolo de vuelta de entre los muertos. Y allí estaba, crecidito y estupendo.

Bill se quedó pensativo. Sentí que algo se rompía entre ellos dos, y no quería que eso sucediera. Les di las gracias y me levanté para marcharme.

Me pareció que Bill estaba triste.

Peggy me acompañó hasta la puerta.

—Quieren encerrarme. Igual que hicieron con Mammy —le dije.

—Hay una diferencia —respondió Peggy—. Cuando encerraron a Mammy, o eso me dijo mi madre, era cierto que llevaba un tiempo un poco loca. Primero había perdido a su marido y después a su hijo. Se pasó una temporada tratando de concebir, sin importarle un bledo quién fuera el padre. Pero una vez la metieron en ese horrible lugar..., bueno. ¿Sabes que la esterilizaron mientras estuvo allí dentro?

Me quedé atónita.

—No sabía eso.

Peggy asintió.

—Mira, quizá Bill no pueda defenderte —me dijo mientras salía—, pero conozco a alguien que sí lo hará.

La miré a los ojos para tratar de descifrar sus palabras, pero me cerró la puerta con delicadeza.

Mientras me dirigía hacia la casita, otra mujer me paró y me expresó el horror que le producía lo sucedido en la iglesia. Me dijo que no sabía a dónde iba a parar el mundo si ni siquiera a los muertos se los dejaba en paz.

La profanación había soliviantado a todo el mundo.

Aquella noche recibí la visita de William, Peggy Myers y una mujer a la que no había visto nunca, una anciana que padecía cifosis y que llevaba gafas de culo de vaso. Yo ni siquiera sabía que William y Peggy se conocieran. El llevaba las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta de su formal traje oscuro, del que colgaba la cadena de oro del reloj. Se conducía como si no me hubiera visto en toda su vida. No dijo nada, y se comportó como si todo le importara un pimiento. Los invité a entrar.

Cuando estuvieron sentados, Peggy Myers se portó con cordialidad.

William parecía estar aburrido y revisaba la casita con un aire de leve desaprobación. Creí mejor no dar a entender que ya lo conocía. Fue la

mujer de la espalda deforme la que se lanzó al asunto, mientras se frotaba los dedos artríticos:

—Hemos venido por el pastel, cariño.

—¿El pastel?

—Sí, el pastel. Bueno, en los años pasados fue Mammy la que digamos que... —Aquí se detuvo y tiró de algo invisible que tenía en la punta de la lengua—. Sí, era Mammy la que ayudaba con el pastel. Aunque últimamente declinó la oferta en algunas ocasiones, ya que la elaboración da muchísimo trabajo. Así que desde hace un tiempo recurrimos a la tahona de Carlton, aunque nadie parece quedarse nunca muy satisfecho y este año vamos a volver a prepararlo nosotros.

—¿Ustedes?

—Nosotros tres somos del comité, por así decirlo. Yo soy la presidenta.

Y hemos pensado en pedírtelo a ti.

—¿A mí?

—Queremos pedirte que nos ayudes con ello, cariño. No lo harías tú sola, pero sí podrías poner algo de Mammy en la preparación. Qué vergüenza, ese asunto en el camposanto. Qué vergüenza.

Estaba atónita. Se me habían llenado los ojos de lágrimas.

—¿Ves? —dijo Peggy—. Ya te dije que diría que sí. El pastel de este año será el mejor de todos los tiempos.

—¿Pero estará esta chica a la altura del trabajo? —gruñó William—.

Quiero que alguien me asegure que no nos entregará una porquería.

—¡Pues claro que puede hacerlo! —respondió Peggy con otro gruñido.

William apretó los dientes, se cruzó de brazos y apartó la mirada.

—¿Y bien? —dijo la presidenta del comité, que aún se frotaba los nudillos artríticos.

—¿Y bien? —fue mi patética respuesta.

—¿Puedes hacerlo?

—Sí. Puedo.

—Pues ya está, cariño.

Con esto, el comité se puso en pie. Peggy y la presidenta parecían satisfechas consigo mismas. William tenía el aspecto de alguien desautorizado por una instancia superior. Cuando ya salían, William se giró

y me miró sin una palabra, sin un solo gesto de su cara vieja, adorablemente agria.

Cuando se hubieron marchado, me volví a sentar en mi silla y pensé en lo que acababa de suceder. Me habían ofrecido unirme a la elaboración del pastel.

El pastel de liebre.

Aquel pastel de liebre. En Hallaton llevaban tanto tiempo preparando el pastel para el festival que ya nadie recordaba cuándo había comenzado la tradición. La Iglesia aún intentaba acabar con ella. La Iglesia la odiaba.

Mammy me había contado que, hacía bastante más de cien años, habían conseguido pararla, pero que entonces comenzó de nuevo. Algunos aseguraban que la tradición tenía solo una centuria, pero otros hablaban de un párroco del siglo XVIII que había tratado de acabar con el pastel, y al que los feligreses le rompieron todas las ventanas y escribieron «Sin pastel no hay parroquia» en la pared de la rectoría. La tradición regresó al instante.

No lo sé. Creo que es una de esas cosas que no tienen comienzo y que no tendrán final. Siempre habrá pastel de liebre y nunca hubo pastel de liebre. Pero lo que había dicho la vieja acerca de que Mammy se había cansado de hacer el pastel no era cierto. Se lo habían impedido. U otro párroco, o un vicario, se lo había impedido. Ocurrió después de que la tuvieran encerrada todos aquellos años. No le dejaron volver a entrar en la cocina. Pobre Mammy. Y cómo le gustaba hornear. «Cómo te odian si eres siquiera un poquito diferente», me decía. «Cuánto te odian». A lo que añadía: «Y no hay necesidad».

Pero acababan de venir a pedírmelo a mí. Lo habían hecho los tres, y me daban ganas de decir: «¿y qué hago? ¿Le pido a la liebre el pastel de liebre?» Pero no dices nada, claro. Te piden algo así y tú te atas el mandil y te pones a hornear. Eso es lo que haces.

Pero lo que yo sabía, porque Mammy me lo había contado, era que hacía muchos años que ese pastel no llevaba liebre. «Es ternera y jamón.

Ternera y jamón. ¿Qué clase de pastel de liebre es ese?» Mammy se ponía muy triste, porque el día del pastel de liebre es el único del año en el que puedes comer liebre sin sufrir una maldición. Ahí está su sentido. Por eso tenemos permiso. Yo nunca comería liebre fuera del lunes de Pascua. Si lo

haces cualquier otro día quedas maldito con la cobardía. Eso lo sabe todo el mundo. Pero de algún modo, por alguna razón que escapaba a mi comprensión, aquel año la tarea había recaído en mí, y lo que les daría sería un pastel de liebre. Ni más ni menos.

Y lo primero que hice fue salir a los bosques para contárselo a Mammy.

Arthur no tardó en enterarse, y el miércoles ya estaba llamando a la puerta. Como él iba a llevar uno de los barriles de cerveza para el partido con botellas, los dos teníamos ya un papel en el festival de Pascua. Estaba contento como unas castañuelas y yo tenía mucho, muchísimo trabajo.

—¿Ya has ido a limpiar la tumba de Mammy? —me preguntó, enarcando las cejas.

—Todavía no —respondí.

—Es la comidilla. Me gustaría ponerle las manos encima al responsable.

Tenía muchísimas otras cosas en las que pensar. Tenía que preparar un gigantesco pastel para el lunes de Pascua.

También estaba el asunto de mi «evaluación», que tendría lugar al día siguiente, el anterior al Viernes Santo. Y lo único en que podía pensar era: Si me encierran, ¿cómo voy a preparar el pastel? Me preguntaba si alguien había tenido eso en cuenta.

Me pasé limpiando la noche anterior a la evaluación. Greta me había recomendado que dejara el lugar como los chorros del oro, que quitara de las vigas los manojos de hierbas de aspecto extraño y que retirara de los estantes las botellas y frascos más pegajosos. Me parecía un insulto hacia Mammy, pero hice lo que Greta me indicó y lo escondí todo. Incluso bajé el frasco con las uñas y los cabellos de Mammy del estante oculto, aunque no fui capaz de tirarlo y lo devolví a su sitio.

Quité el polvo y saqué brillo a todos los recovecos. Fregué el suelo y las paredes. Lavé la tapicería de las sillas y el mantel, y lo coloqué todo del modo más ordenado posible. Trabajé muy duro.

Aunque me había agotado con la limpieza, aquella noche no dormí bien.

No dejaba de pensar en Mammy, en cómo había ido perdiendo el juicio con

el tiempo, en el día que me habló de la temporada que había estado encerrada en aquel lugar espantoso. Pensé en la esterilización no consentida.

Por la mañana puse sobre el mantel blanco un jarrón con flores frescas, entre las que incluí algunas fárfaras de color amarillo brillante, para transmitir paz. Seguía arreglando las flores cuando una mujer de aspecto oficioso, vestida con un traje elegante, apareció en el umbral de la puerta abierta. Llevaba unas gafas de media luna y en la mano sostenía una carpeta. Tenía el pelo echado hacia atrás y recogido en un moño.

El corazón me dio un vuelco cuando comprendí quién era.

—¡Greta! ¡Vaya traje!

Greta entró y se sentó.

—El lugar tiene buen aspecto. —Depositó la carpeta y un bolígrafo sobre la mesa—. Ya sabes, Fern, lo importante es la función.

—No, no lo sabía. ¿De dónde has sacado esos trapos?

—Lo tenía guardado por ahí. Hacía casi dos años que no me lo ponía.

—Me miró por encima de las gafas, y de no conocerla me hubiera sentido intimidada—. ¿Repasamos un poco las cosas?

A las diez en punto el doctor Bloom, el médico de familia que había llevado a Mammy al hospital poco antes de su muerte, llegó acompañado de otro médico: el que había conseguido colarse en mi casa con unas natillas de huevo. Los seguía una mujer alta y enjuta. Esta tenía la cara rubicunda y agrietada, como si se expusiera demasiado al viento de los páramos. Su cabello era del color del peltre y lo llevaba corto, contrario a la moda. Se presentó como Jane Cavendish, «trabajadora social».

Yo había oído en ocasiones el término «trabajador social», pero no sabía a qué se dedicaban exactamente. Estaba a punto de preguntarle cuál era su función cuando escuché a Greta decir que todo el mundo estaría más cómodo sentado a la mesa, y que había una silla para cada uno.

El doctor de las natillas de huevo echó un vistazo a las sillas, como si estuvieran pegajosas.

—¿Y usted quién es? —preguntó.

—Soy Greta Dean. Estoy aquí para aconsejar y asesorar a Fern durante el proceso de su evaluación.

—No sabía nada de esto —respondió el doctor de las natillas, mirando a los demás.

Greta se sentó y sacó una silla a su lado para Jean, trabajadora social. La mujer aceptó el asiento, lo mismo que Bloom.

Al final el doctor de las natillas también se sentó, mirando a Greta con suspicacia.

—Es bastante sencillo: Fern me ha contratado para asegurar la legalidad de todo el proceso.

—¿Contratado? ¡Mucho me sorprendería que pudiera permitirse siquiera un procurador!

—Sin duda, eso es asunto de Fern. —Y con esto Greta mostró una de aquellas sonrisas que siempre me habían puesto furiosa. Me alegré tanto de verla empleada contra aquel hombre que se me levantó el ánimo—. ¿Puedo pedirle que se presente?

—Esto parece demasiado formal, ¿no cree? Hemos... —Fern se refiere a usted como «el doctor de las natillas de huevo», ya que con unas natillas se presentó usted aquí. Y puedo asegurarle que se me pone por delante referirme a usted como «el doctor de las natillas de huevo».

Aquello provocó una risita de la trabajadora social y un bufido de Bloom.

—Creo —dijo Jane— que lo más adecuado es que todos nos presentemos de forma apropiada.

Así que procedimos alrededor de la mesa. El doctor de las natillas de huevo dijo que se llamaba Glaister y que trabajaba para el Departamento de Sanidad del condado, «ayudando en aquellos asuntos». Seguro que sí, pensé. Yo fui la última, después de Greta:

—Soy Fern, y no estoy chiflada.

Greta se me quedó mirando. Me había advertido que no debía hacer referencia a aquello, pero lo había olvidado. Entonces Glaister trató de tomar el control de la reunión. Sin que nadie dijera nada, decidió que él era el director de todo el proceso.

—¿Empezamos, pues? Antes de nada, Fern, quiero decirte que esta es una reunión informal y amistosa para establecer algunas cosas, eso es todo.

Solo vamos a hacerte algunas preguntas, así que puedes responderlas con tranquilidad.

Greta intervino de inmediato.

—Aunque es importante que comprendas, Fern, que aunque esta es una reunión informal, el propósito expreso de los señores Bloom y Glaister, y de la señora Cavendish, es realizar una evaluación de tu equilibrio mental. Al final de la reunión podrían decidir que te resultaría beneficioso un tratamiento, hospitalario. De ser así, tienen poderes legales completos para obligarte a ello. ¿Comprendes eso?

—Sí —respondí.

—En ese caso —dijo Greta—, es necesario que entiendas que, aunque esta reunión es informal, no debes considerarla completamente amistosa.

—¿Tiene usted alguna titulación en derecho? —preguntó Glaister.

—Por supuesto —respondió Greta.

—¿Puede enseñarme su acreditación?

—Le mostraré la mía si usted me enseña la suya. —Y desenfundó su sonrisa dentuda.

—Para ya, George —dijo Jean a Glaister. Era evidente que lo conocía desde hacía muchos años—. Sigamos con esto.

Y entonces comenzó el interrogatorio.

Y mientras se desarrollaba pensé en Mammy y en los años que habíamos estado juntas, y en su dulzura, y en su ocasional mal humor. Me pregunté en ese momento si me había adoptado porque le habían quemado los ovarios. Ella misma me había contado que me había traído de un hospital en el que otra paciente no era capaz de hacerse cargo de su hija.

Ahora comprendía de qué clase de hospital se trataba. Mi madre natural era otra paciente del manicomio. Como posiblemente lo fuera mi padre. No tenía mucho sentido darle vueltas al asunto. Lo cierto es que me daba igual.

Mammy era mi verdadera madre al cien por cien. La sangre puede ser más espesa que el agua, sí, pero la generosidad es más espesa que la sangre.

Recordé una ocasión en que había asistido con Mammy a un parto difícil. La madre era apenas una niña, aunque a mí ya me parecía una mujer madura. Yo acababa de pasar mi primera regla y Mammy me había contado cómo funcionaban las cosas. Me dijo que mirara bien, que a lo que iba a ver

conducía todo. Bueno, pues acudimos a casa de aquella mujer y la encontramos sufriendo hasta tal punto que Mammy tuvo que emplear toda su habilidad y su saber, y pasamos juntas en aquella casa todo el día y buena parte de la noche. La chica lloraba y aullaba. Y cuando todo acabó, cuando tuvo en los brazos a aquella cosita gordita y preciosa, ya a salvo, dijo: «nunca jamás, nunca jamás».

«Ja, todas decís eso», le contestó Mammy. Pero la chica insistió. Dijo que no iba a permitir que aquel tipo se le volviera a acercar, nunca jamás.

Prefería tener que alejarlo con un hacha a dejar que aquello volviera a suceder, y le pidió a Mammy algo para el dolor. Entonces comenzó a llorar de nuevo, y lo que para muchas mujeres debería ser alegría y alivio, para ella, como para tantas otras, no fue más que pesadumbre y dolor, porque en su casa no había amor.

Mammy le dio uno de sus preparados especiales y, pasado un rato, la chica se calmó un poco. Deseó amargamente que su madre estuviera allí, pero había muerto algunos años atrás. Bueno, Mammy era la única madre disponible en ese momento, así que mientras la chica acunaba a su hijito en los brazos, Mammy se acercó y la acunó a ella, y le susurró, y la apaciguó, y vertió en su oído todo su amor. «¿Sabes?», le dijo. «Hay algo dentro de nosotras que nos hace olvidar el dolor, y entonces empezamos de nuevo y volvemos a las andadas. Pero el dolor desaparecerá, te lo prometo».

Recuerdo que en aquel momento me dejó perpleja ver a Mammy haciendo de madre de aquella chica ya adulta. Ahora que sé mucho más, no me sorprende en absoluto. Mammy no dejó de hablarle con dulzura y de acariciarle el pelo, pero mientras lo hacía era a mí a quien miraba. «Ya lo verás. El dolor y el sufrimiento desaparecerán».

—¿Puedes responder a la pregunta, Fern? —dijo Jean.

—¿Fern? —intervino Greta.

Estaba tan distraída que tuve que pedir que me la repitieran.

—¿Oyes voces?

—Oigo la voz de Mammy. Me ayuda en los momentos difíciles.

Greta se encogió visiblemente. Me había insistido en que no dijera cosas así, pero de nuevo lo había olvidado en la distracción del momento.

—¿Crees en los actos mágicos? —preguntó Bloom.

—Va a tener que definir a qué se refiere con «mágicos» —protestó Greta.

—No puedo imaginar a nadie que viva sin la esperanza o la expectación de la magia —respondí.

—¿Tías practicado alguna vez un aborto a alguien? —preguntó Glaister.

—¿A qué viene eso? —terció de nuevo Greta—. No guarda relación alguna con nuestro asunto.

—Sí, no sé a dónde quieres llegar, George —dijo Jean Cavendish.

—¿Sería posible saber, doctor Glaister —preguntó Greta mientras lo miraba por encima de sus gafas—, cómo llegó a involucrarse en este caso en particular?

—¿Disculpe?

—Puedo ver cómo se involucraron el doctor Bloom y la señora Cavendish, ya que el asunto queda dentro de sus respectivas áreas profesionales, pero no estoy segura de cómo llegó usted a interesarse por Fern.

—Solicitaron mi ayuda. Mi ayuda profesional.

—¿Y quién lo hizo?

—Eso no es asunto de nadie, y no tengo por qué decirlo.

Reparé en el anillo de plata que Glaister llevaba en el rechoncho dedo meñique. Era igual que el que había visto a lord Stokes.

—Son masones —dije—. Lord Stokes, el doctor Glaister aquí presente, el señor Venables y tantos otros.

Bloom miró al techó y resopló.

—¡Por el amor de Dios! —saltó Glaister.

Jean Cavendish me clavó la mirada.

Mammy me había contado que los hombres que la habían encerrado antes y durante la guerra eran masones. Decía que era imposible demostrarlo. Aseguraba que formaban una banda secreta de hombres, a menudo en posiciones de autoridad, que trabajaban para ayudarse los unos a los otros, y que si te cruzabas en el camino de uno de ellos, los otros hacían

piña con él y le solucionaban el trabajo sucio. «Espesos como ladrones», decía. Recuerdo haberle preguntado si era cierto que existían sociedades secretas, a lo que me contestó: «¿y qué somos nosotros?» Y aunque nunca había pensado en los pocos de ese modo, porque no llevábamos una insignia, ni realizábamos juramentos, ni teníamos apretones de manos secretos ni nada de eso, supongo que aquello era exactamente lo que éramos. «Aunque nunca debes tratar de nombrarlos», me dijo. Y cuando le pregunté por qué, me dijo que cuando alguien los amenazaba se inventaban que estaba mal de la cabeza, loco, y conspiraban para quitarlo de en medio.

Yo sabía quién era masón porque Mammy me había hecho un listado, que yo había codificado en mi cuaderno. Allí aparecían todos los hombres de negocios, políticos locales, oficiales de policía (no, Bill Myers no era masón, por lo que yo sabía), dignatarios civiles y empleados de la administración local (ya había pensado en que quizá por eso se habían comprobado mis credenciales en el Colegio de comadronas) cuya adscripción conocíamos. Eran nuestros opuestos, nuestras sombras, una especie de burla, solía decir Mammy.

—Fern, ¿crees que la gente conspira contra ti? —dijo el doctor Bloom.

—Yo diría que, en este caso —intervino rápidamente Greta—, no hay duda de que hay gente dispuesta a manipular a Fern.

—¿Qué se supone que significa eso? —preguntó cortante Glaister.

—Sí —dijo Jean Cavendish—. Después de todo, estamos actuando por el bien de Fern.

—Lo que quiero decir es que el ser paranoico no excluye el que realmente haya gente conspirando contra uno.

—Entonces ¿admite que su clienta es una paranoica? —preguntó Glaister.

—¿No somos todos un poco paranoicos? —maniobró Greta—. Por ejemplo, su propia reacción a mi anterior comentario ha sido ciertamente paranoica, ¿no cree?

—Esto está llegando al ridículo —dijo Bloom—. Estoy seguro de haber oído ya suficiente, como para empezar ahora con estas tonterías de los masones.

Jean Cavendish se frotaba la barbilla con la mano. Parecía melancólica.

Ladeó la cabeza y miró a Bloom.

—Pues yo no lo tengo tan claro.

Greta pareció aliviada. Bloom y Glaister ya tenían su decisión tomada mucho antes de que comenzara aquella parodia de juicio, y todos lo sabíamos. Cavendish era mi única esperanza.

Entonces empezaron a hablar sin parar. Las preguntas se hicieron interminables. Me preguntaron acerca de mi niñez y mi relación con Mammy cuando era pequeña. Glaister intentó sacar de nuevo los abortos, pero Jean Cavendish le prohibió que siguiera aquella línea. No podía concentrarme. No era capaz de mantener la atención. Aunque sabía que era crucial atender a las conversaciones, no dejaba de divagar.

Entonces oí voces, pero al otro lado de la puerta. Alguien llamó y Greta se levantó para responder. Cuando volvió, anunció que había pedido a algunas personas que ofrecieran su testimonio a la reunión. Aquello no me sorprendió porque Greta y yo ya lo habíamos hablado, pero no sabía quién se encargaría de defenderme. Glaister no estaba en absoluto de acuerdo, pero Jean Cavendish dijo que no veía qué podía haber de malo en ello.

Greta salió y volvió con Peggy Myers.

Peggy se presentó como la mujer del policía del pueblo y dio de mí las mejores referencias posibles. Me ruboricé al escuchar algunas de las cosas que dijo. También mencionó que mi posición en la comunidad era lo bastante buena como para haber recibido el encargo del pastel de liebre.

Después dio un buen discurso acerca de la profanación de la tumba, cuya responsabilidad parecía querer achacar a alguno de los presentes.

Cuando Peggy se marchó, Greta anunció a un segundo testigo de mis aptitudes. Decidió interpretar aquello como si fuera un tribunal de justicia, para exagerar el efecto. Pero nadie se sorprendió más que yo cuando apareció la compareciente. Era MMM.

Entró con paso rápido y se sentó muy recta. Consiguió que los otros se sintieran como si les estuviera haciendo un enorme favor al estar allí, pero volvió esta impresión en mi favor cuando les explicó que no había dudado en renunciar a su precioso tiempo con tal de apoyarme. Les dijo que yo era una de sus alumnas más prometedoras y que para mi edad poseía unos

vastos conocimientos sobre el trabajo de una comadrona, aunque algunas de mis ideas fueran un poco anticuadas. Insistió en que tenía todos los tornillos de la cabeza en su debido sitio.

Las cosas se volvieron algo más peliagudas cuando reveló el problema de mi formulario de ingreso. Glaister la presionó para que dijera si pensaba que había tratado de engañar deliberadamente al rellenar el impreso. MMM

respondió que el formulario era complicado, y que en su experiencia no existía la menor relación entre las aptitudes burocráticas y el buen hacer junto a la cama de una parturienta. Dijo que nunca dejaría de recomendarme, siempre que antes me sometiera al período formativo apropiado.

Me conmoví casi hasta las lágrimas con aquel homenaje inesperado, y MMM me saludó brevemente con la cabeza antes de marcharse. Miré a Greta, ya que el alistarla en el colegio había sido por completo idea suya.

Cuando MMM se marchó, Jean Cavendish me mostró la primera señal de ánimo. Lo hizo apretando los labios y mirándome mientras enarcaba las cejas, como si por primera vez en aquel día estuviera preparada para admitir que yo no era una completa imbécil.

Quise darle una bofetada.

Me quedé todavía más sorprendida cuando Judith apareció como mi tercera defensora. Greta y yo la habíamos descartado debido a la amenaza de despido que pendía sobre ella. Si se la veía apoyándome su posición sería aún más comprometida, sobre todo si la evaluación se decidía en mi contra. Yo no tenía derecho a esperar nada de ella después del modo inexcusable como la había tratado. Pero allí estaba, y tanto me avergonzó su presencia que tuve que apartar la mirada.

Aunque me perturbó lo que sucedió cuando hizo su aparición.

Precisamente porque todas las miradas salvo la mía estaban fijas en ella cuando entró en la casita, nadie más lo vio. Era Bloom. Se puso rojo al instante. Judith, que había acudido con su ropa de trabajo más conservadora, se sentó, y mientras me defendía atravesaba a Bloom con una mirada dominante. De hecho, no apartó los ojos de él ni por un instante.

Mientras que Peggy y MMM se habían dirigido a mis tres interrogadores, Judith solo miró a Bloom durante todo el tiempo que estuvo hablando. No

era lo que podía llamarse una mirada furiosa o colérica. Era demasiado calmada como para eso. Pero él se la devolvía con el aspecto de un ciervo sorprendido y preparado para buscar refugio a la menor ocasión.

—Soy una maestra de la localidad y estoy aquí para defender el carácter y la disposición de esta joven, Fern Cullen —dijo Judith—. Es una joven perfectamente normal y respetable. Ahora está un poco alterada porque la mujer que fue una madre para ella durante toda su vida acaba de morir. La aflicción puede provocar el retraimiento en cualquiera. En cualquiera.

»Su madre, Mammy, fue una mujer excepcional que realizó muchísimos servicios por las mujeres de este distrito. Ayudó a muchas mujeres desesperadas, y quiero decir desesperadas de verdad, y lo hizo de formas que en ocasiones tuvieron que quedar sin el agradecimiento debido. Por su parte, ella nunca recibió la ayuda de algunos hombres cobardes que se ocultaron tras el manto de la autoridad al llegar las vacas flacas.

»Pero, por suerte, estos son otros tiempos. Mammy fue una mujer fuerte, y me atrevería a asegurar que Fern la echa muchísimo de menos.

Bueno, cada uno lleva su pesar de un modo diferente, ¿no es así? Algunos lo muestran. Otros no, solo para descubrir que las lágrimas llegan más adelante, en los momentos más extraños. Otros lo guardan dentro, y para ellos se convierte en una especie de furia.

»Fern no es diferente de los demás. No sé a qué viene todo esto. He oído habladurías acerca de su estado mental, pero hablar es muy fácil.

Hablando se puede arruinar una reputación. Todos ustedes tienen trabajos importantes. Pero si toman hoy aquí la decisión equivocada, muchos cobardes podrían verse justificados. La reputación de Mammy fue echada a perder de un modo muy similar, y tuvo que luchar durante toda su vida para recuperarla. Unas palabras inapropiadas, dichas fuera de lugar, pueden acabar fácilmente con la reputación... de cualquiera.

»Fern tiene aquí a un gran grupo de amigos que la ayudarán a superar el difícil momento del luto. Mi propia madre, Doll, era amiga de Mammy, aunque cuando mi padre eligió entre ellas dejaron de hablarse. De no ser así, yo podría haber sido una buena amiga de Fern todos estos años. No se equivoquen. Ahora la ayudaremos y estaremos con ella. Lo haremos. Esto es cuanto tengo que decir.

Se puso en pie, echando hacia atrás su silla con un horrísono chirrido.

Salió de la casita, dejando a su espalda un atónito silencio. Bloom se rascó suavemente el pabellón de la oreja. Cavendish, que tenía la mano en la barbilla, miraba alternativamente a los dos hombres.

Glaister se colocó las gafas en el puente de la nariz.

—Pues muy bien, pero no he entendido ni una palabra de lo que ha dicho.

—Yo estoy satisfecho con las cosas que he escuchado —dijo Bloom—.

Creo que la chica estará mucho mejor dentro de la comunidad.

—¿Qué? —saltó Glaister. Cavendish ladeó la cabeza hacia Bloom.

—La mujer del jefe de policía, una preparadora de comadronas y una respetada maestra. Es evidente que se la tiene en buena estima.

—Menuda voltereta acaba de hacer, doctor Bloom —respondió Cavendish.

—¿En buena estima? —porfió Glaister. Parecía incrédulo—. También se estimaba a Lucrecia Borgia.

—Fern no es una envenenadora —saltó Greta.

—¿Ah, no? —replicó Glaister—. No es eso lo que he escuchado.

—Bueno, ¿pero esto qué es? —saltó Bloom—. ¿El tribunal de la Inquisición? Yo estoy satisfecho.

—Yo no —respondió Glaister.

—Yo creo que sí —terció Cavendish, cerrando la carpeta que tenía delante—. Desde luego que sí.

Greta me miró por encima de las gafas con aquella ridícula sonrisa angelical. Me permití devolverle una sonrisa nerviosa, pero en ese momento no dejaba de pensar en Judith y Bloom. Judith, también tú has conocido la tristeza. Pobre Judith. Maravillosa Judith.

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